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Alumnos y alumnas de la ESRN 145 intervienen artísticamente el minianfiteatro del Militante

Alumnos y alumnas de la ESRN Nº 145 llevan intervenciones artísticas en el minianfiteatro del Militante con el objetivo de embellecerlo estéticamente y, al mismo tiempo, de contribuir a la renovación de este espacio público.

Los trabajos se enmarcan en un proyecto elaborado por la institución educativa que fue presentada a la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina. En este sentido, la responsable del área Silvia Alvarado manifestó que “no dudamos en acompañar estas iniciativas porque dan cuenta del interés y el espíritu de colaboración de nuestros jóvenes por aportar y cuidar nuestros espacios”.

“Además con estas acciones fortalecen el sentimiento de pertenencia a nuestra ciudad, se sienten parte y se motivan para continuar aportando desde sus lugares”, agregó la Directora de Cultura.

En esta tarea también intervino el área de Obras Públicas que se hizo cargo de los trabajos de albañilería y de la pintura de base.

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  • Adorni no despejó dudas sobre su patrimonio ni acorraló a la oposición

     

    Manuel Adorni se fue derrotado del Congreso. Sin contestar a las preguntas de los diputados sobre la incongruencia entre su patrimonio y su nivel de ingresos, el jefe de Gabinete se limitó a leer un libreto aburrido, preparado por sus asesores, y pidió un cuarto intermedio después de cada tanda de preguntas para consultar las respuestas.

    Pese al despliegue de Javier Milei, su hermana Karina y el gabinete nacional, Adorni estuvo lejos de ser el funcionario canchero que se burlaba de los periodistas en sus conferencias de prensa. Su exposición ante la Cámara Baja fue apenas un tortuoso trámite burocrático, sazonado con las arengas de la tropa oficialista en el recinto y la hinchada que llevó Sebastián Pareja a las bandejas.

    En ese contexto, hubo un acierto del peronismo, que no se dejó arrastrar por las chicanas contra los gobiernos kirchneristas ni las alusiones a la corrupción atribuida a Cristina Kirchner. Como anunciaron en la previa, los opositores hicieron el esfuerzo de coordinar mínimamente que cuidarían las formas para que Adorni no huyera de la sesión como Guillermo Francos cuando brindó su informe ante el Senado.

    El PRO y la UCR no hicieron uso del tiempo que les correspondía como interbloque, salvo el correntino Diógenes González, que preguntó sobre una ruta en su provincia, y la bonaerense Karina Banfi, que repreguntó ante la respuesta por escrito de Adorni a su consulta por el rechazo de miles de solicitudes de habitantes de Bahía Blanca para acceder al beneficio para reparar los daños del temporal. Eso que a priori se leyó como una contribución de los bloques de Cristian Ritondo y Pamela Verasay hasta podría computarse como un vacío sutil contra el jefe de Gabinete: ni lo cuestionan ni lo defienden.

    Karina le puso custodia presidencial a Adorni y su esposa la usó de Uber para ir a bares con amigas

    Por eso, la intervención de Germán Martínez resultó letal. «Nunca debería haber existido esta sesión», dijo de movida y agregó que Adorni «debería haber renunciado».

    Pero, además, expuso las especulaciones políticas del oficialismo y sus aliados cuando deslizó: «Soy prudente y no digo las cosas que me dicen en los pasillos». Adorni sabe que hay dirigentes libertarios que lo consideran «un peso» e, incluso, sobran postulantes desinhibidos para sucederlo en el cargo.

    Ritondo, Banfi y Fernando De Andreis.

    Entonces, Martínez fue a fondo. «Usted se sostiene por una decisión política, la del presidente Milei», le dijo a Adorni, y después de preguntarle si terminaría como José Luis Espert o si recalaría en el directorio de YPF como Francos o Lisandro Catalán, le enrostró que «no coordina el gabinete, no tiene la confianza del Congreso y no tiene confianza de la sociedad». 

    El jefe del bloque peronista remarcó que Adorni «le genera más perjuicios que beneficios al gobierno que integra». «La figura del jefe de gabinete no fue creada para que el Presidente venga a defenderlo sino para que usted defienda al Presidente. Creemos que la Argentina necesita otro jefe de Gabinete en el cual la gente crea y no un meme de redes sociales», aseguró y adelantó que la oposición seguirá trabajando para conseguir la interpelación y una moción de censura contra Adorni, lo que significaría echarlo.

