Tanto Unter Regina como los equipos directivos de educación secundaria AVE II refuerzan los reclamos por la vacunación de los docentes de nivel secundario.
La nota elevada y firmada por equipos directivos de establecimientos educativos secundarios de la zona Alto Valle Este II funda su pedido en que los docentes de educación media aún no han comenzado con su inoculación siendo que ya se ha avanzado en las segundas dosis para los niveles inicial, primaria y especial.
En este sentido solicitan al Ministerio de Educación que «arbitre los medios para que a medida que arriben dosis , se priorice la vacunación de las/os 382 docentes de educación secundaria de nuestra zona Educativa».
Nota elevada a Julio Parada Coordinador del CEZAVE II
Por otro lado #Unter avanzó sobre el mismo pedido y con la misma finalidad, así lo expresa su comunicado y la nota entregada, también al Coordinador Escolar de la zona Julio Parada.
«Desde el primer momento en que fue presentada esta estrategia se han realizado los reclamos porque han omitido a docentes de Nivel Secundario y no se ha recibido respuesta por lo que se desconoce cuándo serán considerados», expresa el comunicado de #unter. Continua: «Nos preocupa que se anuncie en los medios que Río Negro iniciaría con el Segundo y el Tercero, cuando no se concluido con el Primer Grupo, es una muestra más del desordenado cronograma que se lleva adelante.», expresa el comunicado del sindicato.
Mediante el mismo #Unter exige que se avance en el plan de vacunación y que se incluya en este cronograma a lxs docentes de Secundario, que el Gobierno de la provincia realice con urgencia las gestiones que correspondan para que ingresen dosis en cantidad suficiente para cumplir con lo planteado y tengamos lo antes posible la totalidad de lxs docentes vacunados.
En cuanto a la estrategia para vacunar a los docentes UNTER expresa: «Se estableció ordenarlos en cinco grupos: en el Primero: el personal de dirección y gestión, conjuntamente, con docentes de Inicial, Especial y Primaria, de 1° a 3° grado. El Segundo, incluiría a los equipos Técnicos de Apoyo Pedagógico (ETAP) y el Tercero a los maestros de 4° a 7° grados. El Grupo Cuarto se constituye con los trabajadores de Formación, y el Quinto por el personal de Educación Superior y las universidades. Desde el primer momento en que fue presentada esta estrategia se han realizado los reclamos porque han omitido a docentes de Nivel Secundario y no se ha recibido respuesta por lo que se desconoce cuándo serán considerados».
Refuerza el fundamento de ambos pedidos que también se comenzó con la inoculación de menores de 60 con factores de riesgo en toda la provincia y los datos oficiales confirman la inoculación de más de 19mil personas.
El raid mediático de Pablo Quirno generó sorpresa entre los funcionarios del gobierno de Lula en Brasil.
El canciller dio una conferencia de prensa tras la decisión de Brasil de retirar el embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, en la que confirmó que Itamaraty solicitó la salida del embajador argentino, Daniel Raimondi, y se limitó a acusar a Lula de estar aislado y responder por cuestiones ideológicas.
Luego, realizó un caótico recorrido por medios de comunicación en el que no pudo sostener las acusaciones de Milei a Lula ni defender los beneficios de la Ley de Tierras en el Congreso. En el streaming de Infobae, Quirno no pudo explicar si tiene pruebas para confirmar que el gobierno de Brasil estuvo detrás de la campaña antiargentina.
En esta línea, con Eduardo Feinmann en A24 dijo que un extranjero que viene al país puede comprar un pueble entero porque «genera beneficios para la Argentina».
En efecto, las flojas declaraciones de Quirno generaron sorpresa entre los funcionarios de Lula que, entre risas e indignación, consideran que «le hacen falta un par de clases de diplomacia básica en el Instituto de Servicio Exterior de la Nación (ISEN)». «Peor son los que lo mandan hacer un raid mediático. Les faltan jugadores, como se ve», apuntaron.
Le hacen falta un par de clases de diplomacia básica en el Instituto de Servicio Exterior de la Nación (ISEN). Peor son los que lo mandan hacer un raid mediático. Les faltan jugadores, como se ve
«Es un canciller improvisado. Todavía hay tiempo para aprender conceptos como el de soberanía», ironizó uno de los funcionarios.
En ese marco, este funcionario del gabinete de Lula planteó que «a Lula le salen por todos lados los aspirantes a jefes de campaña». Esto confirma que para el entorno del líder del Partido de los Trabajadores, la pelea con los libertarios los favorece para la campaña electoral.
