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¡El regalo para las fiestas encontralo en la Feria ReEmprender!

Este sábado y domingo a partir de las 19 horas tendrá lugar la Feria ReEmprender especial Navidad. En la Plaza Primeros Pobladores se podrá encontrar la mejor opción para regalar en estas fiestas de la mano de artesanos y emprendedores reginenses.

Además acompañará la música de distintos artistas para disfrutar de este espacio.

¡Te esperamos!

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  • Mahiques cedió a la presión de Comodoro Py y postergó otro año la reforma que pasa el poder a los fiscales

     

    El ministro de Justicia, Juan Bautista Mahiques, hizo saber este viernes que el nuevo modelo penal de enjuiciamiento se posterga hasta febrero de 2027. Es el tercer atraso en la implementación de un modelo que ayudaría a reducir la politización de los juzgados federales y que fue la bandera del ex ministro Mariano Cúneo Libarona, que dejó el gobierno sin lograr su instrumentación.

    Ahora, Mahiques adujo razones ligadas a los recursos para justificar esta nueva postergación, cuando hace unos días había indicado que no era ese motivo para suspender su inicio. El modelo ya se aplica en doce provincias pero se posterga en el fuero más sensible, porque juzga los casos de corrupción de los funcionarios del gobierno nacional.

    Definido por la Constitución de 1994, el acusatorio lleva un retraso de 31 años en su aplicación. Su implementación provoca un cambio total de funciones y de influencias. Los todopoderosos jueces federales pierden su poder de investigar que pasa a los fiscales. Los tiempos eternos de las causas se terminan. Los trámites dejan de ser secretos y cada acto se transparenta en una audiencia pública.

    Comodoro Py no tiene ninguna urgencia por cambiar esa realidad. Hoy los jueces de Retiro reciben una denuncia, la pisan años y la usan como herramienta de negociación política. «La saco y en un minuto tengo sentado a un diputado, a un ministro o al jefe de gabinete. La meto en un cajón y consigo que me deban algo», le dice un juez santafesino a LPO.

    El gobierno ahora no descarta abrir la negociación de la Corte con Comodoro Py para acordar una «paz judicial» 

    Otro tema central que también complica su instrumentación es la interna que existe para elegir el fiscal coordinador del nuevo sistema. Una suerte de mini procurador que tendrá peso en la definición de quien tomará cada causa.

    Un tema central que también complica la instrumentación del sistema acusatorio es la interna que existe para elegir el fiscal coordinador del nuevo sistema. Una suerte de mini procurador que definirá quien tomará cada causa.

    En el acusatorio son los fiscales los que, al controlar las investigaciones, toman el poder de los jueces. Lo que vienen rosqueando entre el Ministerio de Justicia y la Procuración General de la Corte es quién se queda con el rol de fiscal coordinador que define la línea de persecución y la asignación de cargas de trabajo. La interna se disputa entre tres exponentes del Ministerio Público Federal porteño.

    Uno es Diego Luciani, fiscal de la causa Vialidad, que terminó en condena contra Cristina Kirchner. El otro es Carlos Stornelli, el fiscal de instrucción de la causa Cuadernos con una historia polémica, como estar en rebeldía en la causa por espionaje ilegal donde fue condenado Marcelo D’Alessio. El tercero es Ramiro González, el que celebró su cumpleaños con una fiesta de lujo en la que cantó Cristian Castro, y en la que estuvieron jueces federales, el operador macrista Daniel Angelici y hasta el ministro de la Corte Ricardo Lorenzetti.

    Los jueces Daniel Petrone y Diego Barroetaveña.

    «La pelea sigue siendo la misma, quién dirige la Procuración y el fiscal responsable. Hasta que ellos no tengan el nombre de quien va a alinear la tropa en Comodoro Py no van a hacer nada», dice un analista y funcionario que tiene su despacho en Retiro.

    Coincide con esto Javier Alfie, director Ejecutivo del Instituto en Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (Inecip). «No hay nada más allá que una lucha de tribus al interior de la Procuración para definir cómo se tramitan causas que involucran corrupción. En esta pelea intervienen mafias judiciales que controlan Comodoro Py por quien se queda con la manija. Esta indefinición rutinaria que traba el acusatorio lo que hace es buscar que se prolongue un modelo garante de impunidad sistémica», le dijo a este medio.

    El fiscal que investigó a Cristina por Vialidad suena como coordinador del nuevo modelo acusatorio

    En el Inecip indican que van 13 años desde que se aprobó el Código Procesal Penal. Son tres años desde que el gobierno reactivó su implementación en todo el país, que anunció que lo haría en dos años. Y dos años desde que por primera vez se anunció una fecha de entrada en vigencia para Comodoro Py.

