Sociedad

  • Tras la presión de Vigo, renunció el legislador peronista por el caso de abuso

     

     El legislador de Hacemos Unidos por Córdoba Ernesto Ramón «Cañito» Flores presentó su renuncia a la banca en la Legislatura provincial, después de dos semanas de creciente presión política por la situación de su exasesor José Aníbal Ricardo Villarreal, detenido e imputado en una causa por grooming y abuso sexual contra menores en el norte de Córdoba. 

    La salida se produjo apenas cuatro días después de que la Unicameral aprobara una licencia de 180 días sin goce de sueldo para Flores. Aquella solución había sido cuestionada por la oposición, que reclamaba directamente su expulsión del cuerpo. 

    El dato político que terminó de modificar el escenario fue el pronunciamiento de Alejandra Vigo. La senadora nacional y esposa del exgobernador Juan Schiaretti dijo que Flores debía renunciar porque Villarreal había formado parte de su equipo:

    «Hoy el legislador, por lo pronto, tendría que renunciar porque le toca directamente a él, porque ha sido parte de su staff», dijo días atrás. La declaración de Vigo tuvo un impacto particular porque el oficialismo había conseguido contener, al menos transitoriamente, el conflicto con la licencia. 

     Hoy el legislador, por lo pronto, tendría que renunciar porque le toca directamente a él, porque ha sido parte de su staff 

    Su intervención volvió a instalar el caso dentro de la interna del peronismo cordobés y dejó al llaryorismo ante una decisión incómoda: sostener a Flores o asumir el costo de una crisis que ya excedía al legislador del departamento Río Seco. Sin oxígeno político, Flores dimitió el domingo a la noche. 

    En su carta de renuncia, el legislador evita asumir cualquier responsabilidad por la situación de Villarreal y tampoco reconoce las acusaciones que se instalaron públicamente en su contra. 

    En la carta, afirma que fue víctima de una «campaña de difamación y de descalificación personal» y sostiene que las personas que formulan acusaciones deben demostrar sus dichos ante la Justicia. 

    «Quien formule una acusación deberá asumir la responsabilidad de sostenerla y demostrarla con pruebas, por las vías que correspondan y ante la Justicia», señala. El legislador deja además una aclaración explícita sobre el sentido de su salida: «Esta decisión no significa reconocer ninguna de las acusaciones que se han formulado en mi contra». 

    Flores reivindica su actuación, asegura que tiene la «conciencia absolutamente tranquila» y afirma que no tiene «nada que ocultar». Las derivaciones de los abusos a menores en el norte de Córdoba se convirtieron en un problema político para el peronismo cordobés. 

     Esta decisión no significa reconocer ninguna de las acusaciones que se han formulado en mi contra 

    Días atrás, Martín Llaryora calificó el episodio como «un hecho tremendo» y pidió que la Justicia investigara «a fondo». Pero el problema para el Gobierno provincial no estaba solamente en determinar la eventual responsabilidad penal de Villarreal. 

    La discusión política pasó rápidamente por los mecanismos de selección y control de los asesores de la Legislatura y, sobre todo, por la responsabilidad política de quienes los incorporan. El episodio llegó además en un momento especialmente delicado para el llaryorismo. 

    Ramón «Cañito» Flores

    El gobernador intenta presentar su proyecto como una renovación generacional del peronismo cordobés, mientras prepara una elección de 2027 en la que necesita conservar el poder provincial y, al mismo tiempo, ampliar su base electoral más allá del PJ tradicional. 

    El caso Flores vuelve a poner sobre la mesa precisamente aquello de lo que Llaryora pretende despegarse: las estructuras territoriales construidas durante décadas de poder peronista en Córdoba. 

    Flores es un dirigente con fuerte inserción en el norte provincial y su banca está ligada a esa construcción territorial en el norte cordobés. El escándalo obliga al oficialismo a responder por un esquema de relaciones políticas que excede al propio legislador y que, para sus adversarios, forma parte de una manera de ejercer el poder que Llaryora había prometido dejar atrás. 

    La incomodidad se potencia porque el caso Flores no aparece aislado. En las últimas semanas, distintos episodios judiciales y políticos que involucran a dirigentes del peronismo cordobés volvieron a alimentar la discusión sobre cuánto de la vieja estructura del PJ forma parte de la herencia que Llaryora reivindica y cuánto de ella pretende abandonar. 

    La secuencia de la salida de Flores duró casi tres semanas. Primero apareció la detención de Villarreal y la confirmación de que figuraba como asesor legislativo de Flores. Después llegaron las críticas opositoras y el reclamo de que el legislador dejara su banca. El oficialismo optó por una salida intermedia: una licencia de 180 días. Pero la licencia aprobada el miercoles no consiguió cerrar el conflicto. 

    La oposición mantuvo el reclamo de expulsión y, finalmente, la declaración de Vigo llevó la discusión al interior del propio peronismo. Ahora, el legislador se va. S egún sus propias palabras, «con la frente en alto» y convencido de que «la verdad no necesita campañas».

     

  • Corpacci le marca la cancha a Jalil para que no intente otra reelección

     

     Las mujeres del peronismo se plantaron en Catamarca en una potente demostración de fuerza para marcarle la cancha a Raúl Jalil, a quien el Gobierno de Javier Milei intenta convencer para que vuelva a presentarse para la gobernación y de esa manera romper el acuerdo con Lucía Corpacci y Gustavo Saadi.

    Los catamarqueños habían acordado que el actual intendente de la capital, Gustavo Saadi, fuese el próximo candidato a gobernador; Corpacci encabece la lista para renovar su banca en el Senado; Jalil ocupe el segundo lugar y el hermano del gobernador compita por la intendencia de San Fernando del Valle de Catamarca.

    Sin embrago, la posibilidad de que Jalil busque otro mandato comenzó a generar tensión dentro del oficialismo provincial y en el peronismo a nivel nacional. El gobernador mantiene un vínculo cercano con la Casa Rosada y acompaña en el Congreso las iniciativas libertarias. En el oficialismo nacional ahora pretende meter la cuña para fracturar al peronsimo.

    En ese contexto, Corpacci reunió en Valle Viejo a más de mil militantes durante el Encuentro Federal de Mujeres Peronistas. La cumbre convocó a dirigentes del kirchnerismo, el Frente Renovador y otros sectores del PJ, en una exhibición de respaldo a la senadora.

    Participaron Paula Penacca, Teresa García, Juliana Di Tullio, Lucía Cámpora, Cecilia Moreau, Jimena López, Julia Strada, Estela Díaz y Kelly Olmos, entre otras referentes nacionales. Durante el encuentro reclamaron la libertad de Cristina Kirchner y debatieron sobre la crisis económica, la deuda externa, el endeudamiento familiar y el retroceso de las políticas de género bajo el gobierno de Milei.

    El massismo también activó su estructura en Catamarca y realizó un plenario del Frente Renovador. Según explicaron desde ese espacio, el objetivo fue ordenar al oficialismo detrás de la candidatura de Saadi a gobernador y respaldar a Corpacci para el Senado.

     

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    La larga ruta de los Colapinto (historia y familia)

     

    La historia de los Colapinto desde Bitonto, en el Reino de las Dos Sicilias, hasta Franco: inmigración, familias, viajes y generaciones.

    Por Guillermo Carlos Delgado Jordan para NLI

    Cuando Franco Colapinto se convirtió en piloto de Fórmula 1, el punto de partida visible de su historia estaba en Pilar, provincia de Buenos Aires. Allí nació, el 27 de mayo de 2003, el hombre que años después llevaría el apellido Colapinto a los circuitos más importantes del automovilismo mundial. Pero mucho antes de que ese apellido apareciera asociado a un monoplaza, a una bandera argentina y a las luces de la Fórmula 1, hubo otros Colapinto que recorrieron caminos muy diferentes. Para encontrar una de las primeras estaciones documentadas de ese largo viaje familiar hay que retroceder más de un siglo y medio, atravesar el Atlántico hacia Europa y detenerse en una ciudad de la Apulia italiana que, en aquel momento, todavía no pertenecía a Italia: Bitonto, en la provincia de Terra di Bari, dentro del Reino de las Dos Sicilias.

