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Reunión con la Directora de Gestión Deportiva de Río Negro

Esta mañana, el Intendente, Marcelo Orazi, se reunió con la Directora de Gestión Deportiva de la Provincia de Río Negro, Susana Fantini. La finalidad del encuentro fue delinear el trabajo y las acciones a nivel deportivo de este año para la ciudad. Asimismo, se dialogó sobre distintos proyectos que se pueden ejecutar a futuro a través de la Dirección de Deportes de la Municipalidad de Villa Regina.

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    AHORA VIENE EL BALOTAJE

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  • En Tribunales cuestionan a los jueces de Cuadernos por aceptar que Centeno no declare

     

    En Tribunales hay malestar con los jueces de Cuadernos porque aceptaron que el artífice de la causa, el chofer Oscar Centeno, no se presentara a declarar como estaba estipulado.

    Tanto los jueces Germán Castelli, Enrique Méndez Signori y Fernando Canero que integran el Tribunal Oral Federal n° 7 como la fiscal Fabiana León, reivindicada en los medios como «incorruptible», asumieron con naturalidad que el arrepentido colaborador no declare.

    El remisero está bajo un programa de protección de testigos y se acercó a Comodoro Py el jueves custodiado por la Policía de Seguridad Aeroportuaria. Pero no quiso responder preguntas, lo que encendió una luz de alarma en Tribunales, puesto que su testimonio no es uno más.

    No sólo lo esperan los dirigentes políticos imputados, como Cristina Kirchner, sino los empresarios que están acusados y necesitan que Centeno aclare lo que en teoría escribió en los cuadernos que se quemaron.

    Hay casos como el del empresario Armando Loson, que denunció que parte de las menciones que se hacían sobre él en los cuadernos del chofer habían sido adulteradas.

    Germán Castelli, Enrique Méndez Signori y Fernando Canero, los jueces del TOF 7.

    El difunto juez Claudio Bonadío justamente les decía a los empresarios acusados que tendrían la posibilidad de aclarar las inconsistencias que había en los escritos en la etapa del juicio. Por eso el silencio de Centeno arroja un manto de sospecha. La pregunta que recorre Tribunales es si Centeno puede hablar y explicar lo que escribió o si siempre siguió un guion.

    El caso de Claudio Uberti tampoco aporta transparencia en el proceso: el ex funcionario kirchnerista leyó su declaración y no aceptó preguntas.

    Fuentes judiciales aseguraron a LPO que la negativa de Centeno es un disparate que pone en tela de juicio todo el proceso.

    El martes, Cristina Kirchner impugnó las actuaciones judiciales de la etapa de instrucción de la causa y apuntó contra Bonadío y el fiscal Carlos Stornelli, a quienes acusó de extorsionar empresarios junto al falso abogado Marcelo D’Alessio para que declarasen contra ella.

     

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  • Ucrania: una paz que avanza a la fuerza

     

    En menos de 72 horas, la relación transatlántica cambió de naturaleza y todo parece indicar que los ucranianos han perdido la guerra. El 12 de febrero de 2025, el flamante secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, dio inicio a las negociaciones de paz en Ucrania. Ya desde un comienzo cedió ante las dos principales exigencias de Moscú: la no adhesión de Kiev a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la ratificación de las “nuevas realidades territoriales”, es decir, la anexión de cuatro regiones ucranianas a Rusia, así como también de Crimea. Al día siguiente, tras una larga conversación telefónica con Vladimir Putin, el presidente Donald Trump anunció su intención de reunirse con su par ruso en Arabia Saudita –sin los ucranianos ni los europeos– y expresó su deseo de que pronto se organicen elecciones en Ucrania. Finalmente, el 14 de febrero, en un discurso pronunciado en una conferencia en Munich, el vicepresidente estadounidense, más que abordar la cuestión ucraniana, reprochó a los dirigentes europeos el hecho de que deshonraran las aspiraciones de sus propios pueblos restringiendo la libertad de expresión en las redes sociales o anulando las elecciones en Rumania por supuestas injerencias rusas (1).

