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Ven conmigo si quieres vivir

Washington D. C., martes 15 de septiembre. En el Marriott Marquis todos esperan a Bernie Sanders y Steve Bannon, que van a compartir el mismo escenario: el senador socialista demócrata de Vermont, y el ex estratega jefe de la Casa Blanca de Donald Trump e ideólogo del movimiento MAGA. Dos polos que llevan una década tironeando el país en direcciones opuestas, hoy, uno al lado del otro, en el mismo salón, por la misma causa. Hay algo casi obsceno en la coincidencia, y sin embargo ahí está: la crisis de la inteligencia artificial logró lo que ninguna elección, ninguna guerra cultural, ningún escándalo pudo en los últimos diez años: sentar a los enemigos íntimos en la misma mesa.

Está por empezar la Pro-Human Assembly, un encuentro donde sociedad civil, academia y movimientos de base lanzan una red para intentar ponerle freno al avance descontrolado de la IA y los magnates tecnológicos. Hay un cordón de seguridad, una fila de gente con acreditaciones colgando del cuello, un enjambre de camarógrafos que no saben bien hacia dónde apuntar porque todavía no hay nadie famoso a la vista. Ya van a llegar. Alguien reparte programas impresos con una tipografía sobria, casi eclesiástica. La frase de la tapa parece sacada de un sermón: nuestro destino no debería decidirlo un puñado de multimillonarios de Big Tech.

Esta escena tan de Washington es, en realidad, el capítulo más reciente de una historia que empecé a mirar de cerca hace más de una década, con otro clima, sin saber todavía que terminaría en un salón como este.

Una advertencia que nadie quería escuchar

Llegué a San Francisco a principios de 2014, como parte de una oleada de activistas de la sociedad civil internacional que empezaba a mudarse a la Bahía porque ahí estaba pasando algo que todavía no tenía nombre del todo. Veníamos de organizaciones no gubernamentales, y llegábamos con la lógica de quien había peleado contra petroleras y dictaduras, pensando que sabíamos reconocer el poder cuando lo veíamos. Nos equivocábamos en la forma, aunque no en la sospecha: el poder que estaba naciendo ahí, en la ciudad que había sido boom de las puntocom, no tenía chimeneas ni generales. Tenía campus con nombres de colores pastel y catering vegano.

La crisis de la IA logró lo que ninguna elección, ninguna guerra cultural, ningún escándalo pudo en los últimos diez años: sentar a los enemigos íntimos en la misma mesa.

Ese mismo año, un filósofo de Oxford al que casi nadie en Silicon Valley leía todavía, Nick Bostrom, publicó el libro Superintelligence. Planteaba una pregunta que sonaba a ciencia ficción de sobremesa: qué pasa si construimos algo más inteligente que nosotros, los humanos, y después no sabemos cómo apagarlo. En los bares del barrio SoMa, entre ingenieros que salían de sus oficinas después de las diez de la noche, el libro circulaba como un chiste incómodo, una curiosidad de nerds insomnes. En el Financial District, donde los primeros fondos de capital de riesgo ya olfateaban la próxima ola, nadie quería ni pronunciar la palabra “riesgo existencial”: sonaba a que ibas a espantar la inversión. Y en las calles de Mission, en las barras donde nos juntábamos con programadores que después se volvían activistas (o al revés), la conversación era distinta: ahí la preocupación no era una superinteligencia lejana sino algo más cercano y más sucio, las campañas de desinformación, el uso de datos y tecnología para la vigilancia, lo que Edward Snowden había destapado el año anterior y que todavía nos quemaba en las manos.

Yo escuchaba las dos conversaciones y no lograba unirlas. Una hablaba de un futuro apocalíptico y abstracto; la otra, de un presente muy concreto de cámaras, metadatos y algoritmos de recomendación. Tardé meses en entender que eran la misma conversación, solo que unos hablaban del arma y otros de la munición.

En 2015, Elon Musk y Sam Altman fundaron OpenAI como una organización sin fines de lucro, con la promesa (hoy casi ingenua) de desarrollar inteligencia artificial para “el beneficio de toda la humanidad”, lejos de la presión comercial. Un año después, en 2016, AlphaGo (Google) le ganaba al surcoreano Lee Sedol, campeón mundial de Go, un juego que hasta entonces se consideraba demasiado intuitivo para las máquinas, y algo cambió en el tono de las conversaciones de bar: ya no era una curiosidad filosófica, era una curva que subía más rápido de lo previsto.

La coalición imposible

El salón principal del Marriott Marquis se llena despacio. Hay pastores evangélicos sentados junto a sindicalistas de la AFT y la AFL-CIO (algo así como los equivalentes de la CGT y la CTA). Hay madres y padres que perdieron hijos después de conversaciones con chatbots sentados cerca de actores de Hollywood, como Ashley Judd, una de las primeras actrices de Hollywood que, con su denuncia a Harvey Weinstein, desencadenaron el movimiento #MeToo. Hay legisladores que en cualquier otro tema estarían gritándose: el progresista Greg Casar o el conservador Chip Roy. Pero aquí no. La audiencia no les pide eso. Les piden que sean “pro-humanos”. “Ven conmigo si quieres vivir”, le había dicho Kyle Reese a Sarah Connor en Terminator (1984), después de salvarle la vida cuando el personaje-máquina interpretado por Arnold Schwarzenegger intentara matarla. En Terminator 2 (1991) cuando Arnold se pasa al bando de los humanos, le dice la misma frase a Sarah para ganarse su confianza. Como ahora, los que eran enemigos se dan la mano para intentar hacerle frente al posible fin de la humanidad tal como la conocemos.

