Si de algo sirve un hecho movilizador es saber que a partir de ahí la identificación de los comunes es el resultado más esperanzador de una civilización.
Platicar, debatir y decidir de espalda a los comunes es un acto muy lejano a la democracia. Peor aún, si quienes están ahí fueron definidos en su representación por estas propias masas. Es literalmente un acto de cobardía sin representación alguna.
Vivimos momentos muy inusuales y dilatantes en el aspecto político, a tal punto que se puede previsualizar el despertar agónico del individuo. El juego del poder en base a intereses muy individuales cada vez es más latente y la tolerancia cívica trasgrede la memoria de los más añejos pero con la cierta claridad que esto va a suceder. La importancia de estos acontecimientos antidemocraticos es que deben lograr tatuar la epidermis social que tan desgastada se encuentra.
La identidad de una sociedad se construye en base a sucesos colectivos habiendo logrado criterios en común para poder avanzar a pesar de las diferencias individuales.
En la idea democrática se proyecta como ente acumulador, regulador y definitorio la posibilidad de convivir con representantes gubernamentales en nombre de los intereses cívicos de una sociedad. Es aquí donde en nuestra constitución surgen los Concejos Deliberantes en pos de la representatividad de las diferentes ideas que se agrupan en un esquema ciudadano.
Nuestro concejo deliberante, que de por cierto, se encuentra sobre poblado de figuras políticas deja mucho que desear, a tal punto que se ha logrado en la interpretación de los comunes que es lisa y llanamente un salvavidas económico; y que para la esperanza de la gran mayoría es un trampolín a un camino político capaz de convivir y ser parte de la mayor corrupción que alguien pueda imaginar.
Denigrar el espectro democrático es una de sus mayores virtudes y que mejor ejemplo del que viene sucediendo en el concejo deliberante de Villa Regina.
Habiendo transcurrido un par de horas, luego de la votación final del transpuso del control del agua potable municipal a manos de una entidad deficitaria de la provincia y sin ningún tipo de contemplación contemporánea sobre los beneficios en otras localidades allegadas; la moción por el traspaso se realizó de espaldas a quienes de algún modo se involucran con la temática que afectará directamente a toda la localidad. Ni hablar del contexto comunicacional que hace mucho tiempo se evidencia la complicidad con los gobiernos oficialistas de turno dejando la objetividad para otros tiempos.
La política regional a logrado consolidar un circuito de complot que le será muy difícil de controlar, ya que todo el mundo sabe que esto es pan para hoy y hambre para mañana.
Lo más importante es que el conjunto de estas injusticias hacen que cada vez nos volvamos a encontrar defendiendo lo que es nuestro, vernos entre los comunes, saber que estamos y que logramos un sentido común. Ellos lo saben y lo más importante de todo esto es no ser previsibles.
Después de haber deliberado a puertas cerradas, sentir que están solos es el mejor saldo que se puede pasar a cobrar.
El manifiesto por parte del Concejo Deliberante dio como resultado 6 votos en favor del traspaso; 3 votos negativos y una ausencia.
Escribe Martín Rufini: Si hay algo que no quieren es que se junten los distintos Que se nutran con ideas Que intercambien visiones para ellos desconocidas Que se formen canciones Que se mezclen emociones Si hay algo que no quieren es que se unan los diversos Que se agiten las mentes Que despierten los muertos…
La Legislatura de Rio Negro aprobó en primera vuelta con 42 votos a favor y solo 1 en contra, este jueves 25 de agosto el proyecto de ley presentado por el gobierno de Arabela Carreras y acompañado por todos los bloques que conforman la legislatura provincial, para modificar la Ley N° 3.308 (Ley de Hidrocarburos…
Lo conocí a Verano antes de nacer, tenía la forma de cordón umbilical, y al desgraciado se le ocurrió enroscarse en mi cuello, justo en el momento en el que yo, Raúl Objeto estaba por salir a la cancha de Atlético Realidad. Se burlaron de mí, porque cuando la gente me vio con el cordón…
Los gobernadores de Provincias Unidas hicieron este lunes un zoom de urgencia para advertirle a la Rosada que no votarán el Presupuesto porque los dejaron afuera de las negociaciones en el Congreso.
LPO anticipó que empujado por los Menem, Javier Milei cerró con el tucumano Osvaldo Jaldo, Gustavo Sáenz, Raúl Jalil y Hugo Passalacqua. En la primera quincena de diciembre, la Rosada giró 20 mil millones a Tucumán, 6 mil millones a Salta, 10.500 millones a Catamarca y 12 mil millones a Misiones.
Además, les otorgaron lugares en la comisión de Presupuesto que trata la Ley de Leyes y por ende diseña el reparto de fondos a las provincias. En Provincias Unidas advirtieron rápidamente que esa tendencia no los favorecía: no sólo no recibieron ATN como los gobernadores peronistas dialoguistas sino que tampoco les dieron los cuatro lugares que pedían en la comisión.
Por eso este lunes se reunieron de manera virtual el jujeño Carlos Sadir, el cordobés Martín Llaryora, el santafesino Maxi Pullaro, el chubutense Nacho Torres y el correntino Juan Pablo Valdés.
Según anticiparon a LPO fuentes al tanto de la reunión, los gobernadores manifestaron su preocupación por la falta de diálogo con el gobierno. «No hay instancias de negociación ni de diálogo con el gobierno. Sabemos de la importancia para el gobierno y para las provincias que el presupuesto sea aprobado. Pero desconocemos la letra chica y vamos a defender los recursos e intereses de nuestras provincias», coincidieron los gobernadores en el zoom.
«En este contexto, es muy dificil acompañar el presupuesto», amenazaron los gobernadores. Sin el apoyo de Provincias Unidas, el gobierno podrá conseguir dictamen de todas maneras en la comisión, pero podría tener complicaciones para aprobar la ley si se le caen los bloques aliados.
Hay pibitos en los hombros de sus padres, adolescentes con remeras suturadas y manchas de sangre y mayores de 30 con remeras de Ramones. Los shows de Dillom convocan a un público amplísimo, y pareciera que ya no hay padres que vayan de acompañantes: Dylan León Masa disolvió la tensión entre el rock y el trap, el verso y la barra, la novedad y la tradición. Del rubiecito cuasi gangster que conocimos en 2018 con “Drippin” y “Keloke”, sus primeros singles, queda muy poco para la salida de su primer álbum. Y en esos desvíos, su público no hizo otra cosa que ampliarse.
En el corazón de Post Mortem (2021), su primer disco, Dillom canta que puede contarnos su vida si nos gustan las historias de terror. “220” es una balada pop con un estribillo pegadizo. No es, en términos musicales, el tema más despampanante. Carece de la frescura irreverente de “HEGEMÓNICA” y “PELOTUDA” y es, a fin de cuentas, una canción sobre estar enamorado y ser vulnerable, quizás el tópico más efectista de la música popular. Pero lo que sí tiene es un puñado de características que la singularizan en su recorrido. Una desgracia para los que esperaban más autoafirmación trapera y una máquina de hacer chorizos-singles; una bendición para todos los demás. Afuera los videoclips con armas largas, adentro las historias.
