Buenos Aires y la Torre Monumental

Buenos Aires y la Torre Monumental

En pleno Centenario, la comunidad británica de Buenos Aires quiso regalarle a la ciudad un monumento monumental. El Congreso aprobó la idea en 1909 como una “columna” conmemorativa, pero el proyecto ganador terminó transformándola en una torre de 60 metros con reloj, campanario y mirador. La obra debía estar lista para 1910, pero una muerte en Londres, una compañía de gas que no quería irse y la Primera Guerra Mundial fueron postergando la inauguración hasta 1916. Durante décadas fue la Torre de los Ingleses; después de Malvinas recuperó oficialmente el nombre de Torre Monumental.

Por Alcides Blanco para NLI

Buenos Aires y la Torre Monumental

Hay edificios que parecen haber estado siempre en el lugar donde los encontramos. La Torre Monumental de Retiro es uno de ellos: aparece al fondo de tantas fotografías de la estación, del puerto y de la Plaza San Martín que cuesta imaginar que alguna vez no existiera esa silueta de ladrillos rojos y piedra clara que marca la entrada a Buenos Aires desde Retiro. Sin embargo, cuando la comunidad británica residente en la Argentina decidió ofrecer un monumento para el Centenario de la Revolución de Mayo, la idea original no era exactamente la torre que hoy conocemos. El Congreso Nacional aceptó en 1909, mediante la Ley 6368, el ofrecimiento de levantar una “columna monumental” en homenaje al centenario. Recién después, a través de un concurso de proyectos, aquella columna fue tomando otra forma hasta convertirse en el monumento que terminaría dominando el paisaje de Retiro.

La historia empieza, entonces, en una Buenos Aires que estaba viviendo una transformación extraordinaria. El Centenario de 1910 no fue solamente una celebración patriótica: fue también una gigantesca operación de representación de la Argentina moderna, con exposiciones, obras públicas, edificios monumentales, visitas internacionales y una ciudad que quería mostrarle al mundo su crecimiento económico y urbano. En ese contexto, los residentes británicos quisieron realizar su propio aporte. La relación entre Gran Bretaña y la Argentina era entonces particularmente intensa: capitales británicos tenían una presencia decisiva en los ferrocarriles, los bancos, los frigoríficos, el comercio y las inversiones, mientras que una numerosa comunidad británica vivía en Buenos Aires y sus alrededores. El monumento ofrecido para el Centenario era, al mismo tiempo, un gesto de pertenencia a la Argentina y una afirmación visible de la presencia británica en la ciudad.

De columna a torre

El detalle más curioso aparece justamente en los papeles oficiales. La ley no hablaba de una torre, sino de una columna monumental. La Municipalidad de Buenos Aires recibió la responsabilidad de determinar el emplazamiento y aprobar el proyecto, y finalmente se convocó a un concurso. Los proyectos fueron expuestos en 1910 en el Salón del Bon Marché, el edificio que hoy conocemos como Galerías Pacífico, en una muestra que permitía al público observar las distintas propuestas para aquel monumento del Centenario. El ganador fue el arquitecto e ingeniero británico Ambrose Macdonald Poynter, quien presentó una propuesta inspirada en el Renacimiento inglés.

Y ahí está la verdadera vuelta de tuerca de la historia. La “columna” que había imaginado la ley terminó convertida en una torre de reloj de arquitectura neorrenacentista inglesa. No fue una copia de la Torre Eiffel, cuya estructura de hierro y estética industrial pertenecían a un lenguaje completamente diferente, sino una construcción que buscaba deliberadamente evocar la tradición arquitectónica inglesa. La Torre de Poynter tenía planta cuadrangular, cuatro escalinatas de acceso y una fachada revestida con ladrillos rojos y piedra labrada; en su parte superior incorporaba un reloj de cuatro cuadrantes y un campanario coronado por una cúpula de cobre. Lo que había comenzado jurídicamente como una columna conmemorativa terminó siendo, en la práctica, uno de los edificios más reconocibles de Retiro.

