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Apocalipsis Thiel

“No hay nada encubierto que no vaya a ser descubierto, nada oculto que no vaya a ser revelado. Así pues, puedes dar por sentado que todo lo que has dicho en la oscuridad se oirá a plena luz del día, y lo que has susurrado a puerta cerrada se gritará desde las azoteas”.
Mateo 10: 26–27.

Peter Thiel combina dos cualidades que rara vez se dan juntas: la capacidad de imaginar un mundo y, al mismo tiempo, desarrollar los medios para producirlo. Este posee una formación filosófica que lo distingue de los demás miembros de la actual élite de supermillonarios provenientes del mundo tecnológico, aunque los tintes místicos que impregnan su discurso dificultan la comprensión de su pensamiento. 

La era de la despolitización

El texto clave en el que expuso su visión del mundo es “El momento straussiano”.[2] Sus referentes teóricos son René Girard (su maestro en Stanford), Carl Schmitt y Leo Strauss. Siguiendo a estos autores, cuestiona al racionalismo ilustrado que, orientado al dominio de la naturaleza, hizo que se dejaran de lado las preguntas fundamentales acerca del sentido de la existencia humana, lo que equivale a despojarnos de aquello que define nuestra condición, el logos, y a reducirnos a una condición meramente animal, que es la definición misma del Apocalipsis (según la Biblia, el reino de las bestias sobre los hombres).[3] En el ámbito de la filosofía política, el corolario de este racionalismo ilustrado es una visión ingenua sobre cómo poner fin a la violencia. La salida del estado de naturaleza, de la guerra de todos contra todos, se daría simplemente a partir de un acuerdo racional y la firma de un contrato que regulase, de manera pacífica, las relaciones sociales.

A esta visión le opone el planteo de Schmitt según el cual la forma de eliminar la violencia en la sociedad es expulsarla hacia el exterior. De hecho, la misma solo puede delimitarse en función de aquello que excluye. La instauración de ese límite es, para Schmitt, la esencia de la política, o más precisamente, de lo político, lo cual se articula en función de la antinomia amigo/enemigo.

Peter Thiel combina dos cualidades que rara vez se dan juntas: la capacidad de imaginar un mundo y, al mismo tiempo, desarrollar los medios para producirlo.

Sin embargo, esta solución ya no sería viable a partir de 1945, dado que, tras la entrada en la era nuclear, podía conducir al fin de la humanidad. Y esta imposibilidad se vería acentuada por la globalización. El borramiento de las distancias políticas y culturales haría que ya no hubiera verdaderamente un “otro” al cual enfrentarse. La exacerbación del antagonismo conduciría así a una “guerra civil global”, que es, para Thiel, la definición del Armagedón.

Partiendo de la evidencia etnográfica, Girard descubre un mecanismo más eficaz por el cual en las sociedades primitivas se lograría expulsar la violencia del seno de la comunidad: la víctima propiciatoria, el sacrificio ritual del chivo expiatorio. El fin de la guerra de todos contra todos se produciría, pues, convirtiéndola en una guerra de todos contra uno. Concentrar la violencia en un punto determinado evitaría su dispersión.

Sin embargo, para resultar eficaz, este mecanismo de la víctima propiciatoria no puede ser develado. Desde el momento en que se descubre, se destruye (en griego Apocalipsis significa, precisamente, revelación); es decir, debe pensarse que la víctima propiciatoria es efectivamente culpable. Esto es lo que habría ocurrido con el Cristianismo. La muerte de Cristo sería la revelación de ese mecanismo oculto tras el ritual de la víctima propiciatoria, con lo que este pierde ya su eficacia.

La exacerbación del antagonismo conduciría así a una “guerra civil global”, que es, para Thiel, la definición del Armagedón.

Thiel apela aquí a Leo Strauss, quien hizo de la distinción entre el discurso “exotérico” y el “esotérico” una de las claves de su pensamiento. Su discurso contiene siempre dos mensajes: uno explícito, accesible a todos, y otro velado, oculto, al que solo podrían acceder quienes posean formación filosófica. Si estas “cosas ocultas desde la fundación del mundo”, como reza el título de uno de los libros de Girard (los mecanismos de poder), se hiciesen públicas, dice, tendría un efecto disgregador de la sociedad.

