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Se suman 5 nuevas cámaras de monitoreo en la ciudad

El Intendente Marcelo Orazi recibió el lunes a la Secretaria de Estado de Seguridad y Justicia de Río Negro, Betiana Minor, ocasión en la que se anunció la incorporación de 5 nuevas cámaras de monitoreo en la ciudad.

Con este objetivo, en las próximas semanas se llevará a cabo un relevamiento para definir los puntos de ubicación.

Este anuncio se suma a otras gestiones realizadas por el Intendente como la relocalización de la Comisaría de la Familia y la instalación de un nuevo destacamento policial.

“Estoy muy contento con el trabajo que venimos realizando en conjunto. En mi viaje a Viedma hace una semana conversamos con Minor sobre la posibilidad de incorporar más cámaras a la ciudad y este lunes me trajo la confirmación de que serán cinco y que seguiremos trabajando para sumar más en el futuro”, manifestó Orazi.

Por su parte, Minor sostuvo que “la idea es seguir sumando y cumplir con los compromisos que ya hemos asumido. Pudimos entregar movilidad y las body cam recientemente. Ahora confirmamos que vamos a incorporar cinco nuevas cámaras de monitoreo en la ciudad”.

“Luego haremos una visita más operativa para recorrer los lugares donde vamos a ubicar las cámaras y quizás reubicar otras para hacer más eficiente la visualización”, indicó la funcionaria provincial.

Del encuentro participaron también el Subsecretario de Seguridad Ciudadana de la provincia Guillermo Rodríguez Moreno y el Director del Operativo RN Emergencias Sergio Davicino.

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  • Preocupado por contener intendentes, De Loredo ofrece una salida de tercera vía con Macri

     

     Por fuera de los movimientos que hace el cordobesismo con los intendentes para despegarlos del Gobierno de Milei con argumentos como la crisis de Pami o la salida de Córdoba del mapa de zonas frías, el último hit del PJ mediterráneo para confrontar con Casa Rosada, la oposición local tiene su propia disputa. 

    Porque hay una guerra subterránea entre los libertarios y el radicalismo de Rodrigo de Loredo para que los alcaldes de la UCR no terminen en la canasta violeta en las elecciones provinciales del 2027.

     Hay una guerra subterránea entre los libertarios y el radicalismo de Rodrigo de Loredo para que los alcaldes de la UCR no terminen en la canasta violeta en las elecciones provinciales del 2027 

    Cierto es que con más promesas que certezas, y subidos a la ola violeta que en Córdoba sostiene su tendencia de moda, algunos hablan directo con el karinista Gabriel Bornoroni y están los que llegan a través de la exdiputada de la UCR, Soledad Carrizo. Hoy, los dos rivales directos que tiene De Loredo en su operativo contención de alcaldes que son opositores al PJ.

    Pero, a esta se suma la presión que hace el llaryorismo con fondos y fotos. Mucho más sobre los intendentes del radicalismo y el PRO que se sumaron el año pasado al esquema de Provincias Unidas y luego terminaron marginados por la peronización que Llaryora decidió imprimirle a la gestión en la primera parte de este 2026.

    Peronización que se plasma en el reseteo del gabinete y en lo marginado que se sienten los alcaldes que acompañaron el año pasado y hoy hacen la fila detrás de los del PJ para llegar a la Casa de Gobierno.

    Al tanto de esto, De Loredo armó una cena en la que les bajó a los intendentes radicales la opción de fortalecer la tercera vía para salir de la grieta que en Córdoba protagonizan el cordobesismo y los libertarios; y así apostar por un armado que a nivel nacional liderará Mauricio Macri.

     De Loredo armó una cena en la que les bajó a los intendentes radicales la opción de fortalecer la tercera vía para salir de la grieta que en Córdoba protagonizan el cordobesismo y los libertarios; y así apostar por un armado que a nivel nacional liderará Mauricio Macri. 

    Varios intendentes salieron de la comida sin verse seducidos por la opción del esquema de alianza con los amarillos para reconstruir Juntos por el Cambio y les preocupa quedar encorsetados entre el peronismo de Llaryora y la pata libertaria que conduce Bornoroni. Mucho más porque un distanciamiento con el primero condiciona la llegada de fondos para la última parte de la gestión en cada pueblo; y porque, un enfriamiento en el vínculo con los libertarios tiene como consecuencia la amenaza de Bornoroni y Juez de salir a plantar un candidato en cada localidad gobernada por un radical que ose ignorar una alianza violeta.

    Toda esta incertidumbre del radicalismo cordobés tiene un ingrediente más que, probablemente, sea la que menos preocupa a los intendentes en sus localidades: la interna partidaria. El mandato de Marcos Ferrer, intendente de Río Tercero y aliado de De Loredo en la conducción de la UCR cordobesa, vence en septiembre.

