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NUDOS ALBERTINIANOS

Max Weber definió al Estado como el monopolio de la violencia legítima. Dicho de otra forma, el Estado tiene la facultad de ejercer la violencia simbólica, institucional o física que lo avala por su poder de autoreferencia legitimante.

¿Cómo se podría revertir esta conceptualización del Estado? Con actos, es evidente, porque el discurso no alcanza…

Sin embargo, el discurso del presidente comenzó con la revalorización de la palabra, la cual ha sido «devaluada» por la no correspondencia con las acciones, chamuyo diríamos…

La deuda aparece como la palabra clave en estos momentos, y al mismo tiempo como el principal castigo que tendríamos que afrontar por las elecciones equivocadas… Expresó Alberto

Nunca más a un endeudamiento insostenible. Nunca más a la puerta giratoria de dólares que ingresan por el endeudamiento y que dejan tierra arrasada a su paso



El parentesco de este gobierno con la religión nos acerca a la culpa por ser pecadores, pecadores eternos por endeudarnos antes de nacer (pecado original), el castigo, por ende: también es eterno. Sin embargo, surge el primer distanciamiento y nudo por desatar en ese parentesco: la ley del aborto. La demanda social y la evidencia del daño por los abortos clandestinos, obliga al gobierno a instituir el respeto por los derechos de la mujer, por el cuerpo de la mujer que decide por ella misma. He aquí un rasgo protector que se insinúa y revitaliza el pesimismo del concepto weberiano de Estado.

Dijo Alberto

Los derechos humanos son la columna vertebral de la República y no sólo de un gobierno



Aquí aparecen las herramientas legales de un abogado que devino presidente, y que sabe que su mayor respaldo es la ciencia.

¡Somos un gobierno de científicos! Agregó en un momento rescatando la recategorización del CONICET, previamente devaluada en actos y palabras.

Si aplicamos nuevamente el concepto de violencia en el Estado, emergen asociaciones libres: desaparecidos, atentado de la AMIA, Ara San Juan, maestras fallecidas en Chubut, degradación de la salud pública.

El discurso presidencial retomó estas variantes de modo reinvindicativo y esgrimió desocultar los sótanos de la democracia.

Memoria por los desaparecidos; reapertura de expedientes clasificados del atentado de la AMIA; recategorización de los 44 fallecidos en el ARA San Juan; replanteamiento educativo por una educación gratuita, equitativa y actualizada; reimplementación de planes de salud para los menos favorecidos como el plan Remediar, el desbloqueo de vacunas o la aplicación de la ley de Salud Mental a favor de la desmanicomialización y el abordaje comunitario



Palabras que intentan desatar otros nudos de angustia y opresión social.

La despolitización de la Justicia ligado a una reforma judicial, y la transparentización de mecanismos de inteligencia cobran relieve ante lo oculto y lo silenciado por un Estado que si se lo propone…, puede manipular y encajonar causas para la defensa de aquellos que están protegidos por el poder.

Un nudo que no parece desatarse todavía es el del arte o la cultura, ya que el discurso se centró en el deber ser y hacer argentino, nacionalista, obrero y religioso, en un gesto identificatorio que involucre a todos en mutua unión. El arte es un espacio para la crítica social, por ende puede generar alguna ansiedad persecutoria si no se la tiene incluida en el sistema y estructura de prioridad gubernamental. Sin embargo, la cultura fue tomada desde la viveza criolla para revertirla, refirió Alberto

Vamos a exigirles total responsabilidad a los formadores de precios. Argentina no resiste más el abuso de quienes preservan su rentabilidad a costa de consumidores condenados a pagar sus excesos. Debemos terminar con la Argentina de los vivos

Como es evidente hay otra prioridad antes que el arte o la cultura, y esta es subsanar el problema de pobreza y hambre, nudo que Alberto propone con énfasis desatar. Y un proyecto importante para ello es el Plan de los 1000 días, que buscará garantizar la asistencia de madres vulnerables desde el embarazo hasta los 2 años del niño, como así también el proyecto «Argentina sin hambre».

