Vivimos hace años en una era en donde los silencios de la «información oficial» se camuflan con una contrainformación informada.
Desde WikiLeaks hasta Snowden, desde desconocidos hackeos hasta mecanismos de contrainteligencia, estos y algunos más se configuran como las fuentes de evidencia de una realidad que no está al alcance de todos…
Sin embargo, los comentarios en las redes sociales abundan en sospechas de ocultamiento de datos. Entonces,
¿Hasta dónde es beneficioso para el pueblo el ocultamiento de la información? ¿No saber ciertos datos contribuye a resguardar la seguridad de las personas? ¿Hasta qué punto se viola la autonomía o privacidad individual? ¿El desocultamiento de documentación confidencial es un delito o una forma de democratizar la información?
La pandemia se ha constituido como un síntoma de ocultamiento de la información, y los gobiernos más autoritarios han sabido sacar provecho de ello. Porque en definitiva, nunca vamos a saber con certeza cuántos infectados o muertos hay en cada país.
Las luchas política-militares y económicas por la hegemonía del poder, el saber y el control social se han entretejido como redes ultrasecretas para mostrar parcialmente una complejidad mucho más profunda.
Y no es por casualidad que nos preguntemos cuál va a ser el futuro de las sociedades después de esto, no, no lo es. Un claro ejemplo de la manipulación politico-mediática se manifiesta cuando se habla de «éxito», y ahí, en el hiper-control de los Estados es cuando también se habla en nombre de la «seguridad nacional», generando así abusos de poder que quedan aparentemente justificados…
Por otro lado, la «liberación social», propuesta por gobiernos como el de EEUU o Brasil, nos demuestran que un contragolpe es posible, ya no a través del control, sino a través de mandadatos contradictorios y tardíos que propulsó la muerte de miles de personas.
Entonces, nos situamos en la paradójica situación en dónde el extremo control o la liberación desmedida funcionan como las dos caras de una misma moneda.
Ni optimismo, ni pesimismo, ni cuantificación, ni cualificación, los conjuntos de los conjuntos de una virtual realidad, o de una realidad virtual formada por algoritmos de búsqueda personal mientras los sistemas de vigilancia siguen al acecho para pescar con una carnada hechas de bits.
Rodeado de las figuras más importantes del entramado productivo bonaerense, Axel Kicillof trazó un oscuro diagnóstico de la situación industrial y les advirtió a los referentes de cámaras sectoriales que es «la macro de Milei lo que los está fundiendo».
«El objetivo de Milei es desindustrializar el país. Es un objetivo central, constitutivo. Lo que yo les quiero decir es que no es que algo está andando mal. La política económica está funcionando en el sentido de dar los frutos esperados. Está quebrándolos a todos ustedes. Ese es el objetivo», dijo el gobernador durante el acto por el Día de la Industria.
La actividad se realizó en Morón, en el Parque Industrial Tecnológico Aeronáutico, y hubo una particularidad: diez industriales pudieron expresar frente a Kicillof y sus ministros los problemas que atraviesa su sector.
«Milei quiere cambiar la matriz industrial histórica. Ese es uno de los puntos centrales. Yo creo que el famoso proyecto económico y la batalla cultural tiene como eje central la desindustrialización de la Argentina», dijo el gobernador.
Hubo algunos contrapuntos, incluso entre los propios industriales. El flamante presidente de UIPBA, Alejandro Gentile, volvió a plantear la necesidad de eliminar Ingresos Brutos, un planteo que días atrás el industrial de Techint le llevó al propio Kicillof.
«Bajo ningún punto de viste buscamos achicar el Estado. Lo que queremos es acercar una propuesta para mejorar lo más rápido posible la situación de las PyMES», dijo y aclaró que «el peor de los males para la industria es la caída del consumo, el contrabando, la competencia desleal y China».
Milei quiere cambiar la matriz industrial histórica. Ese es uno de los puntos centrales. El proyecto económico y la batalla cultural tiene como eje central la desindustrialización de la Argentina.
Curioso, cuanto tocó el turno de Fernando Mutti, representante de Fenaba, le salió al cruce a Gentile. «Yo entiendo que hay que ir a una reforma tributaria, me encantaría no pagar ningún impuesto pero hay que cuidar a la provincia de Buenos Aires», dijo.
Mutti lanzó varios elogios al gobernador y contó que gracias al gobierno provincial consiguió su empresa consiguió invertir en una maquina abocardadora (una máquina que utiliza para ensanchar de forma cónica el extremo de un tubo) que mandó a pedir a China. «Conseguimos el financiamiento gracias al gobierno bonaerense porque cuando el Estado se pone la camiseta de la industria, suceden cosas maravillosas», dijo.
Le siguió Pablo Gaspari, representante de la Cámara de Industriales Fundidores (CIFRA) quien no dudó en cruzar a Mutti por comprar en China lo que se puede fabricar en Argentina. «A mí me hubiese gustado que la abocardadora que compraron los de Fenaba se fabrique en Argentina. Acá tenemos la capacidad para fabricar la mayoría de las máquinas que necesita la industria», dijo. Gaspari además cruzó algunos números que mostró el ministro de Producción, Augusto Costa, al inicio del acto: «Nuestros números no coindicen con los de la provincia, son peores», le dijo.
