Con vistas al inicio del torneo de la Liga Municipal de Fútbol Infantil (LIMUFI) previsto para abril, la Municipalidad de Villa Regina lleva adelante tareas para acondicionar el predio del Club Banco Nación.
En ese sentido, días atrás se rubricó el convenio entre el Municipio y la institución que permitirá que el torneo se dispute en ese lugar.
Por ello desde la Dirección de Deportes trabaja en la parte organizativa de la competencia además de las mejoras que se realizan en el predio.
Nuevamente el piloto de Motocross reginense Pablo Galletta hizo podio al final de una competencia. En esta ocasión en la 24° Edición del Campeonato Nocturno de Verano SX 2020 en el Motocross Club Neuquén que constó de 3 jornadas: 17 y 7 de enero, y 21 del corriente mes. El Coliseo neuquino hace más de…
En el día de la fecha el Concejo Deliberante en sesión online aprobó una moción presentada para la concejal Agustina Fernandez (JSRN) para que la ordenanza sobre semáforos sonoros sea votada si o si la semana que viene. Como el reglamento interno dispone, más allá del trato que le dé la comisión de planificación, comisión…
Los jueces Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti dejaron firme este jueves el cálculo de $685.000 millones para la ejecución del decomiso de los bienes de Cristina Kirchner, Lázaro Báez y otros condenados en la causa Vialidad.
El proceso incluye más de 100 inmuebles sujetos a embargo y subasta. Aunque todavía no se precisaron con exactitud cuáles serían esas propiedades, se calcula que alrededor de 20 pertenecerían a Máximo y Florencia Kirchner, incluyendo el Hotel Los Sauces.
Sin embargo, dirigentes del kirchnerismo cuestionaron el fallo de la Corte Suprema. «Es una vergüenza: por un lado la Justicia la sobreseyó en dos instancias por enriquecimiento por el tema de la DDJJ y, por otro, la misma Justicia la decomisa», dijo una legisladora cercana a Cristina.
En ese sentido, desde el entorno de la ex presidenta explicaron a LPO que «el decomiso debe probar que la cosa es producto del delito pero acá no hay prueba y además fue sobreseída por el tema bienes». En el kirchnerismo hablan de una «venganza» de la Corte a la que buscaron hacerle juicio político durante el gobierno de Alberto Fernández.
Fuentes judiciales dijeron a LPO que tanto Cristina como su hijo, el diputado Máximo Kirchner, intentaron sin éxito que la Corte Suprema no rechazara el recurso presentado por los abogados Carlos Beraldi y Ari Llernovoy, basándose en el artículo 280 del Código Procesal, la misma jugada a la que apelaron los supremos cuando dejaron firme su condena a prisión.
Allegados a la ex presidenta dijeron a LPO que «en la primera causa donde se analizó el patrimonio de Néstor Kirchner y Cristina Kirchner se investigaron las declaraciones juradas del matrimonio entre 1994 y 2003 pero el juez federal Julián Ercolini sobreseyó al entonces presidente y a su esposa y el fiscal Eduardo Taiano no apeló la sentencia».
«La segunda oportunidad estuvo a cargo del juez federal Rodolfo Canicoba Corral, la denuncia la realizó el presidente de la Asociación Anticorrupción, Ricardo Monner Sans, a raíz de investigaciones periodísticas que señalaban irregularidades en las declaraciones juradas de los Kirchner entre 2005 y 2007 pero, en 2008, el magistrado desestimó la denuncia por inexistencia de delito», agregaron.
Rosenkrantz, Rosatti y Lorenzetti.
Luego de eso, el fiscal Manuel Garrido apeló la resolución de Canicoba Corral por considerarlo un acto «infundado y prematuro» y porque halló «inconsistencias e incongruencias» en las presentaciones. «La Cámara declaró mal concedido el recurso de apelación, la causa dejó de mostrar avances y casi cuatro años más tarde, después de la muerte del ex presidente Kirchner, Canicoba Corral sobreseyó a Cristina, que ya había iniciado su segundo mandato», recordaron.
