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ChatGPT y la educación en Argentina

El medio Información y TIC realiza su experiencia con ChatGPT (revolucionario chat de inteligencia artificial) y en este caso la temática fue el sistema educativo de nuestro país.

Al parecer hasta la inteligencia artificial conoce la respuesta que toda la sociedad conoce pero nuestros políticos parecen obviarlas.

Le compartimos la entrevista (chat):

Información y TIC: “¿Qué habría que hacer para mejorar el sistema educativo en Argentina?”

ChatGPT: “Hay varias cosas que podrían ayudar a mejorar el sistema educativo en Argentina, algunas de ellas son:

  1. Aumentar la inversión en educación para mejorar la infraestructura escolar y proporcionar recursos pedagógicos.
  2. Mejorar la formación y capacitación de los maestros para que puedan brindar una educación de calidad.
  3. Implementar programas de inclusión y diversidad para garantizar que todos los estudiantes tengan acceso a una educación igualitaria.
  4. Fomentar la educación técnica y profesional para preparar a los estudiantes para el mundo laboral.
  5. Mejorar la educación en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas para asegurar que los estudiantes estén preparados para las carreras del futuro.
  6. Fomentar la educación en valores y ciudadanía para desarrollar jóvenes comprometidos y responsables.
  7. Implementar programas de evaluación para medir el rendimiento de los estudiantes y mejorar la calidad de la educación.
  8. Fomentar la educación en idiomas para desarrollar habilidades comunicativas y preparar a los estudiantes para el mundo globalizado.
  9. Fomentar la educación en artes y cultura para desarrollar la creatividad y el pensamiento crítico.
  10. Mejorar la coordinación entre el sector público y privado para garantizar una educación de calidad para todos los estudiantes“. 

Información y TIC: “¿Y no crees que subir el sueldo a los docentes también ayudaría a mejorar nuestra educación?”

ChatGPT:  “Sí, aumentar el salario de los maestros podría ser un factor importante en mejorar el sistema educativo en Argentina. Los maestros son fundamentales en la educación, ya que son quienes tienen un papel directo en el aprendizaje de los estudiantes.

Un salario justo y competitivo podría atraer y retener a los mejores docentes, ya que ellos podrían sentir que su trabajo es valorado y apreciado. Además, un salario más alto podría mejorar las condiciones de vida de los docentes, lo que a su vez podría ayudar a reducir el estrés y aumentar la motivación, lo que podría llevar a un mejor desempeño en el aula.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que el aumento de salarios debe ir acompañado de otros cambios en el sistema educativo, como el fortalecimiento de la formación y capacitación de los docentes, la mejora de la infraestructura escolar y la implementación de programas de evaluación para medir el rendimiento de los estudiantes y mejorar la calidad de la educación”. 

Como verán, no hay sorpresas en las respuestas de la inteligencia artificial; nada nuevo bajo el sol: el salario docente apareció como una segunda opción. Aquí les compartimos las impresiones de pantalla:

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  • Un nuevo mapa para el patio trasero

     

    Es el día después de la captura de Nicolás Maduro. Donald Trump da una breve entrevista telefónica a The Atlantic. No deja lugar a dudas: lo de Venezuela no abre una transición democrática. Tampoco reconoce a Delcy Rodríguez como autoridad real. “Nosotros estamos a cargo”. El presidente de Estados Unidos fija el marco: Venezuela es un protectorado donde el petróleo, las carreteras, los puentes, las elecciones y hasta el ritmo de la violencia quedan bajo la órbita de Washington. Llama al hemisferio occidental “nuestro patio trasero”, promete “arreglar países rápido”, imponer “acceso total” a recursos estratégicos y advierte que quien no obedezca enfrentará algo “peor” que Maduro. 

    Trump habla desde su club de golf en West Palm Beach, de excelente humor, y le aclara al periodista que Venezuela puede no ser la última intervención estadounidense. “Necesitamos a Groenlandia”, dice sobre la isla que pertenece a Dinamarca, aliado de la OTAN. El día anterior había amenazado a los presidentes de Colombia, México y Cuba. No mencionó en ningún momento a China. Ese es el significante ausente, lo real no dicho: con Trump no hay medias tintas; cuando no nombra algo, es porque ahí está el corazón del asunto.

