Ruda, GPS y palas: te seguiré buscando
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Ruda, GPS y palas: te seguiré buscando

Agradecimiento: esta crónica fue escrita bajo la mentoría de Ana María Saavedra.

Te busco en la Amazonía

Cementerio de Mocoa, Putumayo

Claudia me recibe en el cementerio de Mocoa. Recién nos conocemos en persona. Sin presentarnos oficialmente, se acerca y me entrega una rama de ruda: 

— Guárdela en el bolsillo y prepárese: el olor es terrible. 

Con las cejas marcadas y unos ojos profundos me mira de arriba abajo, concentrándose en mis tenis blancos. Enseguida me indica que debemos ir en su moto a comprar botas de caucho antes de unirnos al equipo de antropólogos forenses y documentadores de campo que inicia la jornada cuesta arriba. Ellos son sus compañeros de Reencuentros, la organización que desde hace casi diez años, a partir del Acuerdo de Paz, busca a los desaparecidos del conflicto armado. 

Reencuentros es una ONG especial no sólo por recuperar historias, aliviar el dolor de miles de familias que se siguen preguntando dónde están sus desaparecidos, trabajar por la verdad y la memoria de Colombia. Ese reencuentro contempla la reparación de vínculos entre ex combatientes de las FARC-EP y ex militares del Ejército a quienes ayer los enfrentó la guerra.  Sobrevivieron. Hoy los une esa pregunta en común: ¿dónde están? Ambos buscan a sus compañeros desaparecidos. Reencuentros tiene apoyo de cooperación internacional y articula sus acciones con las de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), el órgano estatal que registra más de 137 mil casos en el contexto del conflicto armado. 

Claudia fue guerrillera. Hoy vuelve a los territorios donde combatió como documentadora y excavadora. La moto que maneja casi la iguala en tamaño. En el camino por las empinadas vías de la ciudad me explica que la ruda sirve para protegerse del “hielo del finado”, la enfermedad que contagian los muertos. 

— A una le agarra fiebre, dolor en los huesos y mucho malestar.

Ya con mis botas de caucho, llegamos al cementerio rodeado de montañas y musicalizado por el río. Nos recibe ese olor. Dos trabajadores cargan una bolsa de plástico negra. Me cuentan que guardan los restos de dos cuerpos hallados el día anterior. Es el olor no solo de la muerte, sino de la muerte violenta. El olor de haber sido asesinado en medio del conflicto armado y luego abandonado en un cementerio público, sin sepulcro, identificación ni atención sanitaria. Claudia rocía el aire con esencias florales. 

El trabajo del día divide el cementerio en dos. La mitad del equipo de Reencuentros se dedicará a abrir diez trincheras en la parte sur, donde se sospecha pueden estar enterrados los restos de quince personas. La otra mitad cavará en la sección norte, donde se espera encontrar un cuerpo. 

Cuesta abajo, el sonido de las palas y la lluvia acompaña las conversaciones de los excavadores:

— Así parezca fácil, esto requiere maña. 

— Uno tiene que saber cómo dar el palazo para no cansar los brazos desde el inicio. 

En Mocoa, la puerta de entrada a la Amazonía colombiana, son comunes los largos períodos de lluvia como los de esta semana. A pesar del barro y del frío la intervención no se detiene. Como tampoco se detuvo en la pandemia, el terremoto o los anuncios del nuevo presidente sobre los recortes al financiamiento de la unidad y de la jurisdicción especial para la paz. 

Claudia se ajusta el impermeable, toma una pala y se une al equipo que abre trincheras. “¿Recordando viejos tiempos, diablita?”, le pregunta a Norma, cuyo apodo en la guerrilla era La Diabla. Esos viejos tiempos se refieren a las trincheras de guerra, las abrían como estrategia militar. 

Con la torpeza de quien nunca ha tenido que cavar nada, ofrezco colaborar. Claudia y Norma se ríen: 

—Flaca, usted no tiene la fuerza. 