Ese desvío narrativo funda un giro. Es el pasaje de un Dillom que encarna en cuerpo y música un trapper más o menos estándar (una figura que vive en la zona liminal del testimonio y la fantasía y que no tiene un afuera) a un crooner ramonero que se autopercibe “boludo con plata” (que es puro afuera y narra desde la distancia hasta su propia vida). A la inversa de lo que suele ocurrir, esta vez el músico se comió al personaje.
En ese giro Dillom cambió muchas más cosas que un lugar de enunciación: cambió su música y una forma de producir y pensar su obra. Como consecuencia, también cambiaron él y su público. Nuevas prácticas, nuevos sonidos, amigos nuevos. Por eso nadie sabe cómo referirse a Dillom a esta altura del partido. ¿Es un trapero, es una estrella pop, es un rockstar?
Para explicar cómo lo hizo, habrá que empezar por el principio.
2005: tu hermanita canta “Gasolina” / 2025: Dillom llena Vélez
El hip hop dio sus primeros pasos a mediados de los 70s y pegó el salto de masividad cuando The Sugarhill Gang publicó Rapper’s Delight (1979). Lo que se llama un hit inmediato. Desde entonces, el género (como música pero también como estética cultural) se expandió hasta volverse un fenómeno planetario. Sin embargo, en Argentina, aunque el hip hop circulaba desde finales de los 80s, y en los 2000 experimentó un crecimiento importante con cierto arraigo popular, recién pegó el salto cuantitativo en la década de 2010. Más de treinta años después de aquel primer single del trío de New Jersey. Es como si hubiésemos empezado a gustar del rock en 1990, pasadas tres décadas desde que Chuck Berry lanzara “Maybellene”.
En El ritmo no perdona (Caja Negra, 2025), Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo sostienen que el acaparamiento del espectro musical por el rock (al que llaman “rockismo”) en nuestro país fue tal que al hip hop le tomó décadas agrietar esa pared de sonido. El borramiento de lo afro y el racismo argentino también habrían aportado lo suyo en la condena al hip hop a ser un movimiento minoritario, algo que no habría sucedido con el rock porque, si bien deriva del blues y el r&b, llegó aquí por medio de bandas de blancos.
Recién cuando algo hizo crack, o click, esos imposibilitantes dejaron de ser eficaces. ¿Cuándo pasó esto?
Creemos que el reguetón tiene algo que ver. El género, que convivió con (y en algunos casos desplazó a) la cumbia en radios, fiestas e instancias de la vida argentina, trajo bajo el brazo de sus ritmos afrocaribeños al rapeo en español. Las líneas de rap, antes extrañas y poco bailadas, se volvieron un consumo masivo. Fue como abrir una compuerta de flujo musical que el hip hop angloparlante no había logrado destrabar. Esto no quiere decir que el trap argentino haya sido reguetoneado, sino que con Don Omar (“Dale Don Más Duro”, de 2003), Tego Calderón (“Pa Que Retozen”, de 2003), Daddy Yankee (“Gasolina”, de 2004) y Calle 13 (“Atrévete-te-te”, de 2005) se fue generando una condición de posibilidad para la masividad hip hopera y trapera que vería Argentina una década después. Rapear en español dejó de ser una rareza y el oído popular se predispuso para lo que venía. Algo de esto ya habían sondeado Diego Capusotto y Pedro Saborido cuando, en 2009, crearon el personaje Latino Solanas.
Dillom muta e inagura una nueva cepa. Suelta la semántica trapera. Se acerca al rock, al pop y al horrorcore, ese hip-hop que resuena con las tradiciones del horror literario y cinematográfico.
No hay una relación lineal y unívoca entre el reguetón y la batalla de gallos que precede a la masividad del trap, pero sí un encadenamiento de afinidades y novedades que posibilitaron una nueva escala para el hip hop en Argentina. En poco menos de dos años desde el primer tema (“No vendo trap”, Duki, noviembre de 2016), el primero en llegar al millón de escuchas en YT, el trap argentino alcanzó un sonido potente, hecho de buenos momentos de producción, y una narrativa hasta entonces bastante extraña para la música local (a excepción de la cumbia villera), sostenida en autoafirmaciones del yo, agresividad interpersonal, solidaridad pandillera, obsesión con el dinero, el sexo y el consumo de bienes, drogas y marcas. Pero el shock de novedad fue un pico de glucosa, porque la música rápidamente se homogeneizó. Para 2018, el género neonato ya empezaba a autofagocitarse.
Entonces apareció Dillom. Ese que el 21 de diciembre va a hacer un Vélez para unas 40.000 personas. El mismo Vélez que sus amados Ramones, a los que homenajea en “Rocket Powers” tirando el tradicional “1, 2, 3, 4” del cuarteto de Queens, llenaron en 1994. Dillom no venía de las batallas de gallos, ni de la cumbia, ni de las estéticas y rapeos del reguetón.
Y si buscan beef, que vengan de chetos
Cuando asomó la cabeza en 2018, en pleno auge del trap en Argentina, Dillom era un muy joven rubiecito con un cartón de jugo tatuado en la cara y pinta de sabandija ducho en el arte de ratearse de la escuela. Un personaje de niño terrible, simpático y un poco freak, una especie de Beastie Boy que escuchó a Viejas Locas, una cruza hiperkinética de Eminem con Ricky Espinosa, un Demonio de Tazmania que habla el slang de internet.
Dillom sacó “Drippin”, su primer single, cuatro meses después de que la cara de Duki llegara a la tapa de Rolling Stone. Oscuro como mambo de “xani, coca, rola y keta”, había en su figura cierto halo de renovación, de inauguración de una nueva ola del trap. Siguieron “Draco” y “Keloke”, con sus respectivos videoclips en los que veíamos a un pibito en prendas oversize sosteniendo armas largas y rebotando al compás de unos beats bien estandarizados. En esos temas del Dillom joven fluye abundante una semiótica mafiosa y drogona: armas, putas, amenazas, pastillas, narcomenudeo. Mil maneras de decir “guita” y, por supuesto, el anhelo de acumularla. El ju(e)guito destilaba gangsta rap, un subgénero del hip hop de finales de los 80s que, propiciando una estética criminal, casi siempre ligada al narco, dio una imagen a las músicas populares del mundo y se diseminó como pólvora sobre los surcos inflamables del neoliberalismo precarizador.
Seremos justos: Dillom no ofrecía demasiada novedad musical. No estaba ahí su punto fuerte. La novedad era más bien el ingreso a la fauna local de un bicho que llamaba la atención a cualquiera con un poco de curiosidad: una voz medio destartalada y graciosa para rapear, humor criollo, un voseo con acento rioplatense en pleno estallido del slang caribeño, una oscuridad en los beats y cierta fantasía de violencia. Ver a Dillom era asistir al nacimiento de una nueva cepa. No había alcanzado las mutaciones que lo caracterizarían pocos años después, pero estaba en esa.
