¿Ya somos un país de mierda?
|

¿Ya somos un país de mierda?

Mejor país del mundo. País de mierda. País potencia. País invivible.

No son cuatro países distintos. Es el mismo, y esas son frases que decimos nosotros mismos, a veces en el mismo día. A veces en el mismo asado, en la misma conversación, con el mismo vino. El que a las 7 de la tarde jura que esto no tiene arreglo, que se va en cuanto pueda, que acá no hay futuro para nadie, a las 11 de la noche asegura que somos los mejores del mundo, que en ningún lado se come tan bien, que en ningún otro país es tan fácil hacer amigos, que los argentinos somos los más vivos, los más creativos, los más apasionados. Que este país tiene todo para ser una potencia. Todo.

***

Este libro comenzó como una columna. En 2017, Martín Ale, un editor de la revista Anfibia, me preguntó sobre qué quería escribir. Le conté que estaba bastante harto de que en la Argentina siempre nos tiráramos abajo: que en cualquier charla de  ascensor, en cualquier reunión de trabajo, en cualquier sobremesa, el país era un desastre, todo estaba por el piso, todo era peor que afuera. Me dijo, sin pensarlo mucho: “Ya tenemos el  título: ‘No somos un país de mierda’”. Escribí la columna. Fue lo más leído que escribí en mi vida.

En ese momento, la Argentina no estaba tan mal. No habían llegado todavía la crisis del último tramo del gobierno de Macri, la pandemia ni la inflación de tres dígitos. Los salarios reales estaban en niveles relativamente altos para la historia reciente argentina, y la pobreza por ingresos estaba en valores mínimos,  como en mucho tiempo no se habían conocido. Pero luego vino  el tobogán: crisis cambiaria, pandemia, inflación galopante, deterioro acelerado de las condiciones de vida de millones de  personas. Sin ese tobogán, no se entendería por qué perdió  Macri en 2019 ni por qué Milei llegó a la presidencia en 2023.  Cada año que pasaba, algún amigo me preguntaba, entre risas: “¿Ya somos un país de mierda?”. Y cuando contaba que estaba  escribiendo este libro me decían: “Apurate, que en cualquier  momento el ‘todavía’ deja lugar a la realidad”. Hacían bien en preocuparse. En eso, precisamente, reside la razón de este libro. 

Si la columna de 2017 nació de una molestia, este libro nació de dos. La primera es la misma de entonces: el autoflagelo permanente, el argentino que no para de hablar mal de su país, convencido de que en cualquier otro lugar todo es mejor. Por  supuesto, casi todos oscilamos entre los dos extremos según el  humor que tengamos. Pero cuando uno mira los promedios, aparecen diferencias. En una encuesta que hice en 2019, confirmé algo que sospechaba: ese autoflagelo no estaba distribuido uniformemente en la sociedad. Era bastante más pronunciado  en votantes liberales de derecha que en peronistas y progresistas (más nacionalistas, por cierto). No es casualidad que en 2022 el  gobierno de Alberto Fernández lanzara una campaña llamada  “Mierda, qué país”, reapropiándose del significante y, subrepticiamente, cuestionando a quienes hablaban del país de mierda. El autoflagelo no es solo un rasgo pintoresco del carácter  nacional. Tiene consecuencias. Difícilmente pueda hacerse valer  en la esfera internacional un país que habla mal de sí mismo con tanta convicción: negocia desde la debilidad, proyecta fragilidad y termina interiorizando la mirada del que lo subestima antes de que el otro se la dirija. La autoestima nacional no es vanidad, sino la condición mínima para que la propia gente se crea el proyecto, para que el talento que el país produce no emigre convencido de que acá nunca hay futuro. Y cuando el  diagnóstico es que todo está roto y nada funciona, la conclusión  política resulta predecible: hay que dinamitar todo. La frase pertenece a Javier Milei, pero la lógica fue compartida por una parte importante de la sociedad que lo votó. El problema  es que esa narrativa del fracaso total no distingue lo que está  roto de lo que anda medianamente bien, y habilita destruir lo segundo junto con lo primero. 

