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«EL CÓNDOR», IDEAL PARA VISITAR EN OTOÑO

A sólo 30 kilómetros de Viedma, El Cóndor ofrece extensas playas donde relajarse y disfrutar en contacto estrecho con la naturaleza. Una ruta escénica de mar y acantilados conduce a este lugar ideal para realizar aviturismo y descubrir las 200 fascinantes especies de aves que embellecen los cielos de la región.

Durante todo el año residentes y turistas pueden vivenciar la experiencia única de realizar avistaje de aves en distintos circuitos y descubrir todos los detalles sobre la colonia de loros barranqueros más grande del mundo, así como también profundizar información sobre la diversidad silvestre y los paisajes.

¿Cómo es el avistaje de aves?

Se trata de una actividad programada al aire libre, que implica una caminata tranquila por distintos senderos y que, al ser apta para todo público, maravilla a grandes y chicos por igual.

El avistaje de aves, servicio ofrecido por lugareños, promueve el desarrollo y la observación e identificación de aves en libertad, buscando la interpretación y comprensión de la dinámica de las diversas especies en su ambiente natural.

Su principal objetivo es brindar las herramientas para que quienes decidan realizar la actividad puedan descubrir la gran biodiversidad de la región y tomar conciencia del valor de la costa y los recursos naturales.

Diversidad de especies

El Cóndor y la zona se caracterizan por poseer hábitats de gran importancia para la fauna local como remanentes de monte y espinal, así como también islas, riberas, marismas, dunas, playas de arena, restingas y acantilados donde habitan cerca de 200 especies de aves marítimas, ribereñas y continentales.

Además, cobija uno de los atractivos más imponentes de la región: la colonia de loros barranqueros más grande del mundo que cuenta con 12,5 km de extensión y alrededor de 35.000 nidos que son también utilizados por aves como la golondrina negra, el chimango, el halconcito colorado, el halcón peregrino, la lechuza campanario y el carpintero campestre.

Cabe destacar que aunque se pueden visualizar aves en las distintas épocas del año, el otoño se caracteriza por ser el momento en el que las aves migratorias como los playeritos y los chorlitos pintan los cielos del balneario mientras viajan desde la Patagonia hacia América del Norte.

El recorrido

El circuito de aviturismo fue diseñado comprendiendo los ambientes de mayor representatividad, singularidad y accesibilidad, dando como resultado cuatro senderos para recorrer caminando y con un grado de dificultad mínima. Estos son: “Aves de la playa”, “Aves del acantilado”, “Aves del Monte y las dunas” y “Aves del estuario y la marisma”.

Durante cada una de las salidas, que se encuentran encabezadas por biólogos experimentados en turismo de naturaleza, los asistentes reciben las herramientas necesarias para realizar los avistajes y también información sobre las características y particularidades del lugar.

El Cóndor

El balneario se encuentra a sólo 30 kilómetros de Viedma y se puede llegar en auto a través de la ruta provincial nº 1. Se caracteriza por la amplitud y tranquilidad de sus playas, que se fusionan con los altos acantilados característicos de la costa atlántica rionegrina.

Este pintoresco lugar cuenta con todos los servicios básicos para que los turistas puedan tener una buena estadía mientras disfrutan de los más de 10 kilómetros de playas, donde se pueden realizar distintas actividades de esparcimiento.

Las extensas dimensiones de agua y arena conjugadas con el viento característico de la región facilitan la práctica de deportes de viento como windsurf, kitesurf, sandboard, carrovelismo, kitebuggy, entre otras.

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  • El fusilador oculto de Operación Masacre

     

    La puerta del chalet se llena de policías. Son casi las once de la noche del sábado 9 de junio de 1956 y el jefe de la Policía de la provincia de Buenos Aires, el teniente coronel (R.) Desiderio Fernández Suárez –47 años, alto, moreno, de bigote corto, pantalones claros y chaquetilla color verde oliva–, grita ante el 4519 de Hipólito Yrigoyen, localidad de Florida, partido de Vicente López:

    –¡¿Dónde está Tanco?! 

    Fernández Suárez lleva seis meses como jefe policial y es la segunda vez que participa de un operativo. El 23 de febrero, cuando una explosión en la sede de Fabricaciones Militares de Villa Martelli puso en alerta a toda su fuerza, salió en auto desde su casa en Núñez 2546, en Belgrano, y llegó solo a la zona de la explosión. Al bajar vio a una pareja, los detuvo y acusó de “sabotaje peronista”. Ellos dijeron que sólo estaban ahí para “hacer el amor”. Masticando bronca, los dejó ir. 

    Pero esta noche confía en que será diferente: se está gestando un levantamiento militar peronista, liderado por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. Los sublevados buscan derrocar a Aramburu y garantizar el regreso de Perón, exiliado en Panamá desde el golpe de la Revolución Libertadora. Ya hay enfrentamientos en Campo de Mayo, la Escuela de Mecánica del Ejército, los Regimientos 7 de La Plata y 2 de Palermo. También en Viedma, Rosario, Rafaela, Santa Rosa. 

    –¡¿Dónde está Tanco?! –vuelve a gritar.

    Fernández Suárez fuerza la puerta y sorprende al dueño de casa. Un pelotón de oficiales se abre detrás suyo. Horacio di Chiano, un electricista de 50 años, los recibe con una bolsa de agua caliente en la mano que había preparado para su mujer, ya acostada. Con él está su vecino, Miguel Ángel Giunta, un zapatero de 29. No hay señales de Tanco ni de ningún levantamiento militar. 

    Desiderio saca su revólver calibre 45 y lo apoya en la garganta de Giunta.

    –No te hagas el piola y levantá las manos. 