    En su primer año de regreso a la Casa Blanca, Trump desplegó en América Latina una política exterior pendenciera a cielo abierto y sin tapujos. Espectacularidad punitiva, disciplinamiento a países, tutelajes a aliados presentados como recompensas, acuerdos precarios y de servilleta y alineamientos forzados. Impuso aranceles a México mientras exigía control de su política migratoria e intervención militar contra los cárteles; recibió a Nayib Bukele en la Casa Blanca que acogió a los inmigrantes deportados en sus cárceles; endureció sanciones y aranceles a Nicaragua; castigó a Brasil con aranceles y sanciones contra el juez Alexandre de Moraes del Tribunal Supremo Federal —luego retiradas— mientras negoció alivios a cambio de acceso a minerales críticos; en Honduras indultó a Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a prisión perpetua por narcotráfico, y respaldó abiertamente al candidato opositor Nasry Asfura que hoy es presidente electo.

    La lista continúa. Exigió a Panamá la salida de empresas chinas del Canal tras amenazar con anexarlo; retiró el reconocimiento a Colombia como socio en la “guerra contra las drogas” y sancionó al presidente Gustavo Petro; en Argentina otorgó un rescate financiero estratégicamente sincronizado para respaldar a Javier Milei antes de las elecciones legislativas; activó un bloqueo petrolero contra Venezuela con impacto directo sobre Cuba, a la que volvió a designar “Estado patrocinador del terrorismo”. Y el 3 de enero, tras 35 ataques previos a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico que dejaron 115 ejecuciones extrajudiciales, ordenó el primer bombardeo estadounidense contra un país sudamericano, Venezuela, y capturó a Maduro. El emblema Nuestro hemisferio sintetiza el ideal y el proyecto: una región de Estados vasallos gobernados por premios, castigos y tutela directa de Washington.

    El siglo XIX como manual para gobernar el XXI

    Este ejercicio descarnado del poder de Trump tiene una inspiración. “Todo se remonta a la Doctrina Monroe. (…) Ahora la llaman el Documento Donroe”, señaló  en la conferencia de prensa del 3 de enero. El paso de Monroe a Donroe no es un simple juego verbal, sino el síntoma de algo más profundo: el llamado “Corolario Trump” no revive la doctrina proclamada en 1823 por el presidente James Monroe, la desfigura y la amplifica, revelando la fascinación del presidente por la política exterior estadounidense del siglo XIX y su creencia de que aquel mundo de esferas de influencia rígidas y jerarquías imperiales puede ser restaurado en pleno siglo XXI.

    La Doctrina Monroe, enunciada dos siglos atrás como una advertencia defensiva y preventiva frente a la posible recolonización europea en un contexto de tensiones con Rusia en el noroeste de América del Norte, la restauración monárquica impulsada por la Santa Alianza y el temor a que esas potencias extendieran su control sobre una América Latina recién independizada, fue durante décadas más una declaración simbólica que una política ejecutable. Cuando el Reino Unido ocupó las Islas Malvinas en 1833 violó esta doctrina –pese a las protestas de Argentina— y Estados Unidos se limitó a observar, dejando que Londres consolidara su control.

    Tras la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 y, sobre todo, a partir del bloqueo europeo a Venezuela en 1902, Washington pasó de intentar evitar interferencias externas a arrogarse el derecho de intervenir activamente para “corregir” a los países de la región. Este giro se cristalizó en el Corolario de Teodoro Roosevelt de 1904, que legitimó la intervención militar ante “conductas incorrectas” o incumplimientos financieros, convirtió a Estados Unidos en gendarme hemisférico, abrió la puerta a más de treinta intervenciones entre 1898 y 1934, se enlazó con el mito del destino manifiesto —la creencia de que Washington está destinado a una expansión continental y a dominar el hemisferio entero—, y transformó la vieja advertencia a Europa en un dispositivo ofensivo de tutela y disciplinamiento regional, frente al cual surgieron respuestas como la doctrina Drago en defensa de la soberanía latinoamericana (1).

