Retrato de una mujer en llamas

Retrato de una mujer en llamas

 

¿Qué hay en un nombre? 

Lo preguntaba Julieta en su balcón, como si el nombre de su enamorado no fuera más que una cáscara vacía que podía desprenderse del cuerpo sin tocar su esencia. Qué hay en un nombre, decía, y en esa pregunta vibraba la promesa romántica de que el amor podría existir más allá de los nombres, de las clases, de los linajes.

Pero ¿y si la pregunta estuviera mal formulada? Esa pregunta por el nombre que sembraba el romance universal bautizado por dos nombres eternos, Romeo y Julieta, a los que no nos atreveríamos a cambiarles siquiera el orden en el que los nombramos (¿Julieta y Romeo?). ¿Y si el nombre no fuera, cómo sugería el poema, sólo un nombre? ¿Si fuera un depósito de vida, tiempo y destino? ¿Y si, lejos de ser sustituible, el nombre concentrara todo lo irremplazable: la memoria de un cuerpo, el rastro de una muerte, la huella de una época?

***

Hamnet empieza en la naturaleza. En el tronco de un árbol milenario, donde crece el musgo y se entrelazan otros árboles. La cámara desciende por la corteza como si leyera sus marcas: anillos invisibles, años superpuestos, raíces que se enroscan sobre sí mismas. Todo parece anterior a los nombres, anterior a la historia. Empieza como fuera del tiempo. Entre hojas secas y ramas caídas, entre los pliegues del árbol, entre la sombra y la materia vegetal, aparece Agnes: en un rojo inconfundible que se desprende del verdor terrible, acurrucada como si el bosque la hubiera absorbido o estuviera a punto de devolverla. Agnes despierta por el sonido de un pájaro y le conocemos el rostro de la vigilia. 

La Agnes de Jessie Buckley tiene un gesto vigoroso. No importa si encarna la ternura, el dolor, el afecto o la ira, lo que se mantiene constante en su cara es una especie de impulso vital. Agnes tiene una fascinación por las cosas del mundo. Un arrojo por lo que no se deja domesticar del todo. La vemos en el bosque atender el llamado de un halcón que, al verla, vuela hacia ella y se posa en su brazo para que lo alimente. La cámara de Chloé Zhao nos propone desde esta escena un pacto. Durante la película irá desde unos planos muy abiertos, a veces cenitales y oblicuos hacia otros en los que estará muy próxima a los seres y las cosas. Y más que próxima, estará mezclada con lo que pasa, inmersa, titubeante. Aquí, ante Agnes y el halcón, la cámara se posa primero en el ave, en el gesto con que desgarra un trozo de carne y luego se desplaza hacia el rostro de ella. Está tan cerca de todo que el plano —que podría haber sido una imagen preciosa— nunca termina de aquietarse, sólo hay movimiento y una cámara que lo registra a una distancia mínima. 

En el interior de la casa y detrás de una ventana lo vemos a él. Un tutor da clases a tres niños. Mira hacia afuera con los ojos perdidos hasta que su mirada se fija en algo: Agnes atraviesa el campo con paso firme y el halcón posado en su brazo.

Agnes es hipnótica. Es una especie de ninfa del bosque. En los cuatro minutos que llevamos mirando nos cautiva su gesto, el modo en el que duerme entre los árboles, su forma de manipular un ave rapaz. Ahora el cautivo es él.

***

El encuentro entre ellos tiene el tiempo de un minué. Se acercan y se separan. Se miran tenaces y en un segundo se esquivan. Él le pide tocar al ave, ella lo permite y a la vez lo previene. Se acarician las manos. Agnes acaricia el espacio carnoso que hay entre el pulgar y el índice. Cierra los ojos. Suspira. Hay algo nuevo: ¿cómo es posible, se pregunta, mirando al tutor a la cara, que una cosa encaje tan bien, con tanta precisión, con esta sensación de acierto?, escribe Maggie O’Farrell en el libro que inventó este instante. ¿Todos los amantes sienten que están inventando algo? resuena desde otra película de un amor que estallaba en la mirada. Las palabras, como un destello, se superponen a la imagen. El cine expande la literatura. El cine expande el cine.

En su segundo encuentro, ante la torpeza de él para hablar, Agnes le pide que le cuente una historia que lo conmueva. Él le cuenta la historia de Orfeo, el músico capaz de amansar a las fieras, que desciende al inframundo para recuperar a Eurídice, su esposa, muerta por la mordedura de una serpiente. Le cuenta que Orfeo logra rescatarla, pero la pierde para siempre en el último segundo por no resistir el deseo de girarse para mirarla. Es el mismo mito que Marianne, Héloïse y Sophie discuten en Retrato de una mujer en llamas, preguntándose por qué él se dio la vuelta si sabía que la perdería. Agnes escucha este relato como quien escucha un idioma nuevo. Acá también la mirada tiene el poder de lo irreversible.

