Fe, espectáculo, geopolítica
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Fe, espectáculo, geopolítica

A diferencia de lo que suele creerse, los viajes apostólicos son relativamente recientes en la historia del papado. El primer papa que salió de Italia en el período contemporáneo fue Pablo VI. En 1964, tras un año en la silla de Pedro, visitó Jordania e Israel. En total realizó nueve viajes, concentrados en sus primeros siete años de papado. Entre ellos se cuenta una visita a Colombia en 1968, donde abrió la II Conferencia del CELAM. A principios de la década de 1960, Juan XXIII fue muy innovador en este plano y realizó visitas pastorales a cárceles y hospitales, pero no salió de Italia. Con anterioridad, Pío VI y Pío VII, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, habían abandonado los territorios de lo que entonces eran los Estados Pontificios —en el centro de la actual Italia— pero no por propia voluntad, sino apresados por las tropas napoleónicas. De hecho, el primero de ellos murió en cautiverio. Durante la edad media, en los siglos XIII y XIV, varios papas residieron fuera de Roma, pero tampoco por su decisión o en el marco de un viaje apostólico, sino debido a conflictos y enfrentamientos políticos.

En 1978, con la llegada del polaco Karol Wojtyla al papado, los viajes adquirieron una centralidad inédita y desde entonces devinieron una de las principales herramientas pastorales y diplomáticas del sucesor de Pedro. En su extenso pontificado, Juan Pablo II hizo 104 viajes apostólicos y recorrió 129 países. Un promedio de casi cuatro viajes por año. El “papa viajero”, como lo retrataban los cronistas en su tiempo, fue el gran artífice del “viaje papal” tal como lo entendemos hoy en día: como una combinación de fe, espectáculo, emocionalidad y geopolítica. Benedicto XVI aminoró el ritmo, pero no tanto. A pesar de su avanzada edad realizó 24 viajes en ocho años. Francisco, por su parte, realizó 47 en 12 años, con un ritmo similar al de Juan Pablo II.

El espectáculo de la fe

En 1967, el filósofo Guy Debord formuló una tesis provocadora: en las sociedades modernas, afirmó, la vida se parece cada vez más a una inmensa acumulación de espectáculos. Un tiempo después, Gilles Lipovetsky y Jean Serroy ampliaron esta intuición y elaboraron el concepto de “hiperespectacularización” con el que pretendían dar cuenta de la apelación constante a las emociones, la “economía de la experiencia” y la estelarización generalizada como rasgos esenciales de la cultura de masas del capitalismo de finales del siglo XX.

Lejos de oponerse a estas tendencias, el Vaticano supo moverse en ellas como pez en el agua. Desde finales del siglo XIX, cuando Pío XI aceptó fotografiarse y León XIII filmarse, el papado fue consolidando su proyección pública gracias a una creciente capacidad para adoptar el lenguaje del espectáculo y sumergirse en la cultura de masas. Con Pío XI, la Santa Sede puso en marcha la Radio Vaticana: una de las prioridades del papado de Achille Ratti. Durante la segunda mitad de los años treinta, la radio se consolidó como una emisora clave y se integró a la Unión Internacional de Telecomunicaciones. Poco después, durante el papado de Pío XII, Pacelli —que en Buenos Aires había sido la figura estelar del filme sobre el Congreso Eucarístico— dejó atrás los recelos hacia el cine y produjo en 1942 un documental biográfico sobre su vida y mensaje: Pastor Angelicus. En la década de 1960 y 1970, el proceso de estelarización papal se profundizó cualitativamente en parte gracias a los viajes papales.

Juan Pablo II fue el gran artífice del “viaje papal” tal como lo entendemos hoy en día: como una combinación de fe, espectáculo, emocionalidad y geopolítica.