El Tribunal Oral Federal (TOF) N° 2, presidido por Rodrigo Giménez Uriburu, había estipulado el decomiso por perjuicio al Estado en $84.835 millones pero habilitó la posibilidad de que el monto fuese ajustado cuando la sentencia quedara firme.
Para calcular la suma de dinero, intervinieron peritos de la Corte, las defensas y el Ministerio Público. La cifra final es resultado de la actualización por el IPC del Indec, entre noviembre de 2022 y mayo de 2025. Los abogados de Cristina trataron de desactivar esta resolución y rechazaron esa metodología pero no pudieron torcer la voluntad de la Corte.
El decomiso incluye más de 100 inmuebles sujetos a embargo y subasta. Se calcula que alrededor de 20 pertenecerían a Máximo y Florencia Kirchner, incluyendo el Hotel Los Sauces.
El fallo fue suscripto por los tres magistrados pero Rosatti y Rosenkrantz hicieron suyos los argumentos del voto de Lorenzetti. «El recurso extraordinario, cuya denegación originó esta queja, es inadmisible (art. 280 del Código Procesal Civil y Comercial de la Nación)», dice en los considerandos del pronunciamiento, y agrega: «se desestima la presentación directa».
El rafaelino incluyó en su voto una cita a una resolución tomada por él mismo, Rosatti y los ex jueces Juan Carlos Maqueda y Elena Highton de Nolasco, en un fallo anterior. «Cabe poner de relieve -a fin de evitar interpretaciones erróneas acerca del alcance de los fallos de la Corte Suprema- que la desestimación de un recurso extraordinario mediante la aplicación de dicha norma no importa confirmar ni afirmar la justicia o el acierto de la decisión recurrida», argumentó.
Es una vergüenza: por un lado la Justicia la sobreseyó en dos instancias por enriquecimiento por el tema de las DDJJ y, por otro, la misma Justicia la decomisa.
Un camarista deslizó ante LPO que ahora se abre un período indeterminado para la concreción del decomiso de bienes, que supone el pasaje hacia «la ejecución integral» contra Cristina. La imposibilidad de fijar un plazo con precisión también se debe, según la fuente, a la intervención de la UIF en tanto la investigación buscó determinar la existencia de lavado.
Acaso por decoro, dirigentes del kirchnerismo no precisaban al cierre de esta nota cuáles eran los bienes que la Justicia le decomisaba a Cristina.
Escriben Luciano Ramirez y Emiliano Piccinini Muchas veces pensamos que rapidez significa eficacia, puede ser que lo sea en algunos casos, pero en otros no, y el riesgo cuando esto último pasa es muy alto y más si hablamos de cuestiones referidas a legislación. Trabajar bajo presión, como la pandemia mundial del Covid19 provoca, a…
A principios de 2024, un tema dominaba la agenda informativa de España. En telediarios, radio y prensa escrita, todos intentaban reconstruir lo ocurrido en el puerto de Barbate, en la provincia de Cádiz. El 9 de febrero de ese año, seis embarcaciones rápidas de mediana envergadura, de narcotraficantes o contrabandistas, se habían refugiado de un temporal entre los espigones y muelles del puerto de esa localidad. Seis agentes de la Guardia Civil, montados en una lancha Zodiac, que no es sino una lancha inflable con motor, se lanzaron a interceptar las embarcaciones. Una de ellas, una semirrígida de catorce metros de eslora, 5.000 kilos y cuatro motores de 300 caballos de fuerza cada uno, tomó distancia, aceleró y arrolló a la Zodiac de 500 kilos, seis metros de eslora y apenas un motor de 150 caballos de fuerza, como quedó registrado en varios videos. Literalmente aceleró en contra de la lanchita y le pasó encima como lo haría una camioneta a toda velocidad sobre un perro muerto. Al ver la Zodiac interponerse en el camino de la semirrígida, uno de los marinos que filmaba desde otro barco dijo con indignación: «¡Es la Guardia Civil, con esa mierda de lancha! Con esa mierda, con lo que tienen, claro».
