El jefe de la Fiscalía Regional de Rosario remitió a la Auditoría General de Gestión del Ministerio Público de la Acusación (MPA) de Santa Fe un pedido de sumario administrativo contra la fiscal Raquel Almada, que el 29 de junio pasado decidió liberar sin formar causa penal al hijo del presidente de Rosario Central Gonzalo Belloso, que había sido interceptado por la policía en un vehículo en el que estaban otras tres personas con un arma de fuego, en un procedimiento requerido por amenazas.
El hecho de que Almada haya dejado desvinculado a Matías Belloso y otros dos detenidos sin iniciarles un proceso para imputación causó un cimbronazo interno dentro del MPA, el órgano que rige a los fiscales santafesinos, porque existe una instrucción general de la superioridad para iniciar causa penal a todo aquel que sea encontrado con un arma, aún en los casos que la tenencia sea compartida.
Al único de los cuatro ocupantes del auto que se le inició un legajo en la fiscalía es a Fausto Carbajo, de 25 años, quien dos meses antes había sido denunciado por extorsión. Esto como refirió LPO la semana pasada lo hizo el futbolista Jonatan Gómez, surgido en Central y actual jugador de Sarmiento de Junín, quien refirió que Carbajo pasó por su casa para intimidarlo por una deuda que acumuló en una plataforma de juego online. Que precisamente explotan personas ligadas a la conducción de barra brava de Rosario Central.
El incidente que dejó a Almada en la mira ocurrió hace nueve días cuando una mujer llamó al 911 porque la estaban amenazando en la vía pública, frente a su casa, por una deuda que ella asegura haber cancelado. Cuando dos móviles de la policía llegaron a la esquina requerida en Granadero Baigorria, municipio lindante a Rosario, dos personas se metieron en la un Peugeot 308. Los policías lo cruzaron y requisaron el vehículo. Encontraron un revólver calibre 22 largo debajo de la alfombra en el asiento del acompañante. Ahí iba Carbajo.
La fiscal Almada decidió imputar a Carbajo pero desligar a los otros tres acompañantes entre los que estaba Matías Belloso, de 26 años, hijo del titular de Rosario Central, que actuó como dirigente en Conmebol antes de ser electo en la entidad auriazul en 2022, y es íntimo de Claudio Chiqui Tapia. Quien el año pasado decidió otorgar de hecho, y de manera inusual, un campeonato a Rosario Central por haber sido el equipo que más puntaje había reunido.
La discordia interna, que también molestó al gobierno de Maximiliano Pullaro, es porque la fiscal decidió restituir los teléfonos a los ocupantes desvinculados, algo que es propio cuando no se forma causa penal.
El malestar es porque existe una instrucción en el MPA desde 2019, a raíz de la alta violencia con disparos que puso a Rosario como uno de los puntos del país con más casos de homicidios, de perseguir todos los casos de tenencia de armas de fuego. Lo que implicó que no se deslindara de entrada a las personas detenidas con un arma y que se pidiera prisión preventiva inicial. Esto incluso ha implicado condenas por tenencia compartida.
La discordia interna, que también molestó al gobierno de Maximiliano Pullaro, es porque la fiscal decidió restituir los teléfonos a los ocupantes desvinculados, algo que es propio cuando no se forma causa penal
El hecho de no retener los teléfonos para la pericia forense del contenido fue considerado una omisión severa por los investigadores, dado que allí podrían surgir pistas penales o evidencia del accionar de una organización ligada a Rosario Central que explota el juego online ilegal, que tiene una capacidad de generar ingresos multimillonarios, y que está diseminado por muchos barrios de la ciudad. Esto produce endeudamiento en muchos usuarios, algunos de los cuales toman crédito a niveles usurarios, que según causas penales instruidas en Rosario se cobran bajo chantaje, amenazas o ejercicio concreto de violencia.
