Con vistas al inicio del torneo de la Liga Municipal de Fútbol Infantil (LIMUFI) previsto para abril, la Municipalidad de Villa Regina lleva adelante tareas para acondicionar el predio del Club Banco Nación.
En ese sentido, días atrás se rubricó el convenio entre el Municipio y la institución que permitirá que el torneo se dispute en ese lugar.
Por ello desde la Dirección de Deportes trabaja en la parte organizativa de la competencia además de las mejoras que se realizan en el predio.
Pasaron las elecciones, baja la excitación partidaria, las radios vuelven a sus programaciones habituales y facebook deja de bombardear a los usuarios locales desde los perfiles oficiales, párrafo aparte para la campaña sucia y desinformativa a la que estuvimos expuestos (los ciudadanos) desde perfiles pseudo comunicacionales que juegan a manipular desde una postura negativa y trillada…
Un mensaje publicado por el vocero presidencial Adrián Ravier volvió a colocar al Gobierno de Milei en el centro de la controversia. En medio del debate por la soberanía de las Islas Malvinas, el funcionario calificó a la Argentina como un «país bananero», una expresión que generó críticas por considerar que degrada al propio país al que representa.
Por Celina Fraticiangi para NLI
El tuit que encendió la polémica
La discusión se originó luego de que el presidente Javier Milei asegurara que las Islas Malvinas serán recuperadas «por la vía diplomática», una afirmación que despertó fuertes cuestionamientos luego de distintos gestos del Gobierno considerados de acercamiento al Reino Unido.
En ese contexto, el vocero presidencial Adrián Ravier publicó un mensaje en su cuenta de X en el que escribió:
«Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas.»
La publicación fue rápidamente viralizada y despertó una ola de críticas por el uso de la expresión «país bananero», utilizada históricamente de manera despectiva para describir a naciones políticamente débiles, dependientes y con instituciones frágiles.
Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas. Si logramos que la Argentina sea grande nuevamente, próspera y respetada, nuestras posibilidades de avanzar en el reclamo de soberanía serán mucho mayores.
La única vía es la diplomática, y el respaldo internacional…
Las repercusiones no tardaron en llegar. Desde distintos sectores políticos y sociales cuestionaron que sea un funcionario nacional quien describa a la Argentina con un calificativo peyorativo, especialmente cuando ocupa el cargo de vocero del Presidente.
Las críticas también recordaron que, durante los últimos meses, el propio Gobierno fue acusado de sostener una política exterior de acercamiento al Reino Unido y de haber relativizado distintos reclamos históricos vinculados con la causa Malvinas.
Para numerosos dirigentes y excombatientes, la defensa de la soberanía nacional requiere fortalecer la posición diplomática argentina, pero sin descalificar al propio país ni menospreciar a sus instituciones.
La contradicción con el discurso oficial
La frase de Ravier aparece apenas días después de que Milei reafirmara públicamente que «las Malvinas son argentinas» y prometiera avanzar por la vía diplomática para recuperar el ejercicio de la soberanía.
Sin embargo, distintos analistas señalaron que el mensaje del vocero introduce una contradicción llamativa: mientras el Presidente sostiene que busca fortalecer el reclamo argentino, uno de sus principales funcionarios define al país como un «país bananero», una expresión que difícilmente contribuya a construir la imagen internacional que el propio Gobierno dice perseguir.
Un nuevo foco de conflicto
La declaración vuelve a instalar el debate sobre el tono utilizado por los funcionarios libertarios y sobre el impacto que tienen sus expresiones cuando provienen de quienes representan institucionalmente al Estado argentino.
En un tema de enorme sensibilidad histórica como la cuestión Malvinas, las palabras adquieren un peso político particular. Por eso, la frase del vocero presidencial no pasó inadvertida y terminó alimentando una nueva controversia para una administración que, desde su llegada al poder, ya protagonizó múltiples episodios de tensión en torno a la política exterior y la defensa de la soberanía nacional.
