La 11ª edición del Festival Audiovisual Bariloche (FAB) abrió su convocatoria con fecha límite el 10 de agosto. El Festival es organizado por la Secretaría de Estado de Cultura con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).
El Festival Audiovisual Bariloche, cumple once años y esta nueva edición se llevará a cabo desde el 25 de septiembre al 1 de octubre en la ciudad andina. Cada año, el objetivo es promover y enriquecer la producción audiovisual nacional y regional, fortaleciendo la relación entre realizadores y público, y contribuyendo al progreso de la industria.
En esta edición, serán seis las secciones en competencia: Nacional de Largometrajes, Binacional de Largometrajes Argentino/Chilenas, Nacional de Cortometrajes, Binacional de Cortometrajes Argentino/Chilena, PEC Nac (Proyecto en Construcción) y Competencia Nacional Videoclips.
El FAB tiene como objetivo contribuir al progreso de la producción audiovisual nacional y regional. En su 11ª edición busca dar visibilidad a las producciones audiovisuales nacionales e internacionales, ampliar el público espectador de la región; y sumar también a la promoción y difusión en medios locales, nacionales y regionales.
Es una oportunidad para dar a conocer el trabajo de artistas de la región y también para fortalecer la vinculación entre los diferentes actores involucrados en la industria del arte audiovisual y el público local.
Podrán participar del Festival todas aquellas obras realizadas a partir del 1 de enero de 2021 inclusive, que no hayan participado de las ediciones anteriores del FAB. Las bases y condiciones para presentar las producciones se encuentran disponibles en festivalfab.com.ar donde se podrán realizar las inscripciones hasta el 10 de agosto.
En la última edición del Festival, se presentaron 91 obras en competencia, a las que se sumaron otras 20 películas invitadas, proyectadas en salas de Bariloche, El Bolsón, Dina Huapi, además de las proyecciones online que llegaron a una audiencia masiva.
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Hannah Arendt describió al burócrata moderno como alguien capaz de producir un daño inmenso sin odio ni pasión, apenas cumpliendo órdenes. En la Argentina de las últimas décadas, Federico Sturzenegger encarna como pocos esa figura: el técnico que, gobierno tras gobierno, pone su saber al servicio de un mismo proyecto de poder.
Por Tomás Palazzo para NLI
Hay figuras que atraviesan la historia política sin necesidad de ganar elecciones ni dar discursos encendidos. No seducen multitudes ni bajan a la arena con consignas épicas. Su poder es otro: el del expediente, el decreto, la planilla de Excel. Hannah Arendt, al analizar el juicio a Adolf Eichmann, formuló una de las ideas más incómodas del siglo XX: la banalidad del mal. No hacía falta un monstruo para causar estragos; bastaba un burócrata eficiente, obediente y convencido de que solo “hacía su trabajo”.
Federico Sturzenegger no es, claro, un criminal de guerra. El paralelismo no apunta a los hechos sino a la lógica. La del funcionario que se concibe a sí mismo como neutral, técnico, inevitable. El que no decide: ejecuta. El que no es responsable: administra. En nombre de esa supuesta asepsia, se despliegan políticas que arrasan con derechos, salarios, ahorros y soberanía, mientras el ejecutor se declara ajeno a las consecuencias.
El burócrata sin odio
Arendt observó que Eichmann no actuaba movido por un odio explícito ni por un fanatismo profundo. Su rasgo distintivo era la incapacidad de pensar críticamente lo que hacía. El mal se volvía banal porque se integraba a la rutina administrativa. Algo de eso aparece cada vez que Sturzenegger explica sus decisiones con un lenguaje deshumanizado, donde las personas se transforman en “distorsiones”, “ineficiencias” o simples “costos a corregir”.
Durante el gobierno de Fernando de la Rúa, fue parte del equipo económico que sostuvo un esquema que terminó en una catástrofe social, institucional y económica. Más tarde, bajo Mauricio Macri, como presidente del Banco Central, su gestión quedó asociada a tasas de interés exorbitantes, bicicleta financiera y endeudamiento acelerado, un combo que benefició a los sectores concentrados y dejó una herencia explosiva.
Hoy, con Milei, Sturzenegger reaparece como ideólogo del desguace estatal, celebrando despidos, recortes y privatizaciones como si fueran simples movimientos técnicos. El discurso se repite: no hay alternativa. La técnica reemplaza a la política y la obediencia a la reflexión ética.
