El 86% de los argentinos asegura que su salario pierde contra la inflación
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El 86% de los argentinos asegura que su salario pierde contra la inflación

 

Un relevamiento nacional de junio revela que el 86,1% de los argentinos considera que su sueldo no le gana a la inflación. También crece el pesimismo económico y cae la aprobación del gobierno de Javier Milei.

Por Celina Fraticiangi para NLI

El relato de la baja de la inflación no alcanza: un informe sostiene que el 86% de los argentinos siente que su salario sigue perdiendo

Mientras el Gobierno nacional insiste en mostrar la desaceleración de la inflación como su principal logro económico, la percepción social parece ir por otro camino. Un informe nacional realizado durante junio revela que ocho de cada diez argentinos consideran que su salario continúa perdiendo frente al aumento de los precios, evidenciando una fuerte desconexión entre los indicadores macroeconómicos y la realidad cotidiana de millones de trabajadores.

El dato surge del Monitor de Opinión Pública de junio de 2026, elaborado por Zentrix Consultora sobre una muestra nacional de 1.297 casos relevados entre el 15 y el 22 de junio. El estudio muestra que el 86,1% de los consultados afirma que su salario no le está ganando a la inflación, mientras apenas el 10,3% sostiene que sí logra superar el aumento de los precios.

Lejos de tratarse de un fenómeno aislado, el trabajo sostiene que este indicador permanece prácticamente sin cambios desde marzo y se mantiene en uno de los niveles más elevados de toda la serie histórica que releva la consultora.

El bolsillo sigue siendo el principal termómetro de la economía

El informe pone en cuestión uno de los principales argumentos del Gobierno de Javier Milei: que la desaceleración inflacionaria por sí sola alcanza para mejorar las condiciones de vida.

Según los investigadores, la percepción social ya no está determinada únicamente por cuánto aumentan los precios, sino por la capacidad real de recuperar el poder adquisitivo perdido durante los últimos años. En otras palabras, la inflación puede mostrar una tendencia descendente, pero si los salarios permanecen rezagados, la sensación de deterioro económico continúa siendo dominante.

En ese contexto, el 68,8% de los encuestados además considera que el índice de inflación publicado por el INDEC no refleja adecuadamente la variación de precios que experimenta en su vida cotidiana, una cifra que refleja un persistente nivel de desconfianza hacia los datos oficiales.

Para la consultora, esto demuestra que la estabilización macroeconómica todavía no logra traducirse en una mejora concreta de la economía familiar, principal preocupación de buena parte de la población.

El deterioro atraviesa incluso a votantes oficialistas

Uno de los aspectos más llamativos del estudio es que la pérdida del poder adquisitivo no aparece únicamente entre quienes se identifican con la oposición.

Entre quienes votaron al oficialismo en las elecciones legislativas de 2025, el 70,2% reconoce que su salario no le gana a la inflación, mientras que entre los votantes opositores esa cifra asciende al 96,6%.

La diferencia, sostiene el informe, no radica tanto en la experiencia económica sino en la interpretación política de esa situación. Mientras parte del electorado libertario continúa considerando que el sacrificio forma parte de una etapa de transición, entre la oposición predomina la idea de que el deterioro constituye una evidencia del fracaso del modelo económico.

El mismo patrón aparece cuando se analiza hasta qué momento del mes alcanzan los ingresos familiares. Una proporción significativa de los hogares declara llegar con dificultades a fin de mes, reforzando la percepción de pérdida sostenida del poder adquisitivo.

El malestar económico vuelve a impactar en la imagen del Gobierno

El trabajo también detecta que el clima económico comienza a reflejarse nuevamente en la evaluación política de la gestión nacional.

Tras varios meses de recuperación durante el segundo semestre de 2025 y comienzos de 2026, la aprobación del gobierno de Milei volvió a retroceder hasta ubicarse en torno al 32-33%, mientras la desaprobación escaló al 56,6% durante junio, según los datos del relevamiento.