La causa por la amenaza inicial que implicó al hijo de Belloso fue asignada al fiscal Fernando Dalmau, quien al momento analiza si al solo hecho de la amenaza contra Carbajo y la tenencia del arma ilegal le adiciona otros delitos, como los conectados con las extorsiones del juego clandestino. Algo por lo cual Jonatan Gómez, el volante de Sarmiento de Junin, lo denunció de manera concreta en abril pasado en la Fiscalía de San Lorenzo, ciudad ubicada a 20 kilómetros de Rosario.
Algo más que llenó de suspicacias el caso es que la mujer que denunció el hecho atribuyó el apriete a dos personas con las que tomó una deuda que dijo haber pagado. Pero despegó a los cuatro del auto entre los que estaban dos en la calle donde ella había señalado al llegar la policía. Los investigadores murmuran que es típico en caso de aprietes que la víctima, coaccionada, desvincule a quienes la amenazan.
El auditor general de gestión del MPA, Leandro Mai, confirmó escuetamente a este medio de que le habían remitido el caso de la intervención de la fiscal Almada para formar un sumario disciplinario que establezca si surgen o no de su desempeño responsabilidades administrativas que merezcan sanción.
En casos como éste, en general los fiscales de Flagrancia frente a llamados con distintas personas detenidas en posesión de un arma suelen dejar preliminarmente privados de libertad a los imputados, se toman huellas dactiloscópicas para el prontuario policial, se comunica lo actuado al Ministerio Público de la Defensa para asignar defensores y a la oficina que organiza las audiencias públicas para imputar. También se inician pericias del arma y de los teléfonos secuestrados.
El caso pegó fuerte dentro de la Fiscalía Regional de Rosario. Su titular, Matías Merlo, emitió la circular interna 17/2026 donde da pautas para reforzar los inicios de investigaciones a personas detenidas con armas.
Lo que hay de trasfondo es algo referido por este medio reiteradamente. Y son los hechos de violencia y negocio criminal ligados a la barra brava de Rosario Central que insinúan un cambio de escala desde el asesinato en noviembre de 2024 de Andrés Pillín Bracamonte, líder de la hinchada auriazul durante más de veinte años.
El gobierno apura una sesión en el Senado antes del receso invernal para aprobar el pliego del juez que salvó la reforma laboral, con la amenaza de que si no lo hace antes de fin de mes deberá jubilarse.
Los jefes de bloque de la Cámara alta mantendrán este miércoles por la tarde una reunión de Labor Parlamentaria y todo indica que habrá una sesión el próximo jueves 16, antes de que el Congreso entre en receso informal.
En esa sesión se tratarían los proyectos de inviolabilidad de la propiedad privada y la ley hojarasca, además de 30 pliegos judiciales incluidos la prórroga del juez laboral Víctor Pesino y la designación de en el juzgado de Lomas de Zamora de Juan Tomás Rodríguez Ponte, el histórico secretario del juzgado de Ariel Lijo.
Ningún pliego ni los proyectos tienen tanta urgencia para el gobierno como el de Pesino, el juez de la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo que el 23 de abril pasado volteó una cautelar que había frenado más de 80 fallos contra la reforma laboral. Un día después Milei envió al Senado el pedido de prórroga de cinco años en el cargo, una vez que cumpla los 75 años.
Pesino soplará las 75 velitas el próximo 27 de julio y si el Senado no aprueba su pliego hasta un día antes, deberá jubilarse. Es decir que el gobierno perdería un aliado clave en un fuero generalmente adverso. Además de salvar la reforma laboral, Pesino también desplazó a la conducción de la UOM, uno de los gremios más combativos.
Como contó LPO, la audiencia por el pliego de Pesino dejó al desnudo los contactos del camaristas con el gobierno. Al magistrado no le quedó otra que admitir que se reunió con el ministro Juan Bautista Mahiques antes del fallo de la reforma laboral y de que manden su pliego.
La oposición denunció en la audiencia que el fallo de Pesino fue para conseguir el aval del gobierno a su continuidad como juez. El magistrado contestó que la información era «errónea» porque su solicitud de prórroga empezó a tramitarse en agosto del año pasado y que ya el 7 de abril Mahiques le había avisado que continuaría. «Fue simplemente coincidencia de fechas», argumentó.
