Villa Regina fue sede del encuentro de la Mesa Regional de Género y Diversidad del Alto Valle Este que reunió a referentes provinciales y de los municipios de la zona.
La Secretaria de Desarrollo Social de la Municipalidad Luisa Ibarra y la responsable del Área Mujer y Diversidad Fabiola Parra participaron de la reunión.
Se brindó información detallada a los Municipios sobre los programas “Recrearte”, “Emprender”, “Desarrollo Local”, “Mujeres Emprendedoras”, “Ideas vinculadas”, asistencia, líneas de créditos y capacitaciones disponibles, impulsando la creación de grupos de trabajo y asociación cooperativa para fomentar las oportunidades económicas.
Participaron referentes de la Secretaría de Coordinación de Políticas Públicas con Perspectiva de Género y Diversidad del Ministerio de Gobierno y Comunidad, de la Secretaría de Igualdad de género SAT, de la Agencia CREAR y de Chichinales, Cervantes, Godoy y Mainqué, quienes compartieron experiencias, articularon abordajes y líneas de trabajo para impulsar los proyectos de vida autónomos.
El Gobierno modificó el decreto para la designación de jueces en la Corte Sumprema, para barrera la mayoría de los controles de la sociedad civil que tenía el proceso. La modificación, que representa otro retroceso institucional del gobierno libertario, se instrumentó cuando el caso Adorni toca otro pico de indignación libertaria.
El ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, fue el impulsor del cambio que contempla la eliminación de los tres artículos que garantizaban intervención de la sociedad civil en la designación de los jueces del máximo tribunal. Además, se suprime la publicación en diarios de circulación nacional y se incorporan plazos más cortos para el trámite.
El decreto agiliza el proceso a costa de eliminar toda la arquitectura de control ciudadano e institucional (ONG, colegios, academia, prensa) y el Presidente queda con el poder de designar con mayor velocidad y menor escrutinio público de la Corte Suprema de la Nación.
El telón de fondo de esta decisión está vinculada la reunión secreta que Milei tuvo con Ricardo Lorenzetti esta semana, revelada en exclusiva por LPO. En ese encuentro el magistrado y el presidente acordaron impulsar a dos nuevos jueces para completar la integración de la Corte Suprema, que en caso de concretarle le permitiría a Lorenzetti consolidar una nueva mayoría en el máximo tribunal.
El decreto firmado agiliza el proceso a costa de eliminar toda la arquitectura de control ciudadano e institucional (ONG, colegios, academia, prensa) y el Presidente queda con el poder de designar con mayor velocidad y menor escrutinio público de la Corte Suprema de la Nación
La reunión se realizó el martes en la Quinta de Olivos y no estuvieron ni Karina Milei ni Juan Bautista Mahiques. LPO reveló hace tiempo que el presidente tiene diálogo directo con el juez de la Corte, con quien chatea bastante seguido.
El juez de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti.
Lorenzetti se aprovechó de ese contacto directo y convenció a Milei de que hay que avanzar ahora con la integración de la Corte.
Mahiques dijo públicamente que la designación de los dos jueces que hay que nombrar para completar la Corte quedarían para el segundo mandato. Fue un gesto al actual presidente del máximo tribunal, Horacio Rosatti, con quien el ministro estableció una alianza que favoreció su desembarco en el Ministerio de Justicia.
Pero Lorenzetti le hizo cambiar de idea a Milei, en una jugada extraña porque no incluye al peronismo que tiene los votos en el Senado para facilitar o voltear la designación de nuevos jueces en la Corte Suprema.
El otro dato extraño es que los dos jueces que le llevó Lorenzetti como candidatos son muy cercanos a él, pero no tienen mayor afinidad al Presidente. Es decir, Milei pondría la firma para que Lorenzetti consolide y amplíe su poder en el máximo tribunal del país.
Los candidatos son el camarista Mariano Borinsky, experimentado integrante de la Cámara de Casación Penal: y Karina Perilli, jueza de Cámara del Tribunal Oral en lo Penal Económico N° 3, muy cercana a Lorenzetti.
