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Se abrieron los sobres de las ofertas de la obra de servicios para loteo Barazzutti

El Intendente Marcelo Orazi participó del acto encabezado por la Gobernadora Arabela Carreras en el que se abrieron los sobres de la obra que comprende la ejecución de infraestructura para 107 lotes del barrio Barazzutti que demandará una inversión de $21.615.872 e incluye redes de servicios de agua potable, red eléctrica y alumbrado público con sus nexos.

En este sentido, dos fueron las empresas oferentes: Nelly Fenizi SRL con un presupuesto de $25.870.016 e INGOO SRL con un presupuesto de $22.141.002.

Del acto participaron también el ministro de Gobierno y Comunidad, Rodrigo Buteler y la interventora del IPPV, Inéz Pérez Raventos.

En la oportunidad, Orazi manifestó que “como Intendente me enorgullece que Villa Regina se posicione como la segunda ciudad de la provincia en oficializar la implementación del programa ‘Suelo Urbano’ y así, en nuestro caso, regularizar la situación de estos lotes para que sus beneficiarios puedan comenzar a construir sus viviendas”.

“Agradezco nuevamente a la Gobernadora por pensar y tomar la decisión de poner en marcha ‘Suelo Urbano’ en todo el territorio provincial y a quienes trabajan para que sea una realidad, que se palpe, y que redunde en mejoras para nuestros vecinos”, sostuvo.

Por su parte, Carreras comentó que “aquí, nos encontramos con un desafío, vecinos y vecinas que hace años compraron sus lotes, pero sin servicios. Esta es una práctica que tenemos que desterrar, porque es una falsa promesa, entonces esto es lo que empezamos a revertir, pusimos los servicios para que rápidamente puedan empezar a construir y dejar de alquilar”.

Cabe destacar que el programa provincial Río Negro Suelo Urbano tiene como principal objetivo reducir el déficit habitacional en la provincia a través de una política pública transversal y sostenida que acompañe a aquellos sectores que quedan afuera del mercado inmobiliario.

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  • Alarma entre los jugueteros: a dos semanas del Día del Niño los mayoristas no venden un juguete y peligra la cadena de pagos

     

     A dos semanas del Día del Niño, los mayoristas de juguetes deberían tener los depósitos trabajando al máximo para abastecer a los comercios. Sin embargo, la demanda todavía no se activó y en el sector anticipan una caída histórica de las ventas en medio de una retracción del comercio a niveles históricos.

    «Para esta época tendríamos que tener el stock al taco, pero no se vende un juguete», contó a LPO un importante mayorista de Rosario, que además tiene un local en uno de los principales centros comerciales de la ciudad.

    La parálisis expone la crisis por la caída del consumo y los comerciantes notan que comenzaron a aparecer problemas para cubrir cheques y cancelar deudas, lo que amenaza con romper la cadena de pagos justo antes de la fecha más importante del año para el rubro.

     Las ventas de juguetes acumulan una caída cercana al 20% en la era Milei. Sin embargo, el derrumbe de este año encendió todas las alarmas porque, a pocos días del Día del Niño, los minoristas todavía no comenzaron a reforzar sus existencias 

    «Ahora estamos ante una disyuntiva: ¿qué hago con los clientes que me deben varias facturas, le vendo más mercadería para el Día del Niño», se preguntó el empresario.

    «Es que, si no le vendo, no va a tener qué ofrecer para hacer caja y si le vendo, corro el riesgo de clavarme», agregó. La decisión se vuelve todavía más difícil porque se trata de comerciantes conocidos, con años de relación y cuyo negocio constituye, en muchos casos, el principal ingreso familiar.

    «Estamos hablando de gente buena que algunos para sostener el comercio ya tuvo que vender un auto o una camioneta. Así nos vamos descapitalizando todos», explicó el juguetero, quien aseguró que durante los últimos años se «comió» el equivalente a un depósito entero para pagar salarios, afrontar gastos fijos y mantener abierto el negocio.

    Eduardo Maradona, presidente de la Federación Gremial desde donde advierten que el impacto de la crisis es más profunda que la revelada por CAME

    Según las estimaciones del sector, las ventas de juguetes acumulan una caída cercana al 20% en la era Milei. Sin embargo, el derrumbe de este año encendió todas las alarmas porque, a pocos días del Día del Niño, los minoristas todavía no comenzaron a reforzar sus existencias: «esto puede ser peor que el año pasado que ya fue muy malo», dijo el comerciante.

