El Intendente Marcelo Orazi entregó los premios a los tres equipos que completaron el podio de la Liga Municipal de Fútbol Femenino organizada por la Dirección de Deportes de la Municipalidad de Villa Regina.
Los premios correspondieron a: Las Perlas (campeón), Las Inter (subcampeón) y Botineras (tercer puesto).
En la oportunidad estuvo acompañado por el Director de Deportes Damián Álvarez.
Orazi felicitó a las referentes de los equipos por el logro obtenido y agradeció su participación en el campeonato.
La Directora de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina Silvia Alvarado acompañó la presentación del libro de Yanina Vertúa ‘Amor predestinado’ que se realizó este viernes en la confitería del Club Social Colonia. En la oportunidad, Alvarado resaltó que “desde Cultura pregonamos la cantidad y calidad de artistas que tenemos en la ciudad, por…
El Básquet del Club Atlético Regina volvió a cortar las redes en una categoría formativa después de mucho tiempo. La categoría U19 se coronó campeón del Torneo Integración (Alto Valle de Río Negro y Neuquén) sin perder ningún partido, ganó los 12 juegos que disputó, nueve de la etapa regular y los tres del cuadrangular…
Cuando la epidemia de fiebre amarilla golpeó a Buenos Aires en 1871, la ciudad quedó paralizada por el miedo. Miles de personas abandonaron sus hogares, los servicios públicos colapsaron y la muerte se convirtió en una presencia cotidiana. En medio de aquella tragedia, cientos de trabajadores ferroviarios, carreros, sepultureros y empleados públicos sostuvieron tareas esenciales que permitieron evitar un desastre todavía mayor. Su historia rara vez ocupa un lugar destacado en los libros, pero constituye uno de los ejemplos más conmovedores de solidaridad y compromiso colectivo de la historia argentina.
Por Alcides Blanco para NLI
La historia suele recordar las grandes epidemias a través de sus cifras: cuántos murieron, cuánto duró la enfermedad o qué gobiernos debieron enfrentarla. Sin embargo, detrás de esos números existen miles de historias individuales que muchas veces permanecen ocultas. La epidemia de fiebre amarilla que azotó a Buenos Aires en 1871, considerada una de las mayores tragedias sanitarias de la historia argentina, también dejó un conjunto de protagonistas silenciosos cuya tarea resultó indispensable para que la ciudad pudiera seguir funcionando en medio del colapso. No eran médicos famosos ni dirigentes políticos. Eran trabajadores que, aun sabiendo que arriesgaban sus propias vidas, continuaron conduciendo trenes, trasladando enfermos, retirando cadáveres, limpiando calles o manteniendo servicios esenciales cuando buena parte de la población huía desesperadamente de la ciudad.
La enfermedad llegó a una Buenos Aires que crecía aceleradamente pero que todavía presentaba enormes deficiencias sanitarias. El acceso al agua potable era limitado, los sistemas de desagüe resultaban insuficientes y amplios sectores populares vivían hacinados en conventillos donde las condiciones de higiene favorecían la propagación de enfermedades. A eso se sumó el escaso conocimiento científico disponible sobre los mecanismos de transmisión de la fiebre amarilla, cuyo vínculo con el mosquito Aedes aegypti recién sería descubierto décadas más tarde. Frente a una amenaza que parecía imposible de controlar, el miedo comenzó a extenderse con una velocidad similar a la de la propia epidemia.
Mientras las familias con mayores recursos abandonaban la ciudad rumbo a zonas rurales o localidades vecinas, quienes no tenían esa posibilidad permanecían en Buenos Aires enfrentando una realidad devastadora. Los hospitales desbordaban, los cementerios no alcanzaban para recibir la enorme cantidad de víctimas y los servicios públicos funcionaban al límite de sus posibilidades. En ese escenario crítico, el trabajo cotidiano de miles de personas anónimas se volvió imprescindible para evitar que la crisis sanitaria derivara en un colapso absoluto.
El tren que llevaba esperanza en medio del miedo
Entre esos trabajadores ocuparon un lugar fundamental los empleados ferroviarios. Los trenes continuaron transportando alimentos, medicamentos, insumos y personas cuando gran parte de la actividad económica estaba prácticamente paralizada. También permitieron trasladar enfermos hacia zonas donde todavía existía capacidad de atención y facilitaron el abastecimiento de una ciudad que comenzaba a quedar aislada por el temor al contagio.
Aquella tarea no estuvo exenta de riesgos. Los conocimientos médicos de la época no permitían comprender con precisión cómo se propagaba la enfermedad y muchos trabajadores desempeñaban sus funciones sin ningún tipo de protección. Cada jornada implicaba entrar en contacto con pasajeros, cargas y espacios donde la epidemia avanzaba sin control. Sin embargo, la necesidad de sostener el funcionamiento de la ciudad hizo que miles de ellos continuaran trabajando cuando hacerlo significaba poner en peligro la propia vida.
Junto a los ferroviarios actuaron carreros, cocheros, sepultureros, policías, empleados municipales, religiosos, voluntarios y médicos que permanecieron en sus puestos pese al miedo generalizado. La organización espontánea de esos sectores permitió que la ciudad siguiera recibiendo alimentos, que los hospitales continuaran funcionando y que las víctimas pudieran ser sepultadas en condiciones cada vez más difíciles.
La epidemia que cambió Buenos Aires
La fiebre amarilla dejó una huella profunda en la historia urbana argentina. La magnitud de la tragedia obligó a revisar las políticas sanitarias, impulsó obras de infraestructura vinculadas al agua potable y al sistema de cloacas y modificó la forma en que el Estado comenzó a pensar la salud pública. También aceleró transformaciones urbanas destinadas a mejorar las condiciones de higiene de una ciudad que había crecido mucho más rápido que sus servicios básicos.
