La ONG Amigos del Río con el apoyo de la municipalidad de Fernandez Oro lograron recuperar 48 hectáreas con acceso a 6 kilómetros de costa al río Negro que se encontraban usurpadas por empresas privadas que hace más de dos décadas se habían apropiado de tierras de dominio público.
Un grupo de vecinos nucleados en una ONG llamada Amigos del Río impulsó la iniciativa para recuperar el acceso libre a las costas del río Negro en su ciudad Fernandez Oro, de este modo y en conjunto con la municipalidad recuperaron más de 48 hectáreas de naturaleza pura que comprenden por ejemplo 13 kilómetros de sendero, ubicado a 4 km de la ruta provincial 65 y a 2 de la 22, se accede por la calle La Criollita (la de la YPF) que se encontraba cerrada debido a que una empresa que posee tierras en sus inmediaciones había decidido cortar el acceso. «Presentamos el proyecto en septiembre del año pasado (el 688/22) y se aprobó lo de ‘paseo costero ecológico y viveros municipales’ para recuperar el lugar», cuenta Pablo Fica referente de la ONG.
Esa misma empresa había rellenado con toneladas de basura un brazo del río Negro, un arroyo de 1,5 km de extensión y unos 30 metros de ancho que se encontraba sin agua a causa de obstáculos de tierra que habían depositado en lugares estratégicos, lo cual le permitió extender sus propiedades sobre tierras de dominio público e impedir que 25.000 personas tengan acceso a las costas.
El Paseo Costero Ecológico, así se llamó el proyecto presentado en el Concejo Deliberante local, brinda a la comunidad un espacio de recreación y esparcimiento, como así también el cuidado de la vegetación existente en el área, cumpliendo con objetivos sociales, ecológicos y turísticos de la ciudad. El crecimiento de Fernandez Oro es notable, no sólo en cuanto al número de habitantes, sino también en sus dimensiones por lo cual el Paseo es socialmente necesario.
“Creemos que la lucha organizada y consciente emprendida por un grupo de orenses para restablecer la soberanía sobre nuestro río Negro constituye la manifestación más plenamente cultural que existe. Le exigimos a la empresa Zoppi Constructora que devuelva nuestras costas sobre el Río que nos pertenece a todos”, presagia un posteo en su IG allá por inicios de año y así fue. Hoy las costas volvieron a ser de la gente de Fernandez Oro. Porque la queja pública en redes es válida pero después hay que ser consecuente y honrar el reclamo yendo a más. Como lo hizo Pablo Fica, un ex policía que luego de un accidente grave se reinventó y empezó a trabajar en acciones concretas y beneficiosas para todos sus conciudadanos.
Luego del accidente, en rehabilitación y con mucho tiempo libre Fica buscaba actividades para no deprimirse y en un momento se enteró que empresas locales arrojaban basura en el río Negro y eso lo movilizó ya que él suele hacer actividades en el río: “Soy fanático del medio ambiente, me capacité mucho y como a la vez estudié diseño visual, decidí crear una página Amigos de Río con la idea de generar contenidos sobre los problemas ambientales en la región. Empezamos a crecer, mi intervención en la Radio De Oro nos facilitó todo. Iniciamos con mi núcleo familiar y amigos en enero de 2022, todo a pulmón», comenta el referente de la ong.
Pablo FicaGisella Quiroga
El municipio realizó los trabajos de apertura de la Calle La Criollita para arribar hasta las costas del río Negro. Donde antes había una playa privada hoy puede acceder toda la ciudad. «El logro más grande fue la apertura del camino, en conjunto con vecinos. Somos más de 30 personas trabajando voluntariamente y con pasión «, expresa lleno de orgullo.
SLAPP: HOSTIGAMIENTO Y ACOSO JUDICIAL INFUNDADO
SLAPP es un acrónimo que significa, por sus siglas en inglés, demanda estratégica contra la participación pública. ¿Qué significa esto? Muchas veces empresas o políticos quieren ocultar sus acciones, ya sea porque son ilegales o porque perjudican a la gente. No quieren que ningún periodista o activista revele información o accionares que los comprometan, o bien como este caso en el que se han apoderado de tierras públicas con acceso al margen del río Negro. Así que, para mantener el silencio, inventan algo infundado para generar acciones legales a quien los haya denunciado públicamente, con el objetivo de que dejen de investigar o de informar.