Y es cierto. Una vez entierro la pala en la tierra húmeda, no puedo volverla a sacar. Mientras me ayudan, comentan lo difícil que había sido aprender a abrirlas, especialmente porque en la guerrilla esa tarea también era un castigo. Quien incumplía una regla cogía la pala.

Llega una voz desde arriba: “Lo encontramos”. Luego agrega: “Creo que esta es la cabeza”. Claudia me toma del brazo. Los trabajadores rodean el área de la excavación. El cementerio recupera el silencio. El antropólogo forense de la Unidad salta al hueco. Sin prisa, retira la tierra que cubre los huesos que serán enviados al Instituto de Medicina Legal. 

“Este debe ser un excombatiente”, me dice Claudia mientras observa la bolsa roja encontrada junto al cuerpo, que seguramente contiene su ropa y pertenencias. Así solían enterrar a los guerrilleros, para que luego sea más fácil identificarlos.  

Esta intervención conjunta entre Reencuentros y la Unidad durará ocho días, y espera encontrar los restos de veinte desaparecidos. Pasar este tiempo con Claudia se convierte en un ritual. Nos encontramos cada mañana en la entrada del cementerio, me entrega la ruda, subo a su moto. Entre pausas para tomar café y almorzar, voy conociendo su vida antes y después del desarme. Claudia entró a la guerrilla a los once años en busca de comida y refugio. Ahí aprendió a leer y a escribir. Recibió cursos de formación política. Después se convirtió en radista, se encargaba de la comunicación entre las diferentes estructuras de la guerrilla. Estudió códigos alfanuméricos para proteger la estrategia militar de las interceptaciones del ejército. Luego fue enfermera, cuidar le interesó tanto que le habría gustado seguir haciéndolo en la vida civil. Al cumplir los veintiséis, entregó su arma y montó un taller de costura. Hace cuatro años, una excompañera la invitó a unirse a Reencuentros. 

En todos estos años, Reencuentros registra 1064 casos de personas dadas por desaparecidas, las buscan en 121 lugares posibles, 72 son terrenos a campo abierto y 49, cementerios como este. Restituyeron 698 restos.

Claudia se dedica a contactar a personas que, como ella, viven en la zona de reincorporación. Reconstruyen historias sobre compañeros desaparecidos durante la guerra; también escucha a  familias de civiles secuestrados por las FARC-EP. Reencuentros investiga pero también hace una tarea pedagógica y de incidencia política. Al mismo tiempo que se inician las búsquedas, habilitan canales de discusión e intercambio para fortalecer los programas públicos y privados afines. Durante las búsquedas, Claudia también colabora cavando: “soy buena en eso”.

Ruda, GPS y palas: te seguiré buscando

Te busco en la región andina

Centro petrolero colombiano

Los ríos de Colombia guardan historias de la desaparición. El Magdalena, que recorre el país desde las montañas del sur hasta el mar Caribe, acuna los cuerpos que la guerra desecha. Sus corrientes por el departamento de Santander serán el centro de discusión durante los días en que acompaño a León, director de Reencuentros, a un taller de documentación de casos. Qué hacer con toda la información que recibían fue el primer paso, hace diez años, para crear la organización, me explica mientras responde mensajes en su celular. 

León lleva el pelo largo y crespo recogido en una cola, igual que en sus tiempos de líder estudiantil. Desde que fue amenazado por participar en los diálogos de La Habana, cuando se creó la Comisión Nacional de Búsqueda de las FARC-EP, se moviliza con escoltas. 

Vamos en su Toyota blindada al encuentro programado por el equipo de las regiones Norte y Santanderes con la Unidad en Barrancabermeja, una ciudad portuaria ubicada en el centro petrolero de Colombia. Fuera de la ventana, el río Magdalena.  

—Recuerdo que, ahí por el 2015, los comandantes de la guerrilla nos designaron como equipo para recopilar información. 

En ese entonces, las organizaciones de víctimas demandaban acciones concretas para la búsqueda de los desaparecidos; se acercaba la firma del acuerdo final. Mientras León piensa esa época “esperanzadora”, llegamos a destino: el salón de una empresa prestadora de salud. El olor a gel antibacterial y limpiador de pisos impregnan el ambiente. 