    Semanas antes, Trump había lanzado una ofensiva comercial al aumentar los aranceles a las importaciones de Canadá, México y la Unión Europea, y también había expresado sus intenciones anexionistas sobre Groenlandia (2). Sin embargo, de ahora en adelante, ya no se trata tan sólo de manipular a sus “aliados” para que compren más armas o para equilibrar la balanza comercial. Al declarar que Estados Unidos no les concedería garantías de seguridad ni a Ucrania ni a las tropas europeas que pudieran desplegarse para hacer cumplir un eventual alto el fuego, Trump inevitablemente sembró dudas sobre la solidaridad estadounidense en caso de un ataque al territorio de un miembro de la OTAN. Sin su contrapartida de seguridad, el vínculo transatlántico se parecería más bien a una completa relación de dependencia.

    No obstante, desde 2022, Estados Unidos ha “invertido” un promedio de 35.300 millones de dólares por año en Ucrania (3). Mucho más que los 3.000 a 5.000 millones de dólares que Washington destinó cada año a Israel antes del ataque del 7 de octubre de 2023 y el equivalente a casi la mitad de los gastos militares anuales para Afganistán entre 2001 y 2019 –un esfuerzo para financiar una ocupación militar y operaciones directas–. El nivel de apoyo a Ucrania se sitúa, por lo tanto, en algún punto intermedio entre la ayuda brindada a un aliado histórico en Medio Oriente y el compromiso de una intervención directa en el campo de batalla en su propio nombre. Pero a Trump poco le importa todo eso: la guerra en Ucrania no es la de Estados Unidos, sino la de su antiguo rival Joseph Biden…

    Errores de cálculo

    Evidentemente, la magnitud de la ayuda occidental llevó a Kiev a cometer un error y la alentó a rechazar la negociación. En la primavera boreal de 2022, incluso antes de que Occidente le proporcionara su apoyo militar, la resistencia ucraniana podía enorgullecerse de haber frustrado la operación de cambio de régimen fomentada por el Kremlin y de haber minimizado las pérdidas territoriales. Después de cuatro semanas de combates, los beligerantes estaban cerca de llegar a un acuerdo. En Estambul, Kiev aceptó un estatus de neutralidad –es decir, renunció a adherirse a la Alianza Atlántica– y confirmó su intención de no dotarse de armas nucleares. A cambio, buscaba conseguir la retirada voluntaria de Moscú de los territorios que había ocupado desde el 24 de febrero. Sin embargo, Kiev necesitaba garantía de seguridad por parte de los líderes occidentales, quienes se la negaron. Boris Johnson se convirtió en el portavoz de la posición occidental durante una visita a la calle Bankova, sede de la Presidencia ucraniana. El Primer Ministro británico afirmó que nunca firmaría un acuerdo con Putin. Por eso, lo que ofrecían no eran garantías, sino armas (4).

    Europa deberá pagar la reconstrucción de Ucrania y, al mismo tiempo, afrontar los costos de su seguridad.

    Por un tiempo fue posible creer que dicha apuesta resultaría exitosa. Tras una primera contraofensiva, en noviembre de 2022, Kiev recuperó la ciudad de Jersón, ubicada en la orilla derecha del río Dnieper. Se desató la euforia. La palabra “negociaciones” se volvió tabú. No alinearse con los objetivos ucranianos –es decir, recuperar por la fuerza las fronteras de 1991– equivalía a firmar un pacto con el diablo. Los grandes medios de comunicación occidentales respaldaron el decreto ucraniano de octubre de 2022 que prohibía las negociaciones con Putin, a quien buscaban llevar ante la justicia internacional por crímenes de guerra (5).

