Anatomía de una deportación

Anatomía de una deportación

 

Es un día ventoso y fresco. Salgo de Austin a las 9 a.m. En menos de dos horas, mucho antes de la audiencia, llego a la corte administrativa de migración ubicada en el centro de San Antonio. Le prometí a Ángel Lanas que estaría el día de su apelación. No podía defraudarlo. Hace varios años que visito a migrantes encarcelados en el T. Don Hutto, un centro de detención, como parte de un grupo de voluntarios y voluntarias que les dan apoyo. Ángel es uno de ellos.

El estacionamiento está casi vacío. Sorprende. En los últimos meses a estos edificios los rodean autos de ICE, los agentes cazan migrantes cuando salen de sus trámites. Algunos acuden a la corte para registrarse regularmente, como es obligatorio, otros van a renovar permisos de trabajo. Hoy Ángel comparece ante un juez para apelar su caso de asilo. 

Viajé con el equipo de la Clínica de Migración de la Universidad de Texas. Denise Gilman, abogada y directora de la Clínica, va al volante. No hay tráfico en la I35, la autopista que atraviesa el país y une a Canadá con México. Hablamos del trabajo que han hecho Amy Grace Humber y Shelby Alenxander, estudiantes de Gilman que representan a Ángel en la audiencia de hoy. Están animadas. Elena (que prefiere no dar su apellido), experta en El Salvador, cuenta cómo están las cosas en ese país. Al llegarlas cinco salimos de la camioneta. Yo soy la única que no tiene papel en la audiencia. Al menos eso pienso. Ahora, casi dos meses después, al escribir los eventos de esa mañana, entiendo mi función. 

Sigo a ese grupo de mujeres valientes y comprometidas. Han trabajado en el caso durante  meses. Esta mañana es decisiva. Entramos al edificio por una de las puertas laterales, tomamos el ascensor hasta el cuarto piso. El interior está en renovación. Los corredores, vacíos. Un olor a polvillo vuela en el aire. Las puertas, cerradas. Paso por la cinta de seguridad, pongo abrigo, bufanda, zapatos. Las abogadas, los enormes maletines con documentos. Ya del otro lado, caminamos por un pasillo largo hasta llegar a un despacho con el número indicado. Gilman abre la puerta que da a un lugar de no más de 50 metros cuadrados con la venerable disposición de una corte. 

Werner Gephart afirma que en las sociedades modernas la coreografía ritualista de la ley ocupa el lugar que tenía lo sagrado en el mundo antiguo. Gephart, que además de sociólogo es artista, advierte que la disposición física de una corte emula un templo. Por el tamaño, esta sería una capilla. En la tarima del fondo está el altar, donde se sienta el juez, a su lado, una mesita para la intérprete. Frente a ella, el escritorio para las representantes legales (Amy y Shelby) que miran al juez. A su derecha, una pantalla de 45 pulgadas colgada en alto, en la pared. En una de las tres bancas largas como de iglesia destinadas para los asistentes nos sentamos Gilman, Elena y yo. Nos separa del estrado un pasamano de menos de un metro de altura. En el centro, el corredor por donde avanzará a declarar Elena, la experta, cruzando la pequeña puerta. Tal y como en las películas.

En la sala solo estamos nosotras. Es lo común. En las cortes administrativas que procesan los casos de asilo de miles de migrantes no hay cobertura, ni testigos civiles –excepto que sean declarantes–. No hay otro registro (además del oficial que queda en archivo) que el de los abogados defensores y el los de familiares de los solicitantes, cuando los hay. El performance de la ley es fundamental para establecer la memoria colectiva, advierte Gefhart. “Si no se ve, sin el uso de los medios, sin un discurso público de los amenazados sentimientos colectivos, el colectivo consciente, la formación de una sociedad civil parece inviable”. 

Empieza el ritual

A las 13 horas en punto entra el Juez, de capa negra larga. Nos ponemos de pie. Se sienta. Nos sentamos. Entra la intérprete, una mujer de edad madura. Lleva una cartera pasada de moda y un cuaderno. Ángel está en T. Don Hutto, un centro de detención a 184 kilómetros de San Antonio. En la pantalla aparece con una camisa color naranja, de preso, la expresión serena. Solo él siente el ritmo al que late su corazón, la velocidad de su pulso. A su lado están dos mujeres jóvenes, otra representante legal del equipo de la universidad y otra intérprete. En la pantalla se los ve sentados, hombro a hombro, como si viajaran apretados en un auto pequeño. En Hutto, el cubículo donde llevan a los migrantes para que asistan a sus audiencias mide un metro por un metro. Como cientos de migrantes en el país, Ángel se sienta en este lugar para asistir a un proceso que transcurre lejos, en una lengua que no es la suya y en el que se juega la vida. A diferencia de la gran mayoría, él tiene representantes legales y una intérprete. Ángel llegó al despacho de la Clínica a través de American Gateways, la firma de abogados que trabaja sin fines de lucro dando servicios a migrantes, refugiados y personas que han sufrido persecución. 

Desde la última vez que asistí a una audiencia en San Antonio, antes de la pandemia, han cambiado dos cosas. No está presente el abogado del Estado, que ahora participa virtualmente. El acta se levanta por un sistema automatizado que digitaliza los diálogos. 

El juez saluda y hace una lista de quienes están presentes en la sala. Procede a leer el orden del día. Toma juramento a la intérprete. Menciona los números de los expedientes y las páginas donde están las declaraciones de los testigos, tanto de los que están en El Salvador como de las expertas que darán testimonio en la audiencia. A los documentos que nombró los llama Exhibits. La palabra me regresa a la idea de la coreografía de la ley.

El Compareciente

Como muchos migrantes, Ángel cruzó la frontera entre México y Texas y pidió asilo. En ese momento el personal del Border Patrol lo arrestó. Él casi no tiene relación con su familia. Durante el tiempo de encierro sólo habló con sus abogadas, y en los dos últimos meses, conmigo, una vez por semana. En Hutto, Ángel pasó por momentos de depresión severa y estuvo en confinamiento solitario más de una vez. Es un joven delgado y de baja estatura: tímido y muy reservado. Creció en la calle, quedó huérfano de madre a temprana edad, fue criado por su abuela y, aunque conoció a su padre, no fue reconocido. Nunca tuvo un documento de identidad. No creció con sus hermanos y tiene contacto esporádico con ellos. Por vivir en la calle sufrió maltrato y persecución de la policía, por eso huyó. No quiere regresar porque sabe que será encarcelado y teme por su vida. 