La segunda molestia apunta en la dirección opuesta. El  relato del “mejor país del mundo” –que cobra más fuerza en  sectores del peronismo y el progresismo– también impide ver  con claridad, pero de otra manera. Lleva, primero, a minimizar lo que está mal: “Esto no es tan grave” –la inflación,  los “tongos”, las regulaciones inexplicables o la ineficiencia  estructural del Estado argentino, entre muchas otras cosas–. Lleva, segundo, a hacer la vista gorda frente a algo que los datos lamentablemente muestran con claridad: hay países que durante décadas estuvieron por detrás de nosotros en  casi cualquier métrica de desarrollo y que hoy en día nos superan. Chile es el caso más emblemático y, para buena parte del progresismo argentino, el más incómodo: durante años se minimizaron o desmerecieron sus avances, en parte porque la derecha local lo usaba como caballito de batalla, y aceptar  que había algo para aprender de nuestros vecinos se sentía como una concesión política. Lleva, tercero, a creer que lo  argentino siempre y en todo lugar es mejor que lo extranjero: que podemos producir absolutamente cualquier cosa, que nuestras industrias merecen protección indefinida, soslayando  que a veces producimos caro y con calidad inferior a nuestros competidores. El resultado es conocido: durante mucho tiempo se subsidiaron promesas que nunca se cumplieron, pagadas  por todos, cobradas por pocos. 

Y, cuarto y último, lleva a lo que podría llamarse el síndrome  de la excepcionalidad criolla: la convicción de que la Argentina  es tan singular que ninguna experiencia externa sirve como  inspiración, y siempre hay que inventar la pólvora en materia  de políticas públicas. En el fondo, esa idea (que tuvo varias traducciones populares, desde la famosa frase atribuida a Simon Kuznets de que hay cuatro tipos de países –“los desarrollados,  los subdesarrollados, Japón y la Argentina”– hasta “el país donde  mueren las teorías”) es una manera de tirar la pelota afuera:  si el afuera jamás nos sirve de guía, siempre habrá una razón para no cambiar nada. 

Los dos relatos –el del fracaso total y el del mejor país del  mundo– llegan al mismo resultado práctico: la imposibilidad  de deslindar qué hay que cambiar de raíz y qué vale la pena consolidar. Quienes creen que todo está roto no pueden ver lo  que funciona. Quienes creen que todo funciona no pueden ver  lo que está roto. Los dos polos miran al país, pero ninguno lo ve. Este libro es un intento de verlo. 

¿Ya somos un país de mierda?

Tres tesis 

Este libro plantea tres tesis. La primera es que, efectivamente, no somos un país de mierda. Si “de mierda” significa estar en el fondo de la tabla en los indicadores de desarrollo económico y social –y, por ende, en bienestar–, la Argentina está muy lejos  de eso. Y si significa ser un país irrelevante a escala global, tampoco lo somos. Somos un país que cómodamente se ubica de  mitad de tabla para arriba respecto de casi cualquier indicador, y un actor que, sin ser una potencia, no es para nada pequeño ni marginal. 

Veamos algunos datos.1 Somos más ricos que la mayoría de  los países: nuestro PBI per cápita es de 26 772 dólares, un 25% más alto que la media mundial y un 34% más alto que la media regional. La esperanza de vida al nacer es de 77,4 años, 4 años  por encima de la media mundial y casi 2 por encima de la latinoamericana. La mortalidad infantil es inferior al 1%: menos  de la mitad del promedio mundial y por debajo de la media  regional. Los adultos argentinos tienen en promedio 11,2 años de escolarización, 2 más que la media mundial y latinoamericana. Somos uno de los países menos violentos de América, con una  de las tasas de homicidios más bajas del continente. Somos más democráticos que la media mundial y regional. También somos uno de los países del mundo con mayor tolerancia cívica: el  porcentaje de personas a las que les molestaría tener un vecino  inmigrante, de otra religión u homosexual está entre los más  bajos del mundo. Si bien el racismo y la discriminación existen, la Argentina está muy lejos de ser uno de los países más racistas del mundo, como se llegó a afirmar durante el Mundial de 2026: las distintas formas disponibles de medirlos no la muestran ni  cerca de los peores casos.2 Las brechas de género –por ejemplo, en distribución del trabajo no remunerado o en derechos civiles y políticos– son grandes y persistentes, pero están más cerca  de las de un país europeo que de las de un país promedio. Y  aquí la gente se declara más satisfecha con la vida que en gran  parte del mundo: la Argentina es uno de los lugares donde más  se ríe, más se disfruta, más se dice sentir libertad para elegir  el propio camino. 

