En Vila Regina se sigue haciendo hincapié en la concientización de la separación y clasificación de residuos, son más de 70 los puntos limpios de la ciudad. La semana pasada se despacharon 8 toneladas de residuos que se juntaron en un mes y medio.
El área de Ambiente y Desarrollo Sustentable a cargo de Hugo Curzel despachó la semana pasada 3mil kilos de cartón y 5 mil kilos de plástico, estas cargas se realizan aproximadamente cada 45 días. A la espera de ser retirados también hay más de 30mil kilos de vidrio que se han juntado en alrededor de 4 meses.
Todo esto recogido en los puntos limpios de la ciudad, que ya ascienden a 70, más algunos residuos que también se levantan de la misma calle. La planta clasificadora todavía conlleva un duro laburo manual para la clasificación y separación de residuos.
Respecto a esto se espera en algunos meses contar con una mejor planta clasificadora, más funcional, lo que permitirá mejorar y acelerar los procesos. “Hoy en día el laburo lo hacemos manual, es complicado pero los chicos trabajan una barbaridad. Estamos viendo de armar una porque salen una fortuna, nos pasaron un presupuesto con compactadora y todo de 88mil dólares, estamos abocado a hacerla nosotros con todo el material descartable que hay en las chacras y los galpones, vamos a tratar de hacer lo más funcional posible”, aclaró Hugo Curzel.
Audio: Hugo Curzel Dir. Medio ambiente Villa Regina
También desde el área se está haciendo una prueba piloto de clasificación y separación de residuos en dos edificios reginenses “Estamos trabajando con el Santander y Las Mesetas haciendo separaciones en el domicilio y nosotros hacemos la recolección diferenciada” explicó el director del área que también había anticipado hace unas semanas que se iba a realizar en barrio Belgrano pero que por situación de pandemia se deberá esperar ya que no se pudo brindar antes de las restricciones las charlas informativas.
Alternativa para Alemania obtuvo una victoria histórica este domingo en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt y se consolida como la fuerza con más proyección en el país. Si bien no llegó la mayoría absoluta y necesita aliarse con otras fuerzas para gobernar, AFD se convierte en una amenaza para todo el sistema político. Sin embargo, el partido no alcanzó la mayoría absoluta que le habría permitido gobernar en solitario por primera vez en un estado federado alemán.
Con el 100 % de los votos escrutados y según el resultado final oficial provisional, AfD consiguió el 43,8 % de los votos y quedó a solo tres bancas de la mayoría absoluta en el Parlamento regional.
El candidato a la presidencia regional del partido ultra, Ulrich Siegmund, calificó la jornada de «histórica» y aseguró que su partido consiguió «exactamente lo que nos propusimos: hemos hecho historia en este país». Según él, es necesario un cambio político fundamental y este esultado es también «una señal para Berlín».
La conducción nacional del partido también celebró el resultado porque lo ve como una muestra de lo queremos pasar en las elecciones generales que deberían celebrarse en 2029.
La copresidenta Alice Weidel afirmó que Siegmund será el primer presidente regional de AfD, mientras que el también líder del partido Tino Chrupalla sostuvo que la formación está preparada para asumir responsabilidades de gobierno tanto en Sajonia-Anhalt como, en el futuro, a nivel federal. En 2024, AfD ya había ganado en Turingia, aunque entonces quedó fuera del gobierno debido al rechazo del resto de partidos a colaborar con la formación.
El gran derrotado de la jornada fue el partido gobernadora, la Unión Cristiano Demócrata. El actual presidente regional, Sven Schulze, obtuvo alrededor del 17,2 % de los votos, prácticamente la mitad que en 2021. El dirigente conservador reconoció que su partido había sufrido «un duro golpe» y admitió que AfD pasa a ser la fuerza dominante en el Parlamento regional.
La copresidenta Alice Weidel afirmó que Siegmund será el primer presidente regional de AfD, mientras que el también líder del partido Tino Chrupalla sostuvo que la formación está preparada para asumir responsabilidades de gobierno tanto en Sajonia-Anhalt como, en el futuro, a nivel federal.
El canciller alemán Friedrich Merz , del mismo partido, se reunirá el lunes dirigentes de la CDU para discutir las consecuencias de la derrota.
Frederic Meriz, canciller alemán.