— Huele a hospital —se escucha entre los asistentes. 

— Supongo que ese olor está bien para el trabajo de hoy —bromea León mientras saluda a sus compañeros con un abrazo.

En el salón de baldosas blancas, dos pendones cuelgan en la pared: uno es de la Unidad, el otro es de Reencuentros. En el centro, la foto de una mujer. Bajo el título de “Ficha técnica” se registra su color de ojos, la ropa con la que fue vista por última vez, se menciona que no tenía tatuajes pero sí dos marcas identificadoras: un lunar y una cicatriz. Las fichas técnicas serán el instrumento de trabajo de estos días. 

La documentadora de la Unidad abre la sesión: 

—¿Alguien recuerda esta cara? ¿El nombre?

León mira a su equipo y luego me mira a mí. Una señal silenciosa: atenta, aquí viene la acción.

Las mujeres y los hombres de Reencuentros comienzan a hablar entre sí. Aunque nadie sabe el nombre de la mujer del lunar y la cicatriz, sí recuerdan otras cosas: el último lugar donde fue vista, los frentes ubicados en esa zona en el año en que se registró su desaparición y los integrantes de las tropas que operaban allí. Algunos están vivos, incluso presentes, otros están muertos. Mientras siguen buscando pistas sobre ella, revisitan sus vidas en la guerrilla: el calor húmedo de los campamentos, los combates con los paramilitares y el paisaje cambiante del río Magdalena que tanto recorrieron en lanchas de madera.

La dinámica se repite con la exhibición de cincuenta fichas técnicas durante dos días consecutivos. Aunque los casos varían y la información fluctúa, un aspecto es constante: el conocimiento de los excombatientes no se limita al desaparecido. Cada ficha se transforma en una explicación sobre Colombia y su geografía, sobre los territorios aislados de los Santanderes, dos departamentos ubicados en la frontera con Venezuela donde operó el bloque Magdalena Medio de las FARC-EP. Señalan quebradas que cambiaron de curso, lo que complica la búsqueda de ciertas personas. Corrigen a las funcionarias de la Unidad sobre la ubicación de las veredas donde desaparecieron las personas de las fichas, ya que muchas de esas veredas están mal ubicadas o simplemente ausentes en los mapas oficiales. Advierten sobre los peligros actuales de ingresar a ciertos municipios. En esta región, el Clan del Golfo, el ELN y las disidencias de las FARC-EP disputan el control de las economías ilegales, del río y de sus rutas hacia el interior de la costa Caribe. Todas esas explicaciones surgen de su experiencia guerrillera. 

«Por eso la Unidad nos necesita», me dice León. Comentamos un caso que generó debate durante el taller. Se trataba de una fosa común en un municipio cercano a Barrancabermeja. Una documentadora explicó que la fosa había quedado bajo el agua. Además, esa misma área está controlada por grupos armados. Aunque miembros de la Unidad afirmaron haber comprado un GPS especial, León y el equipo insistieron en que el agua no era el único problema. 

—¿Ese GPS es antibalas? —preguntó alguien, y todos rieron.

En la tarde del último día de la reunión, de nuevo en la camioneta blindada, León me cuenta sobre el momento en que la Comisión decidió convertirse en Reencuentros. En 2021, comprendieron que ya no eran solo proveedores de información. Sus conocimientos geográficos, sus redes y su experiencia eran indispensables para las búsquedas. Las trincheras que alguna vez abrieron para combatir eran ahora las mismas que cavaban para la paz. Al convertirse en organización también pudieron impulsar una agenda propia: exigir que el Estado buscara a los excombatientes desaparecidos. 

Para 2025, esos esfuerzos dieron frutos concretos: los guerrilleros buscados por sus seres queridos ya figuran en las listas oficiales de búsqueda de la Unidad. León subraya ese logro, pero no tarda en expresar su preocupación sobre posibles cambios políticos de la gestión de Abelardo de la Espriella, el nuevo presidente de Colombia. Como quien piensa en voz alta, luego aclara:

—Nosotros trabajamos en la época de Duque, que tampoco nos quería nada. No va a ser fácil con la vuelta de la derecha, pero vamos a seguir, como sea que toque. 