    Trump recicla el mismo espíritu de cruzada (2). Admira al Corolario Roosevelt, pero adaptado a la competencia con China: América Latina es un espacio donde Estados Unidos debe impedir la expansión de un rival estratégico. Es una versión contemporánea del “América para los norteamericanos”, ahora formulada como “el hemisferio es parte de nuestra seguridad nacional”. En la nueva Estrategia de Seguridad Nacional —publicada en diciembre de 2025—, la región aparece más subordinada que nunca a la rivalidad con China: no es prioritaria por sí misma, sino por su valor económico, energético, migratorio y geopolítico para sus competidores. El lenguaje de democracia y derechos humanos se desvanece y es reemplazado por una gramática de ventaja económica, control de recursos estratégicos, seguridad fronteriza y alianzas transaccionales. Frente a otros documentos de las últimas décadas, la versión 2025 es abiertamente mercantilista, unilateral y jerárquica: América Latina ya no es un socio a promover, sino una frontera inmediata de seguridad nacional.

    Respecto del ciclo Clinton–Obama, el quiebre es triple: primero, una desideologización liberal que sepulta el discurso de “valores compartidos”; segundo, el reemplazo de la cooperación por el transaccionalismo condicionado, donde Washington premia a los países “capaces y confiables” que abran mercados y recursos; tercero, la regionalización de la competencia con China, que convierte cada iniciativa latinoamericana en un test de alineamiento —si favorece o limita la penetración china en tecnología, energía, minerales críticos o puertos—. De allí se desprenden tres prioridades: contener y desplazar la influencia china en sectores estratégicos (infraestructura, 5G, minerales, energía); reconfigurar los vínculos económicos en favor de empresas estadounidenses, mediante acuerdos bilaterales de nearshoring (relocalización de cadenas de valor dominadas por Washington y definidas por proximidad geográfica) y energía; y blindar la seguridad interna, reforzando control migratorio y presión sobre gobiernos considerados inestables u hostiles. No hay ambición de reconstruir instituciones regionales ni de revitalizar la cooperación: el nuevo esquema apuesta a alineamientos selectivos, puntuales y transaccionales, instrumentalizando antagonismos en la región y obstruyendo mecanismos regionales autónomos —como la CELAC— para sostener la hegemonía hemisférica.

    Trump se propone tejer una red de subordinados regionales —gobiernos MAGA o no MAGA— dispuestos a habilitar la injerencia en sus políticas internas para alinearlas con los intereses estadounidenses. La estrategia premia a gobiernos, partidos y movimientos que aceptan este marco y no descarta pactos instrumentales con actores ideológicamente disímiles si garantizan control territorial, seguridad y cadenas de valor. La prioridad ya no es la democracia, sino una estabilidad “cómoda y tolerable” y la disciplina geopolítica del patio trasero frente a China. 

    En paralelo, impulsa un repliegue militar global para concentrarse en el hemisferio, refuerza la Marina y la Guardia Costera y pone en operación un comando hemisférico de facto y unificado en reemplazo del Comando Sur. Despliega por primera vez casi un tercio de su flota naval en el Caribe para atacar embarcaciones supuestamente “narcoterroristas” en el Pacífico y el Caribe; aplica diplomacia económica con acuerdos basados en premios y castigos para relocalizar cadenas de valor y favorecer a empresas estadounidenses y bloquear competidores; y multiplica intercambios de defensa que incluyen ventas de armas, inteligencia y coordinación sobre políticas migratorias y de seguridad. 

    En conjunto, el Corolario Trump redefine a América Latina como un “espacio tutelado”, subordinado a la preeminencia de Estados Unidos, erosionando el principio de igualdad soberana: reconoce el fin del momento unipolar, asume que Washington ya no puede —ni quiere— ser hegemón global y opta por una hegemonía hemisférica explícitamente transaccional.

    ¿El retorno de las esferas de influencia?