    Esta indefinición rutinaria que traba el acusatorio lo que hace es buscar que se prolongue un modelo garante de impunidad sistémica.

    Es esto, y no la mentada cuestión de recursos no asignados para el cambio, la que llevó a Mahiques a postergar el arranque de un sistema que, sin que se definieran nombramientos especiales, funciona en la mitad de la Argentina. Cuneo Libarona lo hizo dos veces. Debía empezar el 11 de agosto de 2025, lo cambió al 10 de noviembre del mismo año y al llegar esa fecha lo volvió a diferir para el 27 de abril de este año.

    El calendario vuelve a estirarse. La Procuración General de la Corte a cargo de Eduardo Casal, que lleva un interinato de ocho años, indica que para cambiar el modelo judicial primero hay que garantizar recursos humanos, tecnológicos y edilicios.

    Los problemas y justificativos que se dan para solicitar y obtener la venia del poder político para no empezar nunca con el acusatorio en Comodoro Py son materia pendiente de resolución en las 12 provincias que arrancaron con este sistema. Es un pretexto.

    «Es un pretexto absoluto ese planteo», dice un funcionario desde adentro de la Justicia Federal de Rosario. «Los problemas y justificativos que se dan para solicitar y obtener la venia del poder político para no empezar nunca con el acusatorio en Comodoro Py son materia pendiente de resolución en las 12 provincias que arrancaron con este sistema». Que rige en Mendoza, Rosario, Mar del Plata, Salta, Corrientes y Bahía Blanca entre otras jurisdicciones.

    En ningún lugar tienen resuelto los temas de nombramientos. En Rosario los jueces de garantías que afrontan las audiencias iniciales donde se imputa a un detenido son magistrados de Tribunales Orales que cubren esa función. En Corrientes para los juicios orales actúan un juez de General Roca y otro de Formosa.

    Los jueces Ercollini y Martínez di Giorgi.

    Los que en la Procuración definen con Casal para ver quién es el ungido como fiscal coordinador son Juan Manuel Olima y Juan Manuel Casanova. Pero nada saldrá sin la anuencia de la Casa Rosada o, por lo menos, una negociación.

    En ese rumbo la que está tratando de tender puentes con Comodoro Py es Karina Milei, quien tiene preocupación e interés en que les frenen las causas en contra en camino. Con una gestión que ya atraviesa los últimos dos años la sensibilidad y el poder de presión de los jueces federales se activa. Mahiques y Santiago Viola, como delegados de Karina, van a querer incidir en los nombramientos de fiscal coordinador y fiscal revisor con el fin de suavizar los compromisos judiciales en la Casa Rosada.

    Una reunión de Borinsky con Santiago Caputo agitó las versiones de su candidatura a la Corte

    La puja por poner el procurador de la Corte que conduce a los fiscales federales también es parte de esta martingala. Los que buscan sentarse en la silla de Casal son los jueces Ariel Lijo y Mariano Borinsky, que también suena como posible candidato a la Corte Suprema.

    Hay fiscales que se bancan sin una palabra que un juez federal tenga un pedido de indagatoria sin citar a los implicados durante siete años. Hay una morosidad tremenda del trabajo judicial en Comodoro Py, que tiene récord nacional en demoras y en cantidad de funcionarios.

    Lo que hace doblarse de ironía a funcionarios judiciales que siguen esta rosca eterna es la preocupación que, tanto en la Procuración como en el ámbito de los jueces federales, alegan por los posibles inconvenientes de la entrada del acusatorio.

    «Lo dicen muy serios fiscales que se bancan sin una palabra que un juez federal, por ejemplo, tenga un pedido de indagatoria sin citar durante siete años a los implicados. Hay una morosidad tremenda del trabajo judicial en Comodoro Py, que tiene récord nacional en demoras y en cantidad de funcionarios», dice el juez rosarino que habla con LPO.

    Esa capacidad política de jugar con los tiempos en el sistema acusatorio se termina. Los fiscales federales investigan desde el inicio, deben llevar de inmediato a audiencia de imputados a breve lapso, que no deciden ellos sino una oficina de gestión judicial. Los jueces solo valoran las pruebas en una sala frente a público que entra sin restricciones.

    Los jueces Borinsky y Hornos.

    El Inecip consignó en un documento del año pasado que los fiscales federales de la CABA tienen la carga de trabajo más baja de todo el país. «Solo el 1 % de las condenas de Comodoro Py corresponden a delitos de alto impacto. El sistema acusatorio es imprescindible para optimizar el uso de los recursos y mejorar la actual tasa de 1 % de eficacia político-criminal».