En Berlín cobra ahora fuerza el debate sobre el futuro de la coalición federal entre la CDU y el SPD. El diputado de la CDU Alexander Räuscher criticó en ‘WELT’ la estrategia de su partido y su relación con los socialdemócratas: «Cometemos el error de aceptar a un socio de coalición como el SPD, que ha celebrado la transición energética hasta el último día antes de las elecciones y se convence de que con ello las cosas irían mejor para los ciudadanos».
El gran derrotado de la jornada fue el partido gobernadora, la Unión Cristiano Demócrata. El actual presidente regional, Sven Schulze, obtuvo alrededor del 17,2 % de los votos, prácticamente la mitad que en 2021. El dirigente conservador reconoció que su partido había sufrido «un duro golpe» y admitió que AfD pasa a ser la fuerza dominante en el Parlamento regional.
«Eso sencillamente no es cierto. Ahí tendríamos que haber marcado más el perfil de la CDU. Hace tiempo que deberíamos haber puesto un freno y haber dicho: eso no lo aceptamos. En la ampliación de superficies para las energías renovables tendríamos que habernos resistido más como región», agregó.
La catastrofe electoral sufrida por el oficialismo en esta elección regional pone en debate no solo el futuro de la alianza nacional entre CDU y SPB sino que podría forzar a un Merz a dar un giro a la derecha, algo que intentó en la campaña electoral pero fue vetado por líderes importantes del partido como Angela Merkel.
AFD es considerado por el sistema político como una amenaza a la democracia por sus constantes coqueteos con la reivindicación al nazismo. Por eso, la prohibición es un tema de debate nacional que se vuelve mas complejo con este crecimiento. El partido suele tener cercanía con la Rusia de Putin y figuras como Elon Musk y se hizo fuerte en la vieja Alemania comunista del este en donde la situación económica, salarial y laboral contrasta con los grandes centros urbanos alemanes.
Los bailes de los clubes de barrio fueron una tradición argentina que reunió música, familias, jóvenes y comunidad durante décadas. Una mirada a aquella vida social.
Por Alcides Blanco para NLI
Hubo un tiempo en que para salir un sábado a la noche no hacía falta conocer la cartelera de una discoteca, reservar una mesa ni cruzar media ciudad buscando el lugar de moda. En buena parte de la Argentina, alcanzaba con caminar unas pocas cuadras hasta el club del barrio, donde podía haber baile, orquesta, buffet, pista, rifas, juegos, partidos, reuniones y, sobre todo, gente conocida. Durante décadas, esas instituciones fueron mucho más que espacios deportivos: funcionaron como verdaderos centros comunitarios en los que distintas generaciones compartían buena parte de su tiempo libre. En los años 60 y 70, los grandes bailes de carnaval y las fiestas organizadas por clubes llegaron a convocar multitudes, con artistas populares, orquestas y precios accesibles.
El sábado empezaba mucho antes del baile
La preparación para el baile también formaba parte del ritual. Había que decidir qué ponerse, arreglarse un poco más de lo habitual y, en el caso de los adolescentes, negociar con los padres la hora de regreso. Para muchos jóvenes, el club era además uno de los pocos lugares donde podían encontrarse con amigos y compañeros fuera de la escuela, el trabajo o la familia. La pista se convertía así en un territorio de sociabilidad donde se cruzaban generaciones y grupos que durante la semana tenían rutinas completamente diferentes. En algunos barrios, además, el baile estaba directamente vinculado con la identidad de la institución: el club organizaba la fiesta, vendía las entradas, contrataba a los músicos y convertía sus instalaciones deportivas en un salón de celebraciones.
La escena podía ser muy sencilla: mesas alrededor de la pista, familias conversando, parejas jóvenes esperando que empezara la música y chicos que entraban y salían del salón. En otros casos, especialmente cuando llegaban artistas reconocidos, el acontecimiento adquiría una dimensión mucho mayor. Boca Juniors, Vélez Sarsfield, San Lorenzo y otros clubes fueron escenario de grandes bailes populares, en los que podían presentarse figuras de enorme convocatoria. En los años 60 tuvieron presencia artistas como Los Cinco Latinos y Los Gatos, mientras que durante los 70 los bailes de clubes porteños llegaron a reunir a figuras como Sandro, Palito Ortega, Leonardo Favio y Joan Manuel Serrat.