    En una reciente investigación, Bradley Nelson (2025) señala que la política exterior de Trump se apoya en las esferas de influencia, entendidas como regiones, o partes de regiones, en las que las grandes potencias ejercen una influencia significativa —diplomática, económica y militar— sobre las políticas exteriores de otros Estados y, en ocasiones, sobre sus procesos internos. Las grandes potencias buscan estas esferas por los beneficios estratégicos que proporcionan o potencian, como recursos, materias primas, zonas de amortiguamiento, capacidades de proyección de poder y seguridad. (3)

    Nelson sostiene que la Casa Blanca persigue activamente una doctrina de predominio estadounidense en el hemisferio occidental, al tiempo que se retrae de la mayor parte del resto del mundo, cediendo esas áreas al expansionismo de Rusia y China, a cambio de relaciones bilaterales más calmas. El efecto es que Estados Unidos debilita y abandona el orden occidental surgido tras la Segunda Guerra Mundial, que dio lugar a numerosas instituciones, normas y reglas internacionales y que ayudó decisivamente a sostener dicho sistema, en favor de un mundo tripolar —Estados Unidos, Rusia y China— dominado por el poder, la fuerza y la coerción.

    Según esta lógica, Estados Unidos reclama exclusividad sobre el hemisferio occidental —Rusia y China no se meten en Venezuela— y, a cambio, asume implícitamente que no intervendrá directamente en los espacios vitales de sus rivales —Ucrania para Rusia, Taiwán para China—, un esquema en el que cada gran potencia aspira a ser hegemón regional y a impedir que otros lo logren. América Latina se configura así como el área de influencia natural de Estados Unidos, equivalente a lo que Rusia reclama en Eurasia o China en su periferia marítima. Aunque la idea parece sencilla, resulta paradójica: se trataría de un trueque geopolítico de esferas que se perciben como territorios cerrados en un mundo globalizado, atravesado por redes económicas, tecnológicas y financieras interdependientes.

    La Nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NES) de 2025 plasma estas prioridades, situando al Hemisferio Occidental en el epicentro de atención. Allí, el discurso oficial apunta a drogas y migración, pero la preocupación real es China, incluso más que Rusia, mientras se minimiza el apoyo directo a los aliados europeos. Aunque el documento no lo diga, este reordenamiento encaja con la tesis del académico realista John Mearsheimer en The Tragedy of Great Power Politics (2001): Estados Unidos es el único hegemón regional de la historia y busca impedir que otras grandes potencias dominen sus propias regiones, lo que establece un orden de prioridades: primero el Hemisferio Occidental, luego Indo-Pacífico, después Europa, más lejos Oriente Medio y, al final, África (4).

    En coherencia con este marco, la NES exige restaurar la “preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental” y bloquear cualquier intento de competidores extrahemisféricos de controlar activos estratégicos: el hemisferio es “nuestro” y Estados Unidos se reserva el derecho exclusivo de protegerlo. En el Indo-Pacífico, China se reconoce como rival sistémico, pero su contención se plantea como una responsabilidad compartida, presionando a Japón, Corea del Sur, Taiwán, Australia e India para aumentar gasto militar y cooperación. De este modo, la NES no describe, como hacía Mearsheimer, una posición de poder ya consolidada, sino que prescribe cómo debería mantenerse. Sin embargo, no pareciera que este diseño de hegemonía hemisférica rígida, combinado con la externalización de costos en Asia y Europa, pueda sostenerse en un mundo cada vez más policéntrico y post-occidental.

    Como reconoce el propio Mearsheimer, su tesis, el “realismo ofensivo”, no es una creación propia: sus raíces se remontan a la Primera Guerra Mundial y a G. Lowes Dickinson, cuando la disciplina de Relaciones Internacionales surge al calor de la Liga de las Naciones. Parte de la premisa de un sistema internacional anárquico, en el que todos los Estados poseen capacidades ofensivas, desconocen las intenciones de los demás y priorizan la supervivencia, lo que los impulsa racionalmente a maximizar su poder relativo. Predomina así un sesgo revisionista: las potencias insatisfechas tienden a iniciar conflictos porque quienes ganan pueden aspirar a la hegemonía. De esta lógica se deriva que el objetivo óptimo sea convertirse en hegemón regional e impedir que otros lo logren, mediante guerra preventiva y control de esferas de influencia, entre otras herramientas. El conflicto no aparece como una anomalía moral, sino como una consecuencia estructural del sistema (5).