Las familias reginenses y de alrededores vuelven a encontrarse este domingo 21 de noviembre desde las 20:30 hs en el Anfiteatro Cono Randazzo de Villa Regina para vivir una noche inolvidable. Más de cuarenta años de trayectoria tiene el FOGÓN ESTUDIANTIL en nuestra ciudad y muchos de nosotros siendo estudiantes del Instituto Nuestra Señora del…
A principios de 2024, un tema dominaba la agenda informativa de España. En telediarios, radio y prensa escrita, todos intentaban reconstruir lo ocurrido en el puerto de Barbate, en la provincia de Cádiz. El 9 de febrero de ese año, seis embarcaciones rápidas de mediana envergadura, de narcotraficantes o contrabandistas, se habían refugiado de un temporal entre los espigones y muelles del puerto de esa localidad. Seis agentes de la Guardia Civil, montados en una lancha Zodiac, que no es sino una lancha inflable con motor, se lanzaron a interceptar las embarcaciones. Una de ellas, una semirrígida de catorce metros de eslora, 5.000 kilos y cuatro motores de 300 caballos de fuerza cada uno, tomó distancia, aceleró y arrolló a la Zodiac de 500 kilos, seis metros de eslora y apenas un motor de 150 caballos de fuerza, como quedó registrado en varios videos. Literalmente aceleró en contra de la lanchita y le pasó encima como lo haría una camioneta a toda velocidad sobre un perro muerto. Al ver la Zodiac interponerse en el camino de la semirrígida, uno de los marinos que filmaba desde otro barco dijo con indignación: «¡Es la Guardia Civil, con esa mierda de lancha! Con esa mierda, con lo que tienen, claro».
Los agentes Miguel Ángel González, de treinta y nueve años, y David Pérez, de cuarenta y tres, murieron tras el impacto. Otro de ellos quedó en estado grave. Con el paso de las semanas, los cuatro tripulantes de la semirrígida, incluyendo al conductor, todos marroquíes, fueron detenidos o se entregaron.
Los partidos de derecha, principalmente Vox, el más radical, hicieron de aquello una fiesta de declaraciones que aún hoy no ha terminado: que si los responsables eran los políticos que dejaban entrar a cualquier indocumentado, que los españoles estaban hartos de blandenguerías con los africanos, que los marroquíes –así, en general– llevaban años matando españoles, que esto estaba fuera de control y que nadie hacía nada. Obvio, que ellos sí harían algo si se les diera el poder. Que ya era hora de que se les diera el poder.
Yo pasé por Madrid justo esos días, en una escala prolongada en mi ruta hacia un festival de literatura en Noruega. Soy un hombre de costumbres y siempre que paso por Madrid me siento a leer algún periódico en un bar de mala muerte de Tirso de Molina, cuyo nombre nunca he sabido, cerca de la bocacalle de Lavapiés, donde por la mañana los desdentados yonquis se empinan sus primeros tercios fríos del día antes de salir a rebuscarse; y los meseros, dos señores arrugados que aparentan una vejez que no tienen, no callan nunca. Es estupendo, en ese pequeño antro me informo por tres vías: leo el periódico, veo de reojo los telediarios que están casi siempre en la vieja tele de la pared y escucho los análisis de los prematuros ancianos que desde temprano sirven cervezas y cortados.
En la pantalla del bar, aquella mañana, dieron la noticia de la muerte de los dos guardias civiles en el puerto de Barbate.
Uno de los dos meseros, el que no se encarga de preparar bocatas, y por tanto está siempre en la barra, llevaba la voz cantante. En el bar, además de quienes entraban y salían, había dos comensales en una de las mesas: un hombre desdentado, que tomaba un tercio a sorbos minúsculos mientras liaba un cigarrillo con la parsimonia de quien no tiene más agenda en el día, y una mujer muy gorda con mechones morados en el pelo. Era obvio que ambos eran habituales. Llamaban al elocuente hombre tras la barra por su nombre: Ángel.
Ángel se quejaba de lo ocurrido: «¡Es que son unos brutos, unos mierdas! ¡Los guardias en esas lanchas de mierda y los putos árabes en esos yates!». Afuera, en el camellón de Tirso de Molina, decenas de africanos pasaban el rato en pequeños grupos. Muchos de ellos son clientes frecuentes de la barra de Ángel.