Hay dimensiones menos conocidas que también pueden sorprender a más de uno. Los argentinos somos un pueblo de lazos sociales fuertes: el 90% dice tener a alguien en quien confiar en momentos difíciles –una de las cifras más altas del mundo– y  somos uno de los países donde más frecuentemente la gente  se sienta a comer con otros. No es un dato menor. Ese sólido  entramado de vínculos –el asado, la sobremesa larga, el amigo que aparece cuando las cosas se ponen difíciles– explica algo que los datos de bienestar subjetivo muestran con consistencia y que a muchos les cuesta creer: los argentinos somos bastante  más felices de lo que pensamos. 

A eso se suma una presencia cultural y una escala que tampoco se condicen con el relato del país marginal. Somos un  país de 46 millones de habitantes –puesto 34 sobre casi 200 países–, miembro desde la primera hora del G-20, el foro que  reúne a las principales economías desarrolladas y emergentes del mundo. En lo cultural el peso tampoco es menor. Según el  sitio Pantheon, que mide la influencia de las personalidades en  el curso de la historia siguiendo su presencia global en Wikipedia, la Argentina ocupa el puesto 14 entre los países con más figuras influyentes nacidas en el siglo XX.3 El papa Francisco, Messi, Maradona, el Che Guevara, Fangio, Piazzolla, Martha Argerich, Mercedes Sosa, Borges:4 sus entradas están traducidas  a más de cincuenta idiomas, leídas en todo el mundo. Pocos  países pueden mostrar algo parecido. 

En términos territoriales tampoco somos irrelevantes. La Argentina ocupa el octavo lugar en el ranking de los países con  mayor superficie del mundo. La combinación de cordilleras y  llanuras, sumada a nuestra extensión vertical –desde el trópico  de Capricornio hasta latitudes subpolares– nos confiere una de las diversidades climáticas y geográficas más amplias del planeta.5 Estamos también, en comparación con otros países, relativamente a salvo de grandes catástrofes naturales: en los  últimos treinta años nos contamos entre los países con menor  tasa de muertes por ese motivo. Vivimos, además, en una de las  regiones más pacíficas del planeta, lejos de las grandes guerras y conflictos armados. 

Esto no significa que todo esté bien. La Argentina da mal  –a veces muy mal– en un conjunto de dimensiones centrales. Hemos tenido una de las inflaciones más persistentes y destructivas del mundo, con una inestabilidad macroeconómica que es casi un rasgo estructural: pocos países han pasado tantos años en recesión como nosotros en las últimas cinco décadas.6 El crédito al sector privado expresado como porcentaje del PBI es bajísimo, síntoma y causa a la vez de  esa inestabilidad. Los indicadores de percepción de corrupción nos ubican muy por debajo de la mitad de la tabla. La confianza en las instituciones y en las personas por fuera del  núcleo más cercano es baja. La calidad educativa –medida  por el desempeño de nuestros chicos en el sistema escolar– es muy mediocre, especialmente si se considera el nivel de  inversión que le destinamos. Y nuestro Estado es estructuralmente ineficiente: obtiene resultados sistemáticamente malos  para la magnitud de los recursos que maneja. A eso se suma  que, si bien somos de los más igualitarios de América Latina,  seguimos siendo más desiguales en ingresos que la mayoría de los países fuera de la región. Son problemas profundos  y reales. Pero no alcanzan para hacer un país de mierda de uno que, en tantas otras dimensiones, presenta indicadores muy de mitad de tabla para arriba. 

La segunda tesis es que, contrariamente a lo que se cree,  en la mayoría de los indicadores de desarrollo, la Argentina progresó contra sí misma (es decir, en términos absolutos, en  sus propios indicadores) en el largo plazo. El índice de desarrollo humano aumentado (IDH-A) –que combina PBI per  cápita, años de escolarización, esperanza de vida e índice de  democracia– muestra una trayectoria ascendente en el tiempo  (gráfico 1). Es cierto que el PBI per cápita fue terriblemente  errático y que actualmente estamos un poco por debajo del  pico histórico de 2011, pero también es cierto que somos más  ricos –en términos absolutos– que hace treinta, cincuenta o  cien años. La esperanza de vida y los años de educación de  la población están en máximos históricos. El país tendió a  democratizarse. En términos culturales, nos fuimos volviendo  más abiertos y tolerantes. En 2010, la Argentina pasó a ser el  décimo país del mundo y el primero de la región en legalizar  el matrimonio igualitario.