    Los oficiales suben a di Chiano y Giunta a un móvil de la comisaría de Florida. Afuera también hay un colectivo rojo de la línea 19 de Vicente López que la policía secuestró en el camino. Fernández Suárez no entiende. La información de un encuentro de militantes peronistas en esta dirección le llegó a través del Servicio de Inteligencia de la Policía Bonaerense (SIPBA), creado cinco meses atrás para desplegar agentes de información encubiertos en fábricas, talleres y sindicatos. “Son los ojos y oídos de la jefatura en la provincia en lo que respecta al movimiento gremial y la actividad subversiva”, había explicado el jefe policial en una entrevista. Y los resultados eran buenos: el 17 de abril habían detenido a dos militantes comunistas en Trenque Lauquen por repartir folletos.

    Un levantamiento militar como el de esta noche no se le podía escapar. Hasta que hay señales claras: del pasillo al costado derecho del chalet dos personas salen corriendo. Desiderio y sus policías entran, mientras otros policías persiguen a los fugitivos. Agazapados, mezclados entre un grupo más numeroso de hombres que se había juntado a escuchar por radio una pelea de box en el Luna Park, algunos militantes esperaban novedades sobre el levantamiento. El jefe policial irrumpe y los detiene a todos. Los sube al colectivo. Cuando ve a Juan Carlos Livraga, de 24 años, Fernández Suárez lo golpea en el estómago con la culata de su pistola.

    –¿Así que vos ibas a hacer la revolución? ¿Con esa facha?

    Otros dos hombres son apresados más tarde cuando llegan al mismo PH. En total son doce.  Los trasladan a la Unidad Regional de San Martín, a cargo del inspector mayor Rodolfo Rodríguez Moreno. Desiderio viaja a La Plata, donde lo espera el general e interventor de la provincia, Emilio Augusto Bonnecarrére. A las 0.30 –ya es 10 de junio– la radio oficial transmite la Ley Marcial. A las 4.47 el vicepresidente Isaac Rojas comunica que el alzamiento peronista fue neutralizado. 

    Fernández Suárez llama a Rodríguez Moreno.

    –A esos detenidos de San Martín ¡que los lleven a un descampado y los fusilen!

    Esa misma madrugada, en un basural de la localidad de José León Suarez, en el cruce de lo que hoy es la calle 9 de julio y avenida Márquez, la policía asesina a cinco de los detenidos: Carlos Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Mario Brion y Vicente Rodríguez. El resto –Livraga, Di Chiano, Giunta, Norberto Gavino, Rogelio Díaz, Julio Troxler y Reinaldo Benavídez–, se salvan porque escaparon o porque sólo fueron malheridos.

    Fernández Suárez sale fortalecido del operativo. Comparte un acto con Aramburu y declara en una revista: “El buen policía tiene a mano todos los recursos legales necesarios para esclarecer un hecho o descubrir un delito sin acudir a la violencia”. 

    Cinco meses después, el 18 de diciembre de 1956, el periodista y escritor Rodolfo Walsh, frente a un vaso de cerveza en un bar de La Plata, escucha en voz de un amigo:

    –Hay un fusilado que vive.

    ***

    El Círculo Militar de avenida Santa Fe 750 hierve esta media mañana del viernes 12 de octubre de 1945. Más de trescientos oficiales del Ejército y la Marina gritan. Sus voces se superponen, los rangos que no se respetan. El capitán Fernández Suárez –con 37 años– lanza una temeraria propuesta ante el presidente de la mutual de oficiales, el almirante Héctor Vernengo Lima.

    –¡Hay que matar a Perón!

    Nacido en 1908 en Villa Mercedes, San Luis, Desiderio se convirtió en antiperonista hacia 1940, tras conocer a Perón como profesor en la Escuela de Guerra y en la de Alta Montaña. Lo veía “como un peligro para el país”, según lo recuerda el diario La Nación.  

    Y con apenas 22 años, Fernández Suárez ya había rechazado a otro líder popular. Siendo cadete, el 6 de septiembre de 1930 se sumó a la columna de unos 600 estudiantes y 900 soldados que marcharon hacia Plaza de Mayo contra Hipólito Yrigoyen. Partieron desde el Colegio Militar de San Martín, a 4 kilómetros del basural de José León Suárez, el de los fusilamientos del 56. La protesta la encabezó José Félix Uriburu, quien derrocaría al líder de la Unión Cívica Radical.

    El pedido de Fernández Suárez por la cabeza de Perón se conjugaba con  un clima de rechazo generalizado. Flotaba en el aire “la sensación de que el país se había salido de cauce y que la institución armada tenía que decidir qué hacer con eso”, describe Jorge Abelardo Ramos en La Era del Peronismo

    Los militares antiperonistas lograron finalmente que el 9 de octubre de 1945 Perón renunciara y fuera detenido en la isla Martín García. No esperaban, sin embargo, la movilización popular del 17 en la Plaza de Mayo. Entonces Fernández Suárez tuvo el primer traspié en su vida militar. 

    Haber pedido la cabeza de Perón le costó caro: el 9 de mayo de 1946 lo arrestaron por seis meses y pasó a retiro obligatorio. En ese mismo año, Walsh traducía su primera novela policial, de Irish William, con un título sugestivo para lo que vendría después: Lo que la noche nos revela.

    ***

    Traje gris, camisa blanca y corbata negra, bigote prolijo y peinado engominado, Fernández Suárez se sienta en su oficina en el Departamento Central de la Policía frente a un periodista del Noticiario Bonaerense. Acaba de asumir como jefe –el 20 de diciembre de 1955– y ya purgó a 1445 oficiales subalternos y personal de tropa. Faltan seis meses para la Operación Masacre. Ante la cámara que lo filma en blanco y negro dice:

    –Queremos hacer una policía humana, una policía que esté dedicada exclusivamente a la lucha contra la delincuencia, que tenga un profundo respeto por los derechos individuales. La policía está en franco tren de transformación. Doce años de dictadura no se pueden cambiar en tres meses.

    La Libertadora le permitió a Fernández Suárez salir del ostracismo que vivió durante el peronismo, donde se refugió en la actividad privada. Según aparece su apellido en los diarios de la época, vendió ganado en Florida: ofrecía, por ejemplo, “3 novillos prom. 243 kgs. a 240 mls.”. O también, “15 vacas prom. 308 kgs. a 205 mls”. 

