Gato, Mancha y el hombre que se fue a caballo desde Buenos Aires hasta Nueva York
En 1925, un profesor suizo que vivía en la Argentina decidió hacer algo que parecía sencillamente absurdo: atravesar el continente americano a caballo, desde Buenos Aires hasta Nueva York. Tenía dos caballos criollos, una brújula, algunos mapas, una manta y una voluntad difícil de explicar. Tres años y más de 21.000 kilómetros después, Aimé Tschiffely entró a Nueva York montando a Mancha. Gato había quedado atrás, pero la aventura ya era leyenda.
Por Alcides Blanco para NLI

Hay historias que parecen escritas para una novela de aventuras y, justamente por eso, cuesta creer que hayan ocurrido de verdad. Esta empieza en Buenos Aires, en abril de 1925, cuando un hombre de origen suizo llamado Aimé Félix Tschiffely se subió a dos caballos criollos y emprendió viaje hacia Nueva York. No llevaba GPS, teléfono satelital, tarjeta de crédito ni una camioneta de apoyo. Llevaba mapas, brújula, algunos elementos básicos, una manta y, sobre todo, dos animales que iban a convertirse en protagonistas de una de las travesías más extraordinarias de la historia argentina: Gato y Mancha.
El objetivo no era simplemente llegar a Nueva York. Tschiffely quería demostrar algo que en aquellos años tenía una importancia enorme para la Argentina rural: la resistencia, rusticidad y capacidad del caballo criollo. La raza estaba siendo desplazada por la importación y el cruzamiento con ejemplares europeos considerados superiores por buena parte de los sectores ganaderos. El viaje podía funcionar como una demostración ante el mundo. Si dos caballos criollos podían atravesar montañas, desiertos, selvas y caminos imposibles durante miles de kilómetros, difícilmente podían ser considerados animales atrasados o inferiores.
Y así empezó una aventura que, vista desde el presente, parece directamente delirante.
Un suizo, dos criollos y una idea que parecía imposible
Tschiffely había nacido en Berna en 1895 y se había instalado en la Argentina, donde trabajaba como profesor de inglés. No era un gaucho legendario ni un jinete profesional. Era un docente, un aventurero y, fundamentalmente, un hombre capaz de tomarse en serio una idea que para casi todos los demás sonaba disparatada.
El hombre que terminó confiándole los caballos fue Emilio Solanet, veterinario, productor agropecuario y uno de los grandes impulsores de la raza criolla argentina. Solanet había reunido ejemplares en la Patagonia y conocía perfectamente las características de aquellos animales.
Gato tenía 16 años cuando comenzó el viaje. Mancha, 15. No eran precisamente dos potros preparados para una competencia deportiva. Eran caballos maduros, curtidos y acostumbrados a las condiciones del campo argentino. Solanet decidió entregárselos a Tschiffely después de conocer su proyecto y, antes de la partida, se ocupó de que el suizo aprendiera a conocerlos.
La relación entre los tres sería fundamental. Tschiffely debía saber cuándo descansar, cuándo avanzar, cómo alimentarlos y cómo interpretar las señales de los animales. Porque la expedición no podía hacerse simplemente montando y avanzando. Cada kilómetro dependía de que Gato y Mancha estuvieran en condiciones de seguir.
El 24 de abril de 1925, Tschiffely partió desde la Sociedad Rural de Palermo. Frente a él había un continente entero.
Detrás quedaban Buenos Aires, Solanet y una enorme cantidad de gente convencida de que aquel hombre probablemente regresaría bastante antes de llegar a Nueva York.
El continente no estaba preparado para la aventura
El viaje atravesó Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y México. Fueron más de 21.000 kilómetros atravesando geografías que podían cambiar radicalmente en cuestión de días.
Los Andes significaron frío extremo y alturas que hoy ya resultarían una prueba formidable incluso con vehículos modernos. La expedición llegó a atravesar el paso El Cóndor, a unos 5.900 metros sobre el nivel del mar, en uno de los puntos más extremos de toda la travesía. También enfrentaron desiertos, calor sofocante, selvas, pantanos y caminos que muchas veces apenas podían ser llamados caminos.
Hubo momentos en los que Tschiffely se quedó prácticamente sin dinero. Hubo enfermedades, heridas, accidentes y situaciones en las que la continuidad de la expedición parecía pender de un hilo. Solanet mantenía contacto mediante cartas y llegó a enviarle dinero cuando la situación económica del viajero se volvió crítica.