Los agentes Miguel Ángel González, de treinta y nueve años, y David Pérez, de cuarenta y tres, murieron tras el impacto. Otro de ellos quedó en estado grave. Con el paso de las semanas, los cuatro tripulantes de la semirrígida, incluyendo al conductor, todos marroquíes, fueron detenidos o se entregaron.
Los partidos de derecha, principalmente Vox, el más radical, hicieron de aquello una fiesta de declaraciones que aún hoy no ha terminado: que si los responsables eran los políticos que dejaban entrar a cualquier indocumentado, que los españoles estaban hartos de blandenguerías con los africanos, que los marroquíes –así, en general– llevaban años matando españoles, que esto estaba fuera de control y que nadie hacía nada. Obvio, que ellos sí harían algo si se les diera el poder. Que ya era hora de que se les diera el poder.
Yo pasé por Madrid justo esos días, en una escala prolongada en mi ruta hacia un festival de literatura en Noruega. Soy un hombre de costumbres y siempre que paso por Madrid me siento a leer algún periódico en un bar de mala muerte de Tirso de Molina, cuyo nombre nunca he sabido, cerca de la bocacalle de Lavapiés, donde por la mañana los desdentados yonquis se empinan sus primeros tercios fríos del día antes de salir a rebuscarse; y los meseros, dos señores arrugados que aparentan una vejez que no tienen, no callan nunca. Es estupendo, en ese pequeño antro me informo por tres vías: leo el periódico, veo de reojo los telediarios que están casi siempre en la vieja tele de la pared y escucho los análisis de los prematuros ancianos que desde temprano sirven cervezas y cortados.
En la pantalla del bar, aquella mañana, dieron la noticia de la muerte de los dos guardias civiles en el puerto de Barbate.
Uno de los dos meseros, el que no se encarga de preparar bocatas, y por tanto está siempre en la barra, llevaba la voz cantante. En el bar, además de quienes entraban y salían, había dos comensales en una de las mesas: un hombre desdentado, que tomaba un tercio a sorbos minúsculos mientras liaba un cigarrillo con la parsimonia de quien no tiene más agenda en el día, y una mujer muy gorda con mechones morados en el pelo. Era obvio que ambos eran habituales. Llamaban al elocuente hombre tras la barra por su nombre: Ángel.
Ángel se quejaba de lo ocurrido: «¡Es que son unos brutos, unos mierdas! ¡Los guardias en esas lanchas de mierda y los putos árabes en esos yates!». Afuera, en el camellón de Tirso de Molina, decenas de africanos pasaban el rato en pequeños grupos. Muchos de ellos son clientes frecuentes de la barra de Ángel.
El desdentado y la gorda solo asentían. Ángel no habla, grita. «Es que son unos nenazas, todos estos políticos. Tú necesitas a un hombre de mano firme para poner en cintura a toda esa lacra. ¿Sabes como quién? ¡Eh, tú! ¿Sabes como quién?», espabiló Ángel al desdentado que de cuando en cuando se ensimismaba en su intento de liar el tabaco. Apenas levantó la vista y con ello Ángel se dio por aludido: «Como el Bukele ese. Ese sí tiene huevos». «¡Ese sí que tiene huevos!», complementó el otro mesero.
Y Ángel se lanzó a decir que Bukele tiene una cárcel donde está permitido matar a los «de las bandas», y que si alguien es condenado por asesinato no le dan comida si no se la llevan sus familiares, y que había acabado con «esas bandas» en solo un mes. El desdentado asentía y la gorda dormitaba.
Pedí la cuenta y con ello volví a existir en aquel bar. Ángel la puso frente a mí en un platito y aproveché a preguntar: «¿De dónde es ese Bukele?». «De por ahí, de Ecuador o algo así», respondió Ángel. «¿Y usted cómo supo de él?» «Por la tele, si está en todas partes porque nadie había hecho lo que hizo ese», respondió Ángel. Mientras salía, Ángel seguía explicando al desdentado las virtudes de Bukele, el que es de Ecuador o algo así.