Es evidente que hay un cambio de paradigma en este nuevo gobierno, que apunta a lo social y a los más vulnerables, haciendo hincapié en la colaboración que deben prestar los opositores al gobierno. Pero estos opositores aducen que la deuda es insostenible por este mismo gobierno, quien aumentó el riesgo país, y encima el discurso de Alberto viene siendo el mismo desde hace treinta años…Y es aquí que el nudo con la oposición parece tornarse menos desatable.

El nacionalismo renace con este discurso por sus citas a Perón, Belgrano y los héroes de la patria, debiendo los ciudadanos internalizar estos símbolos para que cada uno desde su lugar sea un héroe que pueda sacrificarse por la Argentina. Y es allí que el nudo celeste y blanco albertiniano se constituye como un símbolo de batalla a la injusticia social, y al mismo tiempo empuje hacia la autonomía soberana e individual.

¿Conseguirá Alberto levantar las banderas de igualdad y prosperidad para todos? ¿Cómo resolverá el descreimiento en las instituciones tradicionales como la familia, el Estado y la religión? ¿Le otorgará al trabajo un valor que lo ubique en la dignidad y reconocimiento merecido? ¿Cómo hará para reconstituir un Estado usurpado y en agonía? ¿Bastará la moral y los valores patrios para reestructurar este complejo país? ¿Podrá la educación ser la llave para un futuro mejor?



Por otro lado, la «palanca para el desarrollo productivo de nuestro país», fueron otras de las palabras de un opaco nudo petrolífero, el fracking no llegó a nuestros oídos.

¿La industria del petróleo se constituirá como una fuerza pujante de crecimiento económico respetando la naturaleza?

El Congreso y su apertura de sesiones ordinarias estuvo inaugurado por una sóla voz, ésta ocupa el lugar omnipresente del poder hecho un nudo político difícil de desatar. Si hay algo que caracteriza a este Congreso es la pluralidad de voces, entonces, ¿porqué Alberto se adueñó de la palabra? Es cierto, al final fue a saludar (en contra del protocolo) a la gente, tipo estrella de rock poniendo en juego su seguridad personal, reflejando su pasión y entrega por el pueblo…

Por último, nos preguntamos

¿Habrá un momento en la historia argentina en que el Congreso tome protagonismo despolitizadamente en una diversidad de voces para el bien común más allá de las buenas intenciones partidarias o individuales? ¿Podrá la verdad ser sinfónica como dijo Fernandez y predominar entre tantos quilombos y puja de intereses?

Colaboración: Hernán Ermantraut

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    Los hermanos Patricio y Germán Neuss buscan dar un salto gravitante en el tablero de control del sistema eléctrico argentino y van por Transnoa, la transportadora de energía del Noroeste Argentino (NOA) que hoy está envuelta en una severa crisis operativa que disparó una inédita denuncia conjunta de Tucumán, Jujuy y Salta.

    De estrechos vínculos con el subsecretario de Energía, Damián Sanfilippo, los hijos de Jorge Justo Neuss, herederos de un extenso entramado de empresas, mostraron un fuerte interés en el mercado energético desde la llegada de Javier Milei al Gobierno.

    En 2025 conformaron el holding Edison Energía junto con el fondo Inverlat liderado, entre otros, por Ezequiel Carballo y Guillermo Stanley y donde se desempeña el yerno de éste último, el ex jefe de Gabinete de María Eugenia Vidal, Federico Salvai. También participa de este fondo el dueño de Newsan, Rubén Cherñajovsky.

    En solo un año, los Neuss se hicieron de activos de un valor incalculable: se quedaron con el control de la transportadora Litsa, la hidroeléctrica Cempsa, la operadora de la represa Potrerillos en Mendoza, el complejo hidroeléctrico Cerros Colorados y las distribuidoras de Tucumán (Edet) y Jujuy (Ejesa). 

    El manejo estas últimas dos distribuidoras les permitió un acceso directo a los gobernadores Osvaldo Jaldo (Tucumán) y Carlos Sadyr (Jujuy), al que han sumado una reciente buena relación con el salteño Gustavo saenz. 

