Lo positivo de estos acontecimientos es poder identificarnos

Si de algo sirve un hecho movilizador es saber que a partir de ahí la identificación de los comunes es el resultado más esperanzador de una civilización.

Platicar, debatir y decidir de espalda a los comunes es un acto muy lejano a la democracia. Peor aún, si quienes están ahí fueron definidos en su representación por estas propias masas. Es literalmente un acto de cobardía sin representación alguna.

Vivimos momentos muy inusuales y dilatantes en el aspecto político, a tal punto que se puede previsualizar el despertar agónico del individuo. El juego del poder en base a intereses muy individuales cada vez es más latente y la tolerancia cívica trasgrede la memoria de los más añejos pero con la cierta claridad que esto va a suceder.
La importancia de estos acontecimientos antidemocraticos es que deben lograr tatuar la epidermis social que tan desgastada se encuentra.

La identidad de una sociedad se construye en base a sucesos colectivos habiendo logrado criterios en común para poder avanzar a pesar de las diferencias individuales.

En la idea democrática se proyecta como ente acumulador, regulador y definitorio la posibilidad de convivir con representantes gubernamentales en nombre de los intereses cívicos de una sociedad. Es aquí donde en nuestra constitución surgen los Concejos Deliberantes en pos de la representatividad de las diferentes ideas que se agrupan en un esquema ciudadano.

Nuestro concejo deliberante, que de por cierto, se encuentra sobre poblado de figuras políticas deja mucho que desear, a tal punto que se ha logrado en la interpretación de los comunes que es lisa y llanamente un salvavidas económico; y que para la esperanza de la gran mayoría es un trampolín a un camino político capaz de convivir y ser parte de la mayor corrupción que alguien pueda imaginar.

Denigrar el espectro democrático es una de sus mayores virtudes y que mejor ejemplo del que viene sucediendo en el concejo deliberante de Villa Regina.

Habiendo transcurrido un par de horas, luego de la votación final del transpuso del control del agua potable municipal a manos de una entidad deficitaria de la provincia y sin ningún tipo de contemplación contemporánea sobre los beneficios en otras localidades allegadas; la moción por el traspaso se realizó de espaldas a quienes de algún modo se involucran con la temática que afectará directamente a toda la localidad.
Ni hablar del contexto comunicacional que hace mucho tiempo se evidencia la complicidad con los gobiernos oficialistas de turno dejando la objetividad para otros tiempos.

La política regional a logrado consolidar un circuito de complot que le será muy difícil de controlar, ya que todo el mundo sabe que esto es pan para hoy y hambre para mañana.

Lo más importante es que el conjunto de estas injusticias hacen que cada vez nos volvamos a encontrar defendiendo lo que es nuestro, vernos entre los comunes, saber que estamos y que logramos un sentido común. Ellos lo saben y lo más importante de todo esto es no ser previsibles.

Después de haber deliberado a puertas cerradas, sentir que están solos es el mejor saldo que se puede pasar a cobrar.

El manifiesto por parte del Concejo Deliberante dio como resultado 6 votos en favor del traspaso; 3 votos negativos y una ausencia.

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    Los mayas no desaparecieron: la historia que estamos obligados a reescribir

     

    Durante décadas, la explicación dominante combinó crisis climáticas, guerras internas y agotamiento de recursos para justificar un supuesto abandono total de las grandes ciudades.

    Por Alcides Blanco para NLI

    La antigua ciudad maya de Tikal albergaba millones de habitantes en redes urbanas densamente conectadas.
    Imagen: pxhidalgo/Depositphotos/IMAGO

    Durante más de un siglo, manuales escolares, documentales y discursos académicos repitieron una idea casi apocalíptica: la civilización maya colapsó y desapareció misteriosamente en la selva. Sin embargo, un reciente y exhaustivo artículo publicado por The Guardian propone algo mucho más inquietante para la historia tradicional: casi todo lo que creíamos saber sobre los mayas está equivocado.

    Lejos del relato romántico de ciudades devoradas por la vegetación y pueblos extinguidos por causas desconocidas, la nueva evidencia arqueológica obliga a revisar de raíz la narrativa del “colapso”.

    Una civilización mucho más poblada y compleja

    Las investigaciones recientes, impulsadas por tecnologías como el escaneo láser LiDAR, revelan que las tierras bajas mayas no eran espacios marginales con algunos centros ceremoniales aislados. Por el contrario, se trataba de un territorio intensamente urbanizado, con redes de caminos elevados, terrazas agrícolas, reservorios de agua y sistemas de planificación territorial de enorme sofisticación.

    El artículo de The Guardian destaca que las estimaciones actuales sugieren que la población pudo haber alcanzado cifras cercanas a los 15 o 16 millones de habitantes durante el período clásico, una magnitud comparable con varias regiones densamente pobladas de Eurasia en la misma época. Esto cambia radicalmente la percepción de los mayas como una sociedad dispersa o limitada demográficamente.

