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COVID-19: medidas vigentes en la ciudad hasta el 9 de julio

La Municipalidad de Villa Regina adhiere a la Resolución N° 4770 del Ministerio de Salud de Río Negro que dispuso extender las medidas sanitarias destinadas a contener los contagios de COVID-19 hasta el 9 de julio inclusive.

CIRCULACIÓN

La restricción a la circulación de las personas será entre las 22 y las 6 del día siguiente.

ACTIVIDADES SUSPENDIDAS

– Las reuniones sociales en domicilios particulares, salvo para la asistencia de personas que requieran especiales cuidados.

– Las reuniones sociales en espacios públicos al aire libre de más de DIEZ (10) personas.

– La realización de todo tipo de eventos sociales y recreativos en lugares cerrados que impliquen concurrencia de personas.

– La actividad de discotecas.

HABILITACIONES ESPECIALES

– Los locales gastronómicos (restaurantes, bares, etc.) podrán funcionar hasta las 24 horas, con un máximo del 50% del aforo en relación con la capacidad máxima habilitada, con adecuada y constante ventilación y con estricta sujeción a los protocolos aprobados. Los propietarios, empleados y aquellos clientes que se encontraren en esos establecimientos a la hora de cierre dispuesta, dispondrán de hasta 60 minutos adicionales para retirarse de los mismos y llegar a sus domicilios de residencia dentro de ese lapso, debiendo acreditar tal circunstancia mediante comprobante de consumo o similar.

– Los locales comerciales de cualquier rubro podrán funcionar respetando el horario de circulación habilitado.

– Las farmacias y estaciones de servicio -únicamente para el expendio de combustibles- podrán funcionar durante las 24 horas.

– La realización de actos públicos y protocolares, aniversarios y fiestas populares, sin aglomeración de personas y respetando el distanciamiento social.

– La práctica deportiva en espacios públicos y privados cerrados con el 50% del aforo, sin público.

– La actividad deportiva en espacios públicos o privados al aire libre, en grupos de hasta 30 personas, sin asistencia de público.

– La realización de eventos, encuentros y competencias deportivas, profesionales o amateurs, podrá realizarse sin público asistente, evitando toda aglomeración de personas, en espacios públicos o privados, sean éstos cerrados o al aire libre. No se permite la apertura de bufets, cantinas u otros espacios similares.

– La realización de eventos religiosos en lugares cerrados que impliquen concurrencia de personas, en los que deberá observarse, como máximo, un 30% de aforo.

– Las clases presenciales y ensayos de actividades artísticas, individuales o en grupos reducidos de hasta 10 personas con sistema de “burbujas”, según protocolo y con un aforo máximo del 30% del espacio donde se realizan.

– La apertura de bibliotecas con entrega de libros y las salas de lectura de las bibliotecas con máximo de aforo de hasta el 50% de su capacidad.

– La realización de actividades en cines, teatros y salas de espectáculos de centros culturales a los efectos del desarrollo de artes escénicas, con y sin asistencia de espectadores. En las salas de teatros y de espectáculos se permite un 50% de aforo, sin expendio de bebidas y comidas y en los cines se permite un 30% de aforo, con expendio de golosinas y bebidas.

– La actividad de casinos y bingos, durante el horario de circulación permitido, con un aforo máximo del 50% del espacio disponible.

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    La ciudad argentina que desapareció bajo el agua y nunca volvió a ser la misma

     

    Durante décadas fue uno de los pueblos más prósperos del interior bonaerense. Tenía hoteles, comercios, una intensa actividad turística y miles de visitantes cada temporada. Pero una inundación extraordinaria cambió para siempre su historia y convirtió a Villa Epecuén en una ciudad fantasma que hoy atrae visitantes de todo el mundo.

    Por Redacción de NLI

    Las ruinas de una ciudad suelen asociarse con civilizaciones antiguas o con guerras devastadoras ocurridas a miles de kilómetros de la Argentina. Sin embargo, existe un lugar donde el tiempo parece haberse detenido hace apenas unas décadas. Calles que ya no conducen a ningún sitio, árboles convertidos en esqueletos blancos por la sal, edificios sin techos y automóviles deformados por el agua conforman un paisaje que muchos comparan con un escenario posapocalíptico. Se trata de Villa Epecuén, en el partido bonaerense de Adolfo Alsina, una localidad cuya historia resume tanto la capacidad de progreso del interior argentino como la fragilidad de las obras humanas frente a la naturaleza.