El Centro Europeo para la Libertad de Prensa y Medios de Comunicación define más formalmente un SLAPP como «un pleito presentado por sujetos poderosos (por ejemplo, una corporación, un cargo público, un empresario de alto perfil) contra individuos u organizaciones no gubernamentales que hayan expresado una posición crítica sobre una cuestión sustantiva de cierto interés político o importancia social». El término y el concepto aplican perfectamente a lo que han sufrido funcionarios municipales y Pablo Fica referente de la ONG.
“Una nueva forma de censura y de creación de miedo en autoridades y vecinos que trabajaron en la recuperación de casi 50 hectáreas en la localidad rionegrina de General Fernández Oro con demandas infundadas o exageradas y otras formas legales de intimidación iniciadas por una corporación comercial que se vio afectada por la recuperación de las costas sobre el río Negro en la ciudad Patagónica de Fernández Oro contra funcionarios y vecinos defensores de los derechos ambientales. Sin duda que recuperar el río para el pueblo transmite un mensaje incómodo a los poderosos”, explican los Amigos del río en uno de sus posteos.
No solo se recuperaron 48 hectáreas, también se recuperaron 270.000 árboles, un gran bosque, 6km de costas sobre el Río Negro y un espacio de gran diversidad y esto claramente es un mensaje incómodo a los poderosos que en lugares como ese solo ven negocios inmobiliarios.
Recordemos, que dos empresas privadas hace décadas habían avanzado sobre zonas de ribera de dominio público, colocando cercos sobre estas tierras que le pertenecen a los vecinos y vecinas orenses apropiándose de más de 25 hectáreas.
La justicia local ordenó a la empresa Zoppi constructora a retirar los rellenos con basura que había depositado en un arroyo del río. La Dra. Fernández, titular del Juzgado de Falta de General Fernández Oro, llevó adelante una investigación de los cuestionados rellenos dentro de un cauce natural de agua dulce en la zona costera próxima al Paseo Costero Ecológico de Fernandez Oro donde ordenó el cese de tareas de relleno en un arroyo del río Negro y procedió a aplicar una multa a finales del 2022 por contaminación y otra por incumplimiento de la empresa ante la obligación de mitigar los daños ocasionados al ecosistema de casi el 60% de costas que posee la localidad.
Se analiza involucrar a la Secretaría de Ambiente y Cambio Climático de Río Negro para que anule la concesión minera por la violación al Código Minero de Río Negro, ya que quedó probado ante la justicia la responsabilidad del titular de esta cantera que causó un daño al ambiente y la comunidad de General Fernández Oro.
También se abrió una nueva investigación, en este caso desde el área de Comercio porque dicha empresa posee una concesión minera sobre tierra fiscales para desarrollar una cantera de categoría 3 y la misma no cuenta con habilitación comercial.
El Municipio de General Fernández Oro y la ONG Amigos del Río ya comenzaron a trabajar en la restauración de la circulación de agua del arroyo. Es la primera vez en el Alto Valle que se lleva adelante un deslinde administrativo por personal del Departamento Provincial de Agua, poniendo fin a la usurpación por parte de privados de las tierras de dominio público.
El Código de Agua de la Provincia de Río Negro permitió en diciembre del 2022 el ingreso a este lugar y en Julio del 2023 el DPA fijó la “Línea de Ribera” sobre este arroyo según lo estipulado por la Ley 2952. Por este motivo, en los últimos días se retiraron uno de los tres terraplenes artificiales que privados ejecutaron sobre este brazo del río Negro.
A su vez se trabaja en la prohibición y multas de los depósitos de material y basura sobre los cursos de agua que impliquen taponados, terraplenados o cualquier otra obra o acción que signifique el entorpecimiento del curso de agua, respetando siempre el ancho y la cota natural de los mismos.
Un gran ejemplo de participación ciudadana activa que con el apoyo de vecinos, vecinas y la pata política, más un buen uso de las redes sociales para comunicar, generar sentido de pertenencia y apropiación del proyecto; lograron recuperar un espacio, que más allá de sus dimensiones, era plenamente de la comunidad local y no de unos pocos privados.
