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JARDÍN DE REJAS

¿Marketing político?
¿Respuesta al clamor popular?

Nuevamente el Ejecutivo se encuentra en el centro de la polémica al presentar el proyecto de reforma del “Régimen penal Juvenil”.

Pero antes de preguntarse si dicho proyecto enmarcado en el programa Justicia 2020 es “correcto” o no, deberíamos hacer foco en otras cuestiones.

Como siempre, el pilar fundamental de toda “sociedad civilizada” es la educación, que a su vez debe ser garantizada por el Estado; si como solución al alto índice delictivo de menores se propone criminalizar sectores de la sociedad, se estaría apelando en simples palabras a un “exterminio provisorio” de la problemática.

No debemos olvidar que el poder punitivo del Estado criminaliza con mucha más fuerza los sectores económicos más vulnerables, que a su vez, son los que carecen de posibilidades. La solución siempre es la educación y la existencia de reales oportunidades de crecimiento social, laboral, económico, etc.

¿Es más fácil criminalizar, detener, realizar un proceso, lograr una condena y “ver que sucede en el medio”, para responder ante el clamor popular frente a la inseguridad? ¿No es más eficiente y respetuoso de los derechos, lograr una educación de alta calidad, ofreciendo oportunidades a todos los estratos sociales?  

Con un fuerte discurso político y social que se desprende del odio hacia los demás, se proponen estas “soluciones rápidas” que lamentablemente tienen un fuerte consenso social y que se retroalimentan por el mismo sentimiento de desprecio instaurado entre nosotros.

Pero al fin y al cabo, es lo que el gobierno de turno realmente quiere…

De la mano de toda esta ausencia, se encuentra el espacio para «políticas criminales» que no son de las más acertadas. La criminalización de los menores no es la solución a un problema que tiene como raíz la falta de factores socio-educativos que merecen y necesitan proyectos profundos, a largo plazo, alcanzando el rango de «políticas de Estado».

Ley 22.278: http://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/110000-114999/114167/texact.htm
Proyecto de reforma: https://www.hcdn.gob.ar/proyectos/textoCompleto.jsp?exp=7523-D-2018&tipo=LEY

Colaboración: Emiliano Piccinini
Portada: Germán Busin
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    El 10 de julio de 1816: cuando empezó el trabajo más difícil de la Independencia

     

    La Independencia no terminó el 9 de julio de 1816. Al día siguiente, las Provincias Unidas seguían rodeadas por guerras, divisiones internas, amenazas externas y un futuro completamente incierto. La historia del verdadero «día después».

    Por Alcides Blanco para Noticias La Insuperable

    Durante generaciones, la historia argentina enseñó a imaginar el 9 de julio de 1816 como una especie de punto de llegada, una jornada en la que un grupo de congresales reunidos en Tucumán declaró la Independencia y, desde ese momento, nació la Argentina tal como hoy la conocemos. Sin embargo, la investigación histórica desarrollada durante las últimas décadas permite reconstruir un escenario muy diferente, mucho más complejo y profundamente humano, porque el verdadero desafío comenzó precisamente al día siguiente, cuando aquella declaración solemne debía convertirse en una realidad política, militar, económica y diplomática en un territorio atravesado por guerras, disputas internas y enormes incertidumbres.

    Lo que ocurrió el 10 de julio de 1816 fue, justamente, el comienzo del trabajo más difícil. La emoción de haber proclamado la ruptura con la monarquía española convivía con una pregunta inevitable que nadie podía responder con certeza: ¿cómo sostener esa independencia frente a un imperio que todavía conservaba ejércitos poderosos, frente a provincias enfrentadas entre sí y frente a un mundo que, lejos de celebrar las revoluciones americanas, buscaba restaurar el viejo orden monárquico?

