| |

¿A QUIÉNES REPRESENTAN?

La Legislatura rionegrina aprobó en segunda vuelta la modificación de la Ley 3.308, para habilitar el desarrollo de actividad hidrocarburífera en la zona en el Golfo San Matías con 40 votos a favor 1 en contra, dos ausencias y una abstención, desde la Multisectorial Golfo San Matías/Defendamos a Nuestro Golfo que reúne asambleas, organizaciones, vecinos y vecinas, profesionales y fundaciones; advirtieron que la acción de la Legislatura rionegrina está marcada por la ilegalidad.

Con esta modificación de la Ley 3.308 se habilita la construcción de un oleoducto que unirá Vaca Muerta con la localidad rionegrina de Sierra Grande en Punta Colorada, en el Golfo San Matías. Ya lo daba por hecho la gobernadora Arabela Carreras en su exposición en el evento “Amcham Energy Forum”, un encuentro organizado por la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Argentina (Amcham). En ese encuentro, Carreras no solo dio por modificada la Ley 3308 sino que adelantó un proyecto para construir un gasoducto en San Antonio Este –en el extremo norte del Golfo San Matías– con inversión del Grupo Techint. Y lo reafirmó esta semana en un encuentro con intendentes en Bariloche donde lo más importante de la jornada fue el anuncio de la inversión de YPF y la presentación del proyecto, que por supuesto su creación precede la modificación de la ley.

Encuentro con intendentes en Bariloche.

Estaba todo cocinado, solo faltaba que levanten la mano, onda marionetas. Y lo hicieron. Solo el diputado Pablo Barreno (FdT) votó en contra y hoy prefiere no hablar del tema ya que su cordura y coherencia le jugó en contra. Seguramente una especie de disciplinamiento con miras a repercutir de forma macro en la legislatura. La diputada María Inés Grandoso se abstuvo e Ignacio Casamiquela y José Luis Berros se retiraron del recinto: los tres son legisladores del Frente de Todos.

Acá no hay grieta, no hay discusión ni debate, se pelean entre todos, menos con el capital extranjero.

SESIÓN CERRADA, SESIÓN IMPUGNADA

El proyecto 762/22 apareció 24 horas antes de la sesión del 25 de agosto y según legisladores la noche previa buscaban mediante whatsapp funcionarios que firmen como co-autores del proyecto, cuenta Fabicio Digiacomo vocero de la Multisectorial Golfo San Matías. Un proyecto huérfano de autores provinciales. Sin debate previo, sin consulta a comunidades ni a profesionales de la ciencia y además a puertas cerradas, y con “problemas” de sonido en la emisión del vivo por youtube. Me empiezo a preguntar ¿¿A quienes representan??

El vice gobenador Alejandro Palmieri quien preside la cámara asumió y aclaró haber decidido que la sesión sea a puertas cerradas ya que habían solicitado “participar dentro del recinto de manera numerosa” adjudicando la decisión a “una cuestión de lo reducido de la bandeja superior” y agregó “para el normal desenvolvimiento de la sesión y para el cuidado del propio público”, todo esto mientras se votaba en ese mismo momento en el parlamento el proyecto de ley 762/22.

Las fallas de sonido fueron una constante durante toda la sesión, algo que no sucedió en las anteriores. Por supuesto que la aclaración de Palmieri se escuchó bien, lo que se olvidaron también fue de mostrar la gráfica de votaciones, como lo hacen siempre. Y como para rematar, una vez, finalizado el pedido de disculpas del Vice Gobernador respecto a cerrar las puertas del parlamento, espacio por excelencia de la democracia donde deberían escuchase todas las voces (paradójico), el camarógrafo giró la cámara para mostrar el “poco espacio” en la parte baja de la cámara, de manual. Aunque el público suela estar en la bandeja alta como explicó Pamieri. Un detalle.

Al ser una sesión pública, que no hayan podido acceder, es un factor de impugnación de la sesión misma, explica Rafael Colombo integrante del equipo legal de la Asociación Argentina de Abogados/as Ambientalistas en un vivo de Instagram emitido desde @abogadesambientalistas.

SINDICATOS FUNCIONALES Y LAS CUENTAS QUE NO DAN

Como para completar un cúmulo de movimientos lúgubres que ya no deberían ser parte de la política actual, o por lo menos las nuevas generaciones no queremos que así sean, aunque lo empírico nos muestra que los sujetos políticos lo avalan, la respuesta a la movilización social pacífica y responsable de la Multuisectorial en las inmediaciones de la legislatura fue con contra machas de la seccional Viedma de la Uocra, ente otros sindicatos.

