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Continúan los trabajos para mejorar la captación de agua en las plantas

La Secretaría de Obras y Servicios de la Municipalidad de Villa Regina continuó esta semana con los trabajos para mejorar el caudal de captación de agua en las bombas. En este caso se llevaron adelante tareas de dragado en la entrada del río Negro para alimentar el filtro y, de esta manera, aumentar el caudal en la boca toma de la planta de General Enrique Godoy.

Por otro lado quedó en funcionamiento una bomba que incrementará el abastecimiento al sistema de bombeo, a partir del trabajo realizado por el Director de Obras Sanitarias Daniel Paravano junto al personal de mecánicos de bomba.

Esto se suma a lo realizado en la boca toma de la planta de bombeo de la Avenida Juan XXIII con el mismo objetivo.

El secretario de Obras y Servicios Francisco Lucero explicó que la tarea apunta a que “pueda ingresar mayor caudal a la toma donde están las bombas que impulsan el agua a la planta potabilizadora, de esta manera nos estamos adelantando a la situación que no sólo nosotros vamos a tener con la emergencia hídrica que se anunció desde la AIC”.

Lucero aclaró que, más allá de estos trabajos, “será fundamental la colaboración de los vecinos en el uso racional del agua”.

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    El régimen iraní decidió cerrar el estratégico estrecho de Ormuz donde  concentra aproximadamente el 20% del gas natural licuado global y entre el 20% y el 25% del petróleo y sus derivados.

    Lo comunicó el comandante de la Guardia Revolucionaria iraní y advirtió que incendiará embarcaciones que busquen ingresar a la vía fluvial, paralizando la producción mundial de petróleo. «También atacaremos los oleoductos y no permitiremos que salga ni una sola gota de crudo de la región», insistió. 

    El estrecho reúne alrededor de una quinta parte del consumo mundial de petróleo pasa por el estrecho de Ormuz, una ruta comercial que conecta a los productores de petróleo de Medio Oriente con mercados clave en la región de Asia-Pacífico, Europa y América del Norte.

    Este angosto canal -en su punto más estrecho separa a Omán de Irán tan solo 33 kilómetros- es una vía marítima clave para el comercio global que está ahora en el foco de los mercados.

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    «El estrecho (de Ormuz) está cerrado. Si alguien intenta pasar, los héroes de la Guardia Revolucionaria y la armada regular incendiarán esos barcos», afirmó Ebrahim Jabari, asesor principal del comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria, en declaraciones divulgadas por medios iraníes. Se trata de la primera vez que Irán anuncia un cierre completo del estrecho y amenaza con ataques militares al tráfico marítimo.

    El estrecho (de Ormuz) está cerrado. Si alguien intenta pasar, los héroes de la Guardia Revolucionaria y la armada regular incendiarán esos barcos.

    Un informe de la BBC indica que las disrupciones previstas en el mercado global del petróleo debido a este conflicto dispararon el precio del crudo en las últimas horas, incluso antes de que Teherán anunciara el cierre del estrecho de Ormuz. Lo mismo sucedió con el precio del gas natural, que este lunes subió un 40% en Europa.

    Limitado al norte por Irán y al sur por Omán y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), este corredor -que tiene solo unos 50 km de ancho en su entrada y salida, y aproximadamente 33 km en su punto más estrecho- conecta el Golfo con el mar Arábigo.

    Militares iraníes en un buque de guerra de la nación islámica.

    El canal tiene dos vías marítimas, y cada una mide apenas 3 km. Más allá de su extensión, el estrecho es lo suficientemente profundo como para permitir el paso de los barcos petroleros más grandes del mundo.

    En los últimos dos años alrededor de 20 millones de barriles de petróleo pasaron diariamente por el estrecho de Ormuz, según estimaciones de la Administración de Información Energética de EEUU, lo que representa un comercio energético anual de más de US$500.000 millones.

    Irán lanza misiles supersónicos sobre Jerusalén y mueren 9 personas en una sinagoga 

    El cierre afecta con fuerza a todos los países del Golfo como Arabia Saudita, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos a los que Irán decidió atacar por su alineamiento con Israel y Estados Unidos. 

    Esta mañana, los iraníes bombardearon dos refinerías, una saudí y otra en Kuwait y la empresa Qatar Energy forzó la suspensión total de la producción de gas natural licuado (GNL) luego que sus dos principales centros de procesamiento fueran blanco de ataques con drones.