El amor entre Agnes y el tutor comienza como un rayo. Y aunque no es exactamente el centro de Hamnet, ese amor será el barro necesario para que todo lo demás ocurra. El amor entre ellos es un misterio. Lo que más necesitamos, misterio. Algo que nace de la otredad radical, de la fascinación por lo distinto. Un hombre de palabras, sintaxis e idiomas, una mujer del instinto, la naturaleza y los ritos. Dos lenguajes que no deberían tocarse, se encuentran en ese espacio de lo que no se deja explicar, de lo que no se entiende del todo.

***

Un disclaimer antes de continuar. El libro que da origen a esta película es antes que todo una fantasía. Una hipótesis literaria. Una historia inventada en base a algunos datos reales: que en 1596 un hijo de William Shakespeare llamado Hamnet murió a los once años; que cuatro años más tarde, el dramaturgo escribió una obra de teatro titulada Hamlet, que según consta en los anales de Stratford de finales del siglo XVI y principios del XVII, Hamnet y Hamlet son dos formas perfectamente intercambiables de un mismo nombre.

Quienes escruten Hamnet desde la lógica saldrán perdiendo: nada está tan calculado, ni se ciñe a la “historia real” de la familia Shakespeare y tampoco a la Historia de la peste bubónica. Tampoco es fiel a la idea de familia del siglo XVII, a la alta tasa de mortalidad infantil de los años de peste negra, ni a la concepción de infancia en Inglaterra Isabelina. No busca la verdad de William Shakespeare, ni la historia real detrás de la obra Hamlet. No es una interpretación de la tragedia del príncipe danés, ni una relectura de la obra, ni siquiera es fiel al libro de Maggie O’Farrell.

Si la idea de adaptación para pensar en una película que proviene de un libro ya nos quedaba chica, en este caso ni siquiera sirve. Hamnet no es una adaptación del libro homónimo, es una relectura del libro de Maggie O’Farrell escrita además por ella misma. El montaje del libro es fragmentario y pendular, un vaivén temporal que nos obliga a armar un rompecabezas; la película, en cambio, opta por una linealidad que acumula tensión en el presente. En la novela, el padre es una figura mucho más fría y distante, y su nombre jamás es mencionado (se lo llama «el tutor», “el preceptor”, «el marido» o “él”), reforzando esa ausencia mística que lo envuelve. La película le devuelve el nombre de William y le otorga una vulnerabilidad que el libro le retacea. También elimina el rastro global de la peste, ese viaje de la pulga que en el libro conecta continentes, para sintetizar esa escena en una pequeña representación de sombras y asfixiar el relato en la intimidad de la casa, transformando lo que era una crónica histórica en una experiencia puramente sensorial y doméstica. 

Uno de los mayores hallazgos del libro es su narrador: un omnisciente capaz de una permeabilidad total. O’Farrell logra que esa voz salte de un cuerpo a otro, adoptando la mirada de cada personaje con una fluidez que borra las fronteras del “yo”. En la novela, el punto de vista es un organismo vivo que se mueve a través de los personajes sin tocar nunca a la primera persona. La película entabla un diálogo visual con esta técnica; ante la falta de esa voz narrativa, utiliza el lenguaje de la cámara para habitar la subjetividad de los protagonistas. Si el libro nos hace oír los pensamientos, la película nos acerca a las cosas: mediante primeros planos extremos y una profundidad de campo que aísla los sentidos, la cámara se vuelve tan intrusiva como la prosa de O’Farrell. Quienes vemos somos un habitante más de esa casa de Stratford. La película ofrece otras claves de lectura que no anulan la experiencia literaria, conversan con ella y la potencian incluso en su diferencia.

***

El nacimiento de la primera hija ocurre en el bosque. Agnes camina hacia su árbol. La cámara avanza más rápido que la puérpera dejándola por momentos fuera de campo. Como el trabajo de parto, la cámara se impone y avanza, Agnes entra y sale. Las contracciones se encuadran desde lejos, Agnes se retuerce en el piso, se toma de las raíces, grita. Toda la animalidad que la película le supone a la protagonista estalla en esta escena que culmina en un grito que el montaje corta abruptamente. Contrario a lo que podría leerse en la superficie, naturaleza y cultura se funden una y otra vez en Hamnet. Lo mismo pasa con otros binomios clásicos, civilización y barbarie, razón e instinto, ciencia y rito, vida y literatura. En la casa de Stratford, estos mundos se trenzan. El latín de los libros convive con el vapor de los ungüentos y la crianza de los hijos se convierte en el territorio donde el teatro y los ritos se encuentran en un lenguaje común. Habitan su propio mito: si Agnes es la que toca y sana la carne, Will es el que la narra. Él la mira como el músico mira a la ninfa: con la fascinación de quien sabe que ella pertenece a otro reino, uno que apenas puede acariciar a través de las palabras.

Ese juego de lenguajes se potencia con el nacimiento de los gemelos Judith y Hamnet, que ocurre en la intimidad de la casa y la cámara hace lo contrario a lo que hizo antes en el bosque: circula. Zhao utiliza aquí una simetría que es, a la vez, una advertencia: encuadra el parto de los niños con la misma disposición de elementos con la que más adelante encuadrará la muerte. Los cuerpos que llegan y los cuerpos que se van ocupan el mismo espacio, recordándonos que la vida no es una línea recta, sino un ciclo de apariciones y desapariciones, de miradas que retienen y miradas que sacrifican.