    Y el plazo para convocar a elecciones vence ahora en junio. Por lo que ya se habla de una prórroga que tendrá, casi con seguridad, la furia de los sectores opositores a De Loredo porque admiten que la extensión del mandato sería por un año. De manera tal que esa extensión hasta septiembre del 2027 tendrá el año electoral con un radicalismo conducido por los mismos jugadores que no presentaron listas en las Legislativas del 2025. Principal motivo de rechazo entre los detractores de De Loredo y Ferrer.

     

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  • El bien y el mal definen por penal

     

    El 5 de diciembre de 2025, en el Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas de Washington D.C., el titular de la FIFA, Gianni Infantino, encabezó el sorteo de la Copa del Mundo, distribuyendo los caminos de 48 selecciones. Tan solo dos meses más tarde, mientras las selecciones organizaban los preparativos para su estadía en el continente americano, aviones de combate estadounidenses e israelíes habían sobrevolado varias ciudades de Irán y bombardeado lo que los comunicados militares llaman, con peculiar pudor, “objetivos estratégicos”. Los muertos comenzaron a contarse de a miles, entre civiles, jerarcas gubernamentales y militares. El líder supremo, Alí Jameneí, también fue una de las bajas. Unos días después, Donald Trump escribió en su red social que quizás era mejor que la selección iraní no participara del Mundial «por su propia seguridad».

    Irán quedó en el Grupo G. Sus tres partidos serán en Los Ángeles y Seattle, ciudades del país que dos semanas antes del sorteo había bombardeado su territorio. Una vez iniciada la guerra, Infantino aclaró que había hablado personalmente con Trump y que los partidos se jugarían donde el sorteo indicaba. A Trump, sin embargo, no pareció importarle demasiado. El gobierno estadounidense le negó a la delegación persa la posibilidad de alojarse en territorio norteamericano. El gobierno mexicano respondió ofreciéndole a Irán concentrar en Tijuana y cruzar la frontera para cada encuentro.

    Traducido a imagen global, esto significa que el país que con restricciones para ingresar a Estados Unidos será recibido por el país al que Washington le exige militarizar su frontera. El Mundial produce, sin que nadie lo haya planificado así, una solidaridad involuntaria entre las dos naciones amedrentadas por la prepotencia trumpista.

    El conflicto en Medio Oriente combina las características de las guerras tradicionales en las que los beligerantes son Estados, los objetivos son geopolíticos o ideológicos y se utilizan Fuerzas Armadas regulares, con la plasticidad y la ambigüedad de las guerras del siglo XXI. Por caso, Estados Unidos nunca declaró formalmente la guerra a Irán. Hubo drones, misiles de precisión, comunicados del Pentágono hablando de “operaciones quirúrgicas sobre infraestructura militar”, pero no hubo discurso ante el Congreso, no hubo resolución ni aprobación legal. La guerra moderna se diagrama con Inteligencia Artificial, se lanza desde pantallas, se justifica con eufemismos técnicos y se da por terminada cuando el presidente le escribe una carta al Congreso diciendo que “las hostilidades han concluido”, mientras mantiene un bloqueo naval sobre el enemigo.

    El gobierno de Suiza —país donde la FIFA tiene su sede, tributa sus impuestos y descansa su paraguas jurídico— calificó la ofensiva estadounidense como un caso de uso injustificado de la fuerza, contrario al derecho internacional. La casa madre del fútbol global, sin embargo, no emitió ningún comentario al respecto.

    A esto se suman las incongruencias del sistema internacional: el mismo gobierno que ataca militarmente a un país está obligado, por contrato con un organismo internacional, a garantizar visas de entrada, seguridad operativa y cancha en condiciones para los jugadores del país agredido.

    A su vez, la FIFA, que prohíbe en sus estatutos cualquier forma de “interferencia política” en el fútbol, negocia esas garantías con el Departamento de Estado de la potencia en guerra a la par que entrega a su presidente el Premio de La Paz de la FIFA.

    ¿El fútbol une al mundo?

    La FIFA lanzó para este Mundial la campaña “El fútbol une al mundo”.

    Hay un mito fundacional que da forma a ese eslogan. En la noche del 24 de diciembre de 1914, en la frontera entre Francia y Bélgica se desarrollan las batallas más sangrientas de la Primera Guerra Mundial. Soldados alemanes y británicos salen de sus trincheras, cruzan la “tierra de nadie” e improvisan, rodeados de cadáveres, alambrados y minas antipersona, un partido de fútbol. La tregua dura hasta la mañana del 26 de diciembre. Aunque la guerra continuó, el partido quedó en la memoria colectiva como un símbolo de que en el fútbol hay una confraternidad que antecede a las banderas y los tratados. Un lenguaje, una suerte de esencia humana que los Estados no pueden controlar.