    Aunque después Comodoro Py le dobló el brazo, el año pasado a esos números Cuneo Libarona se los refregó a los fiscales que pedían prórroga porque no podrían enfrentar delitos complejos sin recursos. Le mandó una carta a Casal diciendo que solo el 3% de las causas que manejan son por delitos relevantes. Por ejemplo, en Comodoro Py las causas por narcocriminalidad representaron en 2024 el 0,84% del total, las de corrupción el 0,51% y las de criminalidad económica el 0,08%.

    «Y eso pasa en un fuero en CABA con una cantidad desproporcionada hacia otros distritos en relación a sus recursos humanos», dice Alfie. «Incluso las fiscalías por la cantidad de empleados son incomparables a las jurisdicciones del interior del país».

     

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  • Coreografía de la decepción

     

    La mayoría de los cubanos ya adoptamos un ritual cuando se va la luz: preparamos las velas y las ubicamos junto a los encendedores, chequeamos los niveles de carga de los celulares y la cantidad de agua potable almacenada. Organizamos la comida de manera que no haya que abrir demasiado el refrigerador. Localizamos los panes y planificamos la compra de galletas o carne en lata. El refrigerador debe tratar de ser abierto solo una vez en la jornada. En esa ocasión se extrae el pomo de agua congelada y la carne que se va a consumir en todo el día. En La Habana hay mucha gente que cocina con gas, pero la inmensa mayoría del resto de la población de la Isla hace tiempo que cocina con carbón o leña en pequeños aparatos diseñados para tales menesteres. Es la rutina de la supervivencia, la coreografía de la resignación, el impacto social de un juego cruel entre dos élites. 

    Cada vez que hay un gran apagón mi vecina, típica cubana popular, grita desde su balcón: 

    –¡Hasta cuando es esto, Dios mío, por tu madre!

    Hay demasiada incertidumbre: todos los días los cubanos tenemos miedo de despertar y encontrar alguna mala noticia sobre nuestro país en los medios. Nadie tiene idea de lo que va a suceder. Pero este podría ser un año decisivo para la historia de Cuba y no precisamente por el centenario del nacimiento de Fidel Castro. 

    Los apagones nocturnos, ese tiempo muerto, no son novedosos en la vida del cubano. Se suelen atravesar con alegría, chistes, alguna pillería infantil. Las ciudades se quedan completamente a oscuras. Casi ningún auto, pequeñas luces de las lámparas recargables que tiene la gente y poco más. En general nos adaptamos a casi todo, menos al calor y a los mosquitos. Ya después de centenas de cortes que duran varias horas, durante todo el año, esa energía humana se va desvaneciendo y comienza a dominar la desesperanza. Estamos en la era de la inteligencia artificial entrando en la vida cotidiana, en tiempos de cohetes espaciales retornables y en Cuba se está viviendo como si estuvieran en el siglo XIX o principios del XX. Como hace cien años. Y lo peor es que no es nuevo. Ya a principios de la década final del siglo pasado esto también sucedió, pero había otro espíritu: teníamos ilusión de salir de la crisis. Fidel Castro todavía levantaba pasiones. Hoy, ni una ni la otra. 

    Cuba enfrenta quizás la crisis más profunda de su historia: sin energía, sin alimento, y con Estados Unidos más cerca que nunca de poder entrar a la Isla. El presidente, Miguel Díaz-Canel, dio una entrevista a la NBC que se difundió durante el fin de semana donde llama a “evitar la confrontación y tener un futuro para ambos pueblos de beneficio, de relación, de amistad”. 

    Estamos en un punto máximo de tensión. Pero los cortes de energía de varios días en La Habana comenzaron en 2024. A veces planificados por el Estado, a veces sin avisar. En el resto de las provincias llevaban varios años así, pero hasta que la capital no sintió el malestar, era como si no hubiera pasado nada. La comida se hacía cada vez más difícil de encontrar y era cada vez más cara; faltaba el agua con mayores intervalos de tiempo y la basura se acumulaba en la calle durante meses sin ser recogida. 

    Hace un año decidí irme.

    Mi exilio se precipitó en octubre del 2024, luego de  dos caídas generales del Sistema Electroenergético Nacional (SEN). O sea, cuando todo el país se quedó sin electricidad por varios días. La primera caída fue a principios de mes y la segunda casi a la mitad. En total, casi diez días sin electricidad. 