***

La cámara filma el cuarto de los niños. Hamnet y Judith aparecen por el costado como dos actores que se suben a un escenario. La película conversa con el libro pero también con el teatro como puesta en escena. Los niños se disfrazan uno del otro y ensayan pronunciar sus nombres intercambiados para engañar a los padres. El romance teatral sigue porque a continuación son los tres niños dirigidos por el padre los que representan una pieza dramática para Agnes. Y un poco más de teatro: el rito para despedir al halcón muerto. Zhao deja que la luz natural y el sonido del viento hagan lo suyo mientras la cámara se mueve torpemente, parece tropezar entre los niños. Se ha discutido si en esta escena el encuadre es un descuido o una decisión. La incomodidad que provoca la imagen parece buscar evitar que las cosas aparezcan completas, perfectamente delimitadas. El encuadre rehúsa la simetría y elige el recorte y una proximidad al ritual que no termina de estabilizarse para hacernos lugar. Agnes lleva al halcón al hueco de un árbol. En un acto de boticaria pagana, sin rezos ni solemnidad, prepara el cuerpo colocando plumas y ramas atadas. La composición visual  anuncia el final de algo más.

De nuevo en el cuarto, estamos frente a las escena que abre el libro: Hamnet busca a su hermana. La cámara, que está fija en la composición que crean las camas, empieza a moverse hacia el costado en el instante en que el niño entra en cuadro y se inclina hacia la tormenta que estalla afuera. Algo avanza más allá del control. Judith tiene la peste. Canela, tomillo, pino y ruda se ponen en circulación para ahuyentar el dolor, el calor y la muerte. La cámara sigue circulando alrededor de la desesperación familiar sin detenerse del todo en nada. Algo en ese movimiento espeja la naturaleza misma de la infección: una circulación invisible pero implacable que lo envuelve todo. La cámara se desplaza con una inquietud febril, contagiando al espectador de esa misma falta de aire que asfixia a los personajes. No hay un punto de fuga, no hay refugio; el movimiento constante de la cámara sugiere que el destino ya se ha puesto en marcha y que la muerte ya es el centro de gravedad de la habitación.

Por la noche Hamnet engaña a la muerte. “Te doy mi vida”, le dice a su hermana y se transforma esta escena en el gesto más shakesperiano de la película. El intercambio es la puesta en escena definitiva. El gesto tiene la lógica de una simetría trágica: una vida debe ser devuelta a cambio de otra. Hamnet engaña a la muerte usando el recurso más viejo del teatro de su padre: el doble. Si en el Acto V de Hamlet, el príncipe pide a su amigo que “reserve su aliento para contar su historia”, en esta habitación asistimos a ese pedido en silencio. Es el gesto más shakesperiano porque convierte el disfraz en destino: Hamnet se ofrece como sustituto, se coloca la máscara de la muerte para que su hermana pueda volver a la vida. “Seré valiente, padre”, repite el niño mientras conjura el engaño.

La madre descubre el pacto. Los ganglios de Hamnet se inflaman y la fiebre sube. La niña sana. En contraposición a la escena de la enfermedad que avanza, el niño aparece en un escenario, interactuando con un bosque pintado en madera. Una puesta en escena, un sacrificio dramático donde realidad y representación ya no se pueden distinguir. Mientras en la cama de Stratford la carne se rinde ante la peste, en la mente de Hamnet se levanta un teatro. La película intercala la agonía física con esa visión del niño como si al aceptar morir, hubiera ingresado al mundo de la ficción. Hamnet entiende el lenguaje de su padre antes que nadie. Para salvar a Judith, él tiene que convertirse en un personaje. Si la peste busca a una niña que se llama Judith, él se pondrá esa máscara y actuará su muerte.

La escena que sigue excede al teatro, el lenguaje de los dobles y la simetría calculada se rompen. La agonía de Hamnet se transforma en algo difícil de ver. La puesta abandona cualquier lógica de representación y se acerca al cuerpo enfermo sin distancia. El dolor ocupa el cuadro de un modo absoluto. Es una escena de exceso. El sufrimiento del niño y la desesperación de la madre aparecen como algo irreductible, imposible de compartir. La escena es expulsiva y cruel. La película renuncia aquí a cualquier mediación tranquilizadora y enfrenta al espectador con una dimensión intransferible: un dolor que solo existe por su dimensión insoportable. Ante la muerte del hijo, un grito telúrico de Agnes rasga el aire. El resto es silencio.