    Esta doctrina del control de esferas de influencia surge primero como práctica histórica de las grandes potencias y luego se teoriza en el marco del realismo clásico de Hans Morgenthau y el realismo ofensivo de Mearsheimer. Su origen moderno se remonta al siglo XIX, cuando imperios europeos y Estados Unidos comienzan a dividir el mundo en zonas de primacía reconocida: el Concierto de Europe tras 1815, la Doctrina Monroe en 1823, la expansión británica en el Índico y el reparto colonial de África en Berlín en 1884-85. Estas esferas no eran sólo territoriales, sino que implicaban control político, financiero, comercial y militar, bajo la premisa de que cada gran potencia debía contar con un “espacio vital” libre de rivales. Durante la Guerra Fría, esta práctica se institucionaliza: el bloque soviético en Europa del Este y la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental son ejemplos canónicos de esferas de influencia reconocidas de facto.

    Para América Latina, el regreso de esta biblia realista ofensiva significa aceptar que no hay lugar para la autonomía de los estados más débiles, ni para el multilateralismo ni para el derecho internacional que pudiera protegerlos. De acuerdo con Mearsheimer, “a Estados Unidos le conviene ser la única potencia hegemónica regional del mundo. No queremos que ningún otro país domine su continente, porque así podrían incursionar en el nuestro sin preocuparse por la geopolítica de su entorno”. Rige entonces la ley del más fuerte.

    El precio de una doctrina mal envejecida

    Aunque Trump pareciera actuar sin freno, la doctrina de las esferas de influencia enfrenta hoy límites estructurales. Su eficacia se reduce porque el orden internacional ya no es solo territorial, sino económico, tecnológico y planetario: las cadenas de suministro globales y la digitalización hacen casi imposible “cerrar” una región frente a un actor externo. A esto se suma la falta de reconocimiento mutuo global: Estados Unidos no respeta la “zona de seguridad” rusa, China no acepta la primacía estadounidense en su periferia marítima y Washington rechaza la presencia china en América Latina. Sin este acuerdo tácito, la doctrina funciona de manera unilateral, generando fricciones y rivalidades más que estabilidad. La estrategia de Trump combina la herencia de la Doctrina Monroe con la lógica moderna de esferas de influencia, pero aplicada a un mundo donde las “zonas exclusivas” son disputadas, porosas y difíciles de sostener; por eso, su viabilidad práctica resulta, en el mejor de los casos, severamente limitada.

    Por otro lado, existen costos inevitables. Mantener a las grandes potencias fuera del hemisferio occidental es complicado: varios gobiernos latinoamericanos pueden buscar cooperación con China, Rusia u otras potencias, aún sin intenciones de desafiar la hegemonía estadounidense. Concentrar recursos en dominar América Latina podría limitar la capacidad de Estados Unidos para contrarrestar rivales en otras regiones y generar resentimiento regional. La estrategia corre el riesgo de transformarse en un auténtico pantano estratégico, donde la búsqueda de estabilidad sin incentivos —“accesos sin zanahoria”— ni consensos termina por socavar la propia preeminencia de Estados Unidos.

    Si bien las potencias buscan estas zonas para protegerse de rivales cercanos, la lógica clásica puede generar dilemas de inseguridad, efectos de escalada, división de bloques enfrentados, alineamientos cruzados y antagonismos irreconciliables. La concepción tradicional de esfera, pensada como control territorial, se ve tensionada por una globalización fragmentada que limita la legitimidad de cualquier intento de dominio exclusivo. Se trata de una doctrina mal envejecida, estructuralmente insuficiente para sostener una cruzada eficaz contra China en el siglo XXI. La interdependencia económica erosiona la lógica territorial clásica. A diferencia de la Guerra Fría, China no necesita bases militares en el hemisferio occidental para influir: controla nodos críticos de comercio, financiamiento, tecnología e infraestructura a través de cadenas de valor globales. Las esferas concebidas como zonas geográficas cerradas resultan inoperantes frente a redes transnacionales de producción, finanzas y datos.