Los “totalitarismos híbridos”

La imposibilidad de que, en el mundo contemporáneo, tanto la estrategia de escisión mediante la distinción entre amigo y enemigo como el mecanismo expiatorio resulten efectivos, para Thiel no solo hace resurgir el espectro del Armagedón, la violencia descontrolada, sino algo aún peor: la propia amenaza del Armagedón será de lo que se valdrá el Anticristo para imponer su dominio a nivel mundial. Thiel busca evitar ambos peligros (el Armagedón y la llegada del Anticristo). Llegado a este punto, apela a la figura paulina del katechon: aquel que demora la llegada del Anticristo dando tiempo al regreso del Mesías. La pregunta que surge aquí es: ¿quién es hoy el katechon y quién el Anticristo? Más precisamente, ¿cómo se traducen concretamente tales categorías en un modelo político? Si bien ese discurso velado que subyace a su discurso manifiesto se presenta bajo claves místico-religiosas difíciles de descifrar, las referencias conceptuales sobre las que se basa contienen claves que permiten aclarar el sentido de las categorías a las que apela y penetrar la lógica de sus razonamientos.

Thiel se define a sí mismo como libertario. Bien sabemos que los libertarios, cuyo principal representante es Murray Rothbard, proponen la llana eliminación del Estado; de allí el mote de “anarcocapitalistas”. Sin embargo, el pensamiento del tecnomagnate se vincula, a su vez, con otra corriente, surgida más recientemente y aun más radical, que se autodefine como “neorreaccionaria”. Sus principales ideólogos son Curtis Yarvin y Nick Land. Yarvin es actualmente asesor del vicepresidente J.D. Vance (ambos fueron colocados en sus respectivos puestos por Thiel) y aunque retoma ideas de Rothbard, se opone a él en el punto central: la necesidad de abolir el Estado. Por el contrario, aboga por una fuerte centralización política, la instauración de lo que llama tecnomonarquías. Lo que propone es la expansión de la lógica corporativa al conjunto de la sociedad, con un sistema de jerarquías que le es propio. Propone así la creación de microestados gobernados por CEOs de la misma manera en que dirigen sus empresas. En ellos no habría lugar para el disenso. El lema de los neorreaccionarios es “no voice, free exit”: si no te gusta el sistema en el que habitas, tu único derecho es el de abandonarlo.

El pensamiento del tecnomagnate se vincula, a su vez, con otra corriente, surgida más recientemente y aun más radical, que se autodefine como “neorreaccionaria”. Sus principales ideólogos son Curtis Yarvin y Nick Land.

Si bien Thiel no busca eliminar el Estado, tampoco intenta instaurar una tecnomonarquía. Su propuesta consiste en desglosar los ámbitos del poder en dos instancias diversas. Al poder legal, público, exotérico, que reina pero ya no gobierna —es decir, que se ve vaciado de sus funciones tradicionales—, le superpone un poder fáctico, velado, esotérico, situado al margen de los mecanismos de control social propios del sistema democrático. A esto le llama “poderes subsidiarios”. Los mismos no habrían de eliminar el poder político legal del Estado, sino que habrían de colonizarlo desde adentro y asumir aquellas funciones clave suyas, como la inteligencia y la vigilancia, e incluso el diseño de las políticas económicas.

A estos poderes subsidiarios les tocaría, en fin, asumir la tarea propiamente política de servir de núcleos articuladores de la sociedad. Y estos, en tanto que poderes privados, escaparían, de hecho, del ámbito público: no deberían rendir cuentas más que a sus contratantes. Por otro lado, y más importante, tales mecanismos de poder, aunque no lo excluyen, no podrían reducirse a aquello que, para Schmitt, constituía el acto propiamente político: definir un “otro” en oposición al cual el “nosotros” puede delimitarse y constituirse como tal. Desde el fin de la división mundial en bloques, también se ha perdido la figura del “otro” (el comunista). La aparición de la figura del “terrorista islámico” no puede cumplir ese rol dado que no tiene entidad política. A diferencia del comunista, el terrorismo islamista no representa una alternativa global al orden político occidental. La lucha contra él no se trataría ya de una disputa político-ideológica, sino de una cuestión meramente policial.

Yarvin propone la creación de microestados gobernados por CEOs de la misma manera en que dirigen sus empresas.