Una silla blanca junto a un escritorio blanco pegados, a su vez, a una pared blanca. Un pilón de libros, una lámpara y un pequeño grupo de plantas discretas a un costado. Una mesa baja que eventualmente servirá para tener a mano algunas anotaciones y hojas impresas. El rincón de trabajo de Samanta Schweblin no es, estrictamente hablando, un cuarto propio, sino más bien terreno ganado al living del departamento que, desde hace cinco años, comparte con su marido Maximiliano en el efervescente barrio de Kreuzberg, no muy lejos del centro geográfico berlinés. Pero no deja de ser un rincón hecho a la medida de sus necesidades: para escribir, Samanta precisa un espacio lo más silencioso y despejado posible, sin nada que pueda desconcentrarla. Acá, en este refugio libre de distracciones, escribió Kentukis, la novela que presentó en Buenos Aires a mediados del año pasado y que desde entonces sigue presentando también en diversos festivales y eventos de literatura europeos, a los que viaja cada vez más seguido, aunque sea por pocos días: una de las ventajas de estar en el centro de Europa, a unas pocas horas-avión de muchas cosas.
Son casi las seis de la tarde de otro día gris en Berlín y la luz del escritorio está prendida. No es fácil afirmar que es de noche porque estamos compartiendo lo que para nosotras es una merienda (tomamos té, picoteamos frutos secos) pero afuera, a esta altura, la oscuridad es rotunda. Bienvenidas, bienvenidos a una nueva jornada del largo invierno alemán.
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La vida que Samanta lleva en Berlín se armó casi sin que se diera cuenta. Ella y Maximiliano habían llegado para quedarse por un año gracias a la beca para artistas del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD), que anualmente selecciona alrededor de cinco escritores de todo el mundo y les ofrece casa, seguro médico y un sueldo en la capital pobre pero sexy de Alemania. La idea es que, durante ese período, los elegidos solamente tengan que ocuparse de escribir, sin otras, o no tantas, preocupaciones mundanas. Un lujo para cualquiera, más aún para alguien que siempre ha vivido en Latinoamérica.
“Cuando llegué, estaba viviendo en Buenos Aires un poco como viven muchos de mis amigos escritores: luchando por llegar a fin de mes y dando talleres literarios cuatro o cinco veces por semana. Me sentaba a escribir y tenía los textos de todos mis alumnos metidos en la cabeza. Era difícil, agotador… No sé cuánto tiempo más hubiera aguantado”, recuerda Samanta. Pero se corrige enseguida: “Bueno, una lo sostiene. Todos mis amigos lo sostienen. Pero cuando llegué a Berlín me di cuenta de que con un tercio del trabajo que hacía en Buenos Aires, acá podía vivir, y que todo ese tiempo que no invertía en trabajar en otras cosas se transformaba en tiempo de escritura. Cuando me preguntan qué me gusta de Berlín, obviamente puedo decir que es amplio, que es pluricultural o que es un espacio en el que me siento muy libre, pero la verdad es que hay otro gran componente que me llevó a quedarme acá y es el tiempo de vida que te queda. Los escritores tienen que comprar su tiempo de escritura; ese tiempo es muy caro en todo el mundo, y en Argentina es directamente impagable. Y esa diferencia supuso una de las grandes razones por las que me quedé”.
Aquel primer año en la ciudad nueva fue como el tramo inicial de una relación amorosa: se piensa que podría casarse para siempre con el proyecto que eligió; todavía es demasiado pronto para empezar a encontrar las fisuras. “A los seis meses de la estadía, más o menos, tanto yo como Maxi estábamos muy encantados y muy involucrados con la vida acá. El Instituto Cervantes me había invitado a dar talleres literarios. Y empecé con un grupo, después se armó otro, después otro más. Y casi sin buscarlo de forma deliberada, se me dio la posibilidad de vivir de la literatura en español en Berlín. Se habían armado tantos lazos y tantos compromisos que, al final, se hacía más complicado volver que quedarse”. Y se quedaron.