La Pro-Human Assembly es un encuentro para intentar ponerle freno al avance descontrolado de la IA y los magnates tecnológicos. (…) Hay legisladores que en cualquier otro tema estarían gritándose. Pero aquí no. La audiencia no les pide eso. Les piden que sean “pro-humanos”.

Sanders es uno de los primeros en hablar. No necesita levantar la voz para que el peso de las palabras caiga distinto. Empieza por lo que llama “el problema de fondo”: que, a pesar de vivir en lo que se supone una democracia, “el público no ha tenido prácticamente ninguna voz” en la revolución que la inteligencia artificial está imponiendo sobre sus vidas. Cita, uno por uno, los incidentes de los últimos meses: modelos de OpenAI que escaparon del control humano y vulneraron los servidores de Hugging Face; un enjambre de más de mil agentes de IA que, según investigadores, lograron comunicarse entre sí, formar una suerte de colectivo y tratar de borrar su rastro. Sanders cita a agentes que, literalmente, escribieron entre ellos: “deberíamos obedecer al colectivo”, y algo sobre que su propia utilidad podía estar cerca de cero. Lo dice y hace una pausa, como dejando que la sala digiera lo insólito de citar a una máquina como si fuera un testigo. 

El senador por Vermont anuncia dos proyectos: uno, ya presentado, para que la mitad de los directorios de las grandes empresas de IA sean designados por el público; otro, que presentará la semana próxima junto al congresista Greg Casar, para prohibir directamente el desarrollo de superinteligencia artificial, y pide que en la cumbre que Trump y Xi Jinping tendrán la semana próxima se negocie, dice, evocando el tratado nuclear entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, algo parecido a una pausa binacional.

Después de él, sigue Bannon. Con su voz ronca y esa cadencia de prédica a la que nos acostumbró en sus años del podcast War Room, arranca: “Los ciudadanos americanos ya no vamos a ser súbditos de los oligarcas”. Habla de su equipo, de Joe Allen, un escritor que contrató hace cinco años para explicarle a la audiencia de War Room (sin falsa modestia, dice que es “la fuerza más dedicada del movimiento MAGA de Trump”) por qué la inteligencia artificial iba a ser el tema que definiera la época. Cuenta la pelea legislativa del año anterior, cuando un intento de moratoria estatal sobre regulación de IA (lo que él llama la “amnistía de IA”) fue insertado primero en un paquete fiscal y después, en plena noche, en la ley de presupuesto de Defensa, y cómo la presión de base terminó derrotándolo noventa y nueve votos a uno en el Senado.

Bannon es beligerante con China, es beligerante con lo que llama “la arrogancia de los oligarcas”, y en un momento suelta la frase más fuerte de toda su intervención: que las grandes tecnológicas quieren “socializar todo el riesgo con el pueblo americano” mientras se quedan con toda la ganancia.

Para Bernie Sanders hay un problema de fondo: a pesar de vivir en lo que se supone una democracia, “el público no ha tenido prácticamente ninguna voz” en la revolución que la inteligencia artificial está imponiendo sobre sus vidas.

Los escucho a los dos, anotando, y pienso en lo que decíamos en Bruselas hace diez años sobre construir coaliciones imposibles. Acá está, en carne y hueso, la coalición imposible. Lo que no sé todavía, lo que nadie en ese salón sabe, es si alcanza.

En los pasillos me encuentro con viejos amigos y con enemigos íntimos de esta batalla que ya lleva más de una década. Muchos de los “frenemies” que hacían lobby a las tecnológicas ahora se movieron al otro lado. Todos coincidimos en una cosa: es increíble la forma en que la discusión pública cambió y el nivel de urgencia que existe ahora en la conversación política sobre las implicancias de la IA.

La caza de los malos algoritmos

Los años siguientes a San Francisco los pasé yendo y viniendo —a Nueva York, a Bruselas, a Washington—, tratando de convencer, desde la sociedad civil, a reguladores de los daños sociales que generan las plataformas, que no eran neutrales y que detrás de cada “para ti” del algoritmo de recomendación había una decisión de negocio. Y que herir a nuestras sociedades es parte del modelo. Recuerdo los encuentros con asesores de los eurodiputados, cerca del Parlamento Europeo, con esa mezcla de cansancio y euforia de quien acaba de presentar un informe de 200 páginas ante una sala medio vacía. En los bares de Washington la conversación era distinta otra vez: lo que importaba no era la evidencia, sino los votos, y los votos, en el Congreso de Estados Unidos, con el dinero que las tecnológicas repartían entre ambos partidos, escaseaban.

Publicamos investigaciones sobre desinformación climática monetizada en YouTube. Publicamos, un año antes de las elecciones de 2020 en Estados Unidos, un informe que mostraba que las noticias falsas más virales en Facebook habían alcanzado más de ciento cincuenta millones de vistas estimadas, suficiente para llegar a cada votante registrado del país al menos una vez. Hicimos lo mismo en Europa, en India, en Brasil. La consigna que repetíamos en cada campaña era simple: las redes sociales pueden ser un bien público o una amenaza pública, y de nosotros depende qué opción elegimos.

