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LAS PASO2021 ABRIERON EL JUEGO DE CARA AL FUTURO EN VILLA REGINA

Las PASO2021 en Regina también dejan espacios para las apreciaciones, los pseudo análisis externos (el verdadero análisis lo harán puertas adentro los partidos) y las conjeturas de cafetín, en mi caso de mate y teclado.

Partamos de un punto inicial: MUNICIPALES 2019.

La intendencia queda a cargo de Juntos Somos Rio Negro (JSRN) con Marcelo Orazi como jefe comunal pero de la mano de una lista colectora (en aquel momento Somos Villa Regina -SVR-) donde compartió los votos de cara a la intendencia, y de este modo lograron superar al Frente de Todos (FdT) que con Máximo Daga como candidato consiguió una mayoría de votos histórica (7.803 votos, y acuérdense de ese número) alcanzando un 40% de los votos. Ante la alianza colectora en la vereda de enfrente, no alcanzó, entre JSRN y SVR (ahora Juntos por el Cambio) lograron el 55% de los votos. De los cuales 6.876 fueron del oficialismo y 3.924 de las alianzas cambiemitas.

Es claro que JSRN salió triunfante y consolidado de estas PASO2021 a nivel provincial, pero quizás no se pueda hacer la misma observación a nivel local, que si bien consiguió la mayoría de votos (un 31%) fue casi un empate técnico con JxC en la recopilación de sus 3 listas de precandidatos (30%). Ahora el último aliado puede ser un duro opositor y quienes en el Concejo Deliberante local acompañaban sin chistar, pueden virar el rumbo y movilizar las aguas.

En la otra franja del cuadro nos encontramos, sino es con la peor elección de la historia del peronismo en Villa Regina pega en el palo (no tengo registro de todas las elecciones municipales) pero el 21% obtenido representa aproximadamente 3.500 votos, menos de la mitad obtenidos en 2019 (7.803). El margen es amplísimo y no se recupera desde la Unidad Básica. Tanto a nivel local como provincial están muy sujetos a las decisiones políticas del gobierno nacional que deberá virar en sus políticas y poner billetes en el bolsillo de la gente. Además de patear y patear, que es algo que saben hacer, justamente los que después no ponen su foto en la boleta. Ahí hay otra complejidad.

Para dónde dispararon esos votos frustrados?

El sector militante que dio la espalda o el más ideologizado lo depositó en la izquierda, si en definitiva desde la narrativa se posan sobre cuestiones parecidas al kirchnerismo, lo que demuestra (por el contrario del FdT) una de las mejores elecciones de la izquierda en Villa Regina accediendo a dos dígitos (13%) saliendo de los 5 puntos que promedia históricamente.

El electorado frustrado menos ideologizado, porque en definitiva no todos viven de la rosca constante, sino que más bien miran su bolsillo, castigó dándole el voto a JxC posicionándolo de este modo nuevamente en carrera.

También se acusa mucho faltazo a cumplir el deber cívico en función del descontento generalizado con el gobierno de A. Fernandez.

De las PASO en Villa Regina se desprende que el ejecutivo local debe hacer su lectura y abrir los ojos atendiendo el reclamo (perdieron 1.500 votos en el camino), pero también desde provincia deberán rever cuestiones electorales a futuro, porque con un JxC envalentonado quizás no exista alianza colectora en 2023 y de encontrar un candidato potable (hoy aparecen lxs concejales Paillapi y Rodriguez) puedan animarse a ir por lo suyo. La experiencia reciente habilita soñar, y si el marco nacional se sostiene o logra crecer, más aún.

Lo que es indiscutible, es que sin colectora, el juego está abierto para todos hacia el 2023 con mucho tiempo que recorrer, para que cada uno haga su juego. Por su parte el FdT debe mirar hacia dentro y ver cómo resolver una situación compleja de cara a lo que se viene, la desarticulación política interna, la lucha de egos y la desconfianza; por el momento vislumbran que lejos de unificar criterios en un proceso de recuperación, cada cuadro hace su análisis y activa individualmente. Y cuando el sello falla, y esta vez falló, la sábana queda siempre corta.

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    El tren que unió a la Argentina y terminó convirtiéndose en un recuerdo

     

    Hubo una época en la que el ferrocarril era mucho más que un medio de transporte: era la columna vertebral que conectaba pueblos, acercaba producción, generaba trabajo y permitía que miles de argentinos conocieran por primera vez una ciudad situada a cientos de kilómetros. La historia de La Trochita, el pequeño tren de la Patagonia que todavía atraviesa la estepa, permite recuperar una parte de aquel país ferroviario.

    Por Redacción de NLI

    Hay trenes que transportan pasajeros y trenes que terminan formando parte de la memoria de un pueblo. La Trochita, oficialmente conocida como Viejo Expreso Patagónico, pertenece definitivamente a la segunda categoría. Sus locomotoras pequeñas, sus vagones de madera y sus vías estrechas atraviesan desde hace décadas una de las regiones más extensas y despobladas del país, entre paisajes donde el horizonte parece no terminar nunca. Para muchos de los habitantes de la Patagonia, sin embargo, aquel ferrocarril no fue originalmente una atracción turística: fue durante décadas una herramienta fundamental para comunicarse, transportar producción y mantener vinculadas a comunidades separadas por enormes distancias.