Casualmente o no, durante ese año en que estuvo becada Samanta escribió Distancia de rescate, una historia que trasegó los límites del cuento para convertirse en su primera novela. Hasta entonces, en Argentina, o durante otras becas que la habían llevado a vivir en distintos lugares del mundo por períodos más cortos, Samanta había ejercido con destreza el arte de crear relatos cortos, precisos, contundentes. Estaba convencida de que tenía “cabeza de cuentista”, que ese era y sería su género por definición. “Una a veces cree que elige el género que escribe. Pero tener por primera vez tanto tiempo para escribir sin interrupciones, sin tener que estar haciendo otras tantas cosas a la vez para pagar el tiempo de escritura, y producir un texto más largo me dio a pensar sobre este supuesto”.
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Sería apresurado trazar una conexión directa entre su decisión de mudarse lejos de Buenos Aires y su explosión como la escritora argentina de mayor proyección internacional. Pero lo cierto es que, en estos últimos años fuera de casa, y con la posibilidad de dedicarse de lleno a la escritura, Samanta sumó a su trayectoria algunos de esos hitos que trascienden los suplementos culturales y llegan a los sitios web de los diarios con el fragor de las noticias del día, casi siempre impulsada por cierto orgullo nacional (¿a qué periodista no le gustan las noticias que comienzan con “la argentina que…”?).
En 2015, ganó el Premio Ribera del Duero, dotado con 50 mil euros, que condecora el mejor libro de cuentos inéditos en español. En 2017 fue finalista del premio Man Booker International Prize por Fever Dream, traducción al inglés de Distancia de rescate, y al año siguiente esa misma novela se llevó el premio Shirley Jackson, destinado a thrillers y relatos de suspense psicológico. La semana pasada se anunció su segunda vez como nominada al Man Booker, esta vez por Pájaros en la boca o Mouthful of birds. Mientras tanto, sus libros se siguen traduciendo a una veintena de idiomas, comienzan a circular por lugares algo recónditos para nuestro GPS latinoamericano, los diarios del mundo hablan de “una de las mejores cuentistas en español de la actualidad” y Netflix produce la versión fílmica de Distancia de rescate, dirigida por la peruana Claudia Llosa y protagonizada por Dolores Fonzi. Pero ella se tomas las cosas con cierta calma; sin falsa modestia, con una conciencia sobre su carrera que jamás oculta, pero con calma al fin. “Yo sigo siendo una escritora argentina que vive en Berlín. No soy una escritora internacional”, asegura.
Desde que se instaló definitivamente en Europa, Samanta también viaja mucho más que antes a festivales o eventos de literatura y a lecturas organizadas por las editoriales que la publican. Un poco porque ahora está cerca (lo que implica que los festivales más pequeños pueden costear sus vuelos con mayor facilidad, y también que para ella es más fácil programar escapadas de unos pocos días), pero sobre todo porque la necesidad de presencia física fue creciendo conforme se multiplicaron las traducciones de sus libros. “En Croacia, en República Checa, en Italia, por ejemplo, mis libros son editados por editoriales independientes que necesitan que cada tanto vaya, haga una lectura, dé una entrevista, participe de alguna actividad. Yo soy muy nueva en esos mercados todavía, y hace falta que apoye, que esté, conocer a esos lectores y que los lectores me conozcan, que dé alguna nota. Todo eso lleva tiempo y presencia. Y me gusta mucho viajar, pero una siempre vuelve un poco fuera de eje, lleva un tiempo volver a acomodarse. Últimamente, estoy intentando que me lleve cada vez menos tiempo volver a casa, a la escritura. Poder saltar más rápido del aeropuerto de Tegel al escritorio”.
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Desde el sillón del living de Samanta es posible ver, hacia un lado, una ventana que da a la calle, ahora entregada a la oscuridad y al silencio –incluso acá, en Kreuzberg, Berlín es una ciudad con índices de ruido que casi nunca se condicen con los de una gran capital–. Hacia adentro, las estufas blancas y los pisos de madera típicos de un departamento alemán y la biblioteca, dividida en dos, como guardiana de la puerta de entrada. A su izquierda, unos cuantos anaqueles con libros comprados en estos últimos años y algunas joyas más viejas, traídas desde Buenos Aires. Hacia la derecha, una columna angosta con todas las ediciones de sus propios libros en distintos idiomas. Una colección de todas las versiones, y todos los colores, y todos los idiomas que fue conquistando su obra y que ahora da a conocer en cada nuevo viaje, en cada nueva entrevista, en cada nuevo festival.
