La federalización de Buenos Aires: la guerra que fundó la Argentina que todavía discutimos
El 20 de septiembre de 1880 quedó asociado a la federalización de Buenos Aires, pero detrás de aquella decisión hubo mucho más que una ley: hubo una guerra civil, miles de muertos, una disputa por los recursos económicos y militares, ciudadanos movilizados y una provincia que perdió su histórica capital. La nueva historiografía permite mirar aquel episodio bastante más allá de la vieja postal de la “organización nacional” y preguntarse qué país se construyó realmente después de 1880.
Por Alcides Blanco para NLI

Durante mucho tiempo, la federalización de Buenos Aires fue presentada como uno de esos acontecimientos inevitables que aparecen en los manuales escolares cuando la historia argentina parece avanzar ordenadamente desde la Constitución de 1853 hacia la consolidación definitiva del Estado nacional. En esa narración, Buenos Aires finalmente se convierte en capital, las provincias dejan atrás sus enfrentamientos y comienza la Argentina moderna. Pero la historiografía de las últimas décadas se ocupó de incomodar esa secuencia demasiado prolija. La federalización no fue simplemente una ley ni el último capítulo administrativo de las guerras civiles: fue el resultado de una disputa brutal por el poder político, los recursos económicos, el territorio y la definición misma de quién debía controlar el Estado argentino.
La fecha merece, además, una precisión. El 20 de septiembre quedó instalada en la memoria pública como la fecha de la federalización, pero la Ley 1.029 fue sancionada por el Congreso Nacional el 21 de septiembre de 1880. Su primer artículo estableció: “Declárase capital de la República, el municipio de la ciudad de Buenos Aires, bajo sus límites actuales”. La Legislatura bonaerense recién cedió formalmente el territorio el 6 de diciembre de ese año, mediante la Ley provincial 1.355.¹ La diferencia no es un detalle menor: muestra que la federalización fue un proceso político y jurídico que se desarrolló durante meses, después de una confrontación armada que había dejado a la provincia derrotada y al Estado nacional en condiciones de imponer su solución.
Para entender qué estaba en juego hay que retroceder mucho más. Desde la década de 1820, la llamada “cuestión Capital” había atravesado la vida política argentina. Buenos Aires no era solamente la ciudad más importante del territorio: concentraba el puerto, buena parte del comercio exterior y una capacidad económica que la colocaba en una posición excepcional frente a las demás provincias. Después de la crisis de 1820, la ciudad dejó de ser capital de las Provincias Unidas y pasó a convertirse en capital de una provincia autónoma. Esa condición produjo una relación permanentemente conflictiva con los proyectos de construcción de un Estado nacional. Marcela Ternavasio y los investigadores reunidos en el tercer tomo de la Historia de la provincia de Buenos Aires han señalado precisamente que durante mucho tiempo la historia nacional y la historia bonaerense fueron narradas como si constituyeran un único proceso inevitable, perdiendo de vista la especificidad de la provincia y de sus propios intereses.²
La cuestión, por lo tanto, no consistía simplemente en decidir dónde funcionaría el Congreso o dónde viviría el presidente. La disputa por Buenos Aires era una disputa por el corazón económico y político de la Argentina. Federalizar la ciudad significaba quitarle a la provincia el control institucional sobre su principal núcleo urbano y ponerlo bajo jurisdicción nacional. La vieja discusión sobre la capital escondía así una pregunta mucho más concreta: quién controlaría los recursos y las instituciones que permitían ejercer el poder sobre el conjunto del país.
Pero hay un aspecto que la vieja historia de presidentes, generales y leyes suele dejar en segundo plano: la sociedad también participó de aquella confrontación. Y aquí aparece uno de los aportes más importantes de la historiografía renovadora, particularmente el trabajo de Hilda Sábato. En Buenos Aires en armas, la historiadora no se limita a reconstruir las decisiones de Avellaneda, Roca o Tejedor, sino que estudia la movilización política y militar de la sociedad porteña y el papel que tuvieron las milicias y los ciudadanos armados.³ La Revolución de 1880 deja así de ser solamente una pelea entre dirigentes y se transforma en un episodio de una cultura política en la que la ciudadanía, las elecciones, las armas y las movilizaciones estaban profundamente conectadas.