    Con su pareja tuvo tres hijos: Carlos, Mario y Oscar Alberto. Uno de ellos seguirá la carrera militar y será detenido siendo subteniente en 1959 por Arturo Frondizi. Luego llegarán nietos y bisnietos. 

    La suerte le empezó a cambiar el 16 de junio de 1955, cuando la Aviación Naval bombardeó la Plaza de Mayo y dejó 300 muertos y 1.200 heridos. Un hilo invisible conecta a Fernández Suárez con Walsh: compartían un sentimiento nacionalista y antiperonista y el escritor había soñado con ser aviador, aunque volcó su pasión al papel: el 21 de diciembre del 55 publicó la crónica 2-02-no vuelve, donde describe la audacia de los pilotos bombarderos. Años después llegó a escribir un borrador de cuento titulado El aviador y la bomba, contado desde la perspectiva de uno de los pilotos golpistas.

    Con Aramburu en el poder, el 17 de octubre de 1955, Fernández Suárez es designado jefe de personal en el Ministerio de Educación. Su primera medida fue alentar a los empleados a denunciar irregularidades de la anterior gestión. Pero el 13 de noviembre ya es nombrado subjefe de la Policía. Y un mes después asume la jefatura. Un decreto del 13 de enero del 56 lo reincorpora al Ejército, lo asciende «al grado inmediato» y lo vuelve a pasar a retiro como teniente coronel. Aramburu y Rojas destacan que había sido sancionado «por razones políticas» durante la “dictadura imperante”. En el 58 –ya después de los fusilamientos– lo reincorporan al servicio activo con fecha retroactiva al 19 de enero de 1949 y lo promueven a coronel.

    ***

    –¡Encontré al hombre que mordió al perro!

    El 20 de diciembre de 1956, dos días después de escuchar que hay un “fusilado que vive”, Walsh consiguió la denuncia de Livraga y la llevó con excitación a la editorial Hachette, donde trabajaba su compañera Enriqueta Muñiz, una periodista de 22 años. Con ella empezaría a investigar la Operación Masacre: lo que descubren los periodistas es que la Ley Marcial comenzó a regir un día después de las detenciones, o sea que fueron fusilados ilegales.

    Walsh tenía un “topo” en la policía de Fernández Suárez. El contacto era Jorge Doglia, jefe de la División Judicial. Le permitirá revelar los fusilamientos, pero también torturas en las comisarías a cargo del jefe de la Policía.

    Walsh y Enriqueta trabajan juntos y rápido. El 23 de diciembre, en el semanario Propósitos publican la primicia de la denuncia de Livraga. No la firman, pero es un ataque a Fernández Súarez: el “fusilado que vive” confiesa allí que la policía intentó asesinarlo en un descampado antes de la Ley Marcial. El dato es contundente: días después, una Junta Consultiva provincial de legisladores convoca al jefe de la Policía. Lo arrinconan con preguntas sobre varios hechos del 9 y 10 de junio en distintas comisarías: fusilamientos, torturas con picanas, palizas de sus oficiales. 

    –Aquí hay cargos –se defiende Desiderio–. Pero no hay pruebas.

    La pareja de periodistas continúa investigando. Suman sobrevivientes y expedientes. Walsh empieza a firmar con sus iniciales: RJW. Dos notas en el diario Revolución Nacional, ocho en la revista Mayoría, otras tres en el semanario Azul y Blanco. El coronel tiene quien le escriba: las crónicas apuntan directamente a su responsabilidad en la masacre. El nombre de Walsh circula rápido en la jefatura de policía. Sus notas quedan archivadas en el  SIPBA.

    –¿Quién carajo es? –pregunta Fernández Suárez. 

    Manda a sus oficiales a detenerlo, pero terminan levantando a un reportero con las mismas iniciales. También van a su casa en La Plata, pero no lo encuentran: Walsh vive en otro lado y con identidad falsa –Francisco Freyre–, aunque firma las notas con su nombre para que Fernández Suárez sepa que no va a parar.

    El último cruce entre ambos –del que se tenga registro– fue el 13 de enero de 1965, nueve años después de la primera nota en Propósitos y ocho de la publicación de Operación Masacre como libro. Desiderio manda una carta al diario Crónica para –otra vez– desligarse de la responsabilidad de la masacre. Walsh le contesta en el mismo diario:

    –Los descargos de Fernández Suárez son los mismos que pulvericé hace ocho años y que lo llevaron al completo silencio.

    ***

    A partir de los 60, con la Libertadora fuera del poder, Fernández Suárez cambia de piel. Funda una empresa inmobiliaria y financiera junto a militares y ex funcionarios. Durante el gobierno de J. M. Guido es detenido acusado de una supuesta “conspiración” y “rebeldía”. 

    En 1964 aparece como proveedor del Estado en servicios de seguridad. El 17 de septiembre del mismo año participa con Aramburu y Rojas de una celebración por  el aniversario del golpe a Perón. Según la crónica del evento, apenas llenaron la Plaza Libertad del barrio de Recoleta. 

    En 1970, el mismo año en que secuestran a Aramburu, funda otra compañía de seguridad e investigaciones: POL-PAR, con sedes en Capital Federal y La Plata. En el ‘76 crea otra empresa: S.P. 

    Entrada la última dictadura, su rastro se pierde.

    ***

    No la encuentra. Después de cebar unos mates dulces, Berta Josefa Carranza –72 años, petisa, pullover de lana celeste, la cara redonda, el pelo corto, lacio, con algunas canas– se para con dificultad de la silla y camina despacio hacia un sillón mullido para buscar algo. Es un jueves de mayo de 2026 y en la casa de los Carranza, en el barrio obrero de Boulogne, la luz entra limpia por la ventana. Berta busca detrás de un mueble, dentro de una carpeta. Pero no. La hoja amarillenta escrita a máquina que dice que su padre, Nicolás Carranza, uno de los cinco fusilados por Fernández Suarez, fundó una sociedad de fomento para su barrio en 1954, no aparece. 