En este contexto, Juan Pablo II encarnó el momento cumbre. Apoyado en su experiencia teatral juvenil —había querido dedicarse a la actuación—, convirtió sus viajes internacionales en eventos multitudinarios, realizados muchos de ellos en estadios de fútbol al modo de estrellas de la música popular o el deporte, en total sintonía con las lógicas del capitalismo emocional e inmersivo que describían Lipovetsky y Serroy. Juan Pablo II supo hiperespectacularizar la fe y conectar lo religioso con las lógicas de la sociedad de masas y la cultura emocional del capitalismo avanzado. Su gesto de besar el suelo de los países visitados es, tal vez, su imagen más conocida, pero ese papa fue, en todo momento, un gran productor de imágenes icónicas capaces de conmover a sus públicos y enlazar la experiencia religiosa con la cultura popular y la vivencia de emociones intensas. En 1988, en Oruro (Bolivia), se puso un casco minero desatando la fascinación de los trabajadores presentes, y en 1989 su risa genuina quedó inmortalizada frente a las cámaras durante una actuación de payasos. Estas imágenes, que recorrieron el mundo, contribuyeron a “humanizar” la figura papal y a potenciar procesos de identificación religiosa entre los fieles. Antes, en 1983 se lo había visto tomar las manos de quien había atentado contra su vida dos años antes, y en el Jubileo del año 2000 se abrazó con una ex prostituta con VIH.

La lista podría seguir infinitamente. Benedicto XVI, una figura poco carismática que, a diferencia de Wojtyla, claramente no sobresalía por su capacidad escénica, tuvo también sus momentos memorables. En 2011, durante su viaje a Madrid en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud, decidió permanecer bajo la lluvia cuando una tormenta se desató en plena celebración generando imágenes de alto impacto que los medios vaticanos difundieron con esmero. Igualmente, en 2012 durante su visita a México, aceptó probarse un sombrero de Mariachi para beneplácito de los presentes.

Los viajes de Francisco fueron un territorio increíblemente fértil para la producción de testimonios estéticos e icónicos.

Tras su impactante renuncia —tal vez el gran legado político y simbólico de su papado—, los viajes de Francisco fueron un territorio increíblemente fértil para la producción de testimonios estéticos e icónicos. No fue algo azaroso. Francisco comprendió desde el primer momento que sus acciones, gestos e intervenciones durante los viajes podían ser una de las mejores formas de dar a conocer sus ideas y reconstruir la autoridad papal y la influencia de la Iglesia. En 2013, en su primer lavatorio de pies rompió una tradición litúrgica centenaria al lavar los pies a dos mujeres, una de ellas musulmana, y en 2015 durante su viaje a Bolivia emuló a Juan Pablo II y posó con un casco minero. En 2016, en México, usó un sombrero de charro y ese mismo año, en el Vaticano, después de una audiencia general, lució un casco de bombero. En 2018 se produjo uno de los momentos más emotivos de sus doce años como papa cuando un niño pidió acercarse al pontífice durante una audiencia para preguntarle si su padre ateo, muerto recientemente, podía ir igualmente al cielo. Francisco, conmovido, lo abrazó y le dijo que Dios no abandonaba nunca a sus hijos, desatando aplausos y emociones en el público. En 2019, en uno de los momentos más impresionantes, se arrodilló y besó los pies de los líderes políticos rivales de Sudán del Sur mientras imploraba por el fin de la guerra. En 2023, el especial de Disney+ en el que Franciso conversa con adolescentes de manera franca y directa, sin un guion determinado, también dejó numerosas escenas e imágenes de alto voltaje mediático. Por último, sobre el final de su papado, Francisco produjo uno de los testimonios más impactantes cuando decidió recorrer la Basílica de San Pedro en silla de ruedas, sin atributos papales, cubierto con una manta y visiblemente deteriorado, exhibiendo sin atenuantes su fragilidad. Todo un gesto profético.

Un papa en Argentina

El único papa que visitó el país fue Juan Pablo II. Lo hizo en dos oportunidades, en 1982 y 1987. Es cierto que, con anterioridad, la visita del cardenal Eugenio Pacelli durante el XXXII Congreso Eucarístico Internacional de 1934 en Buenos Aires estuvo cerca de serlo. Por un lado, por la envergadura del visitante. Pacelli detentaba en ese momento el cargo de Secretario de Estado de Pío XI, uno de los puestos más altos del Vaticano. En su momento, la presencia de Pacelli no pasó desapercibida para la prensa que resaltó su importancia y subrayó el hecho de que era la primera vez que un secretario de Estado visitaba América. Por otro lado, el carácter de “casi” visita papal no era una mera observación entusiasta o caprichosa de los católicos. Pacelli participó del Congreso Eucarístico con el título de representante legado a latere del Papa, es decir, como un “otro yo” del mismo pontífice y con las potestades más amplias posibles. Finalmente, apenas unos pocos años después, en 1939, Pacelli fue elegido papa con el nombre de Pío XII. En Buenos Aires se festejó con fuerza, como si fuera un hombre propio.