    Además, la doctrina sobrestima la coerción unilateral. Parte de la premisa de que un hegemón regional puede excluir rivales de su área vital, pero hoy los Estados medianos tienen mayor margen de maniobra que en el siglo XIX o la Guerra Fría; México, Brasil, Argentina, Colombia o Chile pueden diversificar alianzas y negociar entre potencias rivales, practicando diplomacia de “hedging” (cobertura) o de equilibristas con agencia propia, aprovechando oportunidades de ambas potencias. Exige más de lo que puede, pues padece de un déficit de legitimidad: la doctrina presupone obediencia, pero en contextos democráticos, poscoloniales y policéntricos, donde la imposición externa genera resistencia, desgaste de élites aliadas y costos reputacionales crecientes.

    En suma, se trata de una práctica que privilegia el poder duro y subestima el poder blando y la gobernanza. China compite no solo con coerción, sino con financiamiento, infraestructura, transferencia tecnológica, promesas de desarrollo y respaldo a espacios multilaterales; la mera negación de accesos no genera alternativas creíbles ni reemplaza el atractivo estructural de Pekín. La lógica de la hegemonía regional asume, además, que Estados Unidos puede replegarse sobre su hemisferio y externalizar costos en otras regiones, cuando la competencia con China es sistémica y simultánea: atraviesa Asia, América Latina, África, Europa y el ciberespacio. En este contexto, no existe “retaguardia segura” en un orden global poblado por actores estatales y grandes empresas tecnológicas con alcance transnacional y con riesgos de escala planetaria.

    La cruzada estadounidense contra China no fracasa por falta de voluntad geopolítica, sino porque intenta librarla con manuales del siglo XIX y buena parte del XX —inflación de amenazas, intervenciones cruentas, tutelajes y ahora bombardeos, invasiones e imposición de protectorados— frente a un competidor que opera con redes, interdependencias y penetración capilar del siglo XXI. Resulta casi irónico que, al seguir al pie de la letra el manual del realismo ofensivo —mantener a Estados Unidos como amo absoluto del hemisferio occidental y vigilante de que ningún rival domine otra región—, Washington acabe atrapado en su propio pantano, incapaz de cumplir cualquiera de las dos metas.

    1. Luis María Drago, canciller de Argentina entre 1902 y 1903 durante la presidencia de Julio Argentino Roca, formuló en respuesta al bloqueo naval de Gran Bretaña, Alemania e Italia en 1902-1903 a Venezuela: sostenía que ningún país extranjero podía usar la fuerza para cobrar deudas soberanas en la región, defendiendo así la soberanía latinoamericana frente a potencias extranjeras.
    2. Malacalza, B. (2025). Las cruzadas del siglo XXI: Cómo la colosal disputa entre China y Estados Unidos está transformando América Latina (y nosotros no nos enteramos). Siglo XXI Editores.
    3.  Nelson, B. (2025). Donald Trump’s Spheres of Influence Strategic Doctrine. Journal Of Global Strategic Studies: Jurnal Magister Hubungan Internasional, 5(1), 1-27.
    4. Katz, M. N. (2025, 19 de diciembre). The Mearsheimer logic underlying Trump’s National Security Strategy. E‑International Relations. 
    5. Ulloa, A. (2021). Realismo estructural. En J. A. Schiavon et al. (Eds.), Teorías de las relaciones internacionales en el siglo XXI. México, CIDE.

    La entrada Un nuevo mapa para el patio trasero se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Rechazan el juicio abreviado y seguirá preso el financista rosarino acusado de estafar a 150 personas

     

     La caída del juicio abreviado contra el financista Luis Herrera y sus dos hijos provoca una crisis que tiene impacto institucional. El defensor de los acusados de estafar a un centenar de ahorristas declaró que el fiscal regional de Rosario los metió en una trampa a sus clientes. Primero al avalar ante él mismo y los fiscales del caso la celebración de un acuerdo en el que sus defendidos aceptaron los delitos. Pero luego al quitarle su respaldo de manera repentina y con argumentos endebles.

    El fiscal regional de Rosario Matías Merlo rechazó este lunes que la Unidad Fiscal de Delitos Económicos cierre un juicio abreviado hacia Luis Herrera al que los fiscales Miguel Moreno y Sebastián Narvaja le acordaron una pena de cinco años de cárcel y una pena condicional para sus hijos que con ella quedarían en libertad. Los Herrera están acusados por administración fraudulenta y lavado de activos por un perjuicio de entre 30 y 60 millones de dólares contra unas 150 víctimas.