    Después del cuarto intermedio, el jefe de Gabinete volvió a sentarse en su silla, repitió que no contestaría a preguntas que implicaban la causa judicial por la que se lo investiga y se quejó de la intención de removerlo con un mecanismo incorporado a la Constitución con la Reforma del 94′. «Desde que existe la figura, nunca se removió a un jefe de Gabinete», sostuvo como si eso lo eximiera de ese desenlace, y señaló que la iniciativa la impulsa «un bloque con el peor prontuario delictivo desde el retorno de la democracia».

    Creemos que la Argentina necesita otro jefe de Gabinete en el cual la gente crea y no en un meme de redes sociales.

    Tampoco en ese momento respondió a las preguntas de Juan Marino acerca de dónde saca dinero para mover USD 100 mil al año cuando su sueldo es de 3 millones de pesos. Mucho menos atinó a lanzar carpetazos a los opositores como los libertarios se habían encargado de anunciar dos semanas atrás: el socialista Esteban Paulón hasta llevó copias de sus escrituras al recinto para taparle la boca si lo atacaba como los trolls lo hicieron por redes sociales.

    Sin embargo, Adorni aprovechó al final para cargar contra Rodolfo Tailhade por preguntarle si correspondía que la custodia presidencial que le otorgó Karina Milei cuando todavía era vocero trasladara a su empleada doméstica para hacer las compras o que su esposa, Bettina Angeletti, y sus amigas la utilizaran como si fuera un servicio de Uber para irse de copas a un bar de Palermo.

    Un diputado acaba de precisar el itinerario diario de mi mujer con un nivel de detalle sospechoso y con información que, en caso de que fuera cierta, sería de dudosa procedencia.

    Con sus últimas energías, apuntó: «No se me pasa por alto que un diputado acaba de precisar el itinerario diario de mi mujer con un nivel de detalle sospechoso y con información que, en caso de que fuera cierta, sería de dudosa procedencia». «Esa insinuación está peligrosamente cerca de ser una amenaza a la integridad física de mi esposa», dijo -leyendo lo que sus asesores le habían escrito- y concluyó: «sé que están acostumbrados a manejarse como si Argentina fuera un país bananero pero lo que están sugiriendo es que alguien estuvo espiando al jefe de gabinete de ministros de la Nación y su familia».

    Acaso la bronca de Adorni por las revelaciones de la supuesta corrupción que lo hunde cada vez más no sea el problema más grave. Después de su fallida incursión parlamentaria, queda claro que no sabe que son los padres de la escuela de sus hijos, las amigas de su esposa y los propios funcionarios de su gobierno quienes aportan información a la prensa, la oposición y el Poder Judicial.

     

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  • ¿Cómo enfrentar el “contragolpe cultural”?

     

    Así como las afirmaciones terraplanistas no modifican el hecho de que la Tierra sea redonda, así como los movimientos antivacunas no cambian la naturaleza contagiosa del Covid, el conservadurismo cultural, expresado hoy por fuerzas como las que lideran Javier Milei y Donald Trump, no modifica esta realidad: las sociedades humanas son constitutivamente diversas, heterogéneas y desiguales; en todas las comunidades humanas, pero aun más en aquellas donde existen el dinero y el Estado, hay multiplicidades y hay disparidades.

    Qué hacer con esta diversidad es un debate que viene concentrando la mayor parte de la historia ideológica, filosófica y política, y que por supuesto no está saldado. Dentro de estas controversias, uno de los capítulos centrales es el concepto de libertad, que ha sido utilizado por la extrema derecha como una de sus banderas. Para los conservadores, hoy llamados libertarios, la libertad se basa en la idea de que somos todos iguales: un rico y un pobre son consecuencia del modo distinto en que cada uno usó sus posibilidades. En esta mirada, la desigualdad fáctica es una consecuencia de una igualdad ontológica. Para las corrientes conservadoras, la libertad agiganta desigualdades. El rol del Estado, además de garantizar seguridad y justicia, debe ser restringir la diversidad: el Estado, que no debería cobrar impuestos, sí debe decretar que hay dos géneros, que la familia debe estar constituida de cierta manera y que las mujeres no pueden disponer de sus cuerpos.

