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Astroturismo: trekking bajo la luna llena

La Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina invita a participar de una caminata bajo la luna llena el próximo sábado 27, con punto de encuentro al pie del sendero para luego subir a la Capilla Santa Teresita del Niño Jesús.

La caminata será guiada por dos profesionales: la guía turística local y una invitada especial con su emprendimiento Caelum Patagonia, especialista en Astro Turismo o Turismo Astrológico.

Para participar de esta actividad se requiere inscripción previa ya que es con cupo limitado. Tiene un costo de $600, incluye seguro personal y degustación de productos regionales al finalizar la actividad.

Para más información o consultas comunicarse al teléfono 2984904350 o acercarse a la Oficina de Turismo situada en Florencio Sánchez 817.

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  • Formar un cuerpo

     

    Huellas en la arena

    Todo empieza con una caminata a orillas del Mediterráneo, donde el mar y la playa se encargan de no dejar rastros. Las olas y el viento borran todo tipo de marca que quede sobre la arena. Dejar huellas en el mar, como canta García, se sabe, es tarea de locos. En las playas de Valencia, con su agua cristalina, su arena blanca, sus palmeras, sus pececitos de colores y sus turistas extranjeros, dos tipos en apariencia muy cuerdos, empezaron a construir la selección argentina que dejaría la gran huella de este siglo. Tiran nombres, barajan posibilidades, piensan futuros. Son los últimos días de julio de 2018. Hace menos de dos semanas terminó el mundial en Rusia. La participación argentina, mucho antes, en octavos de final contra Francia. El mundial fue caótico. Formaciones difíciles de explicar, futbolistas con pocas ganas de entender, discusiones al interior del cuerpo técnico, negociaciones entre los jugadores y el entrenador en los días previos al último partido de la fase de grupos. Lo que vino después también fue difícil de entender: un partido ante Nigeria —donde el único resultado posible era ganar— que se terminó ganando sobre la hora; octavos de final contra Francia —un equipo visiblemente superior— al que por un instante se le nubló el futuro de campeón cuando, en la última jugada, Argentina casi empata el partido cuatro a cuatro.

    Hay dos elementos que unen a ese artefacto extraño llamado Scaloneta con esa selección caótica e inmediatamente anterior: el corazón y la presencia de Lionel Scaloni. Es uno de los dos tipos que camina por la playa de Valencia recitando nombres como quien los memoriza antes de rendir un final. El otro es entrenador de las selecciones juveniles y se llama Pablo Aimar. Ambos están en esa región de España dirigiendo al seleccionado sub-20 que compite en el torneo de L’Alcudia, el primero para una selección argentina después del caos de Rusia. De ahí, de ese agujero negro que pareció devorarse todo —hasta la expectativa de poder ver alguna vez a Messi feliz con la camiseta argentina —, surgió la tercera estrella. “Cuando todo era nada, el principio”, canta Vox Dei. “Una nueva esperanza”, dicen los rebeldes de la guerra de las galaxias. Las grandes creaciones devienen del caos. La Scaloneta no es la excepción.

    Scaloni y Aimar fueron los encargados de unir los restos del naufragio argentino de 2018. La propuesta de dirigir a la Selección les llegó durante L’Alcudia. El equipo necesitaba un cuerpo técnico para los partidos amistosos a disputarse en el segundo semestre de 2018. Allá lejos, al otro lado del Océano Atlántico, empezaba a armarse el Ministerio de la Alegría que nos haría felices en Argentina todos estos años. Sin dudarlo, Scaloni aceptó la propuesta. Le propuso a Aimar encarar el proyecto juntos. La respuesta de Pablo César pareció guionada: “Vos estás loco”, le dijo y, obviamente, aceptó.

    Salieron entonces, a las horas de aceptar, a caminar por la orilla del Mediterráneo y pimponear nombres que conformarían la primera de las tres listas que darían de ahí hasta el fin de ese año. Piensan en un interinato y en probar jugadores para ofrecerlos como material a disposición del técnico que venga después. Un tiempo casi sin presiones, para inventar sin buscar resultados inmediatos. Veinte días más tarde sale la lista y Scaloni da su primera conferencia de prensa. Nadie lo nota porque no lo toman en serio, pero hay una frase que sienta las bases de lo que luego será su ciclo: “El chico que debuta ahora, que se pone la camiseta por primera vez, que intente no sacársela más”. Muchos futbolistas de esas primeras listas —Paredes, Lo Celso, Palacios, entre otros— le harán caso. 