Rodríguez Ponte
El oficialismo también buscará aprobar el pliego de Rodríguez Ponte, el pliego de Ariel Lijo el juez a cargo de la investigación por el enriquecimiento de Adorni.
Rodríguez Ponte fue propuesto para el juzgado federal de primera instancia en lo Criminal y Correccional N° 2 de Lomas de Zamora, donde subroga actualmente Luis Armella y que lleva adelante la causa contra Martín Insaurralde. El gobierno está especialmente interesado en que se hable de esa investigación.
En sectores de la justicia creen que el pliego de Ponte fue parte de una negociación entre Mahiques y Lijo durante el viaje a París. Tras ese viaje, el gobierno logró que el juez Martínez De Giorgi, también cercano a Lijo, aparte a los querellantes de la causa Libra.
Todos los martes, en homenaje a la vieja revista El Gráfico, Anfibia y Lástima a nadie, maestro analizan cada semana de la Copa del Mundo.
Una propuesta: que el 7 de julio sea el Día de las Lágrimas. Una conmemoración humilde, casi imperceptible, perdida en la jungla de efemérides, para esa jornada en la que una enorme cantidad de personas —digamos millones, aunque seguramente sea poco— se puso de acuerdo para inundarse los ojos, enrojecerse las escleróticas, refregarse los párpados, respirar con fuerza para mandar los mocos para dentro, sonarse la nariz, respirar como si fallara el burro de arranque, sentir una lágrima rodar por la mejilla, atrás otra, y atrás otra maleducada más, así hasta que un francés decidió terminar con el calvario en un estadio en Atlanta. Y la cosa no terminó ahí, porque a un camarógrafo se le ocurrió hacer zoom en la cara de Lionel Messi y, sorpresa, él también tenía una sudestada en la cara, con vientos en forma de ahogo por el llanto. El rey lloró. Y entonces apareció el protocolo de la FIFA, porque siempre es bueno que los protocolos acomoden los desbordes humanos, y fue el turno del técnico ganador de explicar qué había ocurrido en esos noventa minutos. Y el entrenador pidió disculpas, tomó aire y dijo:
—No puedo levantar la mirada, lo siento. Estoy muy emocionado. Qué grupo de jugadores, hermano. Ya está, me tengo que ir.
Y abandonó la nota, los protocolos, las publicidades, al periodista y al micrófono, para irse a llorar tranquilo.
Pánico y locura en Atlanta
El día arrancó con la fría indolencia con la que se mueve el tiempo. La misma que hiere a Borges en el comienzo de El Aleph: “Noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”. Frío, bruma y sol amarrete. La gente en la calle, apurada como en una navidad anticipada. Relación directamente proporcional en cuanto al tiempo y a la atención del comerciante: cuanto más cerca del mediodía entrabas a un negocio, más cara de culo te ponían. Camisetas debajo de dos o tres capas de ropa, banderitas pintadas en los cachetes de los oficinistas, bufandas celestes y blancas, niños y niñas retiradas antes de tiempo de los jardines. Todas esas historias mínimas que ocurren cada cuatro años alrededor de un evento que siempre se desarrolla a miles de kilómetros nuestro pero que nos emociona, nos ata, nos pega, nos ilusiona y nos lastima mucho más que casi todo lo que ocurre más cerca. Así son los mundiales, yo no hago las reglas.
Cerca de las doce del mediodía los celulares cruzan mensajes. Todos somos Gastón Edul. Juega Nico González, sale De Paul. Al rato, el Edul real dice que no, que nada que ver, que el equipo es el que habían dicho el día anterior: Paredes, Tagliafico y Julián Álvarez adentro. Mismos titulares que ganaron la semifinal contra Croacia hace tres años y medio. Para disimular nuestra nostalgia crónica también recordamos que ese mismo mediocampo bailó a Brasil hace un año y medio. La Scaloneta, desde la conformación misma de la lista de convocados, parece seguir el mandato de Lionel Messi: el tiempo no es tan importante.