    Sin embargo, la segunda contraofensiva ucraniana de junio de 2023 resultó en una derrota. En los medios de prensa, los estadounidenses expresaron su descontento: Kiev habría escatimado demasiado sus hombres para privilegiar ataques tácticos dispersos a lo largo del frente en lugar de enviar soldados en masa a los campos de minas rusos con la esperanza de traspasar las defensas del adversario y cortar el puente terrestre entre Rusia y Crimea (6). Bajo la presión de Washington, Kiev redujo la edad de reclutamiento de 27 a 25 años en abril de 2024, pero en diciembre se negó a bajarla a los 18 años. Así, la apuesta hecha en base a las exhortaciones occidentales fracasó trágicamente. Tanto el costo humano –cientos de miles de muertos y heridos– como los sacrificios exigidos a la sociedad fueron en vano (7).

    Como lógica consecuencia, durante el mismo período, Rusia experimentó una suerte inversa. El inicio de su “operación militar especial” resultó un fiasco. Los servicios de inteligencia rusos sobrestimaron los apoyos con los que contarían tanto por parte de la población como dentro de las élites ucranianas. El Ejército se estancó en los barrios periféricos de la capital ucraniana y fracasó en su intento de tomar el control del país. El Kremlin decidió entonces concentrar su dispositivo militar en el Donbass y Crimea. Concebida inicialmente como una expedición relámpago, la guerra fue cambiando de escala y de naturaleza. La movilización forzada decretada en septiembre de 2022 provocó una ola de protestas y exilios.

    Atrapada en su propia guerra, Rusia agravó su situación en materia de seguridad. Su “operación militar especial” tenía como objetivo, por un lado, prevenir que Ucrania se rearmara –antes de que Kiev recuperara por la fuerza las regiones separatistas prorrusas– y, por otro lado, poner un freno a la expansión de la OTAN hacia el Este. No obstante, unos meses después del inicio del conflicto, Rusia enardeció el patriotismo de un adversario que recibía un flujo continuo de armas y que contaba con el respaldo de una Alianza Atlántica reforzada con dos nuevos miembros: Suecia y Finlandia, que limitan con la zona ártica, estratégica para Moscú. Los dirigentes europeos reforzaron los batallones enviados al flanco oriental de la alianza, incluida Francia, que hasta entonces se oponía a una presencia permanente. La fuerza de reacción rápida de la OTAN cuadruplicó su número de efectivos; también continuó la construcción de la nueva base antimisiles estadounidense en Polonia, en donde los norteamericanos elevaron su presencia militar a 10.000 soldados. Lejos de calmarse, en Rusia las preocupaciones respecto de la seguridad se intensificaron por no haber previsto la fuerza y la unidad de la reacción occidental. Empero, al apostar por la consolidación de sus defensas detrás del Dnieper, Rusia logró estabilizar el frente. Los avances territoriales, como la toma de Bajmut en mayo de 2023, se consiguieron a costa del sacrificio de numerosas tropas, en un país ya golpeado por su crisis demográfica.

    El Presidente estadounidense parece elevar a Rusia al rango de nueva aliada.

    Si bien Rusia mostró debilidades militares, la resiliencia de su economía resultó sorprendente. El Banco Central había acumulado suficientes reservas para asumir una confrontación financiera con Occidente. Logró sostener eficazmente el rublo y salvar su sistema bancario a pesar del congelamiento de sus activos en Europa y Estados Unidos. En cuanto a las sanciones energéticas, terminaron volviéndose en contra de los propios impulsores europeos: el aumento de los precios del gas compensó la pérdida de los volúmenes enviados al Viejo Continente, dando tiempo a Rusia para reorientar sus exportaciones de hidrocarburos hacia Asia (8). El fracaso de la estrategia de aislamiento se volvió evidente porque, si bien Moscú se vio obligada a recurrir a “Estados parias”, como Corea del Norte o Irán, para obtener armas o soldados, la realidad es que no le faltaron socios económicos interesados en sus descuentos energéticos. Los países que forman el núcleo del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) vieron con preocupación la ofensiva punitiva financiera de Washington contra uno de sus miembros y profundizaron de forma preventiva su cooperación para reducir el uso del dólar en sus intercambios. En 2024, BRICS acogió a cinco miembros nuevos, entre los que destacan los Emiratos Árabes Unidos, un actor clave en las nuevas rutas del petróleo ruso (véase el artículo de págs. 12-14).