Sigamos. El acceso a infraestructura (electricidad, cloacas,  telefonía, internet, agua potable) está en máximos históricos.  Lo mismo sucede con el porcentaje de hogares en viviendas  de material considerado aceptable. El hacinamiento está en  mínimos desde que hay registro. La gente gasta relativamente  menos que antes en alimentos, señal de que empezó a demandar  otro tipo de consumos no tan de supervivencia. La población  se fue volviendo más alta, síntoma de que nos nutrimos mejor  que antes. No hay evidencia de que seamos más infelices que antes; más bien sucede lo contrario. Tampoco hay evidencia  de que nos sintamos menos libres con nuestras vidas, sino  al revés. Ni tampoco hay evidencia de disolución de lazos  sociales: el porcentaje de personas que dice tener en quien  confiar permanece en niveles muy altos desde que se mide  hace ya casi dos décadas. La cantidad de horas trabajadas  (remuneradas) por persona ocupada estuvo en mínimos históricos en los últimos años, señal de que tenemos más tiempo  libre –sin el cual no podrían haber crecido con tanta fuerza  la industria del entretenimiento y el turismo de unas décadas  a esta parte–. Muchas de las brechas de género –como las de  años de educación, derechos civiles y políticos, participación  en el mercado laboral o jefatura de hogar– han disminuido  notablemente, y en algunos casos se han revertido –como en  educación–, aunque en otros persisten y son muy amplias. Hoy  tenemos la menor tasa de homicidios desde al menos los años  sesenta. Son datos contraintuitivos, raramente mencionados  y, cuando aparecen, inevitablemente polémicos. Pero difícilmente cuestionables. 

Por supuesto, reconocer el progreso no es lo mismo que  conformarse con él: en casi todas estas dimensiones, los avances  son reales y, al mismo tiempo, insuficientes, y el trecho que  falta recorrer es enorme. Y a eso se suman las dimensiones  en las que la Argentina no solo no progresó, sino que directamente retrocedió. El mercado laboral tendió a precarizarse desde los años setenta. En desigualdad de ingresos, el panorama es mixto: mejor que en gran parte de nuestra historia,  pero peor que cuando supimos ser más igualitarios, durante  el tercer cuarto del siglo XX. Nuestra estructura productiva,  que se fue complejizando entre fines del siglo XIX y la década  de 1970, involucionó en muchos aspectos desde entonces. Y si  bien la educación se masificó, su calidad no mejoró según las  pruebas estandarizadas internacionales, e incluso las pruebas nacionales Aprender muestran retrocesos alarmantes en los  últimos años.7 

Con todo, son bastante más los indicadores que muestran progreso en términos absolutos que los que marcan retroceso  indiscutido. Nada de esto encaja con el relato dominante –ni  el libertario ni el peronista ni el progresista ni el conservador– que habla de un paraíso perdido de hace cincuenta o cien años  al que hay que volver. 

Pero el mundo tampoco se quedó quieto. Mientras la Argentina progresó en muchos indicadores, el resto avanzó más rápido  y aún en más aspectos. 

Así llegamos a la tercera tesis: a pesar de ese progreso real, la  Argentina se fue quedando atrás respecto de los demás países.  En casi cualquier indicador de desarrollo, cayó en los rankings  mundiales. Todavía no lo suficiente como para quedar debajo  de la media mundial y regional, pero sí de manera incontestable. Países antes más atrasados que nosotros hoy nos superan  en la mayoría de las métricas. Chile es el ejemplo más cercano,  pero también lo son Corea del Sur, Polonia, España o Portugal,  entre muchos otros. 

Retomemos el índice de desarrollo humano aumentado del  gráfico anterior, pero ahora veamos cómo evolucionó la Argentina en el ranking mundial (gráfico 2). Entre 1870 y 1950, el  país estuvo por lo general entre los veinte de mayor desarrollo humano. Tuvo caídas pronunciadas durante las dictaduras de 1966-1973 y 1976-1983, que golpearon particularmente el componente democrático del índice. Después de 1983, recuperó  inicialmente posiciones, pero luego fue perdiendo terreno:  nuestro magro desempeño en economía y el avance sostenido  de otros países en indicadores económicos, de salud, educación  y democracia hicieron el resto. 

No solo eso: también nos fuimos volviendo más irrelevantes en  el mundo y en la región. No lo suficiente como para pasar a  ser marginales, pero sí de manera notoria. Entre 1820 y 1950, la participación argentina en la economía mundial creció de  forma sostenida, del 0,1 al 1,6%, y llegamos a estar entre las  once economías más grandes del planeta. Desde entonces,  retrocedimos hasta el actual 0,7%. En la región ocurrió algo  parecido: en 1950 éramos la principal economía latinoamericana, por encima de Brasil y México, países varias veces más  poblados que el nuestro. Hoy estamos cómodamente terceros, disputando el cuarto lugar con Colombia. 