    Cuba necesita unos 100 mil barriles de petróleo para sostener el consumo diario de energía eléctrica. Durante décadas, en el pasado siglo, la URSS subvencionó ese suministro. Después fue la Venezuela de Chávez. Pero desde que este falleció el expresidente venezolano y con la crisis del sistema de ese país, Nicolás Maduro no pudo o no quiso seguir enviando esas cuantías. Ahí entró el México de Andrés Manuel López Obrador con cantidades pequeñas. La Isla produce una cuota reducida de crudo, pero es del tipo pesado, muy difícil de procesar. Cuando esa cadena logística falla, fallan también los sistemas de generación de energía. Para peor, Cuba no tiene grandes ríos, ni carbón mineral, ni otros recursos naturales. Y además, por mala planificación gubernamental las termoeléctricas no han sido modernizadas, trabajan con una tecnología de hace cincuenta años. 

    En esos días terminé convencido de que la situación solo iba a empeorar. A esa conclusión llegué porque durante uno de los apagones vi a un matrimonio de médicos, vecinos míos, moviendo montañas para conseguir comida, agua potable y algo de ventilación para que su bebé recién nacido pudiera dormir. Lo acepté luego de entrevistar a dos investigadores sociales de renombre, el economista Omar Everleny y el demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos. Ellos dieron perspectivas en extremo negativas para el futuro próximo. En esencia, me quedé con la información de que Cuba está viviendo un colapso demográfico, igual que otros tantos países, pero con una severa crisis económica y que esa combinación es demoledora. En el mejor de los casos y haciendo una reforma integral perfecta, el país necesitaría por lo menos diez años para empezar a recuperarse al mínimo.  

    La idea de abandonar el país había sido un sueño permanente para muchos cubanos, pero para mí no. Era una fantasía que salía en las conversaciones de amigos, muchos de ellos se marchaban poco a poco por todas las vías posibles, pero nunca le di demasiado crédito. Yo me quedaría a recibirlos de vuelta. Conocí cinco países diferentes y siempre regresé. Sin dudar. Cuba era el lugar donde quería seguir trabajando, casarme y tener hijos. 

    Tuve una carrera medianamente exitosa en el sistema estatal de medios de comunicación. Gané premios, viajé a talleres internacionales de periodismo y en su momento dirigí Somos Jóvenes, una revista que imprimía 100 mil ejemplares al mes. Lo único que tenía que hacer para seguir subiendo en la escala política era mirar para el lado, no buscarme enemigos innecesarios y esperar a que me subieran de cargo. Cuestión de tiempo. Ese es el plan de muchos de quienes dirigen medios estatales en Cuba. Pero yo quería otra cosa. Quería, oh sacrilegio, hacer periodismo. 

    Durante el par de años de mi dirección en Somos Jóvenes organicé dos ediciones de un concurso de crónicas de viajes con jurados internacionales, publiqué textos de colegas que no comulgaban con el gobierno, hablamos sobre temas delicados como el sexo grupal o el acoso a mujeres en las calles. Era algo demasiado diferente a lo que se esperaba de un medio oficial. El tiempo que duró fue gracias a la protección de una gran directora general, que resistió todas las presiones hasta donde pudo, por ella y por el equipo, logramos sobresalir. 

    Uno de los proyectos más grandes que coordiné, fue un equipo de periodismo investigativo para un reportaje sobre una red telemática underground con más de 30 mil usuarios en La Habana. Trabajamos durante siete meses en una serie de reportajes sólida y bien narrada, con fuentes de todo tipo, riguroso chequeo de datos y una gráfica muy atractiva. La historia era así: varios grupos de personas con habilidades en tecnología se unieron para encontrar formas colaborativas de jugar online, armaron infraestructura digital y física para construir nodos y después conectarlos por toda la ciudad; si al principio sirvió solo para jugar, luego se fueron incorporando nuevos servicios de compra y venta, descargas de películas, chats para debatir. Y la red se agrandó. Incluso había formas de autorregulación. Por ejemplo, no se podía hablar ni postear sobre política o pornografía. Era 2018, tiempo en que Cuba tenía uno de los peores niveles de penetración de internet del hemisferio. Una intranet construida de forma descentralizada por la sociedad civil nos parecía fascinante. 

    Enviamos nuestra cobertura a la dirección ideológica del Partido Comunista de Cuba (PCC) para la aprobación final. Ese era el último trámite antes de salir a la opinión pública. Después de meses respondieron que no podíamos publicar porque no era el “momento adecuado”. Luego supimos, por un colega, que existía otro equipo en otro medio tratando el mismo tema con una versión más progubernamental del asunto. 