    La historia de la relación entre el fútbol y los conflictos armados es, sin embargo, un poco menos romántica. En julio de 1969, Honduras y El Salvador llevaban años acumulando tensiones por disputas territoriales y migratorias. Las eliminatorias para el Mundial de México 1970 actuaron como un disparador. Tres partidos, disturbios en las tribunas, muertos, ruptura de relaciones diplomáticas. El 14 de julio, cuatro días después del partido decisivo, El Salvador invadió Honduras. El conflicto dejó entre dos y cuatro mil muertos.

    El periodista y escritor polaco, Ryszard Kapuscinski, llegó a Tegucigalpa horas antes de que comenzara la guerra y la convirtió en uno de los grandes reportajes del siglo XX. Tituló a su libro La Guerra del Fútbol.

    Algo parecido sucedió en los estadios de Yugoslavia, a finales de los años ochenta. Las hinchadas del club serbio Estrella Roja y el croata Dinamo Zagreb se enfrentaban con una violencia que vaticinaba la guerra étnica que vendría. Željko Ražnatović, líder de la barra del Estrella Roja, se convertiría luego en el comandante de los “Tigres”, una unidad paramilitar acusada de cometer crímenes de guerra. El mismo Ražnatović declaró que la guerra civil no la iniciaron ni los políticos ni los militares, sino los hinchas en el partido contra el Dinamo. Al igual que en América Central, el fútbol fue el espacio donde la guerra tomó forma antes de ser guerra.

    Otro caso que la taxonomía del fútbol y la política no puede ignorar es Argentina 1978. Es bien sabido que la Junta Militar usó el torneo como plataforma de legitimación internacional. El Mundial debía mostrarle al mundo un país ordenado, moderno y capaz. La selección argentina ganó el campeonato en un estadio a pocas cuadras de donde funcionaba la ESMA. La FIFA nunca dijo nada.

    Así, el Mundial 78 mostró el arquetipo de un Estado que usa el deporte como pantalla para ocultar lo que le hace a su propia población. Más acá en el tiempo, el 7 de abril de 2017, las selecciones femeninas de Corea del Norte y Corea del Sur disputaron en Pyongyang el primer partido oficial entre ambos jugado en territorio norcoreano. Técnicamente, los dos países siguen en guerra, ya que el armisticio de 1953 nunca fue reemplazado por un tratado de paz. El estadio Kim Il Sung recibió a cuarenta mil personas. Por primera vez en la historia, la bandera de Corea del Sur fue izada en un escenario deportivo norcoreano. Esa misma semana, Pyongyang había lanzado un misil en aguas japonesas. Las autoridades surcoreanas declararon que “la seguridad de las jugadoras nunca se vio amenazada”. El partido terminó 1 a 1. El de las dos Coreas es el antecedente más directo que existe para lo que va a ocurrir en Los Ángeles en junio de 2026. Dos países en guerra y un partido oficial en territorio de uno de los contendientes.

    Make North America Great Again

    El Mundial 2026 tiene dos particularidades: es la primera vez en la historia que será organizado por tres países y el primero que tendrá 48 participantes.

    En sintonía con el eslogan de “El fútbol une al mundo”, la candidatura conjunta de Estados Unidos, México y Canadá fue votada mayoritariamente en el Congreso de la FIFA de 2018 con el nombre oficial de “United 2026”. El eslogan pretendía dejar de manifiesto que los tres países comparten algo más que una región. Hay que remontarse treinta años atrás para entender los albores del proceso integracionista de América del Norte.

    El 1 de enero de 1994, el mismo día en que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se levantaba en armas en Chiapas en protesta por lo que vendría, entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN-NAFTA). El presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari lo celebró como “un logro pionero en negociaciones comerciales que establecerá tendencias futuras en la región y en el mundo”. Bill Clinton, que había peleado en el Congreso para conseguir los votos necesarios, sostuvo: “Nuestra seguridad nacional ahora será determinada por nuestra capacidad de derribar barreras comerciales extranjeras”. Una buena síntesis de la visión globalization friendly que primaba en los años de la posguerra fría.

    Para México, la experiencia produjo, tres décadas después, una dependencia estructural que ningún canciller mexicano puede ignorar. El 80% de las exportaciones mexicanas van al mercado estadounidense. Más que un dato de comercio exterior, esa cifra marca el límite real de la autonomía azteca en el ámbito internacional. En buena medida, explica por qué México militarizó su frontera sur cuando Washington lo exigió, aunque eso implicara contener migrantes centroamericanos con los mismos métodos que denuncia en su propia frontera norte. Explica también por qué los presidentes del partido político MORENA —Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum— proclaman una política exterior más independiente, pero negocian con más cuidado que confrontación. Y explica también algo que transformó la geografía política de América Latina: al entrar definitivamente en la órbita de influencia estadounidense, México fue perdiendo su rol histórico de contrapeso regional y resistencia latinoamericanista.

