El Neolítico no fue una revolución: la arqueología empieza a desarmar una de las grandes historias sobre el origen de la civilización
El Neolítico ya no puede entenderse como una única revolución humana: la investigación arqueológica muestra múltiples trayectorias hacia el sedentarismo, la domesticación, la agricultura y la complejidad social, desarrolladas durante miles de años y en distintas regiones del planeta.
Por Amparo Lestienne para NLI

Durante más de un siglo, el Neolítico fue contado como si hubiera sido un momento de quiebre perfectamente reconocible en la historia humana: los grupos de cazadores-recolectores abandonaron progresivamente la movilidad, comenzaron a cultivar plantas, domesticaron animales, construyeron aldeas permanentes, almacenaron alimentos y, sobre esa nueva base económica, aparecieron sociedades cada vez más grandes, desiguales y jerarquizadas. La imagen resultaba poderosa porque ofrecía una especie de relato de origen de la civilización. El problema es que la arqueología del siglo XXI encuentra cada vez menos evidencias de que ese proceso haya ocurrido de esa manera, en ese orden y con una única lógica.
La arqueóloga estadounidense Melinda A. Zeder, investigadora del Smithsonian y una de las especialistas más reconocidas en los procesos de domesticación de animales y plantas, acaba de llevar esta discusión a una revisión de conjunto publicada en Journal of World Prehistory. Su trabajo, titulado Unpacking the Neolithic: Assessing the Relevance of the Neolithic Construct in Light of Recent Research, propone revisar qué estamos diciendo realmente cuando hablamos de “Neolítico”. Zeder no sostiene que el concepto deba desaparecer, sino que necesita ser desarmado en sus distintos componentes y reconstruido de una manera mucho más flexible.
La diferencia no es meramente terminológica. Durante buena parte del siglo XX, la expresión “Revolución Neolítica” quedó asociada a la interpretación desarrollada por el arqueólogo australiano Vere Gordon Childe, quien convirtió el término en una de las grandes categorías explicativas de la prehistoria. La idea de una revolución permitía condensar una serie de transformaciones: sedentarización, producción de alimentos, domesticación, agricultura, nuevas tecnologías, crecimiento de las aldeas y modificaciones en la organización social. Pero cuanto más se acumularon excavaciones, dataciones, estudios botánicos, análisis de restos animales, genética antigua y nuevas investigaciones regionales, más difícil resultó sostener que todos esos fenómenos habían ocurrido simultáneamente y como consecuencia de una única transformación.
Primero llegaron las aldeas, pero no necesariamente la agricultura
Uno de los problemas centrales de la vieja imagen es que sedentarismo y agricultura no fueron necesariamente dos caras de un mismo fenómeno. En el sudoeste de Asia, región tradicionalmente considerada el gran escenario de la transición neolítica, existen evidencias de comunidades relativamente sedentarias anteriores a la consolidación de economías agrícolas plenamente desarrolladas. Zeder reconstruye un proceso extendido durante aproximadamente cuatro mil años en el que diferentes componentes fueron apareciendo con ritmos distintos y en lugares diferentes del llamado Creciente Fértil.
Esto obliga a separar fenómenos que durante mucho tiempo fueron presentados como una secuencia inevitable. Una comunidad podía permanecer durante largos períodos en un mismo lugar y, al mismo tiempo, continuar dependiendo de recursos silvestres. Podía gestionar determinados animales o plantas sin haber llegado todavía a domesticarlos. Podía experimentar con cultivos antes de que la agricultura se convirtiera en la base predominante de la alimentación. Y podía desarrollar tecnologías, formas de almacenamiento, rituales o estructuras comunitarias sin que eso implicara automáticamente la aparición de una sociedad estatal.
La domesticación tampoco fue un instante determinado en el que una especie “se convirtió” de repente en doméstica. Zeder la define como una relación coevolutiva multigeneracional entre seres humanos y otros organismos, en la que ambas partes modifican sus comportamientos y características a partir de esa relación prolongada. El resultado es un proceso gradual que puede comenzar con la gestión humana de recursos silvestres y terminar, muchas generaciones después, con plantas y animales profundamente dependientes del nicho creado por los seres humanos.
La propia agricultura, en consecuencia, tampoco puede reducirse a la simple aparición de semillas cultivadas. Para Zeder supone que la mayor parte del esfuerzo productivo y de las calorías obtenidas por una comunidad provengan de organismos domesticados. Entre una cosa y otra existe un largo proceso de experimentación, selección, manejo y reorganización de la vida cotidiana.
No hubo una única ruta hacia la vida compleja
La consecuencia más interesante de esta revisión es que la historia del Neolítico deja de parecer una escalera universal. No todas las sociedades tuvieron que atravesar los mismos peldaños, ni lo hicieron en el mismo orden.