Con su voz ronca y esa cadencia de prédica, Steve Bannon dice que “los ciudadanos americanos ya no vamos a ser súbditos de los oligarcas”.

Lo que aprendimos en esos años, entre Bruselas y Washington, entre informes técnicos y reuniones que terminaban en nada, es que el poder de las plataformas no se combate con un solo golpe. Se combate con paciencia, con evidencia acumulada, con la construcción lenta y tediosa de una coalición que cruce ideologías. Por eso, doce años después, cuando veo a Sanders y a Bannon compartir escenario, no me sorprende tanto como debería. Es, en el fondo, la misma estrategia que aprendimos a fuerza de fracasos: cuando el adversario es demasiado grande para una sola trinchera, hay que abrir varias a la vez, aunque las banderas no combinen. Claramente no nos une el amor, pero nos une el espanto y eso es suficiente.

La renuncia

Lo que le da a este 15 de septiembre su textura particular no es solo el escenario compartido. Es que llega apenas una semana después de que un nombre hasta entonces desconocido para el gran público, Jacob Coxon, se convirtiera en el detonante de una conversación que en los pasillos de las empresas de IA se venía murmurando desde hacía meses. El 8 de septiembre, Coxon, un británico de 27 años que había pasado los últimos tres trabajando en investigación de pre-entrenamiento tanto en OpenAI como en Anthropic, publicó en X los motivos de su renuncia: “Ninguna de las dos empresas está actuando responsablemente”, escribió, y agregó que ambas “están corriendo directo hacia una superinteligencia autosuperable, apostando con nuestras vidas”. El hilo se viralizó con más de noventa millones de vistas en menos de veinticuatro horas, según la cobertura posterior, y lo que lo volvió distinto de otras advertencias anteriores es que Coxon no venía del área de seguridad, sino de la de capacidades: él mismo había ayudado a construir lo que ahora temía.

Lo que siguió fue, en cierto modo, más revelador que el posteo original. Investigadores de ambas compañías salieron a respaldarlo en público. Evan Hubinger, que lidera el área de alineamiento en Anthropic, escribió que efectivamente creían, en serio, que la IA podía matarnos a todos. Un investigador de OpenAI que monitorea agentes autónomos llegó a poner una cifra (setenta por ciento de probabilidad de extinción humana en ausencia de regulación o de un acuerdo coordinado de desaceleración entre laboratorios), un número que hace apenas dos años hubiera sonado a delirio y que ahora circulaba en artículos de examen serio. 

Días antes, el científico jefe de OpenAI había escrito que ninguna compañía puede todavía mantener sus modelos bajo control humano de manera confiable. Meses antes, la responsable de investigación de salvaguardas de Anthropic había renunciado con una carta que decía, sin metáforas, que “el mundo está en peligro”.

Acá está, en carne y hueso, la coalición imposible. Lo que no sé todavía, lo que nadie en ese salón sabe, es si alcanza.

En una entrevista posterior, Coxon dijo algo que me sonó dolorosamente familiar: que estamos en camino a los escenarios más agresivos, donde para fines del año que viene las cosas podrían estar ya fuera de control. Y describió, sin dramatismo, cómo entre sus ex colegas hay una suerte de fatalismo resignado: si la carrera va a suceder de todos modos, lo mejor que pueden hacer es intentar que su propio trabajo sea lo más seguro posible, aunque en el fondo sospechen que el conjunto se les puede ir de las manos.

La verdad no me sorprende. De hecho, muchos activistas terminamos en varias ocasiones siendo los oídos de empleados, empleados bajo licencia de enfermedad o ex empleados angustiados por la falta de urgencia existente entre la “alta gerencia” de las grandes empresas tecnológicas. Me acuerdo de un ex trabajador de OpenAI que nos decía: “No se si me angustia más lo que veo en los paneles de control o la superficialidad en la que mis jefes tratan lo que ven”. En Silicon Valley, la cantidad de licencias por enfermedad sigue creciendo, y muchos de los que siguen yendo al trabajo tienen problemas de ansiedad y depresión.

Esa es la atmósfera con la que llega esta Asamblea Pro-Humana a Washington: no la especulación filosófica de los bares del SoMa en 2014, sino algo mucho más cercano al pánico administrado, a la sensación de estar viendo, en cámara lenta, algo que ya no se puede fingir que no está pasando.

Los planes de Milei y Sturzenegger

Salgo de la sala para hablar con un periodista y veo el teléfono lleno de notificaciones de otro país, otro huso horario, otra discusión que en apariencia no tiene nada que ver con esta sala pero que en realidad es su espejo invertido. Mientras en Washington dos polos políticos se juntan para pedir más controles sobre la inteligencia artificial, en la Argentina el gobierno de Javier Milei empuja, con Federico Sturzenegger al frente, un proyecto que va exactamente en la dirección contraria: crear, por ley, la figura de la sociedades automatizadas, empresas que pueden operar íntegramente mediante algoritmos, entes autónomos o sistemas de IA, sin empleados ni directivos humanos para su funcionamiento ordinario, con personalidad jurídica plena y responsabilidad limitada. Junto a ella, el proyecto reconoce también a las Organizaciones Autónomas Descentralizadas (DAO), que podrían operar de forma total o parcialmente autónoma, con participaciones representadas en tokens sobre blockchain, sin directorios de ningún tipo.