En Hutto, Ángel se ha dedicado a cortar el pelo a sus compañeros. Core Civic, la corporación que administra el centro de detención, le pagaba 25 centavos de dólar por cada corte. Después del séptimo corte, 50 centavos. Lo he visitado cada semana, por una hora, durante dos meses. Nunca me habló de su vida pasada, hasta esa mañana de mi última visita, el miércoles 10 diciembre, dos días después de la audiencia en San Antonio. Le pregunté si podía contar lo que había sucedido el lunes en la corte. “Cuente todo lo que quiera”, me dijo con voz suave. Más que a permiso, sus palabras sonaron a claudicación. Después me compartió su historia en El Salvador.

Durante los años que he visitado a mujeres migrantes detenidas en Hutto, las penurias del trayecto es algo de lo que hablan –si lo hacen– como un desahogo. Cuando comparten esa intimidad, relatan la vulnerabilidad extrema que las llevó a migrar. Cuando cuentan los horrores que experimentaron durante su viaje, lo hacen como una catarsis. Quienes las visitamos, no firmamos un compromiso de confidencialidad, pero esas historias son suyas. No escribo de ellas. Hacemos públicas sus experiencias dentro de Hutto sin ponerlas en evidencia. Es la única manera en que la sociedad puede enterarse de las muchas formas de maltrato interno. Eso ayuda a movilizar a la comunidad y hace de Hutto un centro de detención muy particular. A este acervo de crueldad pertenece la historia que registra el vacío del ritual de la ley migratoria a la que someten hoy en día miles de personas. 

El encierro

El centro de detención T. Don Hutto está en Taylor, a 55 kilómetros de Austin. Es una construcción de enormes paredes blancas ubicada a orillas del pueblo, frente a las líneas de una última estación de un tren de carga. En ciertas épocas del año se ven las pacas de algodón, recordando el pasado de la zona. A cinco minutos de ahí está la plaza central de Taylor, en el condado de Williamson, Texas. Originalmente Hutto fue una cárcel de mediana seguridad construida en los años 90 sobre un terreno que fue tierra de trabajadores del campo, en su mayoría mexicanos. Ellos donaron el terreno a la iglesia católica que vendió el predio por 10 dólares a la Correction Corporation of America (CCA), antes Wakenhut, actualmente Core Civic: una corporación privada dedicada a administrar cárceles. 

Hutto funcionó como cárcel de varones condenados en el sistema penal entre 1994 y 2004. Se cerró debido al bajo número de internos. En 2006, CCA firmó un contrato con ICE (U.S. Immigration and Customs Enforcement) para administrar la institución y transformarla en un centro de detención para familias migrantes. En 2006-2007 –me explica Gilman– aún en estados conservadores como Texas, se discutía la necesidad de dejar de usar la prisión privada. El sistema penal gastaba demasiado dinero encarcelando a gente que no tenía que estar detenida, a expensas de los impuestos de los contribuyentes. Ese dinero, además, iba a las corporaciones privadas que administraban las cárceles. Entonces, el sistema penal dejó de usar la prisión privada y estas compañías se dedicaron a la población migrante. Texas es, de largo, el estado con más centros de detención para migrantes en el país. Actualmente, las corporaciones privadas que administran las prisiones hacen cuantiosas donaciones a las campañas políticas y tienen un lobby importante. Desde que empezaron las redadas de ICE con este nuevo gobierno, han incrementado su valor en la bolsa.  

Aunque siempre existió algún tipo de privación de la libertad para migrantes, esta política se incrementó durante los años 80 con la administración de Reagan, por la llegada masiva –por mar y tierra– de cubanos, haitianos y centroamericanos, explica Gilman. Desde entonces encarcelar a quienes piden asilo se volvió un método para desalentar y detener la ola migratoria. Al principio se los encerraba en cárceles comunes, pero luego empezaron a aparecer las cárceles privadas. Así, Corrections Corporation of America (CCA) entró en el negocio de la detención privada. En 1996, durante la administración de Clinton, el Congreso aprobó la Ley de Reforma a la Migración Ilegal y de Responsabilidad del Migrante, y se formalizó lo que sucedía desde los 80. 

Cuando son trasladados hasta allí, muchos ni siquiera saben que es un centro de detención de migrantes y no a una cárcel común, lo que no es un detalle menor. Ángel lleva un uniforme naranja. En la sala donde nos sentamos, a veces hay hombres que reciben visitas de sus familiares, algunos visten uniforme blanco y otros, azul. Ángel me dice que los de blanco trabajan en la cocina, y no sabe por qué a los demás los clasifican en colores. 

Audiencia

En la pantalla aparece la doctora Tommie Sue Montgomery, politóloga y experta en El Salvador. Participa virtualmente desde Canadá. El Juez le toma el juramento.

Montgomery articula en orden y de manera detallada su declaración. Habla del tema del estigma como uno de los factores definitivos para encerrar a la gente en El Salvador. Ángel tiene muchas de las características que hacen que pese sobre él el estigma que determina que una persona vaya a la cárcel. 

Montgomery las enumera: Es joven. Como la mayoría de los chicos pobres de su país, tiene tatuajes, una manera de acceder a protección en la calle. Y no los pueden ocultar porque en El Salvador hace calor y la gente va con ropa ligera. Ángel es pobre. Tiene una condena por robo. No tiene familia que reclame por él. No tiene documento de identidad. La politóloga se detiene en este punto y explica que es muy difícil sacar este documento si no lo hicieron los padres. Sin él, cualquier hombre joven y pobre, como Ángel, queda más expuesto a las políticas represivas del gobierno de Bukele. 