A falta de un antagonista, entonces, el cambio de régimen que se propone conllevaría una estrategia adicional que consiste en una transformación radical del modo en que estos poderes políticos subsidiarios habrían de relacionarse con la sociedad. Esto nos lleva a Nick Land. Retomando ideas de Gilles Deleuze y Felix Guattari en el Antiedipo, Land —conocido también como el fundador del “aceleracionismo” y la “ilustración oscura— afirma que la dinámica de desarrollo del capitalismo no conduce hacia la instauración de un orden, sino todo lo contrario: a la desarticulación de toda estructura y la fractura de todo código (Deleuze y Guattari lo llamaban “procesos de desterritorialización”). Para ello, se basa, a su vez, en el modelo cibernético de recursividad positiva, en el que las desviaciones del estado de equilibrio de los sistemas, producidas por su propia actividad, tienden a reforzarse dando lugar a su quiebre y al surgimiento de un nuevo orden de consistencia. Esto es lo que el Premio Nobel de Química Ilya Prigogine sintetizó con la expresión de “orden a partir de fluctuaciones” u “orden a partir del caos”. En este modelo, el caos y el orden dejan de ser términos contradictorios; están estrechamente vinculados entre sí.

Los “totalitarismos híbridos” difieren radicalmente de los totalitarismos clásicos en tanto no buscan la regimentación de la sociedad, crear un “orden total”, sino todo lo contrario: sembrar el caos y la anarquía en ella. Es lo que Steve Bannon, el jefe de asesores estratégicos de Trump, llama la “inundar la zona de mierda”; esto es, generar la confusión, especialmente a través de las redes, volviendo imposible distinguir entre la realidad y la ficción. Land lo designa con el término de hiperstición (supersticiones vueltas realidad) y Giuliano da Empoli, como el paso de una “política newtoniana” a una “política cuántica”.[5] Este mecanismo tiene así una doble valencia. Es, al mismo tiempo, el modo en que ese poder subsidiario se expresa y se oculta, se vuelve efectivo e inasible a la vez.

Si bien Thiel no busca eliminar el Estado, tampoco intenta instaurar una tecnomonarquía. Su propuesta consiste en desglosar los ámbitos del poder en dos instancias diversas.

Los “totalitarismos híbridos” yuxtaponen así dos lógicas de dominación opuestas, pero que en este contexto se retroalimentan y resultan mutuamente funcionales: el orden genera el caos y el caos se vuelve funcional al orden. Por un lado, esta nueva instancia “subsidiaria” de poder político (el tecnopoder) replica la estrategia de dominación de los totalitarismos clásicos, la lógica amigo/enemigo, delimitando aquello que el orden propuesto excluye de su ámbito (el ideario progresista, el islamista, etc.). Pero para Thiel esto ya no basta para frenar al Anticristo, es decir, no sirve como medio para solidificar la sociedad, por lo que debe complementarse con una estrategia de poder muy distinta y en un sentido opuesto. Esta nueva forma de ejercicio de poder “subsidiario” no vive de la eliminación del conflicto y las divisiones sociales, sino, por el contrario, de fomentarlos.

Una expresión ilustrativa del mismo principio es la actual política exterior estadounidense. En los países que invade no se busca instaurar un rígido poder colonial, sino sembrar la anarquía, como se vio en los casos de Afganistán o Irak. El caos resulta funcional a este nuevo tipo de orden internacional que se pretende implantar. De hecho, la fractura de los espacios nacionales y el estado de anarquía resultante abren las puertas a la instauración de enclaves en las regiones ricas en recursos naturales, custodiados por milicias privadas.

Este es, precisamente, el plan de Erik Prince, una suerte de brazo armado de Thiel. Fue el fundador de Blackwater, la fuerza irregular más grande del mundo que, como tal, goza de inmunidad por operar al margen de las leyes que regulan el accionar de los ejércitos nacionales. Actuó en Afganistán e Irak, aunque tuvo que disolverse luego del escándalo provocado por la llamada “masacre de Plaza Nisour” en Bagdad (donde murieron 17 civiles, incluyendo mujeres y niños), y fue reemplazada por Academi. Un ejemplo ilustrativo de las consecuencias de la difusión de la contratación de estas tropas irregulares es lo que ocurre ahora en Ucrania.