    China apoya a Irán en salvaguardar su soberanía, seguridad, integridad territorial y dignidad nacional

    Pero esta ofensiva pueda golpear también a China, quien se pronunció en defensa del régimen de los ayatolá y el mayor comprador global de petróleo iraní. Esto podría involucrar más activamente a China en el conflicto que durante las primeras horas se limitó a un comunicado de una línea en donde expresó preocupación. 

    Ahora, el ministro chino de Exteriores, Wang Yi, dijo que «China apoya a Irán en salvaguardar su soberanía, seguridad, integridad territorial y dignidad nacional».

    Wang, también miembro del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de China, tuvo una conversación telefónica solicitada por el ministro iraní de Exteriores, Seyed Abbas Araghchi. El diplomático reiteró la postura de principios de China sobre la situación actual en Irán y expresó su apoyo a Irán en la salvaguardia de sus derechos e intereses legítimos.

    Una lancha de la Guardia Revolucionaria patrullando en el estrecho de Ormuz.

    «China ha instado a Estados Unidos e Israel a cesar de inmediato las operaciones militares, evitar una mayor escalada de las tensiones e impedir que el conflicto se extienda por la región de Medio Oriente», agregó.

    «China cree que, en la grave y compleja situación actual, Irán puede mantener la estabilidad nacional y social, atender las preocupaciones razonables de sus países vecinos y garantizar la seguridad de los ciudadanos e instituciones chinos en Irán», concluyó.

     

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  • Los sueños y las guerras

     

    1. Se acabaron las excusas

    Milei abre las sesiones ordinarias del Congreso “más reformista de la historia”, con la correlación de fuerzas más favorable desde el inicio de su mandato, con la tranquilidad de una serie de muy importantes triunfos parlamentarios que lo proveen del aplomo necesario para la fase de institucionalización de su proyecto de país. Sin embargo, su discurso no lleva la serenidad del ganador, sino el histrionismo nervioso del desesperado. Un show farsesco que nos devuelve al Milei más desatado, vulgar y procaz. ¿Por qué desplegar semejante demostración de impotencia en un momento de estabilización? Porque la secuencia de reformas propuestas implican la institucionalización de la desinstitucionalización, y porque la volatilidad y la inestabilidad son intrínsecas a una política del caos como la que anhelan Trump y Milei para “the Americas”: guerra imperial hacia fuera, disciplinamiento y crueldad hacia dentro. No hay estabilidad en este modelo, ni siquiera en sus momentos de fortaleza, en los que el acelerador se aprieta para enfrentarnos a una nueva dinámica de shock.

    Repasemos. Una maratón de reformas ultra-regresivas para el trabajo, para la vida en la tierra, para las generaciones futuras. Un neofascismo bananero que nos ata al destino de un imperio en crisis. Una guerra global en curso, que ya ha tocado las puertas de nuestra región. Un tiempo de colapso de las mediaciones y de caída de los velos, donde el poder de los ultrarricos se ejerce y se consolida con la explicitud de lo obsceno. Una época violenta que nos está empujando a las decisiones existenciales más elementales, hacia un umbral de supervivencia donde todo puede suceder, donde la política es menos la negociación de las diferencias que la hipérbole permanente del todo o nada. Y donde la defensa de la democracia se ve obligada a jugar un juego ajeno a las reglas de la democracia. Un tiempo en el que sostener nuestras banderas está dejando de ser una cuestión ideológico-política y está pasando a ser una cuestión de estricta supervivencia. La volatilidad y la aceleración están colaborando, por ahora, con los agentes de la destrucción, pero esa misma volatilidad afecta la fragilidad de su avanzada. La aceleración se parece mucho más a la desesperación por aprovechar una oportunidad de saqueo que a la construcción de un nuevo orden. La convulsión dejará un tendal de víctimas, pero también prepara nuevas formas de radicalidad emergentes. Porque este viaje hacia el colapso está siendo, cada vez más, un viaje a la raíz.

    La sociedad está estallada. El sistema político está estallado. El Congreso no existe. El mundo del trabajo está en ruinas. Nuestras categorías para pensar el mundo estallaron y nuestras formas de vida también. Ante el umbral de una nueva etapa del gobierno libertario, se impone una pregunta: ¿y ahora qué? Una pregunta que, en este contexto convulsionado, no parece poder recibir una ordenada programática de respuesta. Ante el estallido de la vida, juntar las esquirlas, y en el poco tiempo que nos queda entre laburo y laburo, armar molotovs de pensamiento como si fuéramos infiltrados en una batalla cultural que sólo nos incluye para excluirnos.