    –Le dije varias veces que tiene que ser más organizada con esos papeles –se queja Majo Carranza, hija de Berta y nieta de Nicolás, mientras la ayuda a buscar. 

    –Acá está –dice Berta y saca la hojita de una bolsa. –Tiene su firma.

    Es de las pocas cosas que le quedan de su papá. Tenía 2 años cuando el 11 de junio de 1956 –dos días después de los fusilamientos– su madre recibió a Fernández Suárez en esta misma casa, en la esquina de Guayaquil y –ahora– pasaje Carranza. El jefe policial había llegado para buscar la libreta de enrolamiento de Carranza “por un trámite en La Plata”. Le dijo que desconocía su paradero y apuró a la mujer a buscar el documento de su esposo. 

    Mientras esperaba, Fernández Suárez se cruzó en el pequeño comedor a Elena, de entonces 12 años, la hija mayor de la familia. Parado frente a un retrato del recién fusilado, el jefe de la bonaerense le preguntó: “¿Ese era tu papá?”.

    –Nunca nadie fue preso. Nunca alguien pagó por esto –retoma Berta en 2026–. Porque hubiéramos podido hacer algunas cosas, cuando había otros compañeros vivos.

    El 24 de abril de 1957 la Corte Suprema de Justicia –tras un largo derrotero de la denuncia del “fusilado que vive”– falló que el expediente debía pasar a la justicia militar. Los responsables fueron absueltos. “Dejó para siempre impune la masacre de José León Suárez”, escribió Walsh. 

    El 17 de junio de 2026, 70 años después, el Juzgado Federal N°2 de San Martín a cargo de Alicia Vence comenzará un juicio de recuperación histórica. Berta y su hija Majo, junto al resto de los familiares de los asesinados, acusan al Estado por delitos de lesa humanidad. Mencionan el rol de Aramburu, Rojas y Fernández Suárez. Es probable que en el proceso de su testimonio el sobreviviente Livraga, que vive en Estados Unidos. 

    Según una fuente con acceso a la causa, un familiar de Aramburu llamó al juzgado para averiguar el estado del expediente.

    –En los noventa aún estaba vivo el sorete de Desiderio –recuerda Berta–. Queríamos iniciarle un juicio en la provincia. Recién nos armábamos como comisión de familiares de los fusilados, pero no salió.

    Sobre la mesa hay ejemplares de Operación Masacre e Historia de una investigación, el diario personal que escribió Enriqueta Muñiz, mientras colaboraba con Walsh. En una pared verde cuelga una enorme bandera de Boca Juniors. En otra, un cuadro del Che Guevara. En un rincón hay cuatro tanques de oxígeno. Son de Berta.

    –Desde que soy bebé, vi toda la lucha de mi vieja y el resto de los familiares por mantener viva la memoria de lo que pasó –dice Majo, de 40 años–. Y también cómo muchos se fueron yendo de a poco. Como nieta, siempre hablo con los más jóvenes. En escuelas, universidades. Pero es tarea de la militancia mantener vivo ese legado. Para que la historia no se repita.

    Berta asiente y mira su celular. Le llega un mensaje. Alguien encontró el aviso necrológico de Fernández Súarez que se publicó en el diario La Nación el 10 abril de 2001. 

    Hace zoom en la imagen.

    FERNANDEZ SUAREZ, Desiderio Argentino, Cnl. (R), q.e.p.d., falleció el 9-4-2001. – Sus hijos Carlos, Mario y Oscar, sus hijas políticas, sus nietos, bisnietos, su sobrino Marcelo Fernández y Sra. Hilda Rodríguez participan su fallecimiento y ruegan una oración en su memoria.

    –Esto está buenísimo –dice Berta. La sonrisa socarrona.

    –¿Qué está buenísimo? –le pregunta Majo.

    –Saber que este hijo de puta está muerto.

    ***

    El 10 de febrero de este año, vía decreto 97, el presidente Javier Milei designó en un importante cargo a un familiar directo del cerebro de Operación Masacre. 

    Leandro Fernández Suárez, nieto del teniente coronel de la Libertadora, hijo de su hijo Oscar Alberto, es hoy embajador en México. 

    Diplomático de carrera –ingresó al servicio exterior en 1993– fue ascendido por Alberto Fernández. Pero en los últimos años se ganó la confianza de Karina Milei por su rol diplomático en Miami. 

    El embajador aparece en fotos recientes sosteniéndole un paraguas a Milei en un día de lluvia.

    No aceptó hacer declaraciones para esta nota. 

    ***

    Abajo. Más abajo. En el tercer subsuelo del Cementerio de la Chacarita, dentro del Mausoleo de las Fuerzas Armadas, los nichos de generales y militares se amuran en la pared gris. 

    Los pasillos son anchos, la luz de algunas lamparitas rebota en el mármol frío. 

    La placa 1117 sólo dice “Cnel. Desiderio Fernández Suárez”. 

    Una bandera argentina envuelve su cajón marrón, junto a un florero vacío. 

    –No lo vienen a ver mucho –dice un encargado de overol azul.

    Nadie fuera de su familia lo despidió cuando murió a los 92 años el 9 de abril de 2001. Ni los Aramburu, ni los Rojas, ni otros apellidos mandaron condolencias. Sólo el diario La Nación sacó aquel recuadro recordando su muerte, cuatro días después. Un familiar del exjefe de la policía comentó allí que Fernández Suárez “nunca se arrepintió de nada”. 

    –Acá hay mucha historia enterrada –retoma el encargado –Tenés desde coroneles que lucharon por la independencia hasta soldados de Malvinas.

    Pero el nicho de Fernández Suárez no tiene flores, ni una descripción que lo recuerde. Apenas una chapa dorada con su nombre y rango. A dos metros, los restos de los exdictadores Juan Carlos Onganía y Roberto Viola.

    Fernandez Suárez descansa en un osario de lesa humanidad. Desde el 2016 nadie paga los costos de mantención de su nicho. La deuda es de 460 mil pesos.