El gobernador descartó la posibilidad de hacer cambios en Ingresos Brutos y citó un estudio de la Fundación FADA que establece que el 94% de los impuestos son nacionales. «Podemos hablar uno, dos o tres puntos menos de Ingresos Brutos pero no va a cambiar la ecuación», dijo.
Cuando escucho a los industriales decir: ‘bueno, pero la macro está bien’, siento que prácticamente es un daño autoinfligido.
Kicillof planteó que no se trata de libre mercado sino que las políticas del gobierno son decisiones deliberadas. «Se trata de la intervención del Estado. Hay un Estado fuerte que interviene en la economía para generar esta política económica que es de desindustrialización. Otra gran mentira. ¿Qué libre mercado? Si son todas decisiones del Estado desindustrializar», dijo el gobernador.
«Es la macro de Milei. La famosa macro que, teóricamente, anda bien tiene como objetivo desindustrializar el país», dijo Kicillof y siguió con una críticas hacia los industriales que festejan la macroeconomía del gobierno libertario.
«Cuando los escucho decir: ‘bueno, pero la macro está bien’, siento que prácticamente es un daño autoinfligido. Dicen ‘bueno, habría que cambiar tal cosa, pero dejemos la macro’. Es la macro lo que los está fundiendo».
El jueves 13 de septiembre el concejo deliberante (CD) de la ciudad aprobó por unanimidad otorgar un aporte económico a una de las tantas iglesias que se han instalado en nuestra ciudad durante los últimos años. Es sabido que la Constitución Nacional (CN) en su artículo 2 sostiene el culto católico apostólico romano pero también…
Para un análisis de discurso de colegio secundario: ¿Qué significado cultural tiene que se haga un discurso político público en la argentina actual copiando solapada y textualmente el guión berreta de una famosa peli de hollywood? ¿Cómo relaciona este acontecimiento con las ideas de colonización y dependencia? Apuntes rápidos sobre medios & comunicación V.
El endurecimiento del reclamo argentino sobre las Islas Malvinas tuvo una reacción inmediata en uno de los dirigentes más representativos del nacionalismo británico. Boris Johnson, ex primer ministro del Reino Unido y hombre que hasta hace poco elogiaba públicamente a Javier Milei, reclamó que Londres envíe refuerzos militares al archipiélago, incluyendo cazas, tropas y unidades navales. La respuesta expone una paradoja incómoda para el Gobierno argentino: la afinidad ideológica con figuras de la derecha británica no modifica, cuando se trata de Malvinas, la defensa cerrada que esas mismas figuras hacen de la ocupación colonial.
Por Luis Bulnes Valdez para NLI
Durante años Javier Milei hizo de su admiración por Margaret Thatcher uno de los aspectos más provocadores de su construcción política, aun cuando la ex primera ministra británica fue quien condujo al Reino Unido durante la guerra de 1982. También cultivó relaciones con referentes conservadores británicos y fue presentado por el propio Boris Johnson como una suerte de emblema internacional de la batalla contra el Estado y el intervencionismo económico. Pero el conflicto de soberanía demostró una vez más los límites concretos de esas afinidades: cuando Buenos Aires elevó el tono sobre Malvinas, Johnson abandonó cualquier camaradería ideológica y pidió incrementar la capacidad militar británica frente a la Argentina.
De los elogios a Milei al pedido de militarización
Johnson publicó una columna en el Daily Mail después de la cadena nacional en la que Milei volvió a colocar la cuestión Malvinas en el centro de la agenda argentina. El dirigente conservador reclamó al gobierno británico de Andy Burnham que actúe con rapidez y envíe refuerzos a las islas, planteando explícitamente la posibilidad de sumar aviones de combate, efectivos militares o unidades navales. Su artículo fue presentado bajo una consigna inequívoca: Londres debía “tomar el control” de la situación y reforzar inmediatamente el archipiélago.
El pedido no surge en el vacío. Milei anunció el endurecimiento de las sanciones contra compañías que exploten hidrocarburos en el área de Malvinas sin autorización argentina, anticipó modificaciones legales para ampliar la capacidad punitiva del Estado y ratificó la construcción de una base naval integrada en Tierra del Fuego. El principal foco económico es Sea Lion, el gigantesco proyecto petrolero operado por Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration, cuya explotación proyectada volvió a transformar el conflicto territorial en una disputa inmediata por recursos estratégicos.
En su intervención, Johnson también vinculó el cambio de clima diplomático con las recientes declaraciones de Donald Trump, quien admitió que Washington está revisando su posición sobre Malvinas. Estados Unidos mantiene históricamente una posición formalmente neutral respecto de la disputa de soberanía, aunque en 1982 el gobierno de Ronald Reagan terminó dando apoyo decisivo al Reino Unido durante la guerra. Trump no anunció todavía una modificación concreta de esa política, pero la sola posibilidad de una revisión fue interpretada por sectores británicos como una señal que obliga a Londres a extremar precauciones.