Para hablar de lo que sucede en El Salvador, Montgomery cita fuentes, presenta estadísticas y entrevistas que ella misma realizó a gente de ese país. En caso de que Ángel regrese como deportado, afirma, lo más probable es que se lo envíe directamente a una cárcel de máxima seguridad. Muchos de los detenidos allí no tienen una condena, están ahí por el estigma que pesa sobre ellos, insiste. Se conocen casos de hombres que han sido torturados hasta la muerte. Montgomery exhibe imágenes que muestran las formas de violencia usadas por la policía y corrobora sus declaraciones. Entre las evidencias que presenta, incluye las declaraciones públicas del propio Bukele. De ser deportado, lo más probable es que Ángel muera, concluye.

El abogado del Estado pregunta si no tuvo una condena por robo. Montgomery contesta que sí, que a eso se debe su riesgo.

Montgomery termina su declaración. Sale del monitor. 

El Juez, con una disposición relajada y tono amigable, cuenta que visitó El Salvador cuando trabajó para un programa de repatriación vocacional con la esposa del entonces presidente, que era una trabajadora social muy reconocida. No dice el nombre del presidente ni los años de sus viajes. Las abogadas se sorprenden de que el Juez conozca El Salvador. No es lo usual. Hay un receso. Se levanta el Juez, nos levantamos, cuando sale, nos sentamos.

Historia de T. Don Hutto

Cuando se abrió el T. Don Hutto Residential Center como centro de detención para familias, ACLU (American Civil Liberties Union), la Clínica de Migración de la Universidad de Texas y un bufete privado de abogados le iniciaron un juicio al gobierno federal por la violación de la ley respecto al trato a los menores de edad. Para aplacar la protesta, sus directivos suavizaron la imagen del edificio, quitaron los alambres de púas y buscaron darle a la institución un aspecto más amable. En la sala de visitas pusieron sillones de hule dispuestos como en una sala familiar, y en el interior hicieron dibujos en las paredes como en las escuelas primarias. Los niños, sin embargo, siguieron el mismo régimen de encierro que sus madres y solo podían salir de las celdas una hora al día.

En el 2007, respondiendo a la presión social ejercida por varias ONG y activistas, las partes llegaron a un acuerdo y se cambiaron algunas rutinas en el centro. Poco después, el observador federal encontró que, de manera consistente, la CCA no cumplía con su parte del acuerdo. Siguieron las presiones de los activistas hasta que, en 2009, el ICE y el Condado de Williamson firmaron un convenio por el cual el lugar se convertiría en un centro de detención de mujeres migrantes. En 2010, el fiscal del condado presentó cargos contra un empleado de CCA por abuso sexual a muchas detenidas. El caso terminó en la condena del empleado, pero no cambió en nada el arreglo entre CCA y ICE. 

En 2017, el FBI investigó acusaciones de abuso sexual en Hutto. Como respuesta, Core Civic prohibió la entrada a las instalaciones a miembros de Grassroots Leadership (la ONG que trabaja con migrantes) y de American Gateways (la organización de abogados que lleva casos pro bono). En el 2018, cuando empezaron las separaciones de familias, se encerró en Hutto a madres que habían sido distanciadas de sus hijos. Las organizaciones expresaron su desacuerdo. Entonces hubo una consulta popular y el condado votó mayoritariamente para que se dé fin al contrato de funcionamiento del centro de detención en Taylor. Éste debía terminar en enero del 2019, pero en el 2020 ICE y Core Civic firmaron un contrato de diez años, lo hicieron en privado, sin seguir los procedimientos necesarios y las regulaciones públicas. Core Civic llevó a cabo un proceso de contratación de personal que no cumplió con las disposiciones públicas. 

Durante la pandemia, el centro de detención pasó a ser un lugar para varones migrantes. Desde entonces, se remodeló la fachada, hoy tiene aspecto de cárcel de mayor seguridad. Hay tres filas de alambres de púa enrollados y una cerca de metal rodea todo el edificio. A la puerta de vidrio, a la que antes se accedía directamente, ahora la rodean mallas y filas de rollos de ese mismo alambre. Para ingresar hay que pasar por una puerta cancel de metal enorme que da directamente al estacionamiento. A ese lugar intimidante llegó Ángel. No conoció nada de Estados Unidos que no fuera la frontera y el centro de detención. Cuando lo visitaba, me pedía que le describa el afuera. 

Pasó ahí dentro su cumpleaños 32. Fue en noviembre, cuando llevaba 22 meses encerrado. Su pedido de asilo había sido denegado por otro juez, pero el tribunal de apelaciones encontró errónea la decisión y lo mandó de vuelta a la corte para su revisión. Como todos los migrantes en su situación, no recibió un plazo que estableciera un final previsible a su encarcelamiento. La fecha de las audiencias se establece de manera arbitraria y el tiempo de encierro para un migrante puede variar entre un par de semanas y años, como el caso de Ángel. 

Para llegar a la audiencia de hoy, sus representantes legales han sumado documentos, pruebas, informes de expertos y declaraciones de testigos en El Salvador: su prima, una amiga, dos testigos e especializadas. Hay esperanza.

Audiencia

Regresa el Juez a la sala y repetimos el ritual de la parada y la sentada. Llama al estrado a la segunda testigo, experta en derechos humanos. Elena abre la puerta de madera, la cierra, se acerca a su lugar y el Juez le toma juramento. Sus declaraciones coinciden con las de Montgomery, agrega información sobre la opacidad que existe actualmente en El Salvador respecto a las instituciones. Afirma que Bukele admite públicamente el uso de la tortura como su política en las cárceles. Como Montgomery, Elena presenta estadísticas, evidencia con entrevistas, reportes de derechos humanos. Dice que la mayoría de hombres encarcelados no tienen proceso alguno, que los maltratos los llevan a cabo fuerzas de seguridad que dicen vengarse de las pandillas, pero que no hay manera de probar que todos los detenidos sean o hayan sido mareros. Pese a los abusos a los derechos humanos, concluye, la popularidad de Bukele sigue intacta en El Salvador.

El abogado del Estado no tiene preguntas. 

Elena regresa a su puesto. 

El Juez se voltea hacia Ángel para tomarle juramento. 