Además, el 55,1% de los consultados cree que «lo peor está por venir», un indicador que refleja un predominante pesimismo respecto de la evolución económica de los próximos meses.

Aunque el Gobierno continúa exhibiendo la desaceleración de la inflación como el principal éxito de su programa económico, la encuesta sugiere que el verdadero examen sigue estando en el bolsillo de los trabajadores. Mientras la mayoría perciba que los salarios continúan perdiendo capacidad de compra, la mejora de los indicadores macroeconómicos difícilmente alcance para modificar el humor social o consolidar el respaldo político al oficialismo.

 

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  • Que el cielo nos corresponda

     

    Intentemos responder una pregunta que seguramente se esté haciendo usted, atenta lectora, perspicaz lector. ¿Es el mundial de fútbol una pantalla para distraernos? La respuesta es clara: sí. Por supuesto que sí, vos sabés que sí. Inserte video de Cristina con Novaresio en loop. El mundial nos distrae, nos entretiene, nos hace olvidarnos por un rato del préstamo en Mercado Pago o el arreglo del auto que no sabemos cómo pagar. Nada muy distinto a ir al cine o mirar los patos en el Rosedal. La diferencia entre estas dos actividades y el mundial, todas unidas por el arte de observar, es que difícilmente usted se pare y festeje en el cine cuando el bueno derrota al malo o cuando un pato vuela. En cambio, es mucho más probable que usted grite como un desaforado, como quien encuentra un tesoro o un pendrive, cuando el arquero de Cabo Verde le saca un gol a España o cuando el ocho de Curazao le hace uno a Alemania. Nos distraemos con el mundial, pero también nos ilusionamos con una idea que, a priori, parece irreal: que, por una vez, aunque sea por un rato, los débiles le afanen algo a los poderosos.

    Pausa de hidratación.

    Alerta aeropuertos

    El jueves 11 de junio, después de semanas, quizás meses, salió el sol en la ciudad de Buenos Aires. El motivo era evidente: esa tarde, después de tres años y medio, empezaba un nuevo mundial. En los días previos, las noticias parecían el programa Alerta aeropuertos: al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan le prohibieron el ingreso a Estados Unidos, las selecciones de Uzbekistán y Senegal eran revisadas como potenciales terroristas, Canadá le negó el ingreso a Thomas Partey, volante de Ghana, debido a sus causas por violencia de género y parte del cuerpo técnico iraní no podría estar presente en los partidos de su selección. Deportaciones y persecución, otro día en el maravilloso mundo de Donald Trump. Irán, la gran protagonista de los comentarios geopolíticos, tiene su concentración en México y viaja a Estados Unidos en cada fecha. Esto, claro, frente a una guerra que hasta ayer bombardeaba escuelas y hospitales parece un dato menor. Es difícil encontrar un caso similar al de Irán y Estados Unidos, en el que dos países en guerra participen del mismo mundial con uno de ellos como sede principal.

    En la cabeza calva de Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, este es un ejemplo de cómo el fútbol puede unir a pesar de las diferencias geopolíticas —un eufemismo para no hablar de bombas e imperialismo—. Él garantizó que la selección iraní pueda presentarse al mundial a pesar de Trump y la guerra. Infantino se ve a sí mismo como un pacificador. Al menos eso intenta, como cuando buscó que los presidentes de las federaciones palestina e israelí se dieran la mano. Sorpresa: no ocurrió.

