Rezo por vos
A Jorge.
Porque desde el primer momento una imagen atesorada del papa Francisco ofició de pasado y de futuro, avivó el fuego o la familiaridad y nos unió en un rezo permanente: en hacerlo por el otro; en rezar por vos
Uno
Semanas después de la muerte del papa Franscisco y de la entronización de León XIV en el Vaticano cabe preguntarnos: ¿de quiénes fuimos contemporáneos? Lo cual sería otro modo de interrogar: ¿con quiénes compartimos la vida? Hemos sido coetáneos de los doce años de papado de Francisco. Juventud y generación resultan palabras esquivas, por momentos hasta estiradas (¿acaso alguien ya es contemporáneo y no es joven?) o sobregiradas. Pero allí donde siguen teniendo vigencia o fuerza puede decirse: una generación ha despedido al papa Francisco.
El sociólogo húngaro Karl Mannheim, en un texto ya clásico sobre las generaciones, organizaba que esta dimensión no es tanto una edad compartida o una cronología específica, sino, más bien, la experiencia de compartir hitos comunes. Hay pocas cosas en este momento que tengamos en común. Lo común está en la boca de muchos, aunque en la vida de pocos. Es algo escurridizo. En parte, por eso, la insistencia en la generación (y digo eso que puedo llamar “mi” generación —reminiscencias del filosísimo título del libro de Mauro Libertella, El invierno con mi generación—). Apuro una lista: una generación que no llegó a ver a Charly García en recitales históricos como los de Serú Girán (escuchados a posteriori), que tampoco llegó a ver los goles de Maradona (o eran muy pequeños para recordarlos) y ni hablar de líderes como Eva Perón o maestros como Borges, fallecidos en otro siglo y recuperados por Youtube. La contemporaneidad, entonces, ¿cómo se nos juega? Hemos tenido la experiencia de estar vivos mientras Francisco fue Papa. La experiencia nos tocó. No todo lo vimos por TV: vivimos en tiempo real un papado que cambió la historia. Y la nuestra.
Fuimos contemporáneos de Francisco. Un lujo, un milagro, una gracia.
Dos
¿Qué es la Argentina? Una “y”. La “y” que junta a la civilización con la barbarie. La “y” que junta al peronismo con el antiperonismo. Francisco fue Francisco y Bergoglio. En 2013, sin esperarlo o inesperadamente, escuchamos su nombre. ¡El Papa argentino! El bautismo papal de quien venía de la orden jesuita: Francisco. El primero. El primer Papa en elegir el nombre del santo de los pobres. Hermano Sol, hermana Luna. Franciscano por adopción y porteñísimo por herencia. “Bergoglio tenía el physique du rol de una porteñidad casi extinguida”, escribió Martín Rodríguez.
Inciensos, guitarreadas, mates, Vox Dei, Padre Mugica, hermanas francesas, peregrinación a Luján, escuelas parroquiales. Tiempos violentos, tiempos de paz. La Iglesia argentina estaba a punto de convertirse en universal. Como la teoría de los camellos borgeana: porque fue el más argentino, Bergoglio pudo ser el más universal. En un viaje, digamos, cargado de la política de entonces y atravesada por la distancia con el kirchnerismo, por las acusaciones sobre su actuación en la dictadura, por los miramientos sobre los efectos que tendría su figura en la posibilidad de ampliación de leyes de derechos sexuales.
Ni tibio, ni relativista. Fue porteñísimo, dijimos. Hijo de trabajadores, galante, hincha, conversador, asertivo, culto, corajudo, cristiano.
En Francisco, no todo es política.
Tres
Lavar los pies de los presos un jueves santo, usar los zapatos sencillos de siempre, velar por un cuarto sin estridencias, participar en un documental rodeado de “distintos”, seguir con firmeza el cumplimiento doctrinario. Más que culto a la pobreza: austeridad. Tras el papado de Benedicto XVI, le habló a la juventud, a los divorciados, a los migrantes. Francisco abrió las puertas de (y a) una Iglesia del siglo XXI. Aunque, más aún, volvió al origen de la Iglesia, a lo que tenemos en común: nuestra humanidad.

Cuatro
Un Papa periférico (sobre estas periferias escribió Verónica Giménez Béliveau). Llegó desde la periferia —la Argentina, el sur— e incluyó a las periferias de la Iglesia. Más que una “revolución” —en parte muy resistida por sectores conservadores—, Francisco encarnó un tono, una manera, una vida. Fue, para una generación, un periférico.
Franciso nunca pudo volver a la Argentina.
Francisco agrandó la Argentina.