Un diplomático argentino con experiencia en la región aseguró que «en un país serio, el canciller en una situación de este tipo ya tiene que estar o renunciado o despedido. No hay ninguna posibilidad de sobrevivir a semejante papelón diplomático en ningún país del mundo».
«Los ministros son fusibles ante un escándalo diplomático de semejante envergadura. Lo que pasa es que como Milei lo va a proteger porque es su empleado», finalizó.
El reconocimiento debido no es sólo una cortesía que debemos a los demás: es una necesidad humana vital Charles Taylor La ciencia ha impuesto como debemos vivir. Dicha imposición está centrada en el cuerpo y en la individualidad. El ser humano está atravesado por los mandatos de la neurociencia, la psicología cognitiva y la informatización…
Algo decisivo ha sucedido en la Argentina en estos últimos meses. Es difícil encontrarle un principio preciso porque es un proceso de acumulación: una paja y otra paja y otra paja hasta que al final llega la paja que quiebra el lomo del camello. O, como decimos en castellano, la gota que rebalsa el vaso. Pero está claro que para que una paja quiebre, que una gota rebalse, tiene que haber habido antes muchas gotas, muchas pajas.
Y sobraban, sin duda. Pero en los últimos meses se ordenaron y se potenciaron las unas a las otras. Está, por un lado, el flanco corruptela: allí la pajagota fue el descubrimiento de que al vocero y muchacho de confianza del presidente Milei le dio un ataque de súbita riqueza que le permitió comprarse casas, cascadas, vacaciones de lujo, flippers de colección pero no le permitió declarar nada al fisco: su amigo y jefe ya tuvo que echarlo y él sigue sin poder dibujar una declaración para el juez que lo espera, tan paciente. El affaire Adorni se junta con la estafa de criptomonedas de la pareja presidencial –el hermano y la hermana–, el juicio a su ex cabeza de lista electoral en la provincia de Buenos Aires por sus negocios con narcotraficantes, la prisión en Bolivia de su ex jefe de campaña digital por mandar sicarios a matar a su novia embarazada, y varios casos más. Paja y gota significan que la acumulación termina por hacer sentido: ahora muy poca gente duda de que este gobierno sea muuuuy corrupto.
Y está el flanco locura. La gotapaja es que se vuelve muy insoportable soportar a un señor cuya palabra más habitual –literalmente– es mierda, que usa sin cesar para atacar a sus inagotables enemigos, periodistas sobre todo pero no solamente. Es difícil imaginarse a un maestro de escuela gritando todo el tiempo a sus alumnos que son unos mandriles culo roto, un montón de mierda mal cagada, una basura puta rata, unos soretes. Así está la Argentina ahora: un presidente que no deja pasar un par de horas sin decir esas cosas, por twitter o por televisión, a alguien o a miles o a millones. Y la sospecha de que hay algo en él que no controla, sospecha que crece cada vez que da un discurso y se lanza a improvisar tonterías que se disuelven sin haber dicho nada o, en el mejor de los casos, logran contradecirse. Al maestro de escuela lo echarían. (Y además, pura y simple, la evidencia de que no hace su trabajo: en los últimos 30 días –agosto no es verano en Argentina– se pasó 25 sin ir a su oficina ni aparecer en público; nadie explicó nada. Tras casi tres años de gobierno todavía no fue a nueve de las 23 provincias argentinas; en cambio viajó 19 veces a Estados Unidos. El maestro ya está en la pura calle.)
Pero el flanco social, sobre todo: el flanco social. La gran pajagota: la que quebró todos los lomos, rebalsó todos los vasos. Los cientos de miles de empleos perdidos, las decenas de miles de empresas cerradas, los sueldos degradados, el hielo de una economía que funciona para cada vez menos. Cada mes hay más personas que “no consiguen llegar a fin de mes”: que perdieron sus trabajos o los mantienen pero no cobran suficiente, que no pueden pagar la comida carísima, los transportes carísimos, el gas y la electricidad carísimos, y entonces recortan más y más sus vidas para tratar de conservarlas. Quizá la mejor síntesis de este momento sea la “crisis de la morosidad”: más de la mitad de los argentinos tiene deudas que no puede pagar. Y muchas de esas deudas implican montos tristes: 300.000 o 400.000 pesos, 180 o 240 euros. Son personas –millones de personas– que se endeudan con una tarjeta de crédito o un prestamista digital para poder comprar la comida de los chicos, y después no consiguen reembolsarla porque al mes siguiente todo sigue igual. (En nombre de la “libertad de mercado”, el gobierno de Milei eliminó los topes de las tasas de interés. Los bancos, que toman el dinero de sus clientes a un interés del 20% anual, les cobran un 70 u 80% por prestárselo. Y los usureros digitales, tipo Mercado Pago, pueden cargarles un 500%, un 700%, lo que sea, y muchos lo pagan porque no saben o no tienen más remedio. Es un mercado libre.)
