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Se viene la Bajada de Canoas Recreativa Huergo-Regina

La Dirección de Deportes de la Municipalidad de Villa Regina informa que están abiertas las inscripciones para participar de la Bajada de Canoas Recreativa que unirá Huergo-Regina el domingo 28 de febrero.

La inscripción tiene un costo de $1000 e incluye traslado al Fortín Lagunita en Huergo, transporte de embarcaciones, desayuno, refrigerio, almuerzo y seguro.

Para informes e inscripción, comunicarse a la Dirección de Deportes en Avenida Colón 107 o al teléfono 2984-651398.

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    Milei y los “cadaunitos”: la ideología del individuo absoluto y sus consecuencias políticas

     

    El concepto de “cadaunitos” desarrollado por el sociólogo Josep-Vicent Marqués en el libro No es natural permite analizar con notable precisión el núcleo ideológico del mileísmo: una visión del mundo donde la sociedad se disuelve en individuos aislados. Desde una perspectiva política, económica y sociológica, esa concepción no sólo redefine el rol del Estado sino que también tensiona los fundamentos mismos de la democracia moderna.

    Por Tomás Palazzo para NLI

    Imagen modificada digitalmente

    Los “cadaunitos” de Marqués: la ilusión de la sociedad sin sociedad

    En el primer capítulo de No es natural, Marqués propone una crítica al sentido común que naturaliza el orden social. Allí utiliza el término “cadaunitos” para referirse irónicamente a una concepción según la cual la sociedad sería simplemente la suma de individuos aislados, cada uno viviendo su vida privada sin mediaciones colectivas.

    El autor señala que muchas formas de vida que creemos naturales en realidad son construcciones históricas y sociales, y que podrían ser distintas. La vida cotidiana de los “cadaunitos” aparece entonces como una ficción ideológica: individuos que creen actuar libremente pero que en realidad reproducen estructuras sociales que se presentan como naturales.

    Esta crítica es central para la sociología moderna. Desde Émile Durkheim hasta Karl Marx, las ciencias sociales han sostenido que el individuo no existe fuera de la sociedad, sino que es producido por ella. El propio Marx sintetizó esta idea al afirmar que el ser humano “solo puede individualizarse en sociedad”. En otras palabras: el individuo no es el punto de partida de la sociedad, sino su resultado.


    El individualismo radical en el ideario de Milei

    El proyecto político de Javier Milei se inscribe dentro del libertarismo económico y del anarcocapitalismo, corrientes que sitúan la libertad individual como valor político supremo. En esa tradición, el Estado aparece como una institución sospechosa o incluso ilegítima, mientras que el mercado y las decisiones individuales son considerados los mecanismos más eficientes para organizar la vida social.

    Esta concepción ha sido señalada por distintos analistas como una forma de individualismo radical. Un artículo de Carla Yumatle advierte ya, antes de su llegada a la presidencia, que en el ideario libertario mileísta la libertad individual ocupa el centro del sistema moral, mientras que el lugar de la democracia como valor político aparece difuso o subordinado.

    En términos ideológicos, esto se expresa en varios rasgos característicos del discurso mileísta:

    • la crítica a la “justicia social” como principio organizador del Estado;
    • la deslegitimación de la intervención estatal en la economía;
    • la exaltación del éxito individual y el mérito personal;
    • la reducción de los problemas sociales a decisiones individuales.

    Desde una perspectiva sociológica, este marco conceptual se acerca notablemente a la lógica que Marqués ironizaba con los “cadaunitos”.


    Economía política de los “cadaunitos”

    En el plano económico, la visión libertaria supone que la sociedad funciona como un mercado compuesto por individuos autónomos que intercambian libremente. Esta idea tiene raíces en el liberalismo clásico de Adam Smith, pero alcanza su forma más radical en el libertarismo contemporáneo, donde el mercado reemplaza casi por completo a la política. Sin embargo, numerosos autores han cuestionado esta premisa.

    El economista Karl Polanyi sostiene —en su libro The Great Transformation— que la idea de un mercado que funciona solo, sin intervención del Estado ni de la sociedad, es relativamente reciente en la historia (siglo XIX, con el capitalismo liberal). Antes de eso, las economías no funcionaban solo por oferta y demanda. La producción, el trabajo y el comercio siempre estuvieron regulados por normas sociales, costumbres, religiones o decisiones políticas.