Mientras Argentina entraba al campo de juego, un coro de timbres vibraba en las casas argentinas. Alguien respondía un whatsapp diciendo esperá que canten el himno y bajo. Otro cerraba la puerta con llave y daba vuelta el cartel de abierto. Alguno más allá bajaba la cortina y subía el volumen. Otro subía la radio en la camioneta. Aquella se apuraba para comprar las medialunas prometidas para la juntada. Aquel se preguntaba para qué había comprado comida con ese nudo en la garganta. Entonces los himnos.
Segunda propuesta: cantar el himno y “Naranjo en flor”. Jamás se me ocurriría quitarnos la posibilidad de afirmar que juramos con gloria morir y que los laureles que supimos conseguir serán eternos. Pero creo que cantar el tango, aunque sea su estribillo, sería sincerarnos con lo que está por ocurrir. Como el cartel que dice parental advisory en los cd’s, los pulmones quemados en el tabaco o la leyenda “los hechos y personajes del siguiente programa son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”, arrancar cantando ese tema funcionaría como advertencia para los ajenos y como un recordatorio para los propios. No, no viniste a atragantarte con salame y birra. Viniste a sufrir, a pasarla mal. Un amigo me dijo por mensaje: “Hoy Argentina pasó a ser un país con promedio de vida más corto”. Pero no nos adelantemos. Estamos en el himno. Imaginen conmigo: estadio lleno, parlantes al taco, gente abrazada, llorando por cumplir el sueño de estar en un Mundial y entonces suena el bandoneón acompañado de los violines. Primero hay que saber sufrir. Después amar. Después partir. Y al fin andar sin pensamientos. Perfume de naranjo en flor. Promesas vanas de un amor, que se escaparon con el tiempo. Después, ¿Qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado. Eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado. Como un pájaro sin luz. Solo el estribillo, como con el himno de Vicente López y Planes. Les dejo la propuesta por ahí, para que sepamos dónde nos metemos y para que el resto sepa a los inestables que se está por enfrentar.
Pasan los himnos y arranca esa cosa que vinimos a ver. No es un juego, no es un deporte, no es un divertimento, no es un evento artístico, no es nada que podamos terminar de entender ni de explicar. ¿Qué es un partido de la selección argentina? Les dejo la pregunta para que la respondan de acá al sábado. Pienso que es una mezcla de lo grande y lo chico, la patria que hace llorar a millones por un volante central que corta un contragolpe y el abrazo con el que festejas con un amigo, las ganas de mandarle un mensaje a esa persona para decirle que lloraste y sobreviviste y saber que el tipo más lejano y repugnante seguramente está contento por lo mismo. Invitación al delirio colectivo, la unión cada vez más utópica y la posibilidad de meter el cerebro en remojo durante un par de horas. También es un partido de fútbol en el que tu destino, el de tu perro, el de tu vecino, el de tu kiosquero, el de tu amante, el del sodero, el del parrillero, el de la que se puso a hacer uber, el del que pasea a tu perro, el del becario del conicet que no sabe si le renuevan la beca, el del florista, el del almacenero que no vendió nada en la semana de la dulzura y el de Chiqui Tapia, dependen de lo que hagan once tipos contra otros once tipos. Y da la casualidad de que, como ya se ha dicho, tu destino, el mío, el de todos los mencionados y también los omitidos, es un destino de tango.
Y así es como a los quince minutos nos preguntamos quién carajo nos mandó a engancharnos con el fútbol. Y la pregunta no aparece de la nada. Tiene una causa concreta: Egipto, ese país que solo ganó un partido por mundiales, te acaba de hacer un gol. Y ves como ese almuerzo con amigas, ese certificado médico trucho que presentaste en el laburo o esa juntada espontánea con desconocidos en un bar del centro, se transforma en una pesadilla. Pero, como todo siempre puede ser infinitamente peor, seis minutos después, es decir a los veintiuno, Lionel Messi, el capitán de nuestras ilusiones, erra un penal. Y la cosa no termina ahí. Falta el segundo tiempo. Y falta que te hagan otro gol, pero que lo anulen. La cosa empieza a parecerse a El juego del miedo versión Gianni Infantino, con la participación especial de Mo Salah. Porque ahora sí, esta vez es en serio, Egipto hace el segundo gol. Y nosotros volamos de él. Y Argentina se fue a la puta.