Así que así estamos: esa gota, esa paja, son lo más notable que ha sucedido en la Argentina en mucho tiempo. Este consenso bastante masivo de que tenemos un presidente loco, incoherente, dañino, rodeado de corruptos. Y sin embargo, aunque la mayoría está de acuerdo en todo esto, nadie está seguro de que no gane las elecciones de 2027: de que no sea reelegido.
La explicación es obvia: no hay ningún candidato que reúna los apoyos suficientes como para vencerlo. La única razón por la que uno como Milei ganó la elecciones de 2023 fue precisamente esa: el desprestigio de todos los demás. Eso se mantiene porque los candidatos siguen siendo más o menos los mismos.
Por eso es el momento de cambiar de pantalla. La oposición, las diversas oposiciones se dedicaron hasta ahora a tratar de poner en evidencia quién era Javier Milei y qué representaba. Ya lo lograron, grosso modo, pero ya no alcanza. Es hora de dejar de regodearnos en este placer masoquista que nos daba revolcarnos en el barro de su brutalidad, en la tristeza de preguntarnos cómo podía ser que la Argentina hubiera votado eso. Ok, ya lo votó, ya se jodió, ya se da cuenta: esa es la novedad. Ahora llegó el momento de lo más difícil: trabajar para concebir un candidato o candidata que sintetice todo el horror que tenemos ante lo que hicimos y ofrezca, sobre todo, el entusiasmo de armar algo mejor.
No es fácil: muy pocas veces lo supimos hacer. Esta vez, por lo menos, nos queda muy claro cuál es el castigo por no haber sabido. Supongo que eso debería ser un incentivo. Así que, digo: dejémonos de hacerle caso al trasnochado y repetir y despreciar cada una de sus tonterías; ignorémoslo, dentro de lo posible, y concentrémonos en construir su reemplazo.
Él supo. Lo más extraordinario que pasó en Argentina en mucho tiempo fue la aparición de un muñeco totalmente sorprendente que se llevó la mitad de los votos de aquellas elecciones. Nadie habría dicho que eso podría pasar. Ahora sabemos que pudo, o sea que puede. Por decirlo de una manera burda: es la hora de plasmar nuestro Milei. Sí, suena un poco horrible; mucho más horrible sonará si hay que aguantar al verdadero otros cuatro años, una vida.
Y debe ser, por supuesto, lo contrario de este en casi todo pero, sobre todo, debe tener un toque radicalmente propio, diferente, y unas propuestas claras y precisas. No de oposición o contraposición; no, cuatro o cinco propuestas decisivas sobre temas centrales, un compromiso auténtico: si ustedes me eligen, en los primeros 100 días vamos a hacer esto y esto y esto. Y una persona y un equipo –un gran equipo, muchos equipos– que resulten creíbles.
No es fácil, pero importa. Disculpen la grandilocuencia pero creo que es, por una vez, en serio, una cuestión de vida o muerte.
La Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina sigue trabajando junto con las instituciones educativas en excursiones guiadas, en ésta oportunidad el pasado miércoles 5 del corriente se llevó adelante una nueva salida hacia Barda Sur cruzando el río Negro con la histórica balsa. Nuevamente el CEM 145 fue el destinatario de dicha…
Antes de los colectivos y del subte moderno, los tranvías eléctricos transformaron Buenos Aires y cambiaron para siempre la forma de viajar, trabajar y vivir la ciudad.
Por Redacción de NLI
Hubo un momento en la historia de Buenos Aires en que la ciudad comenzó a descubrir que las distancias podían dejar de ser una condena. A fines del siglo XIX, la capital argentina atravesaba una transformación demográfica y urbana extraordinaria: crecían la población, los barrios, las actividades comerciales y las necesidades de una sociedad que recibía a cientos de miles de inmigrantes y que empezaba a extenderse mucho más allá de su antiguo núcleo. El problema era que la expansión territorial no podía sostenerse indefinidamente con los mismos medios de transporte que habían servido para una ciudad mucho más pequeña. Los carruajes y los primeros tranvías tirados por caballos tenían sus límites, y fue entonces cuando la electricidad comenzó a ofrecer una respuesta que, además de modificar la manera de viajar, terminaría cambiando la propia forma de Buenos Aires. El tranvía eléctrico no fue simplemente un nuevo vehículo: fue una de las infraestructuras que hicieron posible la Buenos Aires moderna.