    Argentina perdió un aliado tradicional en sus disputas con Washington y en la moderación de la influencia brasileña en Sudamérica. Brasil, en consecuencia, respondió profundizando su proyecto de integración sudamericana, mediante el Mercosur y luego, con la Unasur. La premisa era que si México ya era parte indefectible de América del Norte, Sudamérica tenía que construir su propio bloque.

    Trump llegó a la presidencia denunciando el mismo acuerdo que Clinton había celebrado. En su primer mandato, forzó a una renegociación del NAFTA, que pasaría a ser rebautizado como T-MEC. En su segunda presidencia volvería a la carga y denunciaría que México y Canadá “se han aprovechado de Estados Unidos por 40 años. (…) No pueden llegar aquí y robarse nuestro dinero, robarse nuestros empleos, tomar nuestras fábricas y tomar nuestros negocios y esperar que no sean castigados”. Los aranceles del 25% fueron su respuesta. En retrospectiva, la candidatura tripartita para organizar la Copa del Mundo terminó siendo el último acto de fe en un proyecto que está siendo dinamitado por su arquitecto.

    El conflicto entre Estados Unidos y Canadá es aún más sorprendente, tanto por la intensidad del vínculo como por los elementos culturales en común. Además, la integración tiene una expresión deportiva perfecta: la Major League Soccer, que desde su fundación incluyó franquicias canadienses y estadounidenses compitiendo en la misma liga. Toronto FC, Vancouver Whitecaps y CF Montreal juegan contra New York City FC y LA Galaxy con la misma naturalidad con que comparten mercado y cultura popular. Un buen ejemplo de que “el fútbol une”. Todo eso cambió con una velocidad que desconcertó a los propios canadienses.

    Los aranceles comerciales y la amenaza de convertir a Canadá en el “Estado 51” por parte de Trump fueron replicados con la aparición de etiquetas “Hecho en Canadá” como señal de identidad política y el abucheo del himno estadounidense en partidos de hockey de la NHL (otra liga en la que participan equipos de ambos países). Una encuesta de 2025 reveló que el porcentaje de canadienses que consideran a Estados Unidos una amenaza principal para su país se había triplicado desde 2019. El antiamericanismo que hoy prima en Canadá no tiene precedentes en la memoria de nadie que viva en ese país.

    Cuando se aprobó la candidatura en 2018, pocos pensaron que el Mundial que iba a actuar como símbolo de la integración en América del Norte se terminaría jugando en el momento de mayor tensión histórica entre sus co-anfitriones.

    El Leviatán del fútbol

    La FIFA tiene 211 miembros. La ONU tiene 193. La casa madre del fútbol reconoce selecciones que existen en el mundo del fútbol antes de existir en el mundo de los tratados. Sumado a ello, la FIFA tiene su propio poder legislativo, ejecutivo y judicial, su propio código de ética y tributación reducida bajo el código civil suizo. No tiene ejército, pero sí el control monopólico sobre un bien simbólico que ningún Estado puede producir por sí solo. No hay fútbol internacional fuera de la FIFA. Y eso la vuelve un actor privado transnacional con enorme poder sobre las autoridades de sus Estados asociados. Por caso, cuando la casa madre suspende a un país, ese país desaparece del fútbol mundial con una completitud que ninguna sanción diplomática convencional puede igualar.

    El principio está escrito en los artículos 15 y 19 de sus estatutos: las federaciones nacionales deben garantizar su “independencia y prevención de injerencias políticas” y actuar “sin la injerencia de terceros”. El incumplimiento puede derivar en desafiliación definitiva. Volviendo al mantra del Mundial, para la FIFA, la política no puede romper lo que ha sido unido por el fútbol.

    Nigeria fue suspendida en 2010 porque el presidente del país sancionó al entrenador de la selección y en 2014 por un proceso judicial que limitó las capacidades de su federación. Sri Lanka fue suspendida en enero de 2023 por interferencia gubernamental en las elecciones de su comité ejecutivo. Zimbabue y Kenia fueron sancionadas simultáneamente en febrero de 2022 porque sus ministerios de deportes disolvieron las asociaciones nacionales. Cuando el gobierno de Javier Milei intentó imponer las Sociedades Anónimas Deportivas en el fútbol argentino, la FIFA le recordó que cualquier modificación estatutaria impuesta por el Estado podría derivar en la desafiliación inmediata. El gobierno retrocedió. El mecanismo funciona porque la amenaza es creíble.