Los sindicatos siguen aceptando jugar ese rol parapolicial. Fabicio Di Giacomo, cuenta a Radio Namunkurá de Puerto Madryn que una vez enfrentados con ese brazo sindical que respondió al gobierno sin saber bien que hacían ahí, decidieron realizar una asamblea abierta en la plaza más cercana a la legislatura. Pequeñas diferencias de pensar y de actuar. En la calle hay debate y hay lucha. Pero no violencia. Nosotros sabemos a quienes representamos ¿Ustedes?

El molde es bastante parecido a cuando quisieron imponer la megaminería en Chubut, la UOCRA realizando contra marchas para imponerse ante la movilización popular, aprobarla entre gallos y media noche como quien dice, sin consulta previa. La justificación de los sindicatos suele ser defender la generación de puestos de trabajo, una de las promesas siempre incumplidas por este tipo de poyectos. En este caso el proyecto va a generar mil puestos de trabajo durante la construcción del oleoducto y una vez finalizado solo necesitará de cien trabajadores para hacerla funcional que además la mayoría serán técnicos especializados.

Un oleoducto con salida al mar acabaría con la pesca, “se perderían aproximadamente 50 mil puestos de trabajo” explica Fabricio en comunicación con La Namunkurá. Este es un punto que nadie menciona, la pérdida de puestos de trabajo reales, en contra posición a la falsa promesa de generación de empleo. Así las cuentas no dan.

»Mapa elaborado en conjunto con profes de los IFDC de Río Negro, El Bolsón, Fisque-Roca, Luis Beltrán, Río Colorado, San Antonio Oeste, Sierra Grande, Villa Regina que formamos parte del Equipo Juridiccional de Educación Ambiental.» Javier Grosso.

EXCESO DE ILEGALIDAD

La Multisectorial y los letrados que la acompañan, avanzarán con presentaciones legales contundentes, como la violación de la Ley General de Ambiente, el Acuerdo de Escazú y el Convenio 169 de la OIT.

Se esta violentando el principio de no regresión (no hay que ser un erudito para entender el concepto de lo que significa NO regresión) establecido en el acuerdo de Escazú que fue firmado por el ejecutivo nacional y todos los países latinoamericanos. Como también la falta de consulta previa a los Pueblos Originarios y comunidades presentes en el territorio.

NO HAY PELOPINCHO QUE AGUANTE

El proyecto Vaca Muerta Sur planifica construir un oleoducto que cruzará todo Río Negro desde territorio neuquino en Vaca Muerta hasta el municipio de Sierra Grande, al sur del Golfo San Matías. En su primer tramo, el oleoducto está proyectado en paralelo al actual ducto de la empresa Oleoductos del Valle Sociedad Anónima (Oldelval), que en diciembre pasado protagonizó el mayor derrame petrolero de la última década. Sí, el de la PELOPINCHO.

¿¿Y saben qué es lo peor de la historieta de la pelopincho?? Que realmente ejerce mejor contención que el plan de emergencia de la empresa en la que las piletas que se colocan por debajo de los ductos para contener las pérdidas no tienen estructuras de hierro por lo que cuando tienen que desagotarlas al apoyar la manguera de desagote se vence y se derrama más líquido del que se absorbe. Esos son los planes de emergencia.

El control (o en la falta de control) fue uno de los ejes en los que se fundamentó la modificación de la ley 3.308. Pasan 24 oleoductos o gasoductos por la provincia, de los cuales Rio Negro tiene control solo sobre 8. Los otros los controla Nación, ¿saben cómo?, recibiendo informes de las empresas en Buenos Aires, sin inspección alguna. Pasando en limpio, las empresas se autocontrolan. Acá es donde nos damos cuenta que se puede reír y llorar a la vez. Y en la legislatura se apoyaron justamente en el caso de Oldelval donde la provincia no pudo intervenir.

Mientras escribo este contenido explotó la refinería NAO en Vaca Muerta, precisamente en Plaza Huincul. Fallecieron 3 operarios. Son 14 los trabajadores fallecidos en el último lustro. Fueron 12 horas de fuego incontrolable con 4 dotaciones de bomberos de distintas ciudades trabajando sin parar.
Progreso con estándares altos de control y seguridad, teoría del derrame, y otras falsas promesas que no se cumplen.
50% de infancias pobres en la Argentina.

ÁREAS NATURALES DESPROTEGIDAS

La desembocadura será en el golfo, que reúne cuatro áreas naturales: Punta Bermeja, Caleta de los loros/Punta Mejillón/Pozo Salado, Puerto Lobos, Bahía San Antonio y un flamante Parque Nacional Islote de Lobos aprobado este mismo año, a la notable biodiversidad de especies de aves marinas y costeras, incluyendo migratorias; también se encuentran en resguardo la colonia reproductiva de pingüinos de Magallanes más septentrional del mundo y un importante apostadero reproductivo de lobo marino de un pelo, entre los mamíferos marinos de este parque nacional se suman una imponente belleza escénica y un valioso registro arqueológico, dando lugar a la conservación de un área con enorme potencial científico, turístico y económico y toda la actividad pesquera provincial. Así lo define Nación en su web.