    La crisis de los jugueteros tampoco puede explicarse por un problema de competitividad frente a las importaciones, el argumento al que suele apelar los libertarios para justificar la caída de distintas industrias.

    Gran parte de los juguetes se importan desde China desde hace años y lo que se fabrica en el país son juguetes grandes, de plástico inyectado, que por su volumen se hace muy caro traerlos del gigante asiático. Es un rubro que ya encontró su orden competitivo.

    Por lo tanto, la principal dificultad es la falta de dinero en la calle, con salarios y jubilaciones deteriorados y una clase media que perdió capacidad de consumo y está totalmente endeudada, analizó el comerciante.

    Es que no es una fecha más para el sector. De hecho, la celebración del Día del Niño se tuvo que modificar en dos oportunidades. Originalmente era el primer domingo de agosto, pero fue trasladada al segundo porque buena parte de los trabajadores todavía no había cobrado el suldo. Luego volvió a modificarse porque en los años electorales coincidía con las primarias y quedó fijada para el tercer domingo del mes.

    Este año será el 16 de agosto, una fecha que todavía genera una mínima expectativa entre los comerciantes: «Quidzás quede algo de plata para comprar alguna chuchería», admitió el mayorista que calcula una caída del 20% de las ventas en los últimos años.

    La alarma de los jugueteros coincide con el deterioro general del comercio rosarino. Un relevamiento de la Universidad Nacional de Rosario y el Colegio de Corredores Inmobiliarios mostró que la proporción de locales vacíos alcanzó el 12,5% en junio, el nivel más alto desde 2023.

    En apenas seis meses, la vacancia en la peatonal Córdoba, el principal corredor comercial de la ciudad, saltó del 9,2% al 17,2%, mientras que en calle San Luis, uno de los centros comerciales que había logrado sobrevivir a la pandemia sin una destrucción masiva de negocios, los locales vacíos se duplicaron y pasaron del 5,1% al 10,2%, publicó el diario La Capital.

    A dos semanas de una fecha que históricamente garantizaba movimiento y permitía recomponer las cajas, los comerciantes temen que se termine de quebrar la cadena de pago y el efecto arrastre termine de profundizar la crisis.

     

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    Hace 156 años nacía Henry Ford: el hombre que cambió para siempre la industria, el trabajo… y la vida cotidiana

     

    El 30 de julio de 1863 nacía Henry Ford, uno de los industriales más influyentes de la historia. Aunque suele recordárselo como el fundador de una de las automotrices más importantes del mundo, su verdadero legado fue haber transformado la forma de producir bienes a escala masiva, modificando la economía, las relaciones laborales y el desarrollo de las sociedades industriales durante más de un siglo.

    Por Redacción de NLI

    Pocas personas lograron modificar la vida cotidiana de millones de seres humanos como Henry Ford. Cuando nació, en una granja del estado de Michigan, Estados Unidos, el automóvil era apenas una curiosidad mecánica reservada para inventores y sectores adinerados. Viajar largas distancias seguía dependiendo, en buena medida, de caballos y ferrocarriles, mientras que la fabricación industrial conservaba métodos relativamente artesanales que hacían de casi cualquier producto un bien costoso y de difícil acceso.

    Ford comprendió que el verdadero negocio no consistía únicamente en fabricar un automóvil mejor que los demás, sino en producirlo de una manera completamente diferente. Su gran innovación no fue el vehículo en sí mismo, sino la organización del trabajo. A comienzos del siglo XX perfeccionó el sistema de producción en cadena, donde cada trabajador realizaba una tarea específica dentro de un proceso continuo que permitía fabricar enormes cantidades de unidades en mucho menos tiempo. Aquella transformación redujo costos, aceleró la producción y permitió que bienes antes considerados de lujo comenzaran a llegar a sectores medios y trabajadores.

    La llamada «producción fordista» se convirtió rápidamente en un modelo imitado por industrias de todo el mundo. Electrodomésticos, maquinaria agrícola, alimentos, productos textiles y prácticamente cualquier actividad manufacturera incorporó principios derivados de aquella organización del trabajo. Más que un empresario exitoso, Ford terminó convirtiéndose en uno de los arquitectos del capitalismo industrial moderno.

    Mucho más que un fabricante de automóviles

    El éxito del Ford T, lanzado en 1908, suele resumirse mediante una cifra impactante: más de quince millones de unidades producidas durante casi dos décadas. Pero detrás de ese récord existía una idea mucho más ambiciosa. Ford sostenía que un trabajador debía poder comprar aquello mismo que ayudaba a fabricar. Esa lógica lo llevó a adoptar decisiones que sorprendieron incluso a otros empresarios de su época.