***

La película trata a la muerte como materia. Después de lo inenarrable, nos acerca a la pérdida de un modo táctil, doméstico, próximo. La muerte es más que una idea, está ahí, podemos tocarla, sentir su olor, experimentar la distancia que hay entre el cuerpo que es y la vida que fue. La muerte empieza a vaciar la casa, a volverla oscura, a mostrar los huecos que deja la ausencia de Hamnet. Agnes se reprocha no haber visto que el que estaba en peligro era el niño. Pero ante el consuelo que ofrece el padre, su respuesta es: “no estabas acá”. Agnes no puede compartir su dolor con nadie, ni siquiera con el padre del niño: “no sabés, no estabas”, insiste. El instante de la muerte es tan atroz en Hamnet que como espectadores es difícil hacer parte de ese dolor. Es todo suyo, intransferible. Las palabras que intentan tranquilizarla tienen el efecto contrario: ¿por qué calmarse? ¿por qué seguir adelante? ¿por qué dejar de buscar a un hijo muerto?

Él parte hacia Londres. Ella se queda. La distancia ontológica que antes los unió irremediablemente, ahora se transforma en un abismo. Transitan la pérdida como transitan el resto de las cosas; ella permanece en la materia, él se oculta en el lenguaje. La película no resuelve esa tensión: expone la experiencia de la pérdida en su opacidad.

***

Agnes descubre que la obra en la que trabaja su marido no es una comedia. Cuando ve el papel que la anuncia, lee la palabra “tragedia” y justo en el medio, en letras grandes, ve el nombre de su hijo, el nombre que le puso cuando nació y que ahora figura en su lápida. Agnes no entiende. Siempre hubo un agujero, un espacio de incomprensión sobre su marido, un abismo encantador, eso que tocó la primera vez en sus manos y le develó vastos paisajes y tierras desconocidas. Pero ahora es más grande el desconcierto, no puede entender que haya usado el nombre de su hijo, que haya profanado ese nombre que ella ya no puede pronunciar. Y parte a Londres, a buscarlo, pero también a buscar ese nombre arrancado de la tierra de Stratford y llevado a un escenario: ¿cómo pudo robar el nombre y despojarlo de toda la vida que contuvo? ¿cómo pude escribirlo en una hoja para nombrar otra cosa que no fuera el niño al que le pidió ser valiente?

Lo que la mueve es una mezcla de resentimiento y curiosidad. Agnes entra al teatro temerosa, como si entrara a un cementerio. Pero todo es luz. El teatro está lleno. Nadie allí sabe quién es ella. Nadie sabe quién es su hijo. Todos portan el papel que lleva su nombre. Agnes mira todo con desconfianza: ¿de qué hablan los actores? ¿qué tiene que ver esto que ve con su hijo? Al escuchar el nombre de su hijo en boca de extraños, Agnes se desespera, se abalanza sobre el escenario, empuja a los espectadores a quienes considera intrusos, ladrones. Algo se quiebra cuando Hamlet aparece en escena. Algo en su cara se desacomoda. Sus manos se desparraman en el escenario, está rendida. Cuando el espectro del rey aparece en escena encarnado por el mismo Will y le cuenta a Hamlet cómo el veneno que le dieron descompuso su cuerpo hasta matarlo, ella lo sabe. Ese es su hijo. El que hace cuatro años busca en todas partes. Y ese hombre del que alguna vez se enamoró escribió una historia en la que intercambió el lugar con su hijo. Él murió y él como un espectro a visitar a su hijo que aún vive. “Mirame”, susurra ella, volviendo al mito originario de este amor. “Mirame”. Will, como Orfeo, duda pero se voltea y la mira. Inventa una despedida para su hijo que también es un gesto para Agnes: “recuérdame” le dice al oído.

La obra avanza y Agnes parece disuelta en el público, cautiva por ese hijo que recupera en escena, pero también por el vértigo de una historia que le devuelve el espejo de su tragedia. Cuando Laertes le anuncia a Hamlet que está envenenado, que nada en el mundo podrá salvarlo, un silencio absoluto envuelve el teatro. Agnes vuelve a presenciar la agonía, pero el marco del escenario cambia la naturaleza del dolor. Ella extiende su mano hacia el joven actor y rompe la cuarta pared sin la desesperación animal del pasado, en un gesto que transforma la muerte en un acto colectivo. Los espectadores extienden también sus manos, convirtiéndose en testigos de una pérdida de la que ahora sí hacemos parte.

En esta escena el teatro revela su verdadera potencia: más que como espacio terapéutico, como mediación necesaria. La escena de la muerte en el cuarto era expulsiva y privada; la escena en el Globe es colectiva y ritual. Es el instante en el que Agnes logra abrir su dolor hacia los otros. El teatro nos permite mirar a la muerte de cerca, tocar su contorno, sin sentirnos intrusos en un dolor ajeno. Como Orfeo en el inframundo, Shakespeare toma la decisión del poeta. No se gira hacia Agnes por una debilidad del deseo, lo que elige es la memoria. Al mirar atrás, deja de intentar retener la carne de Hamnet y decide transformarla en lenguaje. Es un acto de renuncia y de creación: pierde al hijo como cuerpo para recuperarlo como símbolo. Hamnet no se trata de encontrar una respuesta a cómo sobrevivir a la muerte de un hijo; sobrevivir es lo inevitable. Se trata de la posibilidad que tiene el lenguaje de nombrar y convertir un dolor inefable en memoria colectiva.

