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Se remodelará el CDI de barrio El Sauce

Con el objetivo de brindar un espacio de atención integral, contención y estimulación acorde a las necesidades de los niños que asisten al lugar, el Centro de Desarrollo Infantil (CDI) de barrio El Sauce se remodelará prácticamente en su totalidad. Esto será posible a partir de las gestiones realizadas por la Municipalidad de Villa Regina que permitió hace un tiempo la firma del convenio en el marco del Plan Nacional de Primera Infancia del Ministerio de Desarrollo Social de Nación.

El miércoles, el Intendente Marcelo Orazi, acompañado de la Secretaria de Desarrollo Social Luisa Ibarra y la Directora de Promoción Social Adriana Torres, participó de una reunión virtual con el Subsecretario de Primera Infancia del gobierno nacional Nicolás Falcone, la titular de la Secretaría la Niñez, Adolescencia y Familia provincial Roxana Méndez y parte del equipo técnico.

En la oportunidad, se le transmitió al Intendente la confirmación de la aprobación de Nación del expediente para la remodelación del CDI de barrio El Sauce, cuyo edificio presenta un importante deterioro. Además, el Plan mencionado incluye la refacción de los otros dos CDI ubicados en los barrios 25 de Mayo y Matadero, y la construcción de uno nuevo.

Orazi expresó a las autoridades nacionales su agradecimiento por “la mirada federal del gobierno” y a las referentes provinciales por el acompañamiento en las gestiones.

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    El trasfondo de las tensiones tiene que ver con la pelea por el control del negocio en Argentina, donde se baten todos los récords de público. Por caso, a las semifinales de edición del Premier de Buenos Aires asistieron casi 17.000 personas.

    Por un lado está Santiago Brito, uno de los seis hijos de Jorge Brito, el banquero fallecido en 2020 cuando su helicóptero se estrelló en Salta. Santiago es el presidente de la Asociación de Padel Argentino (APA), una entidad creada por su padre, y mantiene una sociedad fuerte con históricos de ese deporte en el país como Alejandro Lasaigues y Facundo Mazzuchi.

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    Quien busca remover a Brito de la APA es Lisandro Borges, un amigo muy cercado de Mauricio Macri. Borges es empresario y dueño del World Padel Center de Nordelta, uno de los clubes más lujosos. Supo tener la representación de los torneos internacionales hasta que Brito se los arrebató. Ahí empezó la guerra.

    Ambos arrastran además un pelea familiar, toda vez que Borges estuvo casado con Milagros Brito, hermana de Santiago, y una reconocida empresaria del mundo del real estate. Milagros fue además, la primera esposa de Roberto García Moritán, el ahora ex novio de Pampita.

    Borges y Macri son muy cercanos. El 24 de junio de 2023, cuando el PRO definía una durísima interna entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta, Mauricio se mostraba distante a esa rosca y se pasó el día jugando al padel en las canchas de Borges. El propio empresario publicaría las fotos de ese día en sus redes en la que aparece además Jonathan Kovalivker, dueño de la droguería Suizo Argentina, quien quedó vinculado a presuntas coimas en la provisión de medicamentos con la Agencia Nacional de Discapacidad.

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    La amistad entre el ex presidente y Borges es fuerte. Superó incluso el escándalo Scholas Ocurrentes en 2016, un episodio que generó tensión entre Macri y el Papa. El empresario del padel estuvo vinculado a esas maniobras que enfurecieron a Jorge Bergoglio.

    Uno de los trasfondos de la pelea entre Borges y Brito tiene que ver con la representación de jugadores y las chances de éstos de estar en el mundial de padel, una selección que define la APA controlada por Santiago.

    Santiago Brito, Victoria Villarruel y Guillermo Montenegro.

    Borges es dueño de The Player Padel Agency, una agencia que representa a jugadores importantes como Leo Augsburger, actual número 8 del mundo y una de las promesas del padel mundial. Borges sabe que sus representados pueden ser boicoteados por Brito para conformar la selección argentina.

    Una prueba de que la tensión entre Brito y Borges se está saliendo de control es el incidente ocurrido días atrás en el Premier de Buenos Aires cuando cuatro personas trompearon a Facundo Guzzetti, socio de Borges en The Player Padel Agency.

    Facundo Guzzetti (a la izquierda) con Lisandro Borges y jugadores de The Player Padel Agency en Paris.

    El episodio ocurrió en una zona pública, cerca de la carpa VIP. Guzzetti denunció que cuatro personas lo agarraron, le pegaron y lo sacaron del predio a la fuerza.

    «Yo trabajo en la industria, trabajo con los jugadores y quise ir porque había un partido en el que jugaban tres representados por la agencia», relató Guzzetti en sus redes. «Estaba hablando con un periodista cuando siento una mano por atrás que me ahorca. Pensé que era una joda, pero enseguida me agarran las dos manos y mientras me pegaban me sacan del predio», contó. Según denunció, uno de los agresores es profesor de boxeo de Brito y su guardaespalda personal.

