DONAR SANGRE ES UN ACTO DE SOLIDARIDAD
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DONAR SANGRE ES UN ACTO DE SOLIDARIDAD

DIA MUNDIAL DEL DONANTE DE SANGRE

El 14 de junio de cada año se celebra el Día Mundial del Donante de Sangre. El lema en el 2022 es: «Donar sangre es un acto de solidaridad. Súmate al esfuerzo y salva vidas»; con esto se intenta destacar la contribución esencial de los donantes de sangre para salvar vidas y fortalecer la solidaridad en las comunidades.

Cinthia Alabart, bioquímica del Hospital Área Programa Villa Regina agrega a este reconocimiento:  “Además del reconocimiento en este día a todxs lxs donantes, también se destaca el gran trabajo de apoyo y promoción de la sociedad civil ( ongs, fundaciones, asociaciones) y los lazos generados con los centros de atención tanto públicos como privados que atienden a donantes y a pacientes. Hoy  el reconocimiento es también para estas personas.”

Los objetivos específicos de la campaña de este año son:

  • agradecer a los donantes de sangre de todo el mundo y generar una amplia concienciación pública respecto de la necesidad de contar con donaciones de sangre periódicas no remuneradas
  • destacar la necesidad de recibir donaciones de sangre comprometidas durante todo el año, a fin de mantener suministros suficientes y lograr el acceso universal y oportuno a transfusiones de sangre segura;
  • reconocer y promover los valores de la donación de sangre voluntaria no remunerada a fin de fortalecer la solidaridad comunitaria y la cohesión social;
  • concienciar acerca de la necesidad de aumentar la inversión pública para establecer un sistema nacional de productos sanguíneos sostenible y resiliente y aumentar la recogida de esos productos de donantes voluntarios no remunerados.

Este día nos ofrece la oportunidad de instar a los gobiernos y las autoridades de salud nacionales y provinciales a que proporcionen recursos suficientes para aumentar la recogida de sangre donada por voluntarios no remunerados y gestionar el acceso a la sangre y las transfusiones para quienes lo necesiten. Con el fin de asegurar el acceso a sangre segura para toda persona que requiera una transfusión, todos los países necesitan donantes de sangre voluntarios no remunerados que donen sangre periódicamente.

Un programa eficaz de donación de sangre caracterizado por una participación amplia y activa de la población es crucial para satisfacer la necesidad de transfusiones de sangre en tiempos de paz, así como durante emergencias o desastres que motiven un repentino aumento de la demanda de sangre, o cuando se vea afectado el funcionamiento normal de los servicios de hematología.

Un entorno social y cultural propicio y muy solidario facilita el desarrollo de un programa de donación de sangre eficaz y, además, según se reconoce ampliamente, la donación de sangre contribuye a generar vínculos sociales y forjar una comunidad cohesionada.

“Desde la ciudad de Villa Regina se está empezando a trabajar en conjunto para que en un futuro próximo podamos realizar las primeras colectas externas de sangre (es decir fuera del ámbito hospitalario) que tendrán gran repercusión en cuando a la promoción de la donación voluntaria y habitual.” Explica la bioquímica del hospital reginense Cinthia Alabart.

Este día se estableció con el fin de a) acrecentar la concienciación mundial sobre la necesidad de disponer de sangre y productos sanguíneos seguros para transfusiones; b) poner de relieve la crucial contribución que efectúan los donantes de sangre voluntarios no remunerados a los sistemas nacionales de salud; y c) prestar apoyo a los servicios nacionales de transfusión de sangre, las organizaciones de donantes de sangre y otras organizaciones no gubernamentales para contribuir al mejoramiento y la ampliación de sus programas de donantes de sangre voluntarios, mediante el fortalecimiento de las campañas nacionales y locales.

Concientización: Asociación Slackers de Villa Regina

En el hospital el horario de atención de donantes es de 8 a 10 hs. El servicio de hemoterapia de la Clínica Central atiende de Lunes a Viernes de 8 a 14hs y los días sábados de 8 a 12hs. Los teléfonos disponibles son: Wp 2984966719 y Tel 4461887 (int 28).

REQUISITOS:

  • Edad: 18 a 65 años
  • Buen estado de salud
  • Si tuvieron covid-19, tienen que haber pasado 28 días de alta médica
  • Pesar más de 50 kg
  • Tatuajes y piercing o acupuntura tienen que pasar 1 año de realizados
  • Operaciones sencillas pasados los 6 meses
  • No estar tomando medicamentos (dentro de lo posible,  igual lo evaluamos en la entrevista)
  • No hace falta ayuno pero si desayunan que sean sin nada de lácteos
  • Concurrir con DNI

Fuente: www.paho.org

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    Cuando el sábado a la noche se bailaba en el club del barrio

     

    Los bailes de los clubes de barrio fueron una tradición argentina que reunió música, familias, jóvenes y comunidad durante décadas. Una mirada a aquella vida social.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hubo un tiempo en que para salir un sábado a la noche no hacía falta conocer la cartelera de una discoteca, reservar una mesa ni cruzar media ciudad buscando el lugar de moda. En buena parte de la Argentina, alcanzaba con caminar unas pocas cuadras hasta el club del barrio, donde podía haber baile, orquesta, buffet, pista, rifas, juegos, partidos, reuniones y, sobre todo, gente conocida. Durante décadas, esas instituciones fueron mucho más que espacios deportivos: funcionaron como verdaderos centros comunitarios en los que distintas generaciones compartían buena parte de su tiempo libre. En los años 60 y 70, los grandes bailes de carnaval y las fiestas organizadas por clubes llegaron a convocar multitudes, con artistas populares, orquestas y precios accesibles.