    La entrada El fusilador oculto de Operación Masacre se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    Hay que ver en el capitalismo una religión, es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, suplicios e inquietudes a las que daban respuesta antiguamente las llamadas religiones.
    Walter Benjamin
    El capitalismo como religión, 1921

    Un acontecimiento tecnológico concita, por primera vez en la historia, una vehemente encíclica papal de 111 páginas. En Magnifica Humanitas, León XIV llama a “la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial”. Esto —que por sí solo indicaría que nos encontramos, con las más recientes inteligencias artificiales (IA) generativas y predictivas, ante un hecho de inédita relevancia histórica— parece, sin embargo, un episodio más de la sobrecogedora serie que, desde finales de 2022, envuelve a Occidente en una vertiginosa convulsión política, social, cultural, espiritual, epistémica.

    Para circunscribirnos a este año, el 3 de enero fuerzas militares de Estados Unidos capturaron al entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, en Caracas, y los trasladaron a Nueva York para enfrentar imputaciones por narcoterrorismo. La incursión incluyó ataques aéreos sobre la capital y zonas estratégicas militares. Fuentes de ambos gobiernos estimaron que murieron entre setenta y cien personas. A fines del mismo mes, el Departamento de Justicia estadounidense publicó más de tres millones de documentos, imágenes y videos —“un total de 300 GB de datos”, dice la prensa— de los Archivos Epstein, que dejaron a la vista una oscura cadena de equivalencias entre banca internacional, narcotráfico, políticos, celebrities del espectáculo y de la academia, poder judicial, servicios de inteligencia, crímenes sexuales, redes de trata de niñas y adolescentes, sacrificios rituales, extorsiones, casas reales europeas en, más que sorprendente, decadente rehabilitación pública.

    A fines de febrero comenzó la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que hace sentir su impacto en todas las economías nacionales del hemisferio. En tanto, prosigue la guerra de Gaza, iniciada en 2023, que incluye la masacre abierta al pueblo palestino, el pedido de arresto del presidente israelí Benjamin Netanyahu por parte de la Corte Penal Internacional en noviembre de 2024 y las sucesivas detenciones y vejaciones a los integrantes de las flotillas humanitarias que periódicamente buscan traspasar, sin éxito, el bloqueo de ayudas básicas para los palestinos atrapados entre los bombardeos masivos, las hambrunas por falta de alimentos, la destrucción de escuelas y hospitales y el cierre de rutas. 

    Para recargar un poco más el ambiente, el 18 de abril, Palantir publicó en la red social X su manifiesto: una declaración de veintidós puntos que resume la visión del CEO de la empresa, Alex Karp, socio de Peter Thiel. El documento defiende la fusión entre Silicon Valley y el complejo militar-industrial para garantizar la hegemonía de Occidente mediante el uso de inteligencia artificial. Afirma que la era de disuasión nuclear está llegando a su fin y será reemplazada por una disuasión basada en IA, descalificando de antemano cualquier intento de debate democrático sobre el uso militar de la IA. “La pregunta no es si se construirán armas de IA; es quién las construirá y con qué propósito”, asegura. Y desde un abierto supremacismo cultural, exhorta a resistir “la tentación superficial de un pluralismo vacío”, ya que a su criterio, contra lo que afirman los principios liberales, las culturas [no habla de regímenes políticos, sino de culturas] no merecen trato igualitario: “algunas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas”.

    En este escenario infernal, en esta atmósfera densamente intoxicada, Magnifica Humanitas es un documento cargado de humanismo. Se apoya fuertemente en la Doctrina Social de la Iglesia, con persistentes referencias a lo común (la verdad como bien común, la Tierra como hogar común, los datos que deben ser tratados como bienes comunes, derechos humanos como lenguaje común, discernimiento comunitario, comunidad, comunión), citas precisas de J.J.R. Tolkien —el devoto católico que imaginó las ambivalentes, pharmakologicas piedras videntes Palantir[1]— y hasta una mención explícita al Beato Enrique Angelelli, asesinado por la última dictadura argentina en 1976.

    El texto del Vaticano, publicado el 25 de mayo, subraya algunas tesis que la filosofía de la técnica viene sosteniendo hace años: que la tecnología —y especialmente una infraestructura lingüística y cognitiva, como son los ecosistemas digitales en los que emergen las nuevas IA— “no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”[9]. Tampoco “es un simple instrumento”, ya que “cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”[92] —una alusión precisa, sea o no deliberada, a la célebre figura de la megamáquina de Lewis Mumford, tan apreciada por Gilles Deleuze y Felix Guattari—. Incluso más que un ensamble técnico, la IA, dice la encíclica, es “un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar”[110].

    Deja de lado, en cambio, otras nociones del pensamiento sobre la técnica que habrían podido ser aportes a su argumento. La encíclica denuncia, por ejemplo, la voluntad de poder “prometeica” —los “sueños prometeicos” de la tecnología [128]—. Sin embargo, ya hace décadas el sociólogo Hérminio Martins y luego la antropóloga Paula Sibilia distinguieron entre dos sensibilidades típicas y tradicionales en Occidente, una prometeica y otra fáustica, una alineada con los intereses humanos y respetuosa de los límites de la condición humana, la otra volcada a superar “las limitaciones derivadas del carácter material del cuerpo —señala Sibilia en El hombre postorgánico—, a las que entiende como obstáculos orgánicos que restringen las potencialidades y ambiciones” humanas. La encíclica también rechaza las diferentes corrientes del transhumanismo y de los posthumanismos. Ahondar en las distinciones internas dentro del núcleo imaginario o mitopoiético de las tecnologías avanzadas permite ser críticos sin desdeñar posibilidades que contribuyen, precisamente, a la justicia y el desarrollo colectivos, como las investigaciones en medicina o los estudios sobre cambio climático; a la vez que limita la infaltable, facilona acusación de “ludita”. Donde el documento sí es certero e incidental es cuando exhorta a cultivar un “antropocentrismo situado”, que reconoce al humano como “inserto en una trama de relaciones con los demás seres vivos y con la totalidad de la creación” [237].