Cinco disparos en el pecho
Un año antes de la pandemia, cuando lo ficha Bizarrap, Dillom ya estaba trabajando en Post Mortem. Saldría en 2021 ese disco que de trap tiene menos de lo que se podía esperar. Pero faltaba para eso: en 2019, Dylan pasa por la habitación del productor y su carrera explota.
La sesión lo presenta como el responsable de “la última ola de pandemonio moral del trap argentino”, reforzando así la idea de la aparición de un segundo momento de ese movimiento. Va de pelo decolorado y visera de costado, reponiendo algo del ícono de la Revista Mad, que ya había tenido descendencia en los nombrados Beastie Boys, Eminem, Limp Bizkit y Blink 182. Este pillo caucásico se imbrica también con el personaje de Enzo Staiolo en Ladrón de bicicletas (1948), la tremenda película de Vittorio de Sica que cuenta la historia de un padre y su hijo, ambientada en el comienzo de la reconstrucción italiana, en una Italia que acaba de colgar a Capu.., perdón a Benito Mussolini, en una plaza, luego de que el líder fascista los llevara a la guerra, pulverizara la industria nacional, la capacidad administrativa y territorial del Estado y el poder adquisitivo de las mayorías.
En la sesión con Bizarrap, Dillom desparrama una variedad de cacofonías, sentenciando que lo suyo es el trap/trash y lo del resto, basura. Seis meses después, lanza el mixtape de Talented Broke Boys junto a Ill Quentin y Broke Carrey. El primer tema, “Pony”, donde se encuentran rastros vocales de Paco Amoroso y Ca7riel, anuncia: “Estamos creando la wave”. Desde su título, el proyecto se jacta de un talento que compensa ¿la pobreza monetaria o el sufrimiento psíquico? Cómo saberlo. Y al darle play empieza a chorrear un líquido retórico que lubrica el trap de punta a punta: el flexeo. En él se aloja un núcleo duro de la semántica trapera que Dillom irá soltando a medida que se acerca al rock.
El flexeo nació en las décadas de 1930 y 1940 para afirmar la dignidad en las comunidades afroamericanas, en un contexto de segregación racial y biorracismo, en el que vestirse con elegancia extrema o mostrar ropa llamativa era un gesto de resistencia, justicia, o hasta una venganza, en un mundo desigual. Identificable también en el funk de los 70s (especialmente en sus variantes más pimp), durante la explosión del hip hop en los 80s, el recurso tomó la forma del bling bling, con la ropa y la joyería como simbología privilegiada. En los 90s, el flexeo alcanzó una nueva escala entre los artistas del mainstream gangsta con Jay-Z, Notorious B.I.G y 2pac: la ostentación ya no se llevaba sólo en el cuerpo. Tenía que ver con autos, mansiones, negocios. Dejó de ser un modo de estar y expresarse en el espacio público para ser un modo de capturarlo y privatizarlo. Aunque el recurso opera con fronteras difusas entre realidad y ficción, esa es la década en la que el flexeo se cruza con ideas de emprendedurismo.
En la primera ola del trap argentino el flexeo fue cosa seria: aún si se lo consideraba más como una ficción que como una realidad; podía ser digno de repudio si se lo leía en una clave distinta a la de la fantasía. Autos de lujo, vidas de country, viajes en aviones privados contrastaban con la realidad local. “Chapiadora”(2018) de Cazzu fue un punto alto, que incluso anticipó a Shakira, cantando que “las que cuentan money son las que no lloran”.
La parafernalia trapera resultó difícil de decodificar para generaciones criadas con el cancionero del rock nacional, el metal o el punk local que confrontaba (al menos como discurso) con el poder político y económico. Uno podría estar tentado de señalar un surco ideológico en el recambio estético de este período: es seguro que lo hubo, las mutaciones sociales recientes y los resultados electorales del último lustro dan cuenta de tal cosa. Sin querer ser lineales, sería ingenuo no ver en la euforia monetaria del trap al menos una colectora del anarcocapitalismo gobernante.
Hay canciones que nos hacen reír, saltar y bailar incluso mientras tenemos miedo. Es que la música mueve afectos, funciona como catarsis de la ansiedad social y de los traumas colectivos.
La RIPGANG (Dillom, Broke Carrey, Saramalacara, Ill Quentin, Muerejoven, K4, Oddmami) cazó esto al vuelo. Entendió que ese flexeo era una gilada, incluso peligrosa. Entonces lo argentinizaron. En esa segunda ola liderada por ese colectivo artístico el recurso es prácticamente paródico. Por ejemplo, en Talented Broke Boys (2020), tres chicos que se presentan en quiebra con el nombre de su proyecto, después nos dicen que los billes se vuelan con el viento. Quizá “OPA”, el corte de difusión de Post Mortem que salió ocho meses antes del disco, y “Hegemónica”, profundizan la distancia jocosa con la que la primera etapa queda atrás. Esto conecta a Dillom y su gente, hacia atrás, con Los Twist y, hacia adelante, con los neonatos Swaggerboyz.
Si el flexeo paródico fue un operador de distinción, su primer disco marcará diferencias muy importantes con lo hecho hasta ese momento. En términos de complejidad de producción, composición y construcción de un universo propio, la distancia es inmensa. Cuando Dillom llega a Post Mortem había algo que, efectivamente, ya estaba muerto. Pero también nacía algo nuevo.
Post mortem, una ficción especulativa
Hay una forma de leer la música que no se mueve por categorías sonoras sino afectivas. La música como vector de movimiento: e-moción. Por eso hablamos de música romántica, música triste, música melancólica, música enojada. Dillom forma parte de una línea de la música popular singular: la que puede lograr hacerte bailar o saltar, o incluso estar contento, mientras tenés miedo. El gabba de Rotterdam, el terror mandelao brasileño, zonas del rock industrial, el punk, el grindcore y speedcore están ahí. También Tyler the Creator, Kendrick Lamar, NIN, RATM y, más aquí en la geografía, los primeros Todos tus Muertos, Entre la basura y Crematorio. Pero quizás sea el horrorcore, subgénero del rap que combina los recursos del hip-hop con el terror, la estética que empieza a dominar la obra de Dillom desde su álbum debut. Imaginería gore, escenarios de pesadilla y personajes monstruosos.
Con un gran ancestro como Cypress Hill, el horrorcore, nacido en el underground de Detroit y Memphis a finales de los ’80, toma elementos del cine slasher, lo sobrenatural y la cultura marginal para construir relatos oscuros, a veces psicóticos, a veces paródicos, en los que el artista adopta un alter ego o una máscara para habitar lo prohibido.