    Infantino puede mirarnos y decirnos que estemos chill, como dijo en la conferencia de prensa previa a la inauguración. Un periodista aprovechó para preguntarle qué tan chill se podía estar cuando el país anfitrión negaba el acceso y si había perdido el control del mundial. “Cuando digo que estén chill, no digo que no hagamos nada. Digo que confíen en nosotros. Detrás de escena, estamos trabajando”. Dos días antes de viajar a Estados Unidos, todavía en México, un olor alertó a la concentración iraní. Llamaron a la policía. En un auto con patente estadounidense encontraron un cadáver. Total normalidad. Irán viajó a Los Ángeles para jugar su partido contra Nueva Zelanda, en un estadio colmado por iraníes que viven en Estados Unidos. En la previa los futbolistas no quisieron opinar sobre la guerra entre su país y el anfitrión, ya habían llegado a México con un pin con el número 168, en homenaje a las víctimas de uno de los bombardeos. El partido transcurrió con normalidad. Salvo por dos hechos que habrán roto la calma chill de Infantino. Después de uno de los goles, en la tribuna de Irán aparecieron unas letras que decían: MINAB 168. Y Mohamad Mohebi festejó el segundo haciendo de sus manos dos armas con las que disparó imaginariamente al aire. Todo gol es político. Quizás el próximo paso de la FIFA sea prohibir los goles iraníes.

    El mundial mcdonalizado

    El mundial que arrancó el jueves pasado tiene la particularidad de haberse inaugurado tres veces. Tres tristes tigres tragaban trigo en un trigal e inauguraban un mundial. Primero en México, después en Canadá y finalmente en Estados Unidos. La noche anterior a la primera apertura, la mexicana, Manuel Adorni nos contó los beneficios de invertir en criptomonedas y guardarlo para la posteridad en un pendrive. Algo une a Infantino con el jefe de Gabinete, además de un pasado con alopecia, y es la gran diferencia entre la imagen que proyectan de sí mismos frente a lo que ven el resto de los mortales.

    La primera sorpresa se dio antes de que la pelota se moviera y tuvo que ver con una canción. No, nada que ver con Shakira y su supuesta doble. Para esta copa, la FIFA innovó en el ingreso de los equipos. Ahora entran a la cancha los planteles completos y rodean el círculo central. En cada partido de fondo suena “Sirius”, una canción de 1982, escrita y ejecutada por Alan Parsons, la misma que daba la bienvenida a los Chicago Bulls de Jordan. Un souvenir, un mojón de estos tiempos donde todo se refrita: camisetas retro homenajeando viejos equipos, discos de duetos reviviendo canciones, formatos televisivos imitados en stream. Deje de gritarle a la nube, anciano, dirá el lector.

    El partido inaugural repitió el del Mundial de 2010: México contra Sudáfrica. Los sudafricanos entraron al calentamiento entonando en coro una canción llamada “Shosholoza”, un viejo canto de los trabajadores que llegaban de Zimbabue a trabajar en las minas. La canción, que habla de la unión colectiva, no se vio reflejada dentro de la cancha: Sudáfrica perdió dos a cero contra México y fue uno de los equipos más flojos de la primera fecha. Lo peor de ese partido y de todos los partidos es esa aberración llamada “pausa de hidratación”. Culin breik. El fútbol desde sus inicios se jugó en dos tiempos de cuarenta y cinco minutos, pero la basquetbolización, la locura de Infantino por encantar a los yanquis y la inescrupulosa búsqueda de beneficios por parte de la televisión, nos traen la novedad de partir cada tiempo en dos. Con el espanto de meter un corte comercial de tres minutos que corta el ritmo del partido y la atención de los que lo miramos.

    Los yanquis le devolvieron los mimos a la FIFA: llenaron el estadio y le pusieron onda. Tom Cruise, Paris Hilton, una tipa vestida de la estatua de la libertad y Leo Di Caprio. Lloraron faltas, abuchearon al árbitro y gritaron iu-es-ei. Puede que Infantino sea recordado como el presidente que conquistó a los yanquis. El resto del mundo se acordará de él como un traidor.