    Su historia también permite entender qué significó el ferrocarril para la Argentina del siglo XX y qué ocurrió cuando muchas de aquellas líneas dejaron de considerarse estratégicas.

    Una línea pensada para atravesar el desierto patagónico

    La construcción de La Trochita estuvo vinculada con un ambicioso proyecto ferroviario que buscaba conectar distintos puntos de la Patagonia con la red nacional. La línea finalmente vinculó Ingeniero Jacobacci, en Río Negro, con Esquel, en Chubut, atravesando cientos de kilómetros de estepa.

    La particularidad estaba en su trocha: apenas 75 centímetros. De allí surgió el nombre popular de «La Trochita». Esa característica permitía utilizar curvas más cerradas y adaptar el tendido a terrenos difíciles, aunque también limitaba la velocidad y la capacidad de transporte.

    El proyecto avanzó lentamente durante las primeras décadas del siglo XX. La construcción en la Patagonia implicaba desafíos enormes: largas distancias, clima extremo, escasez de infraestructura y dificultades para transportar materiales. Las vías debían avanzar por territorios donde las distancias entre poblaciones eran enormes y donde una tormenta podía aislar completamente una formación.

    Finalmente, el servicio comenzó a funcionar en la década de 1940, integrando comunidades que hasta entonces dependían de caminos precarios y de medios de transporte mucho más lentos.

    Para las poblaciones de la región, la llegada del tren significó mucho más que disponer de un nuevo servicio. Permitió trasladar lana y otros productos, transportar alimentos y mercaderías, facilitar viajes hacia centros urbanos y sostener vínculos familiares y comerciales. En lugares donde las distancias podían convertirse en verdaderas barreras, el ferrocarril funcionaba como una forma concreta de integración territorial.

    Cuando cerrar una línea significaba aislar una región

    Durante buena parte del siglo XX, el ferrocarril argentino cumplió una función que excedía ampliamente la rentabilidad inmediata. Las líneas conectaban regiones productivas, acercaban servicios y contribuían a poblar territorios alejados de los grandes centros urbanos.

    Esa lógica comenzó a cambiar con fuerza durante las últimas décadas del siglo. La expansión del transporte automotor, la transformación de las políticas económicas y las sucesivas decisiones de reducción de servicios ferroviarios provocaron el cierre de numerosos ramales. Muchas localidades que habían nacido alrededor de una estación quedaron progresivamente aisladas o perdieron una parte fundamental de su actividad económica.

    La Trochita también estuvo cerca de desaparecer. En 1993, el servicio regular fue suspendido y durante un tiempo parecía que aquellas pequeñas locomotoras pasarían definitivamente a formar parte del pasado. La reacción de las comunidades locales y el interés generado por su valor histórico y cultural contribuyeron a evitar su desaparición completa.

    El tren comenzó entonces a recorrer un camino diferente: dejó de ser solamente una herramienta de transporte cotidiano y empezó a convertirse también en patrimonio histórico y atractivo turístico.

    Pero reducir su historia al turismo sería injusto. La Trochita sobrevivió porque detrás de sus vías había una memoria colectiva. Para muchas familias patagónicas, el tren estaba asociado con viajes, trabajo, encuentros y acontecimientos fundamentales de sus vidas.

    Una locomotora como memoria de otro modelo de país

    Actualmente La Trochita es reconocida internacionalmente como uno de los trenes históricos más singulares del mundo. Sus recorridos permiten conocer una Patagonia que no aparece en las fotografías tradicionales: una Patagonia atravesada por vías, estaciones pequeñas y antiguos galpones ferroviarios.

    Sus locomotoras a vapor y sus vagones conservan buena parte de la estética de otra época. Pero quizá lo más valioso no sea su aspecto pintoresco, sino lo que representa.

    La historia ferroviaria argentina estuvo estrechamente ligada al desarrollo económico y territorial. Allí donde llegaba el tren podían aparecer una estación, un almacén, un taller, una escuela o nuevas posibilidades comerciales. En muchos casos, la infraestructura ferroviaria fue una de las primeras formas de presencia permanente del Estado en regiones alejadas.

    Por eso la desaparición de numerosos ramales no significó solamente perder un medio de transporte. También implicó modificar la estructura territorial de muchas comunidades.

    La Trochita sobrevivió precisamente porque logró convertirse en memoria viva de aquel proceso. Cada viaje turístico recupera, aunque sea durante unas horas, una forma de recorrer la Patagonia que alguna vez fue cotidiana.

    Mientras la locomotora avanza lentamente entre la estepa, el humo se pierde en el cielo y los vagones atraviesan pequeños puentes y estaciones, queda la sensación de estar observando algo más que una pieza de museo. Es un fragmento de la Argentina ferroviaria que todavía funciona.

    Y quizás allí esté su mayor valor. Porque un país también se construye con caminos, vías y estaciones. Se construye cuando una persona que vive a cientos de kilómetros de una gran ciudad puede acceder a ella; cuando un productor puede sacar su mercadería; cuando un pueblo deja de estar aislado. La Trochita no es solamente un tren antiguo que sobrevivió al tiempo: es el testimonio de una idea de integración territorial que alguna vez tuvo al ferrocarril en el centro del proyecto nacional.

     

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