Musicalmente, se caracteriza por beats pesados y sombríos, voces alteradas y el uso de samples ambientalmente siniestros. Artistas como Gravediggaz, Three 6 Mafia, Brotha Lynch Hung o Esham cimentaron su identidad, que sigue influyendo en escenas del rap y el trap oscuro. Más acá en el tiempo encontramos a Ghostemane y $uicideboy$. Incluso el hiperfamoso Tyler, The Creator tuvo su momento horrorcore hace unos quince años, cuando componía cosas como “Yonkers” (2011), en cuyo video jugueteaba con una cucaracha enorme mientras sonaban unas pistas industriales que oscilaban entre una perforadora y una caja registradora contra las que Tyler rapeaba con ese tono bajo y paranoico que lo caracterizaba. Más acá en el tiempo usó otro recurso que se puede encontrar en la obra de Dillom, el shock rap, un registro exagerado y grotesco que tiene la lógica del bait. En “Tron Cat”, por ejemplo, el ex Odd Future canta que, si viola a una mujer embarazada, puede fanfarronear con sus amigos que hizo un trío. Es el recurso que más sorprendentemente vuela por encima de cualquier lógica de cancelación en Dillom. Pacto de lectura y a otra cosa.
Menos armas largas, más historias. Imaginería gore, pesadillas, antihéroes y monstruos. Urgencia punk, futurismo distópico y discurso interior. ¿Cómo llegó Dillom hasta acá?
Más allá del shock superficial, el horrorcore puede leerse como una forma de explorar lo abyecto, las zonas reprimidas de la cultura y los miedos colectivos. Las narrativas violentas o grotescas funcionan como exageraciones que permiten hablar de trauma, marginalidad, rabia o ansiedad social sin pasar por la confesión directa, aunque en el caso de Dillom, como él mismo contó en varias entrevistas, estas puedan combinarse. La figura del monstruo opera como identidad alternativa, como crítica cultural o catarsis, retomando tradiciones del horror literario y cinematográfico para traducirlas al lenguaje del rap. Dillom lucha “con demonios que parecen los de Lovecraft”. Por eso, su impacto no depende solo del contenido violento, sino de cómo articula lo simbólico, lo psicológico y lo estético dentro de un territorio musical que tensiona la norma y la incomodidad. Si soñar es separar los tiempos superpuestos y superponer los separados, las pesadillas de Dillom los suturan con hilo grueso.
Pero no todo lo que suena es horrorcore. Post Mortem está repleto de rock & pop. (Tanto rock & pop que hasta Pergolini aparece en el disco). Como Jano, el dios romano de las puertas y la historia, ese disco tiene dos caras, es un pasaje. Dillom aparece como un exponente de la segunda ola del trap que se somete a otras sonoridades. En una época de endeudados, no parece quedarse donde debe. De a poco va empujando al trap, que insiste en “Hegemónica”, “Pelotuda” o “Rili Rili”, gracias a una masa de canciones pop, r&b, industrial y surf rock como “Bicicleta”, “220”, “Rocket Powers” y “Amigos nuevos”.
Todo esto se expresa, en buena medida, en la banda de músicos, compositores, productores y creativos que se agrupa en torno suyo. Dillom, como proyecto artístico, incluye a Santiago De Simone, Franco Dolzani, Giuliano Tomattis y Luis La Madrid, que forman parte de su desarrollo y su identidad sonora, junto a Andrés Capasso y Fermín Ugarte, que integran el núcleo duro de las deciones artísticas del proyecto. Esto gestionado por Bohemian Groove, el sello discográfico que la RIP Gang fundó para tener un margen de independencia mayor en el desarrollo artístico de sus proyectos.
Además de los giros en sus orientaciones estéticas y de las buenas decisiones para elegir compañeros de aventuras, es notable el cambio en el modo de pensar su propia obra: hay un salto olímpico respecto los singles y el mixtape. Sin ser una obra conceptual, Post Mortem piensa un recorrido transversal del álbum que abarca música, videos, el arte del disco (a cargo de dos artistas plásticos, Marcelo Canevari y Ornella Pocetti) y sus presentaciones, en las que Dillom podía llegar al escenario adentro de un cajón mientras la RIP Gang lo lloraba de negro en punta. O bien podía ir de Freddy Krueger mientras los demás aparecían vestidos como unos boy scouts de Elm Street.
Por cesárea: mi único antihéroe en este lío
Ignacio Lewkowicz, uno de los pensadores argentinos más importantes del último medio siglo, dijo en los noventas que el antihéroe era el héroe posmoderno. El relato victorioso y viril dejaba paso a historias mínimas, en las que ganar era menos grandilocuente y abrazar cierta impotencia no estaba tan mal visto.
Lo que el antihéroe abraza son sus limitaciones: sabe que las fuerzas no siempre lo acompañan y aún cuando le vaya bien las cosas serán meros resultados de su voluntad. Si el héroe es pura fuerza volitiva y hará lo necesario para lograr su misión, el antihéroe sabe que las fuerzas no siempre lo acompañan e incluso que las que sí lo hacen pueden no provenir de él. A veces ni siquiera tiene objetivos claros.
Lo que nace Por cesárea es eso: un antihéroe.
No podemos decir que abandonó el horrorcore. “Últimamente” es una muestra: cuando el tema cambia, entra en una bola de oscuridad ritmada que te hace fruncir el ceño cada vez que lo escuchás. “La carie” también deambula por ahí. Pero en este álbum, un Dillom 3.0 radicaliza esa línea insinuada e incorpora capas de trip hop, cuerdas que invocan el sweet soul, más pop, más industrial.
Hay un segundo cambio fuerte, en lo poético. Se da en el paso a una exploración casi intrapsíquica que hace de Por Cesárea un disco mucho más pesadillesco que Post Mortem. Quizá porque nacer es más aterrador que sobre-vivir. Hasta los temas más bailables dan miedo.
Es su primer disco conceptual. En línea con otros, desde Tommy, de The Who a El Mal querer, de Rosalía, ese concepto en cuestión es un personaje del que se narra una historia. En este caso, una historia de amores en el sentido amplio, o de lo que los amores pueden hacer con una vida.
Dillom le contó a Iván Schargrodsky que El extranjero, la novela de Albert Camus publicada en 1942, nutrió el diseño del personaje de Por Cesárea. Ese extranjero no es simplemente alguien que viene de otro país, sino alguien que vive siempre en un afuera. Un afuera, por cierto, hostil. En Por Cesárea, que es precisamente la inducción de un afuera (el del nacer), Dillom refuerza un relato que no borra el yo ni la primera persona, pero narra desde las debilidades y vulnerabilidades.
El antihéroe es un extranjero, un habitante del afuera, un compendio de aprendizajes que se escriben con la letra de las cicatrices. A la urgencia punk que caracteriza a Dillom “se suman capas de futurismo distópico y una espiralización del discurso interior, algo muy poético”, describe Alejandro Terán, del Cuarteto Divergente, que aporta cuerdas en el segundo álbum.
Dillom lucha con demonios que parecen los de Lovecraft en un territorio musical que tensiona la norma y la incomodidad.
Visto el camino que hizo Dillom hasta llegar a este disco, es notable que el dinero brille por su ausencia. Uno podría decir, con cabeza de contador, que esto se debe a que Dillom resolvió su economía con PM y pudo pasar a otra cosa. Pero hay miles de artistas que, con sus economías domésticas resueltas, insisten en estéticas y retóricas del dinero.