    El 28 de diciembre de 1851, mientras en la península italiana todavía faltaban diez años para la proclamación del Reino de Italia, un hombre y una mujer llegaron hasta el registro civil de Bitonto para formalizar su matrimonio. Él era Francesco Nicola Colapinto, nacido en esa misma ciudad el 1 de marzo de 1822; ella, Maria Concetta Gaetana Silvestra Donata Ferrara Saracino, nacida también en Bitonto el 8 de diciembre de 1824. Francesco tenía entonces 29 años y Maria Concetta, 27. Sus nombres, sus padres y aquella fecha quedaron asentados en un documento que sobrevivió al paso de las generaciones y que hoy permite asomarse, aunque sea por unos instantes, a la vida de una familia que todavía no podía imaginar que, muchas décadas después y a miles de kilómetros de distancia, uno de sus descendientes terminaría compitiendo en la categoría máxima del automovilismo.

    Bitonto, 1851: una ciudad antes de Italia

    Para comprender aquella partida de matrimonio hay que detenerse primero en el lugar. Bitonto no era todavía “Italia”, al menos no en el sentido político que hoy le damos a esa palabra. En diciembre de 1851 formaba parte del Reino de las Dos Sicilias, el Estado gobernado por la dinastía borbónica que comprendía buena parte del sur de la península y Sicilia. Administrativamente, Bitonto era cabeza de circunscripción del distrito de Bari dentro de la provincia de Terra di Bari, cuya capital era Bari. El registro civil que dejó constancia del matrimonio de Francesco y Maria Concetta pertenecía, por lo tanto, a un mundo político que desaparecería menos de una década después con el proceso de unificación italiana.

    Era una ciudad de dimensiones considerables para aquel tiempo. Los registros históricos sitúan en 21.737 habitantes la población de Bitonto en 1851, una cifra que permite imaginar una comunidad mucho más pequeña que la ciudad moderna, pero suficientemente grande como para constituir uno de los centros importantes de la Terra di Bari. Su núcleo urbano conservaba todavía buena parte de la estructura heredada de siglos anteriores, con calles estrechas y sinuosas, mientras alrededor se extendía un paisaje agrario dominado por una presencia que sería fundamental para entender la historia económica y social de la región: el olivo.

    El olivo no era simplemente parte del paisaje. Era una de las bases de la vida económica de Bitonto. La producción de aceite tenía una importancia extraordinaria en la Terra di Bari y la ciudad se había convertido en uno de los principales centros olivareros de la región. Un registro del Catasto Murattiano contabilizaba 70 molinos de aceite en Bitonto en 1815, una cantidad que crecería con fuerza durante las décadas siguientes; para 1864, ya en los primeros años del Reino de Italia, Bitonto concentraba 119 de los 176 establecimientos entre almazaras y bodegas registrados en la Terra di Bari.

    Eso significa que cuando Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino contrajeron matrimonio, no lo hicieron en una ciudad aislada ni ajena a los movimientos económicos de su tiempo. Vivían en una tierra conectada con los circuitos comerciales del Mediterráneo y profundamente ligada a la agricultura. En el Reino de las Dos Sicilias, el aceite de oliva constituía uno de los principales productos agrícolas y Apulia era precisamente una de las grandes zonas productoras. Pero detrás de las cifras comerciales existía una sociedad en la que la vida cotidiana estaba marcada por el trabajo rural, las relaciones familiares, la propiedad de la tierra y las diferencias sociales propias de un mundo todavía muy distante de la industrialización que estaba transformando el norte de Europa.

    Bitonto, además, cargaba con una historia mucho más antigua que la de aquella generación de Colapinto. Había sido un importante centro peuceta, luego una ciudad romana atravesada por antiguas vías de comunicación y, durante siglos, uno de los núcleos relevantes de la región. Pero en la memoria histórica de la ciudad había un episodio particularmente poderoso: la batalla de Bitonto del 25 de mayo de 1734, librada apenas 117 años antes del matrimonio que estamos siguiendo. La victoria de las tropas españolas de Carlos de Borbón sobre los austríacos abrió el camino para la instalación de la nueva dinastía borbónica en el Reino de Nápoles y convirtió a Bitonto en escenario de uno de los acontecimientos decisivos de la historia política del sur italiano.

    Batalla de Bitonto (1734)

    Cuando Francesco Nicola nació allí en 1822, la batalla ya pertenecía a la memoria de varias generaciones, pero el mundo que la había producido todavía estaba presente. Y cuando se casó en 1851, el viejo orden europeo se encontraba nuevamente en movimiento. Las revoluciones de 1848 habían sacudido el continente; los movimientos liberales y nacionalistas recorrían los Estados italianos; el poder de los Borbones era cuestionado y el proceso que terminaría conduciendo a la unificación italiana ya estaba en marcha. Faltaban apenas nueve años para que Garibaldi desembarcara en Sicilia con los Mil y diez para que, el 17 de marzo de 1861, naciera formalmente el Reino de Italia.

    Pero en aquella tarde de diciembre de 1851 nada de eso formaba parte todavía de la historia familiar que podía imaginarse. Francesco Nicola y Maria Concetta eran simplemente dos jóvenes de Bitonto que se casaban en su ciudad, rodeados por sus familias, sus nombres, sus vínculos y las circunstancias concretas de una vida que hoy apenas podemos reconstruir a través de los documentos.

    De Bitonto a Nápoles: Vincenzo y el primer gran salto

    La historia vuelve a moverse con la siguiente generación. Vincenzo Colapinto Ferrara, hijo de Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino, nació el 24 de noviembre de 1868 en Bari, apenas siete años después de un acontecimiento que había cambiado para siempre el mapa político de la península: la proclamación del Reino de Italia. El niño que había nacido en la nueva Italia era, sin embargo, heredero directo de una familia formada en el antiguo Reino de las Dos Sicilias. Su padre había nacido en Bitonto cuando los Borbones todavía gobernaban el sur de la península y su madre había nacido allí dos años después. Vincenzo, en cambio, llegaba al mundo en una Italia recién unificada, en una sociedad que comenzaba a construir una identidad nacional sobre territorios que durante siglos habían pertenecido a Estados diferentes.

    No sabemos todavía todo lo que ocurrió durante los primeros años de su vida, pero sí aparece una huella particularmente significativa: Vincenzo estudió en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Nápoles. Su nombre aparece en el Annuario scolastico de la Universidad de Nápoles correspondiente a 1889, en la página 160, una referencia que permite ubicarlo como estudiante universitario en una de las instituciones académicas más antiguas y prestigiosas de Europa. No es un detalle menor. Para un joven nacido en Bari apenas siete años después de la unificación, llegar hasta los estudios médicos en Nápoles significaba desplazarse dentro de una Italia que todavía estaba aprendiendo a pensarse como nación y, al mismo tiempo, incorporarse a una tradición intelectual que tenía varios siglos de historia.

    La Universidad de Nápoles, fundada en 1224 por el emperador Federico II, era por entonces uno de los grandes centros culturales del sur italiano. La medicina tenía allí una tradición particularmente antigua, vinculada a la historia intelectual de la región y a la influencia de la cercana escuela médica de Salerno. En la segunda mitad del siglo XIX, mientras el nuevo Estado italiano intentaba modernizar sus instituciones y extender una educación superior de carácter nacional, la formación médica representaba también una puerta hacia una profesión de creciente prestigio social. El joven Vincenzo, cuyo apellido todavía conservaba en su composición la memoria familiar de los Colapinto y los Ferrara, se estaba formando así en un mundo muy diferente al de sus padres.

    Pero el recorrido de Vincenzo no terminaría en Italia.

    Un médico italiano en la frontera bonaerense

    Hacia fines del siglo XIX, Vincenzo Colapinto dejó Italia y cruzó el Atlántico rumbo a Sudamérica. La fecha exacta y las circunstancias del viaje son todavía parte de la investigación, pero existe una referencia documental que permite ubicarlo ya en la Argentina: en octubre de 1898 aparece como miembro fundador de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza” de Tres Arroyos.

    El dato adquiere otra dimensión cuando se mira el lugar en el que decidió establecerse. Tres Arroyos, en el sur de la provincia de Buenos Aires, era por entonces una localidad joven, profundamente marcada por la expansión de la frontera agropecuaria, la llegada de inmigrantes europeos y el crecimiento de las actividades vinculadas al campo. La ciudad había sido fundada oficialmente en 1884 y durante las últimas décadas del siglo XIX se encontraba en plena transformación. El ferrocarril, la colonización agrícola y el desarrollo de las actividades comerciales estaban modificando aceleradamente un territorio que apenas unas décadas antes había formado parte de un espacio mucho más inestable y fronterizo.

    El nombre de Tres Arroyos no era casual. La localidad se desarrolló en una zona atravesada por cursos de agua que confluyen en la región y que habían dado identidad al territorio mucho antes de la consolidación de la ciudad. Pero lo que verdaderamente estaba transformando el lugar hacia fines del siglo XIX era la incorporación de esas tierras a una economía agropecuaria cada vez más integrada con los mercados nacionales e internacionales. El campo necesitaba caminos, estaciones, almacenes, molinos, comercios, servicios y profesionales, y alrededor de ese proceso fueron creciendo las nuevas poblaciones bonaerenses.