Te busco en Occidente

Ex guerrilleros y ex militares estamos unidos

El trabajo de Reencuentros no acaba con la identificación de los cuerpos hallados. Lo entiendo en Palmira, una ciudad del Valle del Cauca, testigo del sufrimiento causado por la guerra. Voy con Mireya, la líder de Reencuentros en el occidente del país, a visitar la transformación de un lote abandonado en un cementerio al que pronto llamarán Patio de la Memoria.

Es una mañana soleada. Hombres y mujeres con cascos amarillos, rodeados de arena y cruces de cemento, cavan al ritmo del corrido “El soltero feliz”. Construyen trescientos osarios para enterrar restos no reclamados. A pesar de la tragedia de fosas comunes con cuerpos humanos, desechos hospitalarios e incluso animales que yacen bajo esa tierra, el ambiente es cálido. Además del corrido, que algunos bailan entre palada y palada mientras otros tararean su coro (que levante la mano el soltero feliz…), la camaradería acompaña la construcción. Los que cavan no sólo son ex guerrilleros: comparten la construcción ex integrantes del Ejército colombiano.

Bajo la amenaza del calor del mediodía, un hombre de ojos azules, piel clara, estatura mediana y vestido con un chaleco negro, anuncia el refriego. 

—Empanaditas pa’ los de buen apetito, ¿verdad, Mireya?

—Claro, Mayor.

El mayor Bareño sirvió en el Ejército colombiano durante veintiséis años. A pesar de su retiro, conserva el título que lo acompañó por más de media vida. Así lo llama Mireya, una mujer de 50 y tantos, pelo crespo y voz dulce que pasó más de la mitad de la suya peleando la guerra como combatiente de las FARC-EP. Además del gusto por el picante en las empanadas, comparten la sensación de que trabajar juntos ha sido, además de fácil, reparador. Se conocieron en 2024, cuando comenzaba la construcción de los osarios. En la búsqueda de mano de obra, León y Mireya contactaron a la Corporación Reconciliación, una organización de militares retirados.

Mientras comemos empanadas frente a la construcción, Mireya me cuenta cómo nació este proyecto. Unos meses atrás, como en Mocoa, Reencuentros y La Unidad habían intervenido un lote del cementerio central de Palmira tras una investigación que indicaba la posible ubicación de excombatientes fallecidos en la zona. La excavación permitió localizar más de ochenta cuerpos que fueron exhumados y remitidos para su identificación en medicina legal. Un conjunto de restos, identificados como los de un guerrillero, fue devuelto a su familia, que no pudo costear una tumba ni un lugar de entierro. Gestionaron donaciones del gobierno local que les permitieron enterrar a su ser querido. Otro de los cuerpos identificados no fue reclamado por su familia. 

Cuando nos dimos cuenta de que esto volvería a ocurrir, nos preguntamos qué hacer con los compañeros cuyos allegados no pudieran o no quisieran enterrarlos. Decidimos reclamarlos como familia, no la biológica, sino la social. 

Mireya conoce en carne propia el dolor de la desaparición. Todavía busca a su hermana menor, que había ingresado a la guerrilla. Lo último que supo de ella fue que resultó herida en un combate con el ejército en el sector de El Bordo, en el departamento del Cauca. El ejército nunca dijo a dónde se la llevó. 

Al finalizar el refrigerio, acompaño al Mayor Bareño al depósito donde coordinará con León la compra de materiales. Parecen viejos amigos. Fueron enemigos en la guerra. Cuando lo convocaron, Bareño logró convencer a veintidós ex-militares para que también se unieran al reencuentro. 

Todos tenían miedo de trabajar juntos. Pero a mí no me sorprendió lo fácil que fuedice Mireya.

En La Habana, durante los diálogos de paz, desde la comisión de búsqueda tuvo que reunirse con militares para discutir mecanismos de atención a las víctimas, y entonces la interacción ya fue fluida. 

Con ellos pasaba algo especial: nos entendíamos. Hablábamos el mismo idioma. Peleamos la guerra desde lados distintos, pero por la misma razón: queríamos un mejor país.