    Una declaración que todavía debía hacerse realidad

    La sesión del 9 de julio no había resuelto los principales problemas de las Provincias Unidas. El Congreso seguía reunido porque quedaban por discutir cuestiones fundamentales como la forma de gobierno, la organización institucional, la administración de los recursos públicos, la representación política de los distintos territorios y la estrategia diplomática para obtener reconocimiento internacional, un aspecto indispensable para garantizar la supervivencia del nuevo Estado.

    En otras palabras, existía una declaración de independencia, pero todavía no existía una nación plenamente organizada. No había Constitución, tampoco un consenso definitivo sobre el modelo político, y las diferencias entre proyectos centralistas y federales seguían atravesando toda la vida pública.

    La imagen de un país unido detrás de un mismo objetivo pertenece mucho más a la construcción posterior de la memoria nacional que a la realidad de aquellos días, porque el Congreso de Tucumán representaba solamente a una parte de las antiguas jurisdicciones del Virreinato del Río de la Plata, mientras otras regiones permanecían alejadas del proceso político o directamente enfrentadas con el Directorio instalado en Buenos Aires.

    Una independencia rodeada por todos los frentes

    Si el mapa político resultaba complejo, el militar era todavía más preocupante.

    Al norte, las tropas realistas continuaban ocupando buena parte del Alto Perú y mantenían capacidad suficiente para intentar una nueva invasión sobre el actual territorio argentino. La resistencia dependía casi exclusivamente de la extraordinaria guerra de recursos organizada por Martín Miguel de Güemes, cuyos gauchos sostenían una frontera militar mediante tácticas de desgaste que impedían el avance español, aunque a un costo humano enorme para la población del noroeste.

    Mientras tanto, en Mendoza, José de San Martín aceleraba la preparación del Ejército de los Andes, consciente de que la defensa permanente resultaba insuficiente y de que la única posibilidad estratégica consistía en trasladar la guerra hacia Chile y posteriormente hacia el Perú, donde se encontraba el principal centro del poder español en Sudamérica. Aquella expedición todavía era un proyecto que demandaba recursos, hombres, armamento, animales, alimentos y una organización logística sin precedentes para la región.

    En simultáneo, la Banda Oriental se encontraba sometida a la invasión portuguesa iniciada meses antes, mientras las tensiones entre el Directorio y la Liga de los Pueblos Libres encabezada por José Gervasio Artigas impedían construir una estrategia común frente a los enemigos externos. Paradójicamente, el mismo territorio que acababa de proclamarse independiente enfrentaba conflictos militares tanto contra las fuerzas de la Corona española como entre los propios proyectos políticos surgidos de la Revolución de Mayo.

    La independencia, entonces, no eliminó los peligros. Simplemente cambió la naturaleza de la lucha.

    El mundo tampoco jugaba a favor

    A menudo se olvida que la declaración de Tucumán ocurrió en uno de los momentos más adversos para cualquier revolución americana.

    Tras la derrota definitiva de Napoleón en 1815, las principales potencias europeas impulsaban la restauración de las monarquías tradicionales mediante el Congreso de Viena y la posterior Santa Alianza, un sistema internacional diseñado precisamente para impedir la expansión de los movimientos revolucionarios que habían sacudido Europa y América durante las décadas anteriores.

    Desde esa perspectiva, la independencia declarada en Tucumán no contaba con un escenario internacional favorable. España pretendía recuperar sus colonias y buena parte de Europa compartía ese objetivo, mientras las Provincias Unidas carecían todavía del reconocimiento diplomático necesario para consolidarse como un Estado soberano.

    No resulta casual que apenas diez días después, el 19 de julio de 1816, el Congreso decidiera ampliar el texto original agregando la expresión «y de toda otra dominación extranjera», una aclaración destinada a despejar cualquier sospecha de que la ruptura con España pudiera desembocar en la dependencia respecto de otra potencia europea.

    Aquella modificación demuestra que los diputados seguían pensando la independencia como un proceso abierto, susceptible de ajustes conforme evolucionaban las circunstancias políticas y diplomáticas.