El concurso también muestra hasta qué punto aquella Buenos Aires del Centenario quería construir una imagen monumental de sí misma. La torre no fue simplemente colocada en cualquier esquina: se eligió un punto estratégico frente a la estación Retiro, cerca del puerto y de los espacios por donde ingresaban a la ciudad miles de inmigrantes. La ubicación terminó dándole una importancia urbana que probablemente excedió la función conmemorativa original. Durante décadas, quien llegaba a Buenos Aires por ferrocarril o por el puerto podía encontrarse con aquella torre como una de las primeras imágenes de la ciudad. La propia documentación patrimonial porteña señala que Retiro se convirtió durante el siglo XX en una de las principales puertas de entrada a Buenos Aires y que la torre fue testigo de esas sucesivas oleadas inmigratorias.

Una obra que llegó tarde al Centenario

Pero el Centenario pasó y la torre no estaba terminada. Y acá la historia se vuelve particularmente argentina, aunque los motivos del retraso hayan sido bastante internacionales. La piedra fundamental no pudo colocarse en mayo de 1910 como se había previsto. El 6 de mayo murió Eduardo VII, rey del Reino Unido, y Gran Bretaña decidió no enviar la delegación oficial que tenía prevista para las celebraciones del Centenario. La ceremonia de colocación de la piedra fundamental terminó realizándose el 26 de noviembre de 1910, cuando la gran fiesta del Centenario ya había quedado atrás.

Pero todavía faltaba resolver otro problema mucho más concreto: el terreno no estaba libre. El lugar elegido estaba ocupado por instalaciones de la antigua compañía de gas de Retiro, que debían ser desalojadas para permitir la construcción. La empresa recién abandonó el predio en 1912, por lo que las obras efectivas tuvieron que esperar. Mientras tanto, la Argentina había seguido cambiando y el momento político y económico de 1910 empezaba a quedar atrás. Cuando finalmente la construcción avanzó, Europa estaba a punto de entrar en una de las mayores catástrofes de su historia.

En 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial y aquello que parecía una obra relativamente sencilla adquirió nuevas dificultades. Gran parte de los materiales fueron traídos desde Gran Bretaña, incluyendo los ladrillos, la piedra Portland, elementos del reloj, campanas y componentes del carillón. También llegó personal técnico especializado desde Inglaterra. La guerra alteró las comunicaciones marítimas y complicó el traslado de materiales y trabajadores. Así, la torre que había sido concebida para celebrar el Centenario de 1910 terminó siendo inaugurada seis años después, el 24 de mayo de 1916, cuando Europa estaba sumergida en la guerra y la Argentina atravesaba otro escenario político completamente diferente.

Un pedazo de Londres en Retiro

Cuando finalmente estuvo terminada, la torre no era solamente un monumento. Era también un enorme reloj público y un dispositivo sonoro que podía escucharse en buena parte del entorno de Retiro. El mecanismo fue fabricado por la firma británica Gillett & Johnston, de Croydon, y los cuatro cuadrantes tienen más de cuatro metros de diámetro. El sistema de campanas reproduce la melodía conocida como Westminster Quarters, la misma secuencia asociada mundialmente con el reloj del Palacio de Westminster en Londres. La torre tiene alrededor de 60 metros de altura y un mirador ubicado a más de 35 metros, desde donde podía contemplarse el puerto, la estación y una Buenos Aires que en aquellos años crecía aceleradamente hacia el norte y el oeste.

La fachada también era un manifiesto arquitectónico. Allí aparecen símbolos de las distintas partes del Reino Unido junto con referencias a la Argentina, mientras que los ladrillos rojos y la piedra blanca reforzaban la identificación visual con la arquitectura británica. No era una torre neutra: hablaba de quién la había donado, de dónde provenían sus materiales y de la comunidad que quería dejar una marca permanente en la ciudad. Pero tampoco podía separarse de la Argentina que la había aceptado y que le había otorgado un lugar central dentro de su paisaje urbano.