    La inmigración europea tuvo un papel central en esa transformación. Italianos, españoles, franceses y otros grupos fueron llegando a la provincia de Buenos Aires atraídos por las posibilidades que ofrecía una economía en expansión. Muchos se dedicaron a las tareas rurales; otros se instalaron en los pueblos y ciudades como comerciantes, artesanos, trabajadores especializados o profesionales. Y junto con ellos llegaron también las instituciones que los inmigrantes creaban para mantener sus vínculos comunitarios, ayudarse frente a las dificultades y conservar una parte de la identidad que habían dejado del otro lado del océano.

    En ese contexto debe entenderse la participación de Vincenzo en la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos “Unione e Benevolanza”. Que figure entre sus fundadores no solamente indica que ya se encontraba integrado a la comunidad italiana de Tres Arroyos: también muestra que participó activamente en la construcción de una de esas redes de solidaridad que fueron fundamentales para los inmigrantes durante las primeras décadas de su vida en la Argentina. Antes de que existieran los sistemas de seguridad social tal como los conocemos hoy, las sociedades de socorros mutuos cumplían funciones esenciales: asistencia económica, ayuda ante enfermedades, acompañamiento en situaciones de necesidad y, muchas veces, también un espacio de sociabilidad y preservación cultural.

    Para Vincenzo, médico formado en Nápoles, aquella institución debió representar además un punto de encuentro con hombres que compartían una lengua, una procedencia y una historia migratoria semejante. Había nacido en la Italia posterior a la unificación, se había formado en Nápoles y ahora se encontraba en una localidad de la provincia de Buenos Aires construida en buena medida por inmigrantes como él. La distancia con Bitonto era enorme, no solamente en kilómetros sino también en tiempo histórico. Entre la partida de matrimonio de sus padres en 1851 y su llegada a Sudamérica habían transcurrido menos de cincuenta años, pero en ese período habían desaparecido un reino, nacido una nación y comenzado otra historia familiar al otro lado del Atlántico.

    Tres Arroyos tampoco era un destino cualquiera. Era uno de esos lugares de la Argentina finisecular donde el país estaba cambiando de escala. El crecimiento de la producción agropecuaria y la expansión ferroviaria estaban conectando las localidades del interior bonaerense con los grandes puertos y, a través de ellos, con los mercados internacionales. En ese paisaje de inmigración, agricultura, comercio y expansión territorial, Vincenzo Colapinto encontró su lugar.

    Y allí, en el sur de la provincia de Buenos Aires, comienza otra etapa de la larga ruta de los Colapinto.

    Rosario del Tala: otro camino para los Colapinto

    Los caminos de Vincenzo Colapinto parecen haber sido tan inquietos como las circunstancias de la época en que le tocó vivir. Después de formarse en Medicina en Nápoles y de cruzar el Atlántico para instalarse en Tres Arroyos, su rastro vuelve a desplazarse hacia el norte. Esta vez el destino fue Entre Ríos, y más precisamente Rosario del Tala, una localidad atravesada por el río Gualeguay y nacida alrededor de uno de los antiguos pasos que comunicaban distintos puntos del territorio entrerriano. Allí, en los primeros años del nuevo siglo, aparece nuevamente el apellido Colapinto asociado a una historia familiar que ya había atravesado un océano y que todavía estaba lejos de encontrar su destino definitivo.

    Rosario del Tala tenía para entonces una historia mucho más antigua que su aspecto de pueblo en expansión podía sugerir. El origen del asentamiento se remontaba al antiguo Paso del Tala, un lugar utilizado por quienes transitaban entre distintas poblaciones de la provincia. Hacia la década de 1770 comenzaron a establecerse allí vecinos provenientes de Paraná, Nogoyá y Gualeguay, atraídos en buena medida por la posibilidad de asentarse cerca de un paso estratégico sobre el territorio. La comunidad fue creciendo alrededor de una capilla y en 1799 se autorizó la creación de una viceparroquia bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, fecha que la tradición local tomó como fundacional.

    Durante el siglo XIX, aquel antiguo paraje fue dejando atrás lentamente su condición de población rural dispersa. En 1863, durante la reorganización territorial impulsada en Entre Ríos, el departamento Tala fue creado por decreto de Justo José de Urquiza, y Rosario del Tala quedó como cabecera. Poco después comenzaron a consolidarse las instituciones municipales y administrativas que acompañaban el crecimiento de la localidad. Era una Entre Ríos que estaba construyendo su propia red de pueblos y ciudades, en un territorio donde todavía pesaban las antiguas rutas de las carretas y las comunicaciones fluviales, pero donde comenzaban a aparecer con fuerza los signos de una modernidad diferente.

    Uno de esos signos tenía nombre propio: el ferrocarril. En la década de 1880 las vías comenzaron a modificar radicalmente las distancias entrerrianas. En 1883 fue autorizada la construcción de la línea que atravesaría la provincia y conectaría Paraná con Concepción del Uruguay, y Rosario del Tala quedó incorporada a ese nuevo sistema de comunicaciones. La estación comenzó a funcionar con la llegada del Ferrocarril Central Entrerriano y, pocos años después, en noviembre de 1888, fue inaugurado el ramal que unía Tala con Gualeguay. La vieja lógica de los caminos de tierra, las postas y las largas jornadas a caballo comenzaba a convivir con la velocidad del tren.

    El cambio no fue solamente técnico. El ferrocarril llevó gente, mercancías, oportunidades y nuevas familias. Alrededor de las estaciones aparecieron comercios, hospedajes, talleres y servicios, mientras la inmigración europea contribuía a modificar la composición social de las poblaciones entrerrianas. Italianos, españoles, alemanes, vascos, gallegos, polacos y otros inmigrantes fueron formando comunidades que conservaron parte de sus costumbres y, al mismo tiempo, se incorporaron a la vida de sus nuevos pueblos. La propia historia de Rosario del Tala reconoce ese proceso de llegada de inmigrantes como uno de los elementos que contribuyeron a darle su fisonomía durante las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX.

    Es en ese escenario, cuando el siglo XIX ya se había convertido en recuerdo y el nuevo siglo apenas comenzaba, donde vuelve a aparecer Vincenzo Colapinto. La documentación del Registro Civil entrerriano permite ubicarlo en Rosario del Tala en 1900, cuando tenía 53 años. El 30 de octubre de ese año fue registrada allí una niña llamada María Eugenia Colapinto, hija de Vicente Colapinto.

    Hay algo particularmente sugestivo en ese registro. La familia Colapinto vuelve a aparecer asociada a un territorio en movimiento. Vincenzo había llegado desde Italia a la Argentina; había pasado por Tres Arroyos y ahora se encontraba en Entre Ríos. La geografía familiar empezaba a dibujar una trayectoria que no respondía a una migración lineal desde Europa hacia un único destino, sino a desplazamientos dentro de la propia Argentina. Como tantos inmigrantes y sus descendientes, los Colapinto parecían estar buscando su lugar en un país que se expandía, que incorporaba nuevas tierras a la producción y que multiplicaba sus conexiones ferroviarias.

    Rosario del Tala era precisamente uno de esos puntos donde las transformaciones podían verse a escala humana. En sus calles convivían las familias criollas y los inmigrantes recién llegados; en sus alrededores se extendían las actividades rurales; en la estación se cruzaban viajeros y mercancías; y en las instituciones locales comenzaban a hacerse visibles las comunidades extranjeras que contribuían a construir la nueva sociedad. La llegada del tren había convertido al pueblo en un nodo de una red mucho más grande, y esa red hacía posible que hombres como Vincenzo pudieran trasladarse, establecerse, formar vínculos y volver a emprender camino.

    Incluso el paisaje industrial comenzaba a cambiar. La ciudad tendría en las primeras décadas del siglo XX uno de sus grandes símbolos en la Calera Osinalde-Izaguirre, un complejo que se convertiría en una de las principales referencias productivas de Rosario del Tala y que continuaría funcionando hasta la década de 1960. El pueblo que había nacido alrededor de un paso sobre el Gualeguay estaba convirtiéndose en una pequeña ciudad conectada por ferrocarril, con actividad comercial e industrial y con una sociedad cada vez más diversa.