    Investigadores como Francisco Estrada-Belli sostienen que el enfoque tradicional puso demasiado énfasis en la idea del derrumbe súbito, cuando en realidad lo que ocurrió fue un proceso complejo de transformación política, reconfiguración territorial y adaptación ambiental.

    No hubo “fin del mundo” maya. Hubo reacomodamientos.

    El mito del colapso y la mirada colonial

    Durante décadas, la explicación dominante combinó crisis climáticas, guerras internas y agotamiento de recursos para justificar un supuesto abandono total de las grandes ciudades. Sin embargo, la nueva evidencia muestra que muchas comunidades continuaron activas, que hubo desplazamientos hacia otras regiones y que la cultura maya jamás dejó de existir.

    El problema no fue solo arqueológico, sino también ideológico. La narrativa del colapso encajaba cómodamente en una visión colonial que veía a las civilizaciones indígenas como frágiles, autodestructivas o incapaces de sostener estructuras complejas en el largo plazo.

    El artículo de The Guardian subraya que millones de mayas viven hoy en México, Guatemala y Belice, hablan sus lenguas originarias y mantienen tradiciones culturales vivas. Es decir: no estamos hablando de una civilización desaparecida, sino de un pueblo históricamente invisibilizado.

    La política contemporánea también entra en juego. Dirigentes indígenas como Sonia Gutiérrez plantean que la revisión histórica no es un mero debate académico, sino una cuestión de reconocimiento, derechos y memoria.

    Yaxhá en la cuenca del Petén, Guatemala.
    Fotografía: Marcus Haraldsson

    Adaptación, no apocalipsis

    Las nuevas investigaciones muestran que los mayas desarrollaron sistemas agrícolas intensivos, manejo sofisticado del agua y estrategias de resiliencia frente a sequías prolongadas. En lugar de una caída instantánea, lo que se observa es una transición: algunas grandes ciudades perdieron centralidad, pero otras regiones ganaron protagonismo.

    Esto obliga a revisar la idea misma de “colapso”. ¿Fue un derrumbe total o una transformación estructural? ¿Estamos proyectando sobre el pasado categorías modernas que no se ajustan a las dinámicas antiguas?

    La historia maya, lejos de cerrarse, se abre. Y lo que emerge es una civilización profundamente adaptable, con estructuras políticas cambiantes y una continuidad cultural que llega hasta nuestros días.

    Reescribir la historia no es un gesto menor. Implica aceptar que la arqueología del siglo XX pudo haber estado atravesada por prejuicios, limitaciones tecnológicas y marcos teóricos hoy superados.

    Y también implica algo más incómodo: reconocer que la civilización maya no fracasó. Simplemente no encajaba en el relato que Occidente quería contar.

     

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  • Adorni confirmó que su esposa viajó en el Tango: «Presidencia la invitó»

     

    Manuel Adorni reconoció que su esposa viajó en el avión presidencial que trasladó a Javier Milei y la comitiva a Nueva York. «Mi mujer iba a viajar a Nueva York el 26 de febrero. Ella tenía el pasaje comprado, pero después hubo un cambio de agenda y yo quería que ella me acompañe. Así que Presidencia la invitó», explicó el Jefe de Gabinete.

    Adorni y su mujer viajaron juntos en el avión presidencial a Estados Unidos donde se desarrolla Argentina Week 2026, un encuentro para intentar atraer inversiones para el país.

    «Estos son trabajos muy sacrificados y la verdad que era mi deseo que mi mujer me acompañe», argumentó el jefe de Ministros. Dijo además que los gastos de su mujer corren por su cuenta y que ella había pagado un pasaje 5.345 dólares.

    Sin embargo, cuando Eduardo Feinmann le preguntó por el hospedaje de su mujer, reconoció que pernocta en su misma habitación. «Los gastos se los paga ella y yo pagó mis gastos», dijo.

    Adorni metió a su esposa en la comitiva de Milei que viajó a Miami y Nueva York

    «El avión presidencial no es un taxi, no es un Uber», dijo Feinmann y Adorni argumentó que había llegado a Nueva York para «deslomarme una semana». «Yo quería que ella me acompañe. No le sacamos un peso al Estado», agregó. Adorni no quiso dar detalles de su viaje a Punta del Este y sólo aclaró que no se pagó con fondos del Estado.

    Mi mujer tenía el pasaje comprado, pero después hubo un cambio de agenda y yo quería que ella me acompañe. Así que presidencia la invitó. Estos son trabajos muy sacrificados y la verdad que era mi deseo que mi mujer me acompañe. 