Un año después, el lote se transformó en el Patio de la memoria. La entrada, adornada por el mural de una mujer rodeada de mariposas amarillas. Los osarios terminados, un acto de resistencia al olvido, el abandono y la normalización de las desapariciones. El mayor Bareño, Mireya y León están allí, junto con organizaciones de víctimas. Una réplica del Cristo de Bojayá, símbolo de la tragedia humana de la guerra, va a ser colocada en el patio. Esta vez, hay olor a incienso. Mireya y León reparten pañoletas azules con palabras bordadas: ”Nos juntamos para encontrarles. Solo desaparece quien se olvida”. Los guía un desafío: “Buscar es un acto de amor”. 

Te busco en los Llanos

Cada funeral es un reencuentro

A muchos en las FARC-EP les faltó un funeral. De ese pendiente también se encarga Reencuentros. Cuando un excombatiente es hallado y reclamado, se organiza una entrega digna. Y, en muchos casos, ese momento se convierte en su funeral. 

Yaritza es una mujer de pelo negro abundante. Camina en botas de caucho con rapidez y transmite tanto autoridad como serenidad al hablar. Como coordinadora de la organización en el oriente del país, es la encargada del funeral de Biojó,  que tiene lugar en un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) en el departamento del Meta. 

Allí recibirán los restos de Domingo Biojó, un comandante guerrillero que murió en 2010 durante un bombardeo aéreo masivo del Ejército colombiano en el que fue asesinada la hija de un líder de las FARC-EP. Desde entonces, Domingo estaba desaparecido. Pero su familia de sangre, social y biológica insistía en volverlo a ver. Así fuera solo un pequeño pedacito de él. 

Yaritza nunca conoció a Biojó, pero habla de él como quien describe a un abuelo que se convirtió en leyenda familiar. Se ocupa del funeral por una coincidencia geográfica. 

—En Reencuentros seguimos organizándonos por regiones, como antes en las FARC-EP. Y la familia de Biojó vive por acá. 

Conversamos sobre Biojó mientras esperamos la llegada de las fotos que decorarán el salón del memorial. 

Biojó era nieto de un trabajador de las bananeras. Su abuelo participó en la movilización que desembocó en la masacre relatada por García Márquez en Cien años de soledad. En su juventud fue un líder campesino, y terminó preso. Al salir, se unió a la guerrilla. Rápidamente escaló en las filas de las FARC-EP, donde recordaba que la lucha contra la discriminación social era también una lucha contra la discriminación racial. A finales de los noventa, reconociendo su capacidad de diálogo y su preparación política, fue enviado como representante de la guerrilla a participar en los diálogos de paz en el Caguán. 

Yaritza cuelga las fotos de Biojó, otro modo de conservar la memoria de la guerrilla, su hogar y familia por más de la mitad de su vida. El memorial también es una oportunidad para reencontrarse con antiguos compañeros. Y para llorar colectivamente una muerte que quince años atrás fue celebrada por el Estado y buena parte de la prensa nacional. 

Te busco en el futuro

Por la paz, la verdad y la reparación

Después de las elecciones presidenciales, vuelvo a encontrarme con Yaritza, Mireya y León en Bogotá. El motivo: una reunión de coordinación de Reencuentros, que fue aplazada varias veces por la inseguridad que enfrentó la organización durante la campaña electoral. La estigmatización de los exguerrilleros fue bandera de la derecha, una situación que amenaza con agudizarse durante los próximos cuatro años. 

Entre los asistentes se percibe miedo y rabia, pero no desesperanza. Antes de revisar los pendientes burocráticos, se abre espacio para un desahogo colectivo. Reencuentros no solo busca desaparecidos. Es un refugio para encontrarlos y encontrarse. Un espacio para dar sentido al presente y transitar el trauma. Para encontrarse frente a una ficha técnica y recordar las tierras que recorrieron alzados en armas. Para reflexionar también sobre el mal causado. Para seguir contribuyendo a la construcción de la paz.