Los “totalitarismos híbridos” difieren radicalmente de los totalitarismos clásicos en tanto no buscan la regimentación de la sociedad, crear un “orden total”, sino todo lo contrario: sembrar el caos y la anarquía en ella.

Prince, por un lado, tiene vínculos con el grupo Wagner, que operó conjuntamente con Blackwater en Libia y hoy lucha al servicio de Vladímir Putin, aunque también está vinculado y tendría contratos con el gobierno ucraniano (Prince busca apropiarse de sus fábricas de drones). Estas tropas irregulares sirven, pues, a ambos bandos, luchando entre sí y sembrando a su paso la destrucción. Vemos aquí de qué hablamos cuando decimos que se busca sembrar la anarquía, de “inundar la zona de mierda”. No se trata simplemente de insultos en las redes.

La proyección internacional del modelo

En el contexto latinoamericano se puede ver cómo el caos y el orden se imbrican en un caso para nosotros más cercano: las elecciones de medio término del año pasado en Argentina. La derrota del gobierno en la provincia de Buenos Aires reavivó el espectro de que estallara nuevamente la economía. Frente a esto, el rescate del tesoro de Estados Unidos apareció como una salvación, aunque, también sabemos, no llegó sin condiciones. La amenaza implícita en él era que, si las listas oficialistas no ganaban la elección, Scott Bessent se desprendería de los bonos que había comprado generando un colapso económico.

Los “totalitarismos híbridos” yuxtaponen así dos lógicas de dominación opuestas, pero que en este contexto se retroalimentan y resultan mutuamente funcionales: el orden genera el caos y el caos se vuelve funcional al orden.

Lo que se desprende de allí es que, en este país, las elecciones libres ya no existen tal como las conocíamos. La democracia se ha vuelto una ficción. Esto que pasó ahora es, en realidad, algo que viene produciéndose desde hace tiempo, solo que esta vez no fueron “los mercados” los que operaron esta suerte de chantaje político, como preferiría Thiel, sino directamente el poder de Estado de una nación extranjera, que lejos de aparecer solapado, se manifestó de una manera obscena (exotérica).

Lo que ocurrió en Argentina, como decíamos, nos permite ver cómo el caos (en este caso, la precariedad del sistema económico local) resulta funcional al orden (el proyecto de un sistema de dominación mucho más severo y totalitario que todo lo conocido hasta ahora, y donde, en los hechos, el único gran elector es Bessent). Este nuevo régimen de poder es muy distinto a los que Foucault presentó en su curso sobre Seguridad, territorio y población[6], donde oponía la “teoría de la soberanía” (el poder del príncipe) al “arte del gobierno”. La primera era definida sintéticamente con la expresión “dejar vivir y hacer morir”; el segundo, en cambio, con la de “hacer vivir y dejar morir”. En estos “totalitarismos híbridos” cabría decir que ambos preceptos se conjugan de manera particular: “hacer vivir y hacer morir” (que es lo que resultaría en la Argentina con un colapso deliberado de la economía, como amenazaba el secretario del Tesoro estadounidense).

Esta nueva forma de ejercicio de poder “subsidiario” no vive de la eliminación del conflicto y las divisiones sociales, sino, por el contrario, de fomentarlos.

Ahora bien, el núcleo del proyecto neorreaccionario, cuyo vocero principal es Vance, tiene como objetivo último, en el plano internacional, trasladar esa misma lógica política a Europa, y su primer paso sería la disolución de la Unión Europea. Dos elementos se conjugan para darle visos de realidad a este proyecto. Por un lado, el retroceso de la economía europea en el concierto internacional (hoy el PBI combinado de los países de la Unión Europea apenas alcanza el 15% del PBI mundial), debido, principalmente, al crecimiento de Asia. También hay allí un factor que, aunque de manera más atenuada, opera de manera análoga al Estado de Israel en Medio Oriente como elemento desequilibrante del orden regional: la Rusia de Putin. Finalmente, esta política cuenta con la complicidad de sectores de la ultraderecha, como Călin Georgescu en Rumania, Viktor Orbán en Hungría y AfD en Alemania. Todos ellos coinciden en el objetivo de desmantelar la la Unión Europea, aunque parecen enfrentar graves obstáculos para lograrlo: Georgescu está preso, Orbán perdió las elecciones y parece difícil que AfD, aunque se convierta en primera minoría, pueda formar alguna alianza que le permita llegar al poder.