    Desde una mirada democrática y progresista que asume que las sociedades son por naturaleza diversas, en cambio, la igualdad es algo a construir. Pero esa perspectiva hoy está a la defensiva. A través de una serie de subterfugios de ingenieros del caos, la posición histórica que conjuga liberalismo cultural, pluralismo político y justicia social ha sido estigmatizada como “woke” o “progresista”. La expresión “woke” surgió en Estados Unidos, un territorio de alta intensidad en la batalla cultural, en referencia a “despertar” (awake) ante la discriminación (“despierto” en el sentido de “concientizado”); pero hoy se usa de modo despectivo, que es la connotación que le dio Milei en su discurso en Davos. Como si las personas que descienden de esclavos o de pueblos originarios, como si las mujeres, que hasta hace setenta años no podían votar, hoy, justamente porque se reconocieron algunas de esas desigualdades, contaran con privilegios.

    La derecha conservadora está presente en distintas corrientes políticas, del mismo modo que la corriente que defiende las diversidades está presente –aunque no de modo uniforme– en partidos distintos. En Argentina, el peronismo, el radicalismo, el socialismo y la izquierda cuentan entre sus integrantes con personas que defienden este punto de vista. Se trata de una corriente que busca principalmente dos metas: que las personas y los grupos sean cada vez más libres, y que esa libertad se sostenga en formas igualitarias que la hagan real y no puramente declarativa o formal. Es una corriente de opinión que pone en escena grandes tradiciones culturales de la modernidad, heredadas de la Revolución Francesa y la Estadounidense, y que no tiene una única posición en materia de desarrollo económico, justicia distributiva o lucha por la igualdad. Ese “progresismo” no está en contra de ninguna religión, pero sí lucha por una separación completa de cualquier religión y del Estado. Ninguna ley puede sustentarse en creencias religiosas. Pero sí debe haber leyes que, por motivos universalistas, exijan el respeto de todas las religiones. Esta perspectiva, sometida hoy a una fuerte ofensiva, merece una reflexión autocrítica.

    Acerca de la autocrítica

    La hegemonía cultural de la extrema derecha impacta en el campo progresista. ¿Los movimientos por la libertad de las diversidades se “pasaron de rosca”? La ofensiva cultural de Milei y las derechas extremas, la derrota electoral del peronismo y los niveles de inflación y pobreza que dejó el gobierno de Alberto Fernández han planteado ese debate. ¿Hay una incidencia de la lucha por las diversidades en el oscurantismo que estamos viviendo hoy? ¿No habremos ido demasiado lejos? ¿Se puede seguir sosteniendo la defensa del colectivo LGTBQi+ en el contexto actual?

    Los procesos sociales y políticos siempre son imperfectos. Conocer esas imperfecciones, practicar la autorreflexión, es clave para mejorarlos. Por otro lado, se trata de movimientos profundos y de larga duración. En Argentina, por ejemplo, el movimiento masivo de mujeres de los últimos años comenzó en 2015 con el “Ni Una Menos”, una gigantesca movilización contra la violencia de género. ¿Frenar el reclamo contra los asesinatos de mujeres hubiera sido “menos radicalizado”? Y hoy, ¿qué está más vigente? ¿El reclamo de que no mueran más mujeres por el hecho de ser mujeres o la propuesta oficial de retirar del Código Penal el agravante por femicidio?

    La autocrítica no equivale a autoflagelación; debe ser una reflexión sobre prácticas y políticas que nos implican. Entre las múltiples causas que produjeron esta nueva etapa histórica global de las derechas extremas están, en efecto, los profundos déficits de la izquierda, la centroizquierda y los partidos tradicionales. Pero no coincido con quienes, subidos a la marea reaccionaria, afirman que la culpa es del progresismo, de un supuesto “wokismo” o de una “excesiva” ampliación de derechos civiles. Ese argumento puede terminar en diputados que voten con Milei regresiones culturales o puede llevar a un catolicismo de gobierno en contra de la libertad de las personas y los grupos. Empieza cuestionando el DNI no binario y termina aboliendo el divorcio.

