“Querido General: tengo una idea”: los argentinos que le escribían a Perón para inventar el futuro
Mucho antes de las redes sociales, cientos de argentinos mandaban cartas a la Presidencia con máquinas, planos, teorías y proyectos destinados a transformar el país. Algunos proponían motores, otros sistemas para ordenar el tránsito, canales de riego, expediciones a la Antártida y hasta platillos voladores. Un archivo de más de 20.000 cartas permite descubrir una Argentina que imaginaba la ciencia y la tecnología no como patrimonio de unos pocos especialistas, sino como una herramienta al alcance de cualquiera dispuesto a inventar.
Por Alcides Blanco para NLI

Hubo una época en la que un argentino podía sentarse frente a una hoja de papel, dibujar una máquina, explicar cómo creía que funcionaba y mandarla directamente a la Presidencia de la Nación. No hacía falta tener un laboratorio, un cargo universitario ni una empresa detrás. Bastaba, aparentemente, con tener una idea y la suficiente convicción como para ponerla por escrito. Entre 1946 y 1955, miles de cartas llegaron a las oficinas del Estado con pedidos, reclamos, propuestas y proyectos; entre ellas apareció un universo extraordinario de inventores populares que imaginaban máquinas, soluciones técnicas y hasta nuevas formas de transformar el territorio argentino. Un trabajo del historiador Hernán Comastri reconstruyó parte de ese archivo y encontró allí una verdadera radiografía de cómo los sectores populares pensaban la ciencia y la tecnología a mediados del siglo XX.
El volumen de aquella correspondencia es sorprendente. El archivo conserva más de 20.000 cartas dirigidas a las estructuras estatales del primer peronismo, mientras que la investigación de Comastri identificó unas 500 específicamente vinculadas con ideas, proyectos, teorías y modelos técnicos. Llegaban desde distintas provincias y territorios nacionales y provenían de personas con trayectorias sociales muy diferentes. Había trabajadores, mecánicos, chacareros, empleados ferroviarios y autodidactas que no necesariamente tenían una formación científica formal, pero que observaban los problemas cotidianos y trataban de resolverlos con las herramientas intelectuales y materiales que tenían a mano.
La convocatoria estatal tuvo un papel central. En diciembre de 1951, Juan Domingo Perón lanzó públicamente una campaña para que la población hiciera llegar iniciativas destinadas a la elaboración del Segundo Plan Quinquenal. La propuesta se difundió por radios, diarios y revistas y provocó un incremento significativo del envío de cartas. El objetivo no era solamente recibir grandes proyectos industriales: también se buscaban demandas, propuestas e ideas provenientes de la sociedad. La Secretaría Técnica de la Presidencia procesaba aquella correspondencia, convirtiéndose en una suerte de enorme buzón nacional en el que podían convivir una solicitud de vivienda, un reclamo por un camino y el diseño de una máquina que su autor consideraba revolucionaria.
La ciencia también podía salir del taller
Lo fascinante del archivo es que la imaginación técnica no aparecía solamente asociada a universidades, laboratorios o grandes empresas. Muchos de aquellos inventores pensaban desde su experiencia concreta. Un mecánico podía detectar un problema en un automóvil y proponer una modificación; un trabajador ferroviario podía sugerir mejoras para un sistema que conocía desde adentro; un agricultor podía imaginar nuevas formas de producir o transportar aquello que cultivaba.
Entre los documentos estudiados aparecen incluso representaciones y esquemas de máquinas. Una de las piezas conservadas por el Archivo General de la Nación muestra las posibles aplicaciones de un nuevo motor de aire comprimido. No se trataba simplemente de una fantasía escrita en una carta: algunos remitentes acompañaban sus propuestas con planos, dibujos, fotografías e incluso prototipos ya construidos. La frontera entre el inventor profesional y el aficionado era mucho menos rígida de lo que podría suponerse desde nuestra mirada actual.
También había una preocupación muy concreta por las limitaciones materiales de la Argentina. La falta de determinadas piezas importadas, por ejemplo, llevaba a mecánicos y trabajadores a pensar soluciones locales o modificaciones para los modelos disponibles en el país. Inventar no era solamente una cuestión de curiosidad: muchas veces era una manera de resolver problemas producidos por la propia dependencia tecnológica. La imaginación de aquellos hombres podía nacer de un taller, de una chacra, de una estación ferroviaria o de un garaje.
En ese sentido, aquellas cartas cuentan una historia bastante distinta de la imagen tradicional del inventor como un genio aislado que trabaja encerrado en un laboratorio. Aquí aparece otra figura: el inventor popular, alguien que mira su entorno, detecta una dificultad y supone que puede solucionarla con una combinación de ingenio, experiencia y conocimientos adquiridos muchas veces fuera de las instituciones educativas.
De los semáforos a los platillos voladores
Y entonces aparece una de las partes más deliciosamente extrañas del archivo.