El discurso esotérico revelado

Recapitulando, lo que propone Thiel —lo que subyace detrás de su discurso explícito— es un régimen de dominación inédito y mucho más terrible a todo lo conocido, una distopía hecha realidad; esto es, un poder político omnímodo, que, por ser privado, opera oculto a la mirada pública y se dedica, a su vez, a fomentar, como contrapartida necesaria, el desconcierto social y la anarquía. En fin, la desarticulación de todos los vínculos sociales que se busca producir haría que ese odio hacia el “otro” del que se nutrían los totalitarismos clásicos se revirtiera ahora hacia los propios, los más cercanos, los hermanos, Caín y Abel, como decía ya Carl Schmitt:

El otro es mi hermano. El otro resulta ser mi hermano, y el hermano resulta ser mi enemigo. Adán y Eva tuvieron dos hijos, Caín y Abel. Así comienza la historia de la humanidad. Así se ve el padre de todas las cosas. Esa es la tensión dialéctica que mantiene la historia del mundo en movimiento, y la historia del mundo aún no ha llegado a su fin… El enemigo es nuestra propia pregunta encarnada.[7]

La pregunta encarnada a la que se refiere Schmitt es la que aparece al comienzo en la Biblia (Génesis 4.9), luego de la escena de Caín y Abel: “¿Dónde está tu hermano?” Nuestra pregunta, hoy ya desencarnada, es: ¿cómo hacer que el hermano vuelva a ser efectivamente nuestro hermano y no nuestro enemigo? Más precisamente, ¿cómo escapar a la trampa en la que nos colocan estos “poderes subsidiarios” que hoy gobiernan buena parte de nuestras vidas y se proponen controlar el mundo, esa escalada de odio y confusión que buscan fomentar? ¿Cómo enfrentar el proyecto de desarticulación de todos los vínculos sociales que se nos impone desde las nuevas tecnologías de poder y reconstruir un sentido de comunidad?

La entrada Apocalipsis Thiel se publicó primero en Revista Anfibia.

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    En la campaña electoral de 2023, los gritos vehementes de Javier Milei denunciando el “zurdaje comunista” generaron incredulidad y hasta risas. ¿A quién le hablaba?, ¿a quién convocaba con ese discurso antiguo? pensamos muchos. Un asombro similar produjeron las declaraciones de Donald Trump, que en 2019 denunció el “Green New Deal” (la propuesta de un nuevo acuerdo ecologista) como “un Caballo de Troya para el socialismo en Estados Unidos”. Más lejano aun pudo parecer el lema “Comunismo o libertad” usado en la campaña electoral de 2021 por Isabel Díaz Ayuso, la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego, está el caso de Jair Bolsonaro, uno de los pioneros en reavivar la tradición anticomunista. Hasta hace poco tiempo, en su dispersión y heterogeneidad estas menciones podían parecer trasnochadas o anacrónicas, dada la desaparición del horizonte del comunismo soviético. Sin embargo, esos candidatos han llegado al poder. Entonces: ¿trasnochados ellos o ingenuos nosotros?

    Estos líderes forman parte de una lista más larga de quienes, con mayor o menor vehemencia, reclaman contra la conspiración comunista, socialista o colectivista que aqueja al mundo. De la ecología a las políticas de género, de los impuestos al cuidado humanitario de inmigrantes, o la educación sexual, hoy muchas de las causas y valores de la renovación de la cultura democrática de las últimas décadas han sido tachados de comunistas, como un avance totalitario y opresor. En el caso de los sectores ultraliberales, la educación y la salud públicas –y todas las políticas redistributivas o progresivas– son consideradas nuevas formas de comunismo. Así, la gran familia de las nuevas derechas parece estar viviendo otra vez la Guerra Fría, más cerca del delirio paranoide que de algún enfrentamiento real con opciones anticapitalistas.

    ¿Anacrónico?