Pero la aventura también produjo algo que hoy resulta particularmente difícil de imaginar: una relación directa con las comunidades que aparecían a lo largo del camino.
El viajero llegaba con sus dos caballos y una historia que parecía increíble. En muchos pueblos era recibido con curiosidad, hospitalidad y, a medida que la noticia de la travesía se difundía, con auténtica admiración. La prensa comenzó a seguir el recorrido y aquello que inicialmente había sido tratado con cierta sorna empezó a transformarse en una epopeya.
Porque hay algo profundamente humano en ver aparecer a un desconocido después de atravesar montañas y desiertos montado sobre un caballo.
No hacía falta explicar demasiado.
Gato quedó en México, Mancha siguió hasta el final
La historia también tuvo su cuota de tragedia. Gato y Mancha habían salido juntos de Buenos Aires, pero no llegarían juntos a Nueva York.
En México, Gato sufrió problemas que hicieron imposible que continuara. El caballo que había recorrido miles de kilómetros tuvo que quedarse allí mientras Tschiffely continuó el viaje con Mancha.
La imagen del final, entonces, no fue la de los tres protagonistas entrando juntos a Nueva York. Fue la de Tschiffely y Mancha completando una travesía que parecía imposible tres años antes.
El 20 de septiembre de 1928 llegaron a la ciudad estadounidense. La recepción fue extraordinaria. El suizo y su caballo criollo ingresaron por la Quinta Avenida y fueron recibidos como héroes. Habían recorrido aproximadamente 21.500 kilómetros y atravesado buena parte del continente americano.
La aventura había terminado.
Pero la historia recién comenzaba.
Porque aquella travesía había conseguido exactamente lo que Solanet y Tschiffely buscaban: poner al caballo criollo argentino en una vidriera internacional.
Cuando dos caballos se convierten en memoria
Gato murió en 1944. Mancha, en 1947. Tschiffely murió en 1954, en Inglaterra. Pero ninguno de los tres terminó realmente de irse.
Sus restos fueron reunidos simbólicamente en El Cardal, la estancia de Solanet, donde la memoria de aquella aventura permanece vinculada a los animales y al hombre que decidió confiar en ellos. El propio Tschiffely había dejado escrita una relación extraordinariamente cercana con sus caballos, que durante más de tres años fueron compañeros de viaje, refugio y medio de transporte al mismo tiempo.
La historia también quedó registrada en monumentos, libros, archivos y relatos familiares. En 2025, al cumplirse cien años de la partida, el Archivo General de la Nación volvió a rescatar aquella epopeya, reivindicándola como una parte singular de la historia ecuestre y cultural argentina.
Y hay una coincidencia particularmente hermosa para contarla un domingo: cada 20 de septiembre se celebra en Argentina el Día Nacional del Caballo precisamente en relación con aquella hazaña, cuya llegada a Nueva York se produjo ese día de 1928.
Pero quizá lo más interesante de la historia no sea el récord.
Los récords envejecen. Las estadísticas cambian. Las hazañas deportivas son superadas.
Lo que permanece es otra cosa.
Un hombre decidió confiar en dos caballos cuando casi todos podían pensar que su proyecto era una locura. Dos animales criollos atravesaron un continente llevando sobre sus lomos a un aventurero que había decidido demostrar que podían hacerlo. Y durante más de tres años los tres dependieron unos de otros para avanzar.
En una época en la que viajar entre Buenos Aires y Nueva York significaba todavía enfrentarse a enormes distancias, fronteras, enfermedades y geografías desconocidas, aquella expedición fue también una forma de mirar el mundo.
Sin apuro.
Sin mapas digitales.
Sin una aplicación que avisara cuánto faltaba.
A caballo.
Y quizás por eso la historia de Tschiffely, Gato y Mancha todavía conserva algo que tantas aventuras modernas perdieron: la sensación genuina de que nadie sabía exactamente qué iba a ocurrir después de la próxima curva.
El 20 de septiembre de 1928, Mancha entró en Nueva York.
Gato estaba a miles de kilómetros, pero también había llegado.
Porque aquella aventura nunca fue solamente la historia de un hombre que cruzó un continente. Fue la historia de dos caballos criollos argentinos que salieron de Buenos Aires y consiguieron que el mundo mirara hacia ellos.
Y eso, casi un siglo después, sigue siendo una buena historia para contar.