    Como en el cuento de Hansell y Gretel, Scaloni va dejando miguitas de pan. Mojones que marcarán el camino de su ciclo. En su segundo partido, curiosamente en el mismo estadio donde la selección perderá la final del mundial 2026 con España, un familiar de Paulo Dybala twitteó en contra del cuerpo técnico por la ausencia del jugador entre los titulares. Después del partido, Scaloni habla en cámara abrazado con el futbolista. Si hay una virtud importante para manejar un grupo es poder solucionar los problemas internos con rapidez. Otra vez, en ese mismo primer semestre, Eduardo Coudet declara que es una falta de respeto que Scaloni sea el técnico de la selección. Cuando le preguntan por esa declaración, Scaloni dice que ya habló con el técnico y estaba todo solucionado.

    Scaloni y Aimar piensan que su paso por la selección durará seis partidos. En los últimos dos hubo más muestras gratis de lo que veremos en el futuro: después del primer amistoso, Scaloni dice: “Sabemos defender, sabemos sufrir”. Luego del último amistoso le preguntan cómo evalua su paso por la selección: tras ensayar una respuesta la voz se le quiebra y abandona la entrevista para irse a llorar tranquilo. Todavía es 2018. Ni nos imaginamos lo que vendrá.

    Un cuerpo

    El seleccionador de uno de los países más futboleros del universo parece vivir esperando el momento para escaparse, para volver a andar bici o entrenar a unos chicos de una escuelita en Mallorca. En un ambiente lleno de flashes, en el que la mayoría de los técnicos busca que lo destaquen y le pregunten cómo creó ese sistema de juego, una de las singularidades de Scaloni es su búsqueda del anonimato. Su liderazgo pasa por otro lado. Scaloni es un primus inter pares, el primero entre sus iguales. Sabemos el nombre de la mayoría de su cuerpo técnico, no solo porque muchos son ex futbolistas de selección, sino porque él se encarga de que tengan protagonismo. Al principio eran cuatro: Scaloni, Aimar, Martín Tocalli y Matías Manna. Antes de viajar a L’Alcudia, un preparador físico se acercó a la puerta del predio de AFA, era Luis Martín. Se presentó con Scaloni y empezó a trabajar con ellos. Durante 2018 se sumó Walter Samuel. En marzo de 2019, cuando ya los habían confirmado hasta la Copa América de ese año, se incorporó Roberto Fabián Ayala. El verbo incorporar tiene varios significados, me quedo con dos: “unir una persona o una cosa a otra para que haga un todo con ellas” y “agregarse a otras personas para formar un cuerpo”.

    Scaloni, Aimar, Samuel, Tocalli, Manna, Ayala y Martín conforman un cuerpo. “Mi cuerpo es como mi mundo”, canta Gabo Ferro. El mundo del cuerpo técnico de la selección es el que diseñó el nuestro en los últimos cinco años. Un mundo horizontal, llano, en el que Scaloni toma las últimas decisiones pero que escucha y permite el diálogo con el resto. Si quisiera, podría vivir de dar charlas sobre liderazgo por el resto de su vida. Nos perderíamos un gran entrenador pero quizás el mundo sería un lugar más habitable. Scaloni, Aimar, Samuel y Ayala comparten elementos biográficos: fueron futbolistas, jugaron en la selección, disputaron mundiales, empezaron en divisiones juveniles, no lograron ningún título en la selección mayor, los dirigió José Pekerman y —en el país unitario— ninguno nació en Buenos Aires: Scaloni es de Pujato; Aimar, de Río Cuarto; Ayala, de Paraná; Samuel, de Laborde —tierra del malambo—, aunque se crió en Firmat, Santa Fe. Incluso Matías Manna, también santafesino, es de San Vicente. Federalismo para la victoria. 