    ¿Acercamiento al hermano menor?

    Al elegir negociar cara a cara con Moscú, Trump le ofrece una vía de escape al Kremlin. El Presidente estadounidense parece elevar a Rusia al rango de nueva aliada. Las concesiones, por ahora sólo verbales, resultan vertiginosas: reanudación de las negociaciones sobre el desarme, promesa de reincorporación al G7 y, a largo plazo, levantamiento de las sanciones. Aunque el Presidente estadounidense trate de morigerar estas promesas en las próximas semanas, la solidaridad transatlántica parece estar ya profundamente deteriorada.

    Estas declaraciones podrían cerrar la era geopolítica que comenzó en 1949. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos creó la Alianza Atlántica para imponer su influencia a la mitad de Europa, mientras que la otra mitad se alineaba primero con el bloque soviético y luego se unía al Pacto de Varsovia en 1955. Sin embargo, a fines de la década de 1980, el último líder soviético, Mijail Gorbachov, al frente de un país agotado por la carrera armamentista, se comprometió con una serie de concesiones unilaterales y desordenadas: aceptó la reunificación de Alemania y su adhesión a la OTAN sin obtener garantías escritas sobre la no expansión de la alianza occidental en Europa del Este. De este modo, el antiguo instrumento de seguridad sobrevivió a la Guerra Fría, y la Unión Europea, al expandirse, permaneció firmemente vinculada a Washington. Aunque en 1989 y 1990 se llegó a considerar por un momento la posibilidad de implementar un nuevo sistema de seguridad, no surgió ninguno alternativo tras la disolución de la URSS en 1991. Si bien el conflicto ruso-ucraniano tiene en parte su origen en esta oportunidad perdida, su resolución negociada está provocando una reconciliación ruso-estadounidense a espaldas de Europa.

    En Munich, el vicepresidente James David Vance incluso señaló una nueva dirección estratégica de Estados Unidos: “A Putin no le interesa ser el hermano menor en una coalición con China” (9). ¿Se trata del regreso a la estrategia de triangulación que había puesto en marcha el presidente estadounidense Richard Nixon en 1971 al acercarse al “hermano menor” (en ese entonces, China) para aislar mejor al enemigo principal (la URSS)? Si este es el “plan”, Trump tendrá dificultades para romper el eje Rusia-China. Pekín, si bien se molestó por el hecho consumado de la invasión rusa y le ha reprochado a Moscú su abuso de la amenaza nuclear, no le ha retirado su apoyo. China suministra de manera discreta tecnologías necesarias para el complejo militar-industrial ruso, al mismo tiempo que profundiza su cooperación militar con Moscú. Aunque desequilibrada, esta relación se basa en una fuerte frustración compartida respecto de un orden internacional dominado por Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría.

    ¿Y Europa?… Europa se encuentra en la peor situación posible: ya debilitada por la crisis energética que ella misma provocó al renunciar –a petición de Washington– al gas ruso barato y pronto golpeada también por la guerra comercial decretada por la Casa Blanca, ahora se ve obligada a gestionar en soledad las consecuencias del revés occidental en Ucrania. Mientras la confrontación con Rusia alcanza un nivel incandescente y sus arsenales se han vaciado en favor de Kiev, Europa se prepara para aumentar de forma urgente su gasto militar, lo que implica comprar armamento estadounidense. Washington le exigía un “reparto de la carga” de la financiación de la alianza. Ahora la carga es doble: pagar la reconstrucción de Ucrania (que, a esta altura, Rusia deja de buena gana en manos de la Unión Europea) y, al mismo tiempo, asumir su propia seguridad. El gasto parece simplemente inasumible para los presupuestos europeos y augura nuevas divisiones.

