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Apertura de la muestra ‘Improntas reginenses’

A partir de este miércoles 3 se podrá visitar en el Galpón de las Artes la muestra ‘Improntas reginenses’ de María Cristina Bay. La apertura de la misma será a las 20 horas.

Con su impronta  Bay muestra  un variado universo de sutiles y exultantes colores, colmados de riqueza visual y expresiva revalorizando y exhibiendo sitios y lugares emblemáticos de la localidad.

María Cristina Bay nació en Capital Federal pero vivió y estudió de maestra en Banfield.

Emigró a Río Negro y se instaló en Villa Regina adoptando la identidad reginense desde 1974. Aquí concreta sus sueños familiares y proyectos de vida personales, siempre con una actitud comprometida con lo educativo, en lo laboral/sindical y en lo social, especialmente en la militancia feminista por los derechos de las mujeres y las disidencias.

Sus primeras incursiones en la pintura fueron en un atelier por los años 70 y tomó clases con el profesor Norman Tornini, fundador de la Escuela Municipal de Arte, hito fundamental en nuestra historia cultural.

Participante de varios talleres y seminarios de Arte, hoy es alumna del Taller de Pintura artística de la Escuela Municipal de Arte a cargo del profesor Claudio Grossi.

En “Improntas reginenses” su deseo es mostrar, junto a sus compañeras de taller, imágenes que recrean lugares emblemáticos de Villa Regina y homenajear a quien le debemos su nombre.

La muestra se completa y complementa con la participación de cuatro artistas locales invitadas: Elsa Blatner, Pelusa Miño, Mariana Payllalef y Ana Tralamil, quienes acompañan a Cristina en el recorrido visual de ‘Improntas reginenses’, presentando también paisajes, retratos y temática costumbrista de la ciudad.

La muestra  cuenta con el apoyo de  la Dirección de Cultura de Villa  Regina y con la coordinación de Grossi Claudio para la exhibición y disposición en sala de la misma.

Podrá ser visitada hasta el viernes 26 de noviembre los días viernes de 18 a 21 horas.

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    El macrismo, en tanto, en la tarde del sábado lanzó un comunicado denunciando atropello y manipulación de los plazos. El bullrichismo devolvió la gentileza con otro: «no se bancan la democracia interna en el PRO Córdoba», dispararon Rodríguez Machado y Agost Carreño.

    Mientras, en la misma noche del sábado el macrismo porteño con dirigentes como Fernando de Andreis trató de desactivar la interna y negociar. Era tarde. Imposible. Los aliados respondieron que los plazos para llegar a esa estrategia habían vencido y que no hubo acuerdo porque el macrismo cordobés pedía, entre otros condicionamientos, colocar al apoderado del PRO. Así se llegó al esquelético escenario de votación que dejó más análisis que votos.

    El sector de Karina no tomó bien la alianza de Bullrich con el denunciante d elos hermanos Milei. El enojo llegó al jefe de bloque libertario en Diputados, el cordobés Gabriel Bornoroni. En despachos de Casa Rosada no entienden cómo el bullrichismo se prende en esta pelea por un sello territorial y lo hace en alianza con el denunciante de $Libra.

    A saber. Rodríguez Machado y Agost Carreño lograron quedarse con una porción del G25 y le partieron el bloque a Guillermo Dietrich en Córdoba porque el intendente de Villa Allende, Pablo Cornet, jugó con los aliados. Es decir, el sobrino de Manuel Tagle se corrió del respaldo al macrismo y acompañó al bullrichismo. Buen gesto para el 10 de abril, cuando la senadora logre saltar el cerco que le trata de imponer el karinismo y encabece el almuerzo en la Bolsa de Comercio con Tagle.

    El esquema de Karina no toma bien esto y en Córdoba, el entorno del jefe de bloque libertario en Diputados, Gabriel Bornoroni lo hizo saber. Incluso, con llamados que tuvieron pendiente de respuesta al presidente de la Cámara, Martín Menem.

    En despachos de Casa Rosada no entienden cómo el bullrichismo se prende en esta pelea por un sello territorial y lo hace en alianza con el denunciante de $Libra.