Hacia la luz del día
Dos minutos después del segundo gol de Egipto, François Letexier, el árbitro del partido, levantó sus manos y señaló hacia los bancos de suplentes. Pausa de hidratación. Fue el equivalente a la campana que salva a un boxeador del knockout. De fondo suena, algo desubicada para la ocasión, la voz y la guitarra de John Denver: “Take me home, country roads”. Caminos rurales, llévenme a casa. Al lugar que pertenezco, dice Denver y la cámara enfoca a Messi dando vueltas en la cancha. Como si se tratara de un misterio, el capitán argentino busca el lugar que le pertenece en ese rectángulo verde. El final aparece ahí, palpable, al alcance de la mano están esos próximos veinte minutos que pueden ser los últimos en un mundial. Scaloni apela a uno de sus trucos y mete un tercer cambio —antes habían entrado Nicolás González y Lautaro Martínez—: lateral por lateral, Montiel por Molina.
La primera jugada después de la pausa es un mensaje. Desborda Nico y, casi al borde del área chica, patea Lautaro, pero la pelota pega en un egipcio. Argentina va como el león que termina con la breve vida feliz de Francis Macomber en el cuento de Hemingway: con lo que puede. Messi intenta por el medio y la pierde. Sigue enganchado en el penal del primer tiempo. Egipto maneja la pelota y deja mano a mano a Mahmoud Trézéguet. La pelota se va apenas afuera. Van setenta y siete minutos, la próxima posesión de Egipto será para sacar del medio.
Hay un córner y un rebote. Un centro y otro rebote. Un lateral y un pase al medio. Todo es caos, como en el infierno. Hacia ahí tuvo que bajar Orfeo para rescatar a su amada Eurídice hace muchos muchos años. Orfeo cumplió su misión pero la historia terminó mal. Ahora la pelota la tiene Julián casi al borde del área. Da un pase corto, de unos cinco metros, para Messi. Nuestro Orfeo la acomoda cortita y tira un centro que logra pasar la línea defensiva para caerle a Cuti Romero que mete un latigazo con la cabeza como si tuviera un bate de baseball. Mostafa Shobeir, el arquero, la toca pero no alcanza. A los setenta y ocho minutos la pelota entra por primera vez en el arco de ellos.
Por lo general, los goles para descontar una derrota se gritan pero no mucho. Se mete puñito. El grito es corto como patada de chancho. Seco. Más una descarga que una celebración. Pero este sí se grita. En la cancha, en las ventanas, en los balcones, en los autos y las bicicletas. La ciudad se vuelve una orquesta deforme de cornetas, gritos, bocinas y aplausos.
En este caso sí importa el después. Argentina se recupera y sale. Con el pase acertado Messi ahora está rápido, toca en velocidad y va a buscar. “Bien sabemos por Messi que los buenos pases te rejuvenecen. Por 10 minutos volvió a tener 19 años”, escribió Lucas Jiménez después del partido. Le volvió la lucidez, la tira por un costado y la busca por el otro, es más rápido que los rivales. Tira un centro pero Lautaro cabecea desviado. Primer aviso. Y en esta casa las cosas no se dicen dos veces. La vuelve a agarrar Messi-Orfeo que la levanta como buscando que la historia se repita. Rebota en un rival. Le cae otra vez a él que insiste con la misma jugada. Entonces el caos, pero esta vez como salida, como purga, como exorcismo, como catarsis. La pelota rebota en un defensor y va para el área. Cae llovida en el segundo palo. Lautaro la baja con una pirueta. La pelota sale hacia el medio del área. El pánico y la locura ahora se escriben en árabe. Montiel la quiere frenar, le queda alta. Un defensor pasa de largo. Montiel tiene una segunda oportunidad, pero está de espaldas al arco. La única opción es dársela a Messi que llega de frente y sin marca. Una prueba de la existencia de Dios.