Funcionamiento de las cortes administrativas de migración

Las cortes de migración dependen del Departamento de Justicia de Estados Unidos. El DOJ (por sus siglas en inglés) está encabezado por el Fiscal General de la Nación y se encarga de implementar la ley, mantener el orden y la seguridad pública. Dentro del DOJ hay varias agencias, como el FBI (Federal Bureau of Intelligence), la DEA (Drug Enforcement Agency), FEMA (Federal Emergency Management Agency), AFT (Alcohol, Tabacco, Firearms). Dentro de DHS, está ICE (Immigration and Customs Enforcement) y Customs and Border Patrol (CBP). Bajo la jurisdicción de ICE está Homeland Security Investigations (HSI) y Enforcement and Removal Operations (ERO). Bajo la CBP, está Border Patrol (BP). El cuadro a continuación se concentra en la organización del Departamento de Homeland Security.

DHS y ICE fueron creados por el Congreso estadounidense bajo la presidencia de G.W. Bush después de los ataques del 9/11. Tanto los jueces como los abogados oficiales que llevan los casos de migración son empleados públicos de agencias del gobierno federal, DOJ y DHS respectivamente. No son jueces elegidos de forma democrática ni nombrados por el Presidente, como los del sistema de justicia, acreditados por el Congreso y cuyo organismo máximo es la Corte Suprema. La mayor parte de los jueces de migración antes fueron abogados que representaban a ICE. Aunque se entrenan y pasan por procesos de acreditación para llegar a esos cargos, son empleados públicos y no tienen independencia institucional. Pueden ser despedidos en cualquier momento. 

Audiencia

Juez: ¿Escuchas bien? 

Ángel: Sí.

Juez: No revisé tu caso la primera vez. Fuiste condenado a la cárcel en El Salvador por 8 años.

Ángel: Sí.

J: ¿Cuál fue el cargo?

A: Se me acusó de robo.

El Juez se dirige a la abogada y pregunta si quiere agregar algo. Ella responde que no. 

El Juez se vuelve otra vez a hacia Ángel. 

J: Trataste de sacar tu documento de identidad dos veces.

A: Sí.

J: ¿Tienes hermanos?

A: Sí, tres en total. Griselda, Blanca y Giovani.

J: ¿Cuándo hablaste con ellos por última vez?

A: Con Griselda hace seis meses. Con los otros, antes de llegar acá.

J: ¿Cuál de ellos vive en El Salvador?

A: Griselda.

J: ¿Y los otros?

A: Viven del lado de Guatemala.

J: Fuiste arrestado a los 15 años, en 2008). ¿Por qué?

A: Porque el patrón para el que trabajaba, por no pagarme, me acusó de hurto. 

J: ¿Hay algo que no hayas dicho antes que quieres que yo sepa?

A: No.

J: Tuviste problemas con dos policías. 

A: Sí.

J: ¿Por qué ellos se interesaron en ti?

A: No sé.

Termina el interrogatorio. Ángel parece entender muy poco, como quienes estamos presentes en la sala, lo que quería lograr el juez con sus preguntas tan aleatorias. 

La representante legal de Ángel hace su presentación final. Cierra su argumento dejando en claro que, si Ángel regresa a El Salvador, irá directo a la cárcel. No habrá manera de contactarlo y no se sabrá más de él. Es una deportación que le costará la vida. 

Habla el abogado del Estado. Dice oponerse al asilo. Hace un juego de palabras diciendo que existe una diferencia entre robbery and theft. Dice que en inglés el robbery implica armas. (En español tiene que decirse robo a mano armada para denotar uso de arma). No está seguro del argumento de la tortura, sigue, pero no ofrece un contraargumento. No presenta pruebas, ni testimonios, ninguna estadística. Nada. En tono sarcástico, dice que Ángel ya fue torturado aquí, porque presentó quejas de que en Hutto le pegaron y le negaron medicinas. En ningún momento hace referencia a la declaración de las dos expertas. Dice que no cree que Ángel pueda ser torturado, y que imagina que en El Salvador podrá vivir en libertad. Su argumento es una opinión subjetiva sin evidencia. No parece la declaración de un abogado.

Fin de la audiencia.

El Juez sale de la sala. Nos levantamos. Cuando cierra la puerta, nos sentamos. 

La apelación para solicitar el asilo de Ángel se ha basado en la evidencia de que su retorno a El Salvador implicaría encarcelamiento injusto y posible muerte. El Juez y el abogado del Estado insistieron en preguntar por el pasado de Ángel, para hacer hincapié en que tuvo una condena por robo. La condena fue falsa, una manera de encubrir los actos de la policía para torturarlo sin razón alguna. Toda esa información estaba en la declaración jurada de Ángel que sus representantes legales presentaron con pruebas y testimonios de testigos en El Salvador y que el Juez, antes de la audiencia, consideró creíbles. 

Sentencia

En menos de diez minutos el Juez vuelve a entrar. Nos levantamos. Se sienta. Nos sentamos. Explica que tuvo que ver una radiografía y una foto falsa presentada en otro caso. Dice que está impresionado por lo que vio. Se refiere a algo que no tiene que ver con el caso de Ángel. La escena parece extraída del libro de Kafka. El juez explica que hay que poner una línea entre lo que se cree y lo que no se cree. Que a la gente de otros países hay que ponerles un “fill-in-the-blank” (llenar el espacio en blanco). “Solo puedo decir: No lo hagan. Aunque está en la naturaleza humana hacer cosas feas”, dice. 

Es difícil saber a qué se refiere con esta digresión. 

Sigue: Como Juez tengo que tomar muchas decisiones. Señor Lanas, leí tu testimonio y has dado una respuesta creíble. Tiene consistencia lo que dices sobre cómo te trataron en El Salvador. El asunto es: si volvieras, ¿el gobierno te torturaría? Hablar de que perteneces a un grupo social no es suficiente evidencia, pero sí que se cometió un crimen severo en El Salvador (se refiere a la acusación falsa de robo, ). Para cumplir con las obligaciones del gobierno con la Convención contra la Tortura analizamos esa posibilidad, pero no es seguro que vayas a ser torturado, no tenemos pruebas suficientes de ello. La corte niega la protección de asilo y decide que regreses a El Salvador.

