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Con un muy buen clima se recibió la tercera etapa de la Regata del Río Negro

Con un clima ideal y con el cumplimiento de los protocolos por COVID-19, la tercera etapa de la Regata del Río Negro arribó ayer al balneario de la Isla 58 en Villa Regina. Damián Pinta y Facundo Lucero se quedaron con el primer lugar en el parcial que unió Huergo y nuestra ciudad y, de esta manera, lideran la general.

El Intendente Marcelo Orazi, acompañado por el Secretario de Coordinación Ariel Oliveros y el Director de Deportes Damián Álvarez, observó el arribo de los palistas y transmitió sus felicitaciones a los representantes reginenses Octavio Soto y Elizabeth Lucero.

“Como siempre cuando llega la Regata a Regina es una fiesta. Nosotros siempre apoyamos este tipo de eventos y obviamente estamos presentes en esta competencia que es la Regata más larga del mundo. Estoy orgulloso de tenerlos en Regina nuevamente, es impresionante el ritmo que traen porque al ser una etapa cortita, fue impresionante verlos llegar”, manifestó Orazi.

Agregó: “Contento de acompañar a los chicos de Regina que hicieron un muy buen papel”.

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    La jornada de 8 horas no es un mito peronista: es una ley que existía y un derecho que Perón hizo cumplir

     

    En 1929 Argentina legisló la jornada laboral de 8 horas. Durante más de una década, fue un derecho escrito que el Estado no garantizó.

    Por Walter Onorato para NLI

    En 1929, durante la segunda presidencia de , el Congreso sancionó la Ley 11.544, que estableció por primera vez en todo el país la jornada máxima de 8 horas diarias o 48 semanales. El texto legal recogía una demanda histórica del movimiento obrero argentino y colocaba a la Argentina, al menos formalmente, dentro del mapa de las legislaciones laborales modernas.

    Sin embargo, entre 1929 y 1945, la distancia entre la ley y la realidad fue abismal. La jornada de 8 horas existía en los códigos, pero no organizaba la vida cotidiana de la mayoría de los trabajadores.

    La sanción de la ley no implicó automáticamente su cumplimiento. El Estado argentino carecía —y en muchos casos no tenía voluntad— de los mecanismos necesarios para garantizarla. Las inspecciones laborales eran escasas, las sanciones simbólicas y la justicia tendía a fallar en favor de los empleadores. En los hechos, el límite horario seguía siendo una decisión patronal.

    En algunos sectores urbanos e industrializados la situación fue diferente. Grandes empresas, talleres visibles y actividades con fuerte organización sindical —gráficos, ferroviarios, portuarios— lograron imponer, no sin conflictos, la jornada legal. Aun allí, el cumplimiento era parcial: horas extras obligatorias no pagadas, jornadas partidas que extendían el tiempo total de trabajo y mecanismos de evasión salarial eran prácticas habituales.

    Pero fuera de esos núcleos organizados, la ley simplemente no existía en la práctica. En el campo, donde la relación laboral estaba atravesada por el aislamiento, la dependencia personal y la ausencia casi total de inspección estatal, las jornadas de sol a sol siguieron siendo la regla. En las economías regionales, la situación era aún más evidente. En los ingenios azucareros de Tucumán, la jornada se organizaba en torno al ritmo de la zafra: turnos extensos, calor extremo y trabajo continuo mientras durara la molienda, sin límites horarios reales. En los yerbatales de Misiones, los mensúes cobraban por cantidad de kilos transportados, lo que los obligaba a prolongar indefinidamente la jornada para alcanzar un ingreso mínimo. El tiempo de trabajo no se medía en horas, sino en desgaste físico.

    En los viñedos cuyanos y los algodonales del norte, la lógica era similar: trabajo estacional, pago por rendimiento y jornadas que se extendían mientras hubiera luz natural. La ley de 8 horas era irrelevante frente a un sistema productivo que organizaba el trabajo por campaña y no por jornada.

    En los pequeños talleres urbanos de ciudades como Buenos Aires o Rosario, especialmente en rubros como la confección, el calzado o la metalurgia liviana, eran habituales las jornadas de 10 a 12 horas, justificadas como “aprendizaje” o compensadas con salarios miserables. El trabajo a destajo permitía al empleador exigir una producción diaria fija que solo podía alcanzarse extendiendo el horario real de trabajo.