    El sábado empezaba mucho antes del baile

    La preparación para el baile también formaba parte del ritual. Había que decidir qué ponerse, arreglarse un poco más de lo habitual y, en el caso de los adolescentes, negociar con los padres la hora de regreso. Para muchos jóvenes, el club era además uno de los pocos lugares donde podían encontrarse con amigos y compañeros fuera de la escuela, el trabajo o la familia. La pista se convertía así en un territorio de sociabilidad donde se cruzaban generaciones y grupos que durante la semana tenían rutinas completamente diferentes. En algunos barrios, además, el baile estaba directamente vinculado con la identidad de la institución: el club organizaba la fiesta, vendía las entradas, contrataba a los músicos y convertía sus instalaciones deportivas en un salón de celebraciones.

    La escena podía ser muy sencilla: mesas alrededor de la pista, familias conversando, parejas jóvenes esperando que empezara la música y chicos que entraban y salían del salón. En otros casos, especialmente cuando llegaban artistas reconocidos, el acontecimiento adquiría una dimensión mucho mayor. Boca Juniors, Vélez Sarsfield, San Lorenzo y otros clubes fueron escenario de grandes bailes populares, en los que podían presentarse figuras de enorme convocatoria. En los años 60 tuvieron presencia artistas como Los Cinco Latinos y Los Gatos, mientras que durante los 70 los bailes de clubes porteños llegaron a reunir a figuras como Sandro, Palito Ortega, Leonardo Favio y Joan Manuel Serrat.

    La música también contaba la transformación de una sociedad que estaba cambiando rápidamente. El tango seguía presente, pero convivía con la música tropical, el folklore, el pop y el naciente rock nacional. En una misma década podían coexistir una orquesta de tango, una banda de música tropical y un conjunto juvenil que tocaba canciones eléctricas. Esa mezcla no era solamente musical: expresaba el encuentro entre generaciones y la incorporación de nuevas formas de vestirse, bailar y relacionarse. El baile era uno de los lugares donde los cambios culturales podían verse en vivo, sin necesidad de que nadie los explicara.

    El club como segunda casa

    El fenómeno no apareció de la nada. Los clubes de barrio se habían consolidado durante las décadas anteriores como organizaciones sociales profundamente arraigadas en los barrios populares y de clase media, vinculadas al deporte, la educación física, las actividades culturales y la vida comunitaria. Investigaciones sobre la historia de estas instituciones destacan precisamente su papel en la formación de la cultura popular argentina durante las décadas de 1930 y 1940.

    Por eso el club podía ser, para una familia, una especie de segunda casa. Allí se jugaba al fútbol, al básquet o al baby fútbol, se practicaba gimnasia, se organizaban campeonatos de cartas, se festejaban cumpleaños y se realizaban reuniones sociales. También estaban el buffet, el salón, las comisiones de vecinos y las actividades de las distintas categorías deportivas. En algunos lugares había biblioteca, teatro o cine. La institución pertenecía al barrio porque el barrio participaba activamente de su funcionamiento, una diferencia importante respecto de buena parte de los espacios de entretenimiento posteriores, cada vez más organizados alrededor del consumo.

    Los bailes tenían además una dimensión económica. Para muchos clubes, las fiestas constituían una fuente de ingresos que permitía financiar actividades deportivas y mantener las instalaciones. No era extraño que una noche de gran convocatoria sirviera para recaudar fondos destinados a comprar equipamiento, reparar el techo del gimnasio o sostener alguna disciplina infantil. El espectáculo y la vida comunitaria se mezclaban entonces de una manera que hoy puede resultar extraña: la diversión del sábado podía contribuir a pagar el funcionamiento cotidiano de una institución del barrio.

    Hacia fines de los 70 y durante las décadas siguientes, ese mundo comenzó a transformarse. Las nuevas formas de entretenimiento, la expansión de las discotecas, los cambios en las pautas de consumo y las modificaciones en la vida urbana fueron quitándole centralidad a los grandes bailes de club. Una mirada retrospectiva sobre aquella época señala justamente que hasta los años 70 los clubes podían concentrar una vida social intensa que luego comenzó a fragmentarse.

    La desaparición de aquellos bailes no significó solamente el reemplazo de un tipo de música por otro. También representó la pérdida progresiva de un espacio de encuentro territorial, donde era posible conocer a personas de distintas edades sin que existiera necesariamente una finalidad comercial detrás. El club seguía siendo club, pero algunas de las funciones sociales que había concentrado comenzaron a repartirse entre gimnasios, centros comerciales, discotecas, restaurantes, televisión y, mucho después, las nuevas formas de comunicación digital.

    Quizás por eso, cuando alguien recuerda aquellos sábados de baile, no está evocando únicamente una canción o una pista. Está recordando una forma de vivir el barrio. La entrada podía costar poco, la orquesta podía tocar durante horas y alguien podía terminar la noche sentado en una mesa conversando con personas que conocía desde hacía años. En tiempos en que buena parte del entretenimiento se consume de manera individual y a través de una pantalla, aquellos salones representan una experiencia diferente: la de una comunidad que se reunía físicamente para divertirse, encontrarse y, de paso, sostener la institución que consideraba propia.

    Los clubes de barrio todavía existen y muchos continúan cumpliendo funciones sociales fundamentales. Lo que cambió fue el lugar que ocupan dentro de la vida cotidiana. Aquellas pistas de baile llenas durante los sábados y carnavales forman parte de una Argentina que ya no existe de la misma manera, pero que dejó una huella profunda en la memoria de varias generaciones. Y quizá la mejor forma de entender aquellos bailes no sea preguntarse solamente qué música sonaba, sino qué clase de sociedad necesitaba reunirse en un club para bailar hasta la madrugada.

     

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