    1. Benoît Bréville, “Liquidación electoral”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2025.
    2. Philippe Descamps, “Affoler la meute”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 2025.
    3. “Ukraine support tracker”, Kiel Institute for the World, 2024.
    4. Samuel Charap y Sergueï Radchenko, “¿Podría haber terminado la guerra en Ucrania?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2024. Volodimir Zelensky se esfuerza en negar el papel que habría desempeñado así Johnson; véase también Shaun Walker, “Zelensky rejects claim Boris Johnson talked him out of 2022 peace deal”, The Guardian, Londres, 12 de febrero de 2025.
    5. Véase, por ejemplo, “Soutenir l’Ukraine pour assurer la paix”, Le Monde diplomatique, 10 de enero de 2023.
    6. Alex Horton y John Hudson, “US intelligence says Ukraine will fail to meet offensive’s key goal”, The Washington Post, 17 de agosto de 2023.
    7. Hélène Richard, “Ucrania, una sociedad dividida por la guerra”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2023.
    8. Hélène Richard, “Sanciones de doble filo”, Le Monde diplomatique, noviembre de 2022.
    9. Bojan Pancevski y Alexander Ward, “Vance wields threat of sanctions, military action to push Putin into Ukraine deal”, The Wall Street Journal, Nueva York, 14 de febrero de 2025.

     

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    JARDÍN DE REJAS

    ¿Marketing político?¿Respuesta al clamor popular? Nuevamente el Ejecutivo se encuentra en el centro de la polémica al presentar el proyecto de reforma del “Régimen penal Juvenil”. Pero antes de preguntarse si dicho proyecto enmarcado en el programa Justicia 2020 es “correcto” o no, deberíamos hacer foco en otras cuestiones. Como siempre, el pilar fundamental de…

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  • «Si en tres años de crecimiento no aparece el empleo privado formal, revisamos la teoría económica»

     

    Ivan Carrino es uno de los jóvenes economistas libertarios más escuchados del momento, y también el más reposteado por Javier Milei. En un mano a mano con LPO, se dispone a explicar cuánto hay realmente de ideología y cuánto de economía convencional detrás del programa oficial. 

    A Carrino le divierte remarcar que la Universidad de Buenos Aires, cuna histórica del pensamiento crítico, es, según cuenta, la única universidad argentina donde se enseña formalmente a Murray Rothbard. Claro, dentro de la materia que dicta como profesor en Económicas. 

    Desde ese cruce entre academia, redes y poder político, defiende el rumbo económico del Gobierno, relativiza la idea de un experimento ideológico y sostiene una tesis incómoda: el padecimiento presente, para un bienestar futuro. La pregunta central del momento: cuánto dolor puede tolerar una estabilización económica.

    -Quiero arrancar por algo más conceptual. Vos estudiaste durante años la escuela austríaca. ¿Qué distancia encontras entre la teoría y el ejercicio real del gobierno? 

    -Sí, es cierto que lo estudié mucho. Conozco a los economistas austríacos desde chico. Mi primer acercamiento fue con un libro que tenía mi viejo cuando yo tenía 15 años, Camino de servidumbre. Tal vez no es el libro más específico de la escuela austríaca, porque es más bien un análisis económico-político general. Entendí el 30% de lo que leí en ese momento, te imaginarás. Después me regaló un libro de Mises, Seis lecciones sobre el capitalismo. Ese libro tuvo un momento viral el año pasado cuando un luchador brasileño dijo que Occidente estaba en peligro y recomendó leerlo. 

    Después hice mi carrera, estudié administración en la UBA, llegó la crisis del 2008. Yo ya me consideraba liberal, había atravesado la crisis del 2001 con 15 o 16 años, leía mucho a Roberto Cachanosky, Juan Carlos de Pablo, José Luis Espert, López Murphy. 

    En 2008 me reconecté con la escuela austríaca ya con nombre formal. Descubrí que existía toda una corriente intelectual. En 2011 decidí seguir estudiando específicamente eso y me fui a España a hacer una maestría con Huerta de Soto. 

    Cuando miras la política concreta, un economista formado en la escuela austríaca va a tener una mirada muy parecida a la de un economista formado en la tradición de Chicago. Ajustar el déficit fiscal, bajar la emisión monetaria, ordenar el tipo de cambio, desregular, privatizar, proteger la propiedad privada.