Al igual que con la entrega de 6.000 hectáreas de la meseta de Somuncurá, área natural protegida en Rio Negro para realizar el proyecto de hidrógeno verde que conlleva el emplazamiento de parques eólicos en plena área de vuelo del cóndor andino. La meseta es el área de distribución del ave casi extinta rescatada por el Programa Conservación Cóndor Andino (Fundación Bioandina Argentina) que tardó 20 años en devolverlo a su hábitat natural. El mismo estado las declara áreas protegidas y después las desprotege. Prioridades sobe contradicciones.

Desde la multisectorial alertan sobre el impacto que tendrá en la actividad económica pesquera de la zona. “Punta Colorada, donde está proyectada la salida del oleoducto, es una zona de desove de la merluza. Esta especie constituye para el pueblo argentino el producto de mar de consumo masivo”, apunta Quilapán vocera de la multisectorial en entrevista con Agencia tierra viva. Los barcos petroleros además interrumpirían la ruta de la ballena franca austral patrimonio natural de la humanidad.

En cuanto a las consecuencias de la actividad petrolera, la vocera señaló que el riesgo está presente en toda la traza del oleoducto, que atraviesa la provincia y podría afectar el curso del Río Negro, que abastece de agua a las producción del valle frutícola provincial. El derrame ocurrido en diciembre en el ducto de Oldelval fue a solo cinco kilómetros del Río Colorado.

Fabricio Digiacomo advirtió que no hay ningún emprendimiento petrolero con oleoducto y terminales de carga y descarga con mono bolla como es el caso este, que no haya terminado en derrame o contaminación de algún tipo. Los buques viajan con miles de litros de agua porque no pueden viajar vacíos cuando se dirigen al puerto a cagar y esos tanques con resabios de petróleo y cargados de agua se van a vaciar en las costas del mar rionegrino para volverse a cargar. No hay un ejemplo a nivel mundial que no haya contaminado.

Esta película ya la vimos….

Fuentes
https://latapa.com.ar/defendamos-nuestro-golfo/
https://www.youtube.com/watch?v=zduqPfMZSHA
https://agenciatierraviva.com.ar/las-asambleas-de-rio-negro-defenderan-el-golfo-san-matias-por-via-judicial-no-tienen-licencia-social/
https://www.instagram.com/abogadesambientalistas/?hl=es
https://www.youtube.com/results?search_query=SESION+LEGISLATURA+RIO+NEGRO+

Portada y técnica: Germán Busin

Difunde esta nota

Publicaciones Similares

  • Preparate para vivir cien años

     

    El agua

    Sé que allá abajo mis pies están tan arrugados que los surcos de piel transparente podrían despegarse. Lo sé porque lo recuerdo, no los veo. El mar aquí es verde oscuro, casi marrón. Solo la espuma forma hilos diáfanos y la luz del sol refleja millones de estrellas que el cielo azul oculta, pero yo sé que están allí arriba. Como mis pies allá abajo.

    Llevo años buscando la palabra precisa para nombrar lo que le pasa al cuerpo en el mar. La busco en todos los idiomas, porque si los esquimales tienen cien palabras para decir blanco seguro los vikingos sabrán nombrar lo que no vemos del mar. Pero no la encuentro aún. Quiero bautizar ese instante en que el agua cubre los hombros, cuando el peso desaparece, dejamos de resistir, los pies se despegan del fondo y el cuerpo empieza a moverse con una inteligencia antigua que nos fue dada. La rendición. Como si el agua disolviera una capa que no sabíamos que llevábamos.

    Mi piel debajo del mar es la misma de siempre, desde que era niña y entré por primera vez, temeraria y confiada al mismo tiempo. Piel de gallina frente al escalofrío temprano, piel surcada cuando pasa mucho tiempo, piel salada siempre. Me gusta llevar puesta esta piel. Esta piel frontera entre el agua fuera y el agua dentro. En el mar no soy aquella niña, ni esta vieja. Soy un movimiento, un disfrute, una memoria. No hay mirada ajena que mida, que calcule, que ubique. Sola la línea del horizonte que se perpetúa con esa indiferencia que tienen las cosas que existen mucho antes que nosotros y van a seguir existiendo mucho después. Una piel que morirá conmigo en un mar y un cielo que presumen eternidad.

    Iris Murdoch decía que su imaginación vivía cerca del mar y debajo del mar. No arriba. Debajo. Donde la mirada no llega. Donde la luz cambia de naturaleza y los sonidos se vuelven otro idioma y el cuerpo deja de ser un objeto para convertirse en un movimiento. Nadaba desnuda en ríos y lagunas de bosque con la alegría de quien sabe que en el agua las categorías del mundo de afuera no rigen. El mar en Murdoch es siempre el lugar donde la conciencia se expande en lugar de encogerse. Donde el yo que se preocupa por sí mismo —que se evalúa, que se compara, que lleva la cuenta— por fin se calla.