Pero la epidemia también dejó una enseñanza política que mantiene vigencia. Las grandes crisis sanitarias no se resuelven únicamente con decisiones gubernamentales o avances científicos. También dependen del compromiso cotidiano de quienes sostienen los servicios esenciales. La pandemia de COVID-19 volvió a demostrarlo más de un siglo después, cuando trabajadores de la salud, transportistas, recolectores de residuos, personal de limpieza y empleados de múltiples actividades continuaron desempeñando tareas indispensables mientras buena parte de la sociedad permanecía aislada.
Ese paralelismo permite comprender que la historia de 1871 no pertenece solamente al pasado. Cada generación enfrenta sus propias emergencias y descubre, una vez más, que existen oficios cuya importancia suele pasar inadvertida hasta que una crisis los vuelve imprescindibles.
Una memoria construida desde abajo
Las grandes narraciones históricas suelen concentrarse en presidentes, generales o dirigentes. Sin embargo, la vida cotidiana de un país también se sostiene gracias a millones de trabajadores cuya contribución rara vez recibe reconocimiento público. La epidemia de fiebre amarilla ofrece uno de los ejemplos más claros de esa realidad. Sin el esfuerzo de quienes mantuvieron en funcionamiento los servicios básicos, el impacto de la tragedia probablemente habría sido todavía mayor.
Recordar esas historias también invita a revisar la manera en que se construye la memoria colectiva. Muchas veces, los protagonistas más importantes de un proceso histórico no son quienes aparecen en los retratos oficiales, sino quienes sostienen silenciosamente el funcionamiento de una sociedad cuando todo parece derrumbarse.
La fiebre amarilla de 1871 fue una de las páginas más dolorosas de la historia argentina, pero también una de las que mejor muestra el valor del trabajo colectivo. En medio del miedo, cuando miles escapaban de la ciudad y la incertidumbre dominaba la vida cotidiana, hubo hombres y mujeres que siguieron cumpliendo su tarea para que Buenos Aires no terminara de colapsar. Su historia recuerda que las sociedades no se sostienen únicamente por las decisiones de sus gobernantes, sino también por el compromiso de quienes, muchas veces lejos de los homenajes, hacen posible la vida cotidiana incluso en los momentos más difíciles.
No hay camino sencillo hacia la libertad en ninguna parte y muchos de nosotros tendremos que pasar a través del valle de la muerte una y otra vez antes de alcanzar la cima de la montaña de nuestros deseos Nelson Mandela El concepto de esencia atravesó como una daga al pensamiento occidental a lo largo…
A través del Decreto 04/21, la Municipalidad de Villa Regina adhiere a la Resolución del Ministerio de Salud de la provincia de Río Negro que establece restricción en la circulación en horario nocturno. La medida estará en vigencia hasta el 31 de enero e indica, en líneas generales, que se restringe la circulación de personas…
Sebastián Pareja sigue padeciendo la sangría de su armado en territorio bonaerense tras el ascenso de Diego Santilli a la jefatura de gabinete y se empaña su sueño por pelear la gobernación en 2027.
El armador de Karina Milei en la provincia, que además preside la sucursal bonaerense de La Libertad Avanza, ahora sufrió la caída de Tomatito y Bigotón, dos de sus referentes en el Conurbano que perdieron el control de las delegaciones distritales de Anses.
En el armado de Pareja admitieron a LPO que recientemente le «cepillaron» la zona a Fabrizio «Tomatito» Martínez en la jefatura regional Conurbano IV de Anses. Y eso que Tomatito no suele achicarse: fue jefe de la barrabrava de Deportivo Laferrere.
Tomatito fue investigado en varias oportunidades por la Justicia bonaerense y tiene un prontuario que incluye un ataque en 2022 en el que su vehículo recibió la friolera de 35 balazos.
El periodista Gustavo Grabia, especializado en el tema de las barrabravas, reveló en su momento que en el armado de Pareja en Avellaneda pisa fuerte Alejandro Caiño, alias ‘Terremoto’, mano derecha de Pablo ‘Bebote’ Álvarez, ex líder de la barra de Independiente. Bebote lideraba la barra del Rojo cuando la senadora libertaria Florencia Arietto se hizo cargo de la Seguridad del club, durante la gestión de Javier Cantero.
Arietto se fue del club dejando como legado el nacimiento de otras dos barrabravas además de la de Bebote. «Fue como tirarle agua a uno de los Gemlins», recuerdan con rencor en el club que preside Néstor Grindetti.
Otro de los libertarios damnificados por el avance de Santilli fue Raúl «Bigotón» Ávila, ex coordinador de Pareja en San Fernando al que le sacaron el control de la delegación del organismo previsional para el que se preparó toda la vida.
El doctor Raúl «Bigotón» Ávila
El asedio a Pareja se expandió en los últimos meses por el acuerdo entre Santilli y los Menem, revelado por LPO. Este medio adelantó que los Menem intervinieron Anses Tigre, donde corrieron al dirigente que encabezó la boleta libertaria en las últimas dos elecciones, Claudio Baumgarten, para poner a la ex concejal del PRO Vanina Pignata.
La doctora Pignata responde al concejal Juan Furnari, con llegada a los riojanos, y asumió este miércoles formalmente en la Anses regional.
También se dieron cambios recientes en la Jefatura Regional de Anses con base en Mercedes, donde fue designada la concejal PRO de San Andrés de Giles Mercedes Condesse, una de las referentes de Santilli en esa región y que estuvo en Casa Rosada para presenciar la jura como jefe de Gabinete de su referente político.
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