    De Tres Arroyos a Máximo Paz

    Los caminos de Vincenzo Colapinto no se detuvieron en Rosario del Tala. En algún momento de esos años de tránsito por la Argentina conoció a Margarita Olivero, una joven italiana nacida hacia 1879. La relación daría lugar a una nueva familia y, con ella, a otro desplazamiento dentro de la geografía de la inmigración italiana en la Argentina: el destino sería Máximo Paz, en el departamento Constitución, provincia de Santa Fe.

    Llegar allí significaba instalarse en un pueblo que prácticamente había nacido junto con la generación de inmigrantes que lo poblaba. Máximo Paz había sido fundado el 14 de enero de 1890, cuando los hermanos Marcelo, Máximo y Agustina Paz cedieron tierras que luego fueron loteadas para dar forma al nuevo núcleo urbano. Ese mismo año se habilitó la estación ferroviaria sobre el ramal Villa Constitución-Río Cuarto, un dato decisivo para entender por qué aquel lugar podía convertirse en destino de familias que, como los Colapinto, se movían dentro de una Argentina en plena expansión.

    No era un pueblo surgido alrededor de una vieja ciudad colonial ni de una antigua ruta comercial. Era, en buena medida, hijo de la transformación agrícola y ferroviaria de la Argentina de fines del siglo XIX. La llegada del tren acercaba mercados, personas y mercancías, mientras las tierras del sur santafesino comenzaban a integrarse cada vez más a la producción agropecuaria. Un estudio sobre la cuestión agraria santafesina ubica precisamente en 1890 la fundación de la colonia Máximo Paz y señala que, en esos años, la entrega de tierras para la agricultura avanzaba alrededor de las estaciones ferroviarias.

    El paisaje humano también estaba cambiando. La gran inmigración europea había convertido a Santa Fe en uno de los principales territorios de colonización agrícola de la Argentina. Desde mediados del siglo XIX, miles de inmigrantes se habían establecido allí y habían transformado profundamente la economía y la sociedad provincial. El fenómeno fue particularmente intenso entre los italianos: para fines del siglo XIX, las comunidades de origen peninsular tenían una presencia enorme en la llamada Pampa Gringa, ese espacio de colonias agrícolas que se extendía por el centro y sur de Santa Fe y que estaba construyendo una sociedad nueva sobre la base del trabajo rural, el ferrocarril y la inmigración.

    Máximo Paz era entonces un pueblo joven, rodeado de chacras y colonias agrícolas, en una región donde la vida cotidiana estaba estrechamente vinculada a los ciclos de la producción rural. El ferrocarril constituía una de las grandes novedades de aquel mundo: permitía que la producción pudiera salir de la zona y conectarse con centros comerciales mayores, pero también hacía posible que las personas se desplazaran con una rapidez que las generaciones anteriores no habían conocido. El pueblo, la estación y el campo formaban parte de un mismo sistema.

    Y allí, en ese territorio nuevo, comenzaron a crecer los hijos de Vincenzo y Margarita.

    El primero fue Leonidas José Colapinto Olivero, nacido el 8 de noviembre de 1903 en Máximo Paz y bautizado poco después, el 24 de noviembre de 1904. Dos años más tarde, el 23 de enero de 1906, nació su hermano Raúl Juan Colapinto Olivero, también en Máximo Paz; su bautismo se produjo el 2 de mayo de 1910. La documentación parroquial permite así seguir la expansión de una rama familiar que ya no pertenecía exclusivamente al mundo de los inmigrantes italianos: sus hijos estaban naciendo en territorio argentino y creciendo en una comunidad que había surgido apenas una década antes.

    Registro de Bautismo de Leónidas José Colapinto en Máximo Paz

    Hay algo casi simbólico en esas fechas. Cuando Leonidas nació, Máximo Paz tenía apenas trece años de existencia; cuando nació Raúl, apenas dieciséis. La familia y el pueblo crecían prácticamente al mismo tiempo. Los Colapinto Olivero formaban parte de una generación que ya no estaba llegando a la Argentina: estaba naciendo en ella.

    Y ese cambio es fundamental para nuestra historia. Francesco Nicola había nacido en el Reino de las Dos Sicilias; Vincenzo había nacido en la Italia recién unificada; Leonidas y Raúl nacían ahora en una Argentina que sus padres habían elegido como lugar de vida. El apellido había atravesado el océano y comenzaba a echar raíces definitivas en Sudamérica.

    Pero tampoco aquí se detendría la larga ruta de los Colapinto.

    De Bitonto a Bari. De Bari a Nápoles. De Nápoles a la Argentina. De Tres Arroyos a Rosario del Tala y de allí a Máximo Paz. Cada generación había agregado una nueva estación al viaje. Y todavía faltaban muchas más antes de llegar a Pilar.

    De Bahía Blanca a Montevideo: cruzar el charco por amor

    La siguiente estación de esta larga ruta de los Colapinto estaría bastante lejos de Máximo Paz. Leonidas José Colapinto Olivero, nacido allí el 8 de noviembre de 1903, terminaría radicándose en Bahía Blanca, en el extremo sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Para entonces, el hijo de Vincenzo y Margarita ya pertenecía plenamente a una generación nacida en la Argentina, pero la historia familiar seguía teniendo al Atlántico y al Río de la Plata como grandes escenarios de movimiento. Y sería precisamente el río, esa enorme frontera de agua que separa Buenos Aires de Montevideo, el que volvería a aparecer en el camino de los Colapinto.

    Porque en algún momento de su vida Leonidas conoció a María Luisa Belloni Solari, nacida en Montevideo el 30 de mayo de 1908. El vínculo terminaría llevándolo a cruzar el charco y, el 4 de enero de 1932, ambos contrajeron matrimonio en la capital uruguaya. Para la familia Colapinto era un nuevo desplazamiento, aunque esta vez el viaje no tenía el sentido de una emigración: era el recorrido inverso de una historia que ya llevaba varias décadas moviéndose por el sur de Sudamérica. El hombre nacido en Santa Fe y radicado en Bahía Blanca llegaba ahora a Montevideo para unirse a una mujer nacida al otro lado del Río de la Plata.

    La elección de Montevideo tampoco era casual. Durante décadas, la ciudad había sido uno de los grandes puertos de entrada y asentamiento de la inmigración europea en Sudamérica. Los italianos tuvieron una presencia particularmente importante en la formación de la sociedad montevideana y ya desde fines del siglo XIX constituían una comunidad numerosa, con instituciones propias, redes comerciales, asociaciones y vínculos que atravesaban las fronteras entre Uruguay y Argentina. La masiva presencia italiana en Montevideo durante el período de la gran inmigración está documentada incluso por informes consulares y registros portuarios de la época.

    Cuando nació María Luisa, en 1908, Montevideo era una ciudad que atravesaba una profunda transformación. A comienzos del siglo XX, aproximadamente tres de cada diez habitantes eran extranjeros, mientras la capital crecía hacia nuevos barrios y se expandían las infraestructuras que terminarían dándole su fisonomía moderna. Los tranvías eléctricos, el puerto, la Rambla y el crecimiento de barrios como Cordón, Prado, Pocitos, Cerro y Villa Colón formaban parte de esa transformación urbana.

    Pero la historia de María Luisa no comenzaba en Uruguay. Sus padres también habían llegado desde Europa y pertenecían a dos familias italianas de procedencias diferentes. Ceccardo Belloni Borghini, su padre, había nacido alrededor del 15 de junio de 1864 en Massa y Carrara, Toscana, hijo de Massimo Belloni, albañil, y de Maria Borghini. La familia materna de María Luisa tenía otro origen geográfico: Eugenia Solari Marini, nacida el 30 de septiembre de 1873 en Chiavari, Liguria, era hija de Esteban Solari, carpintero, y Luisa Marini.

    Otra vez, detrás de una persona aparece un mapa. Toscana. Liguria. Montevideo. Bahía Blanca.

    Los Belloni y los Solari habían hecho, en apenas una generación, un recorrido semejante al de tantas familias italianas que encontraron en América un nuevo escenario para sus vidas. Massa Carrara, en el extremo norte de Toscana y cerca de los Apeninos y del mar Tirreno, tenía una identidad marcada históricamente por la extracción y el trabajo de la piedra, mientras Chiavari, sobre la costa ligur, pertenecía a un territorio cuya vida económica y cultural estaba estrechamente vinculada al Mediterráneo. De esos dos mundos europeos surgirían las ramas familiares que terminarían encontrándose en Montevideo.

    Y así, el matrimonio de Leonidas y María Luisa no fue solamente la unión de dos personas. Fue también el encuentro de dos historias migratorias italianas que habían seguido caminos diferentes hasta converger en el Río de la Plata. Por un lado, los Colapinto, llegados desde la Apulia y ya profundamente arraigados en la Argentina después de varias mudanzas internas. Por el otro, los Belloni y los Solari, cuyos orígenes se encontraban en Toscana y Liguria y cuya historia familiar había echado raíces en Uruguay.