    Ese día decidí ser periodista de verdad y no un burócrata del sistema. Podía haber engavetado el reportaje, pedir disculpas al equipo y esperar cómodo una promoción en un par de años si todo salía bien. Varios colegas me lo aconsejaron. Sin embargo: decidí publicar. El reportaje fue un éxito, ganó varios premios, tuvo repercusión internacional. Yo fui despedido del cargo y expulsado de los medios estatales. 

    Mientras eso sucedía, varios periodistas de mi generación habían fundado medios independientes, reporteado grandes historias, aceptado financiamientos desde mi punto de vista bastante polémicos y ganado premios internacionales. Después, poco a poco fueron censurados, asediados y muchos obligados a tomar el camino del exilio. 

    A la altura del 2024, el panorama era grave debido a una combinación de factores. Por el bloqueo económico de los Estados Unidos a Cuba, en modo reforzado, y por el dogmatismo, corrupción e incompetencias de la clase política cubana dominada por el PCC. El primero no iba a caer pronto, todo lo contrario y el segundo no perdía la oportunidad de tomar decisiones cada vez más impopulares e inefectivas para la salida de la crisis. 

    Mi esposa y yo decidimos irnos. 

    Casi un mes después de aquellas caídas récord del Sistema Eléctrico Nacional (SEN), Donald Trump ganó la presidencia y eso fortaleció nuestra decisión. Ambos somos periodistas y sabíamos que Trump vendría a apretar las tuercas. No se andaría con rodeos. 

    Teníamos que salir antes de que volviera el Capitolio, el 20 de enero del 2025.

    Cronología de una ¿reforma? fracasada 

    Los cubanos llevamos demasiado tiempo sobreviviendo apenas con el agua por encima del cuello, a punto de ahogarnos. Mi abuela y mi madre también sufrieron grandes apagones durante los años noventa al final del siglo XX justo después de la caída de la URSS. Después que Fidel Castro salió del poder político en 2008, Raúl su hermano menor inició un conjunto de reformas que tenían como objetivo dinamizar la economía. O sea, que las empresas estatales tuvieran más autonomía para decidir sus inversiones, subir o bajar salarios, contratar o despedir personal, entre otras atribuciones. El Estado sólo se ocuparía de los sectores estratégicos y dejaría a formas de producción privada o cooperativa actividades que hasta el momento solo eran realizadas por empresas públicas. 

    La idea tuvo muchísimo apoyo popular y los sectores conservadores del Partido se prepararon para ejercer una resistencia larga y no declarada. Se redactaron documentos, se hicieron consultas barriales y campañas en los medios de comunicación; muchos pensaron que finalmente se iba a avanzar hacia un modelo más dinámico de economía. Incluso todo eso se refrendó en un Congreso del Partido Comunista de Cuba.

    Al mismo tiempo, de forma secreta, un grupo liderado por Alejandro Castro, el único hijo varón de Raúl, quien es Coronel del Ministerio del Interior, comenzó a enviarse mensajes con asesores de la presidencia de Barack Obama, primero para intercambiar presos políticos y después para una eventual normalización de relaciones políticas y diplomáticas con los Estados Unidos. 

    Pasaron algunos años y se autorizaron otras actividades económicas privadas para trabajadores autónomos, en un intento de descentralizar un poco el mastodóntico aparato estatal y cientos de miles de cubanos se lanzaron a esa modalidad. 

    En 2014 vino el anuncio público de la reanudación de relaciones diplomáticas con los gringos. Obama y Raúl Castro agarraron a todos por sorpresa; tanto a quienes viven en la Calle 8 en Miami (lugar paradigmático del exilio cubano) como a quienes estaban en el Palacio de la Revolución en La Habana. Nadie sabía nada hasta que se anunció. De pronto empezaron a llegar los artistas extranjeros, corresponsales, influencers y miles de turistas americanos a la Isla. Se hicieron desfiles de moda, películas de Hollywood, grandes conciertos gratuitos y juegos de béisbol entre equipos cubanos y de la Major League Baseball. 

    Se sentía un aire de renovación, aunque tampoco tanto como una perestroika tropical. Muchos soñaban con un avance hacia un modelo nacional con influencias chinas y vietnamitas. 

    Pero no. 