    En 1914 anunció un salario diario de cinco dólares para buena parte de sus empleados, una remuneración considerablemente superior al promedio industrial de entonces. La medida generó enorme repercusión internacional. Algunos la interpretaron como un gesto progresista destinado a mejorar las condiciones laborales, mientras otros señalaron que también respondía a una estrategia empresarial para reducir la rotación de personal y aumentar la productividad. Ambas explicaciones probablemente contengan parte de la verdad.

    Lo cierto es que Ford entendió antes que muchos de sus contemporáneos que la expansión de la producción masiva requería también la existencia de un mercado de consumo capaz de absorber esa creciente cantidad de bienes. De poco servía fabricar millones de automóviles si la mayoría de la población jamás podría adquirir uno.

    Un modelo admirado… y también cuestionado

    La influencia de Ford fue tan grande que el término «fordismo» trascendió ampliamente a la industria automotriz. Economistas, sociólogos e historiadores utilizan esa palabra para describir un modelo económico basado en la producción en serie, los salarios relativamente elevados, el consumo de masas y una fuerte organización industrial.

    Sin embargo, el sistema también recibió numerosas críticas. La división extrema de las tareas convirtió a muchos trabajadores en ejecutores de movimientos repetitivos durante largas jornadas, reduciendo su autonomía y transformando el trabajo en una actividad cada vez más mecanizada. Intelectuales como Antonio Gramsci o Harry Braverman analizaron durante el siglo XX las consecuencias sociales de ese modelo, señalando que la extraordinaria eficiencia productiva tenía como contracara una creciente estandarización de la vida laboral.

    Paradójicamente, muchas de esas discusiones reaparecen hoy con la expansión de la inteligencia artificial y la automatización. Si hace un siglo el debate giraba alrededor de la cinta transportadora y la fábrica moderna, ahora las preguntas se trasladan hacia los algoritmos, los robots y las plataformas digitales. La tecnología cambió, pero la discusión sobre cómo organizar el trabajo continúa plenamente vigente.

    Una herencia que todavía define la economía mundial

    Más de cien años después de la consolidación del modelo fordista, gran parte de la economía sigue organizada sobre principios desarrollados durante aquella etapa. Las cadenas globales de producción, la logística internacional y buena parte de la industria contemporánea continúan utilizando métodos que encuentran sus raíces en las innovaciones impulsadas por Ford a comienzos del siglo pasado.

    Sin embargo, el contexto actual también obliga a revisar algunos de esos paradigmas. La producción personalizada, la fabricación mediante impresoras 3D, la robotización y la inteligencia artificial están dando lugar a sistemas mucho más flexibles que cuestionan algunos de los fundamentos del modelo clásico de producción en masa.

    Para países como Argentina, cuya industrialización estuvo profundamente influida por el desarrollo manufacturero del siglo XX, comprender la figura de Henry Ford implica mucho más que recordar al fundador de una empresa automotriz. Significa entender el origen de un sistema productivo que moldeó fábricas, ciudades, relaciones laborales y políticas económicas durante generaciones enteras.

    El hombre que imaginó una nueva forma de producir

    Henry Ford murió en 1947, pero las ideas que impulsó siguen presentes en buena parte del mundo industrial. Sus métodos permitieron democratizar el acceso a bienes que antes eran inaccesibles, aunque también abrieron debates sobre la organización del trabajo que todavía permanecen sin resolver.

    A 156 años de su nacimiento, la figura de Ford continúa ofreciendo una enseñanza que trasciende a la industria automotriz: las grandes transformaciones históricas no siempre nacen de inventar un producto revolucionario. A veces, el verdadero cambio consiste en encontrar una manera completamente nueva de producirlo.