    Este despliegue en esas provincias llevó a los Neuss a interesarse por la transportadora Transnoa que opera en la zona y cuyo control tiene la familia Castro, que maneja Gasnea. 

    Estos tres gobernadores concretaron esta semana una acción muy inusual: firmaron de manera conjunta una denuncia contra Trasnea, culpándola por los cortes de luz en sus provincias, que afectan a más de 900 mil usuarios. Curioso que la demanda no haya sido extensiva a las distribuidoras de los Neuss que son los que efectivamente prestan el servicio.

    Salta, Jujuy y Tucumán van contra la transportadora Transnoa por desinversión y cortes masivos de luz

    Como sea, Trasnoa tampoco es una joyita. En medio de fuertes peleas accionarias, la empresa realizó cambios de directorio que también generaron problemas internos.

    Hoy, como presidente figura Diego Castro y, como vice, Melitón Eugenio López, que tiene un pasado reciente en la función pública como presidente de Lotería y Casinos de la provincia de Buenos Aires durante de la gestión de María Eugenia Vidal.

     En solo un año, los Neuss se hicieron, a través del Grupo Edison, con el control de la transportadora Litsa, la hidroeléctrica Cempsa, la operadora de la represa Potrerillos en Mendoza, el complejo hidroeléctrico Cerros Colorados y las distribuidoras de Tucumán (Edet) y Jujuy (Ejesa). 

    «Los cortes registrados no constituyen hechos aislados, sino que responden a un deterioro estructural en la operación de Transnoa», señalaron los gobernadores en la denuncia que presentaron ante el ENRE.

    LPO pudo confirmar de fuentes del sector  que los Neuss pretenden quedarse con esta transportadora que opera en el NOA desde 1994. Fuentes de Trasnoa, dijeron a LPO desconocer esa movida, pero reconocieron que «puede haber apetito» por su compañía.

    El presidente de Pampa Energ®eia, Marcelo Mindlin.

    En paralelo, los Neuss también estrían interesados en quedarse con Transener, que el gobierno busca privatizar en un proceso muy polémico, donde puso un precio bastante por debajo de la valuación de mercado de la transportadora, la más grande del país. Una pelea en la que deberán enfrentarse al dueño de Pampa Energía, Marcelo Mindlin, también interesado en hacerse con el control de la compañía que ya integra como socio privado del Estado,

    Privatización de Transener: Sospechas por el apagón y el derrumbe de la acción

    En efecto, desde finales del año pasado, el gobierno aceleró el proceso de privatización de la empresa de energía estatal Enarsa, que posee el 50% de Citelec, la controlante de Transener (con 51% de las acciones). La otra mitad de las acciones son de Pampa Energia, de Marcelo Mindlin.

    Transener distribuye 86% de la electricidad que se consume en Argentina, con más de 15 mil kilómetros de líneas de alta tensión que conectan a las centrales eléctricas con las redes de distribución.

    El control de Transener implicaría para los Neuss alcanzar la hegemonía del sistema eléctrico local. 

     

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  • Un nuevo mapa para el patio trasero

     

    Es el día después de la captura de Nicolás Maduro. Donald Trump da una breve entrevista telefónica a The Atlantic. No deja lugar a dudas: lo de Venezuela no abre una transición democrática. Tampoco reconoce a Delcy Rodríguez como autoridad real. “Nosotros estamos a cargo”. El presidente de Estados Unidos fija el marco: Venezuela es un protectorado donde el petróleo, las carreteras, los puentes, las elecciones y hasta el ritmo de la violencia quedan bajo la órbita de Washington. Llama al hemisferio occidental “nuestro patio trasero”, promete “arreglar países rápido”, imponer “acceso total” a recursos estratégicos y advierte que quien no obedezca enfrentará algo “peor” que Maduro. 