    “El tiempo, como el mar, desata todos los nudos”, escribió en The Sea, The Sea. Un día demasiado pronto dejó de recordar palabras, rostros, y hasta sus propios libros. Y entonces su marido, el escritor John Bayley, siguió llevándola al mar. Siguió convenciéndola de entrar al agua, de continuar el nado ritual que había sido tan importante para los dos. El cuerpo que ya no recordaba casi nada recordaba eso: el impulso, el peso que desaparece, el movimiento. La memoria del agua sobrevivió cuando ya casi no había otra memoria. La neurociencia llama a esto memoria procedimental —los movimientos que el cuerpo aprendió tan profundo que ni la demencia los alcanza. Para Bayley, más sencillo: iban al río porque Iris todavía sabía nadar. El agua era el único guion que su memoria no había olvidado. Porque allí no hay espejos, ni miradas que nos indiquen quiénes debemos ser.

    La edad, fuera del agua, es una performance. Somos, en gran parte, la edad que actuamos. No los días que pasaron desde que nacimos sino lo que hacemos con esos días. Cómo nos narramos. Los papeles que aceptamos. Los gestos que repetimos. Los lugares a los que dejamos de entrar y las palabras que empezamos a no decir. La escalera que dejamos de subir porque nos gana el miedo, o el pelo que nos cortamos porque dice Coco Chanel que corresponde  a nuestra edad.

    No envejecemos sólo por el paso del tiempo. Envejecemos por las frases que aceptamos, por las miradas que nos reducen, por los prejuicios que nos dictan el límite. Cuando nos convencemos de que ya no podemos manejar, dejamos de hacerlo. Cuando creemos que ya no da para bailar, no volvemos a la pista. Cuando pensamos que el deseo es cosa de jóvenes, apagamos la luz demasiado temprano. El prejuicio se convierte en mandato, y el mandato en profecía autocumplida.

    El relato del siglo veinte decía que la vida tenía tres actos. El primero era aprender. El segundo era producir. El tercero era retirarse, que es una manera elegante de decir desaparecer de a poco. A los veinte decidíamos qué íbamos a “ser” en nuestra vida. No qué íbamos a hacer, de qué íbamos a trabajar. Qué íbamos a ser, porque el trabajo nos constituyó y fue nuestra identidad. Soy periodista. Soy ingeniero. Y allí íbamos: nacer, crecer, reproducirse y morir. En el medio habitar esos años de retiro junto al abuelo, en el sofá, cuidando nietos. 

    Quienes tienen hoy entre cuarenta y cincuenta años tienen probabilidades reales de llegar a los cien. No como excepción biológica: como tendencia estadística, como lo que empieza a ser, simplemente, lo que pasa. Y el relato estalló en mil pedazos. Porque si vivimos cien años y trabajamos hasta los sesenta y cinco, hay treinta y cinco años del otro lado del guion para los que nadie escribió nada. Treinta y cinco años que el siglo veinte no contempló porque no los esperaba. La parte más larga de la vida. Y en ese territorio sin mapa la pregunta de quién somos y qué edad tenemos se vuelve urgente de una manera que no tiene precedente histórico.

    Ya no hay jóvenes y viejos en el sentido en que los entendíamos. Hay performances. Hay personas eligiendo —o siendo forzadas a aceptar— ciertos papeles en ciertos momentos de una vida que dura mucho más de lo previsto. Hay cuerpos que el agua libera y cuerpos que la mirada encadena.

    Hace ya casi cincuenta años, Ellen Langer organizó un experimento conocido como “Counterclockwise”. Llevó a un grupo de hombres mayores a una casa ambientada veinte años atrás: los muebles, la música, los diarios y hasta los programas de televisión eran los de 1959. La radio pasaba canciones de su juventud, los sillones tenían el tapizado de moda en los sesenta, los diarios hablaban de presidentes ya olvidados. En ese escenario de espejismos, los cuerpos respondieron: caminaron más erguidos, recordaron mejor, algunos hasta vieron con más claridad. En una semana habían mejorado la postura, la memoria, la coordinación, incluso parecían más jóvenes a los ojos de los demás. Cuando dejaron la casa, ya no les molestaban las escaleras y cargaron sin dificultad las mismas maletas que les habían resultado pesadas al llegar. No viajaron en el tiempo, viajaron en la idea de sí mismos.

    El guion del siglo XX

    Charly García dijo alguna vez que los Beatles inventaron la juventud. Antes de ellos, uno pasaba de niño a adulto sin escalas, sin territorio intermedio, sin música propia. De pantalón corto a la conscripción. Del patio de la escuela a la trinchera. La adolescencia —esa zona de gracia y caos que hoy nos parece tan natural como la respiración— no existía como categoría cultural antes de mediados del siglo veinte. Alguien la inventó. Le pusieron nombre, le pusieron mercado, le pusieron canciones. Y lo que se inventa puede desarmarse.