***

¿Qué hay en un nombre?

Hamnet le responde a Julieta. Hamnet afirma que el nombre pesa, hiere y encarna. Que el nombre no se diluye, no se borra, no se abstrae. En esas letras se reúnen una infancia, una peste, una madre y más tarde, y para siempre, una tragedia que hará circular ese nombre por el mundo. Julieta soñaba con liberar al amor del nombre, Hamnet nos obliga a aceptar que el nombre es la última frontera de lo que amamos y nos obliga a preguntarnos: ¿se puede separar un duelo de un nombre?

La entrada Retrato de una mujer en llamas se publicó primero en Revista Anfibia.

 

Difunde esta nota

Publicaciones Similares

  • La pelea por la gobernación: Otermín empezó a recorrer la provincia

     

    Federcio Otermín empezó a recorrer la provincia por el extremo sur y se suma a la lista de potenciales candidatos a la gobernación. El joven intendente de Lomas de Zamora fue una pieza clave en la negociación por el PJ bonaerense y facilitó el entendimiento entre Cristina y Máximo Kirchner y Kicillof.

    Con la flamante chapa de vicepresidente del PJ bonaerense, Otermín visitó en los últimos días las ciudades de Bahía Blanca y Carmen de Patagones. «Es el inicio de una agenda que incluirá encuentros con los consejos partidarios locales y articulación con las gestiones municipales enfocadas en el desarrollo local», explican en su entorno. 

    En Bahía Blanca, a un año de la inundación que golpeó a la ciudad, Otermin se reunió con el intendente Federico Susbielles para analizar las políticas de reconstrucción de la ciudad, abandonada por el presidente Milei que nunca envió la ayuda prometida. Susbielles, sin embargo, evitó chocar con Milei, se supone por la buena imagen del Presidente en esa ciudad del sur bonaerense, pese a que hasta le cobró el uso de puentes de emergencia del Ejército.

    Tras recortarle ayuda y cobrarle puentes, ahora Milei le quita el tren a Bahía Blanca

    En la reunión con Susbielles, el intendente de Lomas le comentó a su colega que la experiencia bahiense influyó para impulsar en su distrito la creación por ordenanza del Comité Operativo de Emergencias, una herramienta para coordinar respuestas frente a fenómenos climáticos extremos. 

    Vinimos desde el sur del conurbano hasta la ciudad más austral de nuestra provincia y como vicepresidente del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires vamos a recorrer los consejos distritales para debatir con los compañeros y compañeras. Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del peronismo.

    «Es necesario contar con mecanismos de prevención y coordinación para responder a eventos que se repiten con mayor frecuencia por el impacto del cambio climático», señaló Otermin, que está casado con la ministra de Ambiente bonaerense, Daniel Villar. 

    Federico Otermin con el intedente de Bahía Blanca, Federico Susbielles.

    Luego de visitar Bahía, Otermin se fue hasta Carmen de Patagones, la ciudad más antigua y austral de la provincia, prácticamente metida en la Patagonia. Allí, junto al intendente Ricardo Marino y el presidente de la Cámara de Diputados bonaerense, Alejandro Dichiara, participaron de la celebración de la Soberanía Patagónica. 

    El evento conmemora la Batalla de Carmen de Patagones, librada el 7 de marzo de 1827, cuando los pobladores y las milicias maragatas derrotaron a la marina imperial brasileña en el Cerro de la Caballada. 

    Otermín anunció un proyecto educativo para que estudiantes lomenses conozcan la historia de Patagones y su rol en la defensa de la soberanía nacional. Además, participó de un encuentro en la sede del Partido Justicialista local. 

    «Vinimos desde el sur del conurbano hasta la ciudad más austral de nuestra provincia y como vicepresidente del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires vamos a recorrer los consejos distritales para debatir con los compañeros y compañeras. Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del peronismo», aseguró. 

    Otermin se suma asía. una lista corta de posibles candidatos a gobernador por el peronismo que integran Julio Alak y Gabriel Katopodis.

     

    Difunde esta nota
  • |

    El Gobierno no sabía: la liberación de Nahuel Gallo dejó expuesta la improvisación total de Milei

     

    El propio oficialismo reconoció que desconocía que el gendarme Nahuel Gallo iba a ser liberado tras 448 días detenido en Venezuela. La gestión que permitió su regreso no fue impulsada por la Casa Rosada sino por la AFA, dejando al desnudo la falta de conducción diplomática de Milei.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    La liberación de Nahuel Gallo, el gendarme argentino detenido desde diciembre de 2024 en Venezuela, debería haber sido una noticia exclusivamente positiva. Sin embargo, el episodio terminó revelando algo mucho más grave: el gobierno de Milei ni siquiera sabía que el operativo que permitió su regreso estaba en marcha.