Sirley, coordinadora de la región sur y una de las fundadoras de Reencuentros, interviene de primera:

—Nosotros nos dedicamos a cerrar ciclos de dolor, y no podemos parar.

Fotos: Gabriela Gil.

*Las opiniones expresadas en esta crónica son de la autora y no reflejan el punto de vista de los patrocinadores.

La entrada Ruda, GPS y palas: te seguiré buscando se publicó primero en Revista Anfibia.

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    SIAM y Whirlpool: dos modelos de país, de la industria nacional de Perón al cierre de la fábrica bajo Milei

     

    La historia de SIAM durante el peronismo y el cierre de Whirlpool bajo Javier Milei exponen dos estrategias económicas enfrentadas. Mientras el Estado peronista impulsó crédito, producción y consumo, Whirlpool abandonó la fabricación local y convirtió su negocio argentino en un esquema 100% importador.

    Por Walter Onorato gentileza EnOrsai

    Hay una imagen que permite resumir buena parte de la discusión económica argentina: una heladera SIAM fabricada en el país y una moderna planta de Whirlpool en Pilar que, apenas tres años después de su inauguración, terminó cerrada y puesta en venta.

    No son historias idénticas ni pertenecen al mismo momento histórico. Pero permiten observar dos decisiones políticas y económicas radicalmente diferentes frente a la industria: qué hace el Estado cuando una empresa produce en Argentina y qué ocurre cuando las condiciones favorecen la importación por encima de la fabricación local.

    La comparación adquiere particular fuerza porque ambas historias están vinculadas con bienes que ingresaron profundamente en la vida cotidiana de las familias: heladeras y lavarropas.

    SIAM y Perón: cuando el Estado apostó a producir

    Cuando Juan Domingo Perón llegó a la Presidencia en 1946, SIAM ya era una empresa industrial importante. Sin embargo, durante el primer peronismo encontró un escenario en el que el crédito estatal, la protección industrial, el crecimiento del mercado interno y la expansión del consumo favorecieron su desarrollo.

    El Banco de Crédito Industrial Argentino se convirtió en una herramienta fundamental para financiar la industria. SIAM estuvo entre las empresas que recibieron una participación particularmente importante de esos créditos durante el período 1946-1955.

    La investigación citada en nuestra nota anterior registra que los préstamos destinados a SIAM-SIAT llegaron a representar aproximadamente el 10% en 1946, el 12% en 1947, el 13% en 1948, el 14% en 1951, el 18% en 1952 y el 19% en 1953 de los créditos considerados en los sectores correspondientes.

    No se trató simplemente de regalar dinero a una empresa. El esquema combinó financiamiento estatal, protección industrial, regulación de importaciones y estímulo a la producción nacional.

    El Estado también construyó mercado

    La otra cara de esa política fue la expansión del consumo.

    El crecimiento de los ingresos y las ventas en cuotas permitieron que sectores cada vez más amplios pudieran acceder a bienes durables. En el caso de las heladeras, la investigación histórica señala que la redistribución del ingreso, las restricciones a las importaciones y la generalización de los sistemas de venta a plazos impulsaron la demanda.

    El resultado fue extraordinario. La producción argentina de heladeras eléctricas pasó de 6.967 unidades en 1946 a 151.200 en 1955.

    SIAM fue una de las empresas centrales de esa expansión. Sus ventas de heladeras eléctricas pasaron de 11.693 unidades en 1948 a 73.928 en 1955.

    La diferencia con el presente no está solamente en cuántas heladeras se fabricaban. Está en la concepción económica que había detrás: la industria debía producir, los trabajadores debían poder consumir y el Estado debía intervenir para que ambas cosas fueran posibles.

    La heladera que cambió la vida cotidiana

    El impacto no quedó encerrado en las estadísticas industriales.

    En 1947 apenas el 3,4% de los hogares argentinos tenía una heladera eléctrica. El 20,4% utilizaba todavía heladeras alimentadas con barras de hielo.

    La llegada de la refrigeración eléctrica modificó las rutinas familiares. Permitió conservar durante más tiempo carne, leche, verduras y otros alimentos perecederos, redujo la necesidad de realizar compras cotidianas y transformó la organización del trabajo doméstico.