    Para entonces, además, el Río de la Plata ya no era aquella frontera que podía parecer insalvable para los inmigrantes del siglo XIX. Buenos Aires y Montevideo estaban conectadas por una intensa circulación de personas, mercancías, noticias y familias. El río separaba dos países, pero también funcionaba como un corredor. Las distancias que habían obligado a Francesco Nicola a cruzar un océano décadas atrás eran ahora, para sus descendientes, un viaje mucho más corto, aunque no por eso menos significativo.

    Leonidas llegó a Montevideo en 1932, en un mundo que acababa de entrar en una nueva etapa de incertidumbre. La crisis económica internacional iniciada en 1929 había golpeado profundamente a las economías de la región y Uruguay atravesaba también una transformación política decisiva: Gabriel Terra había asumido la presidencia en 1931 y en 1933 daría un golpe de Estado, inaugurando un período autoritario. La colectividad italiana, por su parte, atravesaba sus propias tensiones, porque el ascenso del fascismo en Italia había convertido la identidad de los inmigrantes en un terreno cada vez más atravesado por la política. Durante los años siguientes, el régimen de Benito Mussolini intentaría ampliar su influencia sobre las comunidades italianas de América del Sur.

    Pero el 4 de enero de 1932, cuando Leonidas y María Luisa se casaron, la historia familiar podía ser mucho más sencilla que la historia política que los rodeaba. Un hombre de Bahía Blanca y una joven montevideana se unían en matrimonio. Dos familias italianas, ya transformadas por la emigración, volvían a encontrarse en una ciudad que había sido durante décadas uno de los grandes destinos de la diáspora peninsular.

    Y hay algo hermoso en esta parte de la genealogía: el viaje no siempre fue impulsado por la necesidad económica, la búsqueda de trabajo o la emigración masiva. A veces también fue el amor el que puso en movimiento a los Colapinto.

    Leonidas había nacido en un pequeño pueblo de Santa Fe creado alrededor del ferrocarril. Había crecido en una familia cuyo padre había recorrido media Argentina después de abandonar Italia. Se había radicado en una ciudad portuaria y comercial del sudoeste bonaerense. Y ahora cruzaba el Río de la Plata para casarse con una mujer cuya familia también había recorrido miles de kilómetros antes de llegar a Montevideo.

    La larga ruta de los Colapinto volvía a cruzarse, una vez más, con la larga ruta de otra familia de inmigrantes.

    Y esta vez, el destino no estaba en un pueblo de la pampa ni en una ciudad italiana. Estaba al otro lado del río.

    Bahía Blanca: el abogado que cerró una larga historia de migraciones

    El matrimonio de Leonidas José Colapinto Olivero y María Luisa Belloni Solari en Montevideo, en enero de 1932, abrió una nueva etapa de la historia familiar. De aquella unión nació, en 1935, en Bahía Blanca, Leonidas Colapinto Belloni, quien llevaría consigo, condensados en sus apellidos, buena parte de los caminos recorridos por las generaciones anteriores: los Colapinto llegados desde Bitonto y arraigados sucesivamente en distintos puntos de la Argentina; los Belloni procedentes de Toscana; los Solari originarios de Liguria y establecidos en Montevideo. En él ya no encontramos al inmigrante que abandona Europa ni al hijo que busca un nuevo lugar dentro de la Argentina en expansión, sino a un argentino nacido en una familia que llevaba varias décadas construyendo su propia historia a ambos lados del Río de la Plata.

    Bahía Blanca sería, finalmente, uno de los grandes puntos de arraigo de los Colapinto. La ciudad había adquirido una importancia extraordinaria desde fines del siglo XIX gracias a su puerto, al ferrocarril, a la expansión de la producción agropecuaria y a su posición estratégica en el sudoeste bonaerense. Cuando Leonidas nació en 1935, ya no era aquella ciudad de frontera que habían conocido las primeras generaciones de inmigrantes, sino un centro urbano consolidado, profundamente vinculado con el comercio, la actividad portuaria, la producción agropecuaria y la llegada de nuevas corrientes migratorias. Allí crecería el hombre que, décadas más tarde, se convertiría en una figura destacada del ámbito jurídico bahiense.

    Leonidas Colapinto Belloni fue abogado y desarrolló una extensa actividad profesional e institucional en Bahía Blanca. Su trayectoria estuvo vinculada particularmente con el Derecho Procesal y el Derecho de Familia, campos en los que no solamente ejerció su profesión sino que también participó de la construcción de espacios académicos y profesionales. Fue cofundador del Instituto de Derecho Procesal y del Instituto de Derecho de Familia del Colegio de Abogados de Bahía Blanca, una participación que permite ubicarlo dentro de una tradición jurídica que excedía el ejercicio cotidiano de la abogacía y buscaba generar ámbitos de estudio, discusión y formación profesional.

    Pero quizás el aspecto más interesante para comprender a Leónidas sea que su preocupación intelectual no quedó encerrada en los códigos y los tribunales. Fue especialista en cuestiones sociales y políticas y escribió sobre asuntos que revelaban una mirada atenta a los problemas concretos de la sociedad. Entre sus publicaciones se destacó Iniquidades de la adopción, una obra en la que abordó cuestiones relacionadas con la adopción, la familia y el papel social de la mujer. El propio título expresa una preocupación por las desigualdades y por las consecuencias que determinadas estructuras jurídicas y sociales podían producir sobre las personas involucradas en los procesos de adopción.

    De esta manera, en la generación de Leónidas aparece una transformación particularmente significativa de aquella antigua familia de Bitonto. El apellido que había nacido en los registros civiles del Reino de las Dos Sicilias había llegado, cuatro generaciones después, a las instituciones profesionales de una ciudad argentina. Francesco Nicola había sido un hombre de Bitonto que se casó en 1851, cuando Italia todavía no existía como Estado nacional. Su hijo Vincenzo nació en Bari después de la unificación, estudió Medicina en Nápoles y terminó cruzando el Atlántico. Vincenzo se convirtió en uno de los fundadores de una sociedad italiana de socorros mutuos en Tres Arroyos, recorrió luego otros territorios de la Argentina y formó una familia en Máximo Paz. Su hijo Leonidas José se radicó en Bahía Blanca y cruzó el Río de la Plata para casarse con María Luisa Belloni Solari. Y de esa unión nació, en 1935, Leonidas Colapinto Belloni.

    La trayectoria permite observar algo que suele perderse cuando una genealogía se reduce a nombres y fechas: la inmigración no fue un acontecimiento único, sino un proceso que se prolongó durante generaciones. El primer Colapinto de esta historia llegó desde una sociedad europea profundamente diferente de la Argentina que conocemos. Sus descendientes fueron cambiando de ciudad, de profesión, de vínculos y de horizontes. Algunos conservaron instituciones y apellidos que recordaban su origen; otros se integraron completamente a la sociedad argentina. En el transcurso de pocas generaciones, aquella familia de agricultores y profesionales del sur italiano terminó formando parte de las clases profesionales de una ciudad argentina moderna.

    Leónidas murió el 31 de octubre de 2024, a los 89 años. Su muerte cerró una vida que había atravesado casi nueve décadas de la historia argentina y que, indirectamente, conectaba dos mundos separados por un océano y por casi dos siglos. Había nacido en 1935, cuando todavía vivían personas que habían conocido personalmente a los inmigrantes de la gran oleada europea; murió en 2024, cuando su nieto ya había conseguido algo que probablemente ninguno de aquellos primeros Colapinto habría podido imaginar.

    Porque entre Francesco Nicola Colapinto, aquel hombre nacido en Bitonto en 1822, y Franco Colapinto, el piloto argentino que llegó a competir en la Fórmula 1, hay mucho más que una sucesión de apellidos. Hay una historia de migraciones, trabajo, educación, desplazamientos, vínculos familiares y adaptación a sociedades completamente diferentes.

    Hay un matrimonio celebrado en Bitonto en 1851, cuando todavía gobernaban los Borbones y faltaba una década para el nacimiento del Reino de Italia. Hay un joven médico que estudió en Nápoles y cruzó el Atlántico. Hay una sociedad italiana fundada en Tres Arroyos en 1898. Hay hijos nacidos en Máximo Paz cuando aquel pueblo santafesino apenas comenzaba a crecer. Hay un hombre que encontró en Bahía Blanca su lugar de residencia y que cruzó el Río de la Plata para casarse en Montevideo. Hay familias italianas procedentes de Apulia, Toscana y Liguria que terminaron entrelazándose en el extremo sur de América.