     

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    El día que cerraron 11 ingenios: cómo una decisión de Onganía cambió para siempre la vida de Tucumán

     

    El 22 de agosto de 1966, la dictadura de Onganía cerró 11 ingenios de Tucumán y provocó una profunda crisis social, económica y demográfica que todavía perdura.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hay decisiones de gobierno que pueden medirse en decretos, estadísticas o balances económicos, pero existen otras cuya verdadera dimensión solamente aparece cuando se observa qué ocurre con las personas que quedan del otro lado de una medida administrativa. El 22 de agosto de 1966, la dictadura de Juan Carlos Onganía dispuso la intervención y el cierre de numerosos ingenios azucareros de Tucumán, una decisión presentada entonces como parte de un programa destinado a ordenar una actividad considerada ineficiente y a reducir una supuesta sobreproducción, pero que terminó provocando una transformación económica y social de enormes proporciones en una provincia cuya historia estaba íntimamente ligada a la caña de azúcar. La medida no significó simplemente que algunas fábricas dejaran de funcionar: en un territorio donde el ingenio constituía alrededor del cual se organizaban pueblos enteros, empleos directos e indirectos, comercios, escuelas, clubes y redes comunitarias, cerrar una fábrica significaba alterar la vida completa de una región. A seis décadas de aquella decisión, la memoria tucumana continúa asociando el 22 de agosto con uno de los grandes quiebres sociales de su historia contemporánea.

    Una industria que era mucho más que azúcar

    Para entender por qué el cierre de los ingenios tuvo semejante impacto hay que retroceder mucho más allá de 1966. La producción azucarera había adquirido una importancia decisiva en Tucumán desde el siglo XIX y se había convertido progresivamente en el eje de una estructura económica que articulaba a productores, trabajadores rurales, obreros industriales, transportistas, comerciantes y familias enteras vinculadas directa o indirectamente con la actividad. La caña no representaba únicamente una mercancía destinada a convertirse en azúcar: constituía un modo de organización territorial, porque alrededor de los ingenios se desarrollaban poblaciones y se consolidaban relaciones sociales que excedían largamente las paredes de las fábricas. La propia provincia reivindica una tradición azucarera de más de dos siglos y señala que ya existen registros históricos de plantaciones de caña en Tucumán desde el siglo XVII, mientras que durante el siglo XIX la actividad adquirió una escala industrial que terminó convirtiéndola en una de las principales bases económicas del norte argentino.

    El problema era que hacia mediados del siglo XX la industria atravesaba dificultades reales, entre ellas una estructura productiva desigual, problemas de rentabilidad y una relación conflictiva entre productores, industriales y trabajadores. El diagnóstico de la dictadura, sin embargo, partió de una premisa que tendría consecuencias mucho más profundas de las que sugería su lenguaje técnico: para reorganizar el sector era necesario reducir drásticamente la cantidad de establecimientos. El gobierno de Onganía intervino entonces la actividad y ordenó el cierre de 11 ingenios tucumanos, una política que buscaba disminuir la producción y concentrar el negocio azucarero en las empresas consideradas viables. Lo que desde Buenos Aires podía aparecer como una operación de racionalización productiva adquirió en Tucumán una dimensión completamente distinta, porque detrás de cada establecimiento había comunidades cuya subsistencia dependía de que esas chimeneas continuaran funcionando.

    La decisión tampoco puede separarse del carácter político del régimen que la tomó. Onganía había llegado al poder mediante el golpe de Estado de junio de 1966, que derrocó al presidente Arturo Illia y estableció una dictadura que había eliminado los mecanismos institucionales de representación política. En ese contexto, los trabajadores afectados por el cierre de los ingenios no contaban con los canales democráticos habituales para disputar una política pública que modificaba radicalmente sus condiciones de vida. La intervención estatal no surgía de un debate parlamentario ni de una negociación política abierta, sino de la lógica de un gobierno militar que concebía la reorganización económica como una cuestión que podía resolverse desde el poder central.

    Cuando una fábrica que cierra se lleva un pueblo entero

    La dimensión humana del proceso comenzó a hacerse visible rápidamente. Los ingenios intervenidos dejaron de funcionar o redujeron drásticamente sus actividades, mientras miles de trabajadores quedaron sin su fuente habitual de ingresos. Pero el impacto no terminó en los trabajadores fabriles: la crisis se extendió hacia los pequeños comerciantes, los trabajadores temporarios de la cosecha, los transportistas y todos aquellos que dependían del movimiento económico generado durante la zafra. Cuando una economía local tiene una actividad dominante, el cierre de una planta industrial produce un efecto multiplicador en sentido inverso: el desempleo de un trabajador se transforma en la caída de las ventas de un almacén, la reducción del transporte, el deterioro de los servicios y la pérdida de población.

    Fue entonces cuando comenzó una transformación demográfica que marcaría durante décadas a Tucumán. Familias que habían vivido durante generaciones vinculadas a la industria azucarera tuvieron que buscar alternativas en otras provincias, especialmente en Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, mientras muchos trabajadores rurales se desplazaron hacia las grandes ciudades en busca de empleo. La migración no fue únicamente un movimiento estadístico: significó la ruptura de comunidades, la separación de familias y la pérdida de una trama social construida alrededor del trabajo. Pueblos que habían tenido una actividad económica relativamente intensa comenzaron a experimentar un proceso de deterioro que modificó su paisaje urbano y su vida cotidiana.

