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Información sobre la turbidez del agua

La Secretaría de Obras y Servicios de la Municipalidad de Villa Regina pone en conocimiento de los vecinos algunas consideraciones relacionadas con la turbidez que el agua ha presentado en los últimos días.

En principio, y como se informó anteriormente, esto se debe a las recientes precipitaciones que se dieron en la región del Alto Valle y que afectaron aguas arriba del río Negro. Los sedimentos aún están presentes en el río donde se encuentran los sistemas principales de captación de toma de agua para potabilizar y distribuir.

Para el tratamiento de la turbidez, el sistema de agua de Villa Regina cuenta con los sistemas de filtrado (filtros para retener los sólidos grandes), a lo que se agrega cloro para potabilizar el agua. Los filtros se encuentran tanto en las tomas de captación como en la planta potabilizadora.

Anteriormente se contaba con una planta química anexa a la planta potabilizadora, la cual está fuera de funcionamiento desde hace años, y que ayudaba a reducir la turbidez.

Una vez transcurrida esta situación, se recomienda la limpieza de los tanques de agua. Asimismo, la Dirección de Obras Sanitarias procederá a realizar la misma tarea en los filtros.

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    El nacimiento de Buenos Aires: entre el fracaso colonial y el mito

     

    La historia de Buenos Aires no es lineal ni épica en el sentido clásico: es una historia de intentos fallidos, abandono y refundación. Pero también es una historia simbólica, atravesada por la fe, los intereses imperiales y una decisión clave que terminaría definiendo el nombre de una de las ciudades más importantes de América Latina.

    Por Alcides Blanco para NLI

    La ciudad que nació dos veces no es una casualidad: es el resultado de la precariedad del proyecto colonial español en el Río de la Plata y de una persistencia estratégica que terminó imponiéndose.

    La primera fundación: hambre, guerra y abandono

    El 2 de febrero de 1536, el adelantado español Pedro de Mendoza desembarcó en las costas del Río de la Plata y estableció un asentamiento que llamó “Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire” .

    Ese acto —que muchas veces se menciona como “fundación”— en realidad fue más precario que solemne: se trató de un campamento fortificado, levantado en condiciones extremas, sin infraestructura ni recursos suficientes .

    La situación se volvió rápidamente insostenible. El hambre, las enfermedades y los enfrentamientos con los pueblos originarios —especialmente los querandíes— devastaron la expedición. Los propios cronistas narraron escenas brutales: los colonos llegaron a comer cuero, ratas y hasta carne humana para sobrevivir .

    Finalmente, en 1541, el asentamiento fue abandonado. Buenos Aires, en su primera versión, desapareció.

    La segunda fundación: la ciudad que sobrevivió

    Décadas después, la Corona española insistió con el proyecto. El 11 de junio de 1580, el conquistador Juan de Garay llevó adelante la segunda fundación, esta vez con una organización más sólida y población proveniente de Asunción .

    Garay bautizó formalmente a la ciudad como “Ciudad de la Santísima Trinidad”, aunque el puerto mantuvo el nombre de “Santa María de los Buenos Aires”, que con el tiempo se impondría en el uso cotidiano .

    A diferencia del intento de Mendoza, esta fundación logró consolidarse. La ciudad empezó lentamente a desarrollarse como enclave estratégico del imperio español, primero marginal y luego central en el comercio del Atlántico sur.

    El origen del nombre: entre la fe y el mar

    El nombre “Buenos Aires” no fue una ocurrencia casual ni un gesto poético. Tiene una raíz profundamente religiosa y marítima.

    Proviene de la advocación de la Virgen María conocida como Nuestra Señora del Buen Aire, vinculada a los marineros y navegantes .

    El origen de esta devoción se remonta a Cerdeña, donde una imagen de la Virgen —según la tradición— sobrevivió milagrosamente a un naufragio en el siglo XIV y fue venerada como protectora de quienes se hacían a la mar .

    En el siglo XVI, esta advocación ya era popular entre los navegantes españoles, especialmente en Sevilla. Por eso no resulta extraño que Mendoza y su expedición hayan encomendado el viaje a esa protección.

    El “buen aire” no alude al clima: alude a los vientos favorables para la navegación, a la esperanza de llegar a destino y sobrevivir al océano.