    Y hay, finalmente, una nueva generación nacida ya en la Argentina.

    Leonidas Colapinto Belloni fue el abuelo de Franco. Su hijo, Aníbal Colapinto, continuaría la línea familiar junto a Andrea Laura Trofimczuk, descendiente de una familia de origen ucraniano. De esa unión nacerían Franco y su hermana Martina. La vieja historia italiana quedaba entonces cada vez más lejos en el tiempo, pero no desaparecía: permanecía en los apellidos, en los documentos, en las historias transmitidas y en esa improbable cadena de decisiones y circunstancias que conecta a una familia de Bitonto con una familia de Bahía Blanca.

    Resulta inevitable mirar hacia atrás y pensar en aquel documento de 1851. Francesco Nicola Colapinto y Maria Concetta Ferrara Saracino probablemente no podían imaginar que alguien, más de un siglo y medio después, estaría reconstruyendo sus vidas a partir de una partida matrimonial. Mucho menos podían imaginar que uno de sus descendientes llevaría el apellido Colapinto en los circuitos de automovilismo más importantes del mundo.

    Pero la historia familiar no funciona como una línea recta. No hay un destino inevitable escrito en aquel registro de Bitonto. Hay, en cambio, una sucesión de decisiones, viajes, encuentros, nacimientos y circunstancias históricas. Cada generación abrió una posibilidad que la siguiente transformó en otra. Francesco permaneció en Bitonto; Vincenzo cruzó el océano; Leonidas José recorrió la Argentina y llegó hasta Montevideo; Leonidas Colapinto Belloni construyó una trayectoria profesional en Bahía Blanca; Aníbal formó allí su propia familia; y Franco terminó encontrando su lugar en un mundo completamente distinto: el de la Fórmula 1.

    Quizás por eso esta historia no debería terminar en un circuito, sino volver por un instante a aquel pequeño registro civil del sur de Italia. En 1851, Francesco Nicola y Maria Concetta simplemente se casaron. No sabían que su apellido sobreviviría a un reino, a una unificación nacional, a dos guerras mundiales, a una migración transatlántica y a varias generaciones nacidas en América.

    Tampoco sabían que, 173 años después, un descendiente suyo llevaría el mismo apellido que Francesco Nicola había llevado al registro civil de Bitonto hasta la Fórmula 1.

    Entre aquel hombre de 29 años que firmó su matrimonio en la Apulia del siglo XIX y el joven argentino que llegó a la máxima categoría del automovilismo existe una distancia de generaciones, continentes y épocas. Pero también existe un hilo.

    Ese hilo se llama Colapinto.

    Y la historia de ese apellido, que comenzó en Bitonto mucho antes de que existiera Italia como nación, terminó encontrando en la Argentina una nueva patria.

     

  • Un empresario cercano a Cerimedo y Karina quiso comprar un puerto sobre la Hidrovía a una empresa boliviana

     

     Vicente Federico Quintanal, el empresario que quedó al frente de buena parte de los negocios de Fernando Cerimedo en la Argentina y mantiene trato con Karina Milei, gestionaba la compra de un predio de 30 hectáreas sobre la Hidrovía para desarrollar un puerto multipropósito en Puerto General San Martín.

    La operación quedó truncada con la detención de Cerimedo en Bolivia. Las tierras pertenecieron a la ex Terminal 17 de la Junta Nacional de Granos y están ubicadas junto a Sanabria SRL, la antigua guardería náutica que el consultor libertario pretendía convertir en una empresa de servicios portuarios y provisión de combustible para remolcadores y barcazas.

    Un relevamiento del periodista Germán de los Santos para La Nación detectó que el predio donde está radicada Sanabria SRL es prácticamente un terreno baldío que el único activo es una rampa de tierra que desemboca en el Paraná. Fuentes municipales dijeron a LPO que para rellenar la bajada, Sanabria «se choreó tierra de una obra pública». 

    La Fiscalía de Bolivia investigará a Cerimedo por presuntos vínculos con el narcotráfico 

    El predio que Quintanal buscaba incorporar al negocio está en manos de capitales bolivianos y es administrado por Ferroviaria Oriental, la principal compañía ferroviaria del oriente de Bolivia. Fuentes de la Municipalidad de Puerto General San Martín confirmaron a LPO que la empresa paga regularmente las tasas correspondientes al inmueble.

    La aparición de Quintanal termina de darla verdadera dimensión del plan portuario de Cerimedo y abre interrogantes sobre su verdadero fin.

    La aparición de Quintanal termina de darla verdadera dimensión del plan portuario de Cerimedo y abre interrogantes sobre su verdadero fin. Cerimedo enfrenta en Bolivia una causa por supuestos vínculos con narcotraficantes, que operaban en la región.

    Como reveló LPO, Surlibre Inversiones ingresó en julio de 2024 a Sanabria SRL y adquirió el 30% de la compañía. En el mismo momento Quintanal fue designado gerente junto con Iván Alberto Sanabria, el dueño original y Sergio Ezequiel Amarilla.

    El aparición del nombre Quintanal tomó otra relevancia cuando Nadia Beller, la ex novia de Cerimedo que fue atacada a tiros por sicarios, lo mencionó como uno de los contactos fluidos del consultor, ahora imputado de haber ordenado el femicidio.

    Beller dijo en una entrevista con Nelson Castro que Cerimedo, a pesar de haberse distanciado de Milei tras el escándalo por las coimas en Andis, mantenía comunicación permanente con Quintanal a quien definió como socio de Cerimedo con «muy, muy buena llegada al gobierno» argentino.

    En el desembarco de Cerimedo en la Hidrovía, Quintanal no aparece como accionista sino como administrador y representante de la empresa junto a Ivan «Chucho» Sanabria cuando Surlibre entró en la sociedad. Desde ese momento, comenzó a gestionar la posibilidad de comprar el terreno lindero a la guardería, un predio de 30 hectáreas donde funcionó una de las terminales de la ex Junta Nacional de Granos, desguazada por la dictadura militar y la ola privatista de los 90.

    Quintanal funcionaba como el nexo entre el consultor y la hermana del Presidente mientras avanzaba con las gestiones para expandir el negocio portuario sobre la Hidrovía.

    Coincidentemente, Cerimedo hace pie en la Hidrovía el 31 de julio de 2024, semanas después de la constitución de Surlibre y apenas dos meses después de la llegada de Iñaki Arreseygor a Puertos y Vías Navegables, el hombre de Toto Caputo en el río. 

    La empresa consiguió las autorizaciones provisorias de Prefectura en tiempo récord a pesar de que el municipio de Puerto General San Martín le había rechazado la habilitación por falta de documentación.

    Una vez instalados en la zona, Quintanal comunicó al resto de los socios que avanzarían con la compra de los terrenos de la ex terminal portuaria, llamativamente en manos de la ferroviaria boliviana. En el sector seguían el proyecto con desconfianza que se acrecentaron en las últimas horas cuando se supo que en Bolivia ya investigan a Cerimedo por presuntos vínculos con el narcotráfico.

    El proyecto portuario sobre esos terrenos no arrancó con Cerimedo. En un documento al cual accedió LPO señala que Ferroviaria Oriental contrató a la consultora alemana Hamburg Port Consulting en 2021 para desarrollar un plan de negocios para la denominada «AIGRE Bulk Terminal» en el complejo portuario San Lorenzo-Puerto General San Martín.

    El interés de Cerimedo habría sido adquirir esas 30 hectáreas y conectarlas con los pocos metros cuadrados linderos que pertenecen a la bajada para la guardería de Sanabria SRL.

    Las tierras de la ex Terminal 17 habían sido utilizadas para almacenar fertilizantes durante la década de los noventa, cuando el desguace de la Junta Nacional de Granos aceleró el retroceso de los puertos públicos y la transferencia de la actividad a las grandes agroexportadoras privadas.

    En esos mismos años comenzó la historia de la guardería náutica que posteriormente se convirtió en Sanabria. Según reconstruyeron fuentes municipales, durante la gestión de Lorenzo Domínguez, un temporal destruyó uno de los galpones del municipio y la empresa se hizo cargo de repararlo. Como contraprestación, el dueño de la guardería obtuvo el uso de la cuadra de la calle Juan Domingo Perón que desemboca en el Paraná para facilitar el movimiento de las embarcaciones.

    Funcionarios del actual intendente Carlos de Grandis que hablaron con LPO explicaron que se buscó el modo de recuperar ese tramo de calle pero no encontraron la veta legal para dar marcha atrás con la donación.