    Un pequeño pueblo que soñó con convertirse en un gran centro turístico

    La historia de Villa Epecuén comenzó a principios del siglo XX alrededor de un recurso natural excepcional: las aguas hipersalinas de la laguna Epecuén, cuya concentración de sal supera ampliamente la del mar. Desde muy temprano se difundió la idea de que esos baños poseían propiedades terapéuticas para aliviar enfermedades reumáticas, afecciones dermatológicas y distintos trastornos musculares. Más allá de las discusiones científicas sobre la magnitud de esos beneficios, el fenómeno alcanzó una enorme popularidad y transformó a la localidad en uno de los principales destinos turísticos del país.

    Durante las décadas de 1940, 1950 y 1960, miles de familias llegaban cada verano para disfrutar de los baños salados. La ciudad creció al ritmo de esa actividad. Se construyeron hoteles, hosterías, restaurantes, comercios y centros recreativos que generaban empleo para buena parte de la región. En su mejor momento, Villa Epecuén llegó a contar con más de un centenar de establecimientos hoteleros y una infraestructura capaz de recibir decenas de miles de visitantes por temporada. Era uno de esos ejemplos de desarrollo regional que demostraban cómo un recurso natural podía convertirse en el motor económico de toda una comunidad.

    Sin embargo, ese crecimiento convivía con un riesgo conocido desde hacía décadas. La laguna formaba parte de un complejo sistema hídrico del sudoeste bonaerense donde las variaciones climáticas podían modificar considerablemente el nivel del agua. Ingenieros y especialistas advertían periódicamente sobre la necesidad de mantener y reforzar las defensas que protegían al pueblo, aunque durante años la amenaza pareció lejana.

    La inundación que borró una ciudad del mapa

    A comienzos de la década de 1980, una sucesión de lluvias extraordinarias alteró el equilibrio de toda la cuenca. Los niveles de agua aumentaron de manera constante y comenzaron a ejercer una presión cada vez mayor sobre el terraplén que protegía Villa Epecuén. Finalmente, el 10 de noviembre de 1985, una parte de esa defensa cedió y el agua avanzó sobre la localidad.

    Lo que inicialmente parecía una inundación más terminó convirtiéndose en una catástrofe sin precedentes. En cuestión de semanas, el nivel del agua siguió creciendo hasta cubrir completamente calles, viviendas y edificios públicos. La evacuación de la población evitó una tragedia humana de mayores dimensiones, pero significó el abandono definitivo de una ciudad que había tardado más de medio siglo en construirse.

    Con el correr de los años, la laguna llegó a cubrir Villa Epecuén con varios metros de agua. Allí quedaron automóviles, muebles, hoteles enteros y recuerdos de miles de familias que nunca pudieron regresar. Durante casi dos décadas, el pueblo permaneció oculto bajo la superficie, convertido en una especie de Atlántida bonaerense cuya existencia sobrevivía únicamente en fotografías y relatos de antiguos habitantes.

    El regreso de las ruinas y la memoria de un pueblo

    A partir de los primeros años del siglo XXI, un prolongado descenso del nivel del agua comenzó a revelar lentamente las estructuras que habían permanecido sumergidas durante años. El paisaje que emergió sorprendió incluso a quienes habían vivido allí. La acción combinada del agua y de la sal había transformado completamente la ciudad. Los árboles aparecieron blanqueados como esculturas minerales, las paredes conservaron apenas sus esqueletos de hormigón y muchos objetos quedaron cubiertos por gruesas capas de cristales salinos.

    Lejos de desaparecer del imaginario colectivo, Villa Epecuén encontró una nueva forma de existencia. Fotógrafos, documentalistas, historiadores y turistas comenzaron a visitar las ruinas atraídos por un escenario único en América Latina. Incluso deportistas de reconocimiento internacional eligieron ese paisaje para filmaciones y producciones audiovisuales, contribuyendo a que las imágenes del antiguo pueblo recorrieran el mundo.

    Pero detrás del atractivo turístico permanece una historia profundamente humana. Las ruinas no representan solamente una curiosidad paisajística; son el recuerdo de una comunidad que perdió su lugar de pertenencia, de comerciantes que vieron desaparecer su trabajo y de familias que debieron reconstruir su vida lejos del sitio donde habían nacido. Al mismo tiempo, la experiencia de Villa Epecuén continúa alimentando debates sobre la planificación territorial, las obras hidráulicas, el impacto de los eventos climáticos extremos y la necesidad de pensar el desarrollo con una mirada de largo plazo.

    Hoy, caminar por las calles de Villa Epecuén significa recorrer una ciudad donde el tiempo parece haberse detenido en 1985. Cada pared derruida y cada árbol petrificado por la sal recuerdan que el progreso nunca está completamente garantizado y que la relación entre las sociedades y la naturaleza exige planificación, inversión y conocimiento. Tal vez por eso su historia siga despertando fascinación: porque demuestra que incluso en la inmensidad de la llanura bonaerense existen lugares capaces de condensar, en unas pocas cuadras, la grandeza y la fragilidad de toda una comunidad.

     

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