    Cierto es también que Agost Carreño contó con una curiosa fortuna de despachos judiciales porteños para tumbar primera a Macri en la Justicia. Y dicen que esas puertas se abrieron gracias al entramado judicial que controla Santiago Caputo. Quien no vio nunca con malos ojos una caída en desgracia de Macri en Córdoba.

    Por último, el resultado de la interna del PRO cordobés también se debe leer en clave de la elección de Marcos Juárez. La pelea por la intendencia más importante en Córdoba para el segundo semestre de este año y donde una de las grandes perdedoras en esta interna fue la intendenta Sara Majorel, de concretos guiños a los libertarios en el último tiempo.

    En ese territorio hubo un reaparecido con la interna amarilla que fue el exintendente Pedro Dellarosa, uno de los posibles candidatos al municipio y de buena relación tanto con el peronismo como con la conducción local del PRO. Acá, el problema lo tendrá el bullrichismo si los libertarios deciden jugar con otro candidato y presionan a la gente de Patricia para que se corra.

     

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     La vertiginosa quiebra de Bioceres SA dejó un dato que ahora en el mercado lo observan con mucha atención: mientras que la empresa se desplomaba con deudas y patrimonio negativo, el holding controlante registró una ganancia extraordinaria cercana a los 95 millones de dólares.

    El número surge de los propios balances presentados ante la SEC por Moolec, la firma radicada en el exterior que quedó como cabeza del entramado y de la que se hizo cargo el empresario uruguayo Juan Sartori.

    En los documentos (ver) se advierte que tras la pérdida de control de Bioceres la compañía contabilizó un beneficio de unos 91 millones de dólares en Bioceres Sociedad Anónima y otros 5,3 millones de Bioceres LLC radicada en Estados Unidos. En términos contables, la caída de Bioceres no implicó una pérdida para el grupo, sino un resultado positivo, dicen fuentes de la empresa.

    [Escala la pelea por Bioceres entre un millonario uruguayo y el fundador Federico Trucco]

    Ese dato es el que disparó las sospechas. En el mercado empiezan a preguntarse si la quiebra fue realmente el desenlace inevitable de una crisis financiera o parte de una estrategia para reordenar el negocio, aislar las deudas y consolidar el control sobre los activos más valiosos.

    La clave está en la ingeniería societaria que se terminó de consolidar en 2025, dijeron fuentes al tanto de la compleja estructura accionaria con la que organizó el holding que prometió convertirse en uno de los unicornios biotecnológicos más importantes del país.

     En el mercado empiezan a preguntarse si la quiebra fue realmente el desenlace inevitable de una crisis financiera o parte de una estrategia para reordenar el negocio, aislar las deudas y consolidar el control sobre los activos más valiosos 

    A partir de la fusión con Moolec, el grupo habría trasladado los activos estratégicos a una holding internacional, debilitando a Bioceres SA y dejándola como la unidad más expuesta al endeudamiento. En paralelo, el control accionario también cambió de manos ingresando un jugador clave en este proceso, señalaron a LPO fuentes empresarias.

    Según otro documento presentado ante la SEC, en abril de este año el fondo Agriculture Investment Group Corp (AIGC) pasó a controlar el 65,1% de Moolec tras convertir acciones preferidas en ordinarias. AIGC está vinculado al empresario uruguayo Juan Sartori, que fue ganando peso en el grupo cuando facilitó el salto de Bioceres a cotizar en Nasdaq para después terminar consolidando su poder en la etapa final de la reestructuración. La operación lleva la firma de Alejandro Antalich que puso Sartori al frente de la empresa quebrada.

    Como sea, por afuera de Bioceres SA quedaron unidades con activos significativos: Agrality, con ventas cercanas a los 70 millones de dólares y una valuación estimada en torno a los 77 millones; la planta industrial ValoraSoy en Córdoba; desarrollos biotecnológicos como SynBio Powerlabs, proyectados en unos 30 millones; líneas de ingeniería metabólica valuadas en torno a los 12 millones; y un paquete de patentes que podría ubicarse entre 45 y 50 millones de dólares.

