El viaje cronometrado
Es domingo 28 de junio de 2026 y en Luján el termómetro apenas pasa los diez grados. Ayer, en Dallas, la Selección le ganó 3 a 1 a Jordania y ya piensa en los dieciseisavos de final. En ese clima mundialista, unos cuarenta mil peregrinos van a entrar y salir de la casa de la patrona de la Argentina. En los alrededores de la plaza compran alguna estampita, una vela, una medallita de la Virgen. Algunos vienen a agradecer; otros, a pedir. También hay turistas que aprovechan el fin de semana para conocer el templo, dar una vuelta por la plaza y probar la oferta gastronómica: dicen que frente a la basílica se comen los mejores churros de Buenos Aires. Faltan tres meses para la peregrinación juvenil de octubre y la ciudad ya se prepara para recibir a millones de fieles.
Ese mediodía, algo altera la rutina de los peregrinos y de quienes trabajan en la plaza. Cinco combis negras, blindadas, estacionan sobre la calle 9 de Julio, frente a la basílica y al Hotel de la Paz, donde Juan Domingo Perón y Eva Duarte se alojaban en la habitación 19 cada vez que iban a rezarle a la Virgen.
De los vehículos bajan hombres de traje y religiosos vestidos de negro, con alzacuellos blancos. En Luján, una ciudad acostumbrada a recibir obispos y comitivas eclesiásticas, los curas son parte del paisaje. El despliegue policial, en cambio, desata los rumores: hay calles cortadas. Del santero de la esquina a los mozos de los restaurantes, todos quieren saber quiénes son y qué vinieron a hacer.
En Luján, una ciudad acostumbrada a recibir obispos y comitivas eclesiásticas, los curas son parte del paisaje. El despliegue policial, en cambio, desata los rumores: hay calles cortadas.
Dentro de la Iglesia, los fieles que siguen la misa ven cómo el pequeño grupo avanza en bloque por la nave y observa cada detalle: los accesos, las salidas, el espacio frente al altar. Caminan sin interrumpir la celebración, como un arquitecto que toma medidas.
A las cuatro de la tarde, luego de haber inspeccionado el sitio durante más de tres horas, los hombres vuelven a subirse a las combis y se van. Los peregrinos siguen entrando y saliendo. Los santeros venden las últimas estampitas, guardan la mercadería y levantan los puestos. De a poco, la plaza se vacía. Solo la Virgen custodia la ciudad.
Para entonces, los rumores ya son una certeza. La noticia corre de boca en boca y, al caer la noche, casi nadie en Luján tiene dudas: esos hombres llegaron desde el Vaticano. Recorrieron el templo junto a funcionarios de la Iglesia y de la Cancillería. En tan solo 38 días se hará oficial la noticia: el papa León XIV vendrá a la Argentina.
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Se sabe: la visita de un papa se cocina durante meses y con precisión quirúrgica. Los viajes papales internacionales, tal como se los conoce hoy, empezaron en enero de 1964, cuando Pablo VI —el primer pontífice en subirse a un avión— viajó a Tierra Santa. Desde entonces, y sobre todo con Juan Pablo II, que hizo 104 giras fuera de Italia en sus 26 años de pontificado, las visitas apostólicas se volvieron una práctica habitual y su organización se profesionalizó.
—Francisco hizo más viajes simbólicos que en cantidad. Acordate de que apenas unos meses después de ser elegido viajó a Lampedusa, el símbolo de la crisis migratoria en el Mediterráneo —explica un funcionario que lo conoció bien.
Todos coinciden en que León XIV no podía eludir una visita al país de su antecesor.
Pero parte de ese simbolismo fue también no viajar a la Argentina, esquivarla durante los doce años de pontificado. Su ausencia fue, en sí misma, también un gesto simbólico.
Hay varias maneras de que un viaje empiece a gestarse. A veces la iniciativa parte del gobierno de un país; otras, de los obispos locales, que le transmiten al Vaticano el deseo de recibir al papa. También puede ser el propio pontífice quien manifieste su intención de viajar. En el caso argentino, la invitación formal llegó del gobierno de Javier Milei. Pero todos coinciden en que León XIV no podía eludir una visita al país de su antecesor.
—Había como una deuda a saldar —dice un periodista que vivió en Roma y conoce de cerca cómo funciona la diplomacia vaticana—. Francisco efectivamente no quería o no podía venir a la Argentina y nos pasó por el costado muchas veces. Hace casi 40 años que no viene un papa al país y más habiendo tenido a un papa argentino. Era como mucho si no venía.