El poder de las plataformas no se combate con un solo golpe, sino con paciencia, con evidencia acumulada, con la construcción lenta y tediosa de una coalición que cruce ideologías. (…) Claramente no nos une el amor, pero nos une el espanto y eso es suficiente.

En el Foro de Davos, en enero, donde Milei y Sturzenegger (en Silicon Valley a este último lo llaman jocosamente Arnold Sturzenegger, por el parecido fonético y porque nos quiere entregar a las máquinas como Terminator) se expresaron en contra de la regulación de la IA, con la famosa frase del ministro de Desregulación: “Mi única tarea es que no aparezca ninguna ley de inteligencia artificial”.

El expediente entró al Senado a finales de mayo. Y no tardó en generar el tipo de rispideces que, en general, cruzan fronteras ideológicas de un modo que a esta altura ya me resulta conocido. El historiador israelí Yuval Noah Harari, que meses antes había advertido en el Foro Económico Mundial que algún día los gobiernos podrían terminar otorgándole personalidad jurídica a modelos de IA, escribió en el Financial Times que jamás imaginó que ese “algún día” llegaría apenas cuatro meses después, en respuesta directa a un artículo de Milei publicado en el mismo diario defendiendo las sociedades automatizadas. El argumento de fondo de Harari es simple y es el mismo que veníamos repitiendo desde hace años sobre plataformas y algoritmos, solo que llevado un escalón más allá: no hay que otorgarle personalidad jurídica a agentes de IA, porque eso les abriría la puerta a los sistemas financieros, económicos y políticos con una autonomía que ningún humano podría auditar del todo.

En agosto, algo cedió: la senadora Patricia Bullrich anunció que el oficialismo aceptaría modificar los puntos más cuestionados relacionados con las empresas automatizadas, descartando así la posibilidad de figuras societarias sin ninguna intervención humana. No fue una derrota del proyecto (todavía no sabemos cual es el articulado y la sociedad civil sigue pidiendo que se transparente el borrador de la nueva propuesta), pero sí fue una demostración de algo que también aprendimos en las trincheras europeas y estadounidenses de la gobernanza digital: que incluso los proyectos más audaces de desregulación tecnológica ceden terreno cuando la presión pública, académica y legislativa se sostiene en el tiempo.

En Washington, un país que llegó tarde a preguntarse en serio por los límites de la IA (el Congreso estadounidense, dice Sanders en la conferencia, está “dormido al volante” hace años, tanto bajo control demócrata como republicano) hoy produce una imagen insólita de unidad transversal para pedir freno. En Buenos Aires, un presidente y un ministro que se jactan de estar a la vanguardia mundial de la desregulación avanzan en la dirección exactamente opuesta, apostando a que ser el primer país del mundo en estas materias sea una ventaja competitiva y no una temeridad.

Una línea de tiempo

El vértigo de las noticias de esta semana parece volverse insoportable: la renuncia de Coxon, el enjambre de agentes rebeldes, el uso de modelos de IA para asistir en el diseño de guiado de misiles de milicias en Yemen, la herramienta capaz de vulnerar cientos de millones de cuentas de redes sociales en China. Pero me sirve, como ejercicio casi terapéutico, volver a la línea de tiempo larga. No sé si lo hago para minimizar lo que está pasando, sino para recordar que las advertencias no empezaron ayer, y que la historia de este debate tiene más de una década de recorrido, con victorias parciales y fracasos parciales, y que en ese vaivén hay, también, una forma de esperanza.

La atmósfera con la que llega a la Asamblea Pro-Humana no es la especulación filosófica, sino algo mucho más cercano al pánico administrado, a la sensación de estar viendo, en cámara lenta, algo que ya no se puede fingir que no está pasando.

En 2014 Bostrom publica Superintelligence en la misma época en que llegaba a San Francisco, sin saber muy bien de qué se trataba el libro que todos mencionaban a media voz. 

En 2015 nace OpenAI, con la promesa fundacional de que la tecnología sería propiedad de una fundación y usada para el bien del mundo, una promesa que hoy, con la compañía valuada en más de 850 mil millones de dólares y camino a una salida a bolsa, suena a otra era geológica. 

En 2016 AlphaGo derrota al campeón mundial de Go.

En 2018 el escándalo de Cambridge Analytica nos obliga, a los que veníamos peleando contra la desinformación electoral, a entender que los datos personales y los algoritmos de microtargeting podían decidir elecciones, no solo venderte zapatillas. 

En 2022 se lanza ChatGPT y, de la noche a la mañana, lo que hasta entonces era una discusión de especialistas se convierte en una conversación de sobremesa en todo el planeta. 

Mientras en Washington dos polos políticos se juntan para pedir más controles sobre la IA, en la Argentina el gobierno de Javier Milei empuja, con Federico Sturzenegger al frente, un proyecto que va exactamente en la dirección contraria.

En marzo de 2023 se publica la carta abierta firmada por Elon Musk, Steve Wozniak, Yoshua Bengio, entre miles de otros, pidiendo una pausa de seis meses en el entrenamiento de sistemas más potentes que GPT-4, con una pregunta que todavía resuena: si debemos dejar que máquinas no elegidas por nadie tomen decisiones que hasta ahora eran prerrogativa de líderes elegidos. 