    Horas antes, el jefe de Gabinete había expuesto en la semana argentina que se desarrolla en la ciudad de Nueva York y que tiene como objetivo mostrar al mundo nuestro país y presentarlo como un lugar atractivo para invertir.

    Allí, el funcionario habló ante unas 300 personas en la sede del Consulado nacional y señaló que «la Argentina está pasando muy rápido de ser tierra arrasada a convertirse en tierra de oportunidades. Hay que echarle manos a la obra», solicitó.

    Su discurso generó algo de malestar en la audiencia. La postura de Adorni fue similar a sus conferencias de prensa en la Rosada donde chicanea a los periodistas. Solo que esta vez, la audiencia estaba integrada por gobernadores.

    «Producto de las elecciones, se ha construido sin duda el Congreso más reformista y pro-mercado de la historia. La sociedad eligió claramente profundizar el sendero de reforma en las elecciones de octubre», dijo Adorni y siguió: «ahora, por primera vez en décadas un partido pro-mercado tiene la primera minoría en el Congreso. Y todas las fuerzas políticas que no son el kirchnerismo nos están acompañando en mayor o menor medida, el camino de reformas que quieren, efectivamente, hacer a la Argentina de una vez por todas una nación seria».

     

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  • Frágiles, atomizados, individualizados

     

    El modelo social, como se ha conceptualizado en la literatura, no es solo una estructura económica, sino una arquitectura institucional históricamente consolidada que gestiona las relaciones entre el mercado, el Estado y la sociedad. Refleja cómo se coordina el mercado laboral con los sistemas de protección social a los cuales Argentina ha llegado por varias vías institucionales, a veces con mayor éxito y otras con mayores desgracias.

    Este pacto institucional parece estar cambiando de forma estructural.

    Estudios recientes de nuestro equipo en el Instituto Gino Germani muestran dinámicas preocupantes en el mercado laboral, caracterizadas —de manera deliberada o no— por lo que podría definirse como un (no) modelo. Más allá del cierre de fábricas y la aceleración de quiebras, cuyo caso más emblemático es Fate, los datos oficiales —técnicamente cuestionables y objeto de una profunda deslegitimación académica— muestran una tendencia regresiva: el empleo formal cayó a su mínimo histórico (45%), con 407 mil puestos destruidos y apenas 226 mil precarios creados. El 72% de los ocupados gana menos que la canasta básica y uno de cada cinco trabajadores con jornada completa es pobre, lo que genera casi como humorada la desaceleración del divorcio y padres y madres que pasan un mayor tiempo en casa. El pluriempleo afecta al 12%, mientras la industria y la construcción se contraen frente a servicios precarios. La pobreza bajó al 31,8% por ingresos informales frágiles, no por empleo de calidad: dos tercios de la fuerza laboral padece precariedad o desocupación.

    Vivimos un momento particular.

    La reforma laboral que impulsa el gobierno de Javier Milei cambia las reglas de juego entre empleados y empresas, entre el trabajo y el capital; y el árbitro —el Estado— comienza a ser profundamente parcial.

    Un punto crítico del proyecto es la modificación del sistema de indemnizaciones por despido, donde se reemplaza el esquema tradicional por fondos de cese laboral o sistemas de capitalización individual, similares a los vigentes en la construcción. La propuesta legislativa contempla ampliar el período de prueba más allá de los tres meses, estableciendo una duración variable que podría extenderse hasta seis u ocho en función del tamaño de la empresa.

    Para los contratos antiguos, la nueva ley marca un quiebre: si un trabajador con muchos años de servicio es despedido tras su promulgación, el cálculo de su liquidación se regirá íntegramente por las nuevas reglas, sin considerar su antigüedad previa. Además, la jornada laboral podrá extenderse hasta 12 horas.

    La reconfiguración global de las economías, marcada por el desarrollo tecnológico, la modernización de los procesos productivos y el crecimiento exponencial del sector de servicios, ha actuado como un poderoso motor de cambio social. En nuestra particular economía, un grueso de la misma está despojada de la protección, la tecnología, la mayor productividad y de un potencial bienestar. Más allá de las métricas puramente económicas, estos fenómenos han contribuido decisivamente a la erosión de las solidaridades colectivas tradicionales y al ascenso de un individualismo contemporáneo que redefine las expectativas de los ciudadanos frente al mercado, el Estado y la comunidad.

    El núcleo de esta transformación reside en una mutación profunda de la estructura laboral y social. La modernización ha propiciado la emergencia de nuevas clases medias de servicios, cuyo espacio de trabajo difiere radicalmente del de la fábrica fordista. Estos profesionales ya no se agrupan en grandes plantas industriales; sino que trabajan en pequeñas oficinas, microempresas o de forma autónoma, en entornos donde la interacción social es débil y fragmentaria. Este proceso de socialización frágil y atomizado fomenta estrategias de desarrollo estrictamente personales e individuales. La antigua lealtad a una gran compañía, que ofrecía una carrera vitalicia y un sentido de pertenencia colectiva se desvanece frente a la lógica del proyecto personal, la empleabilidad y la marca individual.