    Trump habla desde su club de golf en West Palm Beach, de excelente humor, y le aclara al periodista que Venezuela puede no ser la última intervención estadounidense. “Necesitamos a Groenlandia”, dice sobre la isla que pertenece a Dinamarca, aliado de la OTAN. El día anterior había amenazado a los presidentes de Colombia, México y Cuba. No mencionó en ningún momento a China. Ese es el significante ausente, lo real no dicho: con Trump no hay medias tintas; cuando no nombra algo, es porque ahí está el corazón del asunto.

    En su primer año de regreso a la Casa Blanca, Trump desplegó en América Latina una política exterior pendenciera a cielo abierto y sin tapujos. Espectacularidad punitiva, disciplinamiento a países, tutelajes a aliados presentados como recompensas, acuerdos precarios y de servilleta y alineamientos forzados. Impuso aranceles a México mientras exigía control de su política migratoria e intervención militar contra los cárteles; recibió a Nayib Bukele en la Casa Blanca que acogió a los inmigrantes deportados en sus cárceles; endureció sanciones y aranceles a Nicaragua; castigó a Brasil con aranceles y sanciones contra el juez Alexandre de Moraes del Tribunal Supremo Federal —luego retiradas— mientras negoció alivios a cambio de acceso a minerales críticos; en Honduras indultó a Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a prisión perpetua por narcotráfico, y respaldó abiertamente al candidato opositor Nasry Asfura que hoy es presidente electo.

    La lista continúa. Exigió a Panamá la salida de empresas chinas del Canal tras amenazar con anexarlo; retiró el reconocimiento a Colombia como socio en la “guerra contra las drogas” y sancionó al presidente Gustavo Petro; en Argentina otorgó un rescate financiero estratégicamente sincronizado para respaldar a Javier Milei antes de las elecciones legislativas; activó un bloqueo petrolero contra Venezuela con impacto directo sobre Cuba, a la que volvió a designar “Estado patrocinador del terrorismo”. Y el 3 de enero, tras 35 ataques previos a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico que dejaron 115 ejecuciones extrajudiciales, ordenó el primer bombardeo estadounidense contra un país sudamericano, Venezuela, y capturó a Maduro. El emblema Nuestro hemisferio sintetiza el ideal y el proyecto: una región de Estados vasallos gobernados por premios, castigos y tutela directa de Washington.

    El siglo XIX como manual para gobernar el XXI

    Este ejercicio descarnado del poder de Trump tiene una inspiración. “Todo se remonta a la Doctrina Monroe. (…) Ahora la llaman el Documento Donroe”, señaló  en la conferencia de prensa del 3 de enero. El paso de Monroe a Donroe no es un simple juego verbal, sino el síntoma de algo más profundo: el llamado “Corolario Trump” no revive la doctrina proclamada en 1823 por el presidente James Monroe, la desfigura y la amplifica, revelando la fascinación del presidente por la política exterior estadounidense del siglo XIX y su creencia de que aquel mundo de esferas de influencia rígidas y jerarquías imperiales puede ser restaurado en pleno siglo XXI.

    La Doctrina Monroe, enunciada dos siglos atrás como una advertencia defensiva y preventiva frente a la posible recolonización europea en un contexto de tensiones con Rusia en el noroeste de América del Norte, la restauración monárquica impulsada por la Santa Alianza y el temor a que esas potencias extendieran su control sobre una América Latina recién independizada, fue durante décadas más una declaración simbólica que una política ejecutable. Cuando el Reino Unido ocupó las Islas Malvinas en 1833 violó esta doctrina –pese a las protestas de Argentina— y Estados Unidos se limitó a observar, dejando que Londres consolidara su control.

    Tras la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 y, sobre todo, a partir del bloqueo europeo a Venezuela en 1902, Washington pasó de intentar evitar interferencias externas a arrogarse el derecho de intervenir activamente para “corregir” a los países de la región. Este giro se cristalizó en el Corolario de Teodoro Roosevelt de 1904, que legitimó la intervención militar ante “conductas incorrectas” o incumplimientos financieros, convirtió a Estados Unidos en gendarme hemisférico, abrió la puerta a más de treinta intervenciones entre 1898 y 1934, se enlazó con el mito del destino manifiesto —la creencia de que Washington está destinado a una expansión continental y a dominar el hemisferio entero—, y transformó la vieja advertencia a Europa en un dispositivo ofensivo de tutela y disciplinamiento regional, frente al cual surgieron respuestas como la doctrina Drago en defensa de la soberanía latinoamericana (1).