En una actitud del todo inusual y muy paternalista, el Juez se voltea hacia las representantes legales y las felicita por haber presentado el caso “de manera impecable”. Una de ellas entra en shock. Todas en la sala estamos perdidas. No hubo un proceso. 

El abogado del Estado no rebatió en términos legales las evidencias presentadas en el caso. El Juez pareció dictaminar una decisión tomada a priori. No consideró las pruebas. No tomó en serio las declaraciones de las dos testigos expertas. No consideró los documentos presentados antes de la audiencia, donde se creyó el testimonio de Ángel y las evidencias de los testigos. 

El Juez sale de la sala para dejar que Ángel hable con las abogadas. Nos levantamos. Nos sentamos. 

Es devastador. Hemos sido testigos de una parodia de juicio. 

Ángel dice que no quiere apelar. No quiere estar encerrado por tiempo indefinido. No aguanta más. Prefiere regresar.

El Juez vuelve a la sala. Nos levantamos. Se sienta. Nos sentamos.

Juez: Sr. Lanas. ¿Quieres apelar la decisión de la corte?

Ángel: No. 

Por un segundo, el Juez muestra su perturbación. Acaso esperaba otra respuesta, una que le diera paz a su conciencia.

La abogada Denise Gilman, desde su lugar entre los asistentes, habla. Esta es una decisión suicida, dice. Reconoce que la suya es una intervención inusual, pero quiere que quede registrada.

El juez se dirige a Ángel: Eres un testigo creíble, pero no has cumplido con el requisito migratorio. Te deseo a ti y a tus hermanos la mejor suerte. 

El cinismo de esta frase queda flotando en el aire. Todos en la sala sabemos que Ángel casi no tiene contacto  con sus hermanos. Que no creció con ellos. Que apenas los conoce. Todos en la sala sabemos que Ángel no tendrá suerte.

Una de las representantes legales pide al Juez que explique su razonamiento.

El Juez repite, sin ahondar, algunos de los argumentos que dijo en la sentencia. Yo te creo, pero la corte no fue persuadida, concluye.

Me pregunto cuál es la diferencia entre ese yo de capa negra y la corte. 

Luego, dirigiéndose hacia las personas presentes en la sala, dice, casi justificándose. Deben entender que en el ambiente en el que vivimos -levanta la mano como indicando el polvillo que vuela en el aire del edificio-, no puedo darle el asilo a esta persona. 

Se levanta. Nos ponemos de pie. 

Cuando salimos de la sala, dejamos a Ángel en la pantalla. En el proceso se discutieron eventos difíciles de su vida en esa lengua que no entiende, y el juez/la corte no los consideró del todo ciertos, del todo dignos. Ángel se irá de un país del que solo conoció su cárcel. 

El miércoles siguiente, cuando lo vi por última vez, lo noté tranquilo. Irse le parece mucho mejor que quedarse. Los meses de encierro en Hutto fueron tan terribles que prefiere volver. Solo él sabe  lo que vivió ahí dentro. 

Cuando me terminó de contar la historia de su infancia, como si fuera yo quien necesitara consuelo: Ya ve, hay gente que nace con estrella, otros nacimos estrellados. 

Un par de semanas después de su audiencia, Ángel Lanas, a quien le cambié el apellido, después de mucho papeleo de la Clínica de Migración, fue deportado a México. Ahí deberá buscar asilo. 

Bajo el gobierno de Trump, el presupuesto de ICE se ha triplicado (hoy la agencia cuenta con $175 billones) y el número de agentes se ha duplicado (pasó de 10 mil a 22 mil). Además del ICE, también están en las calles agentes del ERO (aunque siempre tuvieron potestad para deportar a personas indocumentadas, había más discreción y se enfocaban en gente que había cometido algún crimen, como manejar sin licencia o portar algo de marihuana), Gregory Bovino (BP, que antes no podía operar a 100 millas de la frontera y ha estado en las redadas de varias ciudades y tuvo un papel protagónico en Minneapolis). Después de las protestas masivas, ICE ordenó a Bovino volver a la frontera.Esta crónica reúne mi experiencia como voluntaria de  Grassroots Leadership, la ONG que coordina un programa de visitas a migrantes con el objetivo de ayudarlos a entender sus derechos dentro del sistema migratorio y escucharlos. Sobre todo, escucharlos.

La entrada Anatomía de una deportación se publicó primero en Revista Anfibia.

 

Difunde esta nota

Publicaciones Similares

  • | | |

    Apuntes rápidos sobre medios & comunicación (3)

    «Para mí un fuerte cruce fue el de la cordillera de los andes. ¿cómo una conversación banal entre el bobo de flavio mendoza y victoria tonta en un programa conducido por el hijo de un sexólogo va a ser un “fuerte cruce”?». Apuntes rápidos sobre medios & comunicación (3) en Latapa.com.ar

    Difunde esta nota
  • ¿Por qué funciona el discurso anticomunista?

     

    En la campaña electoral de 2023, los gritos vehementes de Javier Milei denunciando el “zurdaje comunista” generaron incredulidad y hasta risas. ¿A quién le hablaba?, ¿a quién convocaba con ese discurso antiguo? pensamos muchos. Un asombro similar produjeron las declaraciones de Donald Trump, que en 2019 denunció el “Green New Deal” (la propuesta de un nuevo acuerdo ecologista) como “un Caballo de Troya para el socialismo en Estados Unidos”. Más lejano aun pudo parecer el lema “Comunismo o libertad” usado en la campaña electoral de 2021 por Isabel Díaz Ayuso, la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego, está el caso de Jair Bolsonaro, uno de los pioneros en reavivar la tradición anticomunista. Hasta hace poco tiempo, en su dispersión y heterogeneidad estas menciones podían parecer trasnochadas o anacrónicas, dada la desaparición del horizonte del comunismo soviético. Sin embargo, esos candidatos han llegado al poder. Entonces: ¿trasnochados ellos o ingenuos nosotros?