    De manera similar, el sociólogo Pierre Bourdieu describió el neoliberalismo como una utopía que pretende crear un mundo compuesto por individuos empresarios de sí mismos, donde cada persona compite permanentemente con las demás.

    En ese esquema, la sociedad se transforma en un campo de competencia entre “cadaunitos”.


    Política sin comunidad: el problema democrático

    La crítica más profunda al individualismo radical aparece en el plano político. La democracia moderna se funda en la idea de soberanía popular, es decir, en la existencia de un sujeto colectivo llamado pueblo. Sin embargo, si la sociedad se concibe únicamente como la suma de individuos, esa noción se vuelve problemática.

    De allí que algunos analistas hablen de un individualismo antidemocrático, en el sentido de que la lógica libertaria privilegia la libertad individual por sobre la deliberación colectiva o el bien común.

    La paradoja es evidente: si la sociedad está formada por individuos aislados, entonces el espacio político se reduce a la defensa de intereses privados. En ese punto, la política tiende a desaparecer o a convertirse en mera gestión técnica del mercado.

    La filósofa Hannah Arendt advertía que la destrucción de los vínculos sociales y comunitarios puede generar un terreno fértil para fenómenos autoritarios, porque los individuos aislados son más fácilmente movilizables por discursos simples y polarizantes.


    De la sociedad a la “jungla competitiva”

    La crítica sociológica al individualismo extremo también se vincula con el problema de la desigualdad. Si cada individuo es responsable exclusivo de su destino, entonces la pobreza deja de ser un problema estructural y pasa a interpretarse como un fracaso personal.

    Este enfoque ignora lo que el sociólogo C. Wright Mills llamó la “imaginación sociológica”: la capacidad de comprender que muchos problemas individuales son en realidad problemas sociales. Cuando esa dimensión desaparece, el resultado es una sociedad fragmentada donde cada sujeto queda librado a su propia suerte.

    En términos de Marqués, el mundo de los “cadaunitos”.


    Milei y la naturalización del individualismo

    Volviendo a la tesis central de Marqués, el autor advertía que muchas ideologías intentan presentar como “natural” aquello que en realidad es histórico y político. El individualismo radical funciona exactamente de ese modo.

    La idea de que cada persona debe arreglarse sola, que el mercado es el mecanismo más justo o que la desigualdad es inevitable, se presenta como una ley natural cuando en realidad responde a decisiones políticas concretas.

    En este sentido, el mileísmo puede interpretarse como una forma contemporánea de naturalización del orden social: un relato donde la sociedad desaparece y sólo quedan individuos compitiendo entre sí.


    La política contra los “cadaunitos”

    El concepto de Marqués resulta sorprendentemente actual para interpretar el debate político argentino.

    Si el mundo está compuesto por “cadaunitos”, la política pierde sentido y el mercado se convierte en árbitro universal. Pero si aceptamos que los seres humanos viven en sociedades estructuradas por relaciones de poder, desigualdades y vínculos colectivos, entonces la política vuelve a ser indispensable.

    En definitiva, el problema no es la libertad individual —valor central de la modernidad— sino su absolutización. Porque cuando la sociedad se reduce a individuos aislados, lo que desaparece no es el poder, sino la posibilidad de controlarlo colectivamente.

     

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    Confesores imperdonables

     

    Los grandes contrastes entre los curas que influyeron en Isabel de Castilla y en la vida cotidiana de moros, judíos y cristianos.

    Y tú sin perjudicar a nadie y esposao
    Que la ley de extradición te pille
    confesao.
    – J. Sabina, Con un par

    Por Silvina Belén para NLI ·

    Llegar confesado al último suspiro era una aspiración que antaño compartían nobles y plebeyos españoles. Hoy mismo, si corriéramos algún riesgo de importancia pero igual decidiésemos tirarnos a la pileta, cualquier español podría decirnos, como Joaquín, “Que te pille confesado” casi automáticamente. El reflejo de la tradición de paladines de la cristiandad no desaparece así como así.

    Recibir el perdón divino con regularidad a través de un confesor era necesidad acuciante para el cristiano viejo. Ni qué decir para los monarcas. Y si se trataba de doña Isabel de Castilla, la reina a la que en el colegio conocíamos como Isabel  la Católica, la necesidad se multiplicaba al infinito. Sin confesor no había torrejas, ni alhajas a donar, ni colones que le hicieran la historia.