    Pero entonces, ¿cuáles son esos errores de la izquierda? Si hubiera que elegir uno, diría lo siguiente: mientras las vocaciones igualitarias y de justicia social se tornaban cada vez más difíciles de lograr, en gran parte por no tener una alternativa concreta al capitalismo neoliberal, la izquierda avanzó con leyes y políticas tendientes a garantizar derechos civiles. Dependiendo de los países, se avanzó en materia de identidad de género, aborto, discriminación positiva, educación sexual, matrimonio igualitario, derechos de los pueblos originarios y los migrantes. Cuantas más dificultades aparecían en materia económica y social, cuanto más complicado se hacía sostener el horizonte de movilidad social, más se acentuaron estos derechos como compensación.

    La autocrítica no equivale a autoflagelación: debe ser una reflexión sobre prácticas y políticas que nos implican.

    Ese fue el gran problema. Las libertades civiles no pueden compensar el fracaso económico o social. Si son las únicas banderas que se agitan cuando se desfinancia el Estado de Bienestar, se retiran regulaciones públicas o se producen escaladas inflacionarias, como en el caso argentino, se corre el riesgo de que las fuerzas democráticas queden reducidas y debilitadas. Los límites para corregir o superar el neoliberalismo los terminan pagando los avances en materia de diversidad o pluralismo.

    Mi primera tesis es que, frente a quienes creen que la ampliación de libertades favoreció a la derecha extrema, creo que su causa es el fracaso económico.

    En segundo lugar, la cuestión de los particularismos. Mientras Martin Luther King buscó cambios que mejoraran la desigualdad estructural de la sociedad norteamericana, muchas políticas de la identidad del siglo XXI se concentraron en derechos particulares. Y es difícil pedirles algo más que simpatía pasiva o inactividad a quienes no están directamente involucrados en la conquista de un derecho. Esto no implica que movimientos como “Ni Una Menos”, “Black Lives Matter” o la “Marcha anti-fascista” de febrero de 2025 no hayan sido señales contundentes en la dirección correcta, sino simplemente llamar la atención sobre cuál puede ser el alcance de esas convocatorias.

    Algo similar ocurre con el “lenguaje inclusivo”. Se trata de un cambio cultural crucial, que busca ampliar libertades e incluir diversidades. Pero debe expandirse a partir de la posibilidad, no como imposición. Los mayores fracasos del cambio cultural ocurrieron cuando se pretendió imponer a través de prescripciones. El liberalismo cultural busca ampliar, no restringir, las posibilidades de las personas.

    El caso de las cuotas

    Muchas veces, en lugar de luchar por cambiar una legislación, una política o un presupuesto, las reivindicaciones progresistas se enfocaron en personas concretas: los varones blancos, incluyendo casos de punitivismo extra-judicial, como escraches a adolescentes, altamente polémicos. En aquellos casos, hubo voces feministas potentes que alertaron que el feminismo no surgió para cambiar al dueño del poder del patriarcado, sino para modificar un tipo de poder y de dominación. El punitivismo y la cultura de la cancelación fueron algunos de los errores más graves. Pero no es verdad que sean inherentes a los reclamos por la diversidad y la libertad: fueron casos minoritarios en causas justas.

    Detrás de este tipo de cuestiones aparece un problema que vale la pena debatir a futuro: la tensión entre lo particular y lo universal. Si cada uno de los grupos discriminados reclamara sólo para sí mismo, si todo se tradujera en una simple cuota por grupo, a largo plazo se terminarían socavando algunos de los consensos culturales necesarios para mantener las políticas de acción afirmativa. Un ejemplo es el de las universidades. En la mayoría de los países del mundo existe un sistema de examen de ingreso a la universidad y cupos por carrera. Al observar las universidades se hacía evidente que la abrumadora mayoría de los alumnos eran varones blancos. Eso llevó a reclamar políticas de cuotas raciales, étnicas y nacionales, como las que se terminaron concretando en Estados Unidos y Brasil. Este sistema garantizaba una mayor presencia de diversidades, restando lugares a los blancos. Pero, ¿qué quedaba, por ejemplo, para los blancos pobres? ¿Quién se preocupó de su situación? En muchos casos fueron los grandes olvidados, lo que contribuyó a que volcaran su respaldo a fuerzas políticas conservadoras que dicen defenderlos. ¿Qué hubiera ocurrido si se hubiera incluido una cuota general para los estudiantes de colegios públicos de bajos recursos en el ingreso a la universidad? Mientras en un terreno puramente cultural la especificidad por grupo es adecuada, en cuotas vinculadas a desigualdades puede no producir las consecuencias buscadas.