    Lo mismo ocurrió con la vejez. No siempre hubo viejos. Hubo personas que vivían muchos años, hubo sabios, ancianos, miembros del Senado o Maestros. La vejez como territorio con sus propias leyes, su propia ropa, sus lugares permitidos y prohibidos, es una invención más reciente y política de lo que pensamos.

    El modelo que heredamos —estudiar, trabajar, jubilarse— no es una ley de la naturaleza. Es una respuesta histórica a la Revolución Industrial. Las fábricas necesitaban trabajadores en cierto rango de edad. Los Estados necesitaban gestionar a quienes ya no producían. Y la medicina empezaba a extender la vida lo suficiente como para que existiera, por primera vez, una masa de personas que habían terminado de trabajar pero todavía no habían terminado de vivir. Había que hacer algo con ellas. Con el estado de bienestar posterior a las guerras, se inventó la jubilación. Se inventó el retiro. Y en el mismo gesto se inventó la idea de que a cierta edad la vida activa termina y comienza otra cosa: más quieta, más hacia adentro, más despedida que llegada.

    Durante décadas el modelo funcionó. No porque fuera justo sino porque era coherente con su tiempo: cuando la expectativa de vida rondaba los sesenta y cinco años, jubilarse a los sesenta tenía una lógica brutal pero clara. El retiro duraba poco. La vejez era una antesala, no una habitación donde vivir. 

    En los años noventa, el neoliberalismo necesitaba desmantelar los sistemas de jubilaciones y pensiones que los Estados habían construido durante décadas. Para hacerlo, primero hacía falta algo más difícil que una ley: debía convencer a las sociedades de que esos sistemas eran un problema. Una carga. Una herencia del pasado que frenaba el porvenir. Y para convencer de eso, había que construir primero una imagen del viejo como peso muerto: improductivo, resistente al cambio, costoso, anacrónico. Un lastre biológico con derechos adquiridos.

    La operación fue tan eficiente que todavía la habitamos sin advertirla. Al mismo tiempo que demonizaba la vejez, el neoliberalismo endiosó la juventud. Los yuppies. El “just do it” de Nike. La cultura de la performance individual, del cuerpo como proyecto personal, del tiempo como recurso que no se desperdicia. Los ochenta y los noventa fabricaron una estética de la juventud que era también una estética del mercado: joven era sinónimo de productivo, flexible, adaptable, rentable. Viejo era todo lo contrario. La operación estética y la operación económica eran la misma operación, y quienes la pagaron fueron los mismos de siempre.

    En Argentina, en 1994, Norma Pla salió a la calle. Tenía setenta y un años, una voz que no pedía permiso y una causa que parecía simple: los jubilados cobraban una miseria. Lo que no parecía entonces, y ahora resulta imposible no ver, es que detrás de esa miseria había una decisión. Las marchas que encabezó frente al Congreso —con sus cánticos, sus ollas, su furia sin coquetería— eran la respuesta de los cuerpos a lo que el mercado había decidido sobre ellos: que ya no valían lo suficiente como para ser sostenidos con dignidad. Que habían cumplido su función y podían desaparecer. Norma Pla murió en 1995. Pero la nueva longevidad solo extiende aquellas injusticias, y si vivir mal algunos años era una condena hoy solo aparece en el horizonte que mientras algunos podrán elegir ser su mejor versión después del retiro mientras que muchísimos, seguramente la mayoría, habrá extendido el sufrimiento por décadas.

    Hay algo en esa continuidad que debería perturbarnos más de lo que nos perturba. Cambió la ciencia del envejecimiento. Cambió la expectativa de vida. Cambió la comprensión de lo que un cuerpo puede hacer a los setenta, a los ochenta, a los noventa años. Pero la injusticia que llevó a Norma Pla a la calle tiene la misma dirección que la de hoy. 

    La narrativa de nacer, crecer, reproducirse y morir cambió de golpe, brutalmente, cuando en el siglo XXI la aceleración exponencial de casi todo nos llevó a este territorio donde algunos planifican la inmortalidad mientras la mayoría no sabe cómo será su vida pasado mañana. Lynda Gratton y Andrew Scott, economista y psicólogo en la London Business School, lo dicen de la manera más simple y más perturbadora: nadie puede elegir a los veinte lo que va a necesitar a los sesenta. Porque lo que va a existir a los sesenta todavía no existe. Somos contemporáneos de dos revoluciones simultáneas: la de la Inteligencia Artificial y la de la nueva longevidad. Dentro de cincuenta años el mundo estará poblado de robots… y de viejos.

