El pueblo que nació alrededor de un tren

El pueblo que nació alrededor de un tren

Patricios nació en plena expansión ferroviaria de la Argentina y durante décadas vivió al ritmo de locomotoras, talleres, trabajadores y trenes de carga. Llegó a tener unos 4.000 habitantes. Después llegó el cierre del ramal, el éxodo y el silencio. Pero sus vecinos se organizaron para que aquel pueblo que había nacido alrededor de las vías no desapareciera también de la memoria.

Por Alcides Blanco para NLI

El pueblo que nació alrededor de un tren

Hay pueblos argentinos que parecen haber sido trazados por un agrimensor. Otros, en cambio, parecen haber sido dibujados por una locomotora. Patricios, en el partido bonaerense de Nueve de Julio, pertenece a esa segunda categoría: nació al calor de la expansión ferroviaria y durante buena parte de su historia vivió de aquello que ocurría alrededor de una estación. No se trataba simplemente de que el tren pasara por allí. El tren era el motivo por el cual el pueblo existía, trabajaba, comerciaba, estudiaba, se reunía y miraba hacia el resto del país.

La localidad fue fundada oficialmente el 17 de marzo de 1910, aunque la historia ferroviaria había comenzado antes. La Compañía General de Ferrocarriles en la Provincia de Buenos Aires, una empresa de capitales belgas y franceses, avanzaba por la llanura bonaerense con una red que buscaba conectar zonas productivas y transportar sus mercancías hacia los grandes centros urbanos y los puertos. La documentación conservada por el Museo Ferroviario de Patricios permite reconstruir que en 1908 ya se había establecido oficialmente la ubicación de la estación, mientras que la expansión de la red continuó durante los años siguientes.

Y alrededor de aquella estación comenzó a ocurrir algo que se repitió en innumerables lugares de la Argentina: aparecieron casas, comercios, depósitos, instituciones y familias. El ferrocarril necesitaba trabajadores, pero también necesitaba lugares donde esos trabajadores pudieran vivir. Necesitaba talleres, depósitos, agua, combustible y servicios. Y la población que se instalaba alrededor del ferrocarril necesitaba almacenes, escuelas, clubes, iglesias, médicos, bares y espacios de encuentro. Así, una estación podía terminar convirtiéndose en el corazón de una comunidad.

Cuando el tren era el centro de todo

Patricios tuvo una particularidad que terminó marcando su destino: no fue solamente una estación de paso. Allí funcionaron importantes talleres de la Compañía General de Ferrocarriles, donde se realizaban tareas de reparación y mantenimiento de locomotoras y vagones. También existían instalaciones para el relevo del personal ferroviario, de modo que el movimiento generado por los trenes era permanente.

Eso significaba mucho más que puestos de trabajo. Los ferroviarios constituían una comunidad con una presencia económica y social muy fuerte. El estudio realizado por investigadores del CONICET sobre Patricios explica que en los pueblos ferroviarios los trabajadores del ferrocarril solían tener una influencia decisiva en la vida comunitaria: impulsaban clubes, escuelas, bibliotecas, sindicatos y espacios culturales. El tren terminaba organizando la vida del pueblo incluso cuando no estaba circulando.

En Patricios, además, la actividad agropecuaria de la región encontraba en el ferrocarril una vía fundamental para sacar la producción. Los chacareros podían transportar sus productos y los comerciantes abastecerse de mercaderías. La estación era, por lo tanto, una puerta de entrada y salida: hacia Buenos Aires, hacia otros pueblos y hacia el mundo.

Durante aquellos años, hablar de progreso en la Argentina era hablar, en buena medida, de tender vías. La expansión ferroviaria permitió integrar territorios, acelerar los tiempos de transporte y conectar zonas rurales con los mercados. Pero también produjo algo menos visible en los grandes mapas: una gigantesca red de pequeñas comunidades cuya existencia quedó atada a los rieles.

Patricios fue una de ellas.

De 4.000 habitantes al silencio

Durante su época de esplendor, la localidad llegó a tener alrededor de 4.000 habitantes, una cifra que permite dimensionar lo que significaba entonces aquel enclave ferroviario. Había trabajo, movimiento y una estructura comunitaria que parecía tener asegurada su continuidad.

Pero la historia de Patricios terminó siguiendo otro camino.