    Basta de indignación, basta de sorpresas. Basta de encuestas fallidas y de pseudo-predicciones baiteras para el 2027. La catástrofe es hoy. Ya fue dicho mil veces, pero no nos hacemos cargo: el futuro ya llegó, y no era lo que imaginábamos. Ahora, a conocer y habitar sus reglas, para destruirlas desde dentro.

    2. Un auto acelara desbocado hacia nosotros

    Durante décadas, la política pudo pensarse —desde el modelo de la teoría de juegos— a partir del llamado “dilema del prisionero”: dos actores enfrentados, incomunicados entre sí, obligados a decidir sin garantías si cooperar o traicionar. Si ambos cooperan, todos ganan un poco. Si ambos traicionan, todos pierden. Y si uno traiciona mientras el otro coopera, uno se salva y el otro paga el costo entero. La política, en ese esquema, todavía era un arte del cálculo: cuánto conviene ceder, cuánto conviene aguantar, cuánta traición es tolerable para que el sistema no estalle.

    Pero ese tablero ya no organiza la escena.

    El conflicto contemporáneo se parece cada vez menos a un problema de cooperación imperfecta y cada vez más al del llamado “juego de la gallina” (nosotrxs diríamos “juego del gallina”, del cobarde): dos autos lanzados de frente, a toda velocidad, y gana el que no frena. El ejemplo pop es la carrera suicida de Rebelde sin causa: no se trata de negociar, ni de optimizar resultados, sino de demostrar quién está dispuesto a llegar más lejos.

    El pasaje del dilema del prisionero al juego del gallina marca un desplazamiento brutal de las reglas de juego, del trazado del mapa político, previo a la distinción entre derecha e izquierda. Con el trasfondo de la catástrofe inminente, pasamos de la política como administración del conflicto a la política como prueba de coraje destructivo, de la cooperación racional a la intimidación existencial. Ya no se condena al traidor, se humilla al que duda o frena. La victoria no consiste en mejorar el resultado común, sino en obligar al otro a renunciar a su propia estrategia, a su propio relato y, finalmente, a su legitimidad. Si antes había un castigo para el oportunista, hoy se le perdona todo al temerario.

    Aquí no hay equilibrio cooperativo posible. Es un juego asimétrico, de suma cero, gobernado por el riesgo puro. El que pierde no sólo pierde: es despojado de toda legitimidad. Y el que gana sólo puede ganar produciendo, en el otro, la convicción de que está loco. Hacer política en este escenario exige, literalmente, volverse loco. O aceptar la derrota antes de empezar. Por eso el perdedor siempre interpreta al ganador como un desquiciado: alguien dispuesto a destruirlo todo con tal de no aflojar. Y esa percepción no es un malentendido, sino la condición misma de la victoria. En el juego de la gallina, parecer racional es una riesgosa desventaja política y existencial.

    ¿Cómo se actúa en este contexto? ¿Debemos asumir la exasperación y apretar nuestro acelerador? ¿Debemos intentar cambiar las reglas de juego? ¿Podremos cambiarlas si, en esta dinámica bélica que se nos impone, sólo atinamos a pegar el volantazo cada vez que se ponen en juego nuestras banderas más elementales?

    Milei maneja un bólido feroz e incontrolado acelerando directo hacia nosotros. La perspectiva adrenalínica de la catástrofe total, de la destrucción total, fascina, intimida y disciplina. El credo de la posdemocracia reza: con la catástrofe se come, se cura y se educa. ¿Quién ganó cuando todos aceptamos que estas reglas son las únicas posibles? Milei maneja el auto y seguramente morirá en él. Él es el doble de riesgo de quienes necesitan convencernos de que esta es la única política posible: la guerra, la intimidación, la “amenaza existencial”, la eliminación del otro. 

    Necesitamos cambiar las reglas de este juego, pero para que lograrlo no coincida con admitir la trampa de la derrota anticipada, vamos a tener que jugárnosla a todo o nada. Una paradójica democracia de guerra (lucha de clases, para decirlo con los clásicos). O también: jugárnosla a todo o nada por la democracia es la única salida a la avanzada belicista del neofascismo que no implique una claudicación anticipada. Recordar que nunca hubo democracia sin afirmación insumisa, pre-democrática, de las reglas de la democracia. Cambiar las reglas implicará primero admitir que hoy la democracia no es el juego que jugamos. El bólido avanza hacia nosotros, no hay tiempo para juntar firmas. Tenemos que acelerar una salida del juego perverso de la aceleración.