    Trump recicla el mismo espíritu de cruzada (2). Admira al Corolario Roosevelt, pero adaptado a la competencia con China: América Latina es un espacio donde Estados Unidos debe impedir la expansión de un rival estratégico. Es una versión contemporánea del “América para los norteamericanos”, ahora formulada como “el hemisferio es parte de nuestra seguridad nacional”. En la nueva Estrategia de Seguridad Nacional —publicada en diciembre de 2025—, la región aparece más subordinada que nunca a la rivalidad con China: no es prioritaria por sí misma, sino por su valor económico, energético, migratorio y geopolítico para sus competidores. El lenguaje de democracia y derechos humanos se desvanece y es reemplazado por una gramática de ventaja económica, control de recursos estratégicos, seguridad fronteriza y alianzas transaccionales. Frente a otros documentos de las últimas décadas, la versión 2025 es abiertamente mercantilista, unilateral y jerárquica: América Latina ya no es un socio a promover, sino una frontera inmediata de seguridad nacional.

    Respecto del ciclo Clinton–Obama, el quiebre es triple: primero, una desideologización liberal que sepulta el discurso de “valores compartidos”; segundo, el reemplazo de la cooperación por el transaccionalismo condicionado, donde Washington premia a los países “capaces y confiables” que abran mercados y recursos; tercero, la regionalización de la competencia con China, que convierte cada iniciativa latinoamericana en un test de alineamiento —si favorece o limita la penetración china en tecnología, energía, minerales críticos o puertos—. De allí se desprenden tres prioridades: contener y desplazar la influencia china en sectores estratégicos (infraestructura, 5G, minerales, energía); reconfigurar los vínculos económicos en favor de empresas estadounidenses, mediante acuerdos bilaterales de nearshoring (relocalización de cadenas de valor dominadas por Washington y definidas por proximidad geográfica) y energía; y blindar la seguridad interna, reforzando control migratorio y presión sobre gobiernos considerados inestables u hostiles. No hay ambición de reconstruir instituciones regionales ni de revitalizar la cooperación: el nuevo esquema apuesta a alineamientos selectivos, puntuales y transaccionales, instrumentalizando antagonismos en la región y obstruyendo mecanismos regionales autónomos —como la CELAC— para sostener la hegemonía hemisférica.

    Trump se propone tejer una red de subordinados regionales —gobiernos MAGA o no MAGA— dispuestos a habilitar la injerencia en sus políticas internas para alinearlas con los intereses estadounidenses. La estrategia premia a gobiernos, partidos y movimientos que aceptan este marco y no descarta pactos instrumentales con actores ideológicamente disímiles si garantizan control territorial, seguridad y cadenas de valor. La prioridad ya no es la democracia, sino una estabilidad “cómoda y tolerable” y la disciplina geopolítica del patio trasero frente a China. 

    En paralelo, impulsa un repliegue militar global para concentrarse en el hemisferio, refuerza la Marina y la Guardia Costera y pone en operación un comando hemisférico de facto y unificado en reemplazo del Comando Sur. Despliega por primera vez casi un tercio de su flota naval en el Caribe para atacar embarcaciones supuestamente “narcoterroristas” en el Pacífico y el Caribe; aplica diplomacia económica con acuerdos basados en premios y castigos para relocalizar cadenas de valor y favorecer a empresas estadounidenses y bloquear competidores; y multiplica intercambios de defensa que incluyen ventas de armas, inteligencia y coordinación sobre políticas migratorias y de seguridad. 

    En conjunto, el Corolario Trump redefine a América Latina como un “espacio tutelado”, subordinado a la preeminencia de Estados Unidos, erosionando el principio de igualdad soberana: reconoce el fin del momento unipolar, asume que Washington ya no puede —ni quiere— ser hegemón global y opta por una hegemonía hemisférica explícitamente transaccional.