El servil perfecto del poder real
Sturzenegger no responde a un partido ni a una identidad popular. Su lealtad es otra: el poder económico concentrado y la ortodoxia liberal que, desde hace décadas, busca achicar el Estado solo para los de abajo. Su principal talento consiste en adaptarse a distintos gobiernos siempre que la dirección sea la misma. Cambian los presidentes, cambia el clima político, pero el programa permanece intacto.
Esa continuidad es clave para entender el paralelismo con Arendt. El burócrata no se pregunta por las consecuencias humanas de sus actos. No mira a los ojos a los despedidos, ni a los jubilados que pierden poder adquisitivo, ni a las universidades desfinanciadas, ni a los científicos expulsados. Cumple funciones. Firma papeles. Optimiza procesos.
Noticias La Insuperable ha mostrado en distintas coberturas cómo este libreto se repite: el ajuste presentado como modernización, la pérdida de derechos narrada como valentía reformista, el sufrimiento social reducido a una variable secundaria.
Pensar, la tarea que incomoda
Para Arendt, el verdadero antídoto contra la banalidad del mal no era la moral abstracta sino el pensamiento. Pensar implica detenerse, dudar, hacerse cargo. Justamente lo que el burócrata evita. En ese sentido, Sturzenegger representa una forma extrema de irresponsabilidad política: la del que se escuda en la técnica para no responder por el daño que provoca.
No hay neutralidad posible cuando se decide quién paga una crisis y quién se beneficia. No hay inocencia en el ajuste sistemático sobre los mismos sectores. La obediencia automática deja de ser excusa y se transforma en complicidad.
El problema no es solo Sturzenegger como individuo, sino lo que simboliza: una élite tecnocrática que se cree por encima de la democracia, que reduce la política a gestión y convierte el sufrimiento social en una externalidad aceptable. Arendt advertía que este tipo de funcionarios no necesita ser malvado para ser peligroso. Basta con que renuncie a pensar.
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María Corina Machado debería estar en Noruega para recibir el premio Nobel de la Paz pero aún no se sabe si pudo salir de Venezuela. La líder opositora está en una situación de clandestinidad en Caracas y nunca se sabe su paradero exacto para evitar que el régimen la detenga
Por eso, para salir del país debería ser con un acuerdo con el gobierno de Nicolás Maduro, el apoyo de alguna potencia internacional como Estados Unidos o en algún avión con deportados, como se supone que podría ser. Ninguna de las situaciones se confirman y la suspensión de la conferencia de prensa programada para este martes alimentó los rumores.
El portavoz del Instituto Nobel, Erik Aasheim, dijo que «la propia María Corina Machado ha declarado en entrevistas lo complicado que será el viaje a Oslo. Por lo tanto, en este momento no podemos proporcionar más información sobre cuándo y cómo llegará para la ceremonia del Premio Nobel de la Paz».
A la incertidumbre de su presencia por las condiciones desfavorables para su salida del país sudamericano, una fuente diplomática que sigue de cerca la situación dijo a LPO que hay poca presencia de políticos de peso de Estados Unidos en Oslo.
«No hay nadie. Ni Marco Rubio, ni Pete Hegseth, tampoco Christopher Landau en un evento que tendrá la presencia de líderes regionales como Javier Milei, Santiago Peña o Daniel Noboa», detalla la fuente.
No hay nadie. Ni Marco Rubio, ni Pete Hegseth, tampoco Christopher Landau en un evento que tendrá la presencia de líderes regionales como Javier Milei, Santiago Peña o Daniel Noboa
Esto es particularmente extraño dada la importancia de Venezuela para al agenda de Estados Unidos la creciente tensión militar en el Mar Caribe y el supuesto plan de Donald Trump para derrocar a Nicolás Maduro.
Además, como adelantó este medio, Marco Rubio apuesta al éxito de esta operación a una eventual candidatura a la presidencia en 2028.
De confirmarse que Machado no llega a recibir el premio y ninguno de los funcionarios de primera línea de Washington sería un gesto de apatía del gobierno de Donald Trump a una supuesta aliada.
LPO adelantó en exclusivo que la Casa Blanca no confía en la capacidad y fortalezas de la actual oposición venezolana porque un cambio de régimen que los incluya requeriría de la permanencia de militares estadounidenses como respaldo, un escenario que Trump rechaza.
Por eso, crece la hipótesis de una transición interna con figuras del chavismo como Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez o Vladimir Padrino López, que controla las Fuerzas Armadas Bolivarianas.