El desdentado y la gorda solo asentían. Ángel no habla, grita. «Es que son unos nenazas, todos estos políticos. Tú necesitas a un hombre de mano firme para poner en cintura a toda esa lacra. ¿Sabes como quién? ¡Eh, tú! ¿Sabes como quién?», espabiló Ángel al desdentado que de cuando en cuando se ensimismaba en su intento de liar el tabaco. Apenas levantó la vista y con ello Ángel se dio por aludido: «Como el Bukele ese. Ese sí tiene huevos». «¡Ese sí que tiene huevos!», complementó el otro mesero.
Y Ángel se lanzó a decir que Bukele tiene una cárcel donde está permitido matar a los «de las bandas», y que si alguien es condenado por asesinato no le dan comida si no se la llevan sus familiares, y que había acabado con «esas bandas» en solo un mes. El desdentado asentía y la gorda dormitaba.
Pedí la cuenta y con ello volví a existir en aquel bar. Ángel la puso frente a mí en un platito y aproveché a preguntar: «¿De dónde es ese Bukele?». «De por ahí, de Ecuador o algo así», respondió Ángel. «¿Y usted cómo supo de él?» «Por la tele, si está en todas partes porque nadie había hecho lo que hizo ese», respondió Ángel. Mientras salía, Ángel seguía explicando al desdentado las virtudes de Bukele, el que es de Ecuador o algo así.
Ir por el mundo siendo salvadoreño desde que Bukele es presidente es diferente. Antes, la reacción natural era una pregunta o una pregunta equivocada: «¿Y dónde queda eso?».
«De El Salvador ¿en Chile o en Brasil?» Desde que Bukele llegó al poder, la reacción suele ser:
«Claro, del país de Bukele».
Semanas después de escuchar al mesero Ángel decir que para resolver el problema de las costas españolas se necesitaba un Bukele, hice un tour por algunas ciudades de Noruega. En Fredrikstad me reuní con un grupo de adolescentes en su último año de colegio, todos estudiantes de español. En un momento, por curiosidad, pregunté quiénes podían ubicar El Salvador en el mapa. Ninguno. Pregunté si alguno de los más o menos treinta que eran había escuchado hablar de Bukele y cuatro levantaron la mano. Parece poco, pero no lo es: cuatro adolescentes en medio de la nieve noruega, embebidos en su vida de adolescentes del primer mundo, a casi diez mil kilómetros de El Salvador, no habían oído hablar de ese lugar, pero sí de ese hombre.
En España, un guardia civil me felicitó en el aeropuerto tras devolverme mi pasaporte: «Felicidades, tremendo presidente que tienen». En Colombia, todos los taxistas con los que conversé tuvieron palabras de elogio para Bukele. En Chile, igual. En Panamá y Costa Rica, si de los taxistas dependiera, Bukele los gobernaría. En Nueva Jersey una tarde me harté y pregunté al peluquero dominicano, que tenía media hora retrasando mi corte de pelo para detenerse a señalar las virtudes de la megacárcel de Bukele, si sabía qué era el régimen de excepción, y me dijo que no; si sabía que Bukele había pactado con pandillas y me dijo que eso era imposible. Y al menos logré terminar mi corte de pelo en silencio.
Es abrumador porque es ir por el mundo hablando con gente cuyo argumento para idolatrar a Bukele es que vieron un programa de televisión donde salía la megacárcel; o porque son de los dieciséis millones de personas que vieron ese remedo de entrevista que en 2021 el youtuber mexicano Luisito Comunica hizo a Bukele, que cierra con Bukele diciendo «Yo casi no doy entrevistas, pero estoy seguro de que esta entrevista se va a ver más que cualquier noticiero o periódico, así que valió la pena»; o porque vieron algún pedacito de la «entrevista» que el rapero Residente, que se cree un poco todólogo, sostuvo con él en plena pandemia, en un vivo de Instagram, y donde el cantante dejó claro que sabía casi tan poco de El Salvador como el cantinero de Tirso de Molina; o quizá porque vieron aquel discurso vacío de Bukele en 2019 ante el pleno de Naciones Unidas que resonó por todo el mundo porque a miles de medios de comunicación les pareció disruptivo que Bukele se tomara un selfi desde el estrado y augurara –atinando–que el gesto sería más viral que sus palabras.