¿Y si, en la narración de su generación, lo que Dillom estuviera diciendo es que las pesadillas de hoy son efecto de los sueños de ayer? ¿Y si la hipertensión oscura de Por Cesárea fuese la consecuencia de la manía monetaria de los años previos? ¿Y si el sueño de millonario, como los monstruos de la razón de Goya, condujera a la pesadilla? Vivimos en un tiempo hipermonetizado. El mismo tiempo en el que no paramos de hablar de sufrimiento psíquico y salud mental.
Samuel tenía 13 años cuando instaló en el colegio de Parque Síquiman la discusión sobre diversidad sexual. Fue a principios de los dos mil. Los maestros del pueblo tuvieron que repensar la convivencia escolar.
—Llegaba de su casa y lo veíamos entrar directo al baño. Unos minutos después salía con lentes de contacto celestes y labios pintados de rojo. Ese era el Samu que todos conocíamos.
Cuando, varios años después, en la escuela de Parque Síquiman se comenzó a aplicar la ley de Educación Sexual Integral (ESI), los docentes del Anexo 332 recordaron que Samuel Tobares se adelantó a los tiempos del pueblo. La anécdota se escucha mientras unas trescientas personas marchan por la Avenida San Martín, exigiendo justicia después de su muerte en un operativo policial. La docente dice que la aparición de un adolescente tan determinado en ese pueblo opaco obligó a los docentes a pensar actividades y conversaciones para las que no estaban formados ni preparados.
—Tenés que entender que este es territorio de gauchos —dice—, de gente de a caballo, patriarcal hasta la médula. Imaginate lo que era hace veinte años, y de repente aparece este niño histriónico y divertido que en el ámbito escolar fluía de un modo maravilloso. Él se fue y el pueblo siguió como antes. Por eso digo que fue por su valentía que todos nos pusimos a estudiar para afrontar el desafío.
***
Cuando se les pregunta a los habitantes de Córdoba cómo llegar a Villa Parque Síquiman, la mayoría no puede explicarlo pero sabe que está “allá”, sobre la ruta provincial 38, en el valle de Punilla, pasando Carlos Paz y antes de llegar a Cosquín.
En ese lugar ubicado a unos 50 kilómetros de Córdoba Capital, entre las Sierras Chicas y el sistema montañoso de Los Gigantes, la tierra ardía de calor el 23 de noviembre de 2025. Por eso, cuando llegó la noche, el clima estaba ideal para dejar puertas y ventanas abiertas y disfrutar del fresco que corría con el vientito de la noche. En eso estaba el matrimonio de Guillermo y Brenda cuando empezaron a escuchar los gritos:
—¡Ay! ¡¿Qué les pasa, por qué me molestan?!
Habían visto bajar del colectivo a las nueve y media de la noche a un joven que cruzó la ruta y se sentó en la garita de enfrente. Un rato después llegaron dos patrulleros y de cada uno se bajó un policía.
Lo que sigue es el relato de Guillermo, que se escondió entre los árboles de la entrada para ver qué pasaba:
—Vi cuando inició el control, que fue brutal, porque directamente lo empujan y lo golpean contra el móvil. Él también les gritaba y les decía cosas. Entonces le pegan una piña y él empieza a perder el equilibrio, y escucho que le gritan “puto de mierda” y, cuando se cae al piso, lo patean.
Excepto la ruta, todas las calles de Síquiman son de tierra. Incluso la parada de colectivo donde estaba Samuel está construída sobre el costado de tierra de la ruta. La Policía había llegado por un llamado al 911 realizado por una mujer que llamó para decir que, mientras estaba ayudando a otra a quien se le había pinchado la goma del auto, un hombre se le acercó de forma alterada y a los gritos les reclamó cosas para luego retirarse. Ese llamado quedó registrado en el expediente, pero habría ocurrido al menos 30 minutos antes del momento en que los policías encontraran a Samuel.
En un momento del control, los policías comenzaron a tirar gas pimienta contra Samuel, aunque después dirían a través de sus jefes que fue él quien, en medio de la discusión, les arrebató el gas pimienta para supuestamente atacarlos a ellos.
La Policía de Córdoba tiene un largo historial de casos de gatillo fácil en los que las principales víctimas suelen ser los jóvenes de sectores populares, pero en el último tiempo concentra además una impresionante lista de homicidios en el marco de operativos rutinarios que se salen de control. Sólo en 2025 siete policías fueron detenidos porque personas que no portaban armas ni eran sospechadas de cometer delito alguno terminaron muertas en esos procedimientos. La institución cuenta con una superestructura de prensa que difunde un promedio de entre 30 y 40 noticias diarias con fotos, videos y hasta audios grabados en tono neutro por comisarios para que sean usados en la televisión y la radio. Nunca se informó sobre la muerte de Samuel Tobares y sólo cuando el tema explotó en los medios dejaron trascender la existencia del llamado al 911 que impulsó el operativo.
***
Samuel había regresado a Síquiman hacía dos meses, después de una temporada viviendo en Rosario y otra más larga en Bariloche, por donde iba y venía como empleado itinerante del turismo. La noche que lo mataron volvía de trabajar en el Hotel Nuevo Elvio, de Carlos Paz, donde en estos días es furor el turismo infantil de egresados de las escuelas primarias.
Samuel fue sembrando amistades por todos lados. Lo único que nunca abandonaba era a su perrita Luckie, una mestiza que —según los videos que compartía en redes sociales— conoció el Cerro Catedral, el lago Gutiérrez, Pinamar, Rosario y otros destinos turísticos que muchos habitantes de Síquiman jamás imaginaron visitar.
Mariano Ruiz, director ejecutivo de Derechos Humanos y Diversidad, una organización que desde hace cuatro años trabaja recibiendo a personas de la comunidad LGBT que se refugian en la Argentina después de que su vida haya corrido peligro en sus países, asegura que esa lógica de huidas internacionales también se replica al interior de los propios Estados.
“Esa itinerancia es conocida como desplazamiento forzado interno. Aun con las garantías y los derechos reconocidos para la población LGBTIQ+, todavía muchos de nosotres tenemos que mudarnos de nuestros pueblos a grandes ciudades escapando de situaciones de disciminación y violencia por ser quienes somos —dice Ruiz—. Chicos como Samuel, un trabajador golondrina, pasan la vida yendo y viniendo de su núcleo familiar en la búsqueda de una plenitud que encuentran en espacios más democráticos que los de los pueblos conservadores, donde irse sigue siendo una salida recurrente. Es muy probable que esa itinerancia haya tenido que ver con la doble vida a la que muchos de nosotros aún estamos condenados”.
—Cuando logran tirarlo, lo empiezan a aplastar —relató Guillermo, el testigo que dice haber visto todo.
La otra testigo es su esposa, Brenda. Ella es quien dijo a los medios de comunicación que a Samuel le pegaron como a una bolsa de boxeo.
A los “puto de mierda” iniciales le siguieron más insultos y golpes, pero según Brenda en un momento los policías comenzaron a pedir ayuda por radio.