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    De la “hojarasca” a las patentes: las leyes estratégicas que Milei quiere borrar detrás del ajuste silencioso

     

    Mientras el Gobierno vende la derogación de normas “ridículas” como parte de una limpieza burocrática, en el paquete aprobado en Diputados aparecen leyes vinculadas a soberanía tecnológica, producción pública de medicamentos y control estatal sobre contratos con multinacionales. Detrás de la motosierra administrativa emerge otro objetivo: desmontar herramientas históricas de regulación sobre sectores estratégicos.

    Por Celina Fraticiangi para NLI

    Federico Sturzenegger eligió una puesta en escena eficaz. Habló de leyes sobre palomas mensajeras, registros absurdos, microfilmaciones olvidadas y regulaciones de otra época para justificar la llamada “Ley Hojarasca”. El relato oficial funciona porque mezcla normas efectivamente obsoletas con otras que, lejos de ser decorativas, todavía expresan una determinada idea de soberanía económica y tecnológica.

    Entre esas normas aparece una de las menos discutidas públicamente pero más sensibles del paquete: la Ley 22.426 de Transferencia de Tecnología, sancionada en 1981 y orientada a regular contratos entre empresas locales y compañías extranjeras vinculados a patentes, marcas, licencias industriales, asistencia técnica y know how. La norma obligaba a registrar esos acuerdos y permitía al Estado intervenir frente a cláusulas consideradas abusivas o perjudiciales para el interés nacional. En otras palabras, el Estado conservaba capacidad de supervisión sobre relaciones comerciales donde históricamente existieron enormes asimetrías entre corporaciones multinacionales y empresas argentinas.

    La derogación podría pasar inadvertida si no fuera porque uno de los sectores más atravesados por contratos de transferencia tecnológica es justamente el farmacéutico. Patentes, fórmulas, licencias, propiedad intelectual y derechos de fabricación forman parte del corazón económico de los grandes laboratorios internacionales. Y ahí es donde el proyecto libertario empieza a mostrar una coherencia política mucho más profunda que la simple eliminación de “normas viejas”.

    El Gobierno no sólo impulsa la caída de la Ley 22.426. También busca derogar la Ley 26.688, que declara de interés nacional la investigación y producción pública de medicamentos y respalda jurídicamente a laboratorios estatales nacionales y provinciales. La combinación resulta difícil de leer como una casualidad: menos capacidad estatal para controlar contratos tecnológicos, menor respaldo político a la producción pública y una apertura cada vez más amplia a corporaciones extranjeras en sectores estratégicos.

    La cuestión farmacéutica ocupa desde hace décadas un lugar central en la política exterior de Estados Unidos. Washington históricamente impulsó esquemas de protección de propiedad intelectual favorables a grandes laboratorios multinacionales, especialmente en debates sobre patentes, genéricos y regulación sanitaria. En Argentina, esas tensiones reaparecieron una y otra vez alrededor del acceso a medicamentos, la fabricación estatal y la capacidad del país para desarrollar tecnología propia sin depender completamente de compañías extranjeras.

    En ese contexto, las derogaciones promovidas por Milei adquieren otra dimensión. Ya no se trata solamente de “desregular”. Lo que emerge es un cambio de paradigma: pasar de un modelo donde el Estado retenía herramientas de control sobre sectores estratégicos a otro donde esas relaciones quedan prácticamente libradas al mercado y a la capacidad de negociación de grandes actores privados.

    La narrativa de la “hojarasca” cumple entonces una función política precisa. Mientras la discusión pública gira alrededor de leyes extravagantes y normas olvidadas, avanzan modificaciones sobre estructuras sensibles vinculadas a medios de comunicación, soberanía tecnológica, patrimonio cultural y producción sanitaria. El paquete aparece diseñado para licuar el debate político detrás de una estética antipolítica basada en la idea de “limpiar privilegios” y eliminar regulaciones absurdas.

    La Ley 22.426 nació en un período marcado por discusiones sobre dependencia tecnológica y fuga de divisas. En aquellos años, buena parte de América Latina debatía cómo impedir contratos abusivos donde empresas extranjeras imponían regalías excesivas, restricciones productivas o mecanismos de subordinación económica a compañías locales. Con el tiempo, varias de esas herramientas fueron perdiendo peso práctico por reformas posteriores, pero su existencia seguía representando una concepción política concreta: entender la tecnología y el conocimiento como áreas estratégicas y no simplemente como mercancías sujetas al poder del mercado.

    Ahí aparece el verdadero núcleo ideológico del proyecto libertario. Muchas de las normas incluidas en la “Ley Hojarasca” no son derogadas porque hayan quedado inútiles, sino porque expresan principios incompatibles con la lógica política de Milei: intervención estatal, regulación económica, protección de sectores estratégicos y defensa de herramientas de soberanía nacional.

    Por eso, detrás de la supuesta limpieza administrativa, empieza a asomar algo bastante más profundo que una depuración burocrática. Empieza a discutirse qué margen de autonomía conserva un país cuando renuncia voluntariamente a regular áreas donde se juegan salud, tecnología, comunicación y poder económico.

     

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