Trump aflojó con Groenlandia cuando el mercado le mostró los dientes. El giro no lo dictó la OTAN ni Davos. Lo dictó el precio. El mandatario estadounidense recalculó después de la embestida en el mercado de bonos, cuando los rendimientos se tensaron y el «vuelto» del financiamiento empezó a salir más caro.
Es sabido que una de las pocas cosas que hace retroceder a Trump es el derrumbe de Wall Street. La jugada europea de coordinar ventas masivas de bonos norteamericanos y así empujar el desplome de su precio, funcionó.
Trump frenó en seco este miércoles su ofensiva sobre Groelandia. Primero anunció que no estaba entre sus planes hacerse de la isla por la fuerza, olvidando la parte de hard way de su reciente amenaza. Y horas después anunció un acuerdo preliminar con la OTAN sobre la isla y anunció que suspenderá los aranceles que estaban previstos para entrar en vigor el 1 de febrero y que iban a golpear a los aliados europeos.
El límite, una vez más, no vino por convicción sino por castigo. Un fondo de pensiones sueco, Alecta, empezó a deshacerse de bonos del Tesoro de Estados Unidos por la situación política, en un gesto que se leyó como señal de alerta institucional. El anuncio llegó después de que el fondo danés AkademikerPension comunicara que también vendería sus Treasuries.
Los números son grandes, y por eso pesan. Alecta tenía hace un año bonos estadounidenses por unos 100.000 millones de coronas suecas (9.333 millones de euros) y vendió cerca del 80%, según informó la prensa sueca. Administra alrededor de 1,3 billones de coronas suecas (125.000 millones de euros) y cuenta con 2,8 millones de clientes. Es ahorro de clase media nórdica, que huye cuando siente olor a incendio.
El primero en disparar el castigo contra los bonos del Tesoro de Estados Unidos fue el fondo de pensiones sueco Alerta que liquidó el 80% de su tenencia. Luego se sumó el fondo danés AkademikerPension.
«El motivo es el aumento del riesgo asociado a una política estadounidense impredecible bajo Trump», señaló el responsable de inversiones de Alecta, Pablo Bernengo, y sumó, además, el déficit presupuestario creciente, la deuda pública en aumento, y el interés de Trump por Groenlandia, que escaló tensiones globales.
Del lado danés, AkademikerPension también salió con el cuchillo entre los dientes. Gestiona inversiones por 164.000 millones de coronas danesas (unos 22.000 millones de euros) y anunció que planea vender sus bonos del Tesoro. Su CEO, Anders Schelde, sostuvo que el clima político los llevo apretar el botón de salida.
Trump anunció el acuerdo en Davos junto al secretario General de la OTAN, Mark Rutte.
En ese contexto, la frase que circuló como sentencia fue la de Ambrose Evans-Pritchard en The Telegraph: «Estados Unidos ha perdido su credibilidad. Lo único que puede detener al presidente es el mercado global de bonos.»
El mercado de bonos de EE.UU. es hoy el verdadero campo de batalla. Japón sube tasas y repatria capitales. China reduce exposición a Treasuries y acumula oro. Rusia ya salió del sistema dólar. No es coordinación. Es convergencia. Menos demanda estructural de deuda estadounidense. Resultado: tasas largas altas, una Fed empujada a sostener liquidez si se rompe algo, y más volatilidad global. Año «entretenido», sí, pero para el que mira desde la tribuna.
La película se vio en los tickets. Tras una fuerte liquidación, el rendimiento del Treasury a 10 años bajó el miércoles a 4,3% (desde máximos de varios meses), mientras el 30 años aflojaba a 4,9% y el 2 años a 3,6%.
Estados Unidos ha perdido su credibilidad. Lo único que puede detener al presidente es el mercado global de bonos.