Messi retira la pierna izquierda hacia atrás y dirige el botín hacia la pelota que está picando frente a él. En ese pedazo de cuero sintético se superponen los nervios, las cábalas, el tipo que acaba de prometer otro tatuaje aunque no sabe con qué lo va a pagar, la que prometió caminar a Luján, el que sufre porque no quiere que su hijo vea a su ídolo perder, todas las tensiones de un país sobrecargan el impacto del botín contra la pelota que sale disparada contra el arco egipcio. Toca en los guantes de Shobeir, pega en el travesaño, pica en la línea y termina inflando la parte de la red que suele quedar invicta, la de arriba. Todos somos Víctor Sueiro.
Ahora se acaban de cumplir 90 minutos de juego. En otra época el partido estaría llegando a su fin, pero en estos tiempos pueden faltar diez minutos más. Messi, envalentonado, intenta filtrar un pase pero lo cortan. Roba Egipto y sale para la contra. Cuti Romero está en el área. Lisandro Martínez, como mediocampista. Omar Marmoush acelera, la pelota pasa por el botín de Salah. La vuelve a agarrar Marmoush y se va. Son ellos dos y Trézéguet contra la sola presencia de Leandro Paredes, que retrocede como buscando ganar tiempo para desactivar la bomba. Entonces el volante central, el tipo que siempre juega con manga larga y jamás erra un pase, da un paso al frente como para dejar a Trézéguet en offside. Se tira al piso como si de repente lo hubiera poseído Bruce Willis o Harrison Ford y roba la pelota. Paredes soldado heróico, cubriéndose de gloria. El estadio celebra el quite. Es un gol no gol.
El partido entra en el ritmo frenético de la final en Qatar contra Francia. Un electrocardiograma en vivo y en directo para todo un país. Si sobreviviste al partido de ayer no necesitas hacerte chequeos (mentira, sí, andá al médico). Un ida y vuelta, golpe por golpe como cuando en el boxeo los dos están cansados pero van al frente. Messi vuelve a intentar y la pierde. Egipto va, Montiel rechaza y la pelota vuelve a ellos. Trézéguet abre para Salah que encara como si no hubiera otra salida. El que lo marca, de manera inentendible, es Julián Álvarez que la roba como el mejor lateral izquierdo y sale. Egipto está mal parado atrás. Julián la tira para Lautaro Martínez que no la puede parar pero se queda con la pelota. Son dos contra dos. Lo acompaña Enzo. Lautaro se acomoda y tira el centro. Enzo Fernández salta como Michael Jordan, acompasa el movimiento de su cabeza con el de sus manos y mete un frentazo contra el palo imposible para el arquero. Gol. Tres a dos. Cleopatra, ¿cuál es tu tumba tu tumba?
Aunque usted no lo crea, en un momento el partido termina. Entonces empiezan a volar los mensajes y las confesiones. Las promesas y los que apagaron la tele. Empiezan las listas negras en los grupos de whatsapp: vos dijiste esto, vos criticaste a Scaloni, aquel retiró a Messi. Todos somos la side. Espionaje y lágrimas. Fuego y pasión. Solemos asociar lo pasional con el fútbol, pero nos olvidamos que su etimología proviene del latín patior que significa padecer o sufrir. Primero hay que saber sufrir.
En 1842, el egiptólogo Richard Lepsius publicó la primera edición de El libro de los muertos, una recopilación de invocaciones mortuorias del Antiguo Egipto traducidas de jeroglíficos. Estos textos eran las palabras que les dedicaban a los fallecidos, casi como una guía para lo que se encontraran al otro lado de la vida. La traducción correcta del título es menos marketinera que El libro de los muertos, sería: Salida del alma hacia la luz del día. Y las primeras líneas dicen así: “En los Conjuros que aquí comienzan, se narra la Salida del Alma, hacia la plena Luz del Día, su Resurrección en el Espíritu”.