    Y a nosotros, entre maestras, profes de historia con secretas simpatías por el generalísimo con ínfulas imperiales –y aferrado al cirio-, dueños de bares y restaurantes, curas ibéricos, días de la raza más todos los etcéteras  imaginables, también nos hicieron la historia, la historia en la que Isabel quedaba fuera de cualquiera de las iniquidades que algún descreído pudiese referirnos acerca de la cristiandad peninsular de aquellos tiempos y de los que pronto les seguirían.

    Acostumbrados como estamos a los desengaños, bien podríamos soportar un inventario de las agachadas -que no fueron pocas- de la reina, igual que sobrellevamos las desilusiones cromáticas con French y Beruti,  o Cornelio Saavedra y otros tantos que, con halo de patriotismo finalmente desmentido, nos precedieron en estas latitudes que por siglos le dieron riqueza a España gracias al buen olfato atribuido a la ilustre esposa de Fernando de Aragón.

    Pero como doña Isabel también soportó arduos pesares y tuvo sus virtudes, despistes y grandezas, solamente vamos a enfocarnos en las alegrías, amarguras y desaciertos que experimentó con sus confesores, dado que siendo “La Católica” el punto no carece de interés e, incluso, de una pizca de justicia para con la chismografía histórica que cultivan las anteojudas comadres de biblioteca, gracias a quienes sabemos, por ejemplo, hasta qué punto la reina odiaba al ajo, pecado culinario peninsular si los hubiera.

    Biografías, historia del periodo y datos afines pueden hallarse con facilidad en enciclopedias tradicionales, Wikipedia o a través de la ubicua IA. Lo singular y menos registrado es todo aquello que relaciona a estos confesores entre sí, la reina, el poder y la tan mentada cultura de moros, judíos y cristianos.

    Para no zozobrar con el asunto de los confesores, hay que partir asociando el renombrado año 1492 no a Colón y el Puerto de Palos de Moguer –como tan popular como erróneamente se suele denominar al Puerto de Palos de La Frontera-  sino a Granada, con pausa obligatoria para evocar a Washington Irving y sus Cuentos de la Alhambra (La Alhambra: conjunto de cuentos y bosquejos sobre moros y españoles, 1832), digresión más que justificada para ambientar la mente.

    Feminismo regio y conquista

    Ya desde los tiempos de princesa doña Isabel  era mujer de carácter y armas tomar. A su capellán de esa etapa, Alonso de Coca, lo envió tanto a Aragón como a Francia para que conociese en persona a los dos principales nobles que la pretendían: Fernando de Aragón y el duque de Guyena. Debía informarle Coca sobre virtudes y defectos de sus posibles maridos. Era exigente y no iba a decidirse así como así. Ella misma evaluaría  luego atractivos personales y conveniencias políticas.

    Su primer confesor fue fray Mortero (Alonso de Burgos), antisemita jurado e irascible cura que introdujo la Inquisición en Castilla y León. El segundo, nada menos que el  más afamado y cruel de los inquisidores, fray Tomás de Torquemada. Durante años consentido por Isabel, cuando la Inquisición había llegado a su cenit de terrorismo recaudatorio, lo nombraron inquisidor general y la católica cambió de confesor.

     Y a partir de aquí, más allá de los devaneos con el santo oficio, comienza lo interesante.

    Fray Hernando de Talavera, prior desde 1470 de Nuestra Señora del Prado, en Valladolid –lugar de residencia de la corte en la época-,  pasó a ser desde 1474 el nuevo confesor. En las antípodas de sus predecesores, no veía con buenos ojos la Inquisición ni se lo consideraba un fanático al estilo de Torquemada. Atravesó desde 1475 junto a Isabel y Fernando la Guerra de Sucesión de Castilla que en 1479 terminó con los tires y aflojes en favor de la Católica y ostracismo de la Beltraneja.

    Hernando, con un talento para la economía que lo había convertido en un ministro de hacienda de facto, contribuyó a financiar la obsesión de la reina con la conquista de Granada, ciudad que se creía la mejor fortificada del mundo. Esa guerra, con su largo sitio, exigía recursos que la habilidad de Talavera conseguía con su don para las finanzas regias unido a un celo administrativo ejemplar.

    Merodeando las arcas también andaba Colón, a quien Hernando de Talavera llevaba cortito aunque, con intuición similar a la de Isabel, finalmente apoyó. Por muchos años el confesor, consejero y ministro de hecho de varias carteras lo fue todo para la reina. Mientras, los astros se conjugaban para que el año 1492 fuera un punto de convergencia inigualable.

