INFILTRADOS Y REPRESIÓN: Milei volvió a responder con gases y violencia al reclamo por la universidad pública
La quinta Marcha Federal Universitaria terminó atravesada por una feroz represión frente al Congreso. Grupos de encapuchados protagonizaron incidentes y despertaron sospechas de infiltración entre los manifestantes, mientras las fuerzas federales avanzaron con gases lacrimógenos y camiones hidrantes. Hubo heridos, agresiones a la prensa y una pregunta que el Gobierno debe responder: ¿quiénes provocaron los disturbios y por qué la respuesta policial terminó golpeando a quienes reclamaban por la educación pública?
Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

La defensa de la universidad pública volvió a encontrarse con la cara más violenta del modelo de Milei. Este jueves 15 de octubre, la quinta Marcha Federal Universitaria, convocada para exigir la implementación de la Ley de Financiamiento Universitario, quedó marcada por los incidentes protagonizados por grupos de encapuchados y por el despliegue represivo de las fuerzas de seguridad frente al Congreso. Gases lacrimógenos, camiones hidrantes, personas heridas y periodistas agredidos conformaron el escenario de una jornada en la que miles de estudiantes, docentes, trabajadores y ciudadanos se movilizaron para defender una conquista histórica de la sociedad argentina.
Lo ocurrido exige separar dos cuestiones que el Gobierno tiene especial interés en mezclar: los actos violentos de grupos reducidos y el legítimo derecho de una multitud a manifestarse. La aparición de personas encapuchadas, sindicados como infiltrados por los mismos manifestantes, que comenzaron a arrojar objetos y provocar destrozos encendió las alarmas entre quienes participaban de la protesta. Algunos manifestantes advirtieron que esos individuos no pertenecían a las columnas universitarias y denunciaron la posible presencia de infiltrados. La sospecha se hizo más fuerte cuando las cámaras registraron a un hombre que manipulaba una mochila en la plaza y que reaccionó violentamente cuando un equipo periodístico de C5N intentó entrevistarlo.
Hasta el momento, sin embargo, no se difundieron pruebas concluyentes que permitan establecer quiénes eran esas personas, a qué organización pertenecían o si actuaban por encargo de alguien. Precisamente por eso, la pregunta debe investigarse en lugar de convertirse en una acusación sin sustento. Pero tampoco puede descartarse de antemano la denuncia de los manifestantes: corresponde identificar a los responsables, reconstruir sus movimientos y determinar si existió alguna coordinación destinada a generar incidentes y desvirtuar el reclamo universitario.
Lo que no admite discusión es que la violencia de un grupo no convierte a toda una movilización en una amenaza ni autoriza a tratar a miles de ciudadanos como enemigos. La obligación de las fuerzas de seguridad es prevenir los delitos, proteger a las personas y garantizar el ejercicio de los derechos constitucionales. Cuando la respuesta estatal se traduce en gases lacrimógenos y camiones hidrantes que avanzan sobre una concentración, el operativo debe ser examinado con rigor, con imágenes, testimonios y responsabilidades identificables. La seguridad pública no puede convertirse en una excusa para disciplinar a una sociedad que protesta contra las decisiones del poder político.
La sospecha de infiltración y la responsabilidad del Estado
Uno de los episodios más graves de la jornada fue la agresión contra un camarógrafo de C5N que intentaba registrar los movimientos de uno de los hombres encapuchados. El incidente refuerza la necesidad de esclarecer qué hacían esas personas en medio de la manifestación y por qué reaccionaron con violencia ante la presencia de la prensa. Las imágenes y los testimonios disponibles deben ser examinados para reconstruir lo ocurrido, identificar a los protagonistas y determinar si hubo una maniobra organizada. La denuncia de infiltración no puede darse por probada sin evidencias, pero tampoco debe ser desechada sin una investigación seria.
Mientras tanto, las fuerzas federales desplegaron gases lacrimógenos y camiones hidrantes. Al menos una mujer manifestó haber recibido el impacto de un elemento asociado a los gases en la cabeza y expresó su preocupación por las lesiones sufridas. También se reportaron dificultades para circular por las inmediaciones del Congreso debido a la presencia de gases, que llegaron incluso al anexo de la Cámara de Diputados. El episodio volvió a poner en discusión el uso de la fuerza pública en manifestaciones sociales y la proporcionalidad de los operativos dispuestos por el Ministerio de Seguridad.
La secuencia es políticamente relevante: una protesta convocada para reclamar el cumplimiento de una ley terminó dominada por las imágenes de enfrentamientos y represión. Los incidentes protagonizados por grupos reducidos desplazaron del centro de la escena el reclamo de estudiantes, docentes, no docentes y autoridades universitarias. No hace falta afirmar que existió un plan deliberado para advertir que ese desenlace perjudica la visibilidad de la demanda central y exige investigar cómo se llegó a esa situación.