Una nueva edición de la Feria ReEmprender se realizará el próximo domingo 7 a partir de las 19 horas. La Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina invita a los vecinos a recorrer el sector de las casitas de los artesanos ubicado en la Plaza Primeros Pobladores. Allí podrán encontrar productos artesanales con…
El Concejo Deliberante de Villa Regina informó que a partir del 17 de mayo, inició el llamado a inscripción para SOLICITUD (1era vez) y RENOVACIÓN de becas de ayuda económica. El plan de becas dependiente del CD de Villa Regina está enmarcado dentro de la ordenanza 041/2021 que indica la «creación de la Comisión Especial…
A partir de las 16 horas se desarrollará una nueva Feria ReEmprender el próximo domingo 28 de marzo. Será, como es habitual, en las casitas de los artesanos ubicadas en la Plaza Primeros Pobladores. Los artesanos y emprendedores que participen podrán mostrar y ofrecer sus productos en este espacio. Habrá trabajos en cerámica, porcelana fría,…
Durante siete años Paraná fue la capital de la Confederación Argentina mientras Buenos Aires permanecía separada. La historia detrás de una disputa que definió el país.
Por Alcides Blanco para NLI
Hubo un momento de la historia argentina en que Buenos Aires no era la capital, ni siquiera formaba parte del Estado nacional que decía representar a la Argentina. Mientras en la ciudad porteña funcionaba un gobierno separado, en Paraná se instalaban el presidente, el Congreso y las instituciones de la Confederación Argentina. Entre 1854 y 1861, la ciudad entrerriana se convirtió en el centro político de un país todavía incompleto, atravesado por una disputa que iba mucho más allá de una cuestión administrativa: quién tendría el poder de decidir sobre la Nación y quién se quedaría con los recursos que producían sus principales puertos y su Aduana.
La escena parece extraña desde el presente porque la Argentina suele pensarse históricamente desde Buenos Aires. La escuela, los manuales y hasta buena parte de la memoria nacional construyeron un relato en el que la capital aparece como un dato casi natural, como si Buenos Aires hubiera estado destinada desde siempre a ocupar ese lugar. Pero no fue así. La Constitución de 1853 estableció a Buenos Aires como capital, aunque la separación de la provincia del resto de la Confederación hizo imposible aplicar esa disposición. El gobierno nacional terminó instalándose en Paraná, que pasó a ser la capital efectiva de la Confederación.
El problema no era solamente dónde estaba la capital
Para comprender aquella disputa hay que mirar más allá del mapa. Después de la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, la organización nacional quedó atravesada por una contradicción gigantesca. Las provincias necesitaban construir un Estado común, pero Buenos Aires conservaba una posición económica excepcional, especialmente por el control de su puerto y de la Aduana, fuente fundamental de recursos fiscales. El conflicto entre Buenos Aires y la Confederación no era, por lo tanto, una discusión abstracta entre unitarios y federales: detrás de las instituciones estaba también la cuestión concreta de quién manejaba la caja.
Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos y vencedor de Caseros, impulsó la organización constitucional. La Constitución sancionada en 1853 buscó establecer un sistema federal y construir un Estado nacional por encima de las disputas provinciales. Pero Buenos Aires rechazó ese proceso y permaneció separada. El resultado fue una situación insólita: existían dos estructuras políticas argentinas que reclamaban legitimidad sobre el mismo territorio histórico.
En ese escenario, Paraná adquirió una importancia que hasta entonces no tenía. La ciudad fue convertida en capital de la Confederación el 24 de marzo de 1854, después de la federalización del territorio entrerriano. Allí se instaló el gobierno encabezado por Urquiza y comenzó a funcionar el Congreso nacional. Las leyes sancionadas durante aquellos años llevan consigo una prueba documental extraordinaria: el propio Estado argentino legislaba desde Paraná.
No se trataba de una capital simbólica. Había un Estado funcionando en Paraná. Había presidente, ministros, legisladores, funcionarios, diplomáticos y una burocracia nacional que intentaba darle forma concreta a una estructura institucional todavía muy frágil. La investigación histórica reciente ha señalado precisamente que el Congreso reunido en Paraná fue un espacio central para la construcción política de aquella Argentina federal y para el aprendizaje institucional de dirigentes provenientes de distintas provincias.