     La Justicia comercial de Rosario ya empezó a intervenir y ordenó revisar en detalle la compleja ingeniería societaria del grupo y por otro lado, no se descarta que la disputa escale al plano penal 

    En conjunto, el ecosistema supera holgadamente los 150 millones de dólares en activos, muy por encima del pasivo que arrastraba la sociedad local, aseguran en el holding. Ese contraste es el que vuelve difícil de explicar la velocidad con la que se avanzó hacia la quiebra.

    [Bioceres no pudo levantar una deuda de 36 millones de dólares y se asoma a la quiebra]

    Fuentes vinculadas al management desplazado, Federico Trucco, dijeron que la decisión fue tomada por el nuevo directorio en diciembre del año pasado, ya bajo la órbita del esquema reorganizado. En lugar de explorar alternativas habituales en estos casos, como una reestructuración de deuda o un acuerdo con acreedores, se optó por el camino más extremo en un lapso llamativamente breve.

    En el sector, consideran que esa secuencia forma parte de una maniobra para quedarse con el control del negocio liberado de pasivos. Los nuevos controlantes, en cambio, sostienen que heredaron una situación financiera insostenible y que la quiebra era inevitable.

    La Justicia comercial de Rosario ya empezó a intervenir y ordenó revisar en detalle la compleja ingeniería societaria del grupo. En paralelo, no se descarta que la disputa escale al plano penal, con denuncias en preparación que podrían poner bajo la lupa el proceso que llevó a la caída de Bioceres SA.

     

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  • Vuelta por el universo

     

    Todavía hay muchas partes del espacio a las que las señales de radio no llegan. Una es el lado oscuro de la Luna, ese lugar al que la humanidad se ha teletransportado tantas veces a través del álbum de Pink Floyd, pero que sigue guardando numerosos misterios. Hace unos días, Artemis 2 se convirtió en la misión que más cerca estuvo de esa cara recóndita del satélite terrestre.

    Ocurrió en la sexta jornada de la travesía. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, los astronautas de la misión de la NASA que volvió a llevar al ser humano a la Luna después de más de medio siglo, se prepararon día y noche durante 18 meses para ese momento: quedaron completamente incomunicados con la Tierra durante 40 minutos.

    Fue como apagar el celular para admirar el paisaje. Disfrutaron de una “puesta de la Tierra” vista desde la perspectiva de la Luna y de un eclipse de sol que duró 57 minutos.

    Antes de perder la señal, Glover quiso compartir una reflexión con sus interlocutores del Centro Espacial Johnson de la NASA. No habló de lo que estaban por hacer. Eligió recordarles —recordarnos— que uno de los misterios más grandes del universo no está en el cosmos, sino en la Tierra, y es el amor. 

    —Los queremos, desde la Luna —se despidió Victor.

    —Houston copia. Nos vemos del otro lado.

    El programa de la NASA que busca volver a pisar la Luna antes del 2030 —pero, sobre todo, antes que los chinos— nació con Artemis 1, una misión no tripulada lanzada el 16 de noviembre de 2022 que buscó probar el funcionamiento del cohete SLS y la nave Orión. En total, el programa tendrá cinco misiones y el primer alunizaje será con Artemis 4, previsto para el 2028. Hasta el mes pasado, el regreso a la superficie lunar iba a suceder con Artemis 3, pero luego de detectar fallas técnicas durante las pruebas de lanzamiento de esta segunda misión —que incluyeron fugas de hidrógeno y anomalías en el sistema de helio— decidieron usar el próximo viaje para hacer más ensayos antes para no correr mayores riesgos. El objetivo será, principalmente, probar el mecanismo de acoplamiento de la nave Orión con el módulo de aterrizaje, fabricado por la empresa aeroespacial SpaceX del magnate Elon Musk.

    El objetivo del programa es lograr una presencia permanente en la Luna, a unos 384.400 kilómetros de la Tierra. 

    Pero la meta final es mucho más ambiciosa: establecer una base lunar que sirva como trampolín para llegar a Marte, que está a una distancia promedio de 225 millones de kilómetros de nuestro planeta .

    Mientras tanto, los tripulantes de Artemis 2 ya rompieron algunos récords. Son los humanos que más cerca estuvieron del satélite —a unos 6.550 kilómetros—, y los que más lejos de la Tierra viajaron —a 406.772 kilómetros—, superando la marca del Apolo 13, en abril de 1970.