La historia del tranvía porteño había comenzado varias décadas antes, cuando en 1863 se puso en funcionamiento el primer servicio de tranvías de la ciudad, todavía impulsado por caballos. Aquellos vehículos representaban un avance considerable respecto de los carruajes individuales porque permitían transportar un número mayor de pasajeros siguiendo recorridos determinados sobre rieles, pero continuaban dependiendo de una tecnología cuya capacidad estaba condicionada por la fuerza animal. Cada unidad necesitaba caballos, alimentación, descanso y cuidados, mientras que el crecimiento de la red significaba también multiplicar la cantidad de animales necesarios para sostenerla. En una ciudad que se expandía a gran velocidad, ese sistema comenzaba a mostrar las mismas limitaciones que presentaban otros medios de transporte de la época: la modernización urbana exigía encontrar una manera de transportar más personas, a mayores distancias y con una regularidad que no dependiera de la capacidad física de los animales.
La electricidad llegó a las calles de Buenos Aires
La electrificación del transporte formó parte de un proceso mucho más amplio que durante aquellos años estaba transformando las grandes ciudades del mundo. La electricidad comenzaba a modificar la iluminación pública, las fábricas, las comunicaciones y numerosos aspectos de la vida cotidiana, y el transporte constituía uno de los campos donde sus posibilidades parecían más evidentes. En Buenos Aires, los primeros ensayos con tranvías eléctricos se realizaron durante la década de 1890 y finalmente, en 1897, comenzó una nueva etapa con la puesta en funcionamiento de servicios eléctricos que reemplazarían progresivamente a la tracción animal.
La diferencia no consistía solamente en eliminar los caballos. Un tranvía eléctrico necesitaba una infraestructura completamente distinta, porque la ciudad debía incorporar vías adecuadas, cables aéreos, instalaciones eléctricas y sistemas destinados a producir y distribuir la energía necesaria para mover los vehículos. La electrificación, por lo tanto, no significó simplemente cambiar el motor de un transporte existente, sino introducir una nueva red tecnológica en el corazón mismo de la ciudad. Las calles comenzaron a adquirir una fisonomía diferente y, junto con los rieles, aparecieron cables y postes que anunciaban que Buenos Aires estaba entrando en una etapa histórica en la que la electricidad dejaría de ser una curiosidad asociada a determinadas instalaciones para convertirse en una presencia cotidiana.
La diferencia para los pasajeros fue enorme. Un sistema eléctrico permitía aumentar la capacidad y regularidad del transporte, reducir la dependencia de la fuerza animal y sostener recorridos cada vez más extensos. En una ciudad que crecía rápidamente, esa posibilidad tenía consecuencias que iban mucho más allá del simple hecho de viajar con mayor comodidad.
El tranvía hizo que Buenos Aires pudiera crecer
La verdadera revolución del tranvía no estuvo únicamente en la velocidad con la que podía desplazarse, sino en la distancia que consiguió volver cotidiana. Antes de que existiera una red de transporte urbano suficientemente extensa, vivir lejos del centro podía significar una dificultad considerable para quien necesitaba trasladarse todos los días hacia las zonas donde se concentraban los empleos, los comercios y las instituciones. El transporte permitía que esa relación cambiara, porque una persona podía comenzar a vivir a una distancia mayor de su lugar de trabajo sin que el viaje se transformara necesariamente en una tarea agotadora o económicamente inaccesible.
De esa manera, el tranvía participó activamente en la expansión territorial de Buenos Aires. Los nuevos recorridos favorecieron el crecimiento de barrios que anteriormente se encontraban relativamente aislados y contribuyeron a elevar el valor de terrenos situados lejos de las zonas centrales. Allí donde aparecía una conexión de transporte confiable, aparecía también una nueva posibilidad inmobiliaria: podían construirse viviendas, instalarse comercios y establecerse familias que ahora tenían una conexión más sencilla con el resto de la ciudad.
El tranvía, en definitiva, no solamente llevaba pasajeros hacia los barrios: ayudaba a crear los barrios.