Esto ya había pasado. Cuando Wall Street se derrumbó tras las amenazas de aranceles superiores al 100% de Trump para Europa, China y México, el republicano terminó retrocediendo y fue cerrando acuerdos más sensatos. El patrón se repite: el mercado es el único que frena a Trump.
En Davos, Scott Bessent intentó desviar el foco. Dijo que la caída de los bonos de Estados Unidos se produjo por la crisis del mercado de bonos japonés, no por Groenlandia. Señaló que el shock en Japón contagia rendimientos globales.
Y también algo de eso hay. Durante décadas, el mundo se financió con el yen barato. Si Japón paga 4% en la punta larga, el viejo carry trade se achica, se cierra y vende lo que encuentra a mano: acciones, emergentes, y también Treasuries.
Si el ancla global de rendimientos bajos cede, el impacto es sistémico. Suben las tasas largas, sube el costo de capital, y las valuaciones tiemblan.
Y ahí aparece también la Argentina del trumpista Milei. Porque cuando el Treasury se pone áspero, el mundo se pone más estatista por necesidad: los capitales buscan refugio, el financiamiento se encarece y los países endeudados quedan más expuestos. Cada punto que sube la tasa larga en EE.UU. es una piedra más en la mochila del riesgo país.
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Natalia tiene 19 años. Está en una pelopincho sola, en su casa, que es la casa de su abuela. Es la hora de la siesta. Se masturba. En su piel, las marcas desprolijas de las tiritas de la malla hablan de una relación casual con el sol. Su respiración agitada se empieza a mezclar con el barullo de la calle. Afuera, un hombre que empuja un carrito cargado de cartones, bolsas, botellas, juguetes rotos, se acuclilla, se baja los pantalones y caga en el medio del pavimento que hierve. Un vecino reacciona: corre hasta el tipo, se le tira encima. Piña, piña, piña. El hombre del carrito no responde, se deja pegar. Un charco de sangre sale de su boca. Natalia y su abuela Rita espían detrás de la cortina. Natalia pregunta por el hombre tumbado.
—Un villero, es horroroso. A lo que puede llegar uno —contesta Rita.
La escena vuelve a la calle: si le sigue pegando, lo mata. Muy a su pesar, la abuela sale para evitar la catástrofe, gritándole que lo suelte. El vecino deja de golpear al del carrito, que se reincorpora lentamente. Natalia también sale a la puerta. Un zumbido de moscas retumba cada vez más fuerte cuando el hombre, chorreando sangre por la boca, levanta la cabeza y la mira fijo. Natalia siente miedo. La remera le gotea, mojada por la bikini.
El hombre ensangrentado se va. Pero deja en el medio de la calle el carrito mugriento con sus changas. Mientras se aleja, a cada paso deja el peso de una maldición que, de ahora en más, pesará sobre quienes lo vieron sufrir y no hicieron nada. A partir de ese día, de manera inexplicable, se quedarán sin luz ni agua. Les costará llegar a los insumos básicos. La vida se les volverá difícil.
Las crisis nos vuelven monstruos
“Es simplemente sentarse frente al monstruo que parece una mujer y observar hasta que manifieste toda su potencia”, propone Lucrecia Martel sobre la construcción de personajes. No trabajar con preconceptos ni estereotipos: detenerse a mirarlos, a descubrirlos. Parte de la hipótesis de que es necesario empezar a hacer otro cine, inaugurar otros caminos posibles para los cuales Latinoamérica será clave.
Esos monstruos, retoma Laura Casabé en el podcast Encuentros, se cuelan por la rendija que deja lo roto. En nuestra región, y en la Argentina, en particular, las crisis funcionan como rendijas o fracturas que corrompen lo establecido y desatan ese espacio vacío, liminal, silencioso, angustiante y falto de respuestas. Abono para el género de terror.
Casabé es directora de cine. Su última película es La Virgen de la Tosquera, basada en “El carrito” y “La Virgen de la Tosquera”, de Mariana Enríquez, ambos cuentos publicados en Los peligros de fumar en la cama. Para filmarla, volvió a mirar La niña santa. Observó en particular cómo contara un grupo de mujeres de manera oblicua.