    Una situación que añade perplejidad es que hace tres días a pedido de la misma fiscalía actuante, con el abreviado cuestionado, a los tres imputados les prorrogaron la prisión preventiva hasta el 14 de abril. Cuando el acuerdo firmado a dos de ellos les aseguraba irse en libertad.

    Cuando trascendió que el abreviado estaba en marcha un grupo de damnificados cuestionó por muchos motivos que se eligiera este tipo de cierre al caso. Sobre todo porque se trataba de delitos de gran conmoción pública que merecían ventilarse en un juicio oral y público, y no en un acuerdo de partes de limitada publicidad.

    Piden cinco años de condena en un juicio abreviado para el Madoff rosarino

    Pero lo que afirma el defensor de los imputados, Gustavo Franceschetti, es que el fiscal regional Matías Merlo los colocó en una posición de efectos irreversibles en cuanto al derecho de defenderse. «Mis representados fueron conducidos a una trampa en la que se han quedado sin un juicio justo y sin un tribunal imparcial. El Ministerio Público de la Acusación (MPA) les hizo una propuesta de abreviado a Luis Herrera y sus hijos que era difícil de rechazar. Y una vez que la aceptaron, se echaron hacia atrás, lo hicieron público y ahora no hay juez en toda la provincia que no se haya enterado», le dijo a LPO.

    ¿Qué quiere decir esto último? Que ahora los Herrera serán juzgados en forma oral y pública, dice Franceschetti, por jueces que ya saben que ellos aceptaron declararse culpables. Y que esa circunstancia tiene un peso demoledor en la futura sentencia.

    Dos discusiones

    Este es un debate que es trascendental en términos de los procedimientos con que se juzgan a las personas en Santa Fe. Es algo que corre por otro andarivel de los hechos que se le atribuyen a los tres imputados y de la prueba que hay contra ellos a la que este medio se refirió reiteradamente. El problema institucional, dice el defensor, es que el fiscal regional de Rosario comprometió que el abreviado avanzara y finalmente volvió sobre su propia decisión, cuando los imputados ya tenían firmado el acuerdo.

    El Madoff argentino puede quedar en libertad en breve y detona un escándalo judicial en Rosario

    Este viernes LPO le consultó a Merlo sobre su decisión. «Antes de avalar cualquier abreviado tenemos que tener la conformidad de las víctimas. Más en los casos de multiplicidad de víctimas. Debemos constatar que la respuesta sea ajustada a derecho y después se toma decisión. En este caso no se cumplía esa circunstancia y no había una reparación a las víctimas», sostuvo Merlo.

    «No se advierte una concreta voluntad de resarcimiento. Los bienes cautelados se hallan sujetos al proceso concursal y no podrían ser objeto de disposición, lo que vuelve ilusoria cualquier compensación penal anticipada», escribió Merlo en los fundamentos del rechazo.

    El defensor de los Herrera es un abogado que es docente de la Facultad de Derecho de la UNR y fue dos períodos jefe de la Defensa Pública de Rosario entre 2011 y 2023. El remarca con contundencia que Merlo había convalidado ante los fiscales Moreno y Narvaja la salida del juicio abreviado en una reunión en la que él estuvo presente.

    «No pueden titubear»

    «Las autoridades del MPA tienen la facultad de ir a juicio o de ofrecer una propuesta alternativa. Lo que no puede hacer es titubear, faltar a la palabra. Esas marchas y contramarchas generan expectativas y daños irreversibles. Las razones que dio la Fiscalía Regional para no avalar el acuerdo, estaban presentes desde el minuto uno, no eran desconocidas», remarcó Franceschetti.

    «Solo un 25 por ciento de los querellantes manifestó disconformidad con el acuerdo del abreviado y se sabe que para que sea viable tiene que haber una mayoría de aceptación. En un caso con casi 200 querellantes, donde era seguro que no todos iban a estar de acuerdo, es obvio que se obtienen avales previos y supongo que no caerán en la bajeza de negarlo», enfatizó el defensor.

    Merlo, que acaba de quedar por concurso como fiscal regional tras haber estado interino en el mismo cargo, le dijo a LPO lo contrario de Franceschetti. «Uno está tranquilo con lo que resuelve. No había esa mayoría. La respuesta no era la más justa por el daño ocasionado», afirmó.