Las dos afirmaciones son ciertas: un país achicado por años de grieta y de polarización. El mejor Francisco no es tibio, dijimos, ni tampoco catch all. Guardó la voz del Papa. Guardó la fuerza de su voz. Una religión de la otredad. En palabras de Pablo Semán, “era más ‘moderado’, pero al mismo tiempo más profundo”.
Un vigía de algo movedizo (y, otra vez, generacional). No exactamente equivalente a una “identidad” ni peronista ni disidente (aunque coqueteaba lo suficiente con estos términos). Los auténticos líderes ocupan un lugar que no se encuadra en el medio o, mucho menos, en el centro. Es la equidistancia. Se le suele llamar grandeza, también.
Cinco
A través de Francisco volvemos a amar una parte de nuestra patria: díscola, para adelante, de acción, corajuda, indómita y obediente. Nos recordarán en el mundo por este Papa.
Hasta la AFA despidió a Francisco. Y en el video subrayaban: el don de jugar en equipo. Estuvimos más cerca del cielo. Gracias, papa Francisco. Los diarios del mundo han escrito “Argentina”, incluso en ocasión de la entronización de León XIV. Grabamos en roca nuestro país en el nervio espiritual de Occidente.
Seis
Francisco fue Francisco. Un manto común para la manta corta de la política (que los gestos, que las fotos, que el chiquitaje). Un periférico en un fleje irreductible: las hizo todas a su modo, a su tiempo, en su enunciación. Fue, como un acto de fe, tan humano y más que humano.

Siete
El escritor español Javier Cercas fue convocado para un libro especial, El loco de Dios en el fin del mundo, en torno a su compañía al papa Francisco en un viaje a Mongolia. Leemos: “El hecho es elocuente: el concepto de «periferia» es capital en el pensamiento de Francisco. Durante un discurso pronunciado ante los cardenales reunidos en precónclave el 9 de marzo de 2013, cuatro días antes de que lo eligieran Papa, Francisco afirmó que «la Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas sino también las existenciales: las del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria». A esas dos periferias, la geográfica —los centros alejados de la metrópoli— y la religiosa —los lugares donde Dios es un Dios ausente, un Deus absconditus—, Francisco aún añadiría una tercera: la periferia social, el lugar de los desheredados de la tierra. Esa triple periferia es el núcleo de la Iglesia de Francisco. «Si la Iglesia se desentiende de los pobres», declaró en 2020, «deja de ser la Iglesia de Jesús y revive las viejas tentaciones de convertirse en una élite intelectual o moral». Así que, para Francisco, la Iglesia debe alejarse del centro, de Roma y el Vaticano y la pompa y circunstancia de la burocracia eclesiástica. Hay dos imágenes opuestas de la Iglesia, proclama este Papa de intemperie y extrarradio, «la Iglesia evangelizadora que sale de sí, o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí». La segunda imagen es catastrófica, piensa Francisco; la primera, redentora: por eso Francisco, que alguna vez quiso ser misionero, reivindica el ímpetu misionero de la Iglesia, su vocación de «ir al encuentro del otro en las periferias, que son lugares, pero sobre todo personas necesitadas»”.
Ocho
Nos sentimos menos solos los doce años en que un argentino se convirtió en Francisco y guardó algo que merecía la pena ser guardado. Una fuerza. Algo que es más grande que esta despedida, que cualquier despedida, que cualquier operación o exaltación sectorizada sobre “una parte” del Papa. Exaltar “una parte” para hablar más de cada quien que del Papa. Qué época imposible, por momentos. Llena de ego, falta de pudor. ¡Pero Charly vive! Y algo nuevo tiene que nacer. Siempre.
Nueve
“Y esto no lo olviden, para rezar bien debemos rezar como somos, no maquillados, no maquillar el alma para rezar: ‘Señor, yo soy así’. Ir al Señor como somos, con las cosas bellas, y con las cosas feas, que nadie conoce, pero que nosotros conocemos en el interior”, señaló Francisco.
La oración es un acto de silencio y de guarda. A contracorriente. Contracultural en serio.
Diez
Los papados, dicen los que saben, tienen alternancia. El de Benedicto XVI fue breve en más de un sentido. ¿Después de Francisco puede haber otro Francisco? Eso rompería cierta regla entre profundidades y transiciones. Pero, a la vez, ¿la época resiste otro papado transicional? Lo instituyente, lo instituido. ¿Quién fue el papa Francisco? Una revolución sobria, un líder epocal, un Papa imposible de olvidar en el papado siguiente. Un punto de encuentro generacional.
Se fueron, con poquísima diferencia, dos guardianes del siglo XX —el papa Francisco y el Pepe Mujica—. Estamos más a la intemperie. Nos quedan el misterio, la historia, las instituciones. Y la pregunta por Leon XIV. ¿Dos Papas en uno? Continuará.
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