Las visitas de Juan Pablo II tienen características muy diferentes. La primera fue apresurada y respondió a la guerra en Malvinas. Llegó el 11 de junio, tres días antes de la rendición, y solo permaneció en el país unas 30 horas. Celebró dos grandes misas: una en los bosques de Palermo y la otra en Luján. El objetivo entonces fue sobre todo evitar que su visita anterior al Reino Unido se interpretara como un apoyo a los británicos en el contexto de la guerra. Dicho viaje se había planificado mucho tiempo antes del conflicto y, aunque el Vaticano evaluó la posibilidad de suspenderlo, la decisión final fue ampliar el viaje e incluir a la Argentina para mantener el equilibrio.

El Vaticano analiza infinidad de variables antes de definir un viaje y tiene en cuenta muchos factores: religiosos, por supuesto, pero también políticos, sociales y geopolíticos.

La segunda visita sí tuvo todos los condimentos de un viaje apostólico: duró seis días y la comitiva papal recorrió más de una decena de ciudades: Buenos Aires, Luján, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario. En total se estima que el papa reunió a unos cuatro millones de personas en los distintos eventos. Además, pronunció dos decenas de discursos en los que, entre otros temas, se refirió a la indisolubilidad del matrimonio —en medio de la sanción de ley de divorcio en el país— y conmemoró la mediación papal que había evitado la guerra entre Argentina y Chile por el Canal de Beagle.

Entre los eventos más notables se cuenta la celebración del 12 de abril en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud, donde se congregaron alrededor de un millón de personas en la Avenida 9 de Julio en la ciudad de Buenos Aires para la misa de clausura, con la imagen original de la Virgen de Luján presente. También en Rosario, Córdoba y Mendoza los eventos fueron muy convocantes con multitudes que oscilaron entre 300 y 400 mil personas.

¿Cómo se decide un viaje apostólico?

Para que un viaje pueda concretarse los engranajes de la maquinaria diplomática vaticana se accionan con mucha antelación. Para que este proceso se inicie, el Vaticano exige una doble invitación: de las autoridades nacionales y de la Conferencia Episcopal del país en cuestión. Sin estas dos solicitudes el Vaticano no evalúa la posibilidad de realizar el viaje. Por supuesto, estas invitaciones suelen realizarse después de diferentes rondas más o menos informales de acercamiento que van construyendo la posibilidad real de la visita. La decisión no se toma a la ligera. Por el contrario, el Vaticano analiza infinidad de variables y tiene en cuenta muchos factores: religiosos, por supuesto, pero también políticos, sociales y geopolíticos. Como decía Francisco, el objetivo es “encontrar, acompañar y conocer al pueblo de Dios”, pero también fortalecer las relaciones entre la Santa Sede y determinados Estados y realizar un gesto profético: llamar la atención global sobre ciertos temas. A eso se suman factores geopolíticos. Por ejemplo, el anticomunismo de Juan Pablo II lo hizo viajar una y otra vez por Europa del Este, donde visitó nueve veces Polonia, su tierra natal. 

Una vez recibida la invitación, la Secretaría de Estado del Vaticano, junto con la Nunciatura Apostólica —el equivalente de una embajada— y la Conferencia Episcopal —que reúne a las autoridades de la Iglesia local—, elaboran un informe amplio y detallado para el Papa. En él se contemplan distintos aspectos: las circunstancias sociales y políticas, la situación de la Iglesia nacional, los antecedentes y muy especialmente la coyuntura política. Este último punto es particularmente delicado y, en general, el papa intenta evitar verse envuelto en las disputas electorales de signo partidario. Por eso, por ejemplo, no viaja durante campañas electorales. Más allá de los consejos de los asesores, la decisión final corresponde al papa. Francisco describió con claridad el proceso: “Escucho los consejos de los asesores y de la gente. Al final, rezo, rezo y pienso mucho. Y luego la decisión viene de dentro, como una fruta madura”.