Guillermo lo cuenta así:
—El chico era flacucho como yo. Para mí, además de los golpes y las patadas, lo han matado porque lo aplastaron. Lo pusieron boca abajo y se le tiraron los dos encima.
El relato parece similar a lo que se vio en Estados Unidos cuando la Policía asesinó a George Floyd dando lugar al “no puedo respirar” o a lo que se suele ver en las marchas de los jubilados, cuando la Policía reduce a los trabajadores de prensa.
Brenda dice que después llegaron otros dos móviles y comenzaron a hacerle maniobras de reanimación cardiopulmonar a Samuel para tratar de revivirlo. Guillermo le dijo a la televisión local que, aunque pensó en intervenir, no lo hizo porque tenía miedo de que se la agarraran con él. El matrimonio vio, unos 20 minutos después del comienzo del ataque, que los policías levantaron del suelo a Samuel y lo tiraron dentro de uno de los móviles para llevarlo al hospital.
Al llegar a la guardia, ya no tenía signos vitales. Los médicos que lo atendieron dejaron una referencia escrita en el informe de ingreso: El paciente tenía la boca llena de tierra, en cantidades llamativas.
Por cada caso de abuso de las fuerzas de seguridad de Córdoba que ha llegado a juicio, la condena involucra también a decenas de policías por encubrimiento. El fiscal le ofreció al matrimonio de Guillermo y Brenda una custodia de la misma institución a la que pertenecen los acusados de matar a Samuel. Ellos rechazaron el ofrecimiento.
Hasta hace poco, a metros de la casa donde el matrimonio presenció el crimen, los padres de Samu vendían pan casero a los turistas que pasaban por la ruta.
***
Una profe de la escuela de Parque Síquiman recuerda entusiasmada a Samuel. Habla de él como alguien alegre y dice que en aquel tiempo en la escuela apenas si había diez o quince alumnos por curso, así que fue muy lindo acompañarlo.
—Samu brillaba de manera diferente y los compañeros en la escuela lo aceptaban como era.
Aunque habla relajada, de repente pide lo mismo que van a solicitar todos los vecinos de Síquiman en esos primeros días después de la muerte: que no demos sus nombres porque “hemos acordado que no vamos a dar ningún paso sin la aprobación de la familia y si la familia no quiere hablar de ese tema, lo respetamos”.
“Ese tema” es la orientación sexual de Samu, y la aclaración es la misma que hacen otras dos amigas del muchacho asesinado: “Si la familia no quiere hablar de eso, yo quiero respetarlo porque bastante con lo que tienen”. Entre las razones para evitar hablar “de eso” sin permiso, está el hecho de que el padre de Samuel está muy enfermo y no quieren agravar su salud todavía más. Otra justificación es que la familia es nativa del pueblo y, por lo tanto, reservada. Algo que todos quieren respetar.
A diferencia de otros pueblos, cuya vida gira en torno a la plaza, en Villa Parque Síquiman todo está marcado por la trascendencia de la ruta. Allí están la municipalidad, la Policía y la plaza. También el quiosco, la ferretería, los puestos de pan casero y el resto de los comercios. De noche es, además, una ciudad a oscuras. Cualquiera podría cruzar el pueblo sin darse cuenta, de no ser por una réplica inverosímil de la Torre Eiffel, de unos 30 metros de alto, que los fines de semana permanece encendida con los colores de la bandera argentina. Por ahí caminaba Samuel cuando era pequeño e iba de su casa a la escuela y de la escuela a su casa. También por ahí, en esa misma ruta, fue detenido, tirado al suelo y aplastado por sus agresores hasta que murió.
—No es que de la sexualidad de Samuel no se habla —explican los que fueron a la marcha en reclamo de justicia— sino que sencillamente evitamos hablar de eso porque no es importante.
O sea.
—Mi hijo era de viajar mucho —dice Carmen, la madre de Samuel—. Trabajaba siempre en el ámbito del turismo y por eso cuando llegaba a casa yo lo quería tener conmigo y conversar de cosas importantes. No hablábamos de su sexualidad. Eso no me importaba.
Carmen dice que por supuesto “sabía qué cosas le gustaban a Samu”, pero eso no tiene nada que ver con lo que le pasó.
—¿Estaba de novio?
—A mí no me dijo nada.
—¿Usted cree que la elección sexual de Samuel tiene que ver con lo que le pasó?
—No entiendo. ¿Qué tiene que ver la elección sexual con lo que ocurrió? Eso que le hicieron no se lo pueden hacer a nadie.
—Claro. Pero sería más grave aún que le hubieran hecho lo que le hicieron porque él era como era.
—Sí. Eso sería peor todavía. Pero yo no sé si le gritaron eso, por eso hay que esperar.
Abigail, la hermana de Samuel, dijo sentir escalofríos de sólo pensar en cómo le pegaron a su hermano hasta matarlo.
La comunidad LGBTQ+ de la ciudad de Córdoba propuso hacer una marcha en la ciudad capital denunciando el crimen de odio. En un primer momento se dijo que la familia no quiso apoyar esa marcha, pero la familia dice que nunca la convocaron. Al final sólo se marchó casi sin carteles en Parque Síquiman. La Federación Argentina LGBTQ+ exigió una formación real y obligatoria en derechos humanos, género y diversidad para la Policía de Córdoba, además de una mesa de diálogo para diseñar políticas públicas y de seguridad que protejan a la comunidad.
Cintia, “la Colo”, su amiga de Bariloche con la que más relación construyó, contó que una vez, cuando ella estaba pasando un mal momento, Samuel la contactó con su madre. Carmen la acompañó en esa historia personal aconsejándola e invitándola a buscar tranquilidad apoyándose siempre en la fe en Dios. De su madre Samuel heredó su fe en Dios.
***
El fiscal del caso es Ricardo Mazzucchi, un hombre con historia en Carlos Paz. Tenía comprado un viaje de vacaciones a Aruba antes de la muerte de Samu y ya se encontraba en el Caribe el día en que los vecinos marchaban pidiendo justicia por el crimen de odio. Con más de 20 años de carrera, Masucchi ha tenido tres denuncias y pedidos de destitución por inacción o equivocaciones vinculadas a casos de violencia de género. Ninguna prosperó. Actualmente es pareja de una mujer retirada de la Policía de Córdoba, madre de otra mujer policía que es, justamente, la persona a la que dejó a cargo de la investigación del caso. Aunque a nivel internacional no se recomienda que integrantes de una misma fuerza investiguen a sus propios pares, en Córdoba esa práctica es habitual.
Después de varios días sin novedades, los familiares de Samuel consiguieron un abogado. Carlos Nayi, un penalista mediático, de los más reconocidos de la provincia.
En una entrevista que el autor de esta crónica le realizó hace algunos años, Nayi contó que cada noche, después de cenar con Soledad, su esposa, y sus siete hijos, caminaba solo hasta la habitación matrimonial para arrodillarse y rezar. Ya en la cama, el abogado suele hablar con Dios y recitar los versos de la Oración del Abogado de Santo Tomás de Aquino, que aprendió en la Universidad Católica de Córdoba: “Señor, permíteme ser hábil en el argumento, preciso en el análisis, estricto en el estudio, franco con mis clientes y honesto con los adversarios”.