    El comercio minorista reproducía una lógica similar. Empleados de almacenes, tiendas y casas de ramos generales abrían temprano y cerraban de noche, muchas veces con descanso parcial o inexistente, bajo la excusa de la atención al público. En el servicio doméstico, directamente excluido de toda protección efectiva, la jornada carecía de límites: vivir en la casa del empleador implicaba disponibilidad permanente, sin distinción clara entre tiempo de trabajo y tiempo de descanso.

    La ley estaba vigente, pero no tenía ejecutores. El Estado carecía de un cuerpo de inspectores con presencia territorial, las sanciones eran irrisorias y la justicia laboral —cuando intervenía— tendía a legitimar las prácticas patronales. En ese contexto, la jornada de 8 horas no era un derecho exigible sino una declaración abstracta, desconocida para amplios sectores del mundo del trabajo. Para millones de trabajadores, la jornada legal era una promesa distante, ajena a su vida cotidiana y subordinada a una realidad donde el poder de fijar el tiempo de trabajo seguía en manos del patrón.

    La clave no estaba en el texto legal sino en la correlación de fuerzas. Donde había sindicatos fuertes, comisiones internas y capacidad de huelga, la jornada de 8 horas se defendía. Donde no, el trabajador quedaba librado a su patrón. Durante esos años, el cumplimiento de un derecho laboral dependía más de la organización colectiva que del Estado.

    En los últimos años, sectores libertarios repiten como argumento que el peronismo “miente” porque la jornada de 8 horas no fue creada por Perón, sino sancionada en 1929. El señalamiento es formalmente correcto, pero históricamente falaz. Confunde deliberadamente legislar con garantizar. La Ley 11.544 existía desde hacía más de una década, pero fue incumplida de manera sistemática por amplios sectores del empresariado, con un Estado ausente o complaciente. Reducir la historia social a una fecha en el Boletín Oficial implica borrar la diferencia central entre un derecho escrito y un derecho vivido.

    Ese divorcio entre la ley y la realidad empieza a romperse recién a partir de 1943–1945, cuando el Estado deja de mirar para otro lado y decide intervenir de manera directa en la relación entre capital y trabajo. No se trató de crear nuevos derechos, sino de hacerlos cumplir. Bajo la acción del Estado y el impulso político de , la jornada de 8 horas dejó de ser una recomendación abstracta y pasó a convertirse en una norma exigible. El límite al tiempo de trabajo ya no lo fijó el patrón, sino el Estado. Ese fue el verdadero punto de inflexión.

    La experiencia deja una enseñanza incómoda pero fundamental: los derechos laborales no existen solo porque estén escritos. Existen cuando hay un Estado dispuesto a garantizarlos y una sociedad organizada para defenderlos. Entre 1929 y 1945, la jornada de 8 horas fue una conquista legal sin poder. Su historia demuestra que la legislación social, sin voluntad política, puede convertirse en una promesa vacía.

    La jornada de 8 horas no nació plena. Fue primero una letra, después una pelea y recién más tarde una realidad. Y esa diferencia —entre ley y vida— explica buena parte de la historia social argentina.

     

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  • Caputo rechaza la presión del PRO para incorporar en Diputados el artículo Galperín

     

    Javier Milei avaló la postura de Luis «Toto» Caputo contra Federico Sturzenegger y aceptó que se quite la habilitación a las billeteras virtuales para efectuar pagos de salarios, contemplada en la versión original del proyecto de reforma laboral que se votó este miércoles en el Senado.

    La modificación que barrió con los intereses de Mercado Libre se introdujo durante las negociaciones entre Patricia Bullrich y Diego Santilli con los senadores aliados y los gobernadores, respectivamente. Pero, además, ese cambio atendió a la bronca de los bancos, que cuando detectaron el capítulo 35 y el beneficio para esas plataformas manifestaron su rechazo.

    Tal como informó LPO, las entidades bancarias le hicieron llegar su reclamo a Bullrich ya durante el debate en la comisión de Trabajo, en diciembre pasado. «Es un artículo con nombre y apellido: Marcos Galperin», decían en la city.

    En ese contexto, el desplazamiento de las billeteras virtuales no es otra cosa que la traducción de la victoria parcial de Caputo contra Galperín. Se trata de una definición de Estado, en el marco de un gobierno que apuesta a una reactivación económica que aún no se concreta y necesita imperiosamente del crédito para dinamizar el mercado.

    Macri manda a hacer lobby por Galperin, tras el acuerdo de Milei con los bancos

    De hecho, los enviados de Galperín habrían abordado a Patricia Bullrich antes del debate en recinto y la jefa de bloque libertario tuvo dos respuestas tajantes. «No vamos a aceptar modificaciones», dijo en primer término. Y luego, acaso para tranquilizar a esos interlocutores, deslizó: «lo vamos a incorporar en la reglamentación».