Milei contra la universidad: el conflicto que sigue sin resolverse
El trasfondo de la movilización es mucho más profundo que los incidentes registrados frente al Congreso. La comunidad universitaria volvió a las calles para exigir que el Gobierno implemente la Ley de Financiamiento Universitario, una norma aprobada por el Congreso en medio de una disputa política y judicial que expone el conflicto entre el Poder Ejecutivo y el sistema de educación superior. La consigna fue clara: cumplir la ley y garantizar los recursos necesarios para sostener las universidades nacionales.
La administración de Milei insiste en presentar los reclamos universitarios como parte de una disputa política, mientras las instituciones advierten sobre las consecuencias presupuestarias de la política oficial. Pero la educación pública no es un privilegio de los estudiantes ni un gasto prescindible para equilibrar una planilla fiscal. Es una herramienta de movilidad social, producción de conocimiento, formación profesional y desarrollo nacional. Las universidades públicas forman médicos, científicos, ingenieros, docentes y profesionales que sostienen áreas fundamentales de la vida económica y social argentina.
Por eso, la discusión no puede reducirse a los destrozos de algunos manifestantes ni a la respuesta policial. El Gobierno debe explicar por qué persiste el conflicto por el financiamiento, qué medidas adoptará para garantizar el funcionamiento de las casas de estudio y cómo piensa cumplir con las obligaciones legales que le corresponden. Cuando el reclamo es por una ley y por recursos indispensables para la educación, la respuesta política no puede ser sustituir el debate por una demostración de fuerza.
También debe establecerse con precisión qué ocurrió durante el operativo: quiénes iniciaron las agresiones, cómo actuaron las fuerzas federales, qué instrucciones recibieron los efectivos, cuántas personas resultaron heridas y detenidas, y si se respetaron los protocolos de actuación. La identificación de los posibles infiltrados, si efectivamente los hubo, debe formar parte de esa investigación. La transparencia es indispensable tanto para esclarecer los incidentes como para evitar que la sospecha se utilice indiscriminadamente contra organizaciones sociales, políticas o estudiantiles.
Una democracia no se defiende a los palos
La jornada dejó una imagen que interpela al Gobierno nacional: ciudadanos movilizados por la universidad pública, grupos que protagonizaron hechos violentos y fuerzas de seguridad que avanzaron con gases y camiones hidrantes. La investigación deberá establecer las responsabilidades individuales, sin confundir a quienes provocaron disturbios con quienes ejercieron pacíficamente su derecho a protestar. Pero hay una responsabilidad política que no desaparece detrás de los enfrentamientos: la del gobierno que mantiene abierto el conflicto por el financiamiento universitario y debe garantizar tanto el cumplimiento de la ley como el derecho a la manifestación.
Si hubo infiltrados, hay que identificarlos. Si existieron provocaciones organizadas, hay que probarlas y determinar quiénes fueron responsables. Si la actuación policial fue desproporcionada, también debe investigarse y sancionarse. Ninguna de estas preguntas puede resolverse con consignas oficiales ni con acusaciones lanzadas desde las redes sociales. La verdad debe surgir de pruebas, registros audiovisuales, testimonios y actuaciones judiciales.
La universidad pública argentina no necesita que la conviertan en un escenario de enfrentamiento: necesita presupuesto, salarios dignos, becas y condiciones para enseñar, investigar y formar a las próximas generaciones. Y la sociedad necesita que el Estado garantice sus derechos, no que la violencia termine tapando el reclamo que llevó a miles de personas hasta el Congreso.
Milei tiene la obligación de responder por el rumbo de su política universitaria y por la actuación de las fuerzas que dependen de su Gobierno. Los hechos de este jueves no pueden quedar reducidos a una disputa de versiones. Es necesario esclarecer la posible infiltración, determinar las responsabilidades por los incidentes y establecer si el operativo policial respetó los límites que impone la Constitución. Defender la universidad pública es defender una herramienta de igualdad y soberanía nacional. Y garantizar el derecho a reclamar, incluso frente a un gobierno que no escucha, es una obligación básica de cualquier democracia.
La represión no resuelve el conflicto universitario. El silencio tampoco. Mientras la comunidad educativa siga reclamando que se cumpla la ley, la pregunta central seguirá vigente: ¿cuándo va a dejar el Gobierno de tratar la educación pública como un enemigo y empezar a asumirla como una responsabilidad nacional?
La quinta Marcha Federal Universitaria volvió a demostrar que la defensa de la educación pública trasciende las aulas y los claustros. Es una discusión sobre el país que se quiere construir. Y ninguna cortina de gas puede borrar ese debate.
La quinta Marcha Federal Universitaria volvió a demostrar que la defensa de la educación pública trasciende las aulas y los claustros. Es una discusión sobre el país que se quiere construir. Y ninguna cortina de gas puede borrar ese debate.
La universidad pública se defiende: con presupuesto, con ley y con democracia.
La represión frente al Congreso no puede tapar el reclamo de miles de argentinos por una educación pública, gratuita y de calidad. El Gobierno debe esclarecer los incidentes, investigar la posible presencia de infiltrados y garantizar el cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario.


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