Fue a Brasil, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Colombia, Chile y Perú.
Hay una funcionaria que se tomó la visita casi como un asunto personal: Karina Milei, la secretaria general de la Presidencia.
—Argentina, en términos de fieles, tiene mucho peso; entonces hubiera sido un desplante, si es que él efectivamente quería viajar a Perú, que no pasara por acá. Institucionalmente hubiera sido tomado casi como un desaire.
El viaje empezó a gestarse en los pasillos del Vaticano. La primera etapa, una suerte de preproducción, estuvo a cargo de la Secretaría de Estado, el organismo que coordina buena parte de la diplomacia vaticana —algo así como una Jefatura de Gabinete y una Cancillería bajo un mismo techo—, que conduce el cardenal italiano Pietro Parolin. En el Vaticano, los ministerios se llaman dicasterios y forman parte de la Curia romana, la estructura que asiste al papa en el gobierno de la Iglesia. La Secretaría de Estado ocupa el centro de ese entramado: además de las relaciones con otros países, coordina a los distintos organismos y atiende los asuntos cotidianos del pontífice. Durante el cónclave de mayo de 2025, Parolin fue uno de los nombres que sonaron con más fuerza para suceder a Francisco. Su candidatura condensaba, además, una expectativa histórica: que el papado volviera a manos de un italiano, algo que no ocurre desde la elección de Juan Pablo I, en 1978.
—Hay muchas diferencias entre Francisco y León, pero en términos concretos creo que hay una que tiene que ver con la cotidianeidad de la gestión de la Iglesia. Este papa está apoyado en la burocracia de la Iglesia —explica el periodista—. Francisco tenía una agenda paralela todo el tiempo. A la mañana estaba en el Palacio apostólico y a la tarde en Santa Marta, donde desarrollaba una agenda de rosca propia. Le gustaba tramar cosas que sabía que a veces no pasarían por los canales formales. León parece más inclinado a trabajar a través de la estructura del Vaticano y la Secretaría de Estado, en donde trabajan unas 200 personas.
En esa etapa se arma un esquema interdicasterial del que participan, además, las áreas de seguridad, comunicación, prensa y liturgia. Esta última prepara las ceremonias, desde las misas y las oraciones hasta los rituales propios de cada celebración, y cuida que cada acto respete las normas y tradiciones de la Iglesia Católica. Cuando el Vaticano considera que el viaje es posible, abre el diálogo con el país anfitrión. El primer interlocutor es la Conferencia Episcopal Argentina (CEA).
Evalúan todo. ¿Dónde va a estar el altar? ¿En qué lugar se va a cambiar el papa? ¿Qué pasa si la celebración es con un pastor que no está bendecido? ¿Dónde se ubican los acreditados? ¿Cómo evitar que parezca que el papa está ahí por motivos partidarios?
—En términos concretos, es el órgano de representación de los obispos y todos tienen el mismo peso, desde un cura en Buenos Aires hasta uno en La Quiaca. El papa no viene solo a Buenos Aires. Va a Córdoba, a Luján, que son otras diócesis, con otros obispos. Por eso el nexo principal es la CEA.
La CEA tiene autoridades propias, elegidas por los mismos obispos, aunque funciona más como una asamblea de pares que como una conducción: cada obispo conserva la autoridad sobre su diócesis. En el caso de la visita, es la que sugiere los posibles recorridos.
—La Iglesia propone, el Vaticano evalúa, el Gobierno acompaña y define. El Vaticano tiene la última palabra, más allá de lo que se proponga desde abajo —resume el periodista.
Así se llegó a aquella avanzada secreta del 28 de junio —así se llaman las visitas preliminares con las que el Vaticano prepara un viaje— a Luján y a otros puntos en evaluación. En ese primer recorrido se define lo básico: si el viaje se hace, en qué fechas, con qué costo y en qué ciudades. Con eso, la comitiva vuelve a Roma y si todo está dispuesto, como efectivamente ocurrió, se anuncia. El 5 de agosto, el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni, lo hizo oficial: León XIV recorrería Uruguay, Argentina y Perú entre el 6 y el 17 de noviembre. Perú es el destino que impulsó su deseo de volver a Sudamérica. Allí vivió casi veinte años.