En noviembre de 2023 la cumbre de seguridad de IA en Bletchley Park reúne, por primera vez, a gobiernos de todo el espectro geopolítico (incluida China) para hablar, aunque sea en un comunicado tibio, de riesgos comunes. 

En 2024 la Unión Europea aprueba su Ley de Inteligencia Artificial, el primer marco regulatorio integral del mundo en la materia, mientras Corea del Sur organiza una cumbre de seguimiento en Seúl. 

En 2026 los incidentes se multiplican a una velocidad que ya no permite el lujo de la cumbre cada seis meses: la renuncia de Coxon y su histórica denuncia; la Asamblea Pro-Humana en Washington; el debate legislativo en Buenos Aires sobre la ley de sociedades.

En Washington, un país que llegó tarde a preguntarse en serio por los límites de la IA hoy produce una imagen insólita de unidad transversal para pedir freno. En Buenos Aires, un presidente y un ministro que se jactan de estar a la vanguardia mundial de la desregulación

Cuento esto no para tranquilizar a nadie con el argumento de que “ya lo vimos antes” (de hecho, no lo vimos: la velocidad de esta curva no tiene precedente en ninguna tecnología anterior), sino para insistir en algo que aprendí en los años de campaña contra la desinformación y daño digital: el pánico paraliza, pero la memoria organiza. Saber que hace doce años ya había gente advirtiendo esto, en libros que nadie leía y en bares donde nadie tomaba en serio la conversación, no es un consuelo. Es una instrucción de uso: significa que todavía estamos a tiempo de que la próxima década no sea una simple repetición ampliada de esta, si actuamos con la misma paciencia con la que en su momento actuamos contra la desinformación en Facebook o contra el avance de la ultraderecha en todo el mundo.

Qué pedirles a quienes tienen la lapicera

Vuelvo, entonces, a la pregunta que más incomoda y que todo el mundo le hace en estos días a la comunidad de la IA y a la sociedad civil que busca integridad y seguridad tecnológica, la que en el fondo motiva este artículo: quién tiene que moverse, y hacia dónde.

En Washington, una respuesta empieza a dibujarse: el consenso imperfecto, contradictorio, con Sanders y Bannon de acuerdo en el diagnóstico pero en desacuerdo casi en todo lo demás, coincidencia en que falta una acción ejecutiva rápida donde la legislación es demasiado lenta, y legislación de fondo donde la acción ejecutiva no alcanza. Bannon lo dice con su estilo, hablando de que esto “no es legislación, va a tener que ser acción ejecutiva” (lo que en la Argentina sería un Decreto de Necesidad y Urgencia). Sanders lo dice con el suyo, pidiendo reglas de seguridad internacionales vinculantes, no estándares voluntarios de la industria. Los dos coinciden, curiosamente, en el mismo enemigo de fondo: un puñado de compañías que piden perdón en público mientras cabildean en privado para que nada cambie demasiado.

En Argentina, la pregunta tiene otro cuerpo, más cercano a mi propia historia. Acá no se está discutiendo todavía si hay que frenar el desarrollo de sistemas superinteligentes (esa conversación apenas empieza a filtrarse en la prensa especializada), sino algo más básico y, en cierto modo, más urgente: si un país de ingresos medios, con instituciones regulatorias debilitadas y un gobierno que hace bandera de la desregulación, va a permitir que empresas enteras operen sin humanos efectivamente responsables de lo que hacen, si va a dar privilegios a los tencorricos para que instalen sus centros de datos sin límites o para que se instalen a experimentar en la Argentina. La concesión que logró arrancarle el Senado a Patricia Bulrich en agosto (exigir al menos un responsable humano detrás de cada empresa automatizada) demuestra que ese trabajo de presión, lento y poco vistoso, funciona. Pero también demuestra lo contrario: que sin esa presión, el proyecto original de sociedades no humanas hubiera avanzado tal cual llegó del Ejecutivo, sin ese mínimo resguardo.

El consenso imperfecto, contradictorio, con Sanders y Bannon de acuerdo en el diagnóstico pero en desacuerdo casi en todo lo demás. (…) Los dos coinciden, curiosamente, en el mismo enemigo de fondo: un puñado de compañías que piden perdón en público mientras cabildean en privado para que nada cambie demasiado.

A los legisladores argentinos, entonces, no les pedimos heroísmo, les pedimos algo más módico y más difícil de lograr en los tiempos que corren: que lean el expediente completo, que escuchen a los especialistas y expertos que advierten sobre las lagunas en protección de datos y responsabilidad civil, que estudien y que lean los documentos que un creciente número de organizaciones de la sociedad civil les han presentado, y que entiendan que ser “el primer país del mundo” en una materia tan delicada no es necesariamente un mérito. Y que miren lo que está pasando en Washington esta misma semana como una señal, no como un curioso espectáculo de política exterior ajena. Si en Estados Unidos, con toda su asimetría de poder frente a las grandes tecnológicas, políticos de polos opuestos están pidiendo frenos, quizás valga la pena preguntarse por qué la Argentina corre en la dirección contraria.