    Estos líderes forman parte de una lista más larga de quienes, con mayor o menor vehemencia, reclaman contra la conspiración comunista, socialista o colectivista que aqueja al mundo. De la ecología a las políticas de género, de los impuestos al cuidado humanitario de inmigrantes, o la educación sexual, hoy muchas de las causas y valores de la renovación de la cultura democrática de las últimas décadas han sido tachados de comunistas, como un avance totalitario y opresor. En el caso de los sectores ultraliberales, la educación y la salud públicas –y todas las políticas redistributivas o progresivas– son consideradas nuevas formas de comunismo. Así, la gran familia de las nuevas derechas parece estar viviendo otra vez la Guerra Fría, más cerca del delirio paranoide que de algún enfrentamiento real con opciones anticapitalistas.

    ¿Anacrónico?

    El primer dato a considerar es que el anticomunismo de estos líderes no es una novedad; tiene una larga historia de persecución política y pensamiento conspirativo que atraviesa todo el siglo XX de Occidente y que se remonta incluso a décadas anteriores a la Guerra Fría, al menos hasta la Revolución Rusa de 1917. Lo mismo sucede con la historia de estas derechas: la novedad que representan tiene profundas raíces en la historia del conservadurismo y el nacionalismo de cada país y a escala global (1). Por tanto, el anticomunismo es tan antiguo como la historia de las derechas que hoy tratamos de entender. Pero esto no significa que el fenómeno actual sea la mera continuidad de ese pasado o que pueda pensarse como la simple reverberación del fascismo de entreguerras. Hay en las derechas radicales una novedad indiscutible en la manera en que disputan sus intereses bajo el juego político de la democracia liberal, al mismo tiempo que la socavan por dentro, tal como han señalado agudos observadores (2). ¿Cuál es la novedad de su anticomunismo? ¿Por qué y para qué movilizar imaginarios en apariencia old fashioned, especialmente para las jóvenes generaciones a las que se dirigen?

    Se suele decir que el anticomunismo es un discurso anacrónico, en un mundo donde, desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) el comunismo no existe más como opción política. Por esa razón, el componente antimarxista de las nuevas derechas suele ser relegado como un dato más de una retórica florida. Esta perspectiva tiende a descartar el problema, considerando como una mera estrategia discursiva al elemento ideológico que organizó buena parte del conflicto político del siglo XX. La dificultad reside en entender “comunismo” en términos geopolíticos literales, como si solo se refiriese al mundo soviético, a los partidos comunistas en Occidente o a la defensa de un modelo anticapitalista. Y tal vez ese no sea el ángulo más productivo para pensar el problema. La pregunta es, más bien, otra: ¿qué están diciendo cuando dicen “comunismo”, y qué potencial político tiene hoy volver a movilizar este término?

    Feminismo, género, diversidades sexuales, raciales o religiosas, educación sexual, cambio climático, migraciones, islamismo, redistribución del ingreso, protección de las minorías y de los sectores sociales más vulnerables… La lista de ideas, proyectos o sujetos tachados de “marxismo cultural” o “socialismo” –según las declinaciones de cada profeta– muestran, de una punta a la otra del mapa global, que “comunismo” designa hoy los valores del llamado mundo “progresista” de las últimas décadas (“woke”, en su versión despectiva). En otros términos, el anticomunismo es una declinación a la antigua del actual antiprogresismo, con la diferencia de que hoy la disputa se produce dentro del capitalismo y con variaciones muy relativas. Sin embargo, en esas variaciones relativas, que parecen marginales dentro del capitalismo, se juega la vida de millones de personas. Al apelar a la potencia simbólica del término “marxista” o “comunista”, los líderes de derecha buscan recuperar la fuerza mayor de ese combate en el Occidente liberal (de todas maneras, la evocación no es igual en todos, y de hecho algunos líderes, como Marine Le Pen o Giorgia Meloni, no recurren tanto a la batería discursiva anticomunista). En cualquier caso, todos defienden el mismo sentido antiprogresista que los vehementes antimarxistas Santiago Abascal o Javier Milei.

     

    Antiprogresismo

    El segundo dato clave –ya muy conocido– es que el antiprogresismo es hoy el centro de la batalla cultural de las nuevas derechas globales, que en cada país adquiere sus propios contornos –antiperonista y ultraliberal en Argentina, islamobófico y antimigratorio en Europa o Estados Unidos–. Esa guerra cultural de la “internacional reaccionaria” parte del supuesto de que la izquierda, a pesar de su fracaso en la construcción del socialismo, se impuso en el terreno cultural. La verdadera lucha debería apuntar, para las fuerzas conservadoras, a la hegemonía del progresismo que destruye la sociedad occidental con su pensamiento “políticamente correcto” (3). Por eso mismo, se presentan como la rebelión contra un sistema que suponen conquistado y dominado por el progresismo y la izquierda. Por muy anacrónico que parezca, el anticomunismo es coherente y está en el corazón del proyecto ideológico de las nuevas derechas.

    El anticomunismo propone respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social.

    Una mención aparte merece el combate contra el feminismo y la “ideología de género”, combate que va más allá de sus élites dirigentes. ¿Por qué el feminismo y la diversidad sexual están en el centro de la disputa y de la denuncia anticomunista sobre el “marxismo cultural”? En la actual configuración de las democracias liberales, pocas cosas –o casi ninguna– representan una amenaza real al orden social. Sin embargo, el feminismo, en su impugnación antipatriarcal (que incluye el cuestionamiento del orden heterosexual como norma), conserva un poder subversivo y antisistema que no tiene ningún otro factor del progresismo actual (independientemente de las corrientes dentro del feminismo). Así, estas derechas, que se proclaman antisistema, luchan en realidad por la preservación de un orden social blanco, masculino y colonial que sienten socavado. Tal como lo hacía el anticomunismo del pasado, que veía el orden occidental en peligro e imaginaba conspiraciones paranoicas de la Casa Blanca a la Casa Rosada, de los hippies a las guerrillas, de las minifaldas al peronismo. Es aquí, en la lucha por la preservación del sistema, donde la impugnación de “marxista” o “comunista” aplicada al feminismo encuentra todas sus resonancias pasadas.