    Pero en la orbe del fútbol las calles son de doble mano. Por un lado, la FIFA les prohíbe a los gobiernos intervenir en el fútbol y, por otro, les exige condiciones que ningún Estado soberano aceptaría de otro Estado. Exenciones fiscales, cesión de jurisdicción a tribunales internacionales o modificación de normativas laborales son algunas de ellas. México firmó garantías de 93 páginas, en inglés, que conceden amplias exenciones fiscales a la FIFA y entidades vinculadas al Mundial 2026. Fue el único de los tres co-anfitriones que entregó exención fiscal total. Canadá negoció y Estados Unidos impuso sus condiciones. Aunque los tres aparecen en los afiches, publicidades y álbumes del Mundial, el precio que pagó cada uno fue distinto. Esto también se tradujo en los partidos que alberga cada país: mientras que en Estados Unidos se disputarán 78 encuentros (incluyendo los de eliminación directa y la gran final), México y Canadá organizarán 13 partidos cada uno.

    El fútbol también refleja las asimetrías del poder global.

    La secuencia de los Mundiales de Sudáfrica en 2010, Brasil en 2014 y Rusia en 2018 es, en ese sentido, elocuente. Tres países del grupo BRICS, tres economías emergentes que en la primera década del siglo XXI se volvieron emblemáticas de las transformaciones del orden internacional. Durante aquellos años, la Copa del Mundo se había vuelto el espejo de un mundo cada vez más multipolar.

    Hay quienes sostienen que la irrupción de Trump es, en gran medida, una respuesta al ascenso de China y la pérdida de poder de Estados Unidos. En este marco, las guerras comerciales y el creciente uso del poder militar son indicadores de una potencia que busca retrasar (o revertir) su declive y su merma de competitividad en la economía global.

    Que la Copa del Mundo vuelva a ser organizada por Estados Unidos puede ser leída en un doble sentido (geo) político: como una señal de la primacía global que pretende recuperar Estados Unidos; y también una señal sobre cómo funciona la FIFA en el sistema internacional. A diferencia de lo que ocurre con organismos como la ONU, donde el poder de los Estados se traduce directamente en capacidad de veto y de bloqueo, la FIFA opera, en teoría, de otra manera: permite a todos (grandes y pequeños, poderosos y débiles) sentarse a la misma mesa, con el mismo poder de voto, aunque en la práctica, grandes y pequeños, poderosos y débiles no son iguales. México firmó un contrato con condiciones que Estados Unidos nunca habría aceptado. De igual forma, que el FBI haya liderado la investigación que destapó el megaescándalo de corrupción conocido como FIFAgate en 2015 constituye un antecedente difícil de ignorar al analizar la posterior designación de Estados Unidos como sede principal del Mundial 2026 y la disparidad (organizativa y contractual) respecto de México y Canadá.

    El Mundial más geopolítico de la historia

    El 11 de junio de 2026, en el estadio Azteca de Ciudad de México, se jugará el partido inaugural. Es el único estadio del mundo donde se han disputado dos finales mundialistas. Es también el estadio donde Diego Maradona hizo el gol de todos los tiempos, cuatro años después de la Guerra de Malvinas, en el partido que todo el mundo recuerda como una revancha que el fútbol procesó de una manera que la diplomacia no podía. El Azteca sabe de fútbol y política.

    Afuera del estadio habrá hinchas de todo el mundo. Iraníes que no pudieron entrar a territorio estadounidense. Canadienses que llegaron al país que intenta anexarlos. También algunos otros deportados por el ICE. Lo que esos hinchas van a compartir, sin saberlo del todo, es el producto final de un sistema en el que los Estados ceden soberanía a un organismo privado para obtener el derecho de existir en el imaginario global, en el que ese organismo proclama su neutralidad como herramienta de poder y en el que las jerarquías que el fútbol promete suspender reaparecen a la hora de organizar cada Mundial.Kapuscinski llegó a Tegucigalpa horas antes de que empezara la guerra y escribió sobre lo que el fútbol puede desatar cuando las tensiones ya no tienen otra salida. En 2026, el espacio es más grande, las cámaras son más numerosas y los intereses en juego son incomparablemente mayores. Lo que el Mundial va a encontrar cuando abra sus puertas en el Azteca es un mundo que no está esperando que el fútbol lo una. Está esperando, con distintos grados de esperanza y escepticismo, que lo que pase afuera de la cancha no dependa de hacia dónde salga la redonda.