Una capital sin los recursos de Buenos Aires
El problema era que construir un Estado requería dinero, y allí aparecía la enorme ventaja de Buenos Aires.
La Confederación tenía territorio, Constitución e instituciones, pero no disponía de una estructura económica comparable con la de la provincia porteña. Buenos Aires controlaba su Aduana y conservaba los beneficios derivados del comercio exterior. La situación generaba una paradoja: el Estado que pretendía organizar la Nación tenía menos recursos que la provincia que se había separado de él.
Por eso la cuestión del puerto resultaba inseparable de la cuestión de la capital. No alcanzaba con instalar oficinas y funcionarios en Paraná. Había que construir una estructura económica capaz de sostener al Estado nacional. La Confederación buscó entonces fortalecer otros circuitos comerciales y promover los puertos fluviales, mientras intentaba atraer inversiones, fomentar la inmigración y desarrollar nuevas actividades productivas. Durante la presidencia de Urquiza también se impulsaron tratados comerciales y políticas destinadas a ampliar las conexiones exteriores de las provincias.
La experiencia de Paraná fue, en ese sentido, un gigantesco laboratorio de construcción estatal. No era una ciudad preparada para ser una gran capital nacional, pero debió transformarse rápidamente para cumplir esa función. Incluso su vida cultural adquirió una nueva dimensión. El Teatro 3 de Febrero, inaugurado en 1852, ganó protagonismo cuando Paraná se convirtió en capital y comenzó a recibir una actividad artística acorde con su nueva jerarquía política.
La capital entrerriana intentaba demostrar que la Argentina podía organizarse desde el interior.
El regreso de Buenos Aires y la historia que quedó
La experiencia no duró. La tensión entre la Confederación y Buenos Aires terminó desembocando en nuevos enfrentamientos militares. En 1859, las fuerzas de Urquiza derrotaron al ejército porteño comandado por Bartolomé Mitre en la batalla de Cepeda. El posterior Pacto de San José de Flores abrió el camino para la reincorporación de Buenos Aires, aunque las diferencias no desaparecieron.
Dos años después llegó Pavón. Allí se produjo el quiebre definitivo de aquel experimento federal. La Confederación quedó políticamente desarticulada y Buenos Aires recuperó una posición central en la organización nacional. En diciembre de 1861 se produjo la disolución formal de la Confederación.
Pero hay un dato todavía más revelador: la cuestión de la capital tampoco quedó resuelta inmediatamente. La federalización definitiva de Buenos Aires recién llegaría en 1880, después de nuevos conflictos políticos y militares. Recién entonces la ciudad quedó convertida formalmente en Capital Federal de la República Argentina, separada institucionalmente de la provincia de Buenos Aires.
La historia de Paraná como capital, entonces, no debería quedar reducida a una curiosidad escolar. Fue uno de los momentos en que se puso a prueba una pregunta que atraviesa toda la historia argentina: si el país debía organizarse alrededor de la ciudad-puerto o si podía construirse un verdadero poder nacional capaz de equilibrar a Buenos Aires con las provincias.
La respuesta histórica terminó inclinándose hacia Buenos Aires, pero el episodio demuestra que esa centralidad nunca fue inevitable. Fue el resultado de disputas políticas, económicas, militares e institucionales. Hubo una Argentina en la que el Congreso sesionaba en Paraná, el presidente gobernaba desde Entre Ríos y Buenos Aires era un Estado separado.
Quizás por eso aquella etapa merece ser recordada. Porque detrás de la anécdota de una capital perdida aparece una discusión mucho más profunda y todavía reconocible: cómo se distribuyen el poder, los recursos y las decisiones entre el centro y el resto del país.
Y esa pregunta, a casi dos siglos de distancia, todavía no terminó de encontrar una respuesta definitiva.
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