    El apetito de Mercado Libre por la habilitación para pagar sueldos motivó un comunicado del PRO de Mauricio Macri, quien abandonó este martes por un instante su reposo para ordenar el pronunciamiento a favor de las billeteras virtuales. «Desde el PRO creemos que cada trabajador tiene que poder elegir cómo cobrar su sueldo. No es el Estado el que tiene que decidir eso», expresó el partido amarillo en su texto.

    Marcos Galperin.

    Además, planteó que «el Congreso, por su propia naturaleza, suele ir más lento que la realidad social y tecnológica. Pero cuando finalmente aborda estos temas, no puede hacerlo negando cómo viven, trabajan y cobran hoy millones de argentinos».

    Es cuanto menos curioso que la única crítica que haya tenido el macrismo para una ley de más de 200 artículos haya sido sobre un artículo en particular y que justo exprese el interés de Galperín.

    Desde el PRO creemos que cada trabajador tiene que poder elegir cómo cobrar su sueldo. No es el Estado el que tiene que decidir eso.

    LPO reveló en 2024 que dentro del PRO observaban al empresario como un «presidenciable». Además, Galperín tiene una estrecha vinculación con Macri y fue beneficiado con exenciones impositivas millonarias durante el gobierno de Cambiemos.

    Por eso, no llama la atención que los diputados del PRO, liderados por Cristian Ritondo, hayan anunciado que insistirán cuando la reforma laboral llegue a la Cámara Baja para incorporar la habilitación a las billeteras virtuales como «proveedores de servicios de pago».

    Como sea, fuentes al tanto de la situación comentaron a LPO que Galperín ya habría iniciado los trámites para presentar los papeles y convertir Mercado Pago en un banco, lo mismo que tuvo que hacer en México para participar del negocio del manejo de la masa dineraria de los sueldos.

     

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  • PRIMER DÍA DEL HINCHA DEL ATLÉTICO REGINA

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  • El PRO sumó un legislador de López Murphy y hay conversaciones con la UCR para formar interbloque

     

    El PRO sumo a Pablo Donatti y ahora tendrá un bloque con 12 legisladores. A días de que comiencen las sesiones ordinarias, hay conversaciones para que el radicalismo confluya en un bloque con el oficialismo.

    Vamos por más será la tercera minoría de la Legislatura detrás del peronismo, que tiene 20 integrantes y La Libertad Avanza con 14 luego de la incorporación de Sandra Rey, que por unos meses perteneció al espacio de Larreta y Ocaña.

    Donati había entrado a la Legislatura de la mano de Ricardo López Murphy y quedó solo después de que Marina Kienast pasara a las filas libertarias.

    LLA está lejos de comportarse como un aliado en la Ciudad. Como contó LPO, Pilar Ramírez, la delegada de Karina en la Capital, reclamó las principales comisiones de la Legislatura y no está claro cómo se comportarán los libertarios a la hora de votar.

    Los libertarios chocan con el PRO por la comisión que elije los jueces porteños

    Por eso, en el oficialismo comenzaron las charlas para que la UCR, que tiene 5 legisladores, pase a conformar un interbloque con Vamos por más, el espacio oficialista.

    «El interbloque no existe como figura en la Legislatura, pero nos daría una ventaja política para mostrar una base más grande», dijo un legislador del PRO.

    Del Gaiso, Manuela Thourte y Graciela Ocaña.

    «Es medio raro de explicar. El Tano maneja la Legislatura y tiene parte del gobierno, por lo menos debería ser parte del interbloque», agregó.

    Manuela Thourte, jefa del bloque radical está alineada con Martín Lousteau y Emiliano Yacobitti, Guillermo Suárez está más cerca de Manes, mientras que María Feranda Mollard, Francisco Luopias y Aldana Crucitta responden a Angelici.

    Tras la diáspora radical que duró hasta 2019, cuando la línea Radicales por Argentina volvió a confluir en la UCR porteña, el acuerdo fue mantenerse como un bloque escindido del PRO. En ese entonces no era un problema porque el oficialismo y sus aliados tenían mayoría propia. 

    La interna a jefe de Gobierno no dejó muy bien las cosas entre Lousteau y Jorge Macri. En la UCR prefirieron no forzar la integración a Vamos por Más y exponerse a romper el bloque, aunque en la práctica, ambos espacios terminen funcionado como un interbloque.

     

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