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  • CERTIFICADO ÚNICO HABILITANTE PARA CIRCULACIÓN

    Ya esta on-line el formulario para tramitar el Certificado Único Habilitante para Circulación (CUHC) – Covid-19. El mismo habilita a transitar por todo el país a aquellas personas que estén exceptuadas del artículo 6 del Decreto Presidencial 297/20, en el marco de la cuarentena obligatoria por la pandemia de coronavirus. HACÉ CLICK EN ESTE LINK…

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  • Sufrimiento y éxtasis ricotero

     

    Publicado el 16 de septiembre de 2013

    Mauro, 37 años, ricotero, entra en el autódromo de San Martín minutos antes de que el Indio salga a escena y se arrodilla. Besa el barro y apoya la cabeza en la bandera enrollada. El amigo se para y abre las manos mirando al cielo, como si la lluvia que no cae desde hace seis meses en Mendoza, fuera una bendición y no lo único que le falta a su viaje.

    —Llegué. Acá estoy pelado. ¡Acá estoy!- dice, uniformado con pañuelo árabe, sweater, jean topper blancas, una bandera que dice Misiones y la cara del indio, la frase: “tu esqueleto me trajo hasta aquí”.
    Salió hace 43 horas desde Misiones en un micro que se rompió dos veces en el camino. La última fue definitiva, a 20 kilómetros de llegar. Se bajó con el bolso y empezó a hacer dedo con sus tres amigos. Se dividieron en dos para poder llegar y todavía no pudieron reencontrarse. Tampoco saben cómo ni cuándo van a volver.

    ***

    Un día antes, al anochecer, la Ruta 7 empieza a cargarse. Los camiones entorpecen la hilera de autos y micros que marchan desde Buenos Aires hacia Mendoza: uno de cada cinco, uno de cada cuatro, uno de cada tres, dos seguidos; todos, llevan la insignia. En esta religión hay, como en casi todas, un solo Dios; pero las maneras de adorarlo y simbolizarlo, incluso de nombrarlo, son de libre albedrío: Indio o Patricio Rey, la reproducción del arte de Rocambole en cualquier disco, todas las frases que se hayan escrito en los treinta años de esta banda que hace una década se redujo a su líder.

    “Vamos a misa”, dice el ploteado en el parabrisas y en el capot de un Peugeot 307; “El que abandona no tiene premio”; “El lujo es vulgaridad”; “Vivir sólo cuesta vida”; “Tu esqueleto me trajo hasta aquí”; “Este infierno es encantador”; “Nadie es capaz de matarte en mi alma”; “Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”.

    No llevar bandera es traicionar el rito, como el católico que no se hace la señal de la cruz al pasar por una Iglesia. Que todos sepan que se es parte, es casi una condición.

    Belén y Kevin, de 26 y 38 años, entran en la estación de servicio de Rufino a los gritos y cantando. Se olvidaron la bandera en La Plata y no se bancan los 700 kilómetros que quedan con el auto despojado de identidad.

    —¿Tenés cinta aisladora? —le piden a la vendedora.

    —Sí.

    —¿De qué color?

    —Negro.

    —¡Esaaa! —grita Belén. A las 11 de la noche y con dos grados se ponen a “plotear” el Clio en el estacionamiento. Andrés, el más joven de los ocho que viajan juntos en dos autos, corta la cinta y Kevin la pega con una cuidada desprolijidad: se toma el tiempo para que las curvas sean curvas y que la distancia entre las letras sea más o menos pareja. El resto le festeja cada cinta que pega. Cuando termina, todos toman distancia para mirar cómo se ve desde lejos: INDIO.

    Ahora sí. Se sacan la foto y arrancan.

    Las banderas van enganchadas en el baúl y cubren toda la parte trasera de los autos. La fiesta ya empezó. Esta vez hace demasiado frío; si se pudieran abrir las ventanillas, se escucharían las voces entonando y desafinando un tema atrás del otro a todo volumen. Como ahora en la estación de servicio del kilómetro 350: un Fiat Palio musicaliza con Gulp y afuera los viajeros comparten una cerveza. Cada auto que llega se suma al ritual: el saludo, casi como un código, es cantar un poco de la canción que suena y mover la cabeza como afirmando lo que los une. Así, siempre el mismo gesto, tan emocionante como estúpidamente igual, se repite en cada parada; sean 450 kilómetros como en último recital, en diciembre de 2011 en Tandil, sean los mil que hay que hacer esta vez para llegar a Mendoza. En cada parada, una y otra vez.

    ***

    Elba no lo puede creer.

    —Imagínese que acá no tenemos ningún turismo. Es la que gente que anda de paso nomás o los viajantes. Pero ayer… Ayer eran micros, micros y micros —dice mientras sirve el desayuno en el Parque Hotel Laboulaye, un alojamiento rutero en el kilómetros 490 de la 7.

    Se calcula que entre el jueves y el viernes pasaron por ahí unas 50 mil personas. Novecientos o mil micros y cinco mil autos.