    Primero, el gobierno cubano se espantó ante la velocidad de los cambios que se apreciaban en la calle y el auge de internet en un país tradicionalmente cerrado y relativamente fácil de controlar. No se generaron las condiciones para construir seguridad jurídica a los inversores interesados ni se aprobaron medidas para que los cubanos de la diáspora pudieran invertir con respaldo. Confiaron en que la candidata demócrata Hillary Clinton, cuando ganara la elección, continuaría con la política de su antecesor en el cargo. Ya sabemos lo que pasó. Ganó Trump y todo se fue al carajo. 

    Lo peor no fue eso, sino que con el rumor de que Trump -hombre de negocios- buscaría ser pragmático y avanzar con un acuerdo, la economía se mantuvo detenida, a la espera de un milagro. Cuando el republicano le devolvió el favor a los políticos de la Florida y aumentó la presión económica, nadie podía creer que el corto período de asueto había terminado. Y ese fue el momento en que la contrarreforma, liderada por los sectores conservadores dentro del PCC, avanzó. 

    A veces pareciera que la dirigencia del Partido Comunista de Cuba es homogénea, pero no es cierto. Aunque es una institución muy conservadora, han llegado algunos cuadros con propuestas que pudieran ser consideradas reformistas. A Díaz-Canel se le considera de ese grupo. El problema es que la facción conservadora domina el funcionamiento diario del Partido y controla el proceso de selección de cuadros a todos los niveles. Esa ala está dominada por José Ramón Machado Ventura, uno de los históricos de la Sierra Maestra y mano derecha de Raúl desde esa época. Es un político parecido a los grandes fanáticos religiosos de los siglos XV, XVI o XVII. Austero, discreto, paciente, ultraconservador y disciplinado.

    En el intermezzo, hubo un pequeño movimiento, que fue la retirada de la palestra de Raúl Castro, y la elección de Miguel Díaz-Canel a la presidencia del país. Este llevaba tiempo acariciando el cargo y fue finalmente coronado. Ingeniero electrónico, parecía moderno, eficiente, bien parecido. Venía de provincias y después de dos octogenarios las estructuras políticas necesitaban un lavado de cara. Díaz-Canel llegó con apoyo popular. Era el primer presidente del país que no formaba parte de los históricos de 1959.

    El nuevo mandatario navegó con algunos contratiempos los dos primeros años pero nada tan grave como para desestabilizarlo hasta que llegó la pandemia de covid-19. 

    Fue el inicio del fin. 

    Brasil: la travesía al sur

    Hice todos los arreglos con mi padre. El fue médico internacionalista en tres países de América Latina: Venezuela, Bolivia y Brasil, y en este último había decidido quedarse a vivir, hace más de doce años. Hablamos bastante sobre la decisión, me preguntó si estaba seguro y yo le dije que sí. Se encargó de comprar los boletos a través de una agencia underground que se dedica a hacer todos los trámites para los cubanos, y volamos a Guyana. El avión en el que nos fuimos iba lleno de coterráneos. Todos más o menos seguimos la misma ruta porque hay ya montada toda una estructura que se dedica a llevar cubanos hacia el sur de LATAM. Se sabe que en la antigua colonia británica hay miles de cubanos y que varias decenas más llegan todos los días para bajar hacia Uruguay y Brasil. Como nosotros.

    Llegamos a Georgetown. Estuvimos en una casa desvencijada en algún barrio de la ciudad con una veintena de paisanos. Allí almorzamos y conversamos banalidades hasta el aburrimiento. A la madrugada nos apretamos como sardinas en lata en una combi para viajar a la frontera con Brasil. Fuimos de una punta a la otra de un país en poco más de 14 horas. 

    Desde la ciudad de Lethem cruzamos la frontera y esperamos un rato en otra casa de campo en medio de la nada. Ahí pude conversar un poco más con mis compañeros de viaje. Era gente de toda Cuba, muchos no sabían ubicar en el mapa a Guyana, Boa Vista o Curitiba. Gente muy sencilla. Gente que se había lanzado a conquistar un futuro para sí mismos y sus hijos huyendo del hambre, los apagones y la desesperación. Todo esto fue en menos de 24 horas. Antes de que acabara la noche, mi esposa y yo entramos a Boa Vista, capital del estado de Roraima. Ya en Brasil. 

    Sin hacer mucha estancia allí, pasamos el próximo día rodando en un ómnibus hacia Manaos y después volando por el norte del país, con tres escalas, hacia Recife, capital del estado de Pernambuco. 

    Mi padre nos esperaba en el aeropuerto después de cuatro días de travesía. Él estaba emocionado. Nos abrazó mientras nos preguntaba si estábamos bien. “Bienvenidos  a la libertad”, nos soltó en broma. “Muito obrigado’, dije en un soplo, para acompañar. Sentimos muchísimo calor. Fue un buen viaje, pero estábamos desgarrados. Habíamos saltado al vacío a un país del que no conocíamos el idioma, a casi ninguna familia y sin un plan definido para insertarnos en el mercado de trabajo. Solo quedaba luchar para salir adelante. 