Ir por el mundo siendo salvadoreño desde que Bukele es presidente es diferente. Antes, la reacción natural era una pregunta o una pregunta equivocada: «¿Y dónde queda eso?».
«De El Salvador ¿en Chile o en Brasil?» Desde que Bukele llegó al poder, la reacción suele ser:
«Claro, del país de Bukele».
Semanas después de escuchar al mesero Ángel decir que para resolver el problema de las costas españolas se necesitaba un Bukele, hice un tour por algunas ciudades de Noruega. En Fredrikstad me reuní con un grupo de adolescentes en su último año de colegio, todos estudiantes de español. En un momento, por curiosidad, pregunté quiénes podían ubicar El Salvador en el mapa. Ninguno. Pregunté si alguno de los más o menos treinta que eran había escuchado hablar de Bukele y cuatro levantaron la mano. Parece poco, pero no lo es: cuatro adolescentes en medio de la nieve noruega, embebidos en su vida de adolescentes del primer mundo, a casi diez mil kilómetros de El Salvador, no habían oído hablar de ese lugar, pero sí de ese hombre.
En España, un guardia civil me felicitó en el aeropuerto tras devolverme mi pasaporte: «Felicidades, tremendo presidente que tienen». En Colombia, todos los taxistas con los que conversé tuvieron palabras de elogio para Bukele. En Chile, igual. En Panamá y Costa Rica, si de los taxistas dependiera, Bukele los gobernaría. En Nueva Jersey una tarde me harté y pregunté al peluquero dominicano, que tenía media hora retrasando mi corte de pelo para detenerse a señalar las virtudes de la megacárcel de Bukele, si sabía qué era el régimen de excepción, y me dijo que no; si sabía que Bukele había pactado con pandillas y me dijo que eso era imposible. Y al menos logré terminar mi corte de pelo en silencio.
Es abrumador porque es ir por el mundo hablando con gente cuyo argumento para idolatrar a Bukele es que vieron un programa de televisión donde salía la megacárcel; o porque son de los dieciséis millones de personas que vieron ese remedo de entrevista que en 2021 el youtuber mexicano Luisito Comunica hizo a Bukele, que cierra con Bukele diciendo «Yo casi no doy entrevistas, pero estoy seguro de que esta entrevista se va a ver más que cualquier noticiero o periódico, así que valió la pena»; o porque vieron algún pedacito de la «entrevista» que el rapero Residente, que se cree un poco todólogo, sostuvo con él en plena pandemia, en un vivo de Instagram, y donde el cantante dejó claro que sabía casi tan poco de El Salvador como el cantinero de Tirso de Molina; o quizá porque vieron aquel discurso vacío de Bukele en 2019 ante el pleno de Naciones Unidas que resonó por todo el mundo porque a miles de medios de comunicación les pareció disruptivo que Bukele se tomara un selfi desde el estrado y augurara –atinando–que el gesto sería más viral que sus palabras.
La contraparte se conoce poco. No se hizo viral cuando Bukele impidió con soldados la entrada a su conferencia de prensa a periodistas a los que consideraba incómodos, ni cómo acusó sin pruebas a un periódico de lavado de dinero en una cadena nacional, ni cómo constantemente acusa a periodistas de ser pandilleros, ni cómo en junio de 2025 había 47 periodistas salvadoreños en el exilio, según la Asociación de Periodistas de El Salvador. Tampoco son virales las ausencias: los cuatro años sin dar ni una conferencia de prensa con preguntas en el país; los seis años –todo su tiempo como presidente– sin dar ni una sola entrevista a ningún periodista salvadoreño (periodista, dije).