    El primer dato a considerar es que el anticomunismo de estos líderes no es una novedad; tiene una larga historia de persecución política y pensamiento conspirativo que atraviesa todo el siglo XX de Occidente y que se remonta incluso a décadas anteriores a la Guerra Fría, al menos hasta la Revolución Rusa de 1917. Lo mismo sucede con la historia de estas derechas: la novedad que representan tiene profundas raíces en la historia del conservadurismo y el nacionalismo de cada país y a escala global (1). Por tanto, el anticomunismo es tan antiguo como la historia de las derechas que hoy tratamos de entender. Pero esto no significa que el fenómeno actual sea la mera continuidad de ese pasado o que pueda pensarse como la simple reverberación del fascismo de entreguerras. Hay en las derechas radicales una novedad indiscutible en la manera en que disputan sus intereses bajo el juego político de la democracia liberal, al mismo tiempo que la socavan por dentro, tal como han señalado agudos observadores (2). ¿Cuál es la novedad de su anticomunismo? ¿Por qué y para qué movilizar imaginarios en apariencia old fashioned, especialmente para las jóvenes generaciones a las que se dirigen?

    Se suele decir que el anticomunismo es un discurso anacrónico, en un mundo donde, desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) el comunismo no existe más como opción política. Por esa razón, el componente antimarxista de las nuevas derechas suele ser relegado como un dato más de una retórica florida. Esta perspectiva tiende a descartar el problema, considerando como una mera estrategia discursiva al elemento ideológico que organizó buena parte del conflicto político del siglo XX. La dificultad reside en entender “comunismo” en términos geopolíticos literales, como si solo se refiriese al mundo soviético, a los partidos comunistas en Occidente o a la defensa de un modelo anticapitalista. Y tal vez ese no sea el ángulo más productivo para pensar el problema. La pregunta es, más bien, otra: ¿qué están diciendo cuando dicen “comunismo”, y qué potencial político tiene hoy volver a movilizar este término?

    Feminismo, género, diversidades sexuales, raciales o religiosas, educación sexual, cambio climático, migraciones, islamismo, redistribución del ingreso, protección de las minorías y de los sectores sociales más vulnerables… La lista de ideas, proyectos o sujetos tachados de “marxismo cultural” o “socialismo” –según las declinaciones de cada profeta– muestran, de una punta a la otra del mapa global, que “comunismo” designa hoy los valores del llamado mundo “progresista” de las últimas décadas (“woke”, en su versión despectiva). En otros términos, el anticomunismo es una declinación a la antigua del actual antiprogresismo, con la diferencia de que hoy la disputa se produce dentro del capitalismo y con variaciones muy relativas. Sin embargo, en esas variaciones relativas, que parecen marginales dentro del capitalismo, se juega la vida de millones de personas. Al apelar a la potencia simbólica del término “marxista” o “comunista”, los líderes de derecha buscan recuperar la fuerza mayor de ese combate en el Occidente liberal (de todas maneras, la evocación no es igual en todos, y de hecho algunos líderes, como Marine Le Pen o Giorgia Meloni, no recurren tanto a la batería discursiva anticomunista). En cualquier caso, todos defienden el mismo sentido antiprogresista que los vehementes antimarxistas Santiago Abascal o Javier Milei.

     

    Antiprogresismo

    El segundo dato clave –ya muy conocido– es que el antiprogresismo es hoy el centro de la batalla cultural de las nuevas derechas globales, que en cada país adquiere sus propios contornos –antiperonista y ultraliberal en Argentina, islamobófico y antimigratorio en Europa o Estados Unidos–. Esa guerra cultural de la “internacional reaccionaria” parte del supuesto de que la izquierda, a pesar de su fracaso en la construcción del socialismo, se impuso en el terreno cultural. La verdadera lucha debería apuntar, para las fuerzas conservadoras, a la hegemonía del progresismo que destruye la sociedad occidental con su pensamiento “políticamente correcto” (3). Por eso mismo, se presentan como la rebelión contra un sistema que suponen conquistado y dominado por el progresismo y la izquierda. Por muy anacrónico que parezca, el anticomunismo es coherente y está en el corazón del proyecto ideológico de las nuevas derechas.

    El anticomunismo propone respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social.