Dentro de la Nunciatura funcionará otra agenda paralela. Es habitual que, en este tipo de visitas, políticos, empresarios y otras figuras busquen una audiencia privada con el pontífice. Los pedidos ya empezaron a llegar.
Ahí empezó a funcionar de verdad la maquinaria diplomática, con el Episcopado, el Gobierno y el Vaticano como interlocutores. En los meses siguientes hubo cuatro avanzadas más, todas encabezadas por monseñor José Salas, el sacerdote mexicano, que León XIV designó como coordinador de los Viajes Apostólicos. Quienes lo conocen lo describen como “un hombre sumamente eficiente y diplomático”, capaz de moverse entre las jerarquías de la Iglesia y las autoridades políticas sin perder de vista el objetivo: que cada detalle esté resuelto antes de que aterrice el papa.
La segunda avanzada trajo al mismo grupo, ampliado. Recorrió los mismos lugares con otra mirada, para comparar lo planificado sobre el papel con lo que se comprueba en el terreno. Simulan los desplazamientos: “El papa va a entrar por acá”, dicen, y alguien camina el trayecto para calcular los tiempos, los lugares, las perspectivas.
—Evalúan todo. ¿Dónde va a estar el altar? ¿En qué lugar se va a cambiar el papa? ¿Qué pasa si la celebración es con un pastor que no está bendecido? ¿Dónde se ubican los acreditados? ¿Cómo evitar que parezca que el papa está ahí por motivos partidarios? Se discute cada milímetro, cada paso —explica la misma fuente—. Al Vaticano le gusta ser muy preciso, a veces hasta sobreactuar esa precisión. No redondean los horarios: ponen la hora que calculan. A las 7:53 el papa entra, camina 25 pasos hasta determinado lugar, gira, firma el libro de honor, se da vuelta, sigue caminando, entra y se cambia. Sale a las 8:02. Todo está cronometrado.
A partir de entonces se sucedieron las reuniones para ajustar el itinerario, coordinar la logística, definir protocolos y articular el trabajo entre el Vaticano, la Iglesia Argentina y el Gobierno nacional. El objetivo es uno: preparar la llegada del vicario de Cristo en la Tierra, que moverá a millones de argentinos y dejará material de interpretación para los años que vengan.
Francisco hizo más viajes simbólicos que en cantidad. Pero parte de ese simbolismo fue también no viajar a la Argentina, esquivarla durante los doce años de pontificado. Su ausencia fue, en sí misma, también un gesto simbólico.
Pero nadie podía prever lo que vendría: un cáncer de pulmón que ponía el viaje en suspenso.
La noticia fue un shock en todo el mundo. En Argentina, a menos de un mes de la visita, el silencio oficial se volvió ensordecedor. Nadie se animaba a confirmar ni a descartar nada. Las novedades llegaban a través de los corresponsales en el Vaticano, que empezaban a insinuar que el viaje sería imposible. Desde el Gobierno, la instrucción era seguir trabajando hasta que llegara una comunicación oficial de Roma. En la Iglesia argentina, mientras tanto, la preocupación convivía con la esperanza.
En esos días, mientras algunos funcionarios empezaban a admitir en privado la posibilidad de una cancelación, otros se aferraban a la expectativa de que el viaje pudiera concretarse. La decisión, en cualquier caso, no estaba en Buenos Aires. La fe de quien cree suele ser más persistente que cualquier pronóstico. El 17 de octubre alguien que integra la mesa de coordinación por parte de una dependencia del Gobierno me envió un mensaje: “Tranqui que el Papa viene”.
Todavía faltaban cuatro días para que el 21 de octubre, en la primera audiencia general después de que le dieran el alta, en la plaza de San Pedro, dos santafesinos que se habían casado y eligieron Roma para la luna de miel, increparan al Santo Padre:
—Lo esperamos en Argentina, papa —le dice ella.
El marido repite la frase. León XIV sonríe:
—¿Argentina? ¡Aiá vamos!
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Desde el anuncio oficial, y sobre todo desde que se conoció el itinerario, se puso en marcha un operativo de coordinación que atraviesa buena parte del Gobierno. Cada cartera organiza sus propias reuniones y fija sus protocolos. Pero hay una funcionaria que se tomó la visita casi como un asunto personal: Karina Milei, la secretaria general de la Presidencia.