    Lejos de la imagen de una obra terminada, el Congreso trabajaba casi diariamente para fortalecer una construcción institucional que todavía era extremadamente frágil.

    La historia suele recordar el 9 de julio como el día en que nació la Independencia argentina, pero el 10 de julio de 1816 recuerda algo igualmente importante y quizá más cercano a la experiencia humana: las grandes transformaciones nunca concluyen con una firma ni con una proclamación solemne, sino que recién empiezan cuando llega el momento de sostenerlas frente a la realidad. Aquellos hombres salieron de la histórica casa de Tucumán sabiendo que no habían llegado a la meta, sino que acababan de asumir una responsabilidad inmensa cuyo resultado todavía era incierto, porque la libertad recién declarada debía defenderse en los campos de batalla, consolidarse en las instituciones, financiarse con una economía devastada y legitimarse ante un mundo que todavía no estaba dispuesto a reconocerla.

     

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  • Elige tu propio Santilli

     

    Hay una historia que pinta de cuerpo y alma al flamante jefe de Gabinete. Corría el año 2009. Diego Santilli acababa de conseguir su primer cargo ejecutivo en el Gobierno porteño: ministro de Espacio Público. El jefe de Gabinete era Horacio Rodríguez Larreta y veía al Colo como un posible competidor para la sucesión de Mauricio Macri. Larreta había centralizado toda la comunicación y la pauta publicitaria en su figura. Era habitual verlo en las pantallas de las estaciones de subte, incluso más que a Macri. Santilli quería hacerse más conocido, pero la orden era dejarlo afuera. Hasta que descubrió que en el contrato de la basura había un fondo destinado a fomentar la ecología y el reciclado. Y se mandó, esquivando el cerco de Larreta. Ahí fue cuando en los cines se vio a Santilli, promoviendo el cuidado del ambiente. Y usó el Ministerio para empezar a promover su propia imagen. 

    Otros tiempos. 

    Santilli llega hoy a la jefatura de Gabinete reconvertido al credo de la extrema derecha y con la idea de relanzar el Gobierno de La Libertad Avanza, aceitar los contactos políticos y cimentar su camino a la gobernación bonaerense o a la jefatura de Gobierno porteña, dos destinos que —en su momento— Macri le negó.

    Entrador, campechano, Santilli es el prototipo de operador político: un político profesional que destina horas a almuerzos, cafés, y rosca sin mezquinar tiempo. Es todo lo que Milei decía despreciar y, para hacer un salto temporal, Macri como presidente también: los rosqueros eran “los orcos”, que se metían en el barro, y los “elfos” eran la nueva política. Milei trocó esa división en “casta” y “argentinos de bien”. Lo que queda claro: Santilli es alguien que sabe meterse en el barro de la política. Y ambos presidentes lo necesitaron. 

    Durante bastante tiempo, en las usinas de LLA, gastaron a Santilli por acompañar desde el discurso sin nada a cambio. Era, para bosses trolls como El Gordo Dan, un cero a la izquierda, un arribista. Pero todo cambió el año pasado cuando logró ir tercero en la boleta bonaerense —después de Karen Reichardt— como parte de un acuerdo entre LLA y el PRO que negoció Cristian Ritondo (otro personaje importante en la vida política de Santilli). Luego vinieron las revelaciones del pago de Fred Machado a José Luis Espert y “El Profe”, al que Milei —sin escuchar las advertencias— le había dado la cabeza de la boleta, se cayó.

    Entonces Karina Milei eligió a Santilli para que encabezara la campaña. No se privó de nada: hizo spots diciendo “para votar al Colorado, marcá al Pelado”, fue al programa del Gordo Dan y se comprometió a pelarse si ganaba la elección. Finalmente, con la victoria bajo el brazo, se cortó un poco el pelo en los estudios de Carajo. Ese rapado fue como su bautismo: ya era un mileísta más.