La música también contaba la transformación de una sociedad que estaba cambiando rápidamente. El tango seguía presente, pero convivía con la música tropical, el folklore, el pop y el naciente rock nacional. En una misma década podían coexistir una orquesta de tango, una banda de música tropical y un conjunto juvenil que tocaba canciones eléctricas. Esa mezcla no era solamente musical: expresaba el encuentro entre generaciones y la incorporación de nuevas formas de vestirse, bailar y relacionarse. El baile era uno de los lugares donde los cambios culturales podían verse en vivo, sin necesidad de que nadie los explicara.
El club como segunda casa
El fenómeno no apareció de la nada. Los clubes de barrio se habían consolidado durante las décadas anteriores como organizaciones sociales profundamente arraigadas en los barrios populares y de clase media, vinculadas al deporte, la educación física, las actividades culturales y la vida comunitaria. Investigaciones sobre la historia de estas instituciones destacan precisamente su papel en la formación de la cultura popular argentina durante las décadas de 1930 y 1940.
Por eso el club podía ser, para una familia, una especie de segunda casa. Allí se jugaba al fútbol, al básquet o al baby fútbol, se practicaba gimnasia, se organizaban campeonatos de cartas, se festejaban cumpleaños y se realizaban reuniones sociales. También estaban el buffet, el salón, las comisiones de vecinos y las actividades de las distintas categorías deportivas. En algunos lugares había biblioteca, teatro o cine. La institución pertenecía al barrio porque el barrio participaba activamente de su funcionamiento, una diferencia importante respecto de buena parte de los espacios de entretenimiento posteriores, cada vez más organizados alrededor del consumo.
Los bailes tenían además una dimensión económica. Para muchos clubes, las fiestas constituían una fuente de ingresos que permitía financiar actividades deportivas y mantener las instalaciones. No era extraño que una noche de gran convocatoria sirviera para recaudar fondos destinados a comprar equipamiento, reparar el techo del gimnasio o sostener alguna disciplina infantil. El espectáculo y la vida comunitaria se mezclaban entonces de una manera que hoy puede resultar extraña: la diversión del sábado podía contribuir a pagar el funcionamiento cotidiano de una institución del barrio.
Hacia fines de los 70 y durante las décadas siguientes, ese mundo comenzó a transformarse. Las nuevas formas de entretenimiento, la expansión de las discotecas, los cambios en las pautas de consumo y las modificaciones en la vida urbana fueron quitándole centralidad a los grandes bailes de club. Una mirada retrospectiva sobre aquella época señala justamente que hasta los años 70 los clubes podían concentrar una vida social intensa que luego comenzó a fragmentarse.
La desaparición de aquellos bailes no significó solamente el reemplazo de un tipo de música por otro. También representó la pérdida progresiva de un espacio de encuentro territorial, donde era posible conocer a personas de distintas edades sin que existiera necesariamente una finalidad comercial detrás. El club seguía siendo club, pero algunas de las funciones sociales que había concentrado comenzaron a repartirse entre gimnasios, centros comerciales, discotecas, restaurantes, televisión y, mucho después, las nuevas formas de comunicación digital.
Quizás por eso, cuando alguien recuerda aquellos sábados de baile, no está evocando únicamente una canción o una pista. Está recordando una forma de vivir el barrio. La entrada podía costar poco, la orquesta podía tocar durante horas y alguien podía terminar la noche sentado en una mesa conversando con personas que conocía desde hacía años. En tiempos en que buena parte del entretenimiento se consume de manera individual y a través de una pantalla, aquellos salones representan una experiencia diferente: la de una comunidad que se reunía físicamente para divertirse, encontrarse y, de paso, sostener la institución que consideraba propia.
Los clubes de barrio todavía existen y muchos continúan cumpliendo funciones sociales fundamentales. Lo que cambió fue el lugar que ocupan dentro de la vida cotidiana. Aquellas pistas de baile llenas durante los sábados y carnavales forman parte de una Argentina que ya no existe de la misma manera, pero que dejó una huella profunda en la memoria de varias generaciones. Y quizá la mejor forma de entender aquellos bailes no sea preguntarse solamente qué música sonaba, sino qué clase de sociedad necesitaba reunirse en un club para bailar hasta la madrugada.
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