    Yo sentía que venía de los márgenes del mundo económico y de repente esas ideas quedaron en el centro de la escena. Eso es algo simpático para mí. 

    La escuela austríaca es una corriente de pensamiento, como puede ser el keynesianismo o la escuela de Chicago. Hoy no forma parte del mainstream. 

    Entonces aparece la pregunta: ¿qué hay de la escuela austríaca en el programa de gobierno? Porque Milei también es un gran conocedor de los autores austríacos. Uno podría pensar que estamos viendo una política económica austríaca, pero eso es más difícil de ver. Cuando uno lee a la escuela austríaca encuentra posiciones sobre política monetaria, el Banco Central, regulaciones específicas. Muchos autores plantean que el Estado debería correrse de muchos lugares. Ahora, cuando miras la política concreta, un economista formado en la escuela austríaca va a tener una mirada muy parecida a la de un economista formado en la tradición de Chicago o incluso del mainstream. Ajustar el déficit fiscal, bajar la emisión monetaria, ordenar el tipo de cambio, desregular, privatizar, proteger la propiedad privada. Hay consensos básicos en economía. Yo trato de ser ante todo un economista, más allá de las escuelas.

     – ¿No es un gobierno estrictamente austríaco? 

    -Y hay una inspiración liberal fuerte. Por supuesto, hay inspiración austriaca de decir que hay un norte ahí donde creemos realmente que el mercado es muy eficiente, bastante superior a otros arreglos institucionales. Sí. Y en lo concreto que hacemos? Y qué sé yo, hay que llevar la economía desde una especie muy sovietizada, ultra intervenida, con precios máximos, restricción para importar, altísimos niveles de inflación.  

    Hay que llevar esa economía a una economía más normal. ¿Y qué se hace? Pregúntale a un economista que más o menos entienda de las cosas y te va a decir que hay que hacer lo que más o menos se está haciendo: ajustar el déficit fiscal, bajar la emisión monetaria, tener más o menos controlado el tipo de cambio. 

    Desregular, privatizar, dar un mensaje que vas a proteger la propiedad privada y teniendo en cuenta el punto de partida, un austriaco está de acuerdo. Un tipo de la escuela Chicago está de acuerdo. Te diría que muchos keynesianos también están de acuerdo. Entonces, me parece para mí interesante enfatizar eso. 

    -Entonces el gobierno estaría haciendo algo que buena parte de la profesión económica considera necesario. 

    -Sí, y sumale la convicción, la fuerza y el empuje con el que se hace. Estas cosas que parecían inevitables tal vez necesitaban alguien con inspiración más radical para correr el eje de la discusión. Huerta de Soto es un radical. Hay autores austríacos que han sostenido que el Estado tiene que correrse del sistema sanitario o educativo. Son posiciones libertarias fuertes. Tal vez necesitabas alguien tan convencido de eso para que lo normal volviera a ser algo aceptable en Argentina.

    Hay que llevar la economía desde una especie muy sovietizada, ultra intervenida, con precios máximos, restricción para importar, altísimos niveles de inflación, a una economía más normal. ¿Y qué se hace? Pregúntale a un economista que más o menos entienda de las cosas y te va a decir que hay que hacer lo que más o menos se está haciendo.

    -Vos alguna vez planteaste que Milei es un líder populista. 

    -Sí. Lo tomo de un artículo de Rothbard de 1992 que se llama Populismo de derecha. Él decía que el Partido Libertario había logrado instalar identidad ideológica pero no impacto político. Entonces propone una estrategia distinta: una actitud de denuncia contra el gobierno, ciertos empresarios y líderes de opinión. No usa la palabra «casta», pero la lógica es parecida. El discurso político de Milei, sobre todo al principio, es compatible con eso: confrontativo, denunciante. No digo que Milei haya leído eso y decidido aplicarlo. Pero la similitud está.

     -Y ahí aparece inevitablemente la comparación con Trump. ¿Trump entra en esa categoría?

     -Trump sí encajaría en una descripción de populismo de derecha por el estilo político. Pero no desde el punto de vista económico. Sus planteos sobre comercio exterior son verdaderamente absurdos desde el consenso económico básico. Son proteccionistas, nacionalistas. Tiene el estilo populista, pero no el componente libertario.