Esa relación entre transporte y urbanización es fundamental para comprender la historia de Buenos Aires. Las ciudades no crecen únicamente porque aumenta su población o porque se construyen nuevas viviendas; también necesitan redes que permitan que las personas se desplacen entre lugares cada vez más distantes. La expansión del tranvía permitió que Buenos Aires dejara progresivamente de ser una ciudad concentrada alrededor del centro y comenzara a desarrollar una estructura mucho más extensa y compleja.
Una ciudad atravesada por empresas y trabajadores
El crecimiento de la red tranviaria convirtió al transporte en uno de los grandes negocios urbanos de la época. Distintas compañías participaron de la construcción y explotación de líneas, y la expansión del sistema generó inversiones importantes en infraestructura, material rodante, instalaciones eléctricas y talleres. El tranvía se convirtió así en un ejemplo perfecto de cómo la modernización tecnológica y los intereses económicos avanzaban juntos: cada nuevo recorrido podía representar tanto una mejora en la movilidad de los habitantes como una oportunidad comercial para quienes controlaban la infraestructura.
Detrás de ese negocio había, además, una enorme cantidad de trabajadores. Conductores, guardas, mecánicos, electricistas, personal de talleres, empleados administrativos y trabajadores encargados de mantener las vías y las instalaciones formaban parte de una estructura laboral que creció al mismo tiempo que la red. La modernidad eléctrica tenía, por lo tanto, una dimensión humana que las fotografías de los vehículos muchas veces ocultan. Cada tranvía que recorría Buenos Aires dependía de una organización compleja y de miles de personas que garantizaban diariamente que el sistema funcionara.
Como sucedía en otras actividades estratégicas, las condiciones laborales generaron conflictos, reclamos y procesos de organización sindical. El transporte urbano se convirtió así también en un escenario de la historia del movimiento obrero, porque cualquier interrupción del servicio afectaba directamente a una ciudad que dependía cada vez más de sus tranvías para funcionar. La importancia económica del transporte le otorgaba a sus trabajadores una capacidad de presión que no podía ser ignorada, y las discusiones sobre salarios, horarios y condiciones de trabajo formaron parte de la evolución de aquella gigantesca red.
Los tranvías también cambiaron la vida cotidiana
La expansión de los tranvías produjo una transformación social que resulta difícil de medir únicamente en kilómetros de vías construidas. Viajar diariamente en un mismo sistema de transporte significaba compartir el espacio con personas provenientes de distintos barrios y sectores sociales, en una ciudad que estaba recibiendo una inmigración masiva y que se encontraba en plena construcción de nuevas identidades urbanas. Aunque las diferencias económicas y sociales seguían siendo profundas, el transporte contribuía a generar una experiencia común: Buenos Aires comenzaba a convertirse en una ciudad en la que millones de trayectos individuales formaban parte de una misma red colectiva.
También cambió la relación de los habitantes con el tiempo. Cuando el transporte se vuelve relativamente regular, los horarios laborales, escolares y comerciales pueden organizarse de otra manera, porque las personas comienzan a calcular sus desplazamientos en función de frecuencias y recorridos. La ciudad empieza entonces a ser percibida no solamente como un espacio geográfico sino también como una red de tiempos de viaje.
Para la Buenos Aires de comienzos del siglo XX, aquello era una transformación enorme. La posibilidad de atravesar grandes distancias con mayor previsibilidad modificaba las rutinas y permitía que una persona pudiera residir en un barrio alejado y trabajar en otro sin que esa separación resultara necesariamente incompatible con su vida cotidiana.
Cuando apareció el gran rival: el colectivo
El dominio del tranvía no sería eterno. Durante las primeras décadas del siglo XX comenzó a desarrollarse otro medio de transporte que poseía una característica particularmente atractiva para una ciudad en permanente crecimiento: el colectivo no necesitaba rieles.
Esa diferencia aparentemente técnica terminó siendo decisiva. Un tranvía estaba obligado a seguir las vías que determinaban su recorrido, mientras que un colectivo podía modificar su itinerario, ingresar en calles donde no existían rieles y adaptarse con mayor rapidez a las necesidades de barrios que estaban apareciendo o creciendo. La flexibilidad del nuevo sistema permitió que comenzara a competir con el tranvía y que, con el paso de los años, se convirtiera en una pieza central del transporte porteño.