No se sabe el año exacto en el que transcurre la historia de La Virgen de la Tosquera. Pero sabemos que la idea de “El Carrito” le surgió a Enriquez después de la hiperinflación de 1989. En uno de los pocos diálogos en el que Natalia habla de su madre, dice:
—Mi mamá se fue a España. Teníamos un kiosco en Liniers y nos fundimos. Se las picó y me quedé sola con Rita.
La escena es muy crisis de 2001, aunque el dato está omitido. Hay una crisis, lo dice el televisor y algunos personajes. ¿Importa cuál? Porque puede ser cualquiera de las crisis cíclicas y constantes que padece la Argentina: en La Virgen de la Tosquera a los jubilados les desaparecen las pensiones de los bancos, al carnicero le entran a robar y no hay plata en la caja, nadie tiene trabajo así que uno de los vecinos vende diccionarios Larousseen la fila para recolectar agua.
Entre escena y escena, vuelve a aparecer la toma del carrito, solo, en medio de la calle, con el zumbido de las moscas recordando que la maldición sigue ahí.
El primer cuento que Laura Casabé leyó de Mariana Enriquez fue “El Carrito”. La impactaron dos cosas: su literatura tan cinematográfica y la mirada certera para graficar el miedo. Pero no cualquier miedo, sino ese que produce la inestabilidad a la que estamos sumidos cuando las reglas del juego cambian, cuando la crisis funcionan como una maldición que recae sólo sobre algunos. Quedan desprovistas de los argumentos políticos que la excusan y es llevada a lo más íntimo: el miedo de quedarte en la calle escarbando la basura para poder comer.
Los fantasmas
Rita, Natalia y Quechu, un niño víctima de la maldición huérfano que vive con ellas, miran el programa de Susana Giménez por televisión. Alguien toca la puerta. Es un hombre que pide ayuda. Grita, golpea las ventanas, las empuja, parece que las va a romper. Natalia pregunta quién es y qué quiere. Él no responde. Grita más fuerte, ahora sabiendo que hay alguien adentro.
—¿Me podés abrir, nena?
Los tres se quedan callados. El hombre se va. ¿Pero volverá a molestarlos? ¿Estará en peligro? ¿Quiénes son los que están en la calle todo el día? No sabemos, pero él estaba afuera y ellos adentro.
Esta escena no está en ninguno de los dos cuentos que inspiran la película, pero pertenece al mundo Enríquez. Aparece en “Mis muertos tristes”, publicado en su último libro Un lugar soleado para gente sombría. En aquel relato, una médica retirada que vive en una casona junto al fantasma de su madre muerta, relata con detalles cómo el barrio comienza, progresivamente, a ser asediado por un grupo de fantasmas. “Pero esta historia importa solamente por un fantasma en particular, con el que actué diferente. Al que no pude o no quise ayudar”, dice la narradora. Este fantasma es “Matías de apellido italiano”, un chico que una noche tocó la puerta de todas las casas del barrio pidiendo ayuda porque se estaba escapando de un secuestro y, como ninguno de los vecinos le abrió, terminó asesinado de un disparo en la sien. Matías vuelve cada noche. “Se acercó a la ventana y en sus ojos, vivos, totalmente vivos, con algo de insecto, ese brillo zumbón de los escarabajos, vi la venganza y la furia”. Matías pasará su eternidad tocando las puertas del barrio que se le cerraron hasta exponerlo a la muerte. Así les recordará la injusticia, la culpa, la falta de empatía.
¿Habrá sido “Matías de apellido italiano” quien se apareció en la puerta de la abuela de Natalia? La vecindad, la ayuda y la cooperación tienen su reverso: los otros. Los fantasmas que emergen en esa fractura.