Todo esto es decadencia relativa, y es real. No inventamos  que éramos mejores comparativamente: en algún momento lo  éramos. Pero esa decadencia relativa suele contarse como caída  absoluta –“Éramos el Primer Mundo y nos convertimos en un  país de mierda”–, cuando en realidad es otra cosa: crecimos,  pero no al ritmo que necesitábamos; mientras tanto, otros sí  lo hacían. Ese es el país que este libro intenta retratar: una  Argentina que vive mejor que antes, mejor que buena parte del  mundo (por ahora), pero peor que lo que pudimos haber sido. 

1 Los informes y fuentes de donde han sido tomados los datos pueden  encontrarse al final del libro. 

2 Por ejemplo, según la última ola de la Integrated Values Surveys, solo  el 2,7% de los argentinos dice que no querría tener como vecino  a alguien de “otra raza”, frente al 17% en el promedio mundial. Ver  Schteingart (2026). 

3 Sobre un total de 87 497 figuras públicas con múltiples traducciones  y nacidas en el siglo XX en Wikipedia, la Argentina tiene 1171, lo que  nos ubica en el puesto 14. Si se ponderan esas figuras por cantidad  y diversidad geográfica de visitas o cantidad de idiomas, también se  mantiene en el puesto 14. Si tomamos toda la historia de la humanidad en lugar del siglo XX, nuestro país baja al puesto 22 dado que  casi no tiene figuras públicas relevantes antes del siglo XVIII.

4 En rigor, Borges nació en 1899. 

5 Sobre un total de 30 climas posibles según la clasificación de Köppen  Earth, la Argentina tiene 21 en al menos un kilómetro cuadrado. Es el  segundo más alto del mundo solo detrás de los Estados Unidos (con  25). El autor agradece a Daniela Risaro el procesamiento geoespacial. 

6 Entre 1975 y 2024, la Argentina estuvo en recesión –caída del  PBI– durante veintidós de esos cincuenta años, es decir, el 42% del  tiempo. Ningún otro país del mundo registró una frecuencia similar.  Si se mide por PBI per cápita en lugar de PBI total, son veinticuatro  años con caídas. De esta manera, mejora algunos puestos, pero  sigue en el fondo de la tabla.

7 De acuerdo con las pruebas PISA, la Argentina pasó de sacar 381  puntos (sobre un máximo de 600) en matemáticas en 2006 a obtener  378 en 2022; en ciencias pasó de 391 a 406; en lectura pasó de  418 a 401 (entre 2000 y 2022). Los datos corresponden a evaluaciones realizadas a alumnos de 15 años. En tanto, los datos de las  pruebas Aprender son particularmente alarmantes en matemáticas:  entre 2013 y 2024, el porcentaje de alumnos de nivel secundario con  desempeño por debajo del nivel básico pasó del 40 al 54,6%.

La entrada ¿Ya somos un país de mierda? se publicó primero en Revista Anfibia.

Te puede interesar

  • EL EJECUTIVO POR DELANTE DEL DELIBERANTE

    En el día de la fecha el Concejo Deliberante en sesión online aprobó una moción presentada para la concejal Agustina Fernandez (JSRN) para que la ordenanza sobre semáforos sonoros sea votada si o si la semana que viene. Como el reglamento interno dispone, más allá del trato que le dé la comisión de planificación, comisión…

  • Se recuerda a los vecinos no ingresar a El Sauce por el paso a nivel

    La Municipalidad de Villa Regina solicita a los vecinos no ingresar a barrio El Sauce por el paso a nivel donde la Secretaría de Obras y Servicios procedió a la colocación de un paño de hormigón con badén lateral que evitará la acumulación de agua los días de lluvia. En este sentido se recuerda que…

  • Nueva excursión en Buta Ranquil: 10 km entre cuevas, fósiles y paisajes volcánicos

     

    El geólogo y guía de senderismo Eduardo Vega, residente en Buta Ranquil y trabajador en Chos Malal, presentó una actividad pensada para quienes viven en el Alto Valle y buscan experiencias nuevas sin alejarse demasiado. “De acá al valle son unas tres horas”, contó en AM Cumbre 1400, gracias a la nueva ruta por Cortaderas y Añelo que redujo considerablemente los tiempos de traslado.