En los últimos cincuenta años, la Iglesia fue dejando de ser una institución fundamentalmente europea para convertirse en una institución de naturaleza mucho más transnacional.

Desde el punto de vista de la institución papal, los viajes tienen además otro sentido: reforzar la proyección y la autoridad del papa, tanto dentro como fuera del mundo católico. También es un recurso importante para difundir las líneas directrices de cada papado. En parte, esto es así porque durante los viajes el pontífice es acompañado por varias decenas de periodistas, comunicadores, ensayistas e incluso científicos e intelectuales. En los últimos años suelen ser entre setenta y ochenta seleccionados según criterios que buscan el equilibro entre las grandes agencias internacionales (AP, Reuters y AFP), los medios de comunicación católicos (EWTN, Rome Reports, National Catholic Reporter, Crux), los medios del país anfitrión y los del país de origen del papa. También pueden integrar la comitiva escritores, como ocurrió con Javier Cercas durante el viaje de Francisco a Mongolia en 2023. Todo esto amplifica de una manera formidable la voz papal durante el viaje y es clave para instalar con relativa velocidad temas, definiciones y directrices. Además de los intercambios durante los vuelos —que se fueron flexibilizando, sobre todo con el papado de Francisco—, durante el trayecto de regreso se realiza una conferencia de prensa en la que el papa responde preguntas y ofrece un balance del viaje en pleno vuelo. Estas instancias tienen en nuestros días tanta o más importancia que las encíclicas y los distintos tipos de documentos oficiales para delinear un rumbo e influir a nivel internacional.

Francisco dejó infinidad de definiciones a través de sus extensas y variadas conversaciones durante los vuelos. Los destinos, además, pueden ser mucho más contundentes a la hora de trasmitir un mensaje que las palabras mismas. Por ejemplo, Jorge Bergoglio inició su papado visitando —aunque dentro de Italia, es decir, en visita pastoral— la isla de Lampedusa, como un modo de denunciar la situación de la inmigración africana en Europa y cuestionar lo que definió como la “globalización de la indiferencia”. El gesto fue tremendamente eficaz. De igual manera, durante sus viajes por Bolivia y Paraguay, Francisco realzó la labor de los movimientos sociales y populares y dejó definiciones que luego encontramos en los principales documentos de su papado: las encíclicas Laudato si’ y Fratelli tutti, o la exhortación apostólica Dignitas infinita.

En la década de 1960, cuando Pablo VI eligió Tierra Santa para iniciar los viajes apostólicos lo hizo, entre otras cosas, con la intención de animar el diálogo ecuménico, uno de los ejes de su papado. Allí se abrazó con Atenágoras I, el Patriarca de Constantinopla. De igual modo, tras la famosa crisis de los misiles en Cuba, que estuvo cerca de desatar una conflagración nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, su discurso en la ONU en 1965 puso el énfasis en la paz y en la importancia de desarrollar instituciones internacionales para resolver los conflictos. Por su parte, durante su viaje a India, se reunió con personas de barrios marginales de Bombay en sintonía con su defensa de una Iglesia en “opción por los pobres”.

La segunda visita de Juan Pablo II a la Argentina reunió a unos cuatro millones de personas. Además, más de veinte discursos en los que, entre otros temas, se refirió a la indisolubilidad del matrimonio y conmemoró la mediación papal que había evitado la guerra entre Argentina y Chile por el Canal de Beagle.

De igual manera, Juan Pablo II utilizó los viajes, desde el comienzo mismo de su papado, para plantear su defensa de la “moral católica”. En Filadelfia en 1979 y en Escocia en 1982 enfatizó la importancia de la castidad —definida como plenitud del amor— y el sacramento del matrimonio. Muchas de estas ideas fueron conformando lo que se conoció más adelante como “teología del cuerpo”.  En 1989, durante su viaje a España volvió sobre este tema y condenó las experiencias de “mero goce” sexual. Sus frecuentes visitas a Polonia fueron uno de los principales vehículos de afirmación de su férreo anticomunismo. El mismo Mihail Gorbachov, premier soviético entre 1985 y 1991, reconoció tras la caída de la URSS, que las visitas del papa habían sido un factor de desestabilización en Europa del Este. En los primeros años de su papado, Ratzinger aprovechó sus viajes a Austria, Francia y Alemania para hablar de la importancia del catolicismo en la historia europea y apelar al derecho natural como freno al “relativismo cultural” y la secularización, dos de los ejes de su papado.