    Si bien la batalla cultural antiprogresista unifica a las nuevas derechas radicales, sus diferencias no son menores, especialmente en cuestiones como la economía y el nacionalismo. Estas variaciones indican, también, que el florecimiento de fuerzas radicales de derecha debe ser explicado en función de procesos y tradiciones locales –y no meramente como una “ola global”–. Es aquí donde el anticomunismo de Milei adquiere su rasgo distintivo: no se trata de la impugnación de las agendas culturales del progresismo biempensante, sino de la destrucción de todo resabio de políticas orientadas a las grandes mayorías sociales entendidas como formas de estatismo y colectivismo. Se trata de la gestión desnuda en favor de los intereses del tecno-capitalismo concentrado internacional. Con ello, el neoliberalismo argentino –en la versión iracunda de Milei– retoma una larga tradición de nuestras derechas. Basta con evocar la última dictadura para constatar que las derechas fueron tan anticomunistas como neoliberales y autoritarias, y que su principal oponente fueron las políticas estatistas, keynesianas y redistributivas, en general asociadas al peronismo y al kirchnerismo. Desde luego, esto parece dejar a Milei lejos del proteccionismo de Trump, pero muy cerca de la defensa compartida del tecno-capitalismo. En todo caso, el anticomunismo neoliberal de Milei se alinea cómodamente con el de Bolsonaro o José Kast.

    Dentro de estas variaciones nacionales, algunos argumentos de orden geopolítico explican los tópicos anticomunistas de manera más concreta, sin los efectos anacrónicos que parecen tener en boca de líderes como Milei. El caso más claro es Trump y su batalla por la supervivencia del poder imperial estadounidense frente a China. Ello le permite, sin excesivos retorcimientos históricos, identificar su enemigo en el “comunismo oriental”. De la misma manera, su electorado de origen latino vota entusiasta la condena a la “troika de la tiranía”, tal como la llamó su Consejero de Seguridad Nacional en 2018, John Bolton, a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por la misma razón estratégica pero en sentido inverso, en Hungría Viktor Orban dejó de lado su discurso anticomunista –que asociaba la Rusia de hoy con la Unión Soviética– para pasar a una cercanía más pragmática con Vladimir Putin.

    Significante vacío

    Volvamos a nuestras preguntas de partida: ¿por qué y para qué movilizar el imaginario anticomunista? Si, una vez más, dejamos de pensar el comunismo en términos literales, surge un último elemento clave: el potencial político-simbólico del discurso anticomunista en su larga historia. Con mayor o menor pregnancia según los países, “comunista” ha funcionado también como un potente significante vacío negativo, capaz de ser llenado con los más diversos contenidos y sujetos, como un otro absoluto, peligroso y amenazante. Tanto es así que Alice Weidel, la dirigente de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), puede permitirse decir que Adolf Hitler era un “comunista”.

    La noción de significante vacío es particularmente útil para entender el peso del anticomunismo en Argentina, donde –salvo algunos momentos– no ha habido fuerzas de izquierda importantes, a diferencia de países como Brasil o Chile, donde el comunismo evoca miedos históricos bien reales. En Argentina “comunista” es, entonces, un sentido a ser llenado, que sirve para polarizar y designar un otro peligroso que pone en riesgo “nuestro” orden social y moral, nuestra comunidad. Es, por ello, un enemigo absoluto que debe ser eliminado (4). En la historia argentina, la denuncia del “peligro rojo” ha servido para generar miedos sociales y justificar la persecución de trabajadores, partidos de izquierda, peronistas y antiperonistas, mujeres, jóvenes, gays o artistas “transgresores”, cuyas prácticas, ideas o deseos parecían hacer tambalear el orden occidental y cristiano. Movilizado con fines instrumentales o con auténtica convicción ideológica, “comunista” o “marxista” ha funcionado en boca de las derechas como designación automática de un culpable de todos los males. Así, el anticomunismo finalmente propone certezas y respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social y amenaza sobre la comunidad de pertenencia. Esta potencia simbólica es la que sigue funcionando en el apelativo “comunista” aplicado en el presente. Por eso mismo, la pandemia de Covid –epítome máximo de la disolución final por venir– fue también un momento de renacimiento del anticomunismo.

    Es entonces este gran poder performativo de la acusación de “comunista”, tan sedimentado históricamente en el mundo occidental, lo que permite que las nuevas derechas –herederas al fin y al cabo de largas tradiciones conservadoras– sigan utilizando el término para arremeter en su batalla cultural. Sin duda, la movilización antiprogresista ha logrado dar una nueva vida al “miedo rojo” para las generaciones desencantadas de nuestro tiempo.

    1. Para el caso argentino, véase: Sergio Morresi y Martín Vicente, “Rayos en un cielo encapotado: la nueva derecha como una constante irregular en Argentina”, en Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023.
    2. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018; Steven Forti, Democracias en extinción, Barcelona, Akal, 2024.
    3. Pablo Stefanoni, “Las mil mesetas de la reacción: mutaciones de las extremas derechas y guerras culturales del siglo XXI”, en J. A. Sanahuja y Pablo Stefanoni (eds.), Extremas derechas y democracia: perspectivas iberoamericanas, Madrid, Fundación Carolina, 2023.
    4. Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, UNSAM, 2024.

     

    Difunde esta nota
  • La Secretaría de Derechos Humanos de Río Negro atenderá en Regina

    La Secretaria de Desarrollo Social de la Municipalidad de Villa Regina Luisa Ibarra se reunió con referentes de la Secretaría de Derechos Humanos de Río Negro con el objetivo de acordar la fecha en la que este organismo comenzará a tener presencialidad en la ciudad. Del encuentro participaron la Delegada de la Secretaría en el…

    Difunde esta nota
  • |

    La jornada de 8 horas no es un mito peronista: es una ley que existía y un derecho que Perón hizo cumplir

     

    En 1929 Argentina legisló la jornada laboral de 8 horas. Durante más de una década, fue un derecho escrito que el Estado no garantizó.

    Por Walter Onorato para NLI

    En 1929, durante la segunda presidencia de , el Congreso sancionó la Ley 11.544, que estableció por primera vez en todo el país la jornada máxima de 8 horas diarias o 48 semanales. El texto legal recogía una demanda histórica del movimiento obrero argentino y colocaba a la Argentina, al menos formalmente, dentro del mapa de las legislaciones laborales modernas.