Johnson reconoció precisamente esa incomodidad. Según sostuvo, Milei habría aprovechado el nuevo escenario internacional para intensificar el reclamo argentino. El dato resulta particularmente significativo porque el ex premier británico conoce bien al Presidente argentino y anteriormente había destacado su admiración por Thatcher. Aquella simpatía política, sin embargo, termina exactamente donde comienza la cuestión territorial: para Johnson, Malvinas sigue siendo una posición británica que debe preservarse incluso mediante una ampliación de su despliegue militar.
Una ocupación sostenida por una estructura militar permanente
El reclamo de nuevos refuerzos tampoco parte de una presencia militar simbólica. El Reino Unido mantiene desde hace décadas una infraestructura permanente en las islas cuyo eje es el Mount Pleasant Complex, construido después de la guerra de 1982. La propia Royal Air Force informa actualmente que allí se encuentran desplegados cuatro cazas Typhoon FGR4, además de un avión cisterna Voyager y un transporte militar Atlas A400M. Londres define oficialmente a las British Forces South Atlantic Islands como una estructura destinada a realizar una “demostración visible” de su soberanía sobre Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur.
El Ministerio de Defensa británico evita informar públicamente la cantidad exacta de efectivos actualmente destinados en el Atlántico Sur alegando razones de seguridad operativa. En marzo de este año, ante una pregunta formal presentada en el Parlamento británico sobre el nivel de fuerzas existente en Mount Pleasant, el gobierno se negó expresamente a proporcionar las cifras. Lo que sí sostiene Londres es que revisa periódicamente el despliegue y que su presencia militar posee, según su interpretación, carácter “defensivo”.
Esa caracterización resulta inevitablemente discutible desde la perspectiva argentina. Para Buenos Aires, las islas forman parte del territorio nacional ocupado ilegalmente por una potencia extranjera desde 1833, mientras que la disputa de soberanía permanece reconocida en el sistema de Naciones Unidas y la Argentina sostiene constitucionalmente que su recuperación debe realizarse respetando el derecho internacional y los intereses de los habitantes. Londres, en cambio, fundamenta su posición en el principio de autodeterminación y en el referéndum celebrado entre los habitantes de las islas en 2013. La existencia de esas posiciones contrapuestas es precisamente la razón por la que Naciones Unidas ha reclamado históricamente negociaciones entre ambos Estados.
El elemento nuevo es que la disputa dejó nuevamente de ser exclusivamente diplomática. La próxima explotación de hidrocarburos convierte al Atlántico Sur en un espacio donde se cruzan soberanía, petróleo, rutas marítimas, proyección antártica y presencia militar. El yacimiento Sea Lion tendría recursos estimados en alrededor de 1.700 millones de barriles, una dimensión suficiente para modificar estructuralmente la economía de las islas y consolidar todavía más la ocupación británica mediante ingresos provenientes de recursos cuya explotación la Argentina considera ilegítima.
El límite de las afinidades ideológicas
La reacción de Johnson deja además una enseñanza política que excede la coyuntura. Durante buena parte de su carrera, Milei subordinó numerosas definiciones internacionales a afinidades ideológicas y personales: su cercanía con Trump, su admiración por Thatcher o su identificación con dirigentes conservadores europeos y británicos fueron presentadas como herramientas capaces de mejorar la inserción argentina. Pero los Estados actúan primordialmente según intereses nacionales, y Malvinas vuelve a ofrecer una demostración difícilmente más gráfica.
Johnson puede elogiar el programa económico de Milei, compartir su discurso contra el Estado y celebrar su admiración por Thatcher. Nada de eso impide que, frente al reclamo argentino, pida más cazas, más soldados y más barcos británicos en territorio cuya soberanía reclama la Argentina. La afinidad partidaria desaparece allí donde Londres considera comprometido un interés estratégico propio.
El episodio también obliga a administrar cuidadosamente el nuevo giro discursivo del Gobierno argentino. Milei aseguró en su cadena nacional que la Argentina no busca una resolución militar y que su estrategia continuará dentro de los canales diplomáticos. La respuesta británica, sin embargo, demuestra cómo cualquier escalada retórica puede ser utilizada por los sectores más duros de Londres para justificar una mayor militarización del Atlántico Sur. Johnson cerró su planteo recuperando una máxima de tradición militar: la paz, sostuvo, exige estar preparado para la guerra.
Para la Argentina, el desafío es exactamente el inverso: fortalecer el reclamo soberano sin entregar argumentos para consolidar la ocupación militar que pretende cuestionar. Eso supone recuperar capacidad diplomática, construir apoyos internacionales, impedir jurídicamente la explotación unilateral de recursos y sostener una política de Estado consistente en el tiempo. Porque la respuesta de Boris Johnson acaba de recordarlo con una claridad brutal: detrás de las sonrisas, los elogios y las coincidencias ideológicas, cuando Londres escucha la palabra Malvinas, responde todavía pensando en términos de poder, recursos y control territorial.
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