El dato resulta especialmente significativo porque los combates de junio de 1880 fueron una guerra civil en toda regla. Las fuerzas nacionales y las milicias de Buenos Aires se enfrentaron en Puente Alsina, Los Corrales y otros puntos de la ciudad y sus alrededores. Sábato reconstruyó los enfrentamientos del 20 y 21 de junio como combates protagonizados por miles de hombres de ambos bandos, en jornadas de enorme violencia.⁴ El Gobierno nacional terminó imponiéndose militarmente y la provincia perdió la capacidad de sostener su oposición armada. La federalización fue, en ese sentido, la consecuencia institucional de una derrota militar.

Y aquí aparece otra cuestión que modifica profundamente la mirada tradicional. Los hombres que tomaron las armas del lado bonaerense no necesariamente se veían a sí mismos como enemigos de la República. La investigación de Sábato muestra que los defensores de Buenos Aires construyeron un discurso según el cual estaban defendiendo las libertades, las instituciones y el derecho ciudadano frente a una imposición del poder nacional. Las milicias eran presentadas como espacios de ciudadanía y honor, y no simplemente como bandas armadas al servicio de determinados caudillos.⁵ Esto no significa aceptar aquella interpretación como verdad histórica, sino comprender que los protagonistas tenían sus propios lenguajes políticos y que la violencia podía ser presentada por sus actores como una forma legítima de defender la República.
La elección presidencial de 1880 terminó de convertir la disputa en una crisis general. Julio Argentino Roca y Carlos Tejedor encarnaron dos proyectos políticos enfrentados, aunque el conflicto excedía largamente sus candidaturas personales. Roca contaba con el respaldo de una amplia alianza de gobernadores y con el creciente poder del Estado nacional; Tejedor, desde la gobernación bonaerense, defendía la autonomía de la provincia y encabezaba una resistencia que encontró respaldo entre sectores importantes de la sociedad porteña. Hilda Sábato ha mostrado que la contienda electoral, las acusaciones sobre la legitimidad del sufragio y la movilización armada no fueron fenómenos separados, sino partes de una misma cultura política.⁶
La consecuencia fue decisiva: el Estado nacional terminó imponiéndose sobre la última gran provincia que conservaba una capacidad autónoma suficiente como para desafiarlo militarmente. La federalización de Buenos Aires fue, por eso, mucho más que la elección de una capital. Cerró un largo ciclo de disputas entre la Nación y la provincia y permitió al gobierno nacional controlar directamente el territorio donde funcionaban las principales instituciones políticas del país. La propia historiografía de Sábato interpreta la federalización como una consecuencia de largo alcance de la derrota de la revolución: Buenos Aires quedó separada de la provincia y convertida en capital de la República, fortaleciendo decisivamente la organización del Estado nacional.⁷
Sin embargo, la provincia de Buenos Aires no desapareció de la historia: perdió su capital. Esa diferencia resulta fundamental. La investigación dirigida por Marcela Ternavasio ha caracterizado la federalización como una verdadera “amputación territorial” para la provincia, justamente para romper con la idea de que se trató de una simple reorganización administrativa beneficiosa para todos. Para Buenos Aires significó perder su histórica ciudad cabecera, su principal centro urbano y una parte decisiva de su estructura política y económica.⁸
La respuesta llegó apenas dos años después con la fundación de La Plata, en 1882. La nueva capital bonaerense puede ser leída, desde esta perspectiva, no solamente como una extraordinaria experiencia urbanística sino como una respuesta política a la pérdida de Buenos Aires. Investigaciones recientes de Valentín Magi muestran que alrededor de la federalización existieron distintas ideas acerca de qué debía ser una ciudad capital y qué funciones debía concentrar. La concepción que finalmente predominó imaginaba a Buenos Aires como una gran ciudad multifuncional, capaz de concentrar funciones políticas, económicas y culturales.⁹
Eso abre una paradoja que todavía resulta extraordinariamente argentina: la federalización fue presentada como una solución federal y terminó consolidando una concentración excepcional del poder alrededor de Buenos Aires. Magi recupera incluso la posición de Leandro Alem, quien cuestionó la decisión precisamente desde una concepción de federalismo democrático contraria a la concentración del poder en un único centro.¹⁰ La discusión, vista desde el presente, adquiere una dimensión inesperada: la capital que debía resolver la vieja “cuestión Capital” también iba a convertirse en el núcleo de una concentración política, económica y cultural que atravesaría buena parte de la historia posterior del país.