    3. La política del todo o nada

    Esta nueva dinámica de la política, que nos tiene entre frenéticos y paralizados, no es sólo política, es también social. Una política catastrofista, del todo o nada, genera una sociedad en donde el todo y la nada se separan cada vez más: de un lado todos los recursos, del otro nada. El acelerador de Milei es un acelerador de la miseria, tanto macro como micro: cada vez es más visible la relación sistémica entre la destrucción del entramado productivo y sus efectos en las economías cotidianas de la gente.

    La crisis económica, maquillada por el gobierno, inunda cada vez más toda conversación. Hoy la sobremesa argentina reemplazó la vieja grieta por la condición de miseria unánime como tema omnipresente. Que cómo llego a fin de mes; que empecé a hacer Uber para completar; que me despidieron del laburo, y encima estaba en negro; que la prepaga canceló su convenio con el médico que me atendía; que me mudo con dos amigos porque no puedo pagar el alquiler; que sólo tengo una suplencia, así que me bajé Rappi; que a mi pareja no le renovaron el contrato; que estoy terminando una carrera universitaria pero ni sueño dedicarme a aquello para lo que me habilita mi título; que estoy sobrecalificado para un laburo al que se presentaron un montón de sobrecalificados; que no paro ni los domingos; y un largo etcétera que muestra que la aceleración no sólo refiere a las reformas que se propone el gobierno, sino también al recrudecimiento de sus efectos.

    Las ganancias se concentran, la gente sobra, y la IA lubrica, acelera y escala el proceso. Si en los noventa el estallido demoró diez años, la política actual parece acelerar también el choque de su propio modelo. “Hacer lo mismo, pero más rápido” incluía, también, al estallido.

    La política de la catástrofe implica una política social de la catástrofe. El gobierno de Milei es una fábrica de producción de miseria, en la que cada vez más gente tendrá menos que perder. Milei nos está transformando a su imagen: el político sin nada que perder, y por lo tanto dispuesto a todo, está produciendo toda una generación sin nada que perder, que va a estar dispuesta a todo. Y cuando haya un ejército de gente sin nada que perder, será difícil que esto no estalle con la misma fuerza explosiva con que la época encumbró la catástrofe programada como única regla posible de lo social.

    4. La caída de los velos

    Vivimos un tiempo de colapso de las mediaciones. La crisis del sistema de representación política no es un fenómeno aislado: es apenas un síntoma de una crisis mucho más vasta que ha deslegitimado toda forma de institucionalidad, toda figura de intermediación, la gramática misma de la vida pública como vida simbólica. La ultraderecha y los algoritmos son signos convergentes de una misma orientación de la época: populismo de plataformas.

    En este tecnopopulismo, donde toda mediación colapsa, la política se reorganiza alrededor de dos rasgos dominantes: la latencia de la guerra como reverso de lo político, y la espectacularización de la crueldad como tecnología de disciplinamiento. Sí, la guerra como verdad de la política y la crueldad como verdad del sujeto, eso parece escupir la época.

    La latencia de la guerra es la emergencia a primer plano de la política del fondo anómico, violento, de su proceder, ahora liberado de los frenos institucionales que lo contenían. El colapso del multilateralismo y la renovación de las aspiraciones imperiales del “destino manifiesto” norteamericano sumado a la “tierra prometida” de Israel en medio oriente son el norte del nuevo caos global.

    La espectacularización de la crueldad se consuma en la estética de la obscenidad de los ultrarricos. Estética de lo explícito que oficia como una auténtica pedagogía global de la crueldad. Los archivos de Jeffrey Epstein llegan como metonimia de época: caída de los velos, visibilidad total, exhibición orgullosa de los privilegios. Revelaciones que no erosionan el poder, sino que consolidan su perversión más oscura.

    Crisis de las mediaciones, que se expresa, por arriba, en la legitimación abierta, “desinhibida”, como se dice, del despojo económico y la represión policial, y, por abajo, en la inorganicidad y la falta de conducción. Y todo ello bajo una gramática que tiende al aflojamiento de toda referencia normativa en un horizonte cada vez más regido por la anomia del contexto bélico, la ausencia de reglas estructural de un conflicto en el que, sin mediación, ya sólo tramita flujos de violencia y de descarga.