Los oasis mortales
“Una tosquera es una explotación minera abandonada (…) pero ellos la llaman ‘la pileta de los pobres’”, dijo un periodista de Telefé hace años. Las tosqueras, según Google, son grandes pozos que se realizan en zonas descampadas para extraer tosca. La tosca es un tipo de tierra color rojiza que se usa para rellenar construcciones, caminos, o como “suelo de alta resistencia” para grandes edificaciones. Se extrae de capas inferiores del suelo, por eso los pozos pueden alcanzar profundidades de hasta 25 metros. A simple vista, son hermosas, paradisíacas, con aguas transparentes, aves, paredes altas como acantilados.
Las tosqueras también son un lugar mortal, pero no por la extracción sino por el relleno: estos huecos en la tierra suelen quedar así, sin ningún tipo de tratamiento. Son tan profundos que, progresivamente, se llenan con el agua de las napas y pueden funcionar como arenas movedizas. El cambio de las corrientes de temperatura del agua por el suelo destrozado produce un efecto de abducción. Una vez que entrás, no podes salir. Las corrientes submarinas hacen remolinos en el fondo. Sólo en la provincia de Buenos Aires existen más de 36 oasis mortales perdidos en el medio del campo o, mejor dicho, a disposición de los barrios más pobres. Sin señalización ni tratamiento. Todos los veranos se conocen nuevos casos de ahogamientos o muertes en la zona. En la localidad de Florencia Varela, solamente, se contabilizaron más de 30 muertes hasta el año 2022. Las víctimas, por lo general, son jóvenes.
La tosquera se menciona en las primeras escenas de la película y sale de la boca de Silvia. Ella es la más grande y fue incorporada al grupo por Diego. Silvia y Diego se conocieron por ICQ, un servicio de mensajería por internet anterior a MSN y mucho más anterior a WhatsApp. Silvia, Diego, Nati, Jose y su melliza están saliendo de una pileta municipal. Viven una juventud con lo justo en un escenario donde todo se fractura. El impulso vital solo aparece cuando están juntos, en sus conversaciones, en la música que escuchan y las aventuras que emprenden. Todo lo demás está muerto, roto o amenazado.
Mientras toman una Quilmes en la vereda, Silvia se queja del olor a cloro que le quedó en el cuerpo. Una de las mellizas le pregunta si tiene una pileta mejor y ella responde:
—No, pero conozco una tosquera. Hay que tomar el 307 y después caminar bastante pero vale la pena (…). Es enorme, agua bien fría. Tenemos que ir.
En el cuento, las amigas dicen que meterse en la tosquera es “como sumergirse en un milagro”. En la película, la tosquera es enorme, profunda y cristalina. Silvia explica que esa zona se iba a llenar de barrios privados pero “cuando el país se fue a la mierda se fueron cancelando todos esos proyectos”.
Las brujas
Un detalle de la película que atrapa es la cantidad de tomas en las que Natalia aparece junto a Jose y su melliza. Siempre las tres. Juntas. A la misma altura. Tanto que sus cabezas parecen pegadas, un mismo organismo, perturbadoramente unidas. Laura Casabé habló sobre esta búsqueda casi sensorial en la que se intenta representar un “coro de brujas”. En varias escenas hablan muy bajo, en susurro. Como en la de la pileta, donde observan a Diego quien se está por tirar al agua desde la torre que funciona como plataforma de salto y llega Silvia. Apenas la ven comienzan a susurrar sobre lo fea que es y cuán chato tiene el culo.
Enriquez, y posteriormente Casabé, hacen un corrimiento de la imagen de las brujas. Si históricamente estuvieron vinculadas a mujeres viejas, demacradas, casi seniles, inútiles y sin hijos, las brujas de La Virgen de la Tosquera no son nada de eso. En lugar de narices como ganchos, verrugas otúnicas, tienen “muslos dorados, tobillos finos y vientres chatos”, como dice el cuento. Son hermosas, jóvenes, flacas y vírgenes. En la película a las mellizas nunca se les conoce exactamente el nombre, una es Jose, la otra no sabemos pero tampoco es necesario. Son una o son tres, son brujas. En el cuento las narradoras son muchas, en plural, nunca se sabe su número pero ellas cuentan la historia. El único nombre propio es Natalia.
