Cuando el tango fue perseguido: la historia secreta de una música que nació en los márgenes y terminó conquistando el mundo
El tango nació en los márgenes de Buenos Aires y Montevideo, fue despreciado por las elites y terminó convertido en símbolo cultural argentino y patrimonio de la humanidad.
Por Alcides Blanco para NLI

Antes de convertirse en patrimonio cultural de la humanidad, antes de llenar teatros europeos y antes de ser presentado como una de las grandes expresiones culturales de Buenos Aires y Montevideo, el tango fue una música incómoda, asociada a los márgenes urbanos, a los conventillos, a los prostíbulos, a los patios compartidos y a una población de inmigrantes que estaba transformando aceleradamente la sociedad rioplatense. Su historia comenzó mucho más lejos de las postales elegantes con las que posteriormente sería identificado y estuvo atravesada por una mezcla cultural extraordinaria en la que confluyeron tradiciones afro-rioplatenses, músicas europeas, ritmos criollos y experiencias populares nacidas en una ciudad que crecía a una velocidad desconocida. El tango no nació como símbolo oficial de la Argentina: fue primero una expresión de quienes estaban construyendo una nueva sociedad desde abajo, y justamente por eso durante décadas despertó rechazo entre sectores que consideraban que aquella música representaba un mundo marginal, desordenado y moralmente peligroso.
Una música nacida de una ciudad que estaba cambiando
Durante las últimas décadas del siglo XIX, Buenos Aires experimentó una transformación demográfica y social gigantesca. La llegada masiva de inmigrantes europeos modificó los barrios, las formas de trabajo, el idioma cotidiano y las relaciones sociales, mientras miles de personas se instalaban en conventillos donde convivían familias de distintos orígenes y tradiciones. Al mismo tiempo, sobrevivían expresiones musicales y culturales vinculadas con la población afrodescendiente y con las tradiciones criollas. En ese territorio de mezclas, tensiones y encuentros comenzó a desarrollarse una música que todavía no tenía las características perfectamente definidas que hoy asociamos con el tango.
La palabra “tango”, además, tiene una historia anterior a la consolidación del género rioplatense y fue utilizada durante siglos en distintos lugares para referirse a espacios de reunión y manifestaciones musicales de poblaciones afrodescendientes. En el Río de la Plata, el término terminó asociado a una forma particular de música y baile que fue desarrollándose durante la segunda mitad del siglo XIX. La evolución no fue producto de un único inventor ni puede atribuirse exclusivamente a una comunidad: el tango fue una creación colectiva, surgida de una sociedad profundamente mezclada en la que distintas tradiciones terminaron encontrando una forma nueva de expresarse.
Buenos Aires y Montevideo fueron los dos grandes escenarios de ese proceso. Las dos ciudades compartían una misma cultura rioplatense, intercambiaban músicos y repertorios y estaban conectadas por una navegación cotidiana que hacía del Río de la Plata mucho más un puente que una frontera. Por eso resulta difícil establecer una nacionalidad exclusiva para los primeros años del tango. Antes de convertirse en un emblema argentino o uruguayo, fue fundamentalmente rioplatense.
La música comenzó a circular en lugares que las clases acomodadas no consideraban apropiados para sus reuniones. Los primeros espacios vinculados al tango estuvieron relacionados con cafés populares, academias de baile, patios de conventillo y zonas portuarias, además de ambientes prostibularios que tuvieron una importancia considerable en la historia temprana del género. Esta procedencia fue determinante para la reputación que adquiriría durante décadas: bailar tango era, para muchos sectores de la sociedad tradicional, acercarse a un universo considerado vulgar y peligroso.
El baile que escandalizó a las elites
La incomodidad no estaba solamente en la música, sino también en el cuerpo. El tango introducía una forma de bailar en pareja caracterizada por una proximidad física que resultaba escandalosa para los códigos sociales dominantes de finales del siglo XIX. El abrazo tanguero, la improvisación, los movimientos de las piernas y la sensualidad implícita en determinados estilos eran difíciles de conciliar con las normas de comportamiento público de las clases respetables.
La reacción moral no fue exclusivamente argentina. Cuando el tango comenzó a circular por Europa a comienzos del siglo XX, sectores religiosos y conservadores también cuestionaron el baile por considerarlo demasiado sensual. Sin embargo, ocurrió algo que terminaría transformando completamente su historia: las elites europeas comenzaron a bailar aquello que las elites porteñas habían considerado una expresión marginal.
París desempeñó un papel fundamental en ese proceso. Hacia la década de 1910, el tango se había convertido en una verdadera moda entre determinados sectores de la sociedad francesa y europea. La difusión internacional produjo un efecto inesperado en Buenos Aires: aquello que había sido despreciado por su origen social comenzó a adquirir prestigio precisamente porque había logrado conquistar los salones europeos.
La transformación cultural fue enorme. El tango comenzó a ser interpretado por músicos cada vez más profesionales, aparecieron orquestas estables y se desarrollaron formas musicales más complejas. La incorporación del bandoneón, instrumento de origen alemán que terminó convirtiéndose en uno de los sonidos fundamentales del género, contribuyó decisivamente a darle una identidad sonora propia. Con el tiempo, músicos como Eduardo Arolas, Vicente Greco, Roberto Firpo y Francisco Canaro ayudaron a transformar las agrupaciones iniciales en orquestas capaces de desarrollar repertorios cada vez más elaborados.