– La gran mayoría de las invitaciones a ferias o festivales, o incluso los contactos para algunas traducciones me llegan directamente a mí. Me gusta entender bien adónde voy, con quién estoy tratando. Por una cuestión de tiempos, muchas veces tengo que decir que no y quiero estar muy segura respecto de qué cosas priorizo. Esas gestiones me resultan difíciles (intercambiar mails, informarse, ¡pedir cosas!). Siempre me costó mucho esa parte: la de poner condiciones. Pero fui aprendiendo.
– Supongo que el salto a una carrera de proyección internacional implica aprender habilidades que no están necesariamente vinculadas a escribir…
– Claro. Ayuda ser un bicho sociable, cosa que no soy en absoluto, o ser organizado, cosa que tampoco se me da nada bien. Voy haciendo lo que puedo y como puedo. Pero al final, siempre se trata de habilidades logísticas que no tienen nada que ver con la escritura, así que intento perder el menor tiempo posible con eso. En cambio sí hay temas nuevos de los que empiezo a sentirme responsable. Por ejemplo, a veces voy a festivales en los que soy la única argentina o incluso la única latinoamericana. Yo no hice la carrera de Letras, mi formación literaria se forjó de forma autodidacta y ecléctica, en bibliotecas de amigos, algunas librerías o talleres literarios. Y cuando me di cuenta de que en ciertos espacios, aunque no lo quiera ni sienta que estoy realmente a la altura de semejante cosa, represento a la literatura latinoamericana, empecé hacerme muchas preguntas alrededor de qué es ser latinoamericano, o a cómo desarmar muchísimos lugares comunes desde los que se piensa lo latinoamericano desde afuera. También a leer a nuestros autores con más atención, a algunos de ellos a leerlos incluso por primera vez.
– ¿Por ejemplo?
– Ahora estoy leyendo a Elena Garro ¡y no puedo creer lo que son sus crónicas! Esa mujer reinventó el periodismo al final de los cuarenta, era una tipa brillante y de una valentía feroz. También a Amparo Dávila, o incluso argentinas o chilenas. Hasta llegar a Berlín nunca había leído a Norah Lange, ni a María Luisa Bombal. Estos años en Berlín han sido también de estudiar idiomas. Llegué casi sin hablabar inglés. Bah, tenía el inglés básico de secundario que tenemos los argentinos (risas). También empecé a estudiar alemán.
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No es del todo forzado establecer cierta conexión entre la experiencia de estos años fuera de casa y la creación de una novela que transcurre en zonas tan distintas del mundo –o mejor dicho: que por primera vez, deliberadamente, no sucede en Argentina–. “Hasta Kentukis, en el momento en que yo me sentaba a escribir mi cabeza se trasladaba inmediatamente a Argentina, era impensable para mí escribir una historia sobre un chino circulando en Lyon o un guatemalteco buscando nieve en Noruega”. La segunda novela de Schweblin cambió ese precepto: en una impresionante maquinaria coral, la decena de historias de esas mascotas virtuales conectadas a la red y manejadas por un desconocido en cualquier lugar del mundo necesitaba, por defecto, suceder en muy distintos puntos del globo. Al principio, de manera intuitiva, Samanta localizó a los muñequitos con forma de animales en lugares que ella misma había conocido por la literatura: Erfurt, Oaxaca, China, Australia. Pero pronto se dio cuenta de que, para que la novela funcionara, necesitaba otros escenarios. “Me daban ganas de empezar por ciudades que había pisado, sentido, olido. Lo que no quita que después haya ido a Google Maps a buscar ciudades nuevas, que no conocía, para unir puntos que faltaban”.
Así se sumaron también el pueblo noruego en el que vive el dispositivo comandado por Marvin (“necesitaba un lugar en el que fuese creíble que un kentuki se pudiera mover libremente, bajar y subir rampas y llegar al mar”) y Surumu, la pequeña localidad brasileña llena de cabras en la que sucede la historia más oscura de la novela, entre otros. “Cuando lo buscás en Google Earth, vas a ver que es así: un pueblo abandonado de cuatro, cinco cuadras máximo. Tropical, de cielo oscuro y denso, donde no hay casi nada, salvo cabras. Está absolutamente tomado por cabras, durmiendo en las canchas de tenis, en las mesas de los restaurantes abandonados… y en el medio de todo eso hay una moto roja impecable, impoluta, que parece recién lavada. Lo que te da la pauta de que ahí parece vivir alguien”.