Los destinos elegidos para un viaje papal reflejan las diferentes sensibilidades teológicas, así como un cierto cambio estructural en la composición del catolicismo. En los últimos cincuenta años, la Iglesia ha ido dejando de ser una institución fundamentalmente europea, aunque con numerosas terminales a lo largo y ancho del mundo, para convertirse en una institución de naturaleza mucho más transnacional, con un peso relativamente más equilibrado entre las distintas regiones. Algo que, entre otras cosas, se refleja en los cónclaves conformados cada vez por más cardenales provenientes de fuera de Europa.

Juan Pablo II realizó casi el 60 por ciento de sus viajes a países europeos y Benedicto XVI elevó ese número a casi el 68 por ciento; Francisco dio un giro de timón y otorgó mucha más importancia a las “periferias”. Seis de cada diez viajes fueron fuera de Europa. Además, fue el primer papa en visitar Mongolia, Myanmar, Sudán del Sur e Irak. En el caso de León todavía es muy temprano para sacar conclusiones, pero en lo que va de papado parece seguir la senda de Francisco. Visitó África (Argelia, Camerún, Angola, Guinea Ecuatorial) y, en pocos días, llegará a América Latina para estar en Perú, Argentina y Uruguay.

El tiempo de León

En este año y medio de papado, León XIV mantuvo un estilo de comunicación más cauto. En general, ha priorizado los canales formales del Vaticano y sus declaraciones suelen ser menos especulativas y más escuetas. En parte esto puede relacionarse con la espiritualidad agustiniana —que pone el acento en la introspección y el autoconocimiento— y con la propia personalidad de Prevost. También, claro está, con una estrategia política tendiente a disminuir la polarización interna en la Iglesia, una de las herencias difíciles legadas por Francisco.[5] No obstante, es muy temprano para ser taxativos.

Durante los últimos meses se notó un cierto cambio en el tono ensayado por León XIV. El ataque que recibió de Donald Trump —quien lo acusó de ser débil con la delincuencia y pésimo en política exterior— no solo fue torpe sino también inoportuno. Está claro que el presidente estadounidense conoce poco la diplomacia vaticana —o sencillamente no le importa—, puesto que eligió el peor momento posible para desafiar a Prevost, quien ya tenía un pie en el avión rumbo a África. Como señalamos, su respuesta breve pero contundente —“no le tengo miedo”— fue formulada en medio del vuelo hacia Argelia e inmediatamente amplificada por las decenas de periodistas que lo acompañaban como un golpe directo al mentón de Trump. En Argelia, además, su imagen orando en silencio y descalzo en la Gran Mezquita de Argel frente a la qibla (el muro orientado a La Meca) fue interpretada como un apoyo al diálogo interreligioso y una crítica a los discursos anti musulmanes de sectores católicos y evangélicos nucleados en MAGA, la coalición que sostiene al republicano. Recientemente lo dijo con todas las letras: la extrema derecha no es una “expresión auténtica del cristianismo”.

León XIV mantuvo un estilo de comunicación más cauto. En general, ha priorizado los canales formales del Vaticano y sus declaraciones suelen ser menos especulativas y más escuetas.

En su visita a América Latina tiene previsto ir Casavalle, uno de los barrios marginales de Montevideo (Uruguay), y al Cottolengo Don Orione de Claypole (Argentina), una institución católica destinada al cuidado de personas con discapacidad duramente afectada por la política de ajuste fiscal y la persecución política del gobierno de Javier Milei. Además, recibirá a dirigentes sociales y sindicales en la UCA, y visitará el Penal de Villa Devoto. Finalmente, en Perú, se encontrará con representantes indígenas de la Amazonía, con comunidades tradicionales en Cuzco y visitará la Capilla San Óscar Romero —el obispo mártir de El Salvador— en Chiclayo. Allí, además, se reunirá con comunidades campesinas. Antes de partir, en Lima visitará un hogar de adultos mayores. La agenda sugiere una continuidad con la orientación teológica de Francisco y, en el caso argentino, es claramente incómoda para el gobierno libertario. En Perú, los enemigos de Prevost, otrora nucleados en el Sodalicio —disuelto finalmente por Francisco poco antes de morir, pero a instancias de los informes del actual papa—, abren interrogantes sobre el desenvolvimiento de la visita. Santiago Roncagliolo, en su reciente libro El pastor y los lobos, traza un riguroso cuadro de la poderosa trama de intereses que quisieran ver trastabillar a Prevost y harán lo imposible por lograrlo. 

