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SOMOS LA BASURA QUE PRODUCIMOS

La basura es un hecho cultural que nos concierne a todos, a todos los sectores de la sociedad sin distinción alguna. Todos somos asociados responsables del daño ambiental que genera nuestra basura. Una de las actividades humanas más inadvertidas es la producción de deshechos. Somos la basura que producimos, y como la tratamos habla de nuestro compromiso con las demás personas y el medio ambiente.

Pasada la fiesta de la vendimia el predio ferial quedó en condiciones deplorables. Bolsas y botellas de plástico (entre otras cosas) inundaron la zona. El rápido accionar de los agentes municipales favoreció inmediatamente el estado del predio, que ayer lunes, se asemejaba al centro de transferencia ubicado en zona de bardas. Si tuviéramos en cuenta el párrafo inicial podríamos decir muchísimo de quienes ocuparon un espacio en el predio durante el fin de semana. Ya que existe una narrativa directa de nosotros mismos que descansa en como tratamos nuestra basura.

Todos los miembros de una familia producen residuos, desde los recién nacidos hasta los abuelos, incluyendo las mascotas. Una de las maneras de saber cómo funciona una sociedad es conocer qué hace con su basura. No somos conscientes de la basura que producimos porque no generamos ningún vínculo con ella. Hasta nos causa placer tirarla, sacarla de nuestro camino, dejarla huérfana, como si no nos perteneciera, y una vez que está afuera de nuestro entorno ni siquiera nos sentimos responsables de haberla creado. Ya es el problema de otro.

Es importante la forma en qué manejamos la basura, estamos acostumbrados a pensar que la misma da olor y eso en realidad sucede porque está mal gestionada. La basura no da olor, eso es el metano que se produce por la descomposición de la materia orgánica que sucede por la falta de oxigeno, cuando nosotros embolsamos todo y lo cerramos aceleramos la descomposición.

Separar la basura hace darnos cuenta que los deshechos no son algo asqueroso, sino que pueden convertirse en un recurso muy valioso.  Ese es el primer gran cambio. Lo notable de esta transformación en la conciencia del tratado de los deshechos es que te va modificando en otros aspectos de tu vida. Es un proceso de aprendizaje complejo, pero es posible, hay que experimentar en este cambio de hábito y educar sobre el mismo.

Es importante lograr un nivel alto de concientización en la sociedad con respecto al tratamiento de la basura, para luego desarrollarlo como parte de nuestra cultura y llevarlo a cabo todos los días como una actividad internalizada y procesada sistematicamente.


¿QUÉ HACEMOS CON LOS RESIDUOS EN ARGENTINA?

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    Se apaga una fábrica histórica: Tía Maruca deja de producir y expone la crisis del modelo Milei

     

    La emblemática marca nacional de galletitas dejó de fabricar en su planta principal y pasó a tercerizar su producción en medio de la caída del consumo, el aumento de costos y la falta de financiamiento. Otro golpe a la industria argentina que desnuda el impacto real del ajuste.

    Por Celina Fraticiangi para NLI

    La postal se repite con una insistencia alarmante: fábricas que se achican, líneas de producción que se apagan y marcas históricas que dejan de fabricar. Esta vez, el golpe lo da Tía Maruca, una de las firmas más reconocidas del rubro alimenticio, que decidió dejar de producir en su planta principal de San Juan y migrar a un esquema de tercerización para intentar sobrevivir.

    Detrás de la decisión, lejos de cualquier relato épico empresarial, aparece un combo conocido: caída del consumo interno, aumento sostenido de costos y dificultades para acceder al crédito. Una radiografía que coincide, punto por punto, con el deterioro económico que atraviesa el país bajo el modelo de Milei.

    La planta de Albardón, que llegó a emplear a cerca de 300 trabajadores, ya no producirá las clásicas galletitas que supieron ganar mercado frente a gigantes del sector. En su lugar, funcionará elaborando productos para terceros, mientras la marca intentará sostenerse mediante producción externalizada.

    No es un cierre total en términos formales, pero sí un retroceso industrial evidente: la pérdida de producción propia implica menor valor agregado, menor integración productiva y mayor dependencia de terceros.

    La industria en retirada

    El caso de Tía Maruca no es aislado ni repentino. La empresa arrastraba problemas desde hace años, incluyendo un concurso preventivo en 2019 y el cierre de otra planta en Chascomús en 2025 con despidos incluidos.

    Sin embargo, el contexto actual aceleró el desenlace. La caída del consumo masivo —producto del ajuste, la pérdida del poder adquisitivo y la recesión— impactó de lleno en alimentos básicos, incluso en segmentos populares como las galletitas.

    A eso se suma el incremento de insumos clave como harina y azúcar, que comprimió márgenes hasta volverlos inviables, y un sistema financiero que no ofrece crédito accesible para sostener o modernizar la producción.

    El resultado es previsible: empresas que, ante la imposibilidad de sostener la producción, optan por achicarse, tercerizar o directamente cerrar.

    El “costo invisible” del ajuste

    El discurso oficial insiste en mostrar orden fiscal y equilibrio macroeconómico. Pero detrás de esos números, la economía real muestra otra cara: desindustrialización progresiva y pérdida de capacidad productiva nacional.

    Cuando una empresa deja de producir, aunque siga existiendo como marca, el daño es profundo. Se pierden encadenamientos productivos, se debilitan economías regionales y se precariza el empleo, incluso cuando no hay despidos inmediatos.

    En San Juan, la planta seguirá operativa, pero ya no como motor de una marca nacional, sino como proveedor para terceros. Es decir: menos industria propia y más lógica de subsistencia.

    El caso de Tía Maruca se suma así a una lista cada vez más extensa de empresas que retroceden en su escala productiva. Y plantea una pregunta incómoda: ¿cuántas “reconversiones” más hacen falta para reconocer que el problema no es empresarial, sino estructural?

    La respuesta, por ahora, se cocina en silencio, mientras otra línea de producción se apaga.

     

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