    Scaloni, Aimar y Samuel se conocen desde adolescentes: los tres fueron campeones del mundo juveniles en Malasia 97. Ayala, unos años más grande, fue parte del seleccionado que ganó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Entre los cuatro se puede trazar la línea que va de Messi a Maradona. De Francia 98 a Sudáfrica 2010. Ayala, Aimar y Scaloni compartieron el plantel con Messi en Alemania 2006. Cuando Scaloni sostiene que si el equipo pierde no pasa nada, que el sol sale igual, lo dice por experiencia de todo el cuerpo técnico. Porque la Scaloneta no solo se construyó en base a las frustraciones de Messi y su camada, sino de todas las anteriores también. Si usamos el método Pity Álvarez de causalidades —para destruir hay que hacer, para morir hay que nacer, para odiar hay que querer— en nuestra Selección para ganar hay que perder. Las finales que perdimos, cuantos años las lloré. Cuando las cosas salen como no las espero, la vida me hace más guerrero

    Si el eslabón perdido entre Menotti y Bilardo es José Néstor Pekerman —técnico campeón mundial en juveniles en 1995, 1997, 2001 y director técnico en Alemania 2006—, Scaloni, Aimar, Samuel y Ayala son sus apóstoles. Pekerman fue el camino que encontraron Scaloni y Aimar para refundar la selección argentina. Porque lo que hicieron fue volver a crear algo donde parecía que no quedaba nada, después de la salida espantosa de Sampaoli. Menotti fundó al seleccionado como una entidad en 1974, Bilardo consolidó el proyecto y construyó su casa —el predio de Ezeiza—, Maradona inventó el tipo ideal “futbolista de selección” y Pekerman los moldeó desde pibes. Scaloni, cinco décadas más tarde que Menotti, encabezó una refundación. Como en un círculo, el que le sugirió a Tapia que Scaloni y su cuerpo técnico debían continuar fue Menotti. Volviendo al Pity: Si lo sembrás, lo recogés. Y si esperás, vas a entender. Casi como Muchachos, en donde elegimos contarnos desde las finales perdidas, con la esperanza como bandera, como una plegaria, con la certeza de que las victorias nacen en las derrotas. 

    Vengo a ofrecer mi corazón

    Scaloni suspendió la última conferencia del mundial porque lo desbordó el llanto. Ya había contado antes que en el vestuario lo apodaron La Llorona. “El que no sabe de amores, Llorona. No sabe lo que es martirio”, canta Chavela Vargas. La canción no está dedicada a Scaloni, claro, pero esa línea podría ser el lema de su selección. Su equipo, ese que construyó a partir de 2018 y trajo hasta 2026. Ese que destacó después de Egipto, cuando dijo, entre lágrimas por supuesto, “Qué grupo de jugadores, hermano”. Ese que decidió sostener en la final a pesar que muchos no daban más físicamente. Ese que no nos iba a dejar tirados. Ese que, Scaloni sabe, será difícil de superar, no en el sentido de ser mejor, sino en uno mucho peor: en el de dejarlo atrás. Ese que juega con el corazón en la mano. Ese que te hace vivir como si tuvieras un nervio a la intemperie y con cada brisa el dolor te recordara que estás vivo. 

    La Scaloneta surgió en una época en la que es difícil encontrar alguien que te represente. Por eso a veces se les pide tanto, porque tiene que ocupar espacios y llenar vacíos que nos vienen de otros lados. La creación de Scaloni logró una forma de jugar que representa no solo por su estética, sino por su componente dramático. Y porque tiene esa cosa, medio Rocky, de dar vuelta instancias que parecen imposibles. De ahí que se la compare tanto con esa otra selección querida que es la de Italia 90. “Soy hincha de la selección, aliento con el corazón”, dice la canción de este año y refleja lo que ocurre dentro de la cancha. Pelota al piso, sí. Sufrimiento también. Nos gusta el tango, nos gusta contar que sufrimos y nos gusta sufrir para recordar que estamos vivos.

    En la serie documental El método Scaloni, los jugadores y el cuerpo técnico reconstruyen la charla previa a la final con Francia en 2022. El elemento del relato es el opuesto al de aquello que se recuerda. Todos se ríen mientras cuentan que Scaloni no pudo dar la charla previa porque se quebró. Que entonces le dio paso a Aimar, pero también fue vencido por las lágrimas. Lo intentó Walter Samuel, pero en la garganta se le hizo un nudo marinero. Lo fueron a buscar a Matías Manna, pero tampoco le hizo frente al llanto. La charla técnica fue esa, una secuencia de lágrimas por parte de los que debían estar serenos. En ese sentido Scaloni no se guarda mucho, llora puertas adentro y frente a las cámaras. De ahí el apodo y también una de las marcas de la identidad de esta Selección. Se puede perder. Se puede llorar. Se sigue con el corazón.