    —Esto yo no lo vi nunca, jamás, ni con el fútbol ni con nada —confirma el mito la señora— Cuando me dijeron que estemos preparados, yo no lo creía. ¿Quién es este indio que la gente hace tanto viaje para verlo? Ni que fuera la Virgen de San Nicolás. Después me dijeron que son los Redonditos de ricota. A esos sí los escuche, pero ¿tan famosos son? —pregunta con el sentido común del que mira desde afuera. Los que están adentro parecen haberlo perdido.

    —Gente grande, familias con chicos… Algo deben tener. La gente no es tonta.

    Cada ricotero tiene su ritual de entrada: besar el piso, alzar las manos y agradecerle a alguien -o algo- más allá de lo terrenal; correr como si hubiera por delante una línea de llegada; gritar, saltar, rodar. Llegar es también cumplir una promesa. 

    Como si se tratara de alcanzar la cima del Aconcagua, cruzar a nado el Río de la Plata o caminar hasta Luján. El momento se saborea como un logro personal, casi un sacrificio.

    Como si haber pagado una entrada de 300 pesos no alcanzara para tener derecho a ver el show. Algo de la operación básica del capitalismo se pierde en el transe. O se borra, porque sólo así puede haber mística. Y eso es lo que ellos necesitan. Nada más puede justificar el esfuerzo.

    Despojado de eso, el fenómeno se vuelve absurdo. Sus 120 mil protagonistas, simples víctimas de la industria del entretenimiento. 

    IndioSolari_Garcia_02_CAJA

    La furia empieza con el anuncio. Un día, casi sin rumores previos, ocurre la aparición: Carlos Solari sale de la caja de cristal que se construyó para sobrellevar una popularidad que dice que no le gusta, que dice no quiere ni buscó; que dice ni siquiera entiende.

    —14 de septiembre. Mendoza.

    Con ese mensaje anónimo y sin sujeto alcanza. Como un virus que inocula hasta el último ricotero del país, la noticia entra en el cuerpo, la maquinaria se pone en marcha. Todos los recursos -propios, prestados o robados-, se ponen a disposición de una logística que empieza en ese instante y continúa los dos o tres meses que faltan para la peregrinación.

    Para muchos será corta: un avión y un lindo hotel que se paga con tarjeta de crédito. Para otros, empieza por ver cómo juntar los 300 pesos que esta vez cuesta la entrada.

    Él, Carlos Alberto Indio Solari, llegó en un chárter privado desde San Fernando. Sus músicos, en aviones de línea. Hace tiempo que el líder de la multitud dejó de tocar por el mango: se calcula que con este show embolsó unos 15 millones de pesos. Lo suficiente para recluirse otros dos años; lo suficiente para no trabajar nunca más, si quiere.

    ¿Cómo será la cabeza y el ego de un tipo que sabe que genera esto? No hay fanatismo que pueda obnubilar tanto como para no preguntarse esto cuando en el kilómetro 850, a 140 del destino y a 16 horas de haber salido, el tránsito se frena de manera imprevista: son diez kilómetros de cola, una hora después serán 20, dos más tarde ya llega a 30. Cuatro horas para avanzar 10 mil metros. Los más impacientes van por la banquina; al rato, de la banquina ya pasan a la tierra lindante a los alambrados o, directamente, al otro lado de la autovía para acelerar en contramano.

    —Imaginate al Indio en la suite del 5 estrellas viendo esto por la tele. No hay manera de no sentirte poderoso —dice uno de los fanáticos en el auto.

    La gente se baja, prepara un fernet al costado de la ruta o en el baúl, camina por el medio de los autos o charlando con el que maneja; avanzan a un promedio de 2,5 kilómetros por hora, envueltos en banderas; hablan de lo que se viene a la noche, de que hay que abrigarse, comprar Fernet, ubicarse bien para Jijiji.

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    Una botella de gaseosa cortada y doblada hacia afuera para no lastimarse. Una parte de Fernet y dos de Coca Cola. Laura y Marcela preparan el trago para el grupo en una barra improvisada en el baúl de un cero kilómetro, varias horas antes del recital. En la división de roles de esta noche, a ellas les toca armar el porro.

    Fernet, Coca Cola, marihuana y cerveza; la mezcla acompaña las horas de espera. Una semana antes del recital, en los alrededores del autódromo ya había cinco carpas; tres días antes, cincuenta; el viernes más de cien.

    El día del show, a partir del mediodía, llega la multitud. Y los alrededores del autódromo colapsan. Hay autos, traffics y micros seis kilómetros a la redonda. Desde esa distancia parte la peregrinación caminada.

    —Voy a verlo por primera vez. No lo puedo creer —dice Ignacio, un uruguayo de 25 años que llegó desde Montevideo con cinco amigos en uno de los treinta micros que partieron el viernes.