    Para el pueblo trabajador, esta dinámica viene implicando dificultades de organización, en un contexto de declive del poder de los sindicatos, y de defección política de los partidos políticos. Ahora bien, que las formas organizativas estén en crisis de ninguna manera significa que las energías del malestar estén contenidas. Todo lo contrario, se percibe una aceleración del malestar y de las energías liberadas por ese malestar.

    Si la volatilidad es el rasgo más destacado de este momento, si las instancias organizativas de la clase trabajadora están deslegitimadas, debemos preguntarnos no sólo cómo organizarnos en este contexto, sino también cómo aprovechar la volatilidad de época a favor de las mayorías.

    Por supuesto que hay que hacer todo para sumar, organizar y acumular poder popular. Pero al mismo tiempo debemos pensar esa dimensión de la acción colectiva, cada vez más amplia, que va más allá de la lógica de la acumulación. Una turba de precarios es más fácil de gobernar, pero también más difícil. Porque cuando ya no haya nada que perder, esto se va a caldear de verdad. Y allí valdrá no sólo la organización, sino también la actuación estratégica de energías inorganizables que son parte legítima del paisaje caótico de la vida popular contemporánea.

    El estallido vendrá de manera más sorpresiva que en otros tiempos, porque la acumulación de estos tiempos no es primeramente de estructuras, sino acumulación afectiva, física, sensible y nerviosa. Ese acumulado inorgánico de malestar debe ser reconocido en toda su legitimidad.

    Si los “ingenieros del caos” gobiernan, debemos preguntarnos qué fuerzas movilizan a las víctimas del caos. Lo nuevo emergerá menos como respuesta a la pregunta por cómo restaurar el orden que de la disputa por las energías liberadas en este desborde. El problema es qué organización de la resistencia puede hacerse cargo de este caos sin sucumbir a él, pero también sin excluirlo de su esquema de pensamiento y acción.

    5. Desbordar a Milei

    Ya ha sido dicho de muchas maneras: lo que sea que le gane a Milei va a ser algo que desborde a Milei, no que lo contenga, algo post-Milei, no pre-Milei, un futuro más tentador que la seducción de la catástrofe, y no el retorno a un pasado defensivo, que ya no moviliza ningún deseo y ninguna verdad histórica.

    No, no estoy hablando en contra del peronismo, sino justo al revés, a su favor. Lo único que puede desbordar a Milei es un peronismo que sepa renovar la fuerza plástica y polimorfa que lo definió en los grandes umbrales de transformación y convulsión de nuestra historia.

    El peronismo siempre supo moverse en contextos de crisis de la representación, y supo convertir el adelgazamiento de las mediaciones en formas de populismo que, justamente, desde los bordes de la democracia, restituyeran el poder de las clases trabajadoras y postergadas como único fundamento posible de un orden democrático.

    No parece que las versiones actuales del peronismo estén interesadas en activar esa potencia. Ni el kirchnerismo melancólico-defensivo, ni el morenismo doctrinario-trumpista, ni la esperanza blanca de fantasmas estilo Pichetto representan al peronismo mostri que necesitamos. Pero que no nos confundan: el peronismo siempre es mucho más que sus versiones realmente existentes.

    En una época de gobierno a través del caos la resistencia vendrá más en forma de movimientos que de partidos, de estallidos esporádicos que de acumulación progresiva, de energías desatadas que de organización. Organizar el malestar significará dar forma orgánica a lo que carece de forma, pero también detectar esas fuerzas inorgánicas que se oponen a la concentración de la riqueza y el poder, legitimar esas fuerzas antifascistas que, en su deformidad, afirman una actualidad y legitimidad de época.El peronismo es el nombre argentino para ese difícil metabolismo colectivo, siempre inestable, en el que lo inorgánico y lo orgánico negocian sus roles en favor de los destinos populares. La memoria histórica, política y militante de un movimiento que supo hacer de las oscilaciones entre organización y desborde una forma de populismo democrático, es la fuente de aquello que podrá no contener sino desbordar a Milei. No se trata de volver a las formas del pasado, sino de reconectar con las fuerzas vivas del porvenir.