La nacionalización de los ferrocarriles durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón incorporó aquellas líneas al sistema ferroviario estatal y la estación pasó a formar parte del Ferrocarril General Belgrano. Durante décadas, el ferrocarril continuó siendo parte fundamental de la vida local.

Después comenzaron los cierres.

El proceso no fue instantáneo, pero el resultado terminó siendo profundo. El ramal hacia Victorino de la Plaza fue clausurado en 1961 y la actividad ferroviaria fue reduciéndose progresivamente hasta que el movimiento que había dado origen al pueblo prácticamente desapareció. Según los registros ferroviarios recopilados por el Museo de Patricios, la línea fue perdiendo servicios hasta que el último tren circuló en 1993.

Y entonces ocurrió la paradoja: el mismo ferrocarril que había creado las condiciones para que Patricios creciera terminó dejando al pueblo sin una de sus principales razones económicas para existir.

Sin talleres, sin circulación regular de trenes y con cada vez menos oportunidades laborales, muchos habitantes se fueron. El pueblo que había llegado a tener unos 4.000 vecinos comenzó a achicarse. El proceso no fue exclusivo de Patricios: el cierre de ramales produjo en distintas regiones argentinas pérdida de población, deterioro de actividades económicas y debilitamiento de instituciones que durante décadas habían funcionado alrededor de las estaciones. Investigaciones del CONICET sobre pueblos ferroviarios describen precisamente ese vínculo entre el cierre de los ramales y los procesos de despoblamiento.

Un pueblo que decidió no desaparecer

Pero hay algo que hace que la historia de Patricios sea diferente a la de tantos otros pueblos que quedaron prácticamente abandonados.

Los que se quedaron decidieron pelear contra el olvido.

La propia Municipalidad de Nueve de Julio destaca que la localidad llegó a desarrollar una fuerte experiencia comunitaria para enfrentar el éxodo poblacional. Surgió la organización Patricios Unidos de Pie, y alrededor de ella se desarrollaron cooperativas de trabajo y un movimiento cultural que tuvo como una de sus expresiones más singulares al Teatro Comunitario de Patricios.

No deja de ser una imagen poderosa: donde alguna vez las locomotoras ponían en movimiento la economía, los vecinos comenzaron a poner en movimiento la cultura.

El antiguo espacio ferroviario también fue resignificado. La estación terminó convertida en Museo Ferroviario, conservando objetos, documentos y testimonios de aquella época en la que el ruido de las máquinas formaba parte de la vida cotidiana. El Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires incluye al museo entre los espacios dedicados a preservar el patrimonio ferroviario de la localidad.

De alguna manera, el pueblo encontró otra manera de utilizar aquello que el ferrocarril había dejado atrás: convertir la memoria en una forma de resistencia.

Porque cuando desaparece un tren no desaparece solamente un servicio de transporte. Puede desaparecer un trabajo, una rutina, una actividad comercial, una posibilidad de estudiar o viajar, una conexión con otras localidades y hasta una determinada manera de entender el territorio.

Eso es lo que permite mirar la historia de Patricios más allá de la nostalgia ferroviaria.

La estación que todavía cuenta la historia

Hoy Patricios sigue siendo una localidad pequeña del interior bonaerense. Las vías ya no cumplen la función para la que fueron tendidas y la estación dejó de ser el lugar desde donde partían trabajadores, productores, comerciantes y viajeros. Pero los edificios, los documentos y la memoria de sus habitantes conservan las marcas de aquel tiempo.

La historia de Patricios permite entender algo fundamental sobre la Argentina del siglo XX: hubo un momento en que el Estado, las empresas ferroviarias, los trabajadores y las comunidades construyeron una red territorial que hizo posible que miles de personas vivieran y produjeran lejos de las grandes ciudades. Algunos de aquellos pueblos sobrevivieron al abandono del tren. Otros no.

Patricios sobrevivió.

Y quizás por eso su historia tenga algo más para contar que la postal de una estación antigua cubierta de silencio. Porque allí donde alguna vez el silbato de una locomotora marcaba el comienzo de la jornada, hoy son los propios vecinos quienes sostienen la continuidad de una comunidad que se resiste a convertirse en una fotografía.

El tren creó el pueblo. El cierre del ramal casi se lo lleva consigo. Y fueron sus habitantes quienes, cuando las locomotoras dejaron de llegar, decidieron seguir poniendo a Patricios en movimiento.

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