    Según plantea Merlo 33 querellantes aceptaron el abreviado, mientras que 27 se opusieron formalmente. El resto de las víctimas, unas 350 en total, no estaban constituidas como querellantes o no expresaron postura alguna. Eso para la fiscalía es fundamental para el rechazo al abreviado. Franceschetti dice que la ley es taxativa respecto que no expresar posición no puede tomarse como rechazo.

    Franceschetti interviene en un caso donde hay sustanciosa prueba contra sus clientes. Pero sostuvo que no siempre la aceptación de un abreviado tiene que ver con reconocerse como culpable sino con optar por la situación menos opresiva. «Luis Herrera y sus hijos están en prisión preventiva hace un año. Según los tiempos de la Justicia rosarina, el juicio recién se podría hacer en dos años más. Entonces les ofrecen asumir responsabilidad a cambio de que obtengan la libertad los hijos, o bien soportar dos años de prisión. Es algo difícil de rechazar. Luis acepta declararse culpable para que sus hijos sean excarcelados. Ellos no se reconocen culpables pero es muy duro soportar tres años de prisión para tener la oportunidad de demostrar la inocencia en juicio».

    Una megacausa por estafa salpica a socialistas, radicales y peronistas de Santa Fe

    El abogado de los Herrera califica como un bochorno institucional la actuación de la Fiscalía Regional de Rosario en esto. «Es escandaloso. El MPA le ha agregado una razón más a la habitual crítica a los acuerdos abreviados. Las personas encarceladas no deciden libremente, quedan contra la espada y la pared, máxime cuando el sistema les ofrece un juicio recién a dos o tres años del encarcelamiento. En estas condiciones, el sistema todo el tiempo se está arriesgando a condenar a inocentes o imponer sanciones más graves de las que corresponden en Derecho. Esto va en contra la naturaleza misma del proceso penal que debe ser una garantía contra estas situaciones. Si además se hace público un acuerdo fracasado, ese riesgo aumenta mucho más», declaró.

    Esto lo dice porque partes de la resolución del fiscal regional Merlo que rechaza el abreviado, y con eso mismo reconoce su existencia, fue publicada en diversos medios periodísticos. «Cuando hay un proceso con 140 querellantes uno solo puede haberlo filtrado», dice justamente uno de los querellantes que habló con LPO por este asunto. «Pero por eso es muy complicado para la Fiscalía volver atrás de su compromiso inicial. Es difícil pensar que la fiscalía lo filtró, pero que se haya filtrado revela la ambigüedad de la fiscalía, y además los fiscales intervinientes quedan desautorizados», subrayó el abogado.

    Que se escurra el texto de una negociación secreta entre partes es un problema y además un descrédito a futuro para el MPA. «Cualquier juez al que le toque en el futuro este caso sabe que hay tres imputados en juicio que se declararon culpables. Ellos lo hicieron midiendo conveniencias. Pero el efecto es uno solo y es que se asumieron culpables. Acá está el escándalo», dijo Franceschetti.

    Esto además es diferente a cuando un tribunal de jueces no homologa un abreviado por defectos legales, como pasa rutinariamente, o como pasó en el caso del abreviado de miembros de la banda de Los Monos. En este caso, remarca la defensa, la Fiscalía primero impulsó el abreviado autorizando a sus fiscales actuantes a firmar el acuerdo. Y después lo rechazó.

    «La solución propuesta resulta contradictoria y no se ha demostrado, a la luz de los hechos investigados, una actitud de reconocimiento del daño o arrepentimiento genuino por parte de los imputados hacia las víctimas», indica la resolución del fiscal regional Merlo. Que sobrevino a una reunión en la que participó el mismo Merlo, querellantes y el representante de los imputados. Pocos días después de esa reunión, donde hubo objeciones al acuerdo de algunos querellantes, la fiscalía regional lo rechazó.

    «Es un papelón. Indujeron a mis representados a firmar primero, expusieron públicamente que firmaron lo que la fiscalía les propuso, y rechazaron ellos mismos lo que propusieron», dijo Franceschetti. «Este proceder institucional no es sin consecuencias».

     

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