    La performance

    ¿Acaso no somos todas pibas de veinte cuando arranca ABBA y los hits de los ochenta en un casamiento? El cuerpo sabe las coreografías, la letra sale sola, el ritmo vuelve sin que nadie lo busque. Media hora antes nos costaba agacharnos para ponernos los zapatos, pero la música y el gin tonic maridan a la perfección. 

    Cuando tenía veintipico y ya llevaba varios años trabajando y había publicado algunos libros, el director del diario en el que trabajaba me llamó a su despacho. Estaba furioso: me había buscado durante todo el fin de semana y yo no había respondido el teléfono. Busqué complicidad: “estaba durmiendo, soy una niña todavía”. Fue la primera vez que escuché en una conversación algo que luego leería en los libros de estudio: “sos una adulta. La edad es un lugar social. Trabajás, ganás plata, vivís sola. Sos adulta, comportate como adulta”.

    En 1990, la filósofa Judith Butler publicó un libro que iba a cambiar para siempre la manera en que pensamos la identidad. Gender Trouble no hablaba de vejez. Hablaba de género. Pero el mecanismo que describía era tan preciso, tan transferible, que tres décadas después sigue siendo la mejor herramienta para entender por qué envejecemos de la manera en que envejecemos.

    Butler argumentó algo que en su momento sonó escandaloso: la identidad no preexiste a los actos que la expresan. Se produce a través de ellos. No sos mujer y entonces te comportás como mujer. Te comportás como mujer y esa repetición produce la ilusión de que hay una esencia estable que estás expresando. No hay tal esencia. Hay una actuación tan ensayada, tan reiterada desde la infancia, que se volvió invisible. Lo que parece naturaleza es un guion con mucho kilometraje encima. No expresamos lo que somos, dice Butler. Producimos lo que somos, cada vez que lo repetimos.

    Anne Davis Basting, dramaturga y académica, aplicó exactamente esa lógica a la edad. Lo que llamamos verse viejo, comportarse como viejo, ser viejo, no es la expresión de un estado biológico inevitable. Es la producción de una categoría social a través de actos que se repiten hasta naturalizarse. La misma conclusión a la que llegó Becca Levy, en Yale. Las personas con una autopercepción positiva del envejecimiento viven, en promedio, 7,5 años más que quienes la tienen negativa. No es una diferencia marginal. Es más que lo que aportan dejar de fumar o hacer ejercicio regularmente. La historia que nos contamos sobre lo que significa envejecer no es un adorno psicológico: es un factor biológico de primer orden. La mirada de los otros no solo te hace sentir viejo. Te hace envejecer. El guion que aceptamos termina, con el tiempo, escribiendo el cuerpo.

    Betty Brussel nació en Holanda en 1924, la segunda de doce hijos. Abandonó la escuela durante la Segunda Guerra Mundial para cuidar a sus hermanos menores. Se casó, emigró a Canadá, trabajó de costurera décadas enteras. No compitió en natación hasta los sesenta y cinco años. A los noventa y nueve batió tres récords mundiales. Compite en la categoría de cien a ciento cuatro porque las categorías se determinan por año de nacimiento, y a veces es la primera persona en la historia en terminar determinada distancia —no porque haya ganado contra alguien, sino porque antes de ella nadie había llegado hasta ahí. En cada competencia alguien se le acerca y le dice: estaba a punto de rendirme, pensé que era demasiado vieja para empezar, y después te vi a vos. Betty Brussel no subvirtió su biología. Subvirtió la historia que otros contaban sobre lo que su biología autorizaba. 

    Es cierto que desobedecer la narrativa de la vejez puede ser también un nuevo privilegio. La aparición magnífica y promisoria de la imprenta no convirtió a todo el mundo en lectores y escritores. Inventó el analfabetismo. Desobedecer la narrativa del declive requiere salud para moverse, tiempo libre para reinventarse, dinero para no depender del primer trabajo que aparezca, redes que acompañen la transformación en lugar de castigarla. Requiere los privilegios que la desigualdad distribuye tan desigualmente a lo largo de toda la vida y que en la vejez simplemente se hacen visibles con mayor brutalidad.

    La promesa de la edad performativa es real. Y es, al mismo tiempo, un privilegio. Como casi todas las promesas de libertad individual en sociedades profundamente desiguales.

    La mirada que envejece

    Hay una escena que Margaret Morganroth Gullette no puede olvidar. Fue en el Museo de Ciencias de Boston, en una exhibición llamada Face Aging. Los chicos se acercaban a una pantalla y la pantalla les devolvía sus caras envejecidas digitalmente: la mandíbula caída, las arrugas, las manchas, el cabello que había perdido su color y su gracia. Algunos se reían incómodos. Otros apartaban la mirada. Algunos se tocaban la cara, como verificando.