    Esa misma primera noche Corea del Sur mostró que no todo es BTS, que la evolución de los últimos mundiales sigue su camino y le ganó a Chequia —el rebranding de República Checa, antes Checoslovaquia—. Corea del Sur es uno de los ejemplos de que al mundial de 48 selecciones hay que tenerle paciencia. Si hay que darle tiempo a algo, mejor que sea a un mundial y no a un ministro que se timbeó el país en temporadas anteriores. Otros casos testigo son Japón, Marruecos, Arabia Saudita, Egipto o Senegal, selecciones que empezaron a clasificar con regularidad con los mundiales de 32 —a partir de Francia 98— y fueron creciendo con el correr de las competencias. Lo mismo ocurrirá más temprano que tarde con otras naciones que ganen competencia con este nuevo formato. Seguramente haya que esperar un par de mundiales para ver como se materializa esta humilde profecía, aunque en esta edición ya vimos cómo varios seleccionados que supuestamente eran relleno le hicieron partido a las grandes potencias. Haití se paró de manos contra Escocia. Y Cabo Verde, saludo a su comunidad afincada en nuestro Dock Sud, le robó un empate a la candidata España. Algo une a Haití con Cabo Verde, además de su carácter insular, y es la conformación de sus planteles con futbolistas que no nacieron en esos países. El mundial de los hijos de las diásporas. 

    Se lleva en la sangre

    A finales de la década del noventa, Francia y Países Bajos empezaron a incluir futbolistas nacidos en sus colonias o a los hijos de migrantes relegados a los márgenes de las grandes ciudades. El documental Les bleus cuenta cómo la selección francesa campeona del mundo en 1998, colaboró para que parte de la sociedad reconociera como compatriotas a los negros y a los árabes. Las grandes figuras de esa selección tenían su origen en lo que muchos consideraban extranjeros y otros, como Jean-Marie Le Pen, como invasores. El siglo XXI siguió en esa dirección, las potencias europeas buscaban sus talentos en los márgenes y los márgenes eran migrantes. El fútbol necesita del desorden y este no se encuentra en la pulcritud de las academias. Así aparecen Lamine Yamal, figura de España y de padres marroquíes; Kylian Mbappé, crack francés de sangre argelina; Folarin Balogun, goleador de Estados Unidos de origen nigeriano; Jamal Musiala, talentoso alemán también de familia nigeriana.

    El caso más extraño se dio en el partido entre Suecia y Túnez cuando Yasin Asari marcó el primer gol para los suecos y pidió disculpas. La famosa ley del ex, pero versión selecciones. Asari tiene origen tunecino así que no gritó el gol. Algo similar a lo que ocurrió el mundial pasado cuando Achraf Hakimi, nacido en España, hizo el penal con el que Marruecos eliminó a su país de origen. Este último caso creció en los últimos dos mundiales. Ahora también son las selecciones “menores” las que buscan futbolistas nacidos fuera de su territorio. Los hijos de la diáspora. En el partido entre Marruecos y Brasil, por ejemplo, la selección marroquí llegó a alinear once jugadores nacidos en otros países. Roberto Lopes juega para Cabo Verde y su primer contacto con la selección, fue a través de Linkedin. Contó que cuando leyó el mensaje que le había enviado el entonces entrenador caboverdiano, creyó era un spam. Otro es Jean-Ricner Bellegarde, el diez de Haití, nacido en Colombes, Francia. Los ejemplos sobran, en total son 289 futbolistas los que nacieron fuera de los países que representan.

    El debate sobre la representación se abre en dos direcciones: están los que deciden representar al país donde nacieron y los que prefieren defender la bandera de sus madres y padres. La discusión de fondo es si tira más la tierra o la sangre. En los casos de las grandes selecciones hay una paradoja: aquellos habitantes que suelen ser discriminados, condenados a vivir en guetos, son mirados con cariño cuando hacen goles y juegan bien al fútbol. Los resultados exponen la hipocresía, cuando ganan son compatriotas —como en el caso de los campeones del mundo en Francia en el 98 o en el 2018— pero cuando pierden es por culpa de esos mismos extranjeros. Algo así planteó el diputado provincial libertario Agustín Romo luego del empate entre España y Cabo Verde: “El problema de la selección de España es que la mitad no son españoles”. Había que preguntarle qué pensaba en la Eurocopa pasada cuando España ganaba con las gambetas de Lamine Yamal. Escenas de fútbol y xenofobia, como las que se vivieron en marzo de este año en el amistoso entre españoles y egipcios en el RCDE Stadium de Barcelona. Esa noche catalana  cantaron “musulmán el que no bote”. Musulmán como Yamal, su principal figura. Lamine expuso a sus compatriotas: “Sé que iba por el equipo rival y no era algo personal contra mí, pero como persona musulmana no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable”.