    La NASA no se embarcó sola en esta expedición. A través de los Acuerdos de Artemis, instó a numerosos países a firmar una serie de principios para “la exploración pacífica del espacio profundo” y ya lleva 61 adhesiones. También los invitó a participar de una competencia de nanosatélites y eligió a los cuatro mejores para llevar en Artemis 2 y ponerlos en órbita antes del acercamiento lunar. 

    Junto con desarrollos de Alemania, Corea del Sur y Arabia Saudita, hubo un único representante latinoamericano: ATENEA, un satélite tan argentino como el mate y el dulce de leche, que nos llevó más lejos de lo que llegamos jamás.

    ATENEA es un CubeSat de 15 kilos que mide 30 por 20 centímetros y es apenas más grande que una caja de zapatos. Su desarrollo fue coordinado por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) —la agencia espacial argentina—, y ejecutado por tres universidades públicas, dos institutos de investigación y una empresa.

    Su función fue validar tecnologías de largo alcance que sirvan para el diseño de satélites más complejos en futuras misiones espaciales. En la industria satelital, para vender un servicio o partes de un satélite, lo primero que quieren saber las empresas es la “herencia de vuelo”. Es decir, si la tecnología fue probada con éxito en el espacio, ya que una falla puede costar millones.

    El rompecabezas se armó sobre un satélite que venía desarrollando la Universidad Nacional de La Plata (UNLP): el USAT 1 (que será lanzado en junio). Dos equipos de la Facultad de Ingeniería fueron los responsables de hacer la plataforma —el cuerpo del satélite—, la computadora de abordo —el cerebro— y un receptor de GPS, que fue una de las dos cargas útiles —o sea, el instrumento central, el corazón de la misión satelital—.

    Desde el conurbano bonaerense, la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) aportó la segunda carga útil: sensores fotomultiplicadores de silicio, una tecnología para comunicación de largo alcance. La Universidad de Buenos Aires (UBA), por su parte, desarrolló el sistema de carga de baterías.

    Los paneles solares que “dieron vida” al satélite fueron hechos por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el único lugar del país donde se fabrican paneles de uso espacial. El Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR) realizó los ensayos de las antenas y la empresa aeroespacial VENG se encargó del sistema de cableado de vuelo.

    “Siento mucho orgullo por todo este trabajo conjunto, más que nada por todos los años previos de esfuerzo que hubo detrás de ATENEA”, dice Santiago Husain Cerruti, integrante del equipo de CONAE que trabajó en el sistema de orientación del satélite.

    ¿Y cómo fue que llegamos a la Luna? La CONAE, creada en 1991 para llevar adelante el Plan Espacial Nacional, cumple en mayo 35 años de trayectoria. Entre sus logros, puso en órbita satélites de observación de la Tierra, como los SAC-A, B, C y D —en conjunto con la NASA—, y los SAOCOM 1A y 1B —éste último lanzado en pandemia—. Esas décadas de experiencia acumulada hicieron posible que ATENEA pudiera estar lista en solo 18 meses. Incluso en medio —y a pesar de— la fuerte crisis presupuestaria que atraviesan en la actualidad el sistema científico y las universidades públicas del país.

    ¿Por qué Argentina debería apostar al desarrollo de tecnologías satelitales y de un plan espacial sostenido en el tiempo?

    Diego Hurtado, historiador de la ciencia y docente de la UNSAM, ensaya algunas ideas. “Para un país como la Argentina, el plan espacial es un vector de industrialización, un generador de capacidades tecnológicas. Así se diseñó, originalmente, el Plan Espacial Argentino: ir hacia arriba para mirar hacia abajo, tener nuestros propios satélites para poder entender desde el cielo lo que no se puede entender desde la Tierra. Para eso, necesitamos autonomía tecnológica: disponer de nuestros propios satélites para ocupar nuestras posiciones orbitales. Satélites como los SAOCOM, que miden datos de humedad del suelo y salinidad de los océanos en un contexto de cambio climático, y como los ARSAT, que buscan democratizar el acceso a internet, llegando a escuelas rurales y otras zonas donde el sector privado no va porque no es rentable. Las tecnologías espaciales generan efectos sistémicos, es decir, se conectan con la electrónica, con las tecnologías digitales, con el sector energético. Algo que genera densidad en la trama productiva, demanda profesionales de las universidades y mejora la economía del país porque permite exportar, además de soja, valor agregado. Eso se llama desarrollo”.