Esos pequeños cameos de personajes situados en los suburbios de la Tierra fueron escritos desde la conciencia de no narrar solamente historias del centro del mundo. “A veces leo que se habla de Kentukis como una novela global, y yo no creo que sea tan global, en el sentido de que hay medio mundo que no entra en estas historias, salvo por unas pocas excepciones. Para empezar, para comprar un kentuki tenés que tener algo de dinero y conexión a internet, lo que seguramente ya deja afuera a gran parte de la humanidad”, reflexiona.
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Cuando tomaron la decisión de quedarse a vivir en la capital alemana, Samanta y Maximiliano tuvieron que dejar la casa del barrio de Halensee que les había provisto el DAAD y buscar su propio departamento, un trámite que de un tiempo a esta parte se volvió pesadillesco para todo aspirante a residente en Berlín: hace una década, los inversores extranjeros vieron el negocio y adquirieron miles de propiedades a la espera de que su valor aumente exponencialmente en los próximos años, en concordancia con otros cambios que se suceden rápidamente en la ciudad, que de aquella fase libertaria y okupa de los noventa conserva cada vez menos. Y mientras los precios suben solos, por pura inercia capitalista, los departamentos quedan ociosos, a la espera de los afortunados compradores. Conforme la ciudad deja de ser un paraíso para artistas, estudiantes y bohemios y se convierte en la capital de un país líder que estaba destinada a ser, los lugares para alquilar escasean. Buscar casa asusta. Pero a Samanta, una vez más, la salvó la literatura.
«Buscar departamento acá es un poco como postular a un trabajo. Tenés que llevar tu currículum, ir a ver la casa con otras veinte parejas más que también están interesadas, esperar a que te digan si sos la elegida. Y para colmo, yo sentía que cargaba con un montón de desventajas: tenía perro, era extranjera, no había tenido ningún alquiler previo acá. Era todo muy complicado», recuerda.
Durante meses, Samanta se levantó muy temprano todos los días. El ritual era el siguiente: desayunar, leer el diario, elegir las casas, salir con cierto entusiasmo a mirar os departamentos -siempre rodeada de otros tantos candidatos, porque las Wohnungbesichtigungen (citas para visitar una propiedad) casi nunca suceden de forma privada-, desentusiasmarse porque algo no le gustaba o una voz interna le decía «no nos va a elegir».
Ya casi entrando al segundo mes de búsqueda llegó a este departamento en el que hoy charlamos. La atendió una mujer.
-Soy Ingeborg-, se presentó.
-Como Ingeborg Bachmann, ¡me encantan sus cuentos!- le contestó Samanta.
La mujer sonrió, muy orgullosa por la comparación con esta autora austríaca que ella también admiraba. Y al ratito, en tono cómplice y disimulando entre el resto de los aspirantes, le dijo: «El departamento es para vos”.
A unos metros de la biblioteca, en el mismo living en el que estamos por terminar nuestro té, está la mesa que reunía a todos los alumnos de los talleres literarios en español que Samanta daba hasta que, hace unos meses, decidió suspender por un tiempo. “Empecé a viajar demasiado y me di cuenta de que no les hacía bien a mis alumnos tanta interrupción.” Fue una decisión tomada a conciencia, pero igual lo extraña: juntarse semanalmente en su casa con su grupo de escritores y aspirantes a escritores iberoamericanos no solo se había convertido en un ritual que se parecía un poco a verse periódicamente con la familia, sino que la ayudó a reflexionar mucho sobre la lengua castellana y sobre su propio trabajo.