Con la llegada de Nayi para representar a la familia, la causa se activó y casi inmediatamente el fiscal ordenó la detención de los dos policías que golpearon a Samuel: Guillermo Serafín Arce y el oficial Franco Sebastián Romero fueron imputados por homicidio preterintencional. Es decir, llevaron adelante una acción donde el resultado resultó ser más grave de lo que se pretendía. Nayi cuestionó al fiscal.
—Sabemos que hay casos en los que la Policía de Córdoba reprime y luego pregunta —dijo Nayi—. No te quepa duda de que este chico ha muerto por responsabilidad de estos policías que tenían 10 y 12 años en la fuerza, es decir, eran experimentados. Aún cuando intenten instalar la idea de que él puede haber consumido algo que afectó su salud, es el estrés que pasó en el marco de la golpiza lo que le quitó la vida.
El abogado renunció a la representación de la familia de Samuel el día después de hacer estas afirmaciones. La explicación fue que había sentido que la familia desconfiaba de él.
Según trascendió, Nayi le hizo leer a la familia la autopsia de Samuel donde hay referencias al consumo de cocaína por parte de la víctima. Eso habría colmado de paciencia de la madre y la hermana que decidieron no firmarle un poder para que él lleve la causa. Sintieron que el discurso de Nayi los inducía a pensar que el consumo de drogas era más importante que el hecho de que Samuel fue golpeado hasta la muerte.
Los nuevos abogados son Horacio Balduzzi y Silvina Bolseen. Ninguno de ellos tiene experiencia en casos complejos como el de Samu, pero cuentan con la confianza de la familia.
Al regresar del Caribe, el fiscal Mazzuchi no perdió tiempo y le tomó indagatoria a los detenidos. Los policías se negaron a contestar preguntas y continúan presos. En la causa quedó especificado que el llamado al 911 existió y que la mujer que hizo la llamada estaba a unos setenta metros de donde ocurrió todo. Cuando los móviles llegaron a donde estaba ella, les indicó que la persona que la había increpado se había ido caminando hacia la parada de colectivo. Allí los policías encontraron a Samuel.
Estos detalles son importantes. La defensa pretende probar que Samuel estaba “sacado” porque necesita vincularlo al hombre que habría agredido a la vecina que llamó al 911. En su testimonio ella dice que “un muchacho vestido con vaquero y remera celeste” la agredió verbalmente y “se mostraba incoherente” e hizo referencias a un secuestro.
Más allá de los problemas de salud que pueda haber tenido la víctima, lo que queda claro tras la descripción de los hechos es que la paliza fue el desencadenante de la muerte. Fiscales, jueces, abogados y funcionarios (incluídos policías) también consumen drogas, pero no se cruzan a la noche en la ruta con los policías de Síquiman en un control.
Los nuevos representantes de la familia de Samuel no fueron convocados a la indagatoria, se enteraron por los medios. Apenas tuvieron acceso al expediente consideraron que el fiscal ya tenía en su poder pruebas suficientes como para modificar la carátula del caso.
—La figura de Homicidio Preterintencional se derrumba con la propia investigación del fiscal —dice Balduzzi—. Con los elementos que existen está claro que hablamos de Homicidio Agravado por cuestión de género y discriminación. Sumados a los apremios ilegales, la condena puede ser perpetua.
***
En su antebrazo derecho Samuel tenía tatuado el título de la canción “Stirb Nicht Vor Mir”, de la banda alemana Rammstein. La letra habla de la búsqueda del amor y del deseo de encuentro con alguien que, aunque quizás todavía no apareció en nuestra vida, de algún modo nos está esperando como nosotros a ella. Una de sus estrofas dice: “No mueras antes que yo”.
En Síquiman nadie pudo hablar de alguna pareja actual de Samuel, aunque entre los amigos hay un rumor de que su último viaje a Rosario no fue por trabajo, sino por amor. Lo que se sabe es que él trabajaba mucho en Bariloche, en empresas de alquiler de tiempos compartidos. Lo mismo hacía a veces en Pinamar y en San Bernardo, provincia de Buenos Aires. Cuando venía a Córdoba, normalmente buscaba empleo en algún comercio o, como en la tarde previa a su muerte, en algún hotel.
Alegre, divertido y generoso, Samuel era abiertamente gay. El “puto de mierda” que le gritaron los policías mientras le pegaban no fue una frase al azar sin conocer su elección sexual, sino todo lo contrario. Su regreso desde Rosario lo hizo, como siempre, acompañado de su perrita Luckie que, desde su muerte, ha quedado esperándolo en casa de sus padres. La madre de Samu ha decidido permitirle dormir con ella en la cama.
Los rumores sobre lo que pasó aquella noche y las razones por las que Samu fue agredido por la Policía son múltiples. En la marcha que se realizó en Síquiman, una de sus amigas aceptó hablar pocas palabras al respecto:
—¿Estaba saliendo con alguien?
—Mirá, había llegado hacía dos meses, pero no me dijo nada.
—¿Es posible que haya tenido alguna relación con un policía?
—Escuché eso, pero no puedo asegurarlo.
—¿Qué escuchaste?
—Que llegaba, se sentaba en la garita esa a mandar mensajes y que podría haberse subido a un patrullero.
—¿Será cierto?
—Se dicen muchas cosas.
Si Samu hubiera tenido un vínculo con alguno de los policías, la causa daría un giro, aunque no cambiaría las circunstancias del hecho. Desde la fiscalía consideraron que esa especulación es falsa y la llamaron «imaginario popular». Por otro lado, afirman que el llamado al 911 está incorporado al expediente. En tribunales, el testimonio de Brenda y Guillermo fue el mismo que trascendió en los medios.
***
Juan Pablo Quinteros es el ministro de Seguridad de la provincia de Córdoba. Durante muchos años fue cercano a Luis Juez y férreo opositor del oficialismo provincial, hasta que el actual gobernador, Martín Llaryora, lo nombró ministro y Quinteros pasó del antiperonismo al peronismo.
Poco tiempo después de asumir, Quinteros dejó de lado el rol de control civil de la Policía y comenzó a vestirse de fajina, usar gorra policial, sacarse fotos disparando armas y expresarse como si fuera un comisario. Al poco tiempo comenzó a ser elogiado por la entonces ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. A mediados de este año impulsó que el área de prensa de la Policía difundiera un video en el que se lo ve —mide poco más de un metro cincuenta y tiene contextura menuda— persiguiendo en su camioneta personal, por las calles de la ciudad capital, a un joven que aparentemente había cometido un delito.
Desde entonces, cada vez que aparece una cámara de televisión, exhibe sus souvenirs policiales y habla ante los micrófonos utilizando jerga militar. Dice “positivo” para indicar que un operativo salió bien; habla de “masculino” o “femenino” en lugar de varón o mujer; y apela a la expresión “cumplimiento del deber” cuando la Policía es acusada de gatillo fácil.