    Lo que no tiene Trump, que sí tiene Milei y que sí tenía la categoría de Rothbard, es inteligencia del punto de vista económico. Los planteos de Trump son verdaderamente absurdos en materia de comercio exterior, por ejemplo. No pasan la prueba de lo razonable del punto de vista económico.

    Hay muchísimo consenso en economía de que la economía abierta funciona mejor que la economía cerrada. Entonces lo que no tiene Trump, que es populista en el sentido de amigo y enemigo, la estrategia de denuncia, casta, etcétera; pero no tiene el condimento libertario. 

    Trump encajaría en una descripción de populismo de derecha por el estilo político. Pero no desde el punto de vista económico. Sus planteos sobre comercio exterior son verdaderamente absurdos desde el consenso económico básico. Son proteccionistas, nacionalistas. Tiene el estilo populista, pero no el componente libertario. 

    – Entonces, Trump rompe con el consenso básico económico… 

    -Yo creo que simplemente está formado en en otro punto de vista, en otras ideas, tiene asesores económicos que discuten con el consenso general de la de la economía. ¿No? También habrá una estrategia. A ver, también ahí está este tema de lo conveniente políticamente. Trump le está hablando una base electoral desencantada que por ahí tenía trabajo en una fábrica y lo perdió y el que encontró no es el que le gusta. Tal vez (en Estados Unidos) hay mucha gente con, digamos, el nacionalismo. El pensamiento tribal es algo bastante propio del ser humano, no?

     -Voy al punto incómodo. Hay estabilidad pero mucha gente siente que vive peor. ¿Cómo se explica esa distancia entre los datos macro y la experiencia cotidiana? 

    -Ahí me parece importante ser respetuoso de los datos. Entre el tercer trimestre de 2023 y el tercer trimestre de 2025 se crearon 409.000 puestos de trabajo. Eso está en la base del Indec. Entonces hay creación de empleo. Ahora, cuando miras el desagregado, se perdieron más de 200.000 puestos asalariados formales privados, pero se crearon más de 600.000 empleos informales o no asalariados, muchos monotributistas. No voy a desconocer esa realidad. El ideal es empleo registrado, estable y bien pago. Para eso necesitas crecimiento económico sostenido. Si en tres años de crecimiento no aparece empleo privado formal, ahí sí revisamos la teoría económica. 

     -Pero aun así estamos hablando de precarización laboral…

    -Sí, pero es un fenómeno que viene de antes y también es global. La economía cayó fuerte tras la corrección cambiaria de 2024. Ahí se perdió empleo en industria, comercio y servicios. Ahora cae menos. Todavía no se recupera el empleo formal, pero sí el empleo total.

     -El Gobierno habla de reconversión productiva hacia energía, minería y servicios. Pero reconvertirse en Estados Unidos no es lo mismo que hacerlo en Argentina. ¿Cuán doloroso puede ser ese proceso? 

    -Desde el año 2000 Estados Unidos perdió 4,6 millones de empleos industriales y hoy tiene 4% de desempleo. Esos trabajadores fueron a servicios. Todas las economías desarrolladas funcionan así. La industria argentina representa 18% del PBI y del empleo formal. El grueso está en servicios. Ahora, decirle a alguien que perdió su trabajo dónde va a trabajar mañana es difícil. Yo no tengo una respuesta concreta para esa persona. Pero históricamente las economías reasignan empleo.

    Entre el tercer trimestre de 2023 y el tercer trimestre de 2025 se crearon 409.000 puestos de trabajo. Eso está en la base del Indec. Entonces hay creación de empleo. Ahora, cuando miras el desagregado, se perdieron más de 200.000 puestos asalariados formales privados, pero se crearon más de 600.000 empleos informales. El ideal es empleo registrado, estable y bien pago. Para eso necesitas crecimiento económico sostenido. Si en tres años de crecimiento no aparece empleo privado formal, ahí sí revisamos la teoría económica. 