    La entrada Formar un cuerpo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    Milei y el derrumbe de la cobertura sanitaria: más de 1,2 millones de argentinos quedaron afuera del sistema

     

    La Argentina de la “libertad” tiene cada vez más ciudadanos obligados a depender exclusivamente del hospital público. Desde el inicio del gobierno de Javier Milei, más de 1,2 millones de personas dejaron de contar con obra social, prepaga o mutual, mientras las obras sociales nacionales perdieron más de un millón de beneficiarios. El deterioro del empleo formal y el fuerte aumento de las cuotas de las prepagas aparecen como dos de los factores centrales detrás de una transformación que vuelve a cargar sobre el Estado las consecuencias de un modelo que prometía exactamente lo contrario.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    Hay números que permiten discutir una política económica y hay números que obligan a discutir qué sociedad se está construyendo. Los datos difundidos a partir de registros oficiales de la Superintendencia de Servicios de Salud y de la Encuesta Permanente de Hogares, relevados por el Instituto Argentina Grande (IAG), pertenecen a la segunda categoría: desde el comienzo del gobierno de Javier Milei 1.246.285 personas se incorporaron al universo de argentinos que no cuentan con obra social, prepaga ni mutual. La cifra surge de comparar los 9.428.131 ciudadanos que estaban en esa situación en el cuarto trimestre de 2023 con los 10.674.416 registrados en el primer trimestre de 2026. En paralelo, las obras sociales nacionales perdieron 1.028.412 beneficiarios desde noviembre de 2023, en un proceso asociado a la pérdida de empleo registrado y al deterioro de la cobertura laboral.

    El resultado es contundente: quienes dependen exclusivamente del sistema público pasaron de representar el 32% al 35,6% de la población. No se trata, por lo tanto, de una modificación marginal de las preferencias de los usuarios ni de una simple reorganización administrativa de las obras sociales. Es una transferencia de personas hacia el sistema público de salud, en un contexto en el que el Gobierno nacional viene sosteniendo una política de ajuste y reducción del gasto estatal que también impacta sobre hospitales, programas sanitarios, medicamentos y organismos vinculados a la atención de la población.

    El “mercado” de la salud expulsa a quienes no pueden pagarlo

    La contradicción del modelo libertario aparece con particular crudeza cuando se observa qué ocurre con la medicina privada. El Gobierno puede presentar la desregulación como una ampliación de la libertad de elección, pero la libertad de elegir una prepaga desaparece cuando el salario no alcanza para pagarla. Y si, al mismo tiempo, se deteriora el empleo formal, también se debilita la principal vía mediante la cual millones de trabajadores acceden a una obra social.

    Los datos relevados muestran precisamente esa combinación. La merma de afiliados coincide con la pérdida de puestos de trabajo formales y con el aumento de las cuotas de las empresas de medicina prepaga, dos procesos que fueron modificando las condiciones materiales de acceso a la cobertura. La consecuencia concreta es que familias que durante años contaron con una cobertura privada o de seguridad social comenzaron a abandonar esos esquemas y quedaron dependiendo del hospital público.

    El fenómeno también puede observarse dentro de las propias obras sociales. OSECAC, vinculada a los trabajadores de Comercio, perdió el 20,2% de sus beneficiarios desde noviembre de 2023. En el caso de OSPRERA, correspondiente a los trabajadores rurales, la caída fue del 15,9%, mientras que OSPCN, que concentra a empleados estatales, perdió el 19,1% de sus afiliados. La única entidad mencionada en el relevamiento que logró expandirse fue OSDEPYM, vinculada al universo de trabajadores monotributistas.

    La fotografía que dejan esos números es particularmente significativa porque las obras sociales no funcionan aisladas del mercado laboral: son una expresión directa de la estructura del empleo. Cuando se destruyen puestos registrados, se deterioran los ingresos o aumenta la precarización, también se resiente el sistema de seguridad social que se financia mediante los aportes de trabajadores y empleadores. Por eso reducir la discusión sanitaria a cuánto dinero se destina al Ministerio de Salud significa mirar apenas una parte del problema.