Bukele, que a los dieciocho años empezó a trabajar en las agencias de publicidad de su familia, que durante más de una década hicieron las campañas políticas del partido de izquierda, sabe venderse y entiende que lo importante no tiene por qué ser interesante, que el mundo le presta más atención a un selfi y a un alegre youtuber que a una hambruna o un pacto mafioso. Entiende que un eslogan importa más que una idea y, en lugar de presentar planes de políticas públicas detallados, presenta cascarones sonoros: «El dinero alcanza cuando nadie roba»; «Los mismos de siempre», como llamó a todos los políticos que no fueran él o los suyos; «Devuelvan lo robado»; «Bitcoin City», «Bitcoin Beach».
Bukele sabe que el mundo hablará más de cuando decidió cambiar su estatus en X por «Philosopher King» que del casi millón de salvadoreños al borde de la hambruna o de los cientos de cadáveres con signos de tortura que han salido de sus cárceles y que han sido enterrados bajo la misma autopsia oficial: muerte por edema pulmonar, que es tan específico como decir que alguien murió porque dejó de vivir.
Siempre lo entendió, desde que era alcalde de la capital y se lanzaba a la feria popular de agosto a una competencia en el tagadá contra La Choly, un popular personaje de radio que, distorsionando la voz, crea personajes vulgares y misóginos. Y nadie hablaba de otra cosa aquella semana más que de la previa al gran reto donde Bukele y La Choly medirían quién de los dos podía resistir más los brincos de aquella atracción de feria que gira y trastabilla intentando sacudirse a los tripulantes.
Bukele sabe venderse como un producto, y sabe que el envoltorio cuenta, por eso ya no vemos a aquel de sus primeros años como político, flaco, con pronunciadas entradas, una barba desprolija, una camiseta roja, entre la multitud de miembros de segunda del partido de izquierda, asoleándose en los mítines, sino que poco a poco mutó a un Bukele magnánimo, barba perfecta, cabello negro azabache cubriéndole todo el cráneo y aquella levita negra y con ribetes dorados –como confeccionada por el modista de Simón Bolívar y el de Michael Jackson– con la que apareció en el Palacio Nacional en 2024 para la toma de posesión de su segundo periodo inconstitucional en la presidencia. El Bukele que ustedes ven es un producto del Bukele publicista.
La suya es una imagen cuidada, pulida, lejana a otras imágenes de políticos que cargan bebés y abrazan viejitas: Bukele se vende como un semidiós, aparece allá arriba, en el balcón del Palacio, bajando de un ovni, entre fuegos artificiales, rodeado de decenas de guardaespaldas, con las manos en el rostro hablando con Dios, vestido de emperador. Y todo filmado, todo para saturar las redes. Bukele es influencer y su tema es él mismo.
Hay que decir que la competencia en El Salvador era minúscula y que a Bukele no le costó dejarla años luz atrás. Un día un periodista hizo una pregunta mínima al presidente que antecedió a Bukele, Salvador Sánchez Cerén, un viejo excomandante de las Fuerzas Populares de Liberación: «¿Cuál es su cuenta de Twitter?». Cerén, sonriendo nerviosamente como un niño antes de su examen oral, respondió que era Twitter.com.
Bukele devoró con papas a toda una clase política que no entendía de Twitter, para la que TikTok o Instagram eran unos bailes y unas fotitos que sus hijos veían en el teléfono, y YouTube unos videos intrascendentes ante los decaden-tes noticieros nacionales de la televisión.
Bukele se vende como un semidiós, aparece allá arriba, en el balcón del Palacio, bajando de un ovni, entre fuegos artificiales, rodeado de decenas de guardaespaldas, con las manos en el rostro hablando con Dios, vestido de emperador. Y todo filmado, todo para saturar las redes. Bukele es influencer y su tema es él mismo.
Bukele entendió que, si sos de un paisito de veintiún mil kilómetros cuadrados del que pocos en el mundo pueden nombrar a dos expresidentes, es buena idea aparecer en cámara con el que compuso «Atrévete-te-te»; o hablar una hora con el incauto Luisito Comunica, que entiende la complejidad de un país como El Salvador tanto como entenderá de química avanzada; o tomarse un selfi para, de una buena vez por todas, dejar claro a las Naciones Unidas que sus formas de comunicación son obsoletas, como si alguien creyera que esas plenarias pretendieron alguna vez ser virales.