La contraparte se conoce poco. No se hizo viral cuando Bukele impidió con soldados la entrada a su conferencia de prensa a periodistas a los que consideraba incómodos, ni cómo acusó sin pruebas a un periódico de lavado de dinero en una cadena nacional, ni cómo constantemente acusa a periodistas de ser pandilleros, ni cómo en junio de 2025 había 47 periodistas salvadoreños en el exilio, según la Asociación de Periodistas de El Salvador. Tampoco son virales las ausencias: los cuatro años sin dar ni una conferencia de prensa con preguntas en el país; los seis años –todo su tiempo como presidente– sin dar ni una sola entrevista a ningún periodista salvadoreño (periodista, dije).
Bukele, que a los dieciocho años empezó a trabajar en las agencias de publicidad de su familia, que durante más de una década hicieron las campañas políticas del partido de izquierda, sabe venderse y entiende que lo importante no tiene por qué ser interesante, que el mundo le presta más atención a un selfi y a un alegre youtuber que a una hambruna o un pacto mafioso. Entiende que un eslogan importa más que una idea y, en lugar de presentar planes de políticas públicas detallados, presenta cascarones sonoros: «El dinero alcanza cuando nadie roba»; «Los mismos de siempre», como llamó a todos los políticos que no fueran él o los suyos; «Devuelvan lo robado»; «Bitcoin City», «Bitcoin Beach».
Bukele sabe que el mundo hablará más de cuando decidió cambiar su estatus en X por «Philosopher King» que del casi millón de salvadoreños al borde de la hambruna o de los cientos de cadáveres con signos de tortura que han salido de sus cárceles y que han sido enterrados bajo la misma autopsia oficial: muerte por edema pulmonar, que es tan específico como decir que alguien murió porque dejó de vivir.
Siempre lo entendió, desde que era alcalde de la capital y se lanzaba a la feria popular de agosto a una competencia en el tagadá contra La Choly, un popular personaje de radio que, distorsionando la voz, crea personajes vulgares y misóginos. Y nadie hablaba de otra cosa aquella semana más que de la previa al gran reto donde Bukele y La Choly medirían quién de los dos podía resistir más los brincos de aquella atracción de feria que gira y trastabilla intentando sacudirse a los tripulantes.
Bukele sabe venderse como un producto, y sabe que el envoltorio cuenta, por eso ya no vemos a aquel de sus primeros años como político, flaco, con pronunciadas entradas, una barba desprolija, una camiseta roja, entre la multitud de miembros de segunda del partido de izquierda, asoleándose en los mítines, sino que poco a poco mutó a un Bukele magnánimo, barba perfecta, cabello negro azabache cubriéndole todo el cráneo y aquella levita negra y con ribetes dorados –como confeccionada por el modista de Simón Bolívar y el de Michael Jackson– con la que apareció en el Palacio Nacional en 2024 para la toma de posesión de su segundo periodo inconstitucional en la presidencia. El Bukele que ustedes ven es un producto del Bukele publicista.
La suya es una imagen cuidada, pulida, lejana a otras imágenes de políticos que cargan bebés y abrazan viejitas: Bukele se vende como un semidiós, aparece allá arriba, en el balcón del Palacio, bajando de un ovni, entre fuegos artificiales, rodeado de decenas de guardaespaldas, con las manos en el rostro hablando con Dios, vestido de emperador. Y todo filmado, todo para saturar las redes. Bukele es influencer y su tema es él mismo.
Hay que decir que la competencia en El Salvador era minúscula y que a Bukele no le costó dejarla años luz atrás. Un día un periodista hizo una pregunta mínima al presidente que antecedió a Bukele, Salvador Sánchez Cerén, un viejo excomandante de las Fuerzas Populares de Liberación: «¿Cuál es su cuenta de Twitter?». Cerén, sonriendo nerviosamente como un niño antes de su examen oral, respondió que era Twitter.com.
Bukele devoró con papas a toda una clase política que no entendía de Twitter, para la que TikTok o Instagram eran unos bailes y unas fotitos que sus hijos veían en el teléfono, y YouTube unos videos intrascendentes ante los decaden-tes noticieros nacionales de la televisión.
Bukele se vende como un semidiós, aparece allá arriba, en el balcón del Palacio, bajando de un ovni, entre fuegos artificiales, rodeado de decenas de guardaespaldas, con las manos en el rostro hablando con Dios, vestido de emperador. Y todo filmado, todo para saturar las redes. Bukele es influencer y su tema es él mismo.