    Entre 1968 y 1972, el programa Apolo de la NASA realizó doce misiones tripuladas. También fueron doce los hombres —con Neil Armstrong a la cabeza— que lograron caminar sobre la superficie lunar, todos estadounidenses, marcando una importante victoria para ese país sobre su principal competidor en la carrera espacial: la Unión Soviética.

    Después de seis alunizajes exitosos, Estados Unidos se dio por satisfecho y dejó de ir a la Luna porque consideró que su objetivo de demostrar su supremacía —política, tecnológica, ideológica— había sido cumplido con creces como para seguir invirtiendo montos astronómicos en misiones similares. De todos modos, aunque aún no se haya vuelto a pisar el satélite, cinco países llegaron exitosamente a la superficie lunar a través del envío de sondas: Rusia, Estados Unidos, China, India y Japón.

    Hoy, el escenario geopolítico mundial parece muy distinto del de la Guerra Fría, sobre todo porque el principal competidor pasó a ser China. Sin embargo, la carrera actual guarda similitudes simbólicas, tecnológicas y estratégicas con aquella época, dice Hurtado. La tecnología espacial sigue funcionando como banco de pruebas del desarrollo de tecnologías que después derraman en áreas estratégicas como la industria y la defensa.

    Sin embargo, una diferencia importante con el programa Apolo, en el que la NASA diseñaba las naves y financiaba las misiones, es que Artemis opera bajo una asociación público-privada. Aquí es donde cobran mayor peso y poder algunos magnates como Elon Musk —con SpaceX— y Jeff Bezos —con Blue Origin—, socios estratégicos de la NASA en el programa y referentes de lo que se conoce como el New Space, la nueva era de la industria espacial caracterizada por la fabricación y el lanzamiento de satélites pequeños que abarataron los costos del acceso al espacio para muchos países que contratan sus servicios, porque en el espacio, cada kilo cotiza miles de dólares.  Hoy existen decenas de empresas aeroespaciales que mandan cohetes al espacio a rolete y sueñan con un nuevo trofeo geopolítico: extraer minerales de la Luna y de Marte.

    “La minería espacial sigue la misma lógica de destrucción ecológica de la Tierra, ahora extendida al espacio exterior. En lugar de tratar de que nuestro planeta siga siendo habitable, los tipos plantean el mismo paradigma de destrucción de ecosistemas porque, total, todavía tenemos todo el resto del universo”, sostiene Hurtado.

    Por su parte, la República Popular China, que recién mandó su primer taikonauta en 2003, tuvo un crecimiento rápido y sostenido en la carrera espacial. En poco más de dos décadas, lanzó unas 15 misiones tripuladas —enfocadas en mantener una presencia permanente en su estación espacial Tiangong— y seis no tripuladas a la Luna —incluyendo el primer alunizaje de un rover en la cara oculta en 2019 (punto para China)—. Pretende enviar astronautas al satélite antes de 2030 y establecer una base en cooperación con Rusia en la próxima década. Tiene a su favor la disciplina constante, una inversión cien por ciento pública, sostenida en el tiempo por un Estado que responde al mismo Partido Comunista desde 1949, y una estrategia más discreta y silenciosa.

    Tan discreta que, en el ámbito espacial, suele hacerse el chiste de que cuando los estadounidenses vuelvan a pisar la Luna, se van a encontrar con una colonia china ya asentada, esperándolos.

    Según un informe del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIICTI), en los dos primeros años de gobierno de Javier Milei, el sistema científico argentino perdió el equivalente a siete investigadores por día. A su vez, la Ley de Financiamiento Universitario, aprobada en octubre, sigue sin cumplirse.

    En la NASA, las cosas tampoco están en su mejor momento. Según datos de la organización Planetary Society, mientras que en la época de Apolo 11 la plantilla de trabajadores llegaba a 34 mil personas, hoy la agencia lleva adelante el programa Artemis con un staff de 14 mil trabajadores. Y viene en caída: se estima que uno de cada cinco abandonó la NASA el año pasado.