    Una mención aparte merece el combate contra el feminismo y la “ideología de género”, combate que va más allá de sus élites dirigentes. ¿Por qué el feminismo y la diversidad sexual están en el centro de la disputa y de la denuncia anticomunista sobre el “marxismo cultural”? En la actual configuración de las democracias liberales, pocas cosas –o casi ninguna– representan una amenaza real al orden social. Sin embargo, el feminismo, en su impugnación antipatriarcal (que incluye el cuestionamiento del orden heterosexual como norma), conserva un poder subversivo y antisistema que no tiene ningún otro factor del progresismo actual (independientemente de las corrientes dentro del feminismo). Así, estas derechas, que se proclaman antisistema, luchan en realidad por la preservación de un orden social blanco, masculino y colonial que sienten socavado. Tal como lo hacía el anticomunismo del pasado, que veía el orden occidental en peligro e imaginaba conspiraciones paranoicas de la Casa Blanca a la Casa Rosada, de los hippies a las guerrillas, de las minifaldas al peronismo. Es aquí, en la lucha por la preservación del sistema, donde la impugnación de “marxista” o “comunista” aplicada al feminismo encuentra todas sus resonancias pasadas.

    Si bien la batalla cultural antiprogresista unifica a las nuevas derechas radicales, sus diferencias no son menores, especialmente en cuestiones como la economía y el nacionalismo. Estas variaciones indican, también, que el florecimiento de fuerzas radicales de derecha debe ser explicado en función de procesos y tradiciones locales –y no meramente como una “ola global”–. Es aquí donde el anticomunismo de Milei adquiere su rasgo distintivo: no se trata de la impugnación de las agendas culturales del progresismo biempensante, sino de la destrucción de todo resabio de políticas orientadas a las grandes mayorías sociales entendidas como formas de estatismo y colectivismo. Se trata de la gestión desnuda en favor de los intereses del tecno-capitalismo concentrado internacional. Con ello, el neoliberalismo argentino –en la versión iracunda de Milei– retoma una larga tradición de nuestras derechas. Basta con evocar la última dictadura para constatar que las derechas fueron tan anticomunistas como neoliberales y autoritarias, y que su principal oponente fueron las políticas estatistas, keynesianas y redistributivas, en general asociadas al peronismo y al kirchnerismo. Desde luego, esto parece dejar a Milei lejos del proteccionismo de Trump, pero muy cerca de la defensa compartida del tecno-capitalismo. En todo caso, el anticomunismo neoliberal de Milei se alinea cómodamente con el de Bolsonaro o José Kast.

    Dentro de estas variaciones nacionales, algunos argumentos de orden geopolítico explican los tópicos anticomunistas de manera más concreta, sin los efectos anacrónicos que parecen tener en boca de líderes como Milei. El caso más claro es Trump y su batalla por la supervivencia del poder imperial estadounidense frente a China. Ello le permite, sin excesivos retorcimientos históricos, identificar su enemigo en el “comunismo oriental”. De la misma manera, su electorado de origen latino vota entusiasta la condena a la “troika de la tiranía”, tal como la llamó su Consejero de Seguridad Nacional en 2018, John Bolton, a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por la misma razón estratégica pero en sentido inverso, en Hungría Viktor Orban dejó de lado su discurso anticomunista –que asociaba la Rusia de hoy con la Unión Soviética– para pasar a una cercanía más pragmática con Vladimir Putin.

    Significante vacío

    Volvamos a nuestras preguntas de partida: ¿por qué y para qué movilizar el imaginario anticomunista? Si, una vez más, dejamos de pensar el comunismo en términos literales, surge un último elemento clave: el potencial político-simbólico del discurso anticomunista en su larga historia. Con mayor o menor pregnancia según los países, “comunista” ha funcionado también como un potente significante vacío negativo, capaz de ser llenado con los más diversos contenidos y sujetos, como un otro absoluto, peligroso y amenazante. Tanto es así que Alice Weidel, la dirigente de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), puede permitirse decir que Adolf Hitler era un “comunista”.

    La noción de significante vacío es particularmente útil para entender el peso del anticomunismo en Argentina, donde –salvo algunos momentos– no ha habido fuerzas de izquierda importantes, a diferencia de países como Brasil o Chile, donde el comunismo evoca miedos históricos bien reales. En Argentina “comunista” es, entonces, un sentido a ser llenado, que sirve para polarizar y designar un otro peligroso que pone en riesgo “nuestro” orden social y moral, nuestra comunidad. Es, por ello, un enemigo absoluto que debe ser eliminado (4). En la historia argentina, la denuncia del “peligro rojo” ha servido para generar miedos sociales y justificar la persecución de trabajadores, partidos de izquierda, peronistas y antiperonistas, mujeres, jóvenes, gays o artistas “transgresores”, cuyas prácticas, ideas o deseos parecían hacer tambalear el orden occidental y cristiano. Movilizado con fines instrumentales o con auténtica convicción ideológica, “comunista” o “marxista” ha funcionado en boca de las derechas como designación automática de un culpable de todos los males. Así, el anticomunismo finalmente propone certezas y respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social y amenaza sobre la comunidad de pertenencia. Esta potencia simbólica es la que sigue funcionando en el apelativo “comunista” aplicado en el presente. Por eso mismo, la pandemia de Covid –epítome máximo de la disolución final por venir– fue también un momento de renacimiento del anticomunismo.