    Entre la leyenda y la historia

    La historia del nombre mezcla documentación y tradición. Algunos relatos sostienen que Mendoza habría hecho una promesa a la Virgen durante la travesía; otros apuntan a la presencia de religiosos mercedarios en la expedición, devotos de esa advocación.

    Lo cierto es que el nombre quedó. Incluso después del fracaso de la primera fundación, “Buenos Aires” persistió como una idea, como un proyecto y como un símbolo, hasta concretarse definitivamente en 1580 .

    Una ciudad marcada por su origen

    Buenos Aires nació dos veces, pero su nombre fue uno solo desde el inicio. Esa continuidad no es menor: revela que, más allá del fracaso material, había una intención estratégica y simbólica que la Corona no estaba dispuesta a abandonar.

    Entre el hambre de la primera fundación y la consolidación de la segunda, la ciudad se construyó como una promesa persistente: la de un puerto abierto al mundo, sostenido tanto por la geopolítica como por la fe.

    Y en ese cruce —entre imperio, religión y supervivencia— se explica por qué Buenos Aires se llama así. No por el aire que se respira, sino por el viento que permitió llegar.

     

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    Casta premium: Milei premia con una embajada a Crexell tras su voto clave para la Ley Bases

     

    La designación de Lucila Crexell como embajadora en Canadá reaviva una de las acusaciones más explosivas del último tiempo: el presunto intercambio de favores políticos en el Congreso. Mientras el oficialismo habla de “consensos”, la oposición denuncia directamente una compra de votos para aprobar la ley más importante del gobierno de Milei.

    Por Roque Pérez para NLI

    La política argentina volvió a exhibir su costado más crudo. La exsenadora Lucila Crexell fue designada embajadora en Canadá tras haber sido una pieza clave en la aprobación de la Ley Bases, en medio de acusaciones de que su voto fue “negociado” a cambio del cargo.

    El dato no es menor: el Senado aprobó su pliego con 45 votos a favor y 26 en contra, en una sesión atravesada por denuncias de “coima” y “dádivas” lanzadas desde distintos sectores de la oposición.

    Un voto que valía una embajada

    El eje de la polémica es claro. Durante el debate de la Ley Bases, Crexell pasó de cuestionar aspectos del proyecto a votarlo favorablemente, en un contexto donde ya circulaban versiones sobre su posible designación diplomática.

    Las sospechas no quedaron en rumores. En el recinto, legisladores denunciaron abiertamente que la entonces senadora “negoció su voto por un cargo en la embajada”, señalando que su decisión no fue autónoma sino parte de un acuerdo político.

    Incluso se llegó a plantear que el caso podría constituir un delito, con pedidos para reabrir investigaciones judiciales vinculadas a posibles dádivas.

    La escena es brutal en términos políticos: una ley estructural para el programa de Milei aprobada con votos bajo sospecha y, meses después, el “premio” materializado en un cargo diplomático de alto nivel.

    La casta que no era casta

    El discurso libertario construyó su identidad sobre la denuncia a “la casta”. Sin embargo, este episodio expone una contradicción difícil de ocultar: los mecanismos más clásicos de la política —negociaciones, intercambios, recompensas— siguen plenamente vigentes.

    No se trata de una interpretación aislada. Desde el propio oficialismo se llegó a justificar este tipo de prácticas como parte de los “acuerdos y consensos” necesarios para gobernar, lo que en los hechos equivale a admitir la lógica de negociación de poder que se decía combatir.

    El problema es más profundo: cuando esos acuerdos incluyen cargos públicos estratégicos, la línea entre política y clientelismo institucional se vuelve difusa.

    Un precedente peligroso

    El nombramiento de Crexell no es un hecho menor ni aislado. Marca un precedente político delicado: legitima la idea de que un voto clave en el Congreso puede tener recompensa directa en la estructura del Estado.

    Y en un contexto de ajuste, recorte del gasto público y discurso anti-Estado, el contraste se vuelve aún más evidente: mientras se predica austeridad, se distribuyen cargos diplomáticos como moneda de negociación.

    La pregunta que queda flotando es incómoda pero inevitable: si esto no es “casta”, ¿qué es?

     

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