    Cuando lo nombraron ministro de Interior, comenzó a acumular poder internamente, pese a que Adorni le hacía la marca personal (al principio, quería estar en todos los encuentros que el nuevo ministro tenía con los gobernadores). De hecho, cuando lo nombraron, le recortaron funciones a su ministerio para que tuviera poco manejo de áreas con caja.

    Pero todo esto fue lo que se vio públicamente. Detrás hubo horas y más horas de trabajo de artesano para construir relaciones personales de confianza con los principales actores de LLA. De rosca, vamos. Fue construyendo un lugar que pocos tienen: puede hablar con Karina Milei y con Santiago Caputo, además de con el presidente. Ese fue su principal valor: al elegirlo, ningún sector de la interna oficialista resigna nada.

    ¿Cómo lo hizo?

    Cuando Milei asumió como presidente, Santilli era diputado. A diferencia de otros dirigentes del PRO, giró su discurso público hacia la prédica anticasta y comenzó a tuitear como el más libertario. Al punto de que los compañeros de bancada PRO lo gastaban: “El Colo se sobregiró”, decían. El Colo, más bien, leyó los tiempos.

    Junto con Cristian Ritondo se convirtió en uno de los dirigentes que más trabajó para tender puentes entre amarillos y violetas. Con extensa experiencia parlamentaria, los dos trabajaron más que los mileístas para que se aprobara la Ley Bases. Hicieron la mayoría de los acuerdos luego de la gaffe de Oscar Zago —entonces jefe de bloque— que terminó con la caída de la primera Ley Ómnibus.

    Hubo una suerte de división de frentes con Ritondo: mientras el jefe de la bancada PRO estableció una relación cercana con Santiago Caputo, Santilli fue por el karinismo. El Colo cimentó sus vínculos con los Menem: primero fueron cenas con Lule y con Darío Wasserman, titular del Banco Nación y marido de Pilar Ramírez, la lugarteniente porteña de la secretaria general de la Presidencia. De esas cenas empezó a participar la hermanísima. Y luego Santilli comenzó a compartir comidas mano a mano con ella. Ninguno de esos encuentros se filtró a la prensa, algo que ayudó a construir una relación de confianza mucho antes incluso de asumir un cargo en el gabinete. Fueron dos años de construir vínculos. Sobre esa construcción llegó Santilli al lugar donde está hoy. Convergieron la astucia del Colo con la tendencia del gobierno a incendiarse: siempre Santilli aparece para apagarles el fuego. Un operador sonriente, dispuesto y útil. Así fue, también, como se ganó un lugar en la mesa política del Gobierno.

    La primera negociación electoral de la que tuvo que participar fue con Sebastián Pareja, hombre duro de la hermanísima, que lo relegó al tercer lugar en la lista con la idea de esconderlo. Es el contrincante de Santilli por la gobernación bonaerense. Salvo que el Colo dé un giro y vuelva a su primer amor: la jefatura de Gobierno porteña (algo que por ahora niega).

    Peronista y millonario

    De chico la pasaba mal por ser pelirrojo. Un compañero grandote “como King Kong” lo jodía todos los días: “Fideos con tuco, fideos con tuco”. Hasta que El Colo le dio una buena patada en la entrepierna. No fue la única vez que su color del pelo fue el protagonista: una vez, con otros amigos traviesos del colegio, tiraron huevos e intentaron huir. Pero el cura del colegio lo cazó al vuelo después de correrlos tres cuadras. Le gritó: “Dejá de correr, Santilli, que vos sos colorado y ya te reconocí”. Estuvo un año entero sin recreo.