“Hay algo muy interesante que sucede en estos talleres donde somos todos extranjeros, donde aparecen voces porteñas, chilangas, guatemaltecas, españolas, mendocinas: escuchar tantos castellanos hace que desnaturalices y vuelvas a pensar tu voz, tus propias palabras”, reflexiona. “A veces alguien leía un texto y lo primero que había que hacer, mucho antes que cualquier apreciación o sugerencia, era preguntarle por las palabras que no entendíamos”, se ríe. “Pero ese desconcierto inicial, ese español que es el tuyo pero en palabras de otro te suena desconocido, servía también para pensar la propia escritura, para repensar alrededor del ritmo y la música de un texto, y hasta qué punto tu español también configura tu voz y tu estilo. También era una buena excusa para comparar constantemente las tradiciones de las que cada uno venía, e incluso cómo, en cada país, la idea de cómo debe o no formarse un autor –si es que esto fuera posible-, cambia radicalmente, y lo que en ciertos ámbitos pareciera ser muy natural, sería, por supuesto, inaceptable en otros.
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Si el segundo jueves del mes la encuentra en Berlín, Samanta tiene una cita casi obligada: la noche de tangos en Gloria, el restaurant de comida argentina que en 2013 abrió junto a un socio jujeño y que se volvió un punto obligado para argentinos con nostalgia de empanadas y malbec, y por supuesto también para europeos ávidos de conocer la cocina de América del Sur. Ubicado a unos metros del Görlitzer Park, Gloria organiza este evento especial una vez por mes en el que al menú de siempre se le suma la música en vivo, casi siempre a cargo de un guitarrista (Gabriel Battaglia) y dos cantantes (Elisa Martel y Duna Rolando), a veces acompañados por invitados especiales.
Desde la barra, con una copa de vino mendocino recién servida en mano, Samanta saluda de lejos a unos cuantos conocidos y amigos. Regala una sonrisa a la mesa de allá al fondo sin moverse de su rincón y después vuelve a nuestra charla, con la voz dulce y el tono apaciguado que la caracterizan. Incluso cuando juega de local, Samanta se mueve sigilosa, en calma, y evita las estridencias. “Me encanta este día porque es un poco como darse una vueltita por Buenos Aires. Se llena de argentinos, se habla solo en español, se cantan tangos, a veces hasta se baila, y siempre me encuentro con algún amigo que anda por ahí. A veces pienso que reemplaza un poco lo que para mí eran los domingos en familia, que siempre hacía en Buenos Aires: pasta, carne, vinito, panza llena, un dato de clasificados que después te soluciona la semana, una discusión política que te la amarga y mucho cariño y sensación de pertenencia”, explica. Detrás nuestro, de manos de un mozo porteño, una mesa de otros cinco porteños recibe su comida (pastel de papas o “Auflauf argentinischer Art”, cazuela patagónica o “Eintopf mit Lammfleischwürfeln” y empanadas, la especialidad de la casa) y por momentos es difícil recordar que habría que atravesar el segundo océano más extenso de la Tierra para llegar al lugar del que provienen estos sonidos, los sabores, los aromas, esta energía que se respira.
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“Sí, claro que me sigo considerando absolutamente extranjera en Berlín”, dice Samanta. “Y creo que en veinte años voy a seguir sintiendo esto mismo. Tengo varios amigos que llevan viviendo décadas acá, lejos de sus ciudades natales, y que siguen pensándose como extranjeros. Pero es una extranjería cómoda, en un lugar que está lleno de gente de muchos lugares del mundo y en el que la gran mayoría de las personas elige estar. Y además, creo que siempre fui un poco extranjera, en todos los lugares en los que viví. Cuando era chiquita y vivía en Hurlingham me llevaban a un colegio de El Palomar, a una estación de tren de mi barrio. Yo era “la chica de Hurlingham”, y siempre me sentía fuera de lugar. Cuando terminé el secundario e hice la carrera de Imagen y Sonido en la UBA, me acuerdo que más de una vez me dijeron ‘vos hablás raro’, y entendí que lo decían porque yo era de provincia. Yo pensaba: ¿qué es lo que hago tan distinto? Después me mudé a Capital, y siempre seguí sintiendome un poco de afuera. Y ahora, cuando vuelvo a Buenos Aires desde Berlín, empapada de tantos tipos de españoles, todavía me dicen ‘hablás raro’, pero entonces yo pienso, ‘listo, estoy en casa’.”