    Mientras el discurso oficial intentaba capitalizar políticamente el retorno del uniformado, la propia Patricia Bullrich terminó confirmando lo que expone el fondo del problema. El Ejecutivo no estaba al tanto de la gestión que destrabó la situación. La negociación decisiva que permitió la liberación no fue conducida por el Estado argentino, sino que se desarrolló por fuera de los canales oficiales.

    El dato resulta demoledor desde el punto de vista institucional: la salida de Gallo no fue consecuencia de la política exterior argentina, sino de una vía alternativa impulsada desde el fútbol.


    Diplomacia paralela ante un gobierno ausente

    Después de 448 días detenido bajo acusaciones de espionaje, Gallo regresó al país en un vuelo vinculado a gestiones que no fueron coordinadas por la Cancillería ni por la Casa Rosada. La intervención de la AFA como puente humanitario operó sin que el propio gobierno tuviera conocimiento del desenlace inminente.

    Así, el episodio dejó en evidencia una situación tan inusual como alarmante: el Ejecutivo nacional no participó del tramo decisivo de la negociación, no coordinó el traslado y ni siquiera fue informado del operativo que resolvería uno de los conflictos diplomáticos más sensibles de su gestión.

    Mientras desde el oficialismo se insistía en que se habían realizado gestiones formales a través de terceros países, la resolución concreta terminó llegando por otra vía. En términos políticos, el resultado es elocuente: Argentina logró recuperar a un agente de seguridad detenido en el exterior sin que su propio gobierno supiera cómo ni cuándo ocurriría.


    El síntoma de una política exterior sin rumbo

    El caso Gallo había sido presentado durante más de un año como una prioridad diplomática, desde su detención el 8 de diciembre de 2024 al ingresar a Venezuela. Sin embargo, el desenlace dejó al descubierto la fragilidad de la estrategia oficial.

    La relación política con Caracas permanecía bloqueada y las gestiones estatales no habían logrado avances concretos. La resolución, en cambio, apareció por fuera del esquema institucional, confirmando que el éxito no fue producto de la conducción gubernamental sino que se produjo a pesar de ella.

    En ese contexto, el episodio deja de ser una anécdota aislada para transformarse en un síntoma. Lo que aparece es una política exterior desarticulada, sin canales eficaces de negociación y sin capacidad de conducción real.


    Cuando el fútbol reemplaza al Estado

    La liberación terminó concretándose gracias a una gestión humanitaria canalizada desde el ámbito del fútbol, que actuó como puente informal en medio de la tensión política entre Buenos Aires y Caracas.

    La postal que queda es incómoda: un conflicto internacional de alto nivel fue resuelto por actores no estatales mientras la administración nacional se enteraba del desenlace prácticamente en simultáneo con la opinión pública.

    La propia reconstrucción oficial de los hechos deja entrever el nivel de desorden. Gallo ni siquiera sabía que estaba regresando al país cuando subió al avión que lo traería de vuelta.


    Impericia como política de Estado

    Lo ocurrido excede el caso puntual y expone un problema estructural. La falta de coordinación diplomática, el aislamiento político y la ausencia de canales formales eficaces terminan delineando un patrón que atraviesa la gestión.

    Se trata de un gobierno que proclama firmeza pero que no logra conducir los procesos que afirma encabezar. Cuando las resoluciones llegan por fuera del Estado y el Ejecutivo se entera después, lo que queda no es estrategia sino improvisación.

    Y cuando la improvisación se vuelve constante, la impericia deja de ser un error.

    Pasa a convertirse en un método.

     

    Difunde esta nota
  • |

    Ramón Carrillo: el médico que quiso curar la pobreza y terminó perseguido por haber puesto la salud en manos del Estado

     

    Nacido el 7 de marzo de 1906 en Santiago del Estero, Ramón Carrillo fue el cerebro sanitario del primer peronismo. Desde el Ministerio de Salud impulsó una revolución en hospitales, campañas sanitarias y medicina social que cambió la historia argentina. Pero su proyecto de salud pública chocó de frente con los intereses de las élites médicas, económicas y políticas. El resultado fue una campaña de odio que buscó borrar su legado.

    Por Walter Onorato

    El 7 de marzo de 1906 nació en Santiago del Estero un médico que cambiaría para siempre la historia sanitaria argentina. Ramón Carrillo no fue simplemente un funcionario más dentro del engranaje estatal: fue el arquitecto de una de las transformaciones más profundas del sistema de salud del país y, al mismo tiempo, uno de los blancos predilectos del odio político que desató el antiperonismo después de 1955.

    Neurocirujano prestigioso, formado en la Universidad de Buenos Aires y con reconocimiento académico internacional, Carrillo parecía destinado a una carrera científica brillante y tranquila. Sin embargo, eligió un camino mucho más incómodo: llevar la medicina al terreno de la política y convertir la salud pública en un derecho social.

    Ese giro se produjo cuando conoció a Juan Domingo Perón en el Hospital Militar Central en 1944. Perón quedó impactado por el pensamiento del médico santiagueño, que sostenía una idea radical para la época: las enfermedades no podían comprenderse sin analizar las condiciones sociales en las que vivía la población.