Aún con estos riesgos, desde el punto de vista religioso, político, estético y comunicacional, es esperable que, como ocurrió en África, el viaje contribuya a elevar el perfil de León XIV y a consolidar su voz propia. Lo necesita en un contexto de desafíos crecientes dentro y fuera de la Iglesia. En este sentido, el hecho de sostener el viaje tras su intervención quirúrgica potencia su figura y aumenta su credibilidad como un líder genuinamente comprometido con el humanismo social católico que, contra viento y marea, Francisco buscó proyectar en la política internacional.

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    Facundo Jones Huala había sido detenido de forma irregular el pasado domingo. Los efectivos que lo arrestaron no presentaron orden judicial. La denuncia fue realiaza por el Ministerio de Seguridad Nacional a cargo de Patricia Bullrich y se basaba la acusación por «incitación a la violencia» en palabras que el lonko había expresado durante una presentación de un libro de poesía que el propio Facundo escrito el pasado verano.

    La Gremial de abogados que lleva adelante su defensa judicial ya había emitido un comunicado alertando sobre la audiencia que se realizó esta mañana y las irregularidades del proceso que hoy dicto prisión preventiva:

    EN UN MARCO DE INNUMERABLES Y GRAVES IRREGULARIDADES AVANZA EL PROCESO A FACUNDO JONES HUALA, FINALMENTE, LOS ABOGADOS DEFENSORES DE LA GREMIAL PUDIMOS ACCEDER A ALGUNA INFORMACIÓN (INSUFICIENTE) SOBRE LA AUDIENCIA FIJADA PARA MAÑANALA GRAVEDAD DE LA PRETENSIÓN FISCAL EN BASE A UN CÓDIGO “MODERNO”

    Para que quede claro: Facundo fue detenido irregular e ilegalmente, sin orden judicial.

    No se nos permitió hablar con él cuando nos llamó el oficial “de inteligencia de la Policía Federal” (sic) que era parte del grupo que lo detuvo y que nos informó de un número de causa hasta ahora inexistente y de una intervención del juez federal Andreani y la fiscal Pagano Mata.

    Más de 6 horas después “apareció” una orden y más de 40 horas después, finalmente, los defensores fuimos notificados por la autoridad judicial, y en forma confusa, de los delitos que se le imputan.

    También ahora nos enteramos de las cuestiones que la Fiscalía pretende tratar en esta audiencia “multipropósito”.

    Mientras tanto, todas las conversaciones que Facundo tuvo con sus defensores fueron con teléfonos en altavoz y en presencia (y atenta escucha) de personal de la Policía Federal.Con lo cual afectan el derecho de privacidad entre Defensor e Imputado.

    Ahora se nos informa que no está previsto el acceso por medio de videoconferencia (zoom, youtube, etc.) a todo aquel interesado en presenciar la audiencia, violando el principio de publicidad que supuestamente es uno de los ejes del Código de procedimientos vigente.

    Nosotros, en cumplimiento de lo que la norma mencionada manda informamos los datos de acceso a la plataforma zoom que se nos han enviado: ID. de reunión: 833 7803 0426 / Clave de acceso: 4607.

    La audiencia tiene hora de inicio prevista a las 9:00 de mañana 11 de junio.

    Por último queremos destacar algo que creemos de máxima gravedad (dentro de un panorama de hechos de por sí graves): nos acabamos de enterar, como dijimos, que la Fiscalía pedirá en la audiencia de mañana que el proceso contra Facundo se desarrolla según lo previsto en el Título IV del Libro Segundo (arts. 334 a 336) del Código Procesal Penal Federal vigente.A él nos remitimos y cualquiera que lo lea podrá apreciar la gravedad de esa pretensión.

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