    ¿El retorno de las esferas de influencia?

    En una reciente investigación, Bradley Nelson (2025) señala que la política exterior de Trump se apoya en las esferas de influencia, entendidas como regiones, o partes de regiones, en las que las grandes potencias ejercen una influencia significativa —diplomática, económica y militar— sobre las políticas exteriores de otros Estados y, en ocasiones, sobre sus procesos internos. Las grandes potencias buscan estas esferas por los beneficios estratégicos que proporcionan o potencian, como recursos, materias primas, zonas de amortiguamiento, capacidades de proyección de poder y seguridad. (3)

    Nelson sostiene que la Casa Blanca persigue activamente una doctrina de predominio estadounidense en el hemisferio occidental, al tiempo que se retrae de la mayor parte del resto del mundo, cediendo esas áreas al expansionismo de Rusia y China, a cambio de relaciones bilaterales más calmas. El efecto es que Estados Unidos debilita y abandona el orden occidental surgido tras la Segunda Guerra Mundial, que dio lugar a numerosas instituciones, normas y reglas internacionales y que ayudó decisivamente a sostener dicho sistema, en favor de un mundo tripolar —Estados Unidos, Rusia y China— dominado por el poder, la fuerza y la coerción.

    Según esta lógica, Estados Unidos reclama exclusividad sobre el hemisferio occidental —Rusia y China no se meten en Venezuela— y, a cambio, asume implícitamente que no intervendrá directamente en los espacios vitales de sus rivales —Ucrania para Rusia, Taiwán para China—, un esquema en el que cada gran potencia aspira a ser hegemón regional y a impedir que otros lo logren. América Latina se configura así como el área de influencia natural de Estados Unidos, equivalente a lo que Rusia reclama en Eurasia o China en su periferia marítima. Aunque la idea parece sencilla, resulta paradójica: se trataría de un trueque geopolítico de esferas que se perciben como territorios cerrados en un mundo globalizado, atravesado por redes económicas, tecnológicas y financieras interdependientes.

    La Nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NES) de 2025 plasma estas prioridades, situando al Hemisferio Occidental en el epicentro de atención. Allí, el discurso oficial apunta a drogas y migración, pero la preocupación real es China, incluso más que Rusia, mientras se minimiza el apoyo directo a los aliados europeos. Aunque el documento no lo diga, este reordenamiento encaja con la tesis del académico realista John Mearsheimer en The Tragedy of Great Power Politics (2001): Estados Unidos es el único hegemón regional de la historia y busca impedir que otras grandes potencias dominen sus propias regiones, lo que establece un orden de prioridades: primero el Hemisferio Occidental, luego Indo-Pacífico, después Europa, más lejos Oriente Medio y, al final, África (4).

    En coherencia con este marco, la NES exige restaurar la “preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental” y bloquear cualquier intento de competidores extrahemisféricos de controlar activos estratégicos: el hemisferio es “nuestro” y Estados Unidos se reserva el derecho exclusivo de protegerlo. En el Indo-Pacífico, China se reconoce como rival sistémico, pero su contención se plantea como una responsabilidad compartida, presionando a Japón, Corea del Sur, Taiwán, Australia e India para aumentar gasto militar y cooperación. De este modo, la NES no describe, como hacía Mearsheimer, una posición de poder ya consolidada, sino que prescribe cómo debería mantenerse. Sin embargo, no pareciera que este diseño de hegemonía hemisférica rígida, combinado con la externalización de costos en Asia y Europa, pueda sostenerse en un mundo cada vez más policéntrico y post-occidental.