    La salida está programada para el domingo 23, con punto de encuentro en la oficina de Turismo de Buta Ranquil. Desde allí comenzará un recorrido que combina arqueología, geología y paisaje patagónico, en un entorno poco explorado por los visitantes habituales de la región.

    Senderos usados por pueblos antiguos

    El circuito fue bautizado Senderos Ancestrales porque sigue trazas históricas utilizadas por los pueblos originarios. Vega señaló que en la zona “hay cuevas donde ellos vivían”, algunas con pinturas rupestres que forman parte del patrimonio provincial. También se recorrerán sectores cercanos al arroyo Cajón del Buen Trigo, donde existen más refugios naturales y aleros utilizados por antiguas comunidades.

    Durante la caminata, los participantes podrán observar picaderos, fragmentos de obsidiana y otros restos arqueológicos, elementos que dan cuenta del uso ancestral del territorio.

    Un entorno marcado por el volcán Tromen

    El tramo principal se desarrolla a los pies del volcán Tromen, uno de los puntos geológicos más relevantes del norte neuquino. El guía explicó que el recorrido sigue el curso de un arroyo formado sobre antiguas coladas de lava, donde aún es posible identificar el material expulsado por erupciones históricas. Allí también se podrá ver un sector donde el agua brota desde debajo del escorial volcánico, un fenómeno característico de la zona.

    Vega no solo relata el paisaje, sino también la historia del lugar: en el camino explicará cuándo ocurrieron las erupciones, el tipo de material volcánico presente y cómo se formaron estos relieves que hoy constituyen un atractivo natural singular.

    Fósiles marinos al inicio del recorrido

    Antes de iniciar la caminata larga, el grupo recorrerá un sendero corto junto a la oficina de Turismo. El edificio está construido sobre una barda compuesta por rocas marinas, donde se encuentran braquiópodos, fósiles de organismos que vivieron hace millones de años cuando la zona estaba cubierta por el mar. “Son fósiles marinos del fondo del mar”, describió Vega, y forman parte de un ambiente geológico único en la provincia.

    Un trayecto accesible: 10 kilómetros y dificultad baja

    El recorrido completo abarca 10 kilómetros entre ida y vuelta. Según el guía, la primera parte tiene algo más de pendiente, pero siempre sobre senderos marcados: “Es senderismo, no trekking ni montañismo”, aclaró. La actividad está pensada para la mañana, con un alto para almorzar en un predio municipal cercano a un puente.

    Por la tarde, el grupo visitará en vehículo dos cráteres volcánicos próximos a Buta Ranquil, accesibles sin grandes exigencias físicas. Para quienes deseen caminar un poco más, habrá senderos cortos alrededor de estos cráteres.

    Cómo participar y dónde alojarse

    Las inscripciones están abiertas y todavía quedan lugares. Los interesados pueden comunicarse al 292-556-757 o encontrar la actividad en redes sociales bajo el nombre GeoSenderos Neuquén, además de los canales del Ministerio de Turismo.

    Quienes quieran pasar la noche pueden hacerlo tanto en Buta Ranquil, que cuenta con hoteles, departamentos y opciones surgidas por la actividad petrolera, como en Chosmalal, ubicada a pocos minutos.

    Próximas salidas en la región

    Para quienes no lleguen a esta excursión, habrá otra propuesta el 8 de diciembre, cuando GeoSenderos organice una salida al cono de Dienteo, una chimenea volcánica de gran impacto visual y difícil de encontrar en otros puntos de la provincia. “Es muy llamativo, no se ve en otro lado”, adelantó Vega.

    The post Nueva excursión en Buta Ranquil: 10 km entre cuevas, fósiles y paisajes volcánicos first appeared on Alerta Digital.

     

  • El misterioso socio de Cerimedo que pasó del negocio de los medicamentos a la Hidrovía

     ¿Qué interés puede tener un empresario del negocio farmacéutico en un puerto en la Hidrovía? La pregunta apunta a Sergio Ezequiel Amarilla, un empresario bonaerense que en 2023 se quedó con la mitad de las acciones de una vieja guardería náutica ubicada sobre el Paraná, en Puerto General San Martín, donde luego desembarca Cerimedo. Como…

  • |

    PESCA ILEGAL, A ESTE RITMO EL COLAPSO ES INEVITABLE

    El problema de la pesca ilegal, no reportada y no reglamentada tiene muchas dimensiones y facetas. Una son los impactos ambientales, que no solo se limitan a la sobrepesca, sino también a la captura de especies amenazadas, también a la toneladas de residuos y aceites que vierten al mar sin ningún control. Después está la…