    La entrada Los sueños y las guerras se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • «Kast no será tan fanático de Trump como Milei»

     

     La llegada de José Antonio Kast al poder en Chile invita a pensar un alineamiento inmediato con Javier Milei y el grupo de presidentes que decidieron formarte parte del esquema de alianzas que responde a Donald Trump.

    Sin embargo, el chileno tiene algunos elementos que marcan cierta distancia entre ambos. Kast es nacionalista y defiende con fuerza la soberanía de Chile sobre un sector de la Patagonia y han mostrado un fuerte pragmatismo en el encuentro que tuvo con Lula en Panamá, una reunión cargada de gestualidades que Milei nunca estuvo dispuesto a hacer.

    En ese marco, LPO habló con Robert Funk, cientista político, académico de la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile y reconocido analista internacional, quien sostuvo que «la verdad es que son muy distintos tanto del punto de vista político como de temperamento. Kast es un conservador mientras que Milei se define como un revolucionario o anarquista libertario». 

    «Si bien ambos comparten un compromiso con la economía de mercado, para Kast eso implica un retorno al orden, mientras que para Milei eso va asociado a refundar el modelo argentino. En sus modos de ser, por lo menos en cuanto a discursos públicos, Kast es tranquilo, casi tímido, mientras que Milei transmite energía y frenesí», agregó.

    El chileno Kast toma distancia de Milei y se reúne con Lula en Panamá

    Para Funk, «el encuentro con Lula demuestra un poco esas diferencias de estilo. Sin embargo, ambos líderes se han mostrado ser bastante pragmáticos, y saben que tienen que a pesar de las diferencias ideológicas, van a tener que lidiar siempre con países vecinos, y van a tener que buscar una forma de equilibrar las relaciones con los grandes poderes como China y EEUU». 

    Si bien ambos comparten un compromiso con la economía de mercado, para Kast eso implica un retorno al orden, mientras que para Milei eso va asociado a refundar el modelo argentino. En sus modos de ser, por lo menos en cuanto a discursos públicos, Kast es tranquilo, casi tímido, mientras que Milei transmite energía y frenesí

    Habrá que ver, continúa el académico chileno, «en el caso de Kast, hasta qué punto el alineamiento con la extrema derecha europea es real o simbólico. Claramente Kast, como Milei, se siente cómodo e identificado con los líderes de la nueva derecha nacionalista europea, pero los temas para Chile son muy distintos a los desafíos que les ha tocado a otros líderes o incluso a Milei. Por lo tanto, sorprendería si se pone a implementar las mismas políticas».

    Respecto al nivel de alineamiento de Kast con Trump, Robert Funk plantea que «no será tan fanático en parte porque su personalidad es distinta. Es más tranquilo y no demuestra tanta emoción. Por el otro lado, la economía chilena depende de la exportación a China (y, a la vez, de la inversión norteamericana). Equilibrar la política exterior – el actual canciller habla de «diversificar» – no es una señal de amistad o falta de amistad, sino de realismo político». 

    «Sin duda habrán espacios en que Chile apoyará más a EEUU – pienso en votaciones en la ONU, en su relación con Israel,  pero con respecto a comercio, será muy difícil poner todos los huevos en el canasto estadounidense. Estoy seguro, además, que EEUU entiende eso». 

    Trump será un aliado, si es incondicional dependerá de los empresarios y las relaciones es con China. Ahí se diferencia de Milei

    Otro especialista consultado por LPO, Guillermo Bilancio, dijo que  «el parecido entre ambos es que sus posturas se apoyan a partir del «fracaso de la izquierda», algo que si logra Milei pero no Kast por estar en escenarios diferentes».

    Kast nombró a dos ex abogados de Pinochet como ministros de Defensa y Derechos Humanos 

    «Kast trata de mostrarse moderado, especialmente frente a los más influyentes. Esa moderación se confunde con falta de convicción y un pobre lenguaje político, que lo está complicando antes de asumir. En eso Milei es más directo y convincente», apunta. 

    Por último, Bilancio considera que «la falta de conocimiento sobre política internacional, hace de Kast algo imprevisible, pero si parece alinearse con lo más extremo de la derecha dura. Kast es un conservador católico y eso lo refleja en sus relaciones europeas y latinoamericanas. Bukele, por ejemplo». 

    «Trump será un aliado, si es incondicional dependerá de los empresarios y las relaciones es con China. Ahí se diferencia de Milei», concluye.

     

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