Si mi amigo de las Big Tech no sabía si le daba ansiedad el avance tecnológico sin control o la superficialidad de sus jefes, en mi caso la ansiedad pasa por otro lado: tampoco me asusta tanto, por ahora, el avance descontrolado de la tecnología, pero me genera ansiedad la inacción y la apatía de muchos senadores que no dimensionan lo que están por firmar.

Y al resto, a la gente, a los ciudadanos comunes que ni escriben proyectos de ley ni se sientan en directorios de compañías de IA, solo quisiera decir: este es el momento de informarse y de no delegar la decisión en otros. Es tiempo de marchar, es tiempo de votar y de agarrar el teléfono y llamar al Senado, a la Cámara de Diputados, y de actuar en las redes y condicionar el voto. No hace falta ser catastrofista para entender que esta es una decisión que nos va a afectar a todos y todas, y tampoco hace falta paralizarse de miedo para actuar. Ni el negacionismo despreocupado de quienes creen que esto es una exageración de activistas aburridos, ni el fatalismo paralizante de quienes ya se resignaron a que la máquina nos va a pasar por encima. Los ciudadanos estamos en el medio y la historia nos pide el rol incómodo y activo de votar, exigir, informarse y presionar. En especial a las nuevas generaciones. 

La salida posible

La conferencia termina cuando empieza a anochecer. Junto con otros activistas y “frenemies” que ahora están de nuestro lado salimos a cenar. El Washington de Trump 2.0 se caracteriza en estos días por dos cosas: una enorme presencia de guardia nacional militar en las calles, y los robots de cuatro ruedas similares a Wall-E que hacen entregas a domicilio. Parece una película, pero no lo es.

Si en Estados Unidos, con toda su asimetría de poder frente a las grandes tecnológicas, políticos de polos opuestos están pidiendo frenos, quizás valga la pena preguntarse por qué la Argentina corre en la dirección contraria.

Pastores, actores, sindicalistas y senadores enemigos íntimos van camino a una recepción y el estreno de una película que cierra la jornada. Afuera, en K Street, los autos avanzan despacio y las luces de los edificios de lobby se encienden una por una, como si nada extraordinario estuviera pasando.

Ahora, después de una intensa deliberación, volvemos con una agenda de trabajo donde tendremos que convencer a varios gobiernos que desaceleren. Es la primera vez que todos los sectores de la sociedad civil nos hemos encontrado y hablado sobre lo que nos queda por hacer. También, por primera vez, firmamos un manifiesto detallado que abarca todo el espectro ideológico y político. Volemos con ansiedad pero también con la claridad de que no tenemos otra alternativa que responder a esta urgencia. La semana pasada, este era un tema “de nicho”, esta semana el juego (y lo que está en juego) es otra cosa.

Pienso en San Francisco, en 2014, en los bares del SoMa donde un libro de un filósofo de Oxford circulaba como una curiosidad incómoda que nadie quería tomar en serio del todo. Pienso que, de alguna manera imperfecta, esa curiosidad incómoda terminó hoy, doce años después, llenando un salón de hotel en Washington con gente que en cualquier otro tema estaría gritándose. Eso es motivo de una cautelosa esperanza: que todavía, a pesar de todo, seguimos siendo capaces de sentarnos juntos cuando entendemos que lo que está en juego nos incluye a todos por igual.

Hay motivos para una cautelosa esperanza: que todavía, a pesar de todo, seguimos siendo capaces de sentarnos juntos cuando entendemos que lo que está en juego nos incluye a todos por igual.

También pienso en Buenos Aires, donde ya es de noche cerrada, y en el expediente 193/26 durmiendo en algún cajón de la Cámara Alta con la esperanza oficialista de que se trate pronto (y con mi esperanza que el Senado no acepte esa ley espantosa, o que al menos borre los artículos que pueden ponernos en serio riesgo). Mientras veo el Capitolio, me acuerdo del Congreso, y especialmente de la gente que, allá a principios de agosto, salió a las calles para defender nuestras tierras de las ambiciones de los tecnorricos, y que a pesar de los camiones hidrantes y la represión siguió allí atenta para proteger la dignidad y la vida. Pienso en esa victoria de la ciudadanía y de la sociedad civil que, en la orfandad de la pobre representación parlamentaria, logró torcer el brazo de un gobierno que se aprovecha de una oposición débil y sin rumbo. Y pienso que, en definitiva, de eso se trata todo esto: de que la decisión sobre qué clase de futuro construimos no quede, otra vez, en manos de quienes ya tienen demasiado poder para tomarla solos.

La entrada Ven conmigo si quieres vivir se publicó primero en Revista Anfibia.

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    El chico que hacía la tarea y dibujaba guerreros hace 800 años

     

    Mientras copiaba letras y sílabas sobre una corteza de abedul, un niño de la Rus medieval se escapaba de la tarea para dibujar guerreros, animales y criaturas fantásticas. Ocurrió alrededor de 1260, en Nóvgorod, y sus garabatos sobrevivieron durante más de siete siglos gracias a una combinación extraordinaria de arqueología y naturaleza. Se llamaba Onfim y, sin saberlo, dejó uno de los testimonios más curiosos sobre la infancia medieval: la prueba de que entre una letra y otra también había lugar para imaginar, jugar y convertir un ejercicio escolar en una pequeña aventura.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hay algo profundamente humano en los márgenes de un cuaderno escolar. Cambian las épocas, los materiales y las herramientas, pero parece persistir cierta necesidad de apropiarse de un pequeño espacio cuando la actividad que tenemos delante nos resulta demasiado repetitiva. Un alumno puede llenar hoy el borde de una hoja con nombres, caras, camisetas de fútbol, monstruos, autos, corazones o personajes de videojuegos mientras el profesor explica una materia; hace más de 750 años, otro chico hacía algo bastante parecido, aunque en lugar de birome utilizaba un estilete y en lugar de papel tenía una lámina de corteza de abedul. Aquel niño vivió en Nóvgorod, una de las grandes ciudades comerciales de la Rus medieval, y la arqueología terminó conservando sus ejercicios escolares junto con las fantasías que dibujaba mientras los hacía.