    Cuando Perón asumió la presidencia en 1946 lo convocó para dirigir la Secretaría de Salud Pública. Tres años más tarde, al elevar ese organismo al rango ministerial, Carrillo se convirtió en el primer ministro de Salud de la Argentina.

    Desde ese lugar desplegó un proyecto sanitario que rompía con décadas de abandono estatal. Hasta entonces, gran parte del sistema de salud argentino estaba basado en hospitales de beneficencia o instituciones privadas, donde el acceso dependía muchas veces de la caridad y no de un derecho garantizado.

    Carrillo propuso lo contrario: construir un sistema sanitario nacional que llegara a todos los rincones del país.

    Su programa partía de un principio que hoy parece obvio, pero que en aquel momento era profundamente disruptivo. “No puede haber política sanitaria sin política social”, sostenía. Para él, las enfermedades no eran meramente problemas biológicos sino el resultado de condiciones estructurales como la pobreza, la mala alimentación, la falta de vivienda digna o la ausencia de agua potable.

    Bajo esa lógica impulsó una política sanitaria integral que combinaba infraestructura hospitalaria, prevención, campañas de vacunación y educación sanitaria.

    El impacto fue inmediato.

    Durante su gestión se construyeron decenas de hospitales en todo el país y se multiplicó la cantidad de camas hospitalarias disponibles. Entre 1946 y 1951 se levantaron más de veinte grandes hospitales con unas veintidós mil camas nuevas, algo inédito en la historia sanitaria argentina.

    La expansión hospitalaria estaba acompañada por una red de institutos especializados y centros de atención que buscaban llevar la medicina a regiones que durante décadas habían estado completamente abandonadas por el Estado.

    Pero Carrillo no se conformó con levantar edificios.

    Su proyecto también incluyó campañas sanitarias masivas contra enfermedades que habían sido históricamente endémicas en la Argentina. El paludismo, por ejemplo, fue prácticamente erradicado en pocos años gracias a un agresivo plan de control epidemiológico.

    También se redujo drásticamente la mortalidad por tuberculosis y se combatieron epidemias como el tifus y la brucelosis. Las campañas de vacunación y los programas de prevención comenzaron a instalar una idea novedosa: la salud no debía limitarse a curar enfermedades, sino a evitar que aparecieran.

    Los resultados se reflejaron en los indicadores sanitarios. La mortalidad infantil descendió de manera significativa durante la década peronista y las tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas cayeron de forma notable.

    Carrillo también impulsó iniciativas innovadoras para la época, como el Tren Sanitario, que recorría el país llevando atención médica, análisis clínicos y radiografías a poblaciones rurales que nunca habían tenido acceso a un médico.

    En paralelo promovió la producción estatal de medicamentos a través de una empresa pública destinada a garantizar remedios a bajo costo. La lógica era simple pero profundamente disruptiva: la salud no podía quedar subordinada a la lógica del mercado.

    Muchas de estas políticas se articularon con la Fundación Eva Perón, que construyó policlínicos, hogares para ancianos y centros sanitarios en todo el país. Mientras el Ministerio de Salud diseñaba la política sanitaria, la fundación ampliaba la red de asistencia social.

    El resultado fue una expansión sin precedentes del acceso a la atención médica para los sectores populares.

    Pero ese mismo proyecto que transformaba la salud pública generaba resistencias cada vez más fuertes en determinados sectores del poder.

    La derecha argentina nunca le perdonó a Carrillo tres cosas.

    La primera fue su convicción de que el Estado debía intervenir activamente en el sistema sanitario. Su modelo chocaba con los intereses de sectores médicos ligados a la práctica privada y con empresas que veían en la salud un negocio.

    La segunda fue su identificación política con el peronismo. Carrillo no era un técnico neutral: era un funcionario comprometido con un proyecto de justicia social que buscaba ampliar derechos para las mayorías.

    La tercera razón del rechazo fue más profunda. Su concepción de la medicina desafiaba directamente la estructura social argentina. Al afirmar que la enfermedad estaba ligada a la pobreza, Carrillo señalaba una verdad incómoda: la salud no podía resolverse sin transformar las condiciones de vida.

    Ese enfoque convertía la política sanitaria en una herramienta de transformación social.

    Cuando el golpe militar de 1955 derrocó a Perón, el nuevo régimen inició una ofensiva sistemática contra todo lo que oliera a peronismo. Carrillo, como uno de los símbolos del proyecto social del gobierno depuesto, quedó inmediatamente en la mira.

    Muchos de los proyectos sanitarios que había impulsado fueron abandonados o desmantelados. Obras hospitalarias quedaron inconclusas y programas de prevención se desarticularon.

    La persecución política y el clima hostil lo empujaron al exilio. Carrillo se instaló en Brasil, donde murió en 1956, apenas un año después del golpe.

    Murió lejos de su país, enfermo y prácticamente olvidado.

    Durante décadas su nombre quedó relegado en la historia oficial, víctima de la misma lógica de borramiento que el antiperonismo aplicó a buena parte de las políticas sociales del primer peronismo.