    Como reconoce el propio Mearsheimer, su tesis, el “realismo ofensivo”, no es una creación propia: sus raíces se remontan a la Primera Guerra Mundial y a G. Lowes Dickinson, cuando la disciplina de Relaciones Internacionales surge al calor de la Liga de las Naciones. Parte de la premisa de un sistema internacional anárquico, en el que todos los Estados poseen capacidades ofensivas, desconocen las intenciones de los demás y priorizan la supervivencia, lo que los impulsa racionalmente a maximizar su poder relativo. Predomina así un sesgo revisionista: las potencias insatisfechas tienden a iniciar conflictos porque quienes ganan pueden aspirar a la hegemonía. De esta lógica se deriva que el objetivo óptimo sea convertirse en hegemón regional e impedir que otros lo logren, mediante guerra preventiva y control de esferas de influencia, entre otras herramientas. El conflicto no aparece como una anomalía moral, sino como una consecuencia estructural del sistema (5).

    Esta doctrina del control de esferas de influencia surge primero como práctica histórica de las grandes potencias y luego se teoriza en el marco del realismo clásico de Hans Morgenthau y el realismo ofensivo de Mearsheimer. Su origen moderno se remonta al siglo XIX, cuando imperios europeos y Estados Unidos comienzan a dividir el mundo en zonas de primacía reconocida: el Concierto de Europe tras 1815, la Doctrina Monroe en 1823, la expansión británica en el Índico y el reparto colonial de África en Berlín en 1884-85. Estas esferas no eran sólo territoriales, sino que implicaban control político, financiero, comercial y militar, bajo la premisa de que cada gran potencia debía contar con un “espacio vital” libre de rivales. Durante la Guerra Fría, esta práctica se institucionaliza: el bloque soviético en Europa del Este y la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental son ejemplos canónicos de esferas de influencia reconocidas de facto.

    Para América Latina, el regreso de esta biblia realista ofensiva significa aceptar que no hay lugar para la autonomía de los estados más débiles, ni para el multilateralismo ni para el derecho internacional que pudiera protegerlos. De acuerdo con Mearsheimer, “a Estados Unidos le conviene ser la única potencia hegemónica regional del mundo. No queremos que ningún otro país domine su continente, porque así podrían incursionar en el nuestro sin preocuparse por la geopolítica de su entorno”. Rige entonces la ley del más fuerte.

    El precio de una doctrina mal envejecida

    Aunque Trump pareciera actuar sin freno, la doctrina de las esferas de influencia enfrenta hoy límites estructurales. Su eficacia se reduce porque el orden internacional ya no es solo territorial, sino económico, tecnológico y planetario: las cadenas de suministro globales y la digitalización hacen casi imposible “cerrar” una región frente a un actor externo. A esto se suma la falta de reconocimiento mutuo global: Estados Unidos no respeta la “zona de seguridad” rusa, China no acepta la primacía estadounidense en su periferia marítima y Washington rechaza la presencia china en América Latina. Sin este acuerdo tácito, la doctrina funciona de manera unilateral, generando fricciones y rivalidades más que estabilidad. La estrategia de Trump combina la herencia de la Doctrina Monroe con la lógica moderna de esferas de influencia, pero aplicada a un mundo donde las “zonas exclusivas” son disputadas, porosas y difíciles de sostener; por eso, su viabilidad práctica resulta, en el mejor de los casos, severamente limitada.

    Por otro lado, existen costos inevitables. Mantener a las grandes potencias fuera del hemisferio occidental es complicado: varios gobiernos latinoamericanos pueden buscar cooperación con China, Rusia u otras potencias, aún sin intenciones de desafiar la hegemonía estadounidense. Concentrar recursos en dominar América Latina podría limitar la capacidad de Estados Unidos para contrarrestar rivales en otras regiones y generar resentimiento regional. La estrategia corre el riesgo de transformarse en un auténtico pantano estratégico, donde la búsqueda de estabilidad sin incentivos —“accesos sin zanahoria”— ni consensos termina por socavar la propia preeminencia de Estados Unidos.

