Llegó el último día de festejos, nada más y nada menos que el día del cumple de la ciudad. Regina comenzó a celebrar sus 97 años por la mañana con un emotivo acto protocolar en el que se rindió homenaje a los primeros pobladores y, luego, por la tarde con el desfile aniversario, que marcó el reencuentro, la posibilidad de disfrutar después de tanto tiempo y de agasajar a quienes día a día con su trabajo aportan al desarrollo de la ‘Perla del Valle’.
Y la última noche en el anfiteatro ‘Cono Randazzo’ fue el gran broche de la Fiesta. El escenario vibró al ritmo de los artistas que desplegaron su profesionalismo y calidad artística: Marea, Luz de Luna y Zule Vega, quienes dejaron preparado al público para el cierre de la noche.
El show de Karina la Princesita fue disfrutado de principio a fin no sólo por los reginenses, sino también por fans que llegaron desde distintos puntos de la región.
Así se bajó el telón de los festejos pero, sin dudas, el calor, la intensidad y las emociones vividas en estos días quedarán en el recuerdo de todos los reginenses.
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El dólar blue volvió a subir y el riesgo país acompañó. El regreso de la desconfianza del mercado no fue casual. Este viernes se conoció el balance cambiario de noviembre, que arrojó un déficit de USD 1.163 millones. Esto coincide con el rojo de las reservas que ya supera los USD 18.00 millones.
La origen de la inquietud es evidente: el próximo nueve de enero la Argentina tiene que pagar un vencimiento de USD 4.100 millones y lejos de acumular dólares, el gobierno pierde cada vez más. Además, el ministro Caputo sigue sin explicar como hará para pagarlo: por ahora el préstamo repo de USD 7.000 millones que anunció no aparece y este viernes puso en duda la existencia del Swap con el Tesoro de Estados Unidos.
LPO había anticipado que a medida que se acerque ener, la presión sobre el dólar iba a crecer. Este viernes el blue saltó 1,7% y se ubicó en $1530, mientras el riesgo país volvió a acercarse a la zona de 580 puntos equivalente a un aumento del 1%.
Esa inquietud tiene respaldo en los números oficiales. El balance cambiario de noviembre que publicó el Banco Central mostró un déficit de cuenta corriente de USD 1.163 millones. Es decir, al país le salieron más dólares de los que le entraron por comercio, servicios y rentas. Un dato que no dialoga bien con la promesa de acumular reservas.
El problema más grave no está en el comercio exterior, aunque la caída respecto al año anterior es pavorosa, y se acerca al 80%. Pero aún así, el rubro Bienes dejó un superávit de USD 535 millones, con USD 4.888 millones cobrados por exportaciones y USD 4.353 millones pagados por importaciones.
La sangría vino por el lado de los Servicios, con un rojo de USD 559 millones, empujado por viajes, pasajes y consumos con tarjeta. A eso se sumó el golpe más pesado: el Ingreso primario, que registró una salida de USD 1.131 millones, explicada casi íntegramente por pagos de intereses, en especial al FMI. Ahí se va buena parte del aire financiero.
El balance cambiario de noviembre que publicó el Banco Central mostró un déficit de cuenta corriente de USD 1.163 millones. Es decir, al país le salieron más dólares de los que le entraron por comercio, servicios y rentas. Un dato que no dialoga bien con la promesa de acumular reservas.
La reacción de la gente ante esa situación quedó reflejada en el mercado de cambios. Las personas humanas compraron USD 1.596 millones netos, con USD 1.088 millones destinados a billetes. Más de 1,1 millón de personas salió a dolarizarse. No es pánico, pero tampoco confianza.
El equilibrio mensual se sostuvo por otro lado. La cuenta financiera fue superavitaria en USD 1.656 millones, gracias a ingresos del sector financiero y a los llamados «otros movimientos netos». En cambio, el Gobierno y el BCRA tuvieron un rojo de USD 840 millones. Sin deuda, préstamos y movimientos financieros, el cierre no daba.
Las reservas subieron USD 954 millones y cerraron en USD 40.335 millones, pero no por acumulación genuina. Pesaron los depósitos de los bancos en el Central, la revaluación de activos como el oro con destino incierto y compras puntuales del Tesoro. Al mismo tiempo, se pagaron USD 843 millones al FMI y USD 865 millones a otros organismos.