    —Vengo de San Antonio de Padua. A todos lados desde hace 20 años —dice Carlos. Una hora antes de que empiece el recital vendió las últimas dos petacas de vodka a 20 pesos. Las otras 98 a 25. En tres horas y media recaudó dos mil pesos limpios.

    —Me pagué el viaje. Negocio redondo.

    Como él, son muchos los que se financian el viaje con puestos improvisados de alcohol o comida, venta de pósters y remeras.

    El autódromo de la ciudad San Martín es un continuo de cabezas y capuchas, de banderas y brazos alzados; desde el centro de la multitud no se ve el horizonte: sigue y sigue. La sensación de eternidad se vuelve miedo cuando en el segundo tema todo ese centro empieza a bambolearse como si lo estuvieran revolviendo. Empujan para un lado y para el otro, no se puede salir, hay que ir en puntas de pie porque si uno se cae, todos caerán encima, empiezan los gritos y aparece el pánico. El Indio sigue cantando. Desde dónde él está, desde arriba, lo que se ve es otra cosa: 120 mil personas coreando su nombre, cantando que se vaya a tocar a la luna y que la luna van a copar.

    —Esto es una ciudad. ¿Se dan cuenta? Somos una ciudad —dice. Decir que tiene una ciudad a sus pies sería demasiado.

    Y sigue:

    —Me dicen que este es el show con entrada paga más multitudinario que se haya hecho. Yo se los agradezco. No me voy a cansar de agredecérselos.

    Al mensaje demagógico, la respuesta es crítica.

    —¿Cómo no lo vas a agradecer? Si te hacemos millonario. Dale, cantá loco, cantá —dice alguien.

    Suena el primer acorde del próximo tema y ya nada se cuestiona: cada letra es coreada como el padre nuestro. Se la cantan a él, a alguien que no está, a la cara unos a otros, amigos o desconocidos.

    Es como en el carnaval: la riqueza y la pobreza, el origen de cada uno, se olvidan en la fiesta. La multitud es homogénea cuando se hace masa, como un rebaño de ovejas obedientes. Al menos no en lo que dura este rito no hay robos ni descontrol; ni una sola pelea.

    —Acá todos queremos vivir la fiesta. No hay intereses ni egoísmo. Yo le convido porro a uno que tiene una 4×4 y él me da birra. Estamos todos para lo mismo —dice Paco. Llegó en un Renault 9 desde Wilde con cuatro amigos más. Un poco de ropa, unas frazadas para dormir en el auto, cuatro botellas de Fernet, tres vinos, 5 cervezas y una heladerita con hielo. Pero calcularon mal: a las seis de la tarde ya no tenían más alcohol.

    Sufriendo el mismo frío, vibran las mismas letras, acusadas de ser las más crípticas del rock nacional y que, sin embargo, crean eslóganes e identificación como pocas otras.

    La fe no desconoce el sacrificio.

    —Indio, ¡la concha de tu madre! ¿Te resbalás? ¿Te duele la garganta? Vení acá hijo de puta —grita uno cuando a cinco temas de empezar el show, la llovizna se hace lluvia y cae a dos grados bajo cero sobre cuerpos transpirados, aplastados, mal dormidos, colmados de alcohol.

    IndioSolari_Garcia_04_CAJA

    —Hoy más que nunca prepárense para hacer el pogo más grande del mundo —dice Solari justo a la medianoche, después de dos horas de show en las que hubo tantos clásicos de los Redondos como de su etapa solista.

    Las luces se apagan y empieza a sonar Jijiji. Como la asunción del Indio Solari a la categoría de líder, que esta canción y no otra sea el himno de cierre, no admite explicaciones. Desde los primeros shows de los Redondos fue así. Y nadie quiere que cambie. El ritual repetido, una y otra vez, es lo que moviliza. Es lo que se va a buscar, lo que se disfruta.

    Al borde de la hipotermia, todos saltan en una euforia irrepetible. Los gritos, ya afónicos, son los más fuertes de la noche. Se arman rondas por todo el autódromo y los cuerpos se cruzan, chocan, giran, van y vienen; las banderas se agitan. La sensación de que se termina es más excitante todavía. “Estos chicos son como bombas pequeñitas”, dice la canción, y la metáfora se vuelve literal en este instante, pequeñas explosiones individuales que hacen estallar el estadio. La fiesta ser repite de una punta a la otra, replicada en 120 mil. Hasta que la luz se apaga y sólo queda el silencio. Por unos segundos todos siguen mirando el escenario.

    Lo que quedaba de energía se acaba de ir. Real o no, el legendario temblor que los ricoteros afirman se siente. No sólo es mito, también es realidad. 

    La entrada Sufrimiento y éxtasis ricotero se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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