—Nati, tenemos que debutar. Hasta Candela ya estuvo con alguien en el viaje de egresados —, le dice una de las mellizas en la orilla de la tosquera.
Natalia es virgen, y a lo largo de la película va reconociendo las facultades que eso le da. Sus poderes tienen el objetivo de solventar la angustia, el enojo o el rechazo. En la pantalla se puede ver una experiencia fatal y profundamente adolescente: ser sexy, estar buena, atraer a los hombres, coger pero no ser puta, elegir pero no ser histérica, andar calladita. Dady Brieva, quien interpreta a Gerardo el novio de Rita, le dice en una discusión a Natalia: “Para tener novio primero tenés que cambiar la onda. Los chicos de ahora quieren otro tipo de relación con chicas que no tengan tantos problemas y vos estás llena de problemas. Llena de problemas”. Después de eso Natalia le estruja el pito con la mente hasta hacerlo sangrar.
Hay pocas cosas materiales que poseemos en la juventud: por eso son tan importantes las amigas y los amores porque, un poco, nos definen como personas.
Cuando Rita le pregunta a Natalia por qué se puso tan mal después de una llamada de Diego, ella responde:
—Tenemos un problema con una persona.
—¿Una persona que es mala?
—Es una persona que se quiere quedar con algo que siempre fue nuestro.
Natalia y las mellizas escriben el nombre “Silvia” en un papel. Rita lo quema, le quita el aire dentro de un frasco con una cruz y después lo ahoga con agua.
En la adolescencia, no tener aquello que queremos o no ser correspondidas es, en sí mismo, el terror.
Las pibas
La Virgen de la Tosquera se estrenó en el Festival de Cine de Sundance en 2025, se proyectó en el BAFICI y también en el Festival de Sitges, especializado en cine fantástico. Siempre con excelente recepción y a sala llena.
Volviendo a Lucrecia Martel, ella reconoce dos problemáticas a las que nos expone la actualidad: la aceleración del tiempo y la contracción del espacio. Respecto al primero, porque el tiempo vital, de la sangre, no es el mismo que el de las pantallas. El tiempo de las pantallas nos expulsa, “estamos quedando biológicamente afuera”. Sobre la construcción del espacio, se pregunta “¿cuánto de la ciudad hemos dejado de ver por ir con el celular?”.
Para contrarrestar estos problemas, Martel propone dos claves, por un lado, alterar la percepción que tenemos de nosotros mismos. Modificar nuestra condición de observación, romper las categorías y armar monstruos que manifiesten su potencia. Y, por el otro, expandir el espacio, inventar el camino, ir hasta donde no se llegó todavía y narrarlo. Así, La Virgen de la Tosquera responde con aquellas brujas adolescentes, la crisis vista como una maldición y la tosquera como un nuevo espacio para imaginar otras metáforas.
La Virgen de la Tosquera se hilvana con otras producciones que generan nuevos atajos para las narrativas audiovisuales latinoamericanas. Como Belén, Cometierra, El tiempo de las moscas y Reas, entre otras, que saltan de la literatura o el teatro al cine, documentan lo colectivo, las formas de la belleza, la rabia y lo que está a un carrito de convertirse en marginal, en un tempo orgánico y con lenguajes, paisajes, monstruos, orgasmos, crisis y miedos que reconocemos propios.
El Concurso Nacional de Cine Independiente de Cipolletti cuenta con la curiosidad de ser el más antiguo del país. Con su próxima 36° edición en este 2020. Lo sigue el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata con 35° Ediciones
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