     – ¿Decis que hay que atravesar  inexorablemente un período de sufrimiento social? Suena insensible. 

    -Dos cosas. Si fuera por mí y si mi bolsillo fuera el de Donald Trump, le pago la vida a todo el mundo. Pero no depende de la generosidad de nadie. Hay que pensar cómo salvas a todos con el mejor sistema institucional posible, para que cada uno pueda salvarse a sí mismo. Puede sonar insensible, pero no hay forma de hacer las cosas muy mal en economía durante años y que no tenga costos después. Argentina emitió para financiar déficit, puso precios máximos, cepos. Todo dio exactamente el resultado que tenía que dar. Cuando corregís eso, aparecen costos. No hay salida gratis. Pasar de un déficit fiscal de cinco puntos del PBI a equilibrio financiero y bajar la inflación desde más de 200% implica costos. Eso existe en cualquier manual de economía.   

    No estamos tan mal.  O bueno, es la resistencia social. Ahí no sabemos si no dolió tanto o no, Pero que será que tendrá este presidente que la gente lo sigue apoyando. ¿Hay que preguntarse esas cosas, no? Y lo segundo que vale la pena decir es que Milei puede ser, digamos, austríaco, el insensible, lo que sea, pero lo primero que hizo fue decir lo que iba a hacer. 

    Si vos de clase media con un ingreso donde estabas ahí y ahora tenés que pagar mucho más que la inflación, el gas y el agua. Y sí, estás complicado, pero son los costos que hay que pagar. Como economista lamentablemente lo que tengo que decir.

     -¿La inflación va a bajar? 

    -Hay un rebrote de la inflación en el último tiempo, que tiene que ver por un lado con un tipo de cambio que en los últimos seis meses del año pasado tuvo una tasa de evaluación mucho mayor de la que venía teniendo. Y eso tiene un impacto de corto plazo en los precios.

    Pero por otro lado, también hubo detrás demasiada emisión monetaria, digamos. Ahí hubo cuestiones que tuvieron que ver con esto de voy a sanear el balance del Banco Central. Desde mi punto de vista, se emitió más dinero del que era necesario. Bueno, eso generó una masa. Si a eso encima le sumo que el tipo de cambio ahora en vez de valores al uno se devaluó al tres, que fue más o menos el promedio de lo que subió el dólar oficial desde abril hasta octubre, entonces eso afecta la tasa de inflación. Ahora, en febrero está cayendo el dólar. Si tomas los últimos tres meses tenés una estabilidad cambiaria bastante importante. Eso ayuda a estabilizar la inflación y cuando vos ves los datos monetario de este año, está muy dura la política monetaria, se está cayendo la base monetaria a pesar de la compra de dólares.

    No hay forma de hacer las cosas muy mal en economía durante años y que no tenga costos después. Argentina emitió para financiar déficit, puso precios máximos, cepos. Todo dio exactamente el resultado que tenía que dar. Cuando corregís eso, aparecen costos. No hay salida gratis. 

    Entonces a mí eso me da la pauta que la inflación va a seguir bajando este año y veo a la economía en condiciones de seguir creciendo. O sea, a pesar de que va a haber sectores o subsectores o empresas dentro de los subsectores que encontrarán dificultades, porque obviamente hay un poco más de competencia extranjera, porque ya no es tan fácil maquillar errores empresariales con subas de precio.

    – Entonces hay pass trough….

    – Si, en términos coyunturales. Pero la inflación es un fenómeno monetario

     -Todo parece ordenarse, pero el riesgo país no termina de bajar. ¿Qué está viendo el mercado? 

    =Es una buena pregunta y no tengo una respuesta tan clara. Tenés superávit fiscal, inflación bajando, reformas aprobadas y un gobierno revalidado electoralmente. Tal vez pesa la historia argentina. Pero la dirección general es de normalización.

    – ¿Sós optimista? 

    -Sí. Si el gobierno sigue haciendo la tarea de los países normales: orden fiscal, estabilidad monetaria, respeto por la propiedad privada y apertura económica.

     

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