    A lo largo de una introducción, cuatro capítulos y un epílogo, en un lenguaje coloquial pero no impreciso, la encíclica se pronuncia contra el “paradigma tecnocrático”, al que define como “la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas”. Advierte sobre las “nuevas esclavitudes que se alimentan de cadenas económicas e infraestructuras digitales” [179] y sobre “el colonialismo [que] muestra en la actualidad un rostro inédito”, ya que “no solo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable”.

    Señala con agudeza que “las IA modernas están más ‘cultivadas’ que ‘construidas’, pues los desarrolladores no diseñan cada detalle, sino una arquitectura sobre la cual la IA ‘crece’”, y en consecuencia, “los aspectos científicos fundamentales —como las representaciones internas y los procesos computacionales de estos sistemas— siguen siendo desconocidos”. Frente a esto, exhorta a una doble acción: profundizar la investigación científica y ejercitar el discernimiento ético y espiritual.[99] Y concluye: “Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades” [95].

    Frente a esta potencia concentrada en el mundo digital, “en un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa”, antepone los cinco principios de la Doctrina Social de la Iglesia: “la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social”. Y sale en defensa de las “instituciones capaces de proteger la vida común”; cita a movimientos como la Cruz Roja (1863), leyes como la abolición de la esclavitud, organizaciones multilaterales como las Naciones Unidas (1945) y tratados como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). 

    Ni formalidad administrativa ni texto críptico, sino un nítido programa político: un “documento de cultura”. Y también, pese a su antibelicismo (a eso se refiere con “desarmar” la IA), un ataque frontal. Uno más, en un escenario profundamente bélico. Uno singular, en un escenario profundamente religioso. Uno no poco desconcertante, en un escenario de transvaloraciones —“inversiones”— incesantes, virtualmente infinalizables.

    El Anticristo como política

    En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso.
    Guy Debord
    La sociedad del espectáculo, 1967

    En los días previos a la publicación de la Encíclica, se había conocido oficialmente que Peter Thiel, un multimillonario de origen alemán e ideas paleolibertarias, fundador de la compañía de vigilancia masiva más famosa de Occidente, Palantir, había comprado una casa de doce millones de dólares en Barrio Parque, un enclave muy exclusivo en la ciudad de Buenos Aires, y anotó a sus hijos en un colegio local (sotto voce se comentó que una afamada escuela católica había declinado con diplomática precaución la solicitud de ingreso presentada por Thiel y su esposo, el inversionista Matt Danzeisen, ex vicepresidente de BlackRock). Medios de comunicación publicaron fotografías de Thiel jugando ajedrez en el barrio del Abasto, en un torneo en el que salió tercero. Se supo, también, que había cenado con economistas a quienes, curiosamente, no les habló tanto de economía como del Anticristo.

    Lo mismo había hecho a mediados de marzo, pero en Roma, en el Palacio Orsini Taverna, donde vivió de niña Lucrecia Borgia, hasta que en 1493, a los 13 años, su padre Rodrigo Borja, más conocido como el papa Alejandro VI, la casó con Giovanni Sforza, el primero de los tres matrimonios que el valenciano le arreglaría para aumentar su poder. Allí, a pocas cuadras del Vaticano, Thiel dictó cuatro conferencias a puertas cerradas sobre lo que él imagina como el máximo peligro inminente de la época: el Anticristo. Según la Associazione Culturale Vincenzo Gioberti, el grupo cristiano conservador que lo recibió, creado en julio de 2023 en la mismísima ciudad Lombarda de Salò, las charlas giraron en torno a cómo “fuerzas ocultas trabajan sin cesar con la intención de destruir lo que queda de Occidente”. La asociación tiene como misión: “restaurar la unidad espiritual de los italianos, partiendo de su identidad católica, sus pequeñas patrias y las costumbres heredadas del Antiguo Régimen”. A comienzos de 2026 su secretario general, Matteo Rossi, escribió una pieza perspicaz sobre la decisión del consejo comunal de Salò de retirar la “ciudadanía honoraria” al Duce Benito Mussolini, que empieza con una boutade: “Sinceramente, no sabía que los muertos pudieran tener ciudadanía terrenal: pensaba que solo tenían derecho a un domicilio, donde es posible llevarles flores…”.

    En los peculiares análisis de Thiel, egresado de Filosofía de Stanford y reconocido financiador de proyectos neoconservadores, el Anticristo es hoy “un ludita que quiere detener toda la ciencia”. En conferencias privadas dictadas en 2025 en San Francisco, se refirió a los escritos apocalípticos de John Henry Newman y a la novela de Vladimir Soloviev Una breve historia del Anticristo (1900) donde este es retratado como un filántropo y sabio que ofrece soluciones racionales al caos “pero sólo se ama a sí mismo”. Según describe The New York Times, Thiel sostiene que la semántica de los riesgos (en particular el llamado riesgo existencial, pero también las preocupaciones ambientalistas de personalidades como Greta Thunberg o las críticas a la tecnología o la inteligencia artificial) es parte de la estrategia de los “legionarios del Anticristo”, que impulsarían una sobrerregulación, fomentando una gobernanza opresiva generalizada, un “estado totalitario global”. “La forma en que el Anticristo se apoderará del mundo es hablando sin cesar del Armagedón”, declaró Thiel al mismo diario en 2025, según recuerda la corresponsal Elizabetta Povoledo. “Hablando sin parar del riesgo existencial y diciendo que, por lo tanto, necesitamos regulación”.