    Sin embargo, el tiempo terminó colocando su figura en el lugar que le corresponde.

    Hoy Ramón Carrillo es reconocido como uno de los grandes fundadores del sanitarismo argentino. Su visión de la salud como derecho social anticipó conceptos que décadas más tarde se convertirían en principios fundamentales de la salud pública moderna.

    La paradoja es evidente.

    El médico que dedicó su vida a demostrar que la enfermedad no puede separarse de la injusticia social terminó convertido en un enemigo político por haber intentado curar algo más profundo que las dolencias del cuerpo: la desigualdad estructural de la sociedad argentina.

     

    Difunde esta nota
  • Continuamos disfrutando de la ‘Semana del Turismo’

    En el marco del Día Internacional del Turismo, que se conmemoró el pasado lunes 27, continúan desarrollándose las actividades organizadas por la Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina. El fin de semana se llevó a cabo una de las caminatas recreativas ‘Atardeceres Reginenses’. A pesar de que el sábado 23 no pudo…

    Difunde esta nota
  • Efecto Monotributo: Se derrumba la acción de Mercado Libre, por la fuga de Mercado Pago

     

    Mercado Libre crece pero la acción se derrumba. No es contradicción es el síntoma de algo más grande: el choque entre una empresa que funciona como termómetro del capitalismo digital regional y los cambios regulatorio domésticos que pegan directo en su negocio. 

    Mercado Libre presentó un balance sólido. En el cuarto trimestre de 2025 reportó ingresos por USD 8.760 millones, con un crecimiento interanual cercano al 45%. El volumen bruto de ventas alcanzó USD 19.9 mil millones y Mercado Pago procesó USD 83.7 mil millones en transacciones. 

    Pero el impacto en Mercado Pago de la recategorización del monotributo que considera ingresos a los fondos depositados ene sa billetera virtual no es el único problema. Wall Street miró otra cosa. El margen operativo de Mercado Libre quedó levemente por debajo de lo esperado y la ganancia por acción decepcionó. 

    El peronismo va contra la ola de recategorizaciones a monotributistas que ejecutó Arca con datos de billeteras virtuales

    La acción perdió entre 8% y 10% tras la presentación del balance y suma una caída del 18% en lo que va del mes. Un castigo clásico del mercado financiero cuando las inversiones futuras pesan más que la rentabilidad inmediata. 

    La caída abrió una discusión intensa entre operadores. Analistas coincidieron en que el mercado penalizó a la empresa aún cuando los ingresos superaron estimaciones. El punto más repetido fue que Mercado Libre está invirtiendo agresivamente para consolidar su posición dominante. Bajó el umbral de envíos gratis en Brasil para generar hábito de compra, expande el crédito aunque hoy reduzca márgenes y profundiza su red logística propia, que ya entrega la enorme mayoría de los paquetes sin intermediarios. 

    Mercado Libre hoy es una empresa mucho más grande y rentable que hace algunos años, pero el mercado todavía no la mide como una blue chip tradicional. En Estados Unidos compañías consolidadas no sufren esas oscilaciones sin un shock real detrás.

    Lo concreto es que la compañía crece a tasas cercanas al 40-50% anual desde hace cinco años, mientras la acción vale prácticamente lo mismo que tiempo atrás. El negocio avanza más rápido que su valuación. 

    «Mercado Libre hoy es una empresa mucho más grande y rentable que hace algunos años, pero el mercado todavía no la mide como una blue chip tradicional. En Estados Unidos compañías consolidadas no sufren esas oscilaciones sin un shock real detrás», apuntó el experto Javier Timerman. 

    En Argentina, la volatilidad es parte del paisaje. Y ahí aparece la segunda parte de la historia. Mientras el mercado discutía márgenes, el Gobierno avanzó con la recategorización compulsiva del monotributo mediante el cruce de datos de billeteras virtuales. La medida ya es conocida: ARCA comenzó a usar la información de billeteras virtuales para detectar ingresos y subir automáticamente de categoría a contribuyentes. 

    El impacto pegó directo en Mercado Libre. En las últimas horas empezaron a multiplicarse comercios que dejaron de aceptar Mercado Pago. Carteles pegados en vidrieras, avisos improvisados, explicaciones simples: «si cobro por billetera me recategorizan». 

    Para muchos pequeños negocios, el QR pasó de ser una solución financiera a un riesgo fiscal. «No es contra Mercado Libre. Es contra el sistema. Si cobro digital quedo expuesto», afirmó a LPO uno de los comerciantes que dio de baja Mercado Pago. 

    La escena revela un efecto inesperado de la política económica. La plataforma que empujó la bancarización masiva empieza a encontrar resistencia en su propio ecosistema. 

    El mercado castigó la acción por los costos de crecer. La regulación local empezó a castigar el uso. Y así, en una misma semana, el caso Mercado Libre dejó de ser solo una historia bursátil para convertirse en algo más político: la tensión entre la economía digital que intenta expandirse y un Estado que termina afectando al principal símbolo del nuevo capitalismo argentino. 

     

    Difunde esta nota