El automóvil agregó otra presión sobre las calles. A medida que aumentaba su presencia, la infraestructura urbana comenzó a reorganizarse alrededor de un modelo de movilidad diferente, en el que los rieles del tranvía empezaban a ser considerados por algunos sectores como un obstáculo para el tránsito automotor. La modernidad que había llevado a Buenos Aires hacia la electrificación comenzaba a ser reemplazada por otra modernidad basada en colectivos, automóviles y nuevas formas de circulación.
El tranvía, que alguna vez había representado el futuro, empezaba lentamente a ser presentado como parte del pasado.
El final de los tranvías y una curiosa paradoja
El servicio tranviario tradicional fue desapareciendo progresivamente hasta que, a comienzos de la década de 1960, Buenos Aires dejó atrás buena parte de aquella extensa red que durante décadas había sido uno de los símbolos de la ciudad. El proceso fue presentado como parte inevitable de la modernización del transporte, pero visto desde el presente resulta interesante advertir que muchas de las ventajas que habían hecho exitoso al tranvía volvieron a ser discutidas décadas después.
La preocupación por la congestión, el consumo de combustibles y la contaminación llevó a numerosas ciudades del mundo a recuperar sistemas tranviarios modernos, generalmente con tecnologías mucho más avanzadas que las utilizadas a comienzos del siglo XX. El tranvía volvió a aparecer como una alternativa para determinados corredores urbanos, demostrando que un medio de transporte no necesariamente queda obsoleto para siempre: puede perder vigencia en un contexto determinado y recuperar valor cuando cambian las necesidades de la sociedad.
En Buenos Aires, algunos proyectos y servicios posteriores recuperaron parcialmente la idea del transporte eléctrico sobre rieles, mientras que la memoria de la antigua red sobrevivió en fotografías, recorridos históricos y espacios donde se conservaron vehículos de época. Pero la cuestión más importante no es solamente sentimental. La historia del tranvía permite observar cómo las decisiones tomadas sobre transporte terminan condicionando durante décadas la forma física y social de una ciudad.
La ciudad que construyeron los rieles
Cuando hoy recorremos Buenos Aires, resulta difícil imaginar que muchas de las calles por las que circulan colectivos y automóviles alguna vez estuvieron dominadas por tranvías. Sin embargo, buena parte de la estructura urbana que conocemos se desarrolló mientras aquellos vehículos expandían sus recorridos y conectaban barrios que antes estaban separados por distancias difíciles de atravesar diariamente.
La historia del tranvía eléctrico es, en ese sentido, mucho más que una historia tecnológica. Es una historia sobre cómo una ciudad aprende a crecer. La electricidad permitió aumentar la capacidad de transporte; el transporte facilitó la expansión urbana; esa expansión creó nuevas necesidades y mercados; y esas nuevas necesidades impulsaron otras formas de movilidad. Buenos Aires se fue transformando en un proceso en el que cada sistema de transporte dejó una marca sobre el siguiente.
Por eso, cuando observamos una vieja fotografía de un tranvía avanzando por una avenida porteña, no estamos viendo simplemente un vehículo que desapareció hace décadas. Estamos viendo una pieza de la infraestructura que ayudó a construir la ciudad moderna, una época en la que la electricidad comenzaba a transformar la vida cotidiana y en la que cada kilómetro nuevo de riel podía significar que un barrio hasta entonces distante entraba definitivamente en el mapa de Buenos Aires.
El tranvía eléctrico llegó como una promesa de modernidad y durante décadas cumplió esa promesa. Después fue desplazado por otras tecnologías, pero dejó detrás una transformación que sobrevivió a sus propios rieles: hizo posible que Buenos Aires se extendiera, conectó barrios, organizó tiempos de viaje, creó empleos y convirtió al transporte público en una pieza inseparable de la vida urbana.
Quizás por eso aquella vieja imagen del tranvía tenga todavía algo de fascinante. No muestra solamente cómo viajaban nuestros abuelos o bisabuelos. Muestra el momento en que Buenos Aires descubrió que una ciudad podía crecer mucho más allá de sus límites si conseguía encontrar una manera de mover a su gente.
Y durante varias décadas, esa manera tuvo nombre propio: el tranvía eléctrico.
La Secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad de Villa Regina junto a Migraciones con sede en Neuquén llevó adelante la atención y asesoramiento de personas que necesitan regularizar trámites para, entre otras cosas, obtener su DNI. Este trabajo se viene desarrollando una vez al mes en las oficinas del área e incluye asesoramiento de…
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