    Sin embargo, tanto Milei como el presidente estadounidense Donald Trump no dudaron en apropiarse de los recientes sucesos espaciales. El republicano se apuró en hablar con los tripulantes de Artemis apenas salieron del lado oscuro de la Luna, mientras que en el plano local, desde la Oficina del Presidente emitieron un comunicado indicando que ATENEA es el “resultado de un cambio de paradigma impulsado por el presidente”.

    Horas antes, lxs trabajadorxs de CONAE habían estado de paro: denunciaron una paralización de proyectos, una pérdida del 30 por ciento del poder adquisitivo y una reducción del personal del 20 por ciento en los últimos dos años. 

    Sobre eso, el comunicado no dijo nada.

    El programa Artemis buscó resaltar el papel de las mujeres en la exploración espacial y en disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), áreas que todavía siguen teniendo mayor participación masculina, sobre todo en puestos jerárquicos. Lo hizo simbólicamente desde su nombre —Artemis es la diosa griega de la caza, hermana gemela de Apolo—, pero también al asignar mujeres en roles estratégicos: aparte de Christina Koch, se destacan Charlie Blackwell-Thompson, directora de lanzamiento, y Diana Trujillo, directora de vuelo.

    El proyecto ATENEA —nombrado así por la diosa griega de la sabiduría— siguió la misma línea y también tuvo mujeres en roles importantes, como Laura González y María Luján Ibarra, jefas de proyecto del grupo que hizo los paneles solares; y Sonia Botta, integrante del equipo de la UNLP e ideóloga del USAT 1. 

    “Yo noto que en las nuevas generaciones existe una mayor conciencia en términos de igualdad de género. En mi experiencia dentro del ámbito aeroespacial, nunca sentí que se hicieran diferencias”, cuenta Sofía Baldoni, estudiante de Ingeniería Electrónica e integrante del equipo de la UBA. 

    Micaela Gareis, ingeniera electrónica de la UNSAM, se sumó al proyecto ATENEA siendo estudiante. Hoy recuerda que en las cursadas solían ser apenas dos o tres mujeres pero, al igual que Sofía, no sintió que eso fuera un obstáculo para avanzar. “A las mujeres que estén pensando estudiar ingeniería: no se desalienten. Van a ver que en el camino aparece mucha gente que acompaña, como otras mujeres que ya transitaron por lo mismo. Vale la pena seguir nuestros sueños”.

    —Siempre elegiremos la Tierra.

    Christina Koch, 47 años, primera mujer en orbitar la Luna, usó esa frase para expresar lo especial que fue volver a ver la Tierra y reestablecer comunicación después de salir del lado oculto del satélite. “Se ven hermosos. Desde aquí se ven como una sola cosa”, había dicho antes su compañero Victor Glover, 49 años, piloto de la nave y primera persona negra en una misión de este tipo. Jeremy Hansen, 50 años, canadiense, primer no estadounidense en orbitar el satélite, también hizo referencia a cómo las diferentes culturas conviven bajo una misma Luna.

    En las distintas comunicaciones desde el espacio, los astronautas parecen querer reforzar siempre un mismo mensaje: el de unidad. Una unidad que supera obstáculos y se construye a partir de la diversidad. Una unidad que también se reflejó en esa imagen de los astronautas abrazados, con lágrimas en los ojos, después de pedir si podían bautizar a un cráter de la Luna con el nombre de Carroll, en homenaje a la esposa de Reid Wiseman -50 años, comandante de la misión-, que murió de cáncer en el 2020.

    “Siempre elegiremos la Tierra”, dijo Christina. Pero ¿siempre tendremos la Tierra?

    —¡Estamos recibiendo! 

    Unas cinco horas después del lanzamiento del cohete, Juan Pablo Cuesta, jefe del Proyecto ATENEA en CONAE, dio la noticia que todxs esperaban: el satélite argentino fue eyectado correctamente, desplegó sus paneles, orientó sus antenas y llamó a la Tierra.

    “Fue como pasar de un silencio total a tener al satélite vivo”, rememora Gabriel Sanca, integrante del equipo de la UNSAM, sobre ese shock de adrenalina.