     Según reconstruyeron fuentes municipales, durante la gestión de Lorenzo Domínguez, un temporal destruyó uno de los galpones del municipio y la empresa se hizo cargo de repararlo. Como contraprestación, el dueño de la guardería obtuvo el uso de la cuadra de la calle Juan Domingo Perón que desemboca en el Paraná para facilitar el movimiento de las embarcaciones 

    Con el paso del tiempo, la antigua guardería Mirto quedó bajo la órbita de Sanabria SRL. En junio de 2022, Sebastián Andrés Porporato cedió sus 175 cuotas a Iván Sanabria, que acumuló 325 de las 500 participaciones y quedó como único gerente. En enero de 2023, Marcelo Enrique Fabián Molins transfirió sus 175 cuotas a Amarilla y Sanabria le cedió otras 75, por lo que ambos quedaron con partes iguales.

    El tercer movimiento ocurrió con la llegada de Surlibre. Además de quedarse con el 30%, la sociedad introdujo a Quintanal en la administración. Quienes conocen a la sociedad bien de cerca, Quintanal no se desenvolvía como un asesor externo, sino que intervenía directamente en las decisiones.

    Estructura societaria según datos Boletín Oficial Provincia de Santa Fe

    Quintanal comparte con Cerimedo una extensa red de sociedades. Ambos aparecen vinculados a Surlibre Inversiones y Compañía Sudamericana de Inversiones, mientras que Natalia Basil, esposa del consultor y exfuncionaria de la Agencia Nacional de Discapacidad, comparte con Quintanal compañías como Australis Energy Group y Patagonia Energy Holding.

    Una investigación de Ámbito reveló que Quintanal se repite en directorios de empresas dedicadas a actividades tan diferentes como energía, minería, salud, limpieza, automotores, loteos y servicios forestales. En definitiva, lo señalan como un posible «prestanombre» o testaferro de Cerimedo. Un detalle, ambos declararon el mismo domicilio fiscal en Tucumán 1438, piso 2, oficina 202, de la Ciudad de Buenos Aires.

    Fuentes libertarias aseguran que esa llegada incluía un vínculo con Karina Milei. Quintanal funcionaba como el nexo entre el consultor y la hermana del Presidente mientras avanzaba con las gestiones para expandir el negocio portuario sobre la Hidrovía.

    Por otra parte, la conexión boliviana da cuenta de la incidencia de Cerimedo en el poder de aquel país. Van apareciendo pruebas de la enorme influencia en el gobierno de Rodrigo Paz. Fotografías difundidas por Beller lo muestran en el despacho presidencial y participando junto a Paz de una reunión con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio.

     

  • Confirman la designación de un cuarto integrante del equipo de Cerimedo en el gobierno de Kast

     

    El caso Cerimedo sigue escalando en Chile. El sitio The Clinic reveló que hay un cuarto funcionario de José Antonio Kast que formó parte del equipo de Fernando Cerimedo durante la campaña por el Rechazo a la reforma del Constitución de 2022. 

    Se trata de Teresa Zañartu, quien ha sido parte de la Fundación Jaime Guzmán y actual integrante del Segundo Piso de La Moneda donde asesora jurídicamente en la ejecución de proyectos de Presidencia.

    Zañartu aparece en una foto junto al equipo de Cerimedo sujetando una bandera de Chile el 4 de septiembre de 2022 en la sede del partido de derecha Renovación Nacional.

     Los otros socios de Cerimedo que la investigación del medio chileno El Mostrador confirmó como funcionarios de Kast son Alejandro Irarrázaval y Ignacio Dülger en la jefatura de Asesores del presidente de Chile y el jefe de la Secretaría de Comunicaciones,  Felipe Costabal.

    La ex candidata a presidenta de la derecha de Chile acusó Cerimedo y Kast de instalar que tenia Alzheimer

    La maquinaria de bots que Cerimedo puso en marcha durante ese proceso electoral tuvo como víctima a figuras de la derecha chilena como Evelyn Mattei, que recordó en una entrevista televisiva que fue el centro de una campaña sucia del dueño de La Derecha Diario  durante la campaña presidencial de 2025 en donde instalaron que tenía Alzheimer con el objetivo de debilitar su candidatura. 

    Teresa Zañartu, quien ha sido parte de la Fundación Jaime Guzmán y actual integrante del Segundo Piso de La Moneda donde asesora jurídicamente en la ejecución de proyectos de Presidencia.

    Jeannette Jara, la candidata de izquierda que perdió con Kast en el balotaje, también planteó que «fue evidente el uso articulado que se realizó desde algunas cuentas como Neuroc, Dress y otras, que tenían vinculación detectada con Cerimedo, una articulación en toda la región. Yo la viví, aquí se hicieron audios que decían que yo estaba compitiendo solamente para joder a la gente, usando otras palabras, por cierto, cosas que eran todas mentiras».

    Jeannette Jara.

    «Yo llamo a la ultraderecha, encabezada por el Presidente Kast, a que se haga cargo de lo que hacen sus colaboradores. Hoy son gobierno y tienen la responsabilidad de ser transparentes con la ciudadanía», afirmó la ex ministra de Trabajo de Gabriel Boric.

    Los nexos de Kast con Fernando Cerimedo exponen al presidente a una investigación en el Congreso y cuenta con una denuncia formal ante la Fiscalía General por parte del diputado socialista Juan Santana.

    Yo llamo a la ultraderecha, encabezada por el Presidente Kast, a que se haga cargo de lo que hacen sus colaboradores. Hoy son gobierno y tienen la responsabilidad de ser transparentes con la ciudadanía

    El crecimiento de este caso amenaza con afectar fuertemente al gobierno de José Antonio Kast, no sólo porque sufre una crisis de imagen desde que llegó al gobierno. Sin embargo, el gobierno chileno no considera necesario que el presidente explique los vínculos con el  estratega digital y confirmaron su presencia en el Foro de Madrid que se realizará esta semana en el país trasandino. 

    El único integrante del gobierno que habló del tema fue el subsecretario del Interior de Chile, Máximo Pavez, que dijo que «»no hay vínculo alguno que nosotros podamos reconocer y explicar».

    En el medio, las redes recordaron un encuentro entre Kast y el boliviano Rodrigo Paz en la cumbre del Escudo de las Américas en Estados Unidos en donde Cerimedo oficia de nexo y confirma que el líder chileno conocía al ex asesor de Javier Milei. 

     

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    Cuando el tango fue perseguido: la historia secreta de una música que nació en los márgenes y terminó conquistando el mundo

     

    El tango nació en los márgenes de Buenos Aires y Montevideo, fue despreciado por las elites y terminó convertido en símbolo cultural argentino y patrimonio de la humanidad.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Antes de convertirse en patrimonio cultural de la humanidad, antes de llenar teatros europeos y antes de ser presentado como una de las grandes expresiones culturales de Buenos Aires y Montevideo, el tango fue una música incómoda, asociada a los márgenes urbanos, a los conventillos, a los prostíbulos, a los patios compartidos y a una población de inmigrantes que estaba transformando aceleradamente la sociedad rioplatense. Su historia comenzó mucho más lejos de las postales elegantes con las que posteriormente sería identificado y estuvo atravesada por una mezcla cultural extraordinaria en la que confluyeron tradiciones afro-rioplatenses, músicas europeas, ritmos criollos y experiencias populares nacidas en una ciudad que crecía a una velocidad desconocida. El tango no nació como símbolo oficial de la Argentina: fue primero una expresión de quienes estaban construyendo una nueva sociedad desde abajo, y justamente por eso durante décadas despertó rechazo entre sectores que consideraban que aquella música representaba un mundo marginal, desordenado y moralmente peligroso.

    Una música nacida de una ciudad que estaba cambiando

    Durante las últimas décadas del siglo XIX, Buenos Aires experimentó una transformación demográfica y social gigantesca. La llegada masiva de inmigrantes europeos modificó los barrios, las formas de trabajo, el idioma cotidiano y las relaciones sociales, mientras miles de personas se instalaban en conventillos donde convivían familias de distintos orígenes y tradiciones. Al mismo tiempo, sobrevivían expresiones musicales y culturales vinculadas con la población afrodescendiente y con las tradiciones criollas. En ese territorio de mezclas, tensiones y encuentros comenzó a desarrollarse una música que todavía no tenía las características perfectamente definidas que hoy asociamos con el tango.