El martes 18 de agosto, a las 17, Karina encabezó en la Casa Rosada la primera reunión de la llamada “mesa papal”. Desde entonces, la mesa se reúne todas las semanas, aunque no siempre con los máximos responsables de cada equipo. Participan la Cancillería, a cargo de Pablo Quirno; el Ministerio de Seguridad, de Alejandra Monteoliva; el de Capital Humano, de Sandra Pettovello, y el secretario de Comunicación y Prensa, Fabián Fernández.
—Nadie entiende por qué está Pettovello —dice otro funcionario de menor jerarquía que participó de varios encuentros.
La Iglesia propone, el Vaticano evalúa, el Gobierno acompaña y define.
Del lado de la Iglesia, los interlocutores son el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Marcelo Colombo, a quien Francisco promovió en 2018 al arzobispado de Mendoza y que llegó a la conducción del Episcopado en noviembre de 2024 con el aval de Roma; su secretario general, Raúl Pizarro, y el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva.
García Cuerva es el primer arzobispo porteño en décadas sin ser cardenal. Francisco lo eligió para Buenos Aires en 2023, pero nunca lo nombró cardenal y hay infinidad de rumores sobre por qué esto no ocurrió. Según un artículo de Washington Uranga García Cuerva “se ganó el adjetivo de ‘cura villero’ por su adhesión a la ‘opción por los pobres’ y por declaraciones públicas que lo acercan al peronismo. Esto, y no mucho más, ha sido suficiente para que García Cuerva se haya hecho acreedor a la resistencia de los eclesiásticos más conservadores y la desconfianza de los círculos de poder que no quieren escuchar homilías a favor de los pobres y marginados pronunciadas desde el púlpito de la catedral metropolitana”.
Es más, en 2024, Francisco le quitó a la sede porteña una prerrogativa histórica al declarar a Santiago del Estero sede primada de la Argentina. Quienes conocieron a Bergoglio saben que cada gesto era una señal política, como también lo fue haber elegido a Robert Prevost —antes de ser León XIV— como prefecto del Dicasterio para los Obispos: un cargo clave dentro de la estructura del Vaticano, en donde se sigue de cerca quién es quién en el episcopado mundial e interviene en la selección de los futuros obispos y cardenales.
No redondean los horarios: ponen la hora que calculan. A las 7:53 el papa entra, camina 25 pasos hasta determinado lugar, gira, firma el libro de honor, se da vuelta, sigue caminando, entra y se cambia. Sale a las 8:02. Todo está cronometrado.
—León conoce todas las internas de la iglesia en cada país.
A esa mesa se suma el nuncio apostólico, Michael Wallace Banach, el representante diplomático del Vaticano en la Argentina. Llegó al país el 22 de julio y desde entonces trabaja en los preparativos.
—Con Francisco había un nuncio, pero era completamente distinto. Todos llegaban al papa por otras vías, porque ese era su estilo. Este americano es muy gracioso: tiene muy buena onda y tira chistes todo el día —cuenta el funcionario que participó de varias reuniones.
El dato más curioso, y el que despierta algunas suspicacias, es otro: Karina dejó como representante por parte del gobierno a una asesora llamada Florencia, que se presenta como wedding planner, experta en organizar “casamientos y bar mitzvah”.
León XIV se hospedará en la Nunciatura Apostólica, que funciona en el Palacio Fernández Anchorena, sobre la avenida Alvear, en pleno corazón de Recoleta. El edificio, que según quienes conocen su estado de conservación “se cae a pedazos”, empezó a refaccionarse a contrarreloj. Hay que arreglar la fachada, el interior y la capilla. Los trabajos los pagaron dos empresarios vinculados a la seguridad y a la industria farmacéutica. En Roma, León cuenta con cinco religiosas que lo asisten y preparan sus comidas. Dos de ellas viajarán con él, junto con sus dos secretarios, uno italiano y otro peruano.
Aunque existe un protocolo que fija minuto a minuto las actividades oficiales del papa, dentro de la Nunciatura funcionará otra agenda paralela. Es habitual que, en este tipo de visitas, políticos, empresarios y otras figuras busquen una audiencia privada con el pontífice. Los pedidos ya empezaron a llegar.
—Nadie va a estar a solas con el papa sin que la reunión haya sido aprobada por el Vaticano —advierte el hombre que vivió en Roma.
Se sabe que un político de mucho peso ya elevó al Vaticano un pedido de encuentro. Todavía espera respuesta.
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