La imaginación tecnológica de los argentinos de aquellos años no se limitaba a solucionar problemas domésticos. También absorbía rápidamente las novedades que llegaban desde el exterior. Cuando en 1947 comenzaron a difundirse en Estados Unidos las noticias sobre los llamados “platillos voladores”, el fenómeno tardó muy poco en llegar a la Argentina. En cuestión de semanas comenzaron a aparecer reportes de avistamientos en distintos puntos del país y, casi inmediatamente, algunas personas empezaron a escribirle al Gobierno ofreciendo sus propias explicaciones y teorías.
Pero lo más interesante no era solamente creer o no creer en los extraterrestres. En plena Guerra Fría, muchos argentinos interpretaban aquellos objetos como posibles armas secretas desarrolladas por las grandes potencias. Y si Estados Unidos y la Unión Soviética estaban avanzando tecnológicamente, razonaban algunos, la Argentina también debía hacerlo.
El archivo conserva incluso el caso de un inventor que aseguró haber construido un prototipo de platillo volador y haberlo probado con éxito. Su carta incluía un recorte periodístico en el que el inventor era presentado como un “Soldado Anónimo de las Masas Luchadoras”. La frase parece salida de una novela de ciencia ficción, pero forma parte de la documentación analizada por Comastri.
Y no todo terminaba en los platillos voladores. Otros remitentes imaginaban canales de riego, nuevos cauces para los ríos, vías navegables, expediciones a la Antártida e incluso una expedición al subsuelo destinada a comprobar o refutar las ideas de Julio Verne en Viaje al centro de la Tierra. La Argentina que aparece en esas cartas no era un territorio que simplemente debía conservarse: era un espacio que podía modificarse mediante la técnica.
La ciudad también era un enorme laboratorio.
El crecimiento del automóvil y los problemas del tránsito despertaban propuestas que, vistas desde hoy, tienen algo de sorprendentemente moderno. Algunos inventores imaginaron dispositivos capaces de registrar la velocidad y las infracciones de los automovilistas, una especie de “caja negra” para los vehículos; otros propusieron sistemas automáticos para dirigir el tránsito o mecanismos capaces de detener el motor de un automóvil que atravesara un semáforo en rojo. No todos esos proyectos eran técnicamente viables, pero revelaban algo importante: quienes los escribían estaban observando los problemas de la modernización urbana y tratando de responder a ellos.
Una Argentina que quería fabricar su propio futuro
Quizás lo más interesante de estas cartas no sea descubrir si alguno de aquellos inventos realmente funcionaba. La verdadera noticia histórica está en que tanta gente se sintiera habilitada a imaginar que podía inventar.
La investigación de Comastri utiliza el concepto de “imaginación técnica popular” para estudiar precisamente ese fenómeno: cómo trabajadores, autodidactas y personas alejadas de los circuitos científicos tradicionales consumían las novedades tecnológicas de su época, las reinterpretaba y las incorporaban a sus propios proyectos. El archivo permite observar cómo las grandes discusiones sobre automóviles, ferrocarriles, energía atómica, aviación, exploración espacial y nuevas armas eran traducidas por personas comunes a problemas concretos y proyectos particulares.
Hay además un detalle revelador. Entre las aproximadamente 500 cartas estudiadas en profundidad, solo alrededor del 1% estaban firmadas por mujeres. El dato permite ver también los límites de aquella imaginación técnica: el universo del inventor popular era abrumadoramente masculino y reflejaba la división sexual del trabajo técnico propia de la sociedad de la época. Es decir que el archivo no solamente muestra lo que aquellos argentinos soñaban construir, sino también quiénes tenían permitido imaginarse a sí mismos como constructores de tecnología.
Sin embargo, hay una idea que atraviesa todo ese conjunto de documentos y que resulta particularmente potente para entender aquella Argentina: la modernización no aparecía necesariamente como algo que debía llegar desde afuera. Podía surgir desde un taller, una chacra, un pueblo del interior o el fondo de una casa.
El país podía fabricar sus propias máquinas.
Podía resolver sus propios problemas.
Podía discutir tecnología.
Podía incluso imaginar un platillo volador argentino.
Y esa última posibilidad, por extravagante que parezca, dice bastante más sobre una sociedad que una estadística industrial: dice que había personas comunes que se sentían parte de un proyecto de futuro lo suficientemente grande como para pensar que sus propias ideas podían tener un lugar en él.
Las cartas dirigidas a Perón quedaron guardadas durante décadas y recién mucho después comenzaron a ser revisadas sistemáticamente por investigadores. Allí estaban los dibujos, las teorías, los proyectos, los reclamos y las fantasías. Una Argentina escrita a mano por sus propios habitantes, intentando explicarle al Estado cómo podía ser el país que todavía no existía.
Quizás esa sea la parte más extraordinaria de todas.
No sabemos cuántas de aquellas máquinas funcionaron. Sabemos, en cambio, que hubo cientos de argentinos que se tomaron el trabajo de dibujarlas, construirlas, explicarlas y mandarlas a la Presidencia convencidos de que alguien debía escucharlos.
Y en tiempos en los que la palabra “innovación” suele venir acompañada de una presentación en inglés, una ronda de inversores y una aplicación para el celular, aquellas cartas recuerdan algo bastante más antiguo y bastante más argentino: la idea de que inventar también podía ser una forma de participar en la construcción del país.