Bukele entendió que, si sos de un paisito de veintiún mil kilómetros cuadrados del que pocos en el mundo pueden nombrar a dos expresidentes, es buena idea aparecer en cámara con el que compuso «Atrévete-te-te»; o hablar una hora con el incauto Luisito Comunica, que entiende la complejidad de un país como El Salvador tanto como entenderá de química avanzada; o tomarse un selfi para, de una buena vez por todas, dejar claro a las Naciones Unidas que sus formas de comunicación son obsoletas, como si alguien creyera que esas plenarias pretendieron alguna vez ser virales.
Entender eso fue solo un paso para Bukele. Su objetivo, como buen entendedor de las redes, era hacerse viral, adquirir esa nacionalidad global. Y, para ello, necesitaba hacerse desear, y poco a poco, gesto a gesto, logró dejar claro a miles de influencers de todo el mundo que hablar del dictador más cool del planeta traía visitas, y consiguió heredar el trabajo: no es raro que en un solo día se suban a YouTube cien videos con la palabra Bukele. Para llegar a España, Bukele ya no necesita moverse, de eso se encargan decenas de escandalosos muchachos y muchachas y otras decenas de autoproclamados periodistas que se la pasan «analizando» sus acciones y lambisconeando «al salvador de El Salvador», como lo bautizó una de ellas.
Y así, uno a uno, videíto a videíto, hasta llegar a los ojos de Ángel, el cantinero de Tirso de Molina. Y hasta lograr que, por ejemplo, en 2024 un 81% de los chilenos dijera que tenía una imagen positiva de Bukele.
Como todo buen publicista, Bukele no solo quiere que lo vean, sino que vean de él lo que él quiere mostrar. Para eso, basta con propo-ner que cualquier ciudadano chileno, taxista colombiano, guardia civil español o peluquero dominicano conteste unas preguntas: ¿Ha vis-to usted imágenes de la megacárcel de Bukele? ¿Sabe usted por qué todas son iguales? ¿Sabe usted que en El Salvador hay veintidós cárceles? ¿Ha visto usted imágenes de cualquier otra cárcel de El Salvador?
Bukele suele lograr que el mundo vea el rin-cón que él propone. Y no solo eso, logra tam-bién que aquel que mira a donde él quiere se sienta privilegiado: exclusiva, especial, desde adentro, el infierno en la tierra, la cárcel más grande y estricta del mundo. Así presentaron decenas de periodistas su safari en la megacár-cel de Bukele. Los periodistas que han entrado a ella a recibir un tour calcado suelen creer que aquello es una primicia y no otro paseíto. Y lo siguen haciendo y lo seguirán haciendo, por-que da likes y corazoncitos y sus primas más miserables: las impresiones.
Como todo buen publicista, Bukele sabe que una buena idea nunca superará a una buena polémica. O, sin quedarnos cortos, a un buen pleito. Y sabe también que los odios generan más interés que las ideas. Y así se ganó el corazón de millones de colombianos después de que en 2023 Gustavo Petro criticara el triunfo de la «extrema derecha» en Argentina, y Bukele se metiera al ruedo escribiéndole en X: «Ahora dilo sin llorar». Y así se ganó el corazón de millones de chilenos cuando, después de que en una entrevista el presidente Gabriel Boric criticara las medidas represivas de El Salvador argumentando que, sin entender las causas de la violencia, suelen ser «pan para hoy y hambre para mañana», salió con todo vigor a decirle en X que «qué difícil ha de ser liderar un país teniendo tan poco sentido común», y que «gracias a Dios los chilenos son más que su presidente». Y así se comió el debate cuando Human Rights Watch criticó las medidas draconianas de sus cárceles, publicando en redes un simple apodo: Homeboys Rights Watch. Y de un plumazo se sacudió las críticas de la Unión Europea a su Ley de Agentes Extranjeros –calcada de la promulgada por la dictadura nicaragüense, que básicamente permite que él diga quién es agente extranjero, persona u organización, y le imponga un 30 % extra de impuestos a todos sus ingresos–, cuando escribió en X que era una pena que «un bloque envejecido y sobrerregulado… y liderado por burócratas no electos todavía insista en dar sermones al resto del mundo». Y fue aún más desfachatado para burlarse del juez estadounidense que prohibió la deportación de venezolanos apresados en aquel país y enviados en 2025 a la megacárcel del salvadoreño. Cuando el juez promulgó la prohibición, el avión con más de doscientos venezolanos ya estaba en el aire. Bukele escribió: «Oopsie… too late [ups… demasiado tarde]» y una carita riendo. Y así podría seguir describiendo ataques y mofas a Nicolás Maduro, Kamala Harris, Claudia Sheinbaum… de las que Bukele sale aparentemente ganador. Hasta que uno se detiene a pensar y se da cuenta de que es el ganador de nada, de un rifirrafe de mensajitos escritos a kilómetros del ofendido.