    Hijo de una familia acomodada de Palermo, Santilli se fue y volvió de la casa paterna hasta los 32 años. Se recibió de contador público en la UBA y después hizo posgrados afuera: Marketing en Berkeley; Mercados de Futuros y Opciones en el Instituto de Industrias Futuras en Washington, y Administración y Gestión Pública en la Escuela de Administración Pública de París. Terminó su ciclo en el exterior trabajando como broker en el World Trade Center: lo recordó en una entrevista que le hice hace tiempo: “Había comenzado a funcionar el mercado de opciones y futuros (Commodity Futures Trading Commission) y era uno de los mercados más volátiles con los que las empresas se financiaban. Me fui a operar en las Torres Gemelas, en el pit, el recinto de transacciones. Es igual que en las películas. Me iba bien porque estaba acostumbrado a la volatilidad argentina”.

    Su jefe de ese entonces murió en el atentado del 11 de septiembre. “Para entonces era director del Banco Ciudad. Llegué a mi despacho y tenía un televisor chiquito, de 14 pulgadas, detrás de una puerta de madera. Entonces, vengo entrando y veo una torre incendiada y un avión que se estrella contra la segunda. Y digo: ‘No me acuerdo de esta película. No la vi esta’. Y después me di cuenta que estaban transmitiendo en vivo. No lo podía creer. Era donde había laburado”, cuenta Santilli. 

    Volvió a la Argentina en 1994 y se reinsertó en el peronismo. De nuevo, Santilli: “Me acuerdo que me llamó la atención cuando iba a Ciencias Económicas en la UBA que no veía representado al peronismo. Era todo Franja Morada. Ahí me puse a militar en la Juventud Peronista. Me metí a hacer lo que hace todo el mundo cuando empieza: militar en la Unidad Básica, repartir volantes, alguna pintada en algún paredón que en ese momento eran grandes. Ahora, cada vez quedan menos. No era bueno como letrista. Tal vez con algún blanqueado anduve bien, pero como letrista no era bueno”.

    En política tuvo ayuda de su padre, Hugo Santilli, dirigente peronista y de River Plate. Fue uno de los doce que apoyaron a Carlos Saúl Menem para derrotar a Antonio Cafiero en la interna. Menem recompensó a Hugo Santilli con la presidencia del Banco Nación. Pero Santilli se terminó yendo, principalmente por sus diferencias con Domingo Cavallo. En la Capital, el padre de El Colo peleó contra Carlos Grosso, pero perdieron con el peso que sumó Franco Macri. Era un peronista histórico: trabajó para el tercer gobierno de Juan Domingo Perón, en el ministerio de Bienestar Social. Se peleó con José Lopez Rega y tuvieron que huir a Córdoba con toda la familia.

    También el paso de Santilli padre por la presidencia de River dejó historias que marcan al Colo. En una oportunidad, en la cancha de Ferro, el entonces presidente del club le pidió al comisario que bajara a unos hinchas que estaban colgados moviendo el alambrado y los oficiales le respondieron: “Señor, ese es su hijo”.

    “Una vez, mi viejo se iba en una gira – recuerda el Colo – me dio la llave del despacho para buscarle algo y veo quince remeras. Pensé que eran para regalar. Nos llevamos una remera cada uno y nos fuimos a jugar a la plaza Chile con mi hermano. Cuando fue a la gira no estaban las remeras y casi se arma un lío con Adidas, hasta que mamá nos vio. Eran las de los jugadores”. 

    Del menemismo al PRO

    En los noventa, cuando volvió a la Argentina, mezcla de yuppie y dirigente peronista —muy en la vibra del menemismo—, Santilli se metió de cabeza en el PJ comandado por Miguel Ángel Toma, que fue su padre político y el de Ritondo. Se sumaron a la campaña de “Palito” Ortega presidente (allí Santilli coincidió tanto con Sergio Massa, como con Jorge Capitanich y Horacio Rodríguez Larreta). 