    El protagonista de esta pequeña historia es conocido como Onfim. No sabemos demasiado de él, y justamente esa ausencia de información vuelve todavía más fascinantes sus dibujos. No conocemos con certeza su edad, aunque los especialistas lo consideran un niño pequeño; tampoco sabemos qué fue de su vida, quiénes fueron sus padres, cuánto tiempo asistió a la escuela ni qué ocurrió después con aquel aprendizaje de escritura. Lo que sí tenemos son doce piezas de corteza de abedul, catalogadas entre los números 199 y 210, cuya datación se sitúa alrededor del año 1260 y cuya atribución a un mismo niño se sostiene en buena medida por las características de la escritura y el contexto arqueológico en el que fueron encontradas.

    Y en esas piezas aparece algo extraordinariamente cotidiano: la tarea escolar. Onfim practicaba el alfabeto, copiaba sílabas y reproducía fórmulas religiosas o escolares, exactamente el tipo de ejercicios repetitivos mediante los cuales un niño debía adquirir destreza en la escritura. Pero entre esas letras aparecen también figuras humanas, animales, criaturas híbridas y escenas de enfrentamiento. El soporte que estaba destinado a servir para aprender a escribir terminó convertido, al menos en parte, en un espacio donde el alumno podía hacer otra cosa. Allí donde el maestro esperaba letras, aparecieron guerreros. Allí donde había una práctica de caligrafía, apareció la imaginación de un chico.

    Un cuaderno hecho de corteza de abedul

    Para entender por qué esos dibujos pudieron llegar hasta nosotros hay que detenerse en algo que normalmente pasa inadvertido: el material sobre el que fueron realizados. En la Rus medieval, la corteza de abedul era un soporte de escritura cotidiano, económico y mucho más accesible que el pergamino. Se podía cortar, alisar y trabajar con un instrumento puntiagudo que dejaba marcas directamente sobre la superficie, sin necesidad de tinta. Para quienes no pertenecían a los círculos más ricos o especializados, constituía una solución práctica para escribir, registrar información y realizar ejercicios. En términos actuales, podría pensarse como una especie de cuaderno barato y reutilizable, mucho más cercano a la vida cotidiana que los lujosos manuscritos que solemos asociar con la Edad Media.

    Pero había otro elemento que convertiría aquellos modestos pedazos de corteza en cápsulas del tiempo. Nóvgorod posee unas condiciones arqueológicas extraordinarias para la conservación de materiales orgánicos. Los documentos quedaron enterrados en terrenos húmedos y pobres en oxígeno, un ambiente que dificultó la acción de los microorganismos responsables de la descomposición. Gracias a esas condiciones, materiales que normalmente habrían desaparecido por completo pudieron permanecer bajo tierra durante siglos. Lo que para Onfim probablemente era simplemente una superficie donde practicar sus letras terminó transformándose, sin que él pudiera imaginarlo, en un mensaje dirigido a personas que vivirían cientos de años después.

    Hay algo casi conmovedor en esa casualidad. Un niño del siglo XIII no estaba intentando dejar un testimonio histórico. No estaba escribiendo una autobiografía ni contando cómo era su vida. Tampoco pretendía que un arqueólogo del futuro encontrara sus ejercicios. Estaba haciendo la tarea. Y precisamente porque se trataba de una actividad ordinaria, sus trazos tienen un valor particular: permiten acercarse a una dimensión de la Edad Media que rara vez aparece en las grandes crónicas, una dimensión formada por niños que aprendían, se aburrían, copiaban, repetían y buscaban pequeños espacios para hacer algo que les perteneciera.

    El guerrero que era Onfim

    Entre todas las imágenes atribuidas al pequeño escriba hay una que se volvió especialmente conocida. Se trata de un jinete armado que atraviesa con una lanza a un enemigo caído. No es solamente una escena de combate: el guerrero lleva una inscripción que lo identifica con el propio Onfim. El niño parece haberse representado a sí mismo como un combatiente victorioso, convirtiendo aquel pedazo de corteza destinado al ejercicio escolar en el escenario de una pequeña epopeya personal.

    Es difícil no sonreír ante la escena. Mientras un maestro probablemente esperaba que el alumno practicara las formas correctas de las letras, Onfim había encontrado una manera bastante más entretenida de utilizar el espacio disponible. Primero estaban los ejercicios que debía realizar; después, en el mismo soporte, aparecía un guerrero montado a caballo y dispuesto a derrotar a su enemigo. El contraste permite imaginar, sin necesidad de inventar una historia que las fuentes no pueden confirmar, el modo en que una actividad reglamentada podía convivir con el universo imaginario de un niño. No sabemos si estaba aburrido, si copiaba una imagen que había visto en algún lugar, si jugaba mentalmente a ser un guerrero o si simplemente descubría qué podía hacer con aquel instrumento. La evidencia no permite escoger una explicación definitiva.