    La heladera pasó así de ser un objeto excepcional a convertirse progresivamente en un bien asociado al confort y a una nueva calidad de vida.

    Según la investigación sobre la evolución de los bienes durables, en 1946 había una heladera por cada 28 familias. En 1950 era una por cada 14 y en 1955 una por cada seis.

    La industrialización podía medirse entonces también dentro de las cocinas.

    Whirlpool: tres años después, la fábrica cerró

    La historia de Whirlpool en Pilar presenta un recorrido muy diferente.

    En 2022, la multinacional estadounidense inauguró una fábrica de lavarropas en Fátima, Pilar, después de invertir 52 millones de dólares. La planta tenía una superficie de 30.453 metros cuadrados cubiertos y había sido concebida como una de las instalaciones más modernas de la compañía a nivel mundial y como plataforma regional de producción.

    El proyecto contemplaba una capacidad de hasta 300.000 unidades anuales, con aproximadamente el 70% de la producción destinada a la exportación, principalmente hacia Brasil.

    En 2023, primer año completo de funcionamiento, Whirlpool incorporó incluso un segundo turno y retomó las exportaciones de lavarropas hacia Brasil después de más de dos décadas.

    Pero el escenario cambió con la llegada de Javier Milei a la Presidencia.

    Del segundo turno al cierre definitivo

    Durante 2024, Whirlpool comenzó a reducir turnos y personal. Según la información publicada por El Modelo, la empresa enfrentó una caída del consumo interno, mayores dificultades para competir con productos importados y la necesidad de revisar su estructura regional de producción.

    Finalmente, en noviembre de 2025, comunicó el cierre definitivo de la planta y la interrupción de la fabricación de lavarropas en Argentina.

    Ahora, en septiembre de 2026, la compañía puso en venta el complejo industrial.

    La operación completa una transformación profunda: Whirlpool mantiene su presencia comercial en Argentina, pero abandonó la fabricación local y funciona bajo un esquema 100% importador. Los lavarropas provienen principalmente de Brasil, mientras accesorios, electrodomésticos y repuestos llegan desde plantas ubicadas en otros países.

    De producir para el mundo a importar para el mercado

    El contraste resulta difícil de ignorar.

    En 2022, Whirlpool llegó a Argentina con una planta concebida para producir 300.000 lavarropas por año, exportar el 70% y utilizar al país como plataforma regional. Tres años después, esa fábrica estaba cerrada.

    La propia información sobre la empresa establece una relación temporal directa entre el cambio de escenario y la llegada de Javier Milei: durante 2024 comenzaron las reducciones de turnos y personal y en noviembre de 2025 se produjo el cierre definitivo.

    No corresponde afirmar, sin embargo, que el Gobierno haya ordenado el cierre de Whirlpool. Lo que sí permite establecer la fuente es que la empresa tomó la decisión en un contexto que cambió después de la llegada de Milei y que terminó adoptando un modelo completamente importador.

    Y esa precisión es fundamental.

    Porque la discusión no debería reducirse a si Whirlpool es responsable de cerrar una fábrica o si el Gobierno es responsable directo de la decisión. La cuestión de fondo es qué tipo de estructura productiva favorecen las reglas económicas vigentes.

    Dos modelos frente a una misma pregunta

    La comparación entre SIAM y Whirlpool no consiste en idealizar una empresa privada del pasado ni en afirmar que toda industria puede sobrevivir indefinidamente bajo cualquier circunstancia.

    La diferencia aparece en otro lugar.

    Durante el primer peronismo, el Estado utilizó crédito, protección industrial y herramientas económicas para fortalecer la producción local, mientras el crecimiento de los ingresos y las ventas en cuotas ampliaban el mercado interno.

    En el caso de Whirlpool, una inversión industrial de 52 millones de dólares terminó con la fábrica cerrada, la producción interrumpida y el inmueble puesto en venta, mientras la compañía conserva su actividad comercial mediante importaciones.

    Una Argentina buscaba fabricar el electrodoméstico que entraba en la casa de una familia. La otra terminó importándolo.