Hannah Arendt describió al burócrata moderno como alguien capaz de producir un daño inmenso sin odio ni pasión, apenas cumpliendo órdenes. En la Argentina de las últimas décadas, Federico Sturzenegger encarna como pocos esa figura: el técnico que, gobierno tras gobierno, pone su saber al servicio de un mismo proyecto de poder.
Por Tomás Palazzo para NLI
Hay figuras que atraviesan la historia política sin necesidad de ganar elecciones ni dar discursos encendidos. No seducen multitudes ni bajan a la arena con consignas épicas. Su poder es otro: el del expediente, el decreto, la planilla de Excel. Hannah Arendt, al analizar el juicio a Adolf Eichmann, formuló una de las ideas más incómodas del siglo XX: la banalidad del mal. No hacía falta un monstruo para causar estragos; bastaba un burócrata eficiente, obediente y convencido de que solo “hacía su trabajo”.
Federico Sturzenegger no es, claro, un criminal de guerra. El paralelismo no apunta a los hechos sino a la lógica. La del funcionario que se concibe a sí mismo como neutral, técnico, inevitable. El que no decide: ejecuta. El que no es responsable: administra. En nombre de esa supuesta asepsia, se despliegan políticas que arrasan con derechos, salarios, ahorros y soberanía, mientras el ejecutor se declara ajeno a las consecuencias.
El burócrata sin odio
Arendt observó que Eichmann no actuaba movido por un odio explícito ni por un fanatismo profundo. Su rasgo distintivo era la incapacidad de pensar críticamente lo que hacía. El mal se volvía banal porque se integraba a la rutina administrativa. Algo de eso aparece cada vez que Sturzenegger explica sus decisiones con un lenguaje deshumanizado, donde las personas se transforman en “distorsiones”, “ineficiencias” o simples “costos a corregir”.
Durante el gobierno de Fernando de la Rúa, fue parte del equipo económico que sostuvo un esquema que terminó en una catástrofe social, institucional y económica. Más tarde, bajo Mauricio Macri, como presidente del Banco Central, su gestión quedó asociada a tasas de interés exorbitantes, bicicleta financiera y endeudamiento acelerado, un combo que benefició a los sectores concentrados y dejó una herencia explosiva.
Hoy, con Milei, Sturzenegger reaparece como ideólogo del desguace estatal, celebrando despidos, recortes y privatizaciones como si fueran simples movimientos técnicos. El discurso se repite: no hay alternativa. La técnica reemplaza a la política y la obediencia a la reflexión ética.
El servil perfecto del poder real
Sturzenegger no responde a un partido ni a una identidad popular. Su lealtad es otra: el poder económico concentrado y la ortodoxia liberal que, desde hace décadas, busca achicar el Estado solo para los de abajo. Su principal talento consiste en adaptarse a distintos gobiernos siempre que la dirección sea la misma. Cambian los presidentes, cambia el clima político, pero el programa permanece intacto.
Esa continuidad es clave para entender el paralelismo con Arendt. El burócrata no se pregunta por las consecuencias humanas de sus actos. No mira a los ojos a los despedidos, ni a los jubilados que pierden poder adquisitivo, ni a las universidades desfinanciadas, ni a los científicos expulsados. Cumple funciones. Firma papeles. Optimiza procesos.
Noticias La Insuperable ha mostrado en distintas coberturas cómo este libreto se repite: el ajuste presentado como modernización, la pérdida de derechos narrada como valentía reformista, el sufrimiento social reducido a una variable secundaria.
Pensar, la tarea que incomoda
Para Arendt, el verdadero antídoto contra la banalidad del mal no era la moral abstracta sino el pensamiento. Pensar implica detenerse, dudar, hacerse cargo. Justamente lo que el burócrata evita. En ese sentido, Sturzenegger representa una forma extrema de irresponsabilidad política: la del que se escuda en la técnica para no responder por el daño que provoca.
No hay neutralidad posible cuando se decide quién paga una crisis y quién se beneficia. No hay inocencia en el ajuste sistemático sobre los mismos sectores. La obediencia automática deja de ser excusa y se transforma en complicidad.
El problema no es solo Sturzenegger como individuo, sino lo que simboliza: una élite tecnocrática que se cree por encima de la democracia, que reduce la política a gestión y convierte el sufrimiento social en una externalidad aceptable. Arendt advertía que este tipo de funcionarios no necesita ser malvado para ser peligroso. Basta con que renuncie a pensar.
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