El día que mataron a Samuel, Quinteros publicó en redes una foto en la que se lo ve abrazado con Alejandra Monteoliva, la cordobesa que acaba de reemplazar a Bullrich en Seguridad. Cuando le preguntaron qué pensaba del caso Samuel Tobares, dijo que él podía asegurar que “no se trató de un caso de violencia institucional”. En diálogos en off que mantuvo con varios periodistas, el ministro alimentó hipótesis que ponían dudas sobre el accionar de la víctima. A los días del hecho se presentó en la casa de la familia de Samuel.
Esos comentarios parecieron muy en sintonía con lo que luego dijo Federico Pizzicari, el abogado de los policías detenidos:
—Cuando una persona se resiste a una detención indudablemente hay un forcejeo. Hay una mano de más o una mano de menos, pero esto es propio de la reducción. En este caso hubo un llamado al 911 por parte de una mujer que dice que la estaban amenazando con una piedra para romperle el auto. Por eso son convocados los policías. Y cuando quieren identificar a este muchacho advierten que era alguien que estaba “como ido”. Esta persona se abalanza sobre uno de mis clientes, el más pequeño, y le saca el gas pimienta. Ante esto lo reducen, llegan otras patrullas y lo introducen en el patrullero. En la mochila de Tobares le secuestran fármacos y medicamentos.
La autopsia realizada al cuerpo de Samuel confirma la existencia de una golpiza, pero también demostraría que ninguno de los golpes tuvo la contundencia de ser el que causó la muerte. Fuentes de la fiscalía dejaron trascender que eso podría atenuar la responsabilidad de los policías. Esa afirmación parece estar en sintonía con los datos que se dejaron trascender desde el Ministerio de Seguridad, que divulgaron la versión de que Samu habría consumido cocaína como supuesto atenuante del homicidio. También con lo que a la familia le molestó en relación a su primer abogado.
Organismos públicos y actores de la causa cohesionados para ir quitándole responsabilidad a los policías detenidos. La misma reacción conjunta se percibe cuando se les pregunta a todos esos organismos sobre la idea del crimen de odio. La niegan.
El estado provincial ha tenido que afrontar pagos millonarios relacionados con casos juzgados como violencia institucional, la idea del crimen de odio aterra al poder político cordobés.
Esteban Paulón es diputado Nacional y activista LGTBQ+. Explicó que el de Samuel es un crimen de odio: aquel que se comete en base a un prejuicio que tiene el victimario. Ese prejuicio se convierte en el móvil y vector principal del crimen.
La explicación parece una respuesta perfecta a las sugerencias del abogado defensor de los acusados y del Ministerio de Seguridad que también parece esconderse detrás de la figura de crimen preterintencional descrita por el fiscal. Samuel puede haber estado borracho, enojado o hasta haber consumido drogas, pero el “puto de mierda” que escucharon los testigos demuestra que el problema para los victimarios es que era maricón.
En relación a las dificultades del poder para hablar de estas cosas, Paulón señaló que se subestima lo que el odio genera en las personas:
—Por supuesto que hay buenos policías, pero hay que entender que son formados para detentar el monopolio de la fuerza en manos del Estado. Eso genera una desigualdad que, sumada a un prejuicio proveniente de cualquier contexto, hace que finalmente ocurran estas cosas. Al poder político le cuesta hacerse cargo de la Policía que forma, y para no hacerse cargo de eso relativiza este tipo de cuestiones.
Sobre lo que puede haber ocurrido con Samuel, Paulón fue muy claro:
—Las pericias pueden sugerir que las patadas no mataron a Samuel o que consumió algo, pero lo cierto es que el pibe estaba vivo y después de la golpiza, murió.
***
Leo tuvo una breve historia de amor con Samuel hace algunos años. Al atender el llamado de Anfibia se pasa varios minutos aclarando cosas obvias. Que no es lo mismo haber sido amantes por dos meses que tener “una relación”, que eso tampoco es “haber sido pareja” y que lo único que el periodismo debe saber es que Samuel fue una buena persona.
—Era un chico alegre, simpático, buena onda y divertido. Me cagaba de la risa con él. Se la daba con falopa y con porro, obviamente, pero nada fuera de lo común. Yo estuve con él una temporada de invierno y después dejamos de vernos.
Leo lo recuerda como alguien histriónico al que le iba muy bien en su trabajo justamente por eso, y que era muy coqueto. También lo recuerda usando lentes de contacto.
Algo parecido recuerda Cintia. Ante la pregunta sobre sus amores, ella dice que conoció su historia con L. y también con “un pibito de Bariloche” que trabajaba con Samu en el Cerro, como le llaman al trabajo en las oficinas del Cerro Catedral, donde él alquilaba tiempos compartidos.
—Él era muy directo. Si le gustaba un policía, no hubiera tenido problema en tener esa historia. De la misma manera, él no se iba a dejar avasallar. Si lo trataron mal, seguro iba a plantarse, pero siempre con respeto.
En la concentración previa a la marcha, Gisel, una amiga que vive en Icho Cruz y lo conoció hace 17 años, dijo que, si tuviera que definirlo, diría que Samu era “simplemente una campanita que alegraba todo”.
Otra de las presentes dijo que lo conoció un día, viajando sola con su beba pequeña, cuando el auto se le quedó en una subida cerca de Síquiman. Todos empezaron a tocarle bocina e insultarla, hasta que un desconocido detuvo su moto y empezó a hacer señas para que pasaran, mientras les gritaba por su falta de atención. Era Samuel: la esperó hasta que logró solucionar el problema y luego la acompañó hasta su casa.
La Colo de Bariloche tiene una explicación a la incertidumbre sobre sus amores:
—Que no te llame la atención el hecho de que te cueste conocer sobre eso. No sólo era reservado, él estaba muy abocado a trabajar y se la pasaba ayudando gente. Quizás tenía romances. Pero él laburaba mucho y todo el tiempo.
Al finalizar nuestra charla, desde la chocolatería que tiene en Bariloche, la Colo cuenta que en 2017 le contó a Samu que estaba embarazada y que él se emocionó tanto que lloró durante varios minutos.
—Samu era alguien así —dice, y se calla pensándolo, evocándolo—, sencillamente alguien de corazón muy grande.
A un mes del homicidio y en el marco de los reclamos de Justicia, el lunes pasado se realizó una mateada en el lugar donde mataron a Samuel. Allí la familia comenzó a aceptar la idea de que su muerte podía estar vinculada a su orientación sexual; algo que, lejos de esconderse, debe ponerse en discusión.
En su libro Matar a un Ruiseñor, la escritora Harper Lee dice que esos pajarillos “no se dedican a otra cosa que no sea a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor”.
En la noche de su muerte, Samu no fue para sus asesinos el niño o el joven o el amigo que marcó la vida de tantos fuera y dentro de Síquiman. Esa noche, los policías sólo vieron en él a un puto de mierda al que aplastaron e hicieron comer tierra hasta morir. Y eso, además de un pecado, es un crimen de odio cometido por agentes del Estado.