    El dato que debería preocupar especialmente al Gobierno: los jóvenes

    Hay otro número que desnuda todavía más profundamente el alcance del proceso. Entre los argentinos de 15 a 29 años, el 49,9% no cuenta con obra social, prepaga ni mutual y depende exclusivamente del sistema público. Son 438.790 jóvenes más en esa situación respecto del cuarto trimestre de 2023.

    Es difícil separar este fenómeno de la crisis que atraviesa el ingreso de las nuevas generaciones al mercado laboral. Los jóvenes suelen ser los primeros afectados por la informalidad, los empleos de menor estabilidad y los salarios que pierden capacidad de compra. Si a eso se suma que las coberturas privadas aumentan por encima de la capacidad de pago de muchas familias, el resultado es previsible: la cobertura sanitaria deja de ser un derecho garantizado por la inserción laboral y empieza a depender cada vez más de la capacidad económica individual.

    Y allí aparece una de las grandes paradojas de la experiencia libertaria. El discurso oficial plantea que el Estado debe retirarse para que los individuos puedan elegir libremente. Pero cuando el mercado expulsa a quienes no pueden pagar, esos mismos ciudadanos no desaparecen. Siguen necesitando atención médica. Van al hospital público, concurren a las guardias, requieren medicamentos, estudios, tratamientos y profesionales. El Estado no deja de existir: recibe la demanda, pero con menos recursos y mayores dificultades para atenderla.

    La consecuencia puede ser un sistema sanitario cada vez más segmentado: quienes tienen ingresos suficientes conservan o compran cobertura privada; quienes tienen una relación laboral formal intentan sostener su obra social; y una porción creciente de la población queda directamente a merced del sistema público. La supuesta libertad de elección termina convirtiéndose, para millones, en una elección que nunca existió: pagar o quedarse afuera.

    Una transferencia silenciosa hacia el hospital público

    El dato central de este proceso no es solamente cuántas personas perdieron una cobertura. Es quién termina absorbiendo las consecuencias. Cuando una familia abandona una prepaga porque ya no puede pagar la cuota, la necesidad sanitaria continúa. Cuando un trabajador pierde su empleo formal, también pierde la estructura de cobertura asociada a ese trabajo. Y cuando una obra social pierde afiliados, su capacidad financiera puede deteriorarse, afectando también la calidad y disponibilidad de las prestaciones.

    Por eso, el crecimiento de la población sin obra social, prepaga ni mutual debería ser leído como un indicador social y económico de primer orden. Entre fines de 2023 y comienzos de 2026, más de 1,24 millones de personas se incorporaron al universo que carece de esos tres tipos de cobertura.

    La discusión excede, entonces, la clásica pelea entre “Estado” y “mercado”. En la Argentina, la salud siempre estuvo organizada alrededor de una combinación de sistema público, seguridad social y sector privado. El problema aparece cuando una de esas patas comienza a recibir cada vez más demanda mientras las otras pierden afiliados y capacidad de financiamiento.

    Y mientras el Gobierno celebra la reducción de determinadas partidas como si fueran simples números de una planilla presupuestaria, del otro lado de esa planilla hay personas. Son trabajadores que ya no tienen obra social, familias que dejaron de pagar una prepaga, jóvenes que nunca lograron acceder a una cobertura y pacientes que, ante una enfermedad, terminan recurriendo al hospital público.

    El modelo puede llamarlo “eficiencia”. Puede presentarlo como una consecuencia inevitable de ordenar las cuentas. Pero los números muestran otra cosa: una parte creciente de la sociedad argentina está siendo empujada hacia un sistema público que, paradójicamente, el mismo modelo económico pretende adelgazar.

    La verdadera pregunta política ya no es cuánto puede reducirse el Estado. Es cuánto puede soportar una sociedad cuando cada vez más personas necesitan de él y, al mismo tiempo, el Gobierno decide retirarle recursos. Porque la salud no funciona como una mercancía cualquiera: cuando alguien deja de poder pagarla, no deja de enfermarse. Y esa cuenta, tarde o temprano, alguien tiene que pagarla.

     

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