Durante décadas, la gente terminó llamándola simplemente “la Torre de los Ingleses”, aunque el nombre oficial y original era Torre Monumental. El apodo terminó imponiéndose en el habla cotidiana porque resultaba perfectamente descriptivo: una torre británica, construida con materiales ingleses, por una comunidad británica y coronada por un reloj fabricado en Inglaterra. El nombre popular sobrevivió durante buena parte del siglo XX y se convirtió prácticamente en el nombre propio del edificio.

Hasta que llegó Malvinas.

De “los Ingleses” a Torre Monumental

La Guerra de Malvinas produjo una ruptura profunda en la relación simbólica de la sociedad argentina con todo aquello que remitiera explícitamente al Reino Unido. La torre no fue demolida, retirada ni abandonada, pero cambió de nombre. La antigua Plaza Británica pasó a llamarse Plaza Fuerza Aérea Argentina y el monumento recuperó oficialmente su denominación de Torre Monumental, el nombre con el que había sido concebido originalmente. En la práctica, sin embargo, el nombre “Torre de los Ingleses” nunca desapareció completamente del lenguaje cotidiano de los porteños.

La paradoja histórica es enorme. El mismo monumento que había sido levantado por una comunidad británica para celebrar el Centenario argentino terminó formando parte, décadas más tarde, de un paisaje urbano atravesado por la memoria de una guerra contra Gran Bretaña. Y todavía hay otra vuelta: en el espacio que la rodea se incorporó posteriormente un memorial dedicado a los caídos argentinos en Malvinas, de modo que la torre quedó literalmente situada dentro de un paisaje de memoria que resignificó por completo su sentido original.

Eso explica por qué la torre es bastante más que una curiosidad arquitectónica. Es una especie de columna vertebral de la historia argentina del siglo XX, aunque haya comenzado siendo, paradójicamente, una “columna” que terminó transformándose en torre. Vio llegar inmigrantes a través del puerto, vio crecer la estación de Retiro, vio pasar presidentes, gobiernos, golpes de Estado, multitudes, manifestaciones y transformaciones urbanas. Escuchó sus propias campanas durante más de un siglo y sobrevivió incluso a los momentos en que aquello que representaba dejó de ser políticamente cómodo.

La torre que nunca fue la que iba a ser

Quizás por eso la historia tiene un pequeño juego de palabras que parece escrito por el destino. La Torre de los Ingleses casi no fue torre. La ley que permitió construirla hablaba de una columna monumental; el concurso convirtió aquella idea en un edificio de arquitectura renacentista inglesa; los retrasos hicieron que no llegara al Centenario que debía celebrar; la guerra europea complicó la llegada de los materiales; la Guerra de Malvinas hizo que cambiara de nombre; y, sin embargo, la construcción siguió allí, atravesando todas esas capas de la historia argentina.

Y aunque el título de esta historia evoque inevitablemente a la Torre Eiffel, la comparación sirve más como puerta de entrada que como equivalencia arquitectónica. París tuvo su gigantesca estructura de hierro como símbolo de la modernidad industrial; Buenos Aires tuvo en Retiro una torre de ladrillo, piedra, reloj y campanas que representaba otra modernidad: la de una Argentina profundamente vinculada con el capital, los ferrocarriles, el comercio y la inmigración británicos, pero que al mismo tiempo buscaba construir una identidad nacional propia en el escenario del Centenario.

La torre quedó allí, en medio de esa contradicción.

Fue regalo británico y patrimonio argentino; fue Torre de los Ingleses y después Torre Monumental; nació como columna y terminó siendo torre; fue pensada para un Centenario que ya había pasado cuando finalmente abrió sus puertas.

Y quizá por eso, cada vez que alguien cruza Retiro y levanta la mirada hacia sus 60 metros de ladrillos rojos, no está viendo solamente un viejo reloj inglés.

Está viendo una ciudad que cambió de nombre, de paisaje, de política y hasta de enemigos, pero que nunca dejó de tener aquella torre mirando desde arriba cómo pasaba la historia.

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