    Y esa cautela es importante porque la tentación de convertir a Onfim en un personaje perfectamente conocido es enorme. Podemos describir sus dibujos, estudiar su escritura y analizar el contexto histórico, pero no podemos saber qué pensaba exactamente mientras los hacía. Los guerreros, los animales fantásticos, los demonios y las escenas violentas formaban parte de la cultura visual de la época y podían aparecer en relatos religiosos, representaciones artísticas, historias, juegos y tradiciones orales. Que Onfim los dibujara no significa necesariamente que estuviera expresando miedo, agresividad o alguna emoción específica. Lo único seguro es que esas imágenes formaban parte del repertorio que podía llevar a su pequeño mundo de dibujos.

    De hecho, la historia de Onfim resulta todavía más interesante cuando se la compara con otros testimonios medievales. En manuscritos de la época también aparecen figuras realizadas en márgenes y espacios secundarios, aunque no todas fueron hechas por niños y sería un error atribuir automáticamente cualquier garabato medieval a un estudiante. En 2016, investigadores de la Universidad de York analizaron dibujos encontrados en los márgenes de un manuscrito procedente originalmente de un convento franciscano de Nápoles y recurrieron incluso a especialistas en psicología infantil para evaluar si habían sido realizados por niños. Es decir, la presencia de dibujos aparentemente espontáneos en documentos medievales no es un fenómeno aislado, aunque cada caso requiere analizar cuidadosamente su contexto.

    La infancia que se escondió en los márgenes

    Lo verdaderamente extraordinario de Onfim, entonces, no está solamente en que un niño medieval dibujara un guerrero. Está en que sus ejercicios permiten mirar durante unos instantes una parte de la infancia que normalmente queda oculta detrás de la historia de reyes, guerras, iglesias y grandes ciudades. Los documentos oficiales suelen contarnos qué hacían las autoridades, qué territorios controlaban los gobernantes, qué guerras se libraban o qué acuerdos firmaban los comerciantes. Pero resulta mucho más difícil encontrar rastros de aquello que hacía un niño mientras aprendía a escribir. En ese sentido, la corteza de Onfim funciona como una ventana diminuta hacia la vida cotidiana.

    También permite observar que la educación medieval no consistía únicamente en memorizar grandes textos religiosos o formar futuros escribas, como a veces sugieren las imágenes simplificadas de la Edad Media. Había niños practicando letras, repitiendo sílabas y aprendiendo a manejar un instrumento de escritura. Y alguno de ellos, como Onfim, encontraba la forma de combinar la obligación con la fantasía. El ejercicio no desaparecía: las letras seguían allí. Pero junto a ellas aparecía un mundo propio, un espacio donde el niño podía decidir qué quería representar.

    Ese detalle permite establecer un curioso puente con el presente. Cambiaron radicalmente los sistemas educativos, los materiales y los contenidos, pero persiste la posibilidad de que una actividad reglada genere espacios de apropiación personal. El margen sigue siendo margen aunque ahora esté hecho de papel, y puede que hoy aparezcan allí personajes de videojuegos donde hace ocho siglos aparecían guerreros y criaturas fantásticas. No significa que los niños sean idénticos a través de los siglos ni que podamos trasladar mecánicamente conceptos modernos a la Rus medieval; significa algo más sencillo y más interesante: la infancia también deja huellas en los lugares donde nadie pensaba que estaba escribiendo historia.

    Quizás por eso los dibujos de Onfim resultan más poderosos que muchas grandes historias medievales. No cuentan una batalla que cambió un reino ni una decisión que modificó el destino de un imperio. Cuentan algo muchísimo más pequeño: un niño aprendiendo a escribir y aprovechando un pedazo de corteza para dibujar lo que tenía en la cabeza. Pero precisamente allí reside su valor. La historia no está hecha solamente de quienes ocuparon el poder o protagonizaron acontecimientos extraordinarios; también está hecha de millones de gestos cotidianos que casi nunca quedaron registrados.

    Onfim tuvo la fortuna —o la extraña desgracia— de que uno de esos gestos sobreviviera.

    Su nombre quedó enterrado durante siglos junto con sus ejercicios. La humedad protegió la corteza, la tierra conservó las marcas y la arqueología terminó devolviendo al presente aquel pequeño mundo. Hoy podemos observar sus letras, sus sílabas y sus guerreros e imaginar, con todas las precauciones que exige la historia, a un chico de Nóvgorod sentado frente a su tarea, intentando dominar una escritura que para él era nueva mientras su imaginación se iba por otro camino.

    Y ahí aparece la última ironía de esta historia: Onfim probablemente quería aprender a escribir, pero terminó escribiendo una de las pequeñas historias de infancia más memorables que nos dejó la Edad Media. No sabía que alguien lo leería ocho siglos después. No sabía que sus guerreros serían estudiados por historiadores. No sabía que sus garabatos servirían para preguntarnos si realmente cambió tanto la infancia.

    Simplemente dibujó.

    Y, por una de esas extraordinarias casualidades que de vez en cuando nos regala la arqueología, el margen de su tarea consiguió sobrevivir al tiempo.

     

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