    El asedio a Granada, máquina de fagocitar maravedíes reales, en 1491 había agotado la paciencia y la economía castellanas, pero también los víveres de los árabes que resistían intramuros. Alimentar a una población que había crecido exponencialmente en pocos años se hacía misión imposible. Unas y otras desgracias invitaban a la negociación, que terminó dándose en noviembre.

    Los famélicos mandamases moros estaban dispuestos a rendirse si les daban plazo y condiciones dignas. En secretas negociaciones con el rey Boabdil se llegó a un acuerdo que conjuntamente firmaron, como siempre, Isabel y Fernando, que sabía que con su esposa el patriarcado era una quimera.

    El acuerdo capitular garantizaba tolerancia, respeto y libertades para  los habitantes de la ciudad, en línea con el pensamiento nada inquisitorial de Hernando, que estuvo, por supuesto, en Granada cuando el 6 enero de 1492 los reyes católicos hicieron su entrada triunfal, con abrazo al malogrado Boabdil incluido.

    Cambio de confesor y desgracias en cadena

    Isabel cumplió el sueño de enseñorearse en Granada al tiempo que le decía adiós a su confesor, que pasó  a ser administrador apostólico del nuevo reino a la espera de la bula papal que lo nombraría al año siguiente primer arzobispo de Granada. Sin Hernando, la sombra negra del Cardenal Cisneros comenzaba así a asomar sobre la espiritualidad de la reina

    La estrategia de conversión del flamante arzobispo excluía la coacción,  el acoso y la violencia. Hacía un esfuerzo por conocer la cultura del pueblo vencido, dominar su lengua, dialogar y persuadir. Ansiaba solamente conversiones voluntarias, sinceras e incruentas. Su oposición a que los inquisidores pisaran Granada terminaría costándole muy cara.

    El nuevo confesor de Isabel, fray Francisco Jiménez de Cisneros, consideraba inaceptable el método blando de Hernando de Talavera. Quería que con los moros se hiciera lo mismo que con los judíos, a los que se había esquilmado y desterrado o convertido para después acusarlos de herejía, torturarlos, confiscarle los bienes y,  a la postre, encarcelarlos, ejecutarlos o quemarlos vivos en auto de fe.

    La diferencia radicaba en que con los judíos no se había hecho ningún acuerdo ni firmado tratado alguno. Pero con los moros los reyes católicos habían empeñado su palabra.  No obstante, Cisneros, que ya había mostrado un extremismo sin par a lo largo de su carrera eclesiástica, unas obcecaciones insanas y todo el talante de fanático que pudiera imaginarse, avanzaba con su plan.

    Con el privilegio de la cercanía del confesor, Cisneros acicateaba a Isabel. Encontró el primer resquicio formal en los “elches”, renegados de la religión cristiana, que a su juicio no estaban amparados por el tratado que comprometía a los reyes. Convenció así a los monarcas para que le abrieran la primera puerta hacia la cadena de iniquidades que iría llevando a cabo en Granada y otras ciudades cercanas.

    Isabel, golpeada por la muerte de sus hijos  Juan e Isabel,  su nieto Miguel y la locura de Juana, flaqueaba. Cayó enferma. En tanto, Cisneros seguía adelante con su proyecto: diezmaba Andalucía y zahería a Hernando de Talavera. En circular oprobio, la reina había retornado al yugo espiritual de iniciales confesores fanáticos y crueles.

    Sin haber podido honrar plenamente la palabra empeñada, en parte seguramente por las malas artes dialécticas de su último confesor, Isabel falleció a los cincuenta y tres años, en 1504. Su muerte profundizó las desgracias del equilibrado Talavera: contra toda coherencia, le cayó encima la Inquisición, que no pudiendo apresarlo a él sin más trámite, le encarceló a sus parientes cercanos. Fue la primera acusación a un Arzobispo de la que se tuviera noticia. Los denuestos del cardenal Cisneros, que aspiraba a ser inquisidor general con el apoyo del rey Fernando, habían dado fruto.

    Aunque parezca mentira, no pocos historiadores coinciden en afirmar que el agua y el aceite, es decir: Hernando de Talavera y Francisco Jiménez de Cisneros, fueron los confesores predilectos y más queridos de Isabel. Hasta Pedro Miguel Lamet, autor de Yo te absuelvo, majestad –libro recomendado para entusiastas del tema-, afirma, al referirse al deceso de la reina y a ellos, que “no pudieron encontrarse junto a su lecho de muerte ninguno de sus dos confesores predilectos”.  En fin…




     

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