    Era el 16 de diciembre del 2024. 

    Pandemia, post pandemia y desastre

    El 11 de marzo del 2020 Cuba cerró sus fronteras por la pandemia de Covid. La Isla no estaba en su mejor época para resistir el golpe económico. De cualquier manera, por su amplia red de salud pública, el alto nivel de los científicos y la gestión centralizada del Estado, la pandemia no fue tan grave en el país. Cuba es la nación más envejecida del continente y una gestión desastrosa del cataclismo hubiera sido letal sobre esa franja de la población. Mientras los países ricos se disputaban las vacunas de las grandes empresas, los laboratorios antillanos produjeron las propias, con las que se logró inmunizar a la gran mayoría de los cubanos. 

    Justo al iniciar el 2021, el gobierno tomó una decisión audaz. Inició un proceso de reformas para, supuestamente, corregir problemas estructurales de la economía. Aumentaron salarios y pensiones, unificaron monedas y valores de cambio y eliminaron subsidios. El movimiento fue visto con escepticismo por una buena parte de la sociedad civil, cansada. Los resultados fueron negativos: la inflación llegó casi al 70%, los niveles de producción cayeron, disminuyó la inversión en educación, salud y agricultura mientras aumentaron los presupuestos para hoteles. La escasez de alimentos y el aumento de precios comenzaron a ser preocupantes. 

    A raíz de esta situación un día en medio del calor del verano se desataron las protestas nacionales más grandes en la historia del país posteriores a 1959. La ciudadanía, sobre todo los sectores populares más afectados, salieron a las calles de varias ciudades la mañana del 11 de julio del 2021 pidiendo libertad, electricidad y comida. El gobierno reprimió y envió a prisión a cientos de manifestantes. Después fueron juzgados con altísimas penas de privación de cárcel. Muchos siguen presos.

    Ese momento fue un parteaguas. Se rompió el consenso en la columna vertebral del proyecto social cubano. Para calmar la temperatura social, autorizaron las micro, pequeñas y medianas empresas privadas (mipymes). Era una petición largamente esperada. Desde el año 1968 las empresas privadas estaban prohibidas en la Isla. En noviembre la Nicaragua de Daniel Ortega, aliado del gobierno cubano de larga data, anunció que retiraba el requisito de visa para la entrada de cubanos. Una avalancha de personas decidió venderlo todo, quemar las naves y salir del país. Desde esa fecha hasta el momento en que se escriben estas líneas han salido de la mayor de las Antillas casi 2 millones personas. Más del 20% de la población total. La olla había soltado un poco de presión, pero no toda. 

    Entretanto, a finales del 2024 el ministro de Economía cubano, Alejandro Gil, fue despedido de su cargo y posteriormente arrestado. Un año después fue condenado por corrupción y espionaje. El movimiento fue visto por muchos como una forma de culpar a alguien de todo lo mal hecho en cuestiones económicas durante esos años. Un típico conejillo de indias, pero en Cuba ya nadie culpa a una sola persona del desastre. 

    La administración Biden, para los cubanos, pasó sin penas ni glorias. No retiró las medidas de Trump ni retomó el camino de Obama, del cual había sido vicepresidente. Decidió dejarlo todo como estaba, o sea, muy mal. Y en medio de sus propios conflictos internos le abrió la puerta a una segunda administración Trump. 

    Cuando el magnate neoyorquino regresó a la presidencia todos sabían que no venía a jugar a las casitas. Como Secretario de Estado nombró al ex senador Marco Rubio: nacido en USA en los años setenta, de padres cubanos, tiene como objetivo de vida lograr un cambio de régimen en la Isla. Es algo público y declarado.

    Para entonces, ya estábamos en Brasil y vimos realizarse todo lo que previmos. Habíamos pasado la navidad aprendiendo portugués nordestino de forma acelerada. Haciendo trámites para legalizar nuestro estatus migratorio. Aprendiendo las formas de vida del capitalismo latinoamericano. Si bien teníamos comida, electricidad y techo, debíamos incorporarnos al mercado de trabajo cuanto antes, conocer la ciudad, sus rutas de transporte, estudiar la historia del país y de la región. Brasil tiene una dimensión continental, entonces cada estado es como si fuera un país en sí mismo.  Estábamos muy ocupados pero siempre teníamos un tiempo y espacio para seguir el tema cubano. 