    Gullette observó algo que los organizadores no habían advertido: las imágenes mostraban el deterioro pero no lo que también puede acompañar al envejecimiento. No mostraban el humor que se afila con los años, ni el carácter que se vuelve más propio, ni ese tipo particular de libertad que aparece cuando ya no hay nada que demostrar. Mostraban la ruina. Solo la ruina.

    Se lo enseñamos a los chicos antes de que cumplan diez años: envejecer es perder. Todo lo demás —lo que se gana, lo que se profundiza, lo que por fin se suelta— no tiene imagen todavía. Los feminismos invirtieron muchos años en deconstruir a las mujeres para que no fueran las princesas de los cuentos de hadas, pero las viejas siguen siendo las brujas y las madrastras.

    Gullette escribió en 2004 el libro que hizo por la edad lo que los estudios de género hicieron por las mujeres: desnaturalizó lo que parecía inevitable. Aged by Culture —envejecida por la cultura— no es solo un título. Es una tesis y es una denuncia. El envejecimiento no empieza en los cromosomas. Empieza en el mercado de trabajo que descarta a los mayores de cincuenta, en el sistema de salud que trata los síntomas de la menopausia como inevitabilidad y no como condición tratable, en la publicidad que hace desaparecer los cuerpos que no tienen veinte años. No envejecemos solos. Somos envejecidos. ¿Quién nos envejece? ¿Con qué propósito? ¿A quiénes primero?

    El edadismo —así lo llamó en 1968 el gerontólogo Robert Butler— es la combinación de actitudes perjudiciales, prácticas discriminatorias y estructuras institucionales que se refuerzan mutuamente contra las personas mayores. No es un prejuicio individual. Es un sistema.

    La OMS documentó en 2021 que una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas. Una de cada dos. La persona que le habla al hijo en lugar de mirar a los ojos a la abuela que tiene la billetera en la mano. El médico que atribuye cada síntoma de una mujer de sesenta años a la edad sin investigar más. Nadie, en ninguno de esos casos, se despierta pensando en hacer daño. Simplemente repiten el guion. Que es, exactamente, lo más peligroso de los guiones: que no parecen guiones.

    El edadismo más eficaz no es el que viene de afuera. Es el que termina instalándose adentro. Los investigadores lo llaman edadismo internalizado: los estereotipos negativos sobre la vejez que se aprenden a lo largo de toda una vida se asimilan y se creen. La voz que dice ya estás grande para eso no necesita venir de otro. Con el tiempo, la decimos nosotros. Con la inflexión exacta de quien sabe de qué habla. Con la autoridad de quien se ha convencido de que está siendo realista.

    A veces nos cuesta verlo cuando nos pasa, pero lo vemos más claro en nuestras madres, o las de nuestras amigas. La tía a la que a los setenta le empezamos a decir que se cuidara un poco más, que no saliera a caminar sola. Hasta que comenzó a tener miedo de salir. Al principio la acompañábamos por las dudas, un año después ya prefería no dar un paso sin alguien al lado. Y entonces, efectivamente, dejó de poder. Su mundo se redujo a la cuadra de su casa, y poco después a un sillón. No hubo diagnóstico médico. Hubo un diagnóstico familiar, social. Nos miran como viejos, nos creemos viejos. Pero funciona ida y vuelta. Porque efectivamente, nos ponemos viejos cuando actuamos como viejos.

    Las mujeres somos envejecidas más temprano. La cultura y la sociedad nos retira la juventud antes —el primer comentario sobre las arrugas, el primer “para tu edad estás muy bien” que suena más a consuelo que a cumplido, la primera vez que dejamos de ser miradas con deseo. No hay un momento exacto. Hay una acumulación de gestos pequeños que un día suman un borramiento. Como en El Baile de Kundera, el foco dejó de iluminarnos, y seguimos girando sobre el escenario pero el público ya mira hacia otro lado.

    No es solo una sensación, ni una cuestión estética. Es estructural, y económica. Las mujeres que cuidaron hijos, padres, parejas enfermas durante décadas, acumularon menos aportes jubilatorios. Trabajaron más, pero el trabajo de cuidado no cuenta para los sistemas de seguridad social. En América Latina, en 2023, el 43% de las personas mayores recibía pensiones insuficientes para vivir. En el quintil más pobre, ese porcentaje llegaba al 83%. El sistema descansó sobre mujeres como si fueran infinitas. Las gastó primero. Las recompensó después, cuando podía, con lo que sobraba.

    La nueva moda del mercado “silver” comenzó a retratarlo en Hollywood. En La sustancia, la película de Coralie Fargeat que ganó el premio al mejor guion en Cannes en 2024, una presentadora de televisión de cincuenta años es despedida el mismo día de su cumpleaños porque su cuerpo ya no vende. Fargeat lo filma como terror porque lo es. Esos cuerpos sometidos a las cirugías , el botox y al ácido hialuronico son los monstruos contemporáneos.