    En un mundo dominado por la incertidumbre económica, en el que se achican los recursos públicos, muchos países optaron por un modelo de cuotas para asegurar la presencia de los grupos discriminados no sólo en el acceso a la universidad sino también al empleo público –y en ocasiones al empleo privado–. Esto implica que los logros de la ampliación hacia los sectores discriminados se hicieron sobre la base de una reducción relevante de la participación de los sectores anteriormente privilegiados. Y esta estrategia, correcta desde un punto de vista filosófico, se topa con un problema político. Las personas de carne y hueso que se ven afectadas, que no logran ingresar a la universidad o no consiguen empleo, se van pasando en masa al ejército del “contragolpe cultural”, esperando el surgimiento de un Trump, un Milei o cualquier otro líder que proponga revertir la situación.

    Se trata de un error recurrente del progresismo: no percibir el dolor de las víctimas de sus políticas, y no elaborar una respuesta. Mi punto es sencillo: si se presuponen las restricciones económicas, como de hecho las aceptaron la mayoría de las fuerzas de centroizquierda en Europa y América, que los perdedores de la discriminación positiva pasen al otro lado es inexorable. Pero si se cuestiona un modelo que reduce los impuestos a la riqueza y desfinancia al Estado, y se usa ese dinero para ampliar el acceso a la universidad y el empleo, logrando mejorar la diversidad sin afectar drásticamente los espacios previos, la base política de la derecha extrema quedará reducida. Es cierto que esto no es posible para los varones privilegiados, que inexorablemente se verán afectados: será necesario pensar una política cultural específica para ellos.

    La defensa de la libertad

    Estamos ante un feroz ajuste a las libertades y es urgente emprender una fuerte defensa de políticas por la libertad basada en igualdades. La libertad, convertida en el eslogan hueco de la extrema derecha, no puede ser resignada por las fuerzas democráticas y progresistas. El principio básico de la lucha por la libertad es maravilloso: que las personas y los grupos puedan autorrealizarse en todas las dimensiones de la vida. Esto incluye su identidad de género, étnica, nacional, local, religiosa, así como su libertad de expresión, en la familia, en el trabajo…

    Esas libertades tienen un requisito: un piso de igualdad, porque quien sufre desnutrición no puede ser libre, quien no puede acceder a la escuela no puede ser libre. Una comunidad libre es aquella que garantiza un piso de igualdad para todos sus miembros.

    Los libertarios conservadores de la extrema derecha afirman que ser iguales es que cada uno se las arregle como pueda. Es una propaganda basada en la negación de la historia tal como sucedió. Los esclavos existieron hasta el siglo XIX bajo el imperio de la ley, y los afrodescendientes continúan siendo discriminados en prácticamente todos los países de América y Europa hasta hoy. La conquista colonial existió. El patriarcado y la desigualdad de géneros existieron… y todavía existen. En muchos países las mujeres votan recién desde hace algunas décadas. Y en la mayoría de los países europeos y americanos jamás hubo una presidenta o una primera ministra mujer. El capitalismo, por su parte, tiene mecanismos poderosos para reproducir la desigualdad de clases entre generaciones: a través de la herencia y también de la “herencia de clase”. La mayoría de los hijos de personas pobres son pobres. La movilidad social ascendente está en crisis en la mayoría de los países, y los mecanismos sociales que la hacían posible se están debilitando a un ritmo vertiginoso. Los libertarios conservadores quieren liquidar esos mecanismos, del mismo modo que se proponen atacar las leyes que tienden a asegurar libertades vinculadas a la diversidad y la disidencia. Esto implicará también contrarrestar su ofensiva individualista poniendo en valor la solidaridad, lo común y lo público. Enfrentar políticamente aquel proyecto exige autorreflexión y determinación.

     

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