Pero Bukele sabe medir la estrategia. En plena campaña electoral de 2024, cuando Donald Trump competía para su segunda presidencia, y luego de que Bukele le hubiera dedicado flores y elogios desde sus redes, el estadounidense tuvo uno de sus exabruptos y en el cierre de la Convención Nacional Republicana, el rubio dijo en referencia a Bukele: «Hay un país que me gusta mucho, el presidente tiene mucha popularidad por ser un buen pastor de su país, su criminalidad está bajando, él dice que los entrena y vengo leyendo esto hace dos años y dijimos: “Vamos a ver de qué se trata” y me di cuenta de que no los está entrenando, sino que envía a estos tipos criminales, traficantes, reclusos, a Estados Unidos. Él no lo dice, trata de convencer a todos de que hace un trabajo maravilloso». Y Bukele se sacudió las ínfulas de emperador de las redes y abandonó su matonería ante el matón mayor. Escribió en su cuenta un discreto «Taking the high road», una expresión que podría traducirse como «en un plano más elevado».
Mis amigos cubanos siempre me dijeron que es muy cansino andar por el mundo escuchando cómo todos te explican cómo es tu país, así nunca hayan estado en él y por supuesto sin nunca padecerlo. Guardando las distancias históricas, ahora los entiendo mejor. El 21 de mayo de 2025, semanas antes de asumirme como un exiliado de Bukele, terminé una pequeña gira por las oficinas de senadores y congresistas demócratas en Washington que estaban interesados en saber qué pasaba en El Salvador. Son reuniones muy desgastantes, porque duran treinta minutos en los que uno explica lo que ha visto sin poder llegar a nada profundo, y los políticos fruncen el ceño mientras su séquito de asistentes anota sin parar en unas libretas que no parece que vayan a acabar en el lugar más importante de la oficina. Tras tres días de reuniones, de despacho en despacho, con la creatividad disminui-da y el vocabulario en inglés al límite, caminé para airearme por entre los abetos y cerezos que rodean el Capitolio, pensando en nada y sin gana alguna de volver a pronunciar por unos días el apellido Bukele.
Para aquel entonces, yo llevaba veintiún días sin poder volver a mi país, tras amenazas de captura por haber publicado una entrevista con dos líderes pandilleros que detallaron los pactos que sostuvieron con Bukele durante ocho años. Hice una pausa en la licorería Kogod, en la esquina de la avenida Nueva Jersey con la calle E, para comprar una dolorosa cajetilla de cigarros por diecisiete dólares. Al oír mi terrible acento, el asiático que atendía me preguntó, con un acento aún peor que el mío, de dónde era yo. Augurando lo que venía, le respondí. «De El Salvador.» «Number One Country», respondió él, y con su inglés apaleado siguió:
–¿Quieres saber por qué? –preguntó ante mi silencio.
–¿Por qué? –Es tan humillante no haber aprendido aún a sostener el silencio.
–Bukele, amigo de mi presidente Trump, no pandillas, rico con bitcoins, número uno.
–Ok, ok –le respondí y me fui a la habitación de mi hotel en Washington, ya sin ganas de hacer nada más.