    A mediados de los noventa Santilli recaló en  la dirección de Migraciones, a cargo de Hugo Franco. Luego fue al Instituto de Previsión Social de Buenos Aires, nombrado por el entonces gobernador Carlos Ruckauf junto a Larreta. Desembarcó allí de la mano de Gustavo Béliz. Fue entonces cuando conoció a su primera esposa, la periodista Nancy Pazos, quien apuntaló su carrera política; con ella tuvo tres hijos. Desde 2014 está en pareja con la ex modelo y empresaria Analía Maiorana.

    En 2003, la dupla Ritondo-Santilli acompañó a Daniel Scioli como candidato a jefe de gobierno porteño, pero Néstor Kirchner se llevó a Scioli como compañero de fórmula. Allí se encontró con un límite dentro del PJ porteño: Alberto Fernández. Recordó: “Fueron épocas durísimas. Entró a Diputados a reemplazar a Daniel Scioli, que se va y deja una vacante. Era muy duro: rodeaban el Congreso, las sesiones era difícil que sucedieran, estaban las asambleas. Ahí conozco bastante a Eduardo Duhalde, tengo una relación mucho más importante. Él era presidente y yo secretario de la comisión de Presupuesto. Un montón de temas me tocó trabajarlos con él”. 

    Fueron los años en que empezaron a tomar cuerpo los proyectos políticos de Néstor Kirchner y Mauricio Macri. Entonces Santilli eligió e hizo su movimiento: “Ahí tenés un grupo del peronismo que va a buscarlo a Kirchner para ser candidato a presidente. Ese grupo lo comandaba Alberto Fernández, que tenía una enemistad manifiesta sobre mi persona. No sé por qué. Será porque le gané la interna en la Ciudad. Entonces, dije: ‘Acá no tengo ninguna posibilidad de construir y de crecer’. Y ahí fui a buscarlo a Mauricio. Él tenía valores más parecidos a los míos que los del kirchnerismo.”

    Así se sumó a un partido naciente llamado Compromiso para el Cambio, junto con Ritondo y Juan Pablo Schiavi. Conoció a Macri, con el que realmente nunca terminó de llevarse bien. Fueron épocas de Santilli desarrollando su muñeca política como vicepresidente primero de la Legislatura. Eran comunes los “acuerdos de los Diegos”, por Santilli y el entonces jefe del bloque kirchnerista, Diego Kravetz.

    Pero Santilli quería llegar a un cargo ejecutivo y lo logró en 2009, cuando Macri lo nombró ministro de Espacio Público, cargo que luego tuvo que dejar para ser senador. Mientras tanto, intentó hacerse más conocido y empapeló la ciudad con portadas del libro para chicos Familia Verde, que publicó en 2014, para reforzar su perfil ecologista. “Me gustaría ser el Al Gore de Macri, por su trabajo con el ambiente”, me decía en esa época. De nuevo, otros tiempos.

    La relación con Rodríguez Larreta, que era tirante, mejoró mucho. Al punto que conformaron una fórmula para ganarle a Gabriela Michetti en la interna PRO. Lo acompañó como vicejefe en dos gestiones. La segunda le cerró la posibilidad de ser candidato a jefe de Gobierno, porque la Constitución porteña impide presentarse después de dos mandatos, ya sea como jefe o vicejefe.

    Espiado por el uno

    Cerrado su sueño de ser jefe de Gobierno, Santilli se volcó a la provincia de Buenos Aires. En 2023 compitió por la gobernación, pero Macri y Patricia Bullrich apoyaron a Néstor Grindetti, que le ganó la interna. Era la segunda vez que Macri lo dejaba fuera de competencia.

    El punto de no retorno con Macri fue cuando se conoció que el grupo de espías llamado “Super Mario Bross” había tenido como uno de sus objetivos a Santilli. Uno de los agentes involucrados en el espionaje ilegal era Alan Ruiz, que fue grabado sin su conocimiento hablando sobre el Colorado: “El uno le bajó el dedo a Santilli. Santilli gastó 1.600.000 de dólares el año pasado. Y no usa tarjeta de crédito. Es un narco. No hay forma que tenga… No, no. Me refiero a la operatoria. No hay forma que justifique el nivel de vida que tiene. Se fue con su pareja a Dubái. Se fue con las hijas de la pareja nueva, con la suegra, con la mujer. Se fue con dos amigos. Pagó 260 mil dólares, así de una, el hotel, el avión. O sea, tiene un nivel de vida que no da con lo que gana nadie”. 