Japón constituye un ejemplo particularmente revelador. Durante miles de años, las comunidades Jōmon desarrollaron formas relativamente estables de ocupación, almacenamiento y aprovechamiento intensivo de una gran variedad de recursos sin transformarse inmediatamente en sociedades agrícolas basadas en cultivos y animales domesticados. Zeder señala que durante ese larguísimo período existieron estrategias de producción de alimentos de bajo nivel que combinaban recursos manejados, algunos domesticados y otros completamente silvestres. La agricultura intensiva apareció posteriormente, en el período Yayoi, asociada además a la llegada y circulación de cultivos y animales procedentes de otras regiones de Asia.
China ofrece otro escenario que tampoco encaja cómodamente en un modelo único. La investigación arqueológica ha identificado allí trayectorias diferenciadas vinculadas con el arroz en las regiones del Yangtsé y con distintos mijos en el norte. Las discusiones científicas continúan sobre el grado de independencia y de interacción entre esos procesos, pero el cuadro general es muy distinto de una supuesta “invención” puntual de la agricultura que luego se habría expandido mecánicamente hacia otras poblaciones.
Y el panorama se vuelve todavía más amplio cuando se abandona Eurasia. La evidencia de Nueva Guinea muestra que el cultivo sistemático de plantas comenzó allí de manera independiente aproximadamente hace 10.000 años. Investigaciones arqueológicas y genéticas han encontrado una trayectoria propia, desarrollada en relativo aislamiento respecto de los grandes procesos euroasiáticos.
Las Américas también aportan una pieza fundamental para desmontar la vieja imagen de una única revolución. Diferentes investigaciones señalan procesos tempranos de domesticación y producción de alimentos en Mesoamérica y los Andes, separados de las trayectorias del Viejo Mundo. Una comparación publicada en Journal of Political Economy muestra, además, algo particularmente importante: las primeras adopciones independientes de la agricultura precedieron por miles de años a la aparición de los primeros Estados en distintas regiones. Es decir, agricultura, sedentarismo, complejidad social y Estado no constituyeron una secuencia automática.
Una historia humana mucho menos lineal
La revisión de Zeder permite entonces recuperar algo que durante mucho tiempo quedó oculto detrás de la palabra “Neolítico”: la enorme capacidad de las sociedades humanas para tomar caminos diferentes.
El esquema clásico tendía a presentar una sucesión casi inevitable: movilidad, sedentarismo, agricultura, excedente, división del trabajo, desigualdad, jerarquías, ciudades y Estado. Esa representación tiene utilidad como esquema histórico general, pero la evidencia arqueológica muestra que cada una de esas transformaciones podía ocurrir con independencia relativa de las demás, avanzar durante siglos y luego detenerse, combinarse con estrategias anteriores o incluso tomar caminos inesperados.
En algunas regiones hubo sociedades sedentarias sin agricultura intensiva. En otras se gestionaron recursos vegetales y animales durante períodos muy prolongados antes de que apareciera una economía agrícola plenamente establecida. También hubo sociedades que combinaron durante mucho tiempo cultivos, animales domesticados, caza, pesca y recolección. Y existieron comunidades capaces de desarrollar importantes redes sociales, rituales y tecnológicas sin reproducir necesariamente el modelo europeo de Estado, ciudad y estratificación.
Por eso Zeder propone “reempacar” o redefinir el Neolítico, en lugar de eliminarlo. El término puede seguir siendo útil si deja de utilizarse como una caja cerrada que presupone una determinada trayectoria histórica y pasa a funcionar como una categoría abierta para comparar diferentes procesos: sedentarismo, manejo de recursos, domesticación, agricultura y transformaciones sociales y rituales.
La importancia de esta discusión excede ampliamente a la arqueología. También obliga a revisar una idea profundamente arraigada en nuestra manera de contar la historia: que las sociedades humanas avanzaron desde formas “simples” hacia formas “complejas” siguiendo una única dirección. La evidencia acumulada muestra algo bastante más interesante. La humanidad no siguió un solo camino hacia la vida sedentaria, la producción de alimentos o la organización social compleja. Experimentó. Combinó estrategias. Abandonó algunas. Recuperó otras. Se adaptó a ambientes diferentes y produjo soluciones diferentes.
En definitiva, el Neolítico quizá no haya sido una revolución en el sentido tradicional, sino un gigantesco laboratorio de posibilidades humanas desarrollado durante miles de años y en múltiples lugares del planeta. La agricultura fue una de esas posibilidades, pero no apareció en todas partes de la misma manera ni produjo automáticamente las mismas sociedades. Y quizás esa sea una de las mayores lecciones que deja la arqueología contemporánea: la historia humana no parece una escalera en la que todas las sociedades debieron subir los mismos escalones, sino una red de caminos que se cruzaron, se separaron y, muchas veces, nunca llegaron al mismo destino.