“Cuando los maestros y los chicos cuidan su escuela, cuando la limpian, cuando la dejan preparada para el otro día entonces no hace falta hablar de ecología cuando uno cuida el lugar que habita, ya está«. Juan Carlos Videla, Ex director del Instituto Roberto Themis Speroni. City Bell, Bs. As. Estas son palabras con las…
Este fin de semana se desarrolló la 42° Fiesta Provincial de la Vendimia en nuestra ciudad y con ella los festejos junto a productores y bodegueros regionales. Te compartimos imágenes de las diferentes actividades y espacios que tuvieron lugar en el marco de los festejos oficiales. Seminario intensivo «Vendimia en tu copa» en la Oficina…
Un decreto publicado este martes modifica el mecanismo creado en 2003 para la designación de integrantes de la Corte Suprema, el Procurador General y el Defensor General. Aunque el Gobierno sostiene que busca agilizar los plazos, la decisión reaviva el debate sobre el equilibrio entre el Poder Ejecutivo y el control democrático que ejerce el Senado.
Por Ramiro C. Ferrante para NLI
La publicación de hoy del Decreto 467/2026 no pasa inadvertida en el mundo judicial ni en los pasillos de la política. La norma modifica varios artículos del Decreto 222/03, el procedimiento impulsado hace más de dos décadas para dotar de mayor publicidad y participación ciudadana a la designación de ministros de la Corte Suprema, Procurador General y Defensor General de la Nación.
La principal novedad es que el Poder Ejecutivo queda obligado a publicar, dentro de un plazo máximo de treinta días desde que se produzca una vacante, el nombre y los antecedentes de las personas que estén siendo consideradas para ocupar el cargo. La difusión deberá realizarse durante tres días en el Boletín Oficial y en la página del Ministerio de Justicia.
Un cambio que acelera los tiempos políticos
Hasta ahora, el decreto de 2003 regulaba el procedimiento de publicidad y participación, pero no establecía un límite temporal tan preciso para que el Ejecutivo iniciara formalmente el proceso. Con la modificación, el Gobierno busca transmitir la idea de que las vacantes no podrán permanecer indefinidamente sin un candidato oficial.
La norma también endurece las exigencias de transparencia para los postulantes. Además de la declaración patrimonial prevista por la Ley de Ética Pública, deberán presentar una declaración detallando las asociaciones civiles y sociedades de las que forman o formaron parte, los estudios jurídicos donde trabajaron y la nómina de clientes o contratistas de los últimos ocho años, en la medida permitida por las normas de ética profesional.
El texto fundamenta estas modificaciones afirmando que la designación de magistrados constituye «un acto institucional complejo» en el que el Senado cumple la función de controlar públicamente la idoneidad de los candidatos y garantizar la representación federal prevista por la Constitución. El propio decreto reconoce expresamente ese papel de la Cámara alta.
El impacto político detrás del cambio
Más allá del contenido técnico, el decreto llega en un contexto de fuerte disputa por la integración de la Corte Suprema y por el funcionamiento del Ministerio Público.
La decisión puede interpretarse como una señal de Milei de que pretende acelerar futuras nominaciones y evitar que las vacantes permanezcan abiertas durante largos períodos, especialmente en un escenario donde la negociación parlamentaria se volvió uno de los principales obstáculos para el Gobierno.
Sin embargo, el decreto no modifica el requisito constitucional más importante: los candidatos siguen necesitando el acuerdo del Senado, por lo que el Ejecutivo no obtiene una vía alternativa para completar los nombramientos.
En términos políticos, el Gobierno intenta instalar un discurso de mayor transparencia y rapidez administrativa, mientras que la oposición probablemente pondrá el foco en la oportunidad elegida y en la posibilidad de que el nuevo esquema funcione como un mecanismo para presionar sobre futuras negociaciones judiciales.
Una reforma limitada pero con alto contenido simbólico
El Decreto 467/2026 no altera la Constitución ni elimina instancias de participación ciudadana. Tampoco modifica el control legislativo sobre las designaciones. Su alcance es reglamentario y reorganiza los plazos y la información que deberán presentar los candidatos.
Sin embargo, en un escenario donde la integración de la Corte Suprema se convirtió en uno de los ejes centrales de la disputa institucional, cualquier cambio en el procedimiento adquiere una dimensión política mucho mayor que su contenido administrativo.
La decisión de fijar un plazo de treinta días para iniciar el proceso de cobertura de vacantes y ampliar las declaraciones juradas de los postulantes puede ser presentada como una medida de transparencia, pero también funciona como un mensaje político: el Gobierno busca marcar el ritmo de una discusión que inevitablemente terminará otra vez en el Senado y en el centro del debate público.
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