    Sin embargo, entre 1929 y 1945, la distancia entre la ley y la realidad fue abismal. La jornada de 8 horas existía en los códigos, pero no organizaba la vida cotidiana de la mayoría de los trabajadores.

    La sanción de la ley no implicó automáticamente su cumplimiento. El Estado argentino carecía —y en muchos casos no tenía voluntad— de los mecanismos necesarios para garantizarla. Las inspecciones laborales eran escasas, las sanciones simbólicas y la justicia tendía a fallar en favor de los empleadores. En los hechos, el límite horario seguía siendo una decisión patronal.

    En algunos sectores urbanos e industrializados la situación fue diferente. Grandes empresas, talleres visibles y actividades con fuerte organización sindical —gráficos, ferroviarios, portuarios— lograron imponer, no sin conflictos, la jornada legal. Aun allí, el cumplimiento era parcial: horas extras obligatorias no pagadas, jornadas partidas que extendían el tiempo total de trabajo y mecanismos de evasión salarial eran prácticas habituales.

    Pero fuera de esos núcleos organizados, la ley simplemente no existía en la práctica. En el campo, donde la relación laboral estaba atravesada por el aislamiento, la dependencia personal y la ausencia casi total de inspección estatal, las jornadas de sol a sol siguieron siendo la regla. En las economías regionales, la situación era aún más evidente. En los ingenios azucareros de Tucumán, la jornada se organizaba en torno al ritmo de la zafra: turnos extensos, calor extremo y trabajo continuo mientras durara la molienda, sin límites horarios reales. En los yerbatales de Misiones, los mensúes cobraban por cantidad de kilos transportados, lo que los obligaba a prolongar indefinidamente la jornada para alcanzar un ingreso mínimo. El tiempo de trabajo no se medía en horas, sino en desgaste físico.

    En los viñedos cuyanos y los algodonales del norte, la lógica era similar: trabajo estacional, pago por rendimiento y jornadas que se extendían mientras hubiera luz natural. La ley de 8 horas era irrelevante frente a un sistema productivo que organizaba el trabajo por campaña y no por jornada.

    En los pequeños talleres urbanos de ciudades como Buenos Aires o Rosario, especialmente en rubros como la confección, el calzado o la metalurgia liviana, eran habituales las jornadas de 10 a 12 horas, justificadas como “aprendizaje” o compensadas con salarios miserables. El trabajo a destajo permitía al empleador exigir una producción diaria fija que solo podía alcanzarse extendiendo el horario real de trabajo.

    El comercio minorista reproducía una lógica similar. Empleados de almacenes, tiendas y casas de ramos generales abrían temprano y cerraban de noche, muchas veces con descanso parcial o inexistente, bajo la excusa de la atención al público. En el servicio doméstico, directamente excluido de toda protección efectiva, la jornada carecía de límites: vivir en la casa del empleador implicaba disponibilidad permanente, sin distinción clara entre tiempo de trabajo y tiempo de descanso.

    La ley estaba vigente, pero no tenía ejecutores. El Estado carecía de un cuerpo de inspectores con presencia territorial, las sanciones eran irrisorias y la justicia laboral —cuando intervenía— tendía a legitimar las prácticas patronales. En ese contexto, la jornada de 8 horas no era un derecho exigible sino una declaración abstracta, desconocida para amplios sectores del mundo del trabajo. Para millones de trabajadores, la jornada legal era una promesa distante, ajena a su vida cotidiana y subordinada a una realidad donde el poder de fijar el tiempo de trabajo seguía en manos del patrón.

    La clave no estaba en el texto legal sino en la correlación de fuerzas. Donde había sindicatos fuertes, comisiones internas y capacidad de huelga, la jornada de 8 horas se defendía. Donde no, el trabajador quedaba librado a su patrón. Durante esos años, el cumplimiento de un derecho laboral dependía más de la organización colectiva que del Estado.

    En los últimos años, sectores libertarios repiten como argumento que el peronismo “miente” porque la jornada de 8 horas no fue creada por Perón, sino sancionada en 1929. El señalamiento es formalmente correcto, pero históricamente falaz. Confunde deliberadamente legislar con garantizar. La Ley 11.544 existía desde hacía más de una década, pero fue incumplida de manera sistemática por amplios sectores del empresariado, con un Estado ausente o complaciente. Reducir la historia social a una fecha en el Boletín Oficial implica borrar la diferencia central entre un derecho escrito y un derecho vivido.

    Ese divorcio entre la ley y la realidad empieza a romperse recién a partir de 1943–1945, cuando el Estado deja de mirar para otro lado y decide intervenir de manera directa en la relación entre capital y trabajo. No se trató de crear nuevos derechos, sino de hacerlos cumplir. Bajo la acción del Estado y el impulso político de , la jornada de 8 horas dejó de ser una recomendación abstracta y pasó a convertirse en una norma exigible. El límite al tiempo de trabajo ya no lo fijó el patrón, sino el Estado. Ese fue el verdadero punto de inflexión.

    La experiencia deja una enseñanza incómoda pero fundamental: los derechos laborales no existen solo porque estén escritos. Existen cuando hay un Estado dispuesto a garantizarlos y una sociedad organizada para defenderlos. Entre 1929 y 1945, la jornada de 8 horas fue una conquista legal sin poder. Su historia demuestra que la legislación social, sin voluntad política, puede convertirse en una promesa vacía.

    La jornada de 8 horas no nació plena. Fue primero una letra, después una pelea y recién más tarde una realidad. Y esa diferencia —entre ley y vida— explica buena parte de la historia social argentina.

     

    Difunde esta nota
  • Tránsito: campaña para promover el respeto hacia los peatones

    Continuando con las actividades de educación vial, la Dirección de Tránsito y Protección Civil de la Municipalidad de Villa Regina lleva adelante la campaña ‘Regina respeta al peatón’ con el objetivo de que tanto conductores de vehículos como peatones tomen conocimiento de los derechos y obligaciones que tienen al transitar en la vía pública. La…

    Difunde esta nota