Por eso, a 146 años de aquel episodio, quizás convenga abandonar definitivamente la imagen de una Argentina que simplemente “se organizó” en 1880. La Argentina también se organizó a través de derrotas, guerras civiles, disputas por los recursos, concentración del poder y conflictos entre diferentes proyectos de República. La federalización terminó con una larga confrontación por la capital, pero no resolvió para siempre la relación entre Buenos Aires y el resto del país. De hecho, buena parte de los debates posteriores sobre federalismo, recursos, población, infraestructura y distribución territorial del poder pueden leerse como nuevas versiones de aquella vieja cuestión.
La historiografía más reciente tiene justamente ese mérito: desarmar la historia que parece inevitable y devolverle a los protagonistas sus conflictos, sus intereses y sus alternativas. En lugar de mirar 1880 como el momento en que la Argentina llegó finalmente a su destino, permite preguntarse qué otras Argentinas pudieron haber existido y por qué aquella terminó imponiéndose sobre las demás.
La Ley 1.029 convirtió a Buenos Aires en capital federal, pero no convirtió mágicamente a la Argentina en un país equilibrado. El problema de fondo —cómo distribuir el poder, los recursos y la capacidad de decisión entre la capital y las provincias— sobrevivió a la ley, a la guerra y a la organización institucional. Y quizá por eso aquel episodio ocurrido hace 146 años todavía dice tanto sobre la Argentina: porque detrás de la discusión acerca de dónde está la capital siempre estuvo, en realidad, una pregunta mucho más profunda acerca de dónde reside el poder y quién tiene derecho a ejercerlo.
Notas
1. Ley Nacional N.º 1.029, “Capital de la República”, sancionada el 21 de septiembre de 1880; y Ley de la Provincia de Buenos Aires N.º 1.355, de cesión del municipio de Buenos Aires a la Nación, 6 de diciembre de 1880. Véase la documentación histórica del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
2. Marcela Ternavasio (dir.), Historia de la provincia de Buenos Aires. De la organización provincial a la federalización de Buenos Aires (1821-1880), UNIPE-Edhasa, Buenos Aires, 2013. La obra reúne trabajos de Hilda Sábato, Fernando Aliata, Guillermo Banzato, Roberto Schmit, Fabio Wasserman y otros investigadores.
3. Hilda Sábato, Buenos Aires en armas. La Revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.
4. Hilda Sábato, “Milicias, ciudadanía y revolución: el ocaso de una tradición política. Argentina, 1880”, Ayer, n.º 70, 2008, pp. 93-114.
5. Ibídem. Sábato analiza particularmente la relación entre milicias, ciudadanía, honor y participación política en la Buenos Aires de 1880.
6. Hilda Sábato, “Resistir la imposición: revolución, ciudadanía y República en la Argentina de 1880”, Revista de Indias, vol. LXIX, n.º 246, 2009, pp. 159-182.
7. Hilda Sábato, “Milicias, ciudadanía y revolución: el ocaso de una tradición política. Argentina, 1880”, op. cit.
8. Marcela Ternavasio (dir.), Historia de la provincia de Buenos Aires. De la organización provincial a la federalización de Buenos Aires (1821-1880), op. cit.
9. Valentín Magi, “Buenos Aires Capital. Representaciones sobre el tema de la ciudad capital en la federalización de 1880”, Prismas. Revista de Historia Intelectual, n.º 30, 2026.
10. Ibídem. Magi reconstruye en particular las posiciones de Leandro Alem y otros actores respecto de la concentración del poder político y las distintas concepciones acerca de la ciudad capital.