    De esta manera, el microsatélite cumplió con éxito su misión y, en sus 20 horas de vida, se convirtió en el satélite argentino que más lejos llegó: unos 73 mil kilómetros de distancia con la Tierra, el doble de lo que llega un satélite de telecomunicaciones como el ARSAT. 

    Pero los éxitos no frenaron ahí. 

    En una conferencia de prensa, Lakiesha Hawkins, funcionaria de la NASA, contó que los cuatro nanosatélites que llevó Artemis fueron desplegados correctamente, pero solo pudieron establecer comunicación positiva con dos, el de Argentina y el de Arabia Saudita. ¿Qué pasó con los otros? Ante una solicitud de apoyo, la Estación Terrena de Tierra del Fuego de la CONAE logró localizar y recibir señales de los CubeSats TACHELES (Alemania) y K-Rad Cube (Corea del Sur), y los puso en contacto con los responsables de cada país.

    ¿Argentinos resolviendo crisis de otros países a miles de kilómetros de la Tierra? Tenemos.

    Marcos Actis creció en Arroyo Dulce, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Cuando era chico, en los años sesenta, era uno de los pocos afortunados del barrio en tener televisor en su casa. 

    —Vi todas las misiones del programa Apolo y siempre soñé con ir al espacio.

    Eso lo llevó a estudiar ingeniería aeronáutica y, desde que se recibió, trabajó en todos los satélites que hizo la CONAE. Hoy es decano de la Facultad de Ingeniería de la UNLP y acaba de terminar, junto con otros investigadores y estudiantes, el USAT 1, primer satélite desarrollado íntegramente en una universidad pública argentina.

    Hernán Socolovsky también soñaba con ir al espacio. A los 12 le escribió una carta a la NASA y recibió como respuesta una foto firmada por un astronauta que había integrado el primer vuelo tripulado a la Luna en 1968. Veinte años después de escribir esa carta, ya como ingeniero electrónico, entró a trabajar a la CNEA. Desde entonces, confecciona los paneles solares para los satélites de CONAE, incluyendo a ATENEA. “Miro hacia adelante y pienso: hemos participado desde Argentina en Artemis 2 y alcanzamos los 70 mil kilómetros. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?”, se entusiasma. Hoy sueña con enviar sus paneles solares a Marte.

    Con el correr de los años, Marcos y Hernán se dieron cuenta de lo mismo: para ir al espacio y cumplir el sueño del pibe, no hace falta salir de Argentina.

    El regreso desde The Dark Side of the Moon

    Viernes 10 de abril de 2026, día 10 de misión. Los cuatro tripulantes de la nave se preparan para uno de los puntos más críticos: el amerizaje. Orión ingresará a la atmósfera terrestre —alrededor de las 21, hora Argentina— a 40 mil kilómetros por hora, generando una fricción extrema que elevará la temperatura a más de 2.700°C y someterá a su escudo térmico a una prueba de fuego. Literalmente. Cada maniobra cuenta: si ingresa demasiado inclinada, podría recalentarse peligrosamente; si entra demasiado plana, podría rebotar en la atmósfera y estallar.

    Pero la NASA tiene todo milimétricamente calculado para que nada falle. Aquí, otra mujer tendrá un rol clave: la ingeniera colombiana Liliana Villarreal, directora de aterrizaje, será la encargada de recuperar a Artemis 2. Ella ya se encuentra a bordo del buque anfibio USS John Murtha junto al equipo que recibirá a la tripulación en el océano Pacífico, frente a las costas de California, después de que once paracaídas se abran de forma escalonada para reducir el impacto.

    Será en ese buque donde Reid, Victor, Christina y Jeremy se recuperarán poco a poco, acostumbrándose de nuevo al peso de sus cuerpos. Después de diez días de flotar en la ingravidez, dormir cabeza abajo como murciélagos, comer alimentos deshidratados, bañarse con toallitas húmedas y tener el privilegio de ver, más cerca que nadie, esa superficie gris, rugosa, llena de cráteres, a la que todos los seres humanos alguna vez miramos y admiramos. Después de volver, triunfales, del lado oscuro de la Luna.

    La entrada Vuelta por el universo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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