Durante la campaña previa a las elecciones municipales del 27 de octubre entrevistamos al, hoy, intendente electo la ciudad de Villa Regina Marcelo Orazi. En el día de ayer presentó a su equipo de trabajo, nosotros te mostramos sus ideas y proyectos sobre algunos de los ejes claves de su gestión: MEDIOAMBIENTE …la quema de…
Un reciente artículo de El País expone con crudeza una dinámica que ya no puede ocultarse: frente a los escándalos de corrupción que rodean a su gobierno, Milei no explica, no responde y, en muchos casos, directamente niega o distorsiona los hechos.
Por la Redacción de NLI
Un silencio cada vez más ruidoso
El texto de Hugo Alconada Mon publicado por El País pone el foco en un fenómeno central: el silencio selectivo de Milei. Mientras el presidente mantiene un estilo confrontativo para atacar opositores o periodistas, opta por el mutismo cuando las preguntas apuntan a los escándalos que salpican a su entorno.
Según describe el artículo, ese silencio no es casual sino estratégico: evitar conferencias incómodas, elegir entrevistas sin repreguntas y esquivar ámbitos institucionales como el Congreso. En otras palabras, controlar el escenario para no dar explicaciones.
El caso $Libra y la trama de fondo
Uno de los episodios más graves señalados es el colapso del criptoactivo $Libra, promovido públicamente y que terminó generando pérdidas millonarias. Lejos de aclarar su rol, Milei habría minimizado o negado su participación, pese a las evidencias de su impulso inicial.
Investigaciones previas ya habían advertido que el esquema presentaba características típicas de maniobras especulativas, donde unos pocos ganan mientras miles pierden sus ahorros.
A esto se suman sospechas de vínculos con los impulsores del proyecto y posibles beneficios económicos indirectos, lo que agrava el cuadro político y judicial.
Discapacidad, audios y denuncias
El otro eje crítico es la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), atravesada por denuncias de corrupción en la compra de medicamentos. Audios filtrados de funcionarios cercanos al presidente describen un presunto sistema de sobornos que, según distintas denuncias, podría haber escalado hasta niveles altos del poder.
Frente a esto, la respuesta oficial volvió a ser la misma: desmentidas genéricas, desplazamientos puntuales y ausencia de explicaciones de fondo.
Mentiras, evasivas y construcción de relato
El artículo también apunta a un patrón discursivo: cuando Milei habla, muchas veces no aclara sino que desvía, insulta o desacredita. En lugar de asumir responsabilidades, recurre a teorías de persecución política o directamente a negar los hechos.
Esta lógica no es nueva. En episodios anteriores, el presidente ya había respondido a denuncias de corrupción calificándolas como “mentiras” sin aportar pruebas contundentes en sentido contrario.
Una estrategia que erosiona la democracia
El punto más fuerte del análisis es político: el problema no es solo la corrupción, sino la falta de rendición de cuentas. El silencio sistemático y las respuestas evasivas debilitan los mecanismos básicos de control democrático.
El País advierte que este modelo —silencio ante lo incómodo, agresividad ante lo crítico— se parece a estrategias vistas en otros liderazgos globales, donde la verdad pierde centralidad y la comunicación se vuelve una herramienta de poder más que de transparencia.
Cuando el silencio ya no alcanza
La acumulación de escándalos, denuncias y contradicciones empieza a configurar un escenario complejo para el gobierno. Porque el silencio puede servir como táctica momentánea, pero no resuelve las preguntas de fondo.
Y esas preguntas siguen abiertas: qué pasó con $Libra, qué ocurrió en la ANDIS, qué responsabilidades existen y, sobre todo, por qué el presidente elige no responder.
La Municipalidad de Villa Regina informa que ha presentado en la Superintendencia General del Departamento Provincial de Aguas de la provincia de Río Negro los requerimientos establecidos en la Ley Provincial 5292 para la readecuación tarifaria del servicio de Agua Potable y Desagües Cloacales. De acuerdo a la legislación indicada, el Departamento Provincial de Aguas…
En la mañana de este viernes 23, se llevó a cabo la apertura de la licitación pública Nº 04/2021 correspondiente al mantenimiento y recambio de luminarias a tecnología LED, provisión de materiales, equipos y mano de obra para el sector centro, calle Juan XXIII, calle Las Heras, Avenida Belgrano, Avenida Mitre, Avenida Cipolletti, calle Brown…