Entender eso fue solo un paso para Bukele. Su objetivo, como buen entendedor de las redes, era hacerse viral, adquirir esa nacionalidad global. Y, para ello, necesitaba hacerse desear, y poco a poco, gesto a gesto, logró dejar claro a miles de influencers de todo el mundo que hablar del dictador más cool del planeta traía visitas, y consiguió heredar el trabajo: no es raro que en un solo día se suban a YouTube cien videos con la palabra Bukele. Para llegar a España, Bukele ya no necesita moverse, de eso se encargan decenas de escandalosos muchachos y muchachas y otras decenas de autoproclamados periodistas que se la pasan «analizando» sus acciones y lambisconeando «al salvador de El Salvador», como lo bautizó una de ellas.
Y así, uno a uno, videíto a videíto, hasta llegar a los ojos de Ángel, el cantinero de Tirso de Molina. Y hasta lograr que, por ejemplo, en 2024 un 81% de los chilenos dijera que tenía una imagen positiva de Bukele.
Como todo buen publicista, Bukele no solo quiere que lo vean, sino que vean de él lo que él quiere mostrar. Para eso, basta con propo-ner que cualquier ciudadano chileno, taxista colombiano, guardia civil español o peluquero dominicano conteste unas preguntas: ¿Ha vis-to usted imágenes de la megacárcel de Bukele? ¿Sabe usted por qué todas son iguales? ¿Sabe usted que en El Salvador hay veintidós cárceles? ¿Ha visto usted imágenes de cualquier otra cárcel de El Salvador?
Bukele suele lograr que el mundo vea el rin-cón que él propone. Y no solo eso, logra tam-bién que aquel que mira a donde él quiere se sienta privilegiado: exclusiva, especial, desde adentro, el infierno en la tierra, la cárcel más grande y estricta del mundo. Así presentaron decenas de periodistas su safari en la megacár-cel de Bukele. Los periodistas que han entrado a ella a recibir un tour calcado suelen creer que aquello es una primicia y no otro paseíto. Y lo siguen haciendo y lo seguirán haciendo, por-que da likes y corazoncitos y sus primas más miserables: las impresiones.
Como todo buen publicista, Bukele sabe que una buena idea nunca superará a una buena polémica. O, sin quedarnos cortos, a un buen pleito. Y sabe también que los odios generan más interés que las ideas. Y así se ganó el corazón de millones de colombianos después de que en 2023 Gustavo Petro criticara el triunfo de la «extrema derecha» en Argentina, y Bukele se metiera al ruedo escribiéndole en X: «Ahora dilo sin llorar». Y así se ganó el corazón de millones de chilenos cuando, después de que en una entrevista el presidente Gabriel Boric criticara las medidas represivas de El Salvador argumentando que, sin entender las causas de la violencia, suelen ser «pan para hoy y hambre para mañana», salió con todo vigor a decirle en X que «qué difícil ha de ser liderar un país teniendo tan poco sentido común», y que «gracias a Dios los chilenos son más que su presidente». Y así se comió el debate cuando Human Rights Watch criticó las medidas draconianas de sus cárceles, publicando en redes un simple apodo: Homeboys Rights Watch. Y de un plumazo se sacudió las críticas de la Unión Europea a su Ley de Agentes Extranjeros –calcada de la promulgada por la dictadura nicaragüense, que básicamente permite que él diga quién es agente extranjero, persona u organización, y le imponga un 30 % extra de impuestos a todos sus ingresos–, cuando escribió en X que era una pena que «un bloque envejecido y sobrerregulado… y liderado por burócratas no electos todavía insista en dar sermones al resto del mundo». Y fue aún más desfachatado para burlarse del juez estadounidense que prohibió la deportación de venezolanos apresados en aquel país y enviados en 2025 a la megacárcel del salvadoreño. Cuando el juez promulgó la prohibición, el avión con más de doscientos venezolanos ya estaba en el aire. Bukele escribió: «Oopsie… too late [ups… demasiado tarde]» y una carita riendo. Y así podría seguir describiendo ataques y mofas a Nicolás Maduro, Kamala Harris, Claudia Sheinbaum… de las que Bukele sale aparentemente ganador. Hasta que uno se detiene a pensar y se da cuenta de que es el ganador de nada, de un rifirrafe de mensajitos escritos a kilómetros del ofendido.