    Y ahí aparece la pregunta incómoda para el presente: ¿qué sucede con el trabajo, los proveedores, las capacidades productivas y el conocimiento industrial cuando una economía deja de necesitar que esos productos se fabriquen dentro del país?

    La heladera, el lavarropas y una discusión que vuelve

    La historia de SIAM demuestra que una política industrial puede tener consecuencias que exceden ampliamente a una fábrica. Cuando una heladera llegaba a una vivienda, detrás había una cadena que involucraba trabajadores, máquinas, crédito, producción y consumo.

    La historia de Whirlpool muestra el movimiento contrario: una planta moderna, con una inversión millonaria y capacidad exportadora, dejó de fabricar y pasó a formar parte de un esquema importador.

    La comparación no permite borrar las diferencias entre 1946 y 2026. Pero sí deja planteada una discusión que el discurso libertario suele presentar como una cuestión puramente contable: ¿qué pierde una sociedad cuando producir deja de ser un objetivo económico y comprar afuera pasa a ser la alternativa dominante?

    Porque una fábrica no es solamente un edificio.

    Es trabajo. Es conocimiento. Es capacidad productiva. Es una cadena de proveedores. Y, sobre todo, es la posibilidad de que un país no quede condenado a ser simplemente el lugar donde se venden productos fabricados por otros.

    La vieja heladera SIAM todavía puede servir para recordar algo que hoy parece incómodo: la industria nacional alguna vez fue pensada como una herramienta para transformar la vida de las familias. La fábrica de Whirlpool, vacía y en venta, obliga a preguntarse qué lugar ocupa esa idea en la Argentina de Milei.

    Fuentes

    Aisenberg, I., & Rein, R. (2024). Las vidas paralelas de dos emprendedores inmigrantes: Torcuato Di Tella y Ezra Teubal. Temas de Historia Argentina y Americana, 32(2), 109-128.

    Belini, C. (2010). La promoción industrial durante el peronismo. Impacto y límites de la ley de industrias de interés nacional (1944-1958). Temas de Historia Argentina y Americana, 16, 59-97.

    Rocchi, F. (2022). La transformación de la vida cotidiana: la evolución de los bienes durables en Argentina, 1920-1970. Historia Crítica, 84, 29-55.

    Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires. (2021). Los primeros gobiernos peronistas. Continuemos Estudiando.

    El Modelo. (3 de septiembre de 2026). Se va: Whirlpool ya no fabrica en Argentina y vende su planta de Pilar.

     

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  • La confianza de Boca de cara al Superclásico: “lo vamos a ganar”

     

    Aunque a ambos les queda una fecha clave antes de verse las caras en La Bombonera, el Superclásico entre Boca y River del 9 de noviembre ya empieza a jugarse en la previa. Con ambos equipos peleando mano a mano por un lugar en la Copa Libertadores 2026, el duelo promete ser decisivo, y en el Xeneize ya se respira confianza.

    Tras su doblete en la victoria ante Barracas Central, Milton Giménez fue claro y optimista al hablar del partido más esperado: “El clásico lo vamos a ganar”, aseguró el delantero en diálogo con Radio Continental.

    El goleador, de gran presente con cinco tantos en la misma cantidad de titularidades en el Clausura, explicó el motivo de su confianza: “Porque estamos bien”. Además, destacó la importancia de cada compromiso en este tramo final: “Tenemos todas finales y hay que jugarlas así. Se notó que tomamos este partido como una final. Arrancamos sabiendo que teníamos que ganar sí o sí”, señaló el ex Banfield.

    Hoy titular en lugar de Edinson Cavani, Giménez se transformó en una de las cartas más determinantes del equipo de Claudio Úbeda, que buscará llegar entonado al clásico frente al eterno rival.

    Con un mensaje directo a los hinchas, el atacante dejó en claro que el plantel comparte la misma ansiedad que la gente: “Que estén tranquilos, que estamos haciendo todo lo posible. Esa ansiedad la sentimos también nosotros. Que se queden tranquilos que lo vamos a lograr”, cerró el goleador.

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