    Ruiz también mencionaba una mudanza de la suegra de Santilli desde Pompeya a un departamento en la calle República Árabe Siria, en una de las zonas más elegantes del territorio porteño. “Le metimos un flaco de una empresa de limpieza”, se jactó.

    Santilli se presentó como querellante contra los espías de Macri en 2020. El macrismo intentó vender que habían sido “cuentapropistas”, que espiaban y extorsionaban sin seguir órdenes de sus superiores. Ya separada de Santilli, Nancy Pazos nunca lo creyó: “Cuando Macri mandó a espiar a mis hijos fue mi límite, y queda clarísimo que no eran cuentapropistas”. Santilli y su familia fueron espiados desde julio de 2018, con seguimientos a los integrantes. Anotaban a donde iba, en qué auto se movía y con quienes se juntaba. En código, le decían a Santilli “el objetivo pibe”. Ruiz les decía que era por una causa por enriquecimiento ilícito, pero Santilli no tenía ninguna.

    Lo máximo que llegó a tener fue una aparición de offshores en las investigaciones internacionales conocidas como Panamá y Paradise Papers. Ahí se mencionaron 14 cuentas vinculadas a su familia. Santilli explicó que dos eran de su hermano, una era una vieja empresa que tuvo con Nancy Pazos (vendía quesos y dulces) radicada en la Argentina que cerró en 2014 y la única que seguía siendo de él era Sanfor Investment SA.

    De hecho, en su declaración jurada de 2020, declaró un patrimonio total de $17.955.421 ante las autoridades porteñas. Señaló que tenía el 50 por ciento de Sanfor Investment SA (el resto es de su padre y su hermano), que se dedica al desarrollo inmobiliario y la construcción. 

    Después del espionaje, no es raro que la relación con Macri no sea del todo buena. Santilli no le pidió permiso ni para ser ministro del Interior de Milei, ni para ser jefe de Gabinete. Sí lo llamó antes de asumir, porque buscará tender puentes para una alianza del PRO y LLA en 2027. “Pero no es empleado de Macri”, aclaran en su entorno. 

    Cuatro días después de asumir como Jefe de Gabinete de Milei, Santilli dio una entrevista con La Nación donde dejó en claro su lejanía con el partido amarillo: “Yo soy del proyecto del Presidente, quiero que reelija, quiénes son los candidatos de PRO es un tema de PRO”.

    Quien también puso en duda la honestidad de Santilli y su patrimonio fue el propio Presidente. En enero de 2023 además de insultarlo, decía que tenía que “explicar su estilo de vida”. En mayo de 2023, Milei dijo: “Yo no tengo la culpa si Juntos por el Cargo tiene un pésimo candidato, horrible, como el caso de Santilli, que es un engendro que estaba en Capital y lo pasaron a Provincia. La gente se da cuenta cómo se mueve por los negocios cierta parte de la política y es lógico que tenga ese rechazo”. Algunos meses más tarde, tuiteó: “No hay nadie que no diga que (Santilli) es un corrupto”, y reafirmó que es quien “se pagaba la fiesta de cumpleaños con la tuya” y que integraba “un pantano de corrupción, delincuencia, y vínculos con el crimen organizado, manejada por los mismos de siempre hace décadas”.

    De ahí, a nombrarlo ministro del Interior en noviembre del año pasado y ahora, jefe de Gabinete. Otro salto más en una carrera que ya acumula varios partidos y varios gobiernos.

    La entrada Elige tu propio Santilli se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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