Pero Bukele sabe medir la estrategia. En plena campaña electoral de 2024, cuando Donald Trump competía para su segunda presidencia, y luego de que Bukele le hubiera dedicado flores y elogios desde sus redes, el estadounidense tuvo uno de sus exabruptos y en el cierre de la Convención Nacional Republicana, el rubio dijo en referencia a Bukele: «Hay un país que me gusta mucho, el presidente tiene mucha popularidad por ser un buen pastor de su país, su criminalidad está bajando, él dice que los entrena y vengo leyendo esto hace dos años y dijimos: “Vamos a ver de qué se trata” y me di cuenta de que no los está entrenando, sino que envía a estos tipos criminales, traficantes, reclusos, a Estados Unidos. Él no lo dice, trata de convencer a todos de que hace un trabajo maravilloso». Y Bukele se sacudió las ínfulas de emperador de las redes y abandonó su matonería ante el matón mayor. Escribió en su cuenta un discreto «Taking the high road», una expresión que podría traducirse como «en un plano más elevado».
Mis amigos cubanos siempre me dijeron que es muy cansino andar por el mundo escuchando cómo todos te explican cómo es tu país, así nunca hayan estado en él y por supuesto sin nunca padecerlo. Guardando las distancias históricas, ahora los entiendo mejor. El 21 de mayo de 2025, semanas antes de asumirme como un exiliado de Bukele, terminé una pequeña gira por las oficinas de senadores y congresistas demócratas en Washington que estaban interesados en saber qué pasaba en El Salvador. Son reuniones muy desgastantes, porque duran treinta minutos en los que uno explica lo que ha visto sin poder llegar a nada profundo, y los políticos fruncen el ceño mientras su séquito de asistentes anota sin parar en unas libretas que no parece que vayan a acabar en el lugar más importante de la oficina. Tras tres días de reuniones, de despacho en despacho, con la creatividad disminui-da y el vocabulario en inglés al límite, caminé para airearme por entre los abetos y cerezos que rodean el Capitolio, pensando en nada y sin gana alguna de volver a pronunciar por unos días el apellido Bukele.
Para aquel entonces, yo llevaba veintiún días sin poder volver a mi país, tras amenazas de captura por haber publicado una entrevista con dos líderes pandilleros que detallaron los pactos que sostuvieron con Bukele durante ocho años. Hice una pausa en la licorería Kogod, en la esquina de la avenida Nueva Jersey con la calle E, para comprar una dolorosa cajetilla de cigarros por diecisiete dólares. Al oír mi terrible acento, el asiático que atendía me preguntó, con un acento aún peor que el mío, de dónde era yo. Augurando lo que venía, le respondí. «De El Salvador.» «Number One Country», respondió él, y con su inglés apaleado siguió:
–¿Quieres saber por qué? –preguntó ante mi silencio.
–¿Por qué? –Es tan humillante no haber aprendido aún a sostener el silencio.
–Bukele, amigo de mi presidente Trump, no pandillas, rico con bitcoins, número uno.
–Ok, ok –le respondí y me fui a la habitación de mi hotel en Washington, ya sin ganas de hacer nada más.
En el día de ayer, se hizo entrega de los certificados a los niños y niñas que asistieron a la capacitación “Sabores del Valle. Bar Kids. 1° Edición”. En las clases, pudieron aprender a realizar distintos cócteles, donde se pusieron en práctica tanto técnicas de bar como de garnish. Con un atardecer maravilloso, los niños…
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