    La paradoja es particularmente fuerte cuando se observa la distancia entre los objetivos oficiales y las consecuencias sociales. La política pretendía corregir desequilibrios económicos mediante una reducción de la capacidad productiva, pero el costo de esa reorganización recayó de manera especialmente intensa sobre quienes dependían de la industria para vivir. El cierre de los ingenios no fue simplemente una modificación de la estructura productiva nacional: fue también una redistribución territorial de las oportunidades, porque mientras algunas empresas y regiones podían beneficiarse de la concentración de la actividad, otras quedaron sometidas a un largo proceso de decadencia.

    La respuesta social no tardó en aparecer. Los trabajadores azucareros organizaron protestas y resistencias frente a los cierres, y el conflicto se incorporó a una tradición de movilización obrera que tendría un papel fundamental en la historia política tucumana de las décadas siguientes. La resistencia no puede entenderse solamente como una reacción sindical frente a una medida económica, porque para los trabajadores estaba en juego algo más profundo: el derecho a continuar viviendo en los lugares donde habían construido sus familias y sus comunidades. El reclamo por el ingenio era, simultáneamente, un reclamo por el trabajo, el territorio y la posibilidad de permanecer.

    El precio de una política pensada desde arriba

    La historia del cierre de los ingenios tucumanos obliga a discutir una cuestión que continúa siendo central en cualquier debate sobre desarrollo económico: qué ocurre cuando la eficiencia de una actividad se mide exclusivamente desde sus números y no desde el entramado social que la sostiene. Es indudable que la industria azucarera atravesaba problemas y que necesitaba transformaciones, pero una política de reconversión puede producir consecuencias muy diferentes según la forma en que se implemente, la existencia de alternativas laborales y la participación de quienes serán afectados. En Tucumán, la ausencia de una transición capaz de absorber semejante shock convirtió una reorganización productiva en una crisis social de largo alcance.

    También resulta significativo que la medida haya sido adoptada por una dictadura. La falta de representación política no fue un detalle secundario, porque permitió que una decisión de semejante magnitud se ejecutara sin el proceso de discusión pública que habría obligado a confrontar sus costos sociales. El caso tucumano muestra así una de las características más problemáticas de los gobiernos autoritarios que intentan imponer transformaciones estructurales desde arriba: pueden tomar decisiones con una velocidad que un sistema democrático difícilmente permitiría, pero esa misma velocidad puede impedir que se escuchen las voces de quienes soportarán las consecuencias.

    Con el paso de los años, algunos de aquellos ingenios desaparecieron físicamente o quedaron reducidos a estructuras abandonadas, mientras que otros fueron reconvertidos y la actividad azucarera sobrevivió en establecimientos que continuaron produciendo. Pero la provincia nunca volvió a ser exactamente la misma. La huella de 1966 quedó grabada en los pueblos que perdieron población, en las familias que emigraron y en una memoria colectiva que todavía identifica aquella fecha como el comienzo de una transformación traumática. En ese sentido, el 22 de agosto no pertenece solamente a la historia de la industria azucarera: pertenece a la historia de cómo las decisiones económicas pueden modificar la geografía humana de un país.

    Sesenta años después, cuando se habla de productividad, competitividad, reconversión o reducción de costos, la experiencia tucumana ofrece una lección que conserva plena vigencia: detrás de cada fábrica existe una comunidad y detrás de cada puesto de trabajo hay una cadena de relaciones que no aparece en ninguna planilla contable. El cierre de los ingenios de 1966 demuestra que una economía puede ser reorganizada desde un despacho, pero sus consecuencias se viven en las casas, en las escuelas, en los comercios y en las calles. Por eso aquella decisión de Onganía permanece como una de las grandes heridas sociales de Tucumán: porque no solamente cerró fábricas, sino que modificó el destino de miles de personas y obligó a una provincia entera a reconstruirse después de que el poder político decidiera que una parte de su economía ya no era necesaria. La historia del azúcar tucumano, en definitiva, permite comprender que el desarrollo no consiste solamente en determinar cuánto produce una región, sino también en preguntarse qué sucede con quienes viven de esa producción cuando alguien decide, desde lejos, que ha llegado la hora de apagar las máquinas.

     

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