    Kansas City, here we go

    Jerome Leiber y Michael Stoller, dos compositores estadounidenses de rhythm and blues, tuvieron escondida una de sus grandes joyas durante casi diez años. A comienzos de la década del cincuenta, escribieron una canción que grabó Little Willie Littlefield con el título “KC lovin’”. Casi el nombre de un combo en KFC, la casa de comidas rápidas que comparte iniciales con Cristina. Varios años después, Wilbert Harrison grabó la versión que se haría mundialmente famosa con otro título: “Kansas City”. Kansas City allá vamos podría ser uno de los videos motivacionales que publica la AFA. Esta noche, después de empacharnos esperando las derrotas de las grandes selecciones, llega nuestro debut. Hace doce años que Argentina no gana en su primer partido. Hago esta aclaración para aquellos que piensan que Argelia es cosa fácil, como soplar y hacer botellas o twittear pavadas siendo presidente.

    Como en 2022, el debut nos agarra moqueando. Dos días antes del partido contra Arabia Saudita en Qatar, se nos fue Hebe de Bonafini. Ahora nos toca llorar a Taty Almeida. En tiempos de sentirnos cada vez más solos, los partidos de la selección son una posibilidad para juntarnos y creer en algo. La ilusión no se negocia, las ganas de alegrarnos por algo tampoco. Por un mes y pico, en el mejor de los casos, las charlas no rondarán en torno a deudas, despidos o la utopía de llegar a fin de mes, esperamos por lo menos mecharlas con elogios a los movimientos de Enzo Fernández, comentarios a los bailes de Dibu Martínez o elucubraciones sobre la relación entre Messi y el paso del tiempo. 

    La Scaloneta llega un poco recauchutada. Si bien son pocos los nombres nuevos respecto del mundial anterior, las noticias en estos últimos días son partes médicos. Que el Dibu se pudo poner guantes, que Julián llega bien, que Tagliafico se pierde la primera fase, que Paredes tiene o no tiene un desgarro, que Cuti Romero está joya nunca taxi. Arrancar un mundial con jugadores sin ritmo es peligroso, pero quiénes somos nosotros, simples mortales, para discutir con el Comandante Scaloni.

    El rival, como hace cuatro años, es un equipo árabe. Argelia cuenta como principales figuras a Riyad Mahrez y a Luca Zidane, el hijo de Zinedine. Argentina tiene la chance de ser la primera selección sudamericana en ganar en este mundial, luego de las derrotas de Paraguay y Ecuador, y los empates de Brasil y Uruguay. Argelia, después Austria y el cierre con Jordania. Con un ojo ansioso puesto en el grupo de Uruguay y España: el segundo de ese grupo será nuestro rival en dieciseisavos de final. Y sí, en estos momentos, en la previa a un debut, uno solo imagina lo mejor, eso empieza con pasar primeros.

    En estos días volví a escuchar Es mentira, el primer y poco valorado disco de Miranda. Las canciones ya tienen esa mezcla entre Virus, Depeche Mode y Valeria Lynch que los caracteriza. Entre ellas encontré un mantra para estas horas previas. “Qué será”, se pregunta Ale Sergi en “Horóscopo”. “Será lo que Dios disponga”, se consuela. Pero luego se anima a soñar, en una frase para tatuarse cuando arranca un mundial: “Que el cielo nos corresponda”.

    La entrada Que el cielo nos corresponda se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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