    Ahora bien, ¿quiénes hablaron primero del riesgo existencial o X-Risk, si no las propias corporaciones e instituciones, sus directivos y referentes más conocidos? El think tank Future of Life, promotor en 2017 de los Principios de Asilomar, la primera carta de intenciones éticas para la inteligencia artificial abiertamente conocida, e impulsor de dos conocidas cartas en 2023 y 2025: la que pedía pausar la investigación en modelos de IA iguales o mayores a GPT y la que pedía prohibir la Superinteligencia, que fueron firmadas por personalidades notables, como Yuval Harari, Yoshua Bengio, Steve Bannon, los duques de Sussex (estos tres últimos en la segunda carta). Dan conferencias, asesoran a las principales potencias, investigan e informan cotidianamente acerca del riesgo existencial desde el premio nobel de Física Geoffrey Hinton hasta los AI Security Institutes del Reino Unido y de Estados Unidos, pasando por los grandes medios periodísticos y los investigadores más destacados en IA, como el propio Ilya Sutskever, quien cuando se fue de OpenAI en 2024, fundó una empresa exclusivamente dedicada a desarrollar una “superinteligencia segura”. La cuestión del riesgo existencial es parte de la narrativa oficial de las big tech, y no una poco significativa (estas declaraciones de Thiel, cabe sospechar, son parte de ese mismo gesto, sometido a una calculada inversión).

    Para intentar comprender la obsesión de Thiel por presentar como “Anticristo” a los Estados, los saberes y las regulaciones que podrían limitarlo, cabe recordar la tesis de Jan Assmann en La distinción mosaica (2003), quien sostiene que el monoteísmo bíblico, al establecer la distinción entre verdadero y falso en materia religiosa, desata un fondo de violencia que no es solamente antropológico (como lo podría explicar el propio Thiel siguiendo, y desviando, a quien, se dice, fue su admirado profesor, René Girard) sino también cultural y político. Lo que esa distinción produce, y este es su precio, es la violencia religiosa: los dioses previos o desplazados no desaparecen sino que se vuelven demonios, fuerzas del mal. Siguen operando, clandestinamente, como lo reprimido que retorna. Thiel utiliza esa operación en su beneficio. El regulador, la crítica de la crisis climática, el multilateralismo, la gobernanza de la IA: todo lo que limita la aceleración de los negocios queda del lado del Anticristo.

    Se ha señalado con insistencia la paradoja de que la compañía Palantir, de la que Thiel es cofundador y presidente de su junta directiva, proporciona sistemas de inteligencia artificial al Pentágono y es un instrumento clave en acciones estadounidenses e israelíes contra Irán, así como en las operaciones del ICE para rastrear migrantes, actuando de hecho como una herramienta para la creación de un estado de vigilancia. Quizá no sea estéril considerar nuestro momento histórico-cultural y conjeturar que la paradoja es una táctica, no un efecto colateral. En 2008, cuando estallaba la crisis financiera internacional que derivó en la Gran Recesión, el área de software para Inteligencia y Defensa de Palantir comenzó a llamarse Palantir Gotham.

    Fondo de inversiones

    La ‘gigantomaquia’ en torno al ser es, también y sobre todo, un conflicto entre ser y obrar, entre ontología y economía, entre un ser en sí incapaz de acción y una acción sin ser —y entre los dos, como apuesta, la idea de libertad.
    Giorgio Agamben
    El reino y la gloria, 2007

    Llegados a este punto, la imagen tiene algo de escena primaria. Por un lado, la escena primaria de un tipo particular de enfrentamiento que Occidente conoce bien: el cisma espiritual, la cruzada religiosa. Thiel habla del Anticristo, Leon XIV de Babel y Jerusalén. Si traemos a esta escena los Archivos Epstein, se movilizan relatos todavía más antiguos: Baal y Yahvé, el Becerro de Oro, y siempre y a toda hora cuando hablamos de tecnologías, Fausto y Prometeo, con la tensión incesante entre un Dios neurótico que limita y a la vez cultiva, y un Dios o demonio perverso que goza y a la vez endeuda. La guerra santa civil que Europa conoce bien, con sus diversas mitologías, reversiones, secuelas, precuelas, spin-offs y siempre nuevas formas de expansión narrativa. La lucha contra el Anticristo, en términos de Thiel, y la lucha entre dos culturas, en términos de Leon XIV: la cultura [genérica] de la potencia y la cultura civil [específica] del amor.

    “Evitemos el ‘síndrome de Babel’ —explica la Encíclica—: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único, incluso digital, capaz de traducirlo todo, aun el misterio de la persona, en datos y rendimientos. (…) Elijamos, en cambio, el ‘camino de Nehemías’, que pone de relieve el valor del trabajo compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los exiliados que regresaron […] haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad”.

    Por otro lado, es también la escena primaria de la cultura en sentido restringido: Babel, el laberinto, que como dejó escrito Borges puede ser tanto la Biblioteca como el desierto. Un laberinto de espacios liminales que en pleno segundo cuarto del siglo XXI, están, ellos también, sometidos a la máquina de inversión infinita; los “backrooms de la globalización” de los que habló Margarita Martínez días atrás en Dólar Barato y en Cabaret Voltaire. O de tiempos liminales: el scroll perenne, la cola para entregar un CV, las noches de ansiedad estéril, Godot y toda la serie de galimatías y esperas sin esperanza que conocemos bien. Del mismo modo, los villanos como protagonistas “gloriosos” (Joker, Cruella De Vil, pero también la narrativa calcada de los “niños sufrientes” en las biografías de Elon Musk y Javier Milei), son la operación central de nuestro momento cultural, no su periferia. Sobre esto reflexionan últimamente dos libros llenos de sugerencias: Estéticas liminales de Valentina Nanni y el magnífico Fascismo cosplay de Luis Ignacio García.

    En esta guerra, en la “batalla cultural” del signo que sea, la clave —nuestra “agencia”— es la lectura atenta. Todo lo que podamos ser, la libertad que está radicalmente en juego, depende de nuestras habilidades lectoras, nuestra capacidad de interpretación, la recepción como actividad cada vez más elaborada, reflexiva, autoconsciente. Y si nuestro ambiente cotidiano es un laberinto, la lectura pasa a ser un deporte de alto rendimiento. Es lo que nos permitirá captar el shock, la “imagen dialéctica”, la señal impredecible e inequívoca que nos llevará hasta el mástil al cual atarnos y anclar la nave, la mente, en medio de la tormenta semiótica ilimitada. Una apertura que el laberinto, previsiblemente, estrecha minuto a minuto. La teoría del siglo XXI suele invocar “el cuerpo” como posible superficie de inscripción de ese sentido que es áncora y también escalera al cielo. Mutatis mutandis, a eso hacen referencia las diversas tecnologías del yo que incitan a concentrar la atención en el “aquí y ahora”, la “conciencia situacional” de los aviadores militares, el mindfulness de su tripulación.