    Es entonces este gran poder performativo de la acusación de “comunista”, tan sedimentado históricamente en el mundo occidental, lo que permite que las nuevas derechas –herederas al fin y al cabo de largas tradiciones conservadoras– sigan utilizando el término para arremeter en su batalla cultural. Sin duda, la movilización antiprogresista ha logrado dar una nueva vida al “miedo rojo” para las generaciones desencantadas de nuestro tiempo.

    1. Para el caso argentino, véase: Sergio Morresi y Martín Vicente, “Rayos en un cielo encapotado: la nueva derecha como una constante irregular en Argentina”, en Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023.
    2. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018; Steven Forti, Democracias en extinción, Barcelona, Akal, 2024.
    3. Pablo Stefanoni, “Las mil mesetas de la reacción: mutaciones de las extremas derechas y guerras culturales del siglo XXI”, en J. A. Sanahuja y Pablo Stefanoni (eds.), Extremas derechas y democracia: perspectivas iberoamericanas, Madrid, Fundación Carolina, 2023.
    4. Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, UNSAM, 2024.

     

  • CUANDO LOS MEDIOS NO AMAN AL PUEBLO

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    Más de una decena de locales de La Libertad Avanza fueron pintados contra la proscripción a Cristina en la provincia de Buenos Aires durante la noche del 70 aniversario del bombardeo a Plaza de Mayo. «Con la democracia no se jode», «Milei Botón», etc. las pintadas aparecieron en Lomas de Zamora, Avellaneda, Tigre, Alte. Brown, Merlo, Gral. Rodriguez entre otras localidades. Mientras se organizan los últimos detalles para la movilización del miercoles por la mañana en apoyo a CFK, hoy el juez Jorge Gorini notificó que la ex presidenta deberá cumplir su condena por la causa denominada “Vialidad” en su domicilio de Constitución. El magistrado le impuso la utilización de tobillera electrónica y la presentación de una lista de personas que podrán ingresar al departamento. También el fallo incluye el deber de “abstenerse de adoptar comportamientos que puedan perturbar la tranquilidad del vecindario y/o alterar la convivencia pacífica de sus habitantes”. Por Claudio Lozas para ANRed.


     

     

    Frases como «CFK es pueblo», «corte corrupta» y «con la democracia no se jode» no dejan lugar a dudas sobre el motivo de las acciones. Si bien no se conoce la identidad de quienes lo llevaron a cabo, en el interior y las veredas de los locales se encontró impreso el siguiente mensaje:

    «Una mañana cualquiera, por fin, de las entrañas del conurbano sepultado, yacerá el fuego grande de la verdadera libertad. Y los vengaremos con aquello que más les duele: la felicidad de los humildes.

    Y ustedes, sufrirán cuando vean al pueblo que vive.

    Nosotros, como ahora, obraremos incansables por la alegría de cada humilde que pise esta Patria. Hasta el día en que nos honre con amor la muerte.

    Ustedes, ahora sí, pagarán sus deudas, llorarán su soledad y sufrirán el hondo vacío de no tener patria. Hasta que, también, los encuentre la muerte. Solos y cagando. Brindemos por eso.

    A todo el pueblo, buen día y una consigna sencilla: defendamos lo que es nuestro».

     

     

  • Alumnos y alumnas de la ESRN 145 intervienen artísticamente el minianfiteatro del Militante

    Alumnos y alumnas de la ESRN Nº 145 llevan intervenciones artísticas en el minianfiteatro del Militante con el objetivo de embellecerlo estéticamente y, al mismo tiempo, de contribuir a la renovación de este espacio público. Los trabajos se enmarcan en un proyecto elaborado por la institución educativa que fue presentada a la Dirección de Cultura…