    Si bien las potencias buscan estas zonas para protegerse de rivales cercanos, la lógica clásica puede generar dilemas de inseguridad, efectos de escalada, división de bloques enfrentados, alineamientos cruzados y antagonismos irreconciliables. La concepción tradicional de esfera, pensada como control territorial, se ve tensionada por una globalización fragmentada que limita la legitimidad de cualquier intento de dominio exclusivo. Se trata de una doctrina mal envejecida, estructuralmente insuficiente para sostener una cruzada eficaz contra China en el siglo XXI. La interdependencia económica erosiona la lógica territorial clásica. A diferencia de la Guerra Fría, China no necesita bases militares en el hemisferio occidental para influir: controla nodos críticos de comercio, financiamiento, tecnología e infraestructura a través de cadenas de valor globales. Las esferas concebidas como zonas geográficas cerradas resultan inoperantes frente a redes transnacionales de producción, finanzas y datos.

    Además, la doctrina sobrestima la coerción unilateral. Parte de la premisa de que un hegemón regional puede excluir rivales de su área vital, pero hoy los Estados medianos tienen mayor margen de maniobra que en el siglo XIX o la Guerra Fría; México, Brasil, Argentina, Colombia o Chile pueden diversificar alianzas y negociar entre potencias rivales, practicando diplomacia de “hedging” (cobertura) o de equilibristas con agencia propia, aprovechando oportunidades de ambas potencias. Exige más de lo que puede, pues padece de un déficit de legitimidad: la doctrina presupone obediencia, pero en contextos democráticos, poscoloniales y policéntricos, donde la imposición externa genera resistencia, desgaste de élites aliadas y costos reputacionales crecientes.

    En suma, se trata de una práctica que privilegia el poder duro y subestima el poder blando y la gobernanza. China compite no solo con coerción, sino con financiamiento, infraestructura, transferencia tecnológica, promesas de desarrollo y respaldo a espacios multilaterales; la mera negación de accesos no genera alternativas creíbles ni reemplaza el atractivo estructural de Pekín. La lógica de la hegemonía regional asume, además, que Estados Unidos puede replegarse sobre su hemisferio y externalizar costos en otras regiones, cuando la competencia con China es sistémica y simultánea: atraviesa Asia, América Latina, África, Europa y el ciberespacio. En este contexto, no existe “retaguardia segura” en un orden global poblado por actores estatales y grandes empresas tecnológicas con alcance transnacional y con riesgos de escala planetaria.

    La cruzada estadounidense contra China no fracasa por falta de voluntad geopolítica, sino porque intenta librarla con manuales del siglo XIX y buena parte del XX —inflación de amenazas, intervenciones cruentas, tutelajes y ahora bombardeos, invasiones e imposición de protectorados— frente a un competidor que opera con redes, interdependencias y penetración capilar del siglo XXI. Resulta casi irónico que, al seguir al pie de la letra el manual del realismo ofensivo —mantener a Estados Unidos como amo absoluto del hemisferio occidental y vigilante de que ningún rival domine otra región—, Washington acabe atrapado en su propio pantano, incapaz de cumplir cualquiera de las dos metas.

    1. Luis María Drago, canciller de Argentina entre 1902 y 1903 durante la presidencia de Julio Argentino Roca, formuló en respuesta al bloqueo naval de Gran Bretaña, Alemania e Italia en 1902-1903 a Venezuela: sostenía que ningún país extranjero podía usar la fuerza para cobrar deudas soberanas en la región, defendiendo así la soberanía latinoamericana frente a potencias extranjeras.
    2. Malacalza, B. (2025). Las cruzadas del siglo XXI: Cómo la colosal disputa entre China y Estados Unidos está transformando América Latina (y nosotros no nos enteramos). Siglo XXI Editores.
    3.  Nelson, B. (2025). Donald Trump’s Spheres of Influence Strategic Doctrine. Journal Of Global Strategic Studies: Jurnal Magister Hubungan Internasional, 5(1), 1-27.
    4. Katz, M. N. (2025, 19 de diciembre). The Mearsheimer logic underlying Trump’s National Security Strategy. E‑International Relations. 
    5. Ulloa, A. (2021). Realismo estructural. En J. A. Schiavon et al. (Eds.), Teorías de las relaciones internacionales en el siglo XXI. México, CIDE.

    La entrada Un nuevo mapa para el patio trasero se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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