    Paralelamente, la atomización del tejido industrial —con la externalización de servicios, la deslocalización y el auge de las plataformas digitales— ha quebrado los comportamientos colectivos que antes surgían de la experiencia compartida en el espacio de trabajo. Este fenómeno es, en gran medida, un efecto directo de la segmentación de los mercados laborales, que divide a los trabajadores entre un núcleo estable y cualificado y, por otro lado, una periferia precaria y desprotegida.

    La consecuencia más visible de este proceso es el declive histórico de las tasas de afiliación sindical. Los sindicatos, diseñados para representar a masas de trabajadores homogéneos en industrias concentradas, encuentran enormes dificultades para organizar a una fuerza laboral dispersa, diversa y a menudo individualista en sus aspiraciones. Y no fueron solamente los baluartes de las conquistas sociales de los más débiles, sino que, incluso fuera de Argentina, pudieron conseguir, en sus procesos de demanda, mejores resultados distributivos.

    En lugar del antiguo “obrero-masa”, colectivo y con identidad de clase, hoy emerge una figura laboral más aislada. Este vacío no ha quedado desierto, sino que ha sido ocupado por formas de microcorporativismo. El individuo negocia de forma aislada sus condiciones con su empleador o, en el mejor de los casos, busca soluciones privadas a riesgos que antes eran colectivos (seguros de salud, planes de pensiones privados, horas extras, vacaciones). Este proceso de transformación, incubado desde la década de 1980, encontró en el pensamiento neoliberal su principal soporte ideológico. Su prédica a favor de la flexibilidad, la desregulación y la responsabilidad individual ha proporcionado el marco intelectual que justifica y acelera estas dinámicas.

    El individualismo de mercado es pragmático y radical. Concibe al individuo como un agente autónomo que compite en una esfera mercantil con reglas mínimas. Su referencia jurídica, como plantea el investigador Antonio Martín Artiles, de la Universidad Autónoma de Barcelona, es el “common law”, flexible y basado en la jurisprudencia, que refleja esta concepción de un orden espontáneo y descentralizado. El Estado es visto con recelo y su rol queda relegado a garantizar contratos de carácter asimétrico, pero no el de un proveedor activo.

    El individualismo institucionalizado, en cambio, se desarrolla dentro de un marco de instituciones robustas. Propio de culturas corporativistas, este modelo concibe al individuo como un titular de derechos y deberes precisos, garantizados por un Estado fuerte y un sistema de negociación colectiva. Su tradición jurídica es el derecho corporativo germánico, codificado y sistemático. Aquí, la autonomía individual no se opone a la solidaridad institucional, sino que se ejerce a través de ella.

    Frente al avance de un espectro individualista, la cultura colectivista —cuyo principal exponente es la organización sindical— responde a una lógica sustancialmente distinta. Este paradigma ancla las expectativas de protección social en la ley, el Estado y la autoridad pública, configurando una visión jerárquica del orden social en la que el individuo se integra y es resguardado por marcos colectivos definidos desde arriba: la familia, el gremio, la nación, el partido. Sin embargo, este enfoque retrocede de manera constante ante la expansión de la modernización capitalista, la mercantilización de las relaciones sociales y el avance de la ideología del mérito individual.

    El período actual de restauración conservadora y neoliberalismo extremo puede interpretarse sociológicamente como una reacción a la desestabilización de los órdenes tradicionales acelerada por la globalización y las crisis económicas. Se observa una lucha por la imposición de un nuevo “sentido común” que naturaliza la mercantilización de la vida (biopolítica neoliberal) y restaura jerarquías sociales y culturales percibidas como amenazadas, como los privilegios de la elites, la expectativa de ganancia empresarial y un mundo a ser vívido en su plenitud por los más ricos. Se manifiesta como una recomposición de alianzas de clase, donde élites económicas aprovechan el malestar social (precariedad, pérdida de identidad) para promover un individualismo competitivo radical y desmantelar estructuras de solidaridad colectiva.

    Este período encarna la paradoja del neoliberalismo como orden antipolítico: al reducir a la ciudadanía a la mera gestión empresarial de sí misma, vacía la esfera pública y socava los fundamentos de la democracia deliberativa. Sobre ello se intenta desmantelar la protección de trabajadores y trabajadoras, pero sobre el propio proceso de desmantelamiento a la luz de los resultados sociales, parece iniciarse una lenta corrosión de un modelo hierático.

    La entrada Frágiles, atomizados, individualizados se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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