Pero todavía faltaba una revolución.
Gardel y la transformación de una música en identidad
La aparición de Carlos Gardel modificó para siempre la relación entre el tango y la cultura popular argentina. Nacido a fines del siglo XIX y convertido durante las décadas de 1910 y 1920 en una figura internacional, Gardel consiguió algo que ningún músico anterior había logrado con semejante intensidad: convertir la canción tanguera en una forma de narrar la vida urbana, la nostalgia, el desarraigo, el amor perdido, la pobreza, el barrio y el paso del tiempo.
El tango dejó entonces de ser principalmente una música destinada al baile y adquirió una dimensión narrativa. La aparición del tango canción, especialmente después de “Mi noche triste”, permitió que las letras ocuparan un lugar central y que el género comenzara a contar historias. Los personajes del tango ya no eran únicamente bailarines de los arrabales: eran trabajadores, inmigrantes, hombres y mujeres separados por la distancia, personas que habían abandonado el barrio para intentar progresar y que descubrían que el ascenso social también podía significar pérdida y nostalgia.
Esa transformación coincidió con una Argentina que estaba atravesando cambios profundos. La inmigración había creado una sociedad urbana nueva y la expansión de la educación, los medios gráficos, el teatro y posteriormente la radio permitieron que el tango llegara a públicos cada vez más amplios. La música que había nacido en los márgenes comenzó a convertirse en una especie de idioma emocional de Buenos Aires.
Durante las décadas de 1930 y 1940 llegó la llamada época de oro del tango, cuando las grandes orquestas alcanzaron una popularidad extraordinaria y el género ocupó un lugar central en la vida cultural argentina. Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Juan D’Arienzo, Carlos Di Sarli y muchos otros músicos desarrollaron estilos diferentes, demostrando que el tango podía contener múltiples tradiciones sin perder su identidad.
La historia tenía una ironía evidente: una música que había sido despreciada por su origen popular se había convertido ahora en una de las principales expresiones culturales del país.
Del margen al patrimonio mundial
El tango volvió a experimentar una transformación profunda durante la segunda mitad del siglo XX. La aparición del rock, los cambios en las formas de entretenimiento y las transformaciones sociales hicieron que perdiera parte del protagonismo masivo que había tenido durante su época de oro. Sin embargo, lejos de desaparecer, comenzó a desarrollar nuevas formas de resistencia cultural.
En ese proceso fue fundamental Astor Piazzolla, cuya obra llevó el tango hacia territorios que provocaron fuertes enfrentamientos con los sectores más tradicionalistas. Su llamado “tango nuevo” incorporó elementos del jazz y de la música clásica y modificó estructuras rítmicas y armónicas, generando una polémica que llegó a ser profundamente política y cultural. Para sus críticos, aquello ya no era tango; para Piazzolla y sus seguidores, en cambio, era precisamente la forma de mantener vivo al género mediante su transformación.
La discusión revelaba una cuestión que había acompañado al tango desde su nacimiento: ¿qué convierte a una música en auténtica? Si el tango había surgido de una mezcla de culturas, había cambiado al pasar de los barrios a los salones, había incorporado instrumentos extranjeros y había evolucionado de la música instrumental a la canción, resultaba difícil sostener que existiera una única forma legítima de tocarlo.
En 2009, la UNESCO incorporó el tango a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo su dimensión cultural compartida por Argentina y Uruguay. La declaración internacional terminó de completar una transformación extraordinaria: aquella expresión que había sido considerada vulgar y marginal pasó a ser reconocida como una manifestación cultural de valor universal.
La historia del tango contiene, en realidad, una enseñanza que excede ampliamente a la música. Las culturas populares rara vez nacen en los lugares donde las instituciones esperan encontrarlas. Surgen en las calles, en los barrios, en los espacios de encuentro y en las mezclas inesperadas que producen las sociedades cuando personas de distintos orígenes comparten una ciudad. El tango fue posible porque Buenos Aires y Montevideo eran ciudades en transformación, porque los inmigrantes trajeron nuevas músicas, porque sobrevivían tradiciones afro-rioplatenses y porque los sectores populares encontraron formas propias de apropiarse de aquello que llegaba desde otros lugares.
Por eso resulta tan revelador que una expresión que alguna vez fue asociada con los márgenes haya terminado convirtiéndose en uno de los símbolos culturales más reconocibles de la Argentina. El tango no fue creado desde arriba para representar al país; fue creado desde abajo y, con el tiempo, el país terminó reconociéndose en él. En sus acordes quedaron registrados los cambios de una sociedad entera: la inmigración, el crecimiento de las ciudades, la pobreza, el ascenso social, la nostalgia, los conflictos de clase, las transformaciones familiares y la permanente tensión entre tradición y modernidad.
Quizás allí esté la verdadera razón de su supervivencia. El tango nunca fue una música inmóvil. Nació de una mezcla, cambió cuando llegó a Europa, se transformó con Gardel, se expandió con las grandes orquestas y volvió a reinventarse con Piazzolla. Su historia demuestra que una tradición no permanece viva porque se conserve intacta, sino porque encuentra nuevas generaciones capaces de discutirla, transformarla y volver a hacerla propia. Y aquella música que alguna vez fue considerada demasiado vulgar para los salones terminó haciendo algo todavía más importante: convirtió las voces de los márgenes en parte de la memoria cultural de un país y, finalmente, del mundo.