    La palabra “tango”, además, tiene una historia anterior a la consolidación del género rioplatense y fue utilizada durante siglos en distintos lugares para referirse a espacios de reunión y manifestaciones musicales de poblaciones afrodescendientes. En el Río de la Plata, el término terminó asociado a una forma particular de música y baile que fue desarrollándose durante la segunda mitad del siglo XIX. La evolución no fue producto de un único inventor ni puede atribuirse exclusivamente a una comunidad: el tango fue una creación colectiva, surgida de una sociedad profundamente mezclada en la que distintas tradiciones terminaron encontrando una forma nueva de expresarse.

    Buenos Aires y Montevideo fueron los dos grandes escenarios de ese proceso. Las dos ciudades compartían una misma cultura rioplatense, intercambiaban músicos y repertorios y estaban conectadas por una navegación cotidiana que hacía del Río de la Plata mucho más un puente que una frontera. Por eso resulta difícil establecer una nacionalidad exclusiva para los primeros años del tango. Antes de convertirse en un emblema argentino o uruguayo, fue fundamentalmente rioplatense.

    La música comenzó a circular en lugares que las clases acomodadas no consideraban apropiados para sus reuniones. Los primeros espacios vinculados al tango estuvieron relacionados con cafés populares, academias de baile, patios de conventillo y zonas portuarias, además de ambientes prostibularios que tuvieron una importancia considerable en la historia temprana del género. Esta procedencia fue determinante para la reputación que adquiriría durante décadas: bailar tango era, para muchos sectores de la sociedad tradicional, acercarse a un universo considerado vulgar y peligroso.

    El baile que escandalizó a las elites

    La incomodidad no estaba solamente en la música, sino también en el cuerpo. El tango introducía una forma de bailar en pareja caracterizada por una proximidad física que resultaba escandalosa para los códigos sociales dominantes de finales del siglo XIX. El abrazo tanguero, la improvisación, los movimientos de las piernas y la sensualidad implícita en determinados estilos eran difíciles de conciliar con las normas de comportamiento público de las clases respetables.

    La reacción moral no fue exclusivamente argentina. Cuando el tango comenzó a circular por Europa a comienzos del siglo XX, sectores religiosos y conservadores también cuestionaron el baile por considerarlo demasiado sensual. Sin embargo, ocurrió algo que terminaría transformando completamente su historia: las elites europeas comenzaron a bailar aquello que las elites porteñas habían considerado una expresión marginal.

    París desempeñó un papel fundamental en ese proceso. Hacia la década de 1910, el tango se había convertido en una verdadera moda entre determinados sectores de la sociedad francesa y europea. La difusión internacional produjo un efecto inesperado en Buenos Aires: aquello que había sido despreciado por su origen social comenzó a adquirir prestigio precisamente porque había logrado conquistar los salones europeos.

    La transformación cultural fue enorme. El tango comenzó a ser interpretado por músicos cada vez más profesionales, aparecieron orquestas estables y se desarrollaron formas musicales más complejas. La incorporación del bandoneón, instrumento de origen alemán que terminó convirtiéndose en uno de los sonidos fundamentales del género, contribuyó decisivamente a darle una identidad sonora propia. Con el tiempo, músicos como Eduardo Arolas, Vicente Greco, Roberto Firpo y Francisco Canaro ayudaron a transformar las agrupaciones iniciales en orquestas capaces de desarrollar repertorios cada vez más elaborados.

    Pero todavía faltaba una revolución.

    Gardel y la transformación de una música en identidad

    La aparición de Carlos Gardel modificó para siempre la relación entre el tango y la cultura popular argentina. Nacido a fines del siglo XIX y convertido durante las décadas de 1910 y 1920 en una figura internacional, Gardel consiguió algo que ningún músico anterior había logrado con semejante intensidad: convertir la canción tanguera en una forma de narrar la vida urbana, la nostalgia, el desarraigo, el amor perdido, la pobreza, el barrio y el paso del tiempo.

    El tango dejó entonces de ser principalmente una música destinada al baile y adquirió una dimensión narrativa. La aparición del tango canción, especialmente después de “Mi noche triste”, permitió que las letras ocuparan un lugar central y que el género comenzara a contar historias. Los personajes del tango ya no eran únicamente bailarines de los arrabales: eran trabajadores, inmigrantes, hombres y mujeres separados por la distancia, personas que habían abandonado el barrio para intentar progresar y que descubrían que el ascenso social también podía significar pérdida y nostalgia.

    Esa transformación coincidió con una Argentina que estaba atravesando cambios profundos. La inmigración había creado una sociedad urbana nueva y la expansión de la educación, los medios gráficos, el teatro y posteriormente la radio permitieron que el tango llegara a públicos cada vez más amplios. La música que había nacido en los márgenes comenzó a convertirse en una especie de idioma emocional de Buenos Aires.

    Durante las décadas de 1930 y 1940 llegó la llamada época de oro del tango, cuando las grandes orquestas alcanzaron una popularidad extraordinaria y el género ocupó un lugar central en la vida cultural argentina. Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Juan D’Arienzo, Carlos Di Sarli y muchos otros músicos desarrollaron estilos diferentes, demostrando que el tango podía contener múltiples tradiciones sin perder su identidad.

    La historia tenía una ironía evidente: una música que había sido despreciada por su origen popular se había convertido ahora en una de las principales expresiones culturales del país.

    Del margen al patrimonio mundial

    El tango volvió a experimentar una transformación profunda durante la segunda mitad del siglo XX. La aparición del rock, los cambios en las formas de entretenimiento y las transformaciones sociales hicieron que perdiera parte del protagonismo masivo que había tenido durante su época de oro. Sin embargo, lejos de desaparecer, comenzó a desarrollar nuevas formas de resistencia cultural.

    En ese proceso fue fundamental Astor Piazzolla, cuya obra llevó el tango hacia territorios que provocaron fuertes enfrentamientos con los sectores más tradicionalistas. Su llamado “tango nuevo” incorporó elementos del jazz y de la música clásica y modificó estructuras rítmicas y armónicas, generando una polémica que llegó a ser profundamente política y cultural. Para sus críticos, aquello ya no era tango; para Piazzolla y sus seguidores, en cambio, era precisamente la forma de mantener vivo al género mediante su transformación.

    La discusión revelaba una cuestión que había acompañado al tango desde su nacimiento: ¿qué convierte a una música en auténtica? Si el tango había surgido de una mezcla de culturas, había cambiado al pasar de los barrios a los salones, había incorporado instrumentos extranjeros y había evolucionado de la música instrumental a la canción, resultaba difícil sostener que existiera una única forma legítima de tocarlo.

    En 2009, la UNESCO incorporó el tango a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo su dimensión cultural compartida por Argentina y Uruguay. La declaración internacional terminó de completar una transformación extraordinaria: aquella expresión que había sido considerada vulgar y marginal pasó a ser reconocida como una manifestación cultural de valor universal.

    La historia del tango contiene, en realidad, una enseñanza que excede ampliamente a la música. Las culturas populares rara vez nacen en los lugares donde las instituciones esperan encontrarlas. Surgen en las calles, en los barrios, en los espacios de encuentro y en las mezclas inesperadas que producen las sociedades cuando personas de distintos orígenes comparten una ciudad. El tango fue posible porque Buenos Aires y Montevideo eran ciudades en transformación, porque los inmigrantes trajeron nuevas músicas, porque sobrevivían tradiciones afro-rioplatenses y porque los sectores populares encontraron formas propias de apropiarse de aquello que llegaba desde otros lugares.

    Por eso resulta tan revelador que una expresión que alguna vez fue asociada con los márgenes haya terminado convirtiéndose en uno de los símbolos culturales más reconocibles de la Argentina. El tango no fue creado desde arriba para representar al país; fue creado desde abajo y, con el tiempo, el país terminó reconociéndose en él. En sus acordes quedaron registrados los cambios de una sociedad entera: la inmigración, el crecimiento de las ciudades, la pobreza, el ascenso social, la nostalgia, los conflictos de clase, las transformaciones familiares y la permanente tensión entre tradición y modernidad.

    Quizás allí esté la verdadera razón de su supervivencia. El tango nunca fue una música inmóvil. Nació de una mezcla, cambió cuando llegó a Europa, se transformó con Gardel, se expandió con las grandes orquestas y volvió a reinventarse con Piazzolla. Su historia demuestra que una tradición no permanece viva porque se conserve intacta, sino porque encuentra nuevas generaciones capaces de discutirla, transformarla y volver a hacerla propia. Y aquella música que alguna vez fue considerada demasiado vulgar para los salones terminó haciendo algo todavía más importante: convirtió las voces de los márgenes en parte de la memoria cultural de un país y, finalmente, del mundo.