    La idea extendida de que el cuerpo viejo es el cuerpo enfermo libera a la juventud de sus fantasmas, pero es profundamente falsa. La ciencia prometió primero vivir más, luego vivir más con buena salud, y ahora también vivir más con propósito y alegría. El gran capital de los longevos será la salud y, por eso, la promesa de fuerza, agilidad y buenos reflejos comienza a ser mucho más redituable que los lifting y las cremas antiage. “Me gusta mi cuerpo; me ha servido bien, de muchas maneras, y no le guardo rencor por el cuidado que ahora necesita – dice Adriano -Cuerpo, compañero, juntos nos moriremos”.

    El final que no cierra

    Hace unas noches volví a usar un perfume que llevaba años guardado. Fue sin querer: salía para el cumpleaños de un amigo y apareció allí, en el estante del baño, y sencillamente me dieron ganas. Cuando volví a casa esa madrugada sentí que había vuelto a ser yo —la que se reía a carcajadas, cantaba sin timidez y podía charlar de cualquier tema. ¿Habrá sido el aroma que me confundió? ¿O es que yo siempre fui esa, y algún guion equivocado me convenció de guardarla en el estante?

    Somos la primera generación que llega a este punto sabiendo, con datos, con evidencia, que probablemente viviremos treinta o cuarenta años más. El período que viene puede ser el más largo y el más propio de todos. Y sin embargo llegamos a él con un manual de instrucciones escrito para otra duración. 

    Mi hijo acumula datos inútiles desde muy pequeño. Esos que no van a resolver ecuaciones, ni hacerte rico, ni siquiera sirven para pasar un examen. No sé si los busca: los atrae. Se los va encontrando por ahí, los colecciona, los macera, y te los regala en el instante adecuado sin vocación de deslumbrar. ¿Sabés cuál es la mayor diferencia entre los perros y los humanos?, me preguntó una vez. Creí que esta vez le había ganado. Sí, claro. Que viven en un presente eterno, no tienen noción del tiempo. No, bueno, esa también, dijo. Pero la que a mí más me divierte es que si se ven en un espejo no se reconocen, creen que es otro perro. Es cierto, es peculiar y es bello: los perros distinguen su propio olor del de otros perros, pero no su imagen. ¿Será por eso, entonces, que no se preocupan por el paso del tiempo?

    La imagen en el espejo es la que instala el tiempo. La que compara, la que mide, la que dice: mirá lo que fuiste, mirá lo que sos. El perro no tiene esa imagen. Existe en el instante, completo, sin la sombra de su propia historia encima.

    El mar tampoco tiene espejos. Hay un momento, cada vez que entro al agua, en que el cuerpo recuerda algo que la tierra le hizo olvidar. Es cuando el peso desaparece y los pies se despegan del fondo y el cuerpo empieza a moverse con esa inteligencia que no aprendió nadie. El mar no sabe cuántos años tengo, y yo todavía busco la palabra para nombrar ese instante.

    La entrada Preparate para vivir cien años se publicó primero en Revista Anfibia.

     

    Difunde esta nota
  • |

    ANIMALES SUELTOS/PERSONAS ADENTRO Y LA REALIDAD QUE MATÓ A LA FICCIÓN

    La quietud del mundo se hace notar. El ser humano ha tenido que guardarse mientras la naturaleza sigue expresándose, esta vez en la soledad de las calles. La realidad mató a la ficción, en un mundo catastrófico de muerte y desolación, pero los animales, sí, cada uno de ellos salió a decir ¡acá estoy! Esto…

    Difunde esta nota
  • Funcionamiento de la Escuela de Arte en el marco de las restricciones

    La Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina informa que, en el marco de las medidas sanitarias, la Escuela de Arte lleva adelante el dictado de talleres en forma virtual en la medida que las características de los mismos lo permiten. Además, de acuerdo a lo manifestado por el coordinador de la Escuela…

    Difunde esta nota
  • Se coordinaron aspectos para la construcción del vacunatorio

    Tras el encuentro concretado hace menos de una semana entre el Intendente Marcelo Orazi y la Primera Dama Fabiola Yáñez en Olivos, este lunes visitó la ciudad Claudia Silveiro de su equipo de trabajo para coordinar aspectos de la construcción del vacunatorio pediátrico anunciado en esa oportunidad. Silveiro fue recibida por el Intendente Marcelo Orazi…

    Difunde esta nota
  • |

    HIGHLINE REGINENSE: POINT INTERNACIONAL

    Hace un mes atrás tuvimos la visita en Villa Regina de Guilherme Coury quien junto a otros dos slackers (Pablo Signoret y Rafael Bidi) ostentan uno de los records mundiales en la disciplina Highline, luego  de caminar sobre la cinta 200 metros de largo entre dos picos de los Alpes franceses a más de 3.000 metros de…

    Difunde esta nota

Deja una respuesta