    Porque el siglo XXI tiene su propia lengua, y el rizoma tecno realiza la inversión ludópata de todos los sentidos estabilizados, como si hubiéramos quedado atrapados en una suerte de taumatropo cuyas imágenes no se conectan jamás. La guerra en la que las religiones, los mitos, las encuestas, la astronomía, las creepypastas, las novelas, los géneros del modernismo popular, las estadísticas y la danza son las armas rústicas y ultra sofisticadas con las que, desde tiempos inmemoriales, se crearon y disputaron territorios afectivos, cognitivos, epistémicos.

    En el mundo de la economía, “invertir” es apostar sobre el futuro de algo que todavía no existe. La inversión clásica —la que describía Ricardo, la que Marx analizaba— era capital que se adelantaba a la producción: había un objeto, un proceso, un trabajo, un tiempo de producción, y la ganancia venía del ciclo productivo. Hoy se invierte sobre expectativas de valorización futura que no dependen del ciclo productivo sino de la narrativa y la expectativa que rodea al activo. El acontecimiento tecnopolítico de gran escala desencadenado por la capilarización de las nuevas IA a partir de finales de 2022 se organizó a través de la combinación entre un potentísimo “hype” publicitario (la “burbuja” de la que se viene hablando hace meses) y la no menos enorme fuerza con que los grandes poderes fácticos están imponiendo una mutación desde arriba: créditos de bancos internacionales, transformaciones en los planes de estudio y en las modalidades de enseñanza, presiones en torno a la legislación, rediseño de la experiencia de usuario de las grandes plataformas, entre otras acciones que se dieron con una velocidad nunca vista y sin un horizonte mínimamente claro de hacia dónde estamos yendo. Todo esto permite que los procesos concretos que están detrás de los retornos de la inversión permanezcan opacos, muchas veces incluso “securitizados”, inaccesibles. En parte, porque todavía no existen: se están creando. El “hype” es aquello a través de lo cual se crea… destruyendo (acá saludan los schumpeterianos). No es un accidente: es la forma del negocio.

    Lo que vemos es, ya no la reproducción, sino la generación mecánica de la propia vida lingüística, emocional, cognitiva y cultural. Una generación de signos incesante y sin referencia alguna con la “realidad” (brainrot), si por realidad entendemos la cadena histórica, cultural y simbólica de hechos, es decir, de relaciones entre seres humanos (y no humanos). Una generación de símbolos y de infraestructuras planetarias que, creando diferencias y desigualdades radicales, busca estar parcial pero decisivamente desencastrada de la relación de reciprocidad entre infligir sufrimientos y goces colectivos, y padecer (o administrar, vía chivo expiatorio) las correspondientes catarsis sacrificiales. La tesis del “tecnofeudalismo” describe este intento, hoy por hoy exitoso, pero altamente inestable, de restauración de diferencias abismales entre clases que nunca se encuentran. Donde la inversión como gesto simbólico y cultural dominante es la correspondencia en el nivel de la cultura de la idea de puro valor de intercambio: el valor, dice la religión capitalista, es el “precio”. Los esfuerzos de Leon XIV al redactar, desde el mismísimo Vaticano, una Encíclica que exige establecer reglas, normas, gobernanzas, responsabilidades “humanas”, tiene analogías estructurales con los esfuerzos de los defensores de la teoría objetiva del valor. En el centro está la defensa radical de la vida (la cultura del amor) y la limitación de las pulsiones tanáticas de la dominación.

    Los dioses no han muerto, dicen Peter Thiel y la Encíclica, sólo se han retirado. Para convocarlos son precisos los rituales cada vez más ostentosos: se gasta la propia humanidad entera (los magnates de las grandes corporaciones no dejan que sus hijos tengan redes sociales, nos dicen las redes sociales todo el tiempo). Nos vemos rodeados, así, de un mundo de inversiones. La “imagen dialéctica” benjaminiana de esa inversión incesante del valor de la vida humana, que es el precio de una economía hecha de “fondos de inversión”, y cuya verdad indecible pero completamente a la vista es que, en muy buena medida, los retornos y la extracción de valor se producen mediante la violencia, el colonialismo, la esclavitud, el vampirismo parásito de la acumulación por desposesión. El sacrificio de naciones enteras, como estamos viendo en este mismo momento en América latina.

    En El capitalismo como religión, Benjamin señala que “el tipo del pensamiento religioso capitalista se encuentra extraordinariamente expresado en la filosofía de Nietzsche”. En particular la figura del “superhombre” (el Más Que Humano, el transhumanista cabal), “desplaza el ‘salto’ apocalíptico, no sobre la conversión, la expiación, la purificación y la contrición, sino sobre una intensificación o potenciación [Steigerung] aparentemente continua, pero en el último momento, a saltos, intermitente, discontinua”. En el ámbito profano de las tecnologías, esto podría reconducir al escalamiento de la capacidad de cómputo. En el ámbito de la póiesis, de la techné poiética, esa intensificación es autoconciencia, pliegue de reflexividad, gramática y gesto que realiza (“transustancia”) el salto de complejidad. Del laberinto, recordaba Leopoldo Marechal, “se sale por arriba, si el alto amor lo quiere”.

    Claro que siempre lo quiere. Esa es nuestra fe, nuestra infinita vitalidad. Nuestra vida eterna.

    [1] Palantir: el nombre viene de las piedras videntes de El Señor de los Anillos, que son lo que el helenista Louis Gernet llamaba ágalma: el objeto precioso que circula en los rituales de don, que condensa valor social y valor divino simultáneamente, y que puede invertirse. El objeto sagrado que une puede volverse el objeto maldito que contamina.

    La entrada La gran batalla de nuestro tiempo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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