    A mediados de 2025 se anunció otra batería de sanciones contra la economía de la Isla, dando al traste con el visible empeoramiento de los indicadores sociales. Aún más presión. Durante ese año aumentaron los cortes de energía por todo el país. La economía no creció, no mermaron las protestas, la inflación siguió en alza y se dolarizó una buena parte de las transacciones diarias. 

    Cuando el 3 de enero del 2026 un comando del ejército norteamericano secuestró a Nicolás Maduro y asesinó a 32 militares cubanos de su escolta,  muchos supimos que algo grave estaba a punto de suceder. Semanas después, Trump declaraba a Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria” para su seguridad nacional y advertía que cualquier país que vendiera petróleo a Cuba sería tarifado. Desde entonces, la situación está en un punto de crisis humanitaria. 

    Las amenazas públicas de Trump y Rubio al gobierno cubano son directas. A veces aumentan, a veces disminuyen, pero son estables. No se descarta una invasión militar o una acción “quirúrgica” en los próximos meses como la realizada en Venezuela contra Maduro. 

    En las últimas semanas el gobierno cubano confirmó conversaciones iniciales con Estados Unidos y todo parece indicar que están siendo entre el secretario de Estado y un nieto de Raúl Castro, hasta ahora solo conocido como jefe de su escolta.

    Entre los países de la región, solo México ha brindado ayuda pública a Cuba con el envío de barcos militares llenos de comida y medicamentos. Recientemente, Brasil y China enviaron también alimentos. De los aliados históricos de la Revolución, solo Rusia ha movido ficha para influir en los Estados Unidos y aliviar el bloqueo energético. En los últimos días de marzo llegó un barco ruso con más de 100 mil toneladas de petróleo, y el ministro de Energía anunció que enviaría otro navío próximamente. De todas formas, no es suficiente. No alcanzan esas cantidades para sostener a todo un país. Es paliativo.  

    Estamos atrapados: por un lado, Trump y sus halcones presionados por la guerra de Irán, la economía interna, los papeles de Epstein, el lobby judío y las elecciones de medio término acercándose. Desde Cuba, una gerontocracia que ya no disimula su dinastía, ignora a la sociedad empobrecida, a su diáspora dialogante e incluso hasta los sectores allegados más reformistas. Ambas cúpulas están intentando sacar crédito de un país colapsado y que no parece tener mucha más energía para resistir a las condiciones infrahumanas en las que se mantiene. Trump necesita titulares rápidos para ofrecerlos a su maquinaria digital y Raúl Castro necesita dinero e inversiones para seguir asegurando el futuro de su familia para cuando él no esté. 

    ¿Quién piensa en los millones de cubanos sobreviviendo dentro y fuera de Cuba en condiciones muy adversas? 

    En marzo, el Sistema Electroenergético Nacional ha caído dos veces en un mismo día y llegaron flotillas con ayuda humanitaria por activistas de izquierda de todas partes del mundo. Las flotillas han sido muy criticadas por el exilio, pero se leen como un movimiento mediático, con escasa efectividad, para aliviar la tensión social que se respira en Cuba. En mi caso me molesta el performance político que aprovecha la desgracia, pero al final agradezco la ayuda, de donde sea, por pequeña que sea. Nada sobra. Entiendo que, muchas veces, una cosa viene con la otra.

    En Semana Santa el gobierno decidió liberar más de 2000 presos comunes. La mayoría eran jóvenes con condenas cortas, mujeres con niños pequeños, ancianos o reclusos a los que les faltaba poco tiempo para cumplir sus condenas. Poquísimos presos políticos. Menos de una veintena. Este es un gesto que podría interpretarse como de buena voluntad en una negociaciones. La Iglesia Católica es un actor muy interesado en ellas, y tiene buen diálogo con la dirigencia cubana a través de su Secretario de Estado Pietro Parolin. El Papa Leon XIV también conoce Cuba. La visitó un par de veces cuando era Obispo. 

    Hay un punto que pocos toman en cuenta. Es cierto que muchos cubanos exiliados e incluso algunos dentro de la Isla desean una invasión para librarse del gobierno, pero también es verdad que hay muchos otros que no están dispuestos a aceptar una bota yanqui en suelo cubano de forma pasiva. Cuba tiene una tradición nacionalista muy poderosa y el discurso antimperialista que ha servido para disfrazar tantos errores podría calar si empiezan a caer bombas made in USA. Trump podría abrir una caja